Capítulo 1
Querido James:
Sé que me esperas, y créeme que lo que más deseo en el mundo es estar allí, contigo, entre tus brazos. También sé que me amas y serías capaz de lo que fuera por mí. Me lo han asegurado tus labios con palabras; y tus manos, con caricias, pero también lo he visto en tus ojos. No importaría quien intentara convencerme de lo contrario, porque lo sé: me amas... Sin embargo, no creo que más de lo que yo te adoro a ti.
Y es por eso que te envío esta misiva, mi querido James.
Lo siento, pero no puedo huir contigo. No puedo. E imagino lo que estás pensando, incluso sé lo que contraargumentarías frente a esta terrible y fría decisión, pero no bastaría. Y lo sabes.
Entiendo que mi postura y mi decisión a último momento puedan resultar en extremo egoístas, mas nadie mejor que tú para entender que el motivo de mi renuncia muy lejos está de mi verdadero interés. Y lo siento. De verdad que lo siento. Si pudiera explicarte lo que en este preciso momento atraviesa mi corazón, lo haría, pero la verdad es que no hay palabras para semejante dolor.
Aun así, lo único que me reconforta es saber que, sea como sea, mi alma y mi corazón serán tuyos hasta el fin de mis días, incluso si desde hoy decides odiarme.
Espero que algún día logres ser feliz. Al menos mantengo la esperanza de que lo intentes en nombre de los dos.
Por siempre tuya,
Amelia
James Nevill, marqués de Abington, soltó la misiva que, años atrás, le había destrozado el corazón y, en su lugar, tomó la copa. Quizá una medida de brandy le ayudara a olvidar. Aunque, mejor dicho, «otra» medida, pues desde hacía varias horas que, sin éxito, trataba una vez más de eliminar el nombre «Amelia» de su mente.
Cierto era que por momentos lo lograba, pues el alcohol era capaz de hacerlo olvidarse hasta de su propia existencia, mas ni el brandy, ni el juego ni otras mujeres habían sido capaces de borrar la huella que Amelia Bertie había dejado en su corazón. Estaba grabada a fuego, y por las manos del artista más peligroso: el amor.
Cinco años habían transcurrido desde aquella noche en la que esperó por horas bajo la lluvia. Cinco años habían pasado desde ese día en el que su corazón se ahogó de llanto y tristeza. Cinco años desde el momento en que se juró que nunca más volvería a amar. A nadie. Absolutamente a nadie. Ni siquiera a ella, porque sí: tal como la propia Amelia lo había augurado, James Nevill se prometió odiarla.
Y no era para menos; después de todo, le había arruinado la vida. No tenía perdón, y mucho menos luego de enterarse de que ella, la mujer por la que estuvo a punto de dejarlo todo, se casó un mes después de aquella infernal carta de despedida.
«Hipócrita», pensó con la mandíbula tensa y los dientes a punto de chirriar.
No obstante, tras beber la copa de un tirón, se acarició el cabello color oro hacia atrás, espiró con violencia y se puso en pie.
No perdería el tiempo pensando en ella, solo, en su estudio. Si iba a sufrir, mejor que fuera en White’s, junto a algún caballero que, al menos, lo distrajera con sus propias miserias.
***
—¿Alguna presa más, querida? —inquirió Francis Jones desde su cómodo asiento.
Relajado, con un puro en una mano y una copa de brandy en la otra, observó la espléndida figura de Sienna Leroy, la mujer a la que amaba desde el instante en que la vio por vez primera en Francia.
Era hermosa como pocas, comparable solo con las musas griegas según él. Y era que el cabello color noche destacaba la piel blanca de porcelana de Sienna. Y, aunque las curvas sinuosas captaban la atención de quien la cruzara por el camino, lo cierto era que la mirada gris e infinita de ella dejaba sin aliento hasta al ser más frío. Una mezcla de melancolía con misterio hechizaba a quien se sumergiera en aquel cielo nublado. Sin duda era atractiva pero, sobre todo, magnética.
Y Jones lo sabía mejor que nadie: si Sienna se lo proponía, podía tener en sus manos al hombre que deseara. No obstante, Francis confiaba a ciegas en el amor que ella le profesaba. Un amor tan pasional como fiel. Y, de hecho, ella era la única persona por la que él, incluso con los ojos cerrados, era capaz de poner las manos en el fuego.
Sin embargo, un pequeño y gran detalle carcomía el alma de los dos, aunque preocupaba más a Sienna que a Jones, y era que aún no se podían casar. Aún...
—El último, cariño. —Cerró la puerta del estudio para evitar que los criados escucharan y avanzó hasta el escritorio que la separaba de Francis—. Aunque me temo que será el más complicado.
Francis entrecerró la mirada oscura y alzó una ceja.
—¿Complicado? ¿Por qué lo dices?
Agotada pero sensual, Sienna caminó hasta el costado del mueble, se sentó sobre este y, tras suspirar, se deshizo de las horquillas. La cascada oscura y ondulada se desparramó sobre su voluptuosa pechera, lo que distrajo de inmediato a Jones.
—Luego del té, me quedé conversando un poco más con lady Browne. Ya sabes... suele estar al tanto de los mejores partidos. Y voilà, mon cher: te he conseguido un marqués.
Francis arqueó las cejas al tiempo que sonrió de lado de esa forma pícara y perspicaz que tanto lo identificaba.
—No veo nada de malo en que sea un marqués, querida. —Se llevó el puro a la boca y, tras cerrar los ojos del placer, bebió un largo sorbo de brandy—. A menos que esté en bancarrota. Desde ya, de nada serviría hacer beneficencia.
Sienna observó a Francis por unos segundos y, aunque delicada, se adueñó de la copa que él sostenía.
—¿Crees que me gusta perder el tiempo? —inquirió ella con una media sonrisa sardónica.
«Demonios», pensó medio divertido por la respuesta punzante. Un pequeño golpecito para el señor Jones.
—Te conozco, y sé que no —soltó él, y la observó de arriba abajo, con un hambre que Sienna sabía satisfacer muy bien.
Vació la copa de un sorbo y, tras dejarla sobre el escritorio, se acomodó hasta quedar de frente a él, que, aún sentado, solo estaba a un paso de distancia del mueble.
—Me alegra escucharlo. —Elegante y delicada, colocó cada pierna en el apoyabrazos del sillón personal en el que estaba sentado Francis—. Mucho. —Y, felina, sonrió.
—Entonces ¿no me dirás la razón que, al parecer, vuelve tan difícil a este marqués? —preguntó despacio mientras acariciaba con lentitud una de las piernas de Sienna.
Ella curvó los labios de forma completa.
—Te lo diré luego. —Se deslizó hasta caer a horcajadas de Francis—. Ya sabes, mon cher... No me gusta perder el tiempo. —Y, sin darle espacio a réplica, le devoró la boca.
***
—Una... cop... copa más, por favor —logró decir Abington, aunque de forma entrecortada.
Los compañeros de mesa se observaron entre sí. No era la primera vez que lo veían en ese estado, pero era notorio que, durante el último año, la pena del marqués lo había dominado casi por completo.
—Lord Abington, no creemos que sea lo más...
—¡Ni se atrevan! —vociferó James al tiempo que robó la bebida de uno de ellos. Se hizo un breve silencio en White’s y todas las miradas del club se clavaron en el marqués, que continuó, aunque con un tono más calmo—: No se atrevan a decirme qué es lo que debo hacer. —Y bebió un sorbo hasta dejar la medida por la mitad.
Los tres caballeros que lo acompañaban asintieron con las cabezas, aunque, entre miradas cómplices, no tardaron en despedirse en silencio y con gentileza.
James no se percató de que estaba solo hasta que levantó la frente en busca de más alcohol.
—Idiotas... —murmuró—. Jamás lo entenderían. —Vació la última copa y se dejó caer sobre el respaldo del sillón al tiempo que cerró los ojos.
Si nadie lo acompañaría, al menos disfrutaría a su modo y sin importarle las formas.
Sin embargo, al instante y desde sus espaldas, una desconocida voz lo obligó a abrir los ojos.
—Es cierto. Jamás lo entenderían, lord Abington.
El marqués se incorporó en el asiento y giró parte del cuerpo para intentar ver el rostro del hombre que, al parecer, se le había dirigido.
—¿Disculpe?
Jones sonrió.
—Por favor, no se moleste. —Medio descarado aunque amigable, le apoyó una mano en el hombro para luego avanzar hasta el sillón que estaba frente a James, donde se sentó—. Francis Hubert Jones, a su servicio. —Y extendió una mano.
Frío, James lo observó y, aunque era un acto de completa descortesía, ignoró el gesto.
—No necesitaba presentarse, señor Jones. No tengo intención de incorporar nuevos amigos a mi lista. Además de que quizá no se haya dado cuenta, pero no los necesito.
Francis contuvo la sonrisa. Sin duda alguna, tal como lo había descrito Sienna luego de aquella formidable tarde juntos, lord Abington parecía el hombre más dolido e indomable del reino... Un detalle que, según Jones, lo hacía el candidato perfecto para su negocio.
—Estoy de acuerdo con usted —replicó Francis, lo que sorprendió a James. Al instante, Jones tomó una de sus tarjetas personales y la deslizó hasta dejarla frente a las narices del marqués.
Abington entrecerró la vista con desconfianza y la clavó en la tarjeta, pero no la tocó.
—Está con el hombre equivocado si cree que, por estar ebrio, puede aprovecharse de mí, señor. Lo último que quiero es hacer negocios.
Jones sonrió de lado al tiempo que se puso en pie.
—Descuide. No es esa mi intención. Solo es una invitación para mañana por la noche. —Avanzó hasta quedar a su lado y se inclinó para soltar unas últimas y amigables palabras—. Si lo único que desea es pasar un buen momento en un entorno seguro y en el que nadie lo juzgue, será más que bienvenido. Créame, hay muchos más caballeros como usted. —Le apretó el hombro en un gesto de comprensión y, sin más, se marchó.
En completo silencio, Abington miró la tarjeta por varios segundos. No era un jovencito sin experiencia y conocía lo hábiles que podían ser algunos hombres. Sin embargo, si el tal señor Jones había tenido acceso a White’s era porque cumplía con ciertos requisitos.
Tragó saliva y, al recordar lo estúpido que se había sentido minutos atrás, cuando sus compañeros lo dejaron solo por su estado de embriaguez, suspiró y tomó la tarjeta. Después de todo, no tenía nada que perder.
Lo que nunca imaginó Abington fue que, a varios metros de distancia y con la vista fija en él, Jones sonrió cual ave rapaz.
Y no era para menos: el marqués había picado el anzuelo. Para entonces, solo restaba dejar fluir su plan habitual.
Con los labios aún curvados de la satisfacción, Jones caminó hasta la salida y, tras colocarse el fino sombrero de copa, se marchó.
Capítulo 2
«Te amo, Amelia. Por siempre. Te lo juro: por siempre».
Completamente sudada, Amelia despertó agitada con las manos sobre el pecho, en un intento de contener el galope de su corazón.
No era para menos. El recuerdo de la voz de su único y primer amor le producía una mezcla de sensaciones que la dominaban el resto del día. Y era que las últimas palabras que él le había susurrado, desnudos y abrazados, eran imposibles de olvidar... mucho menos al haberse tratado de la noche en la que ella se entregó en cuerpo y alma.
Era cierto: habían transcurrido muchos años. Y, aunque para cualquier otra persona el paso del tiempo habría sanado las heridas, su memoria cruel y despiadada la invadía cada mañana con la voz del hombre con quien su vida pudo haber tomado un rumbo muy diferente aquella noche en la que ella, racionalmente, renunció a su amor.
El corazón le recriminaba por el destino que había escogido y la culpa la consumía de forma voraz. Cada recuerdo de James Nevill era una estaca de hielo que se le clavaba en el pecho. Su boca, sus besos, sus ojos, su voz... Recordarlo era una tortura, mas, al mismo tiempo, era lo único que daba vida al camino triste y sin sentido que se había tornado su destino. Rememorar al actual marqués le producía el más profundo y terrible de los dolores, aunque también, por extraño y retorcido que resultara, ese mismo sufrimiento le recordaba lo viva que estaba. Y lo mucho que, a pesar de su razón, lo deseaba.
No obstante, la consciencia le explicaba a diario que no podía culparse. Por muy cruel que hubiera resultado, las razones que la habían arrastrado a convertirse de Amelia Bertie a Amelia Duncan eran tan válidas como reales.
Cerró los ojos, inspiró profundo y, al recostarse, el peor recuerdo que tenía hasta entonces la invadió.
Era el momento indicado. Elizabeth, su hermana menor, estaba en el baile de los Smith. Y aunque le había costado sobremanera convencer a su tía de no asistir a la velada, lo cierto fue que simular estar enferma a último momento fue suficiente..., al menos por esa vez. Sabía lo perspicaz y rígida que era la tía Lucinda, y no tendría otra oportunidad para concretar su plan. Era esa noche o nunca.
Así, en cuanto el carruaje se marchó con Elizabeth y Lucinda, solo debía aguardar a que su prima Margaret se fuera a dormir para al fin huir en secreto con James Nevill.
La realidad era que no habían tenido el tiempo necesario para hallar una mejor solución. No obstante, ante la reacción negativa de los Nevill respecto del interés de James por ella y la urgencia con la que la familia Bertie quería casar a Amelia con un tal señor Duncan, la joven pareja se vio acorralada. Y dejar pasar la oportunidad de amarse por el resto de sus vidas no era negociable. Tal como James Nevill —entonces conde de Fragmont y futuro marqués de Abington— le había propuesto, huirían a Gretna Green y se casarían.
Decidida, y en cuanto Margaret se encerró en la habitación, Amelia marchó con cautela aunque veloz hasta los aposentos que compartía con su hermana menor. Tomó una pequeña bolsa y, tras guardar las alhajas que su madre le había obsequiado antes de pasar a mejor mundo, se colocó la capa y los guantes, dispuesta a partir.
Avanzó para irse, pero no llegó a tomar el pomo que retrocedió en cuanto la puerta se abrió.
—Lo sabía —soltó Margaret en cuanto entró. Cerró para que ningún criado las escuchara y miró a su prima de arriba abajo, con decepción.
Amelia tragó saliva. No esperaba ser descubierta, pero tampoco permitiría que le arruinaran la única oportunidad que tenía de ser feliz, por lo que respiró profundo y alzó el mentón.
—Me alegra oírlo, porque no tengo tiempo para explicaciones. Así que, si me disculpas, me retiro. —Avanzó pasando por el costado de Margaret, mas no llegó a abrir la puerta que la voz de su prima la detuvo.
—¿Te retiras para evitar un escándalo? Porque si esa es tu intención, no harás más que crearlo. —Se dio la media vuelta a la espera de que ella hiciera lo mismo.
Amelia se tomó unos segundos hasta que exhaló con furia y se giró. Sabía que, al haber sido descubierta, no podría irse de allí sin armar un drama, a menos que convenciera a Margaret.
