Prólogo
Villa de Ochandiano, 1897
Hacía un sol de mil demonios y mucho calor, un calor de mediodía de pueblo interior en el mes de agosto. Sin embargo, ni la luz ni el calor llegaban hasta Baltasar Ordubi, puesto que las contraventanas permanecían cerradas cuando entró en la buhardilla. Y así las dejó, impidiendo casi que pudiera distinguirse ninguno de los veintitrés cadáveres que habitaban aquella estancia, que sólo eran sombras vagas. Un juego de sombras que también llevaba en su interior.
Ni siquiera se molestó en encender la vela que había subido. Para orientarse hacia la única silla, le bastaba con dejar la puerta abierta, y eso hizo. Se sentó y ni siquiera levantó la vista para observar su macabra colección: ahora no se sentía orgulloso de ella. No se sentía orgulloso de nada, sólo tenía sentimientos para la desesperación. Cabizbajo, permaneció sentado, sufriendo en cada poro las consecuencias a las que lo habían llevado todos sus errores, y unas imágenes desordenadas inundaron su mente para hundirlo aún más. Sin verlo, se sintió juzgado por el búho de un solo ojo, aunque fuera un ojo muerto. Como muertos estaban aquellos animales deformes que había ido adquiriendo a lo largo de los últimos treinta años y que guardaba en el último piso de la casa familiar. Entre ellos, había un cordero de dos cabezas, un par de conejos siameses unidos en un único cráneo, un ternero al que las patas traseras le salían sobre el lomo y hasta un pollo del que surgía su mellizo parásito a través de la pechera. En total, veintitrés especímenes únicos que había ido a buscar por toda España para reunirlos en su extravagante colección.
Recordó el origen de todo eso. Aquella vez que, de niño, mientras paseaba con su padre, avistaron una garduña con dos colas. En aquel momento su padre le contó que también había personas que nacían con ciertas rarezas. Le habló de los espectáculos de fenómenos y del gigante de Alzo, que después tendría la oportunidad de ver, y al que incluso llegaría a tocarle una mano. Desde el primer instante, Baltasar Ordubi sintió un entusiasmo ante esos seres que transgredían las leyes de la naturaleza y, cuando a los veintidós años oyó hablar a un viajero de una gallina con cuatro ojos y dos picos, tomó una decisión que iba a marcar su vida. Viajó a Tagarabuena, en Zamora, sólo con la intención de asistir a ese prodigio. Sin embargo, cuando llegó, el ave ya llevaba unas semanas enterrada y no pudo saciar su curiosidad. Nadie se había atrevido ni siquiera a hacer caldo con tan rara avis, nunca dicho de forma tan literal. Por entonces, también oyó hablar de que en Madrid se ofrecían taxidermistas privados y, ya con un propósito más serio, comenzó a escribirse con uno que decía haber sido alumno del mismísimo Salvador Duchen, eminencia en la materia. Pactada su colaboración, puso anuncios en los periódicos en los que se ofrecía a comprar cualquier animal que naciera con deformidades y, hasta otoño de 1891, estuvo viajando para adquirir el espécimen cada vez que sabía de alguno. Luego los llevaba a Madrid para que se los disecaran y, poco a poco, había conseguido su excelente y llamativo repertorio. Pero hacía seis años que no había vuelto a subirse a un ferrocarril y dudaba que volviera a hacerlo jamás.
Baltasar cerró los ojos y se le vinieron encima las imágenes de aquel fatídico día de septiembre en que viajaba junto a su mujer en el expreso Irún-Madrid. Le sorprendía lo vívido de sus recuerdos, la intensidad con la que los acontecimientos se sucedían en su cabeza, el ruido de los trenes al chocar, los gritos y los llantos. El accidente dejó quince muertos, entre los que se encontraba Lidia. Baltasar, en cambio, acabó entre los muchos heridos y sobrevivió a su pesar. Se habría cambiado por su mujer si hubiera podido, pero ésa es una opción que el destino nunca ofrece. Siempre se sentiría culpable por haberla invitado a aquel viaje y se preguntaba si algún día también se sentiría culpable del destino de sus hijos debido a la desastrosa situación en la que su economía se hallaba en aquel momento.
Lo había intentado todo para salir de ella… Dios era testigo de que lo había intentado todo. No fue culpa suya que, tiempo atrás, la fragua que heredó de su padre acabara dando pérdidas. La crisis que sufrió la artesanía del hierro con las nuevas técnicas que se usaban en la ciudad afectó a todas las fraguas de la zona, por lo que, al igual que otros muchos, había tenido que cerrar la suya cuando sus hijos eran pequeños. Aun así, mientras su esposa vivía, todavía contaba con el suficiente dinero para pasar cómoda su vejez, dejar una considerable dote a Marina y darle una buena formación a Isidro María, por lo que Lidia dejó este mundo tranquila en este aspecto. Sin embargo, no sabía cómo, las cosas habían ido torciéndose hasta llegar al punto en el que se hallaba ahora. Encaprichado también en su edad madura de los animales torcidos, había seguido coleccionándolos y embalsamándolos, a pesar de que su hija pasara vergüenza de tales extravagancias. Don Jorge Danobeitia, dueño del caserío más productivo de la zona, se había interesado en su afición y lo había ayudado con las últimas compras. Gracias a eso, se fueron cogiendo confianza y, cuando estalló la guerra, se atrevió a pedirle prestadas las dos mil pesetas necesarias para liberar a Isidro María de ser mandado a filas. Luego le pidió otras dos mil para que pudiera aprender a manejar la cámara Kodak, pues su hijo se había encaprichado de la fotografía, y don Jorge Danobeitia no puso reparos al nuevo préstamo. Pero sus deudas no acababan ahí: en total, había abusado tanto de la confianza de don Jorge que la suma ascendía a veintitrés mil pesetas. Así que no fue de extrañar que, cuando su acreedor murió la primavera anterior, y a la espera de que los abogados localizaran al heredero, pues no había línea sucesoria directa, Baltasar Ordubi sintiera el peso de todo lo que adeudaba a un desconocido. De seguir vivo don Jorge, las cosas serían distintas, pues la amistad entre ambos llegó a ser tan estrecha que don Baltasar creía que, en breve, pediría la mano de Marina. Unas fiebres que nunca curaron acabaron con esa ilusión. Entonces sintió el peligro de sus disipaciones y sólo encontró esperanzas en que nunca hallaran al heredero de don Jorge. Eran unas esperanzas vanas, lo sabía, pero, al menos, la interminable búsqueda de los abogados le estaba dando una tregua frente a su nuevo acreedor. Esperaba que, durante el tiempo que tardara en aparecer, un golpe de suerte diera un giro a sus circunstancias.
El doctor Irigoyen, con quien mantenía una vieja amistad, fue quien le sugirió vender su colección. Él no estaba dispuesto a desprenderse de ella y la sola idea ya le generaba ansiedad. Para evitarlo, esa misma semana había invertido la dote de Marina en acciones de la compañía de gas de Vitoria, alentado por los consejos de doña Antonia. La nueva esposa del alcalde presumía de ser una mujer bien informada y su marido y ella habían estado hacía poco en la capital alavesa, por lo que don Baltasar no dudó de que hablaba con criterio. Pero ahora la noticia que había conocido media hora atrás, mientras jugaba al mus en la taberna, había dado el traste con esa nueva esperanza: el Ayuntamiento de Vitoria había anunciado que iba a cambiar el alumbrado de gas de sus calles para instalar un cableado eléctrico. ¡En qué momento! Sin duda, era cosa de duendes, que se la tenían jurada. ¿Qué podía hacer él? ¿Cómo justificar que no podría saldar su deuda el día que encontraran al heredero de don Jorge? En lugar de reprocharse que no debería haber hecho caso a doña Antonia, esa recién llegada entrometida que se pavoneaba por la villa con ropa de ciudad, la culpaba a ella. Sí, ella y su poca cabeza tenían toda la culpa. Si Baltasar Ordubi hubiera sido mala persona, habría deseado verla muerta.
1
Antes de que sonara la campanilla de la puerta, ya sabían que los visitaría Patricia Burgoa. Hacía un par de minutos que, desde la calle, había llegado hasta ellos su voz aguda e impertinente. Tras saludar a los vecinos de los Ordubi por el lado norte de la calle de Enmedio, sabían que ellos iban a ser los siguientes. Patricia Burgoa era de esas mujeres con la necesidad de sentirse imprescindibles para la comunidad, algo que se había ido agudizando a medida que cumplía años y no recibía propuestas de matrimonio. Nadie ignoraba que ya pasaba de los treinta por mucho que ella todavía se vistiera como una joven a la caza de pretendiente. Sus ropas eran de tejidos caros y sentía una irrefrenable tendencia a demostrarlo; por supuesto, tanta pretenciosidad molestaba en una aldea rural. Lo que más llamaba la atención en su vestimenta eran los sombreros. Todos recordaban aquel día que se había presentado en la fiesta de don Jorge Danobeitia con un nido de codorniz en la cabeza, en el que sobresalía un pájaro de tela, o la vez que llevaba una pamela engalanada con plumas de pavo real y corazones de terciopelo. Por no hablar de las últimas celebraciones de Santa Marina, en las que su cabeza había parecido el más carnavalero de los arlequines… No, Patricia Burgoa no se caracterizaba por ser una mujer discreta en ningún aspecto, y los ochandianos amaban la tranquilidad y la circunspección. Su afán protagonista se había acrecentado desde la llegada de la nueva esposa del alcalde, a la que se había pegado sin remilgos en busca de su amistad, con palabras de halago que habían sido bien recibidas por doña Antonia. Y, aunque esta última ganara en elegancia, eran tal para cual.
—¿Qué será esta vez, aita? —preguntó en tono bromista la joven Marina Ordubi mientras la escuchaban charlar con los vecinos—. Le noto un tono de voz muy alegre. ¿Apuesta usted por una riña entre ganaderos o algún rumor sobre Tomás Elizalde? En los últimos tiempos Tomás se ha convertido en su protagonista favorito.
—Más le valdría no andar metiéndose con Elizalde. ¡Como si no conociera su temperamento! —respondió Baltasar Ordubi, que apuraba el desayuno.
—¿Cómo se encuentra esta mañana? —quiso saber la hija, al notar que no lo había hecho sonreír.
—Aún no tengo dolor de cabeza, pero estoy convencido de que, después de la visita de Patricia, sí lo tendré.
—Me refería a su reuma —replicó ella.
—Me noto la cadera y la pierna mejor que otras veces, pero no son de fiar.
—Esta noche no se ha levantado. Yo creo que coge frío cuando se desvela y eso no es bueno —comentó la joven sin esconder el reproche implícito que había en sus palabras. Estaba preocupada por el sonambulismo y los dolores que sufría su padre desde que tuvo el accidente.
—Desvelarme es lo que no hago. Si, como decís Otilia y tú, me paseo inconsciente por toda la casa, ¿qué quieres que le haga?
—Podría tomarse la infusión de valeriana y pasiflora que le preparo cada noche —dijo Marina regañándolo con la mirada.
—¡Puaj! —exclamó él exagerando un gesto de repulsión—. Sabes que no soporto beber agua caliente, a no ser que se trate de un buen caldo y, a ser posible, con menudillos.
—En casos así, lo de menos es que le guste. Debe tomárselo. No crea que se lo voy a ocultar al doctor Irigoyen cuando lo vea. Hoy mismo pienso visitar a Fedra después de ir a echar la carta de Isidro. La he escrito mientras usted aún dormía… Hay sitio para unas palabras suyas si quiere que se las añada.
La conversación fue interrumpida por la llegada de Patricia Burgoa, que se había adentrado hacia el comedor sin esperar a que Otilia la anunciara.
—¡Oh! No sabía que estaban desayunando… —se disculpó la intrusa, y de inmediato agarró una silla y se sentó a la mesa sin ser invitada—. Pero no me gustaría que fueran los últimos en enterarse.
—¿Quieres un trozo de queso? —le ofreció Marina sin demasiado interés.
Sobre la mesa, aparte de un plato con queso de Idiazábal y porciones de membrillo, había un cuenco vacío de morokil, pues, a pesar de los nuevos hábitos que traía la modernidad, Baltasar Ordubi no quería prescindir de sus costumbres.
—No, gracias —rechazó ella—. ¿No van a preguntarme qué ha ocurrido?
—¿Acaso hay necesidad? —barruntó el hombre, mientras se chupaba un dedo en el que había restos de membrillo.
—No, no soy tan mala como para ocultarles las últimas noticias. Y hoy tengo varias —sonrió Patricia Burgoa, sin abandonar su locuacidad—. Por un lado, resulta que tanto los Alkorta como los Losada se han hecho con la misma tela para los vestidos de sus hijas. Me refiero a los vestidos que piensan ponerse para el cumpleaños de Eloy Lizana, por supuesto. Ya es mucha casualidad que ambas familias fueran a Vitoria a comprar la tela y, mucho más, que coincidieran en el mismo comercio. ¿No creen que el azar les ha jugado una mala pasada? O tal vez sea el destino, no lo sé, no soy muy dada a pensamientos extravagantes. Lo más curioso es que ellos aún no lo saben —dijo y luego emitió una risa de comadreja, complacida con su propio descubrimiento—. ¿Se imaginan lo ridículas que se sentirán las hijas cuando lo descubran?
—¿Y cómo lo has sabido tú? —preguntó Marina.
—Tengo mis fuentes —sonrió la mujer, pero a continuación se compadeció de la curiosidad de la joven—. Claro que, en un lugar como éste, no existe mucho misterio. Teniendo en cuenta que sólo hay una costurera que conoce la moda de París… Porque, por supuesto, las dos familias han llevado la tela a doña Rafaela, aunque los diseños que han escogido son distintos.
—Entonces, ni se notará que la tela es la misma. Me sorprende que no encuentres nada mejor que hacer que madrugar para propagar esas bobadas por todo el pueblo —se burló don Baltasar.
—No es esto lo único que tengo que contar, ya saben que una siempre se deja lo mejor para el final —añadió ella al tiempo que movía la mano izquierda como si fuera un abanico mientras los ojos brillaban con picardía—. El hermano de Antonia Crespo vendrá a Ochandiano para la fiesta y, según me ha informado ella misma, lo hará acompañado de otros amigos. Todos ellos, varones.
—¿Antonia? ¿Tanta es la confianza que a la esposa del alcalde no la tratas de doña? —le preguntó el hombre.
Patricia Burgoa sonrió complacida.
—Ella misma lo dice: «Soy una afortunada por gozar de tu amistad, a veces temo que no he sido bien recibida en Ochandiano».
—¿Y cómo esperaba que la recibiéramos? Muchos humos se da esa señora de la capital… ¡y muy malos consejos! Aquí somos gente sencilla y no nos gusta que nos engatusen.
—Pues creo que pronto será altamente estimada. La celebración que está preparando va a ser tan espectacular que todos la adorarán. Pero, Marina, ¿no te parece una buena noticia que venga el hermano de Antonia?
—¿Por qué ha de ser una buena noticia que esto se llene de maketos, de guiristinos? —objetó de nuevo el padre.
—Porque están solteros y usted tiene una hija casadera —respondió la mujer señalando a la joven—. No es que en estos momentos el pueblo esté sobrado de mozos…
Era cierto. Entre la guerra de Filipinas, la de Cuba y la inmigración producida a partir de la crisis de las fraguas, en la villa había muchas más muchachas que muchachos.
—¿Y todos ellos piensan pedir la mano de Marina? —comentó el hombre a modo de burla. Por un instante, había pensado en la posibilidad de que su hija se casara bien y que su futuro yerno sufragara su deuda. Tal como había llegado, la descartó: no quería emparentar con un madrileño.
—Eso dependerá de cómo los aliente ella. —A continuación, Patricia Burgoa miró a la joven y añadió—: Eres bonita, de eso no hay duda, pero no es suficiente. A los hombres les gusta sentirse importantes, responden a los halagos y a la complacencia y, en ese punto, no sueles estar muy afinada.
—No deseo alentar a nadie —protestó Marina.
—Haz lo que quieras. Si no aprovechas la oportunidad, otras lo harán. Tengo alguna en mente cuyo interés se despertará de inmediato.
—No metas pájaros en la cabeza de mi hija, no me gustaría tener que ir a Madrid para visitar a mis nietos.
—Eso no ocurrirá, aita.
—Estoy deseosa de escuchar el poema de Beitia —comentó Patricia. Se refería a Felipe Arrese Beitia, el poeta del lugar—. Antonia le pidió que lo compusiera para festejar los quince años de su hijastro.
—¿Doña Antonia ha aprendido vascuence?
—No. Por supuesto, le pidió que lo escribiera en castellano.
—¡Lo que nos faltaba! Para alguien que hace versos en vascuence, esta señora nos lo quiere cambiar —protestó don Baltasar—. ¡Como si no hubiéramos tenido bastante con los isabelinos!
—Sólo será en esta ocasión. Y hay una sorpresa más —dijo la mujer, arqueando las cejas y dejando unos segundos de suspense—. Cantará una canción y quiere que doña Concha la interprete al piano.
—¿Doña Concha va a prestarse a eso?
—Estoy convencida de que lo hará. Y mucho más cuando Antonia le cuente lo que tiene en proyecto para la villa. —Resultaba innecesario que la mujer bajara la voz y se acercara a sus interlocutores, Otilia trasteaba en los cuartos de arriba y no había nadie más en la casa—. Muy pronto, el coro no sólo estará compuesto de hombres, también las mujeres podremos formar parte de él. Antonia tiene intención de ingresar, al igual que yo. Y espero que Marina haga lo mismo —la emplazó mientras la miraba—. Los ensayos comenzarán cuando haya pasado el cumpleaños.
—¿Cómo dices? —preguntó don Baltasar, que había entendido sus palabras, pero era incapaz de darles crédito.
—Lo que ha oído: Antonia quiere que, a partir de ahora, las mujeres que lo deseen canten también en el coro de la villa.
—Todo el mundo sabe que el coro de Ochandiano es sólo para hombres; si tanto desea cantar, que organice uno sólo de mujeres —respondió don Baltasar.
—¿Dices que doña Concha aún no lo sabe? Tal vez no le parezca buena idea… —le advirtió Marina. Concha Aróstegui, al igual que su familia, era considerada la eminencia musical del lugar.
—Aún no se lo ha comentado… Si tú accedes, seguro que ni ella ni doña Beatriz pondrán objeciones. ¿Podemos contar contigo?
—Si doña Concha está de acuerdo, no veo por qué no —respondió Marina, convencida de que la mujer se negaría.
Aún no sabían que la opinión de doña Concha no iba a resultar importante para lo que el destino tenía deparado.
2
Considerada bonita, Antonia Crespo había visto pasar su juventud sin conseguir, tal como se esperaba de ella, un matrimonio ventajoso. Desde niña, las expectativas habían sido grandes y la familia había procurado aderezar su belleza con una formación musical, cualidad que los caballeros adinerados valoraban. Para ello contrataron al mejor maestro de solfeo y canto de Parla. La niña tenía una voz melodiosa y se aplicaba, pero era incapaz de acabar una pieza sin desafinar en algún falsete. Reforzaron su horario de clases y tanto empeño puso la joven que, a los dieciséis años, se enamoró del profesor de música, que resultó ser un libertino con quien estuvo a punto de fugarse a espaldas de su familia. Por suerte, una intervención oportuna de su padre impidió la huida. Sin embargo, el escándalo no pudo evitarse: en un lugar de mil habitantes, el incidente no tardó en estar en boca de todos. Con el objeto de dejar atrás los dimes y diretes y de que, con ellos, no quedara arruinada la reputación de la joven para siempre, la enviaron a Madrid a vivir con una tía. Viuda y adinerada, la tía paterna acogió a su sobrina y prometió que la convertiría en cantante, pero, cuando la escuchó interpretar una de sus piezas favoritas, cambió de parecer y se dedicó a volcar sus esfuerzos en buscarle un buen partido. Le enseñó modales, la llevó a todas las reuniones y fiestas de sociedad y la presentó a todas las conocidas que tenían hijos casaderos. Durante ese tiempo, la joven Antonia recibió varias ofertas de matrimonio que fueron rechazadas por su tía, en el caso de que el caballero no tuviera la suficiente posición, o por ella, cuando sobrepasaba el medio siglo. El éxito llegó el día en que la joven cumplió diecinueve años. En un mismo mes, aparecieron dos pretendientes que fueron del agrado de ambas. Aún no había decidido a cuál de ellos aceptar cuando tuvo la mala fortuna de ser descubierta en un balcón besándose con un hombre casado y las oportunidades se esfumaron tal como habían venido. En la capital, a diferencia de los sitios pequeños, los escándalos se sucedían unos a otros y los más antiguos caían en el olvido al poco tiempo. Mientras dejaba que todo pasara, su tía la invitó a conocer Europa, viaje que duró casi un año.
A su regreso, una epidemia de cólera arrasó el país y se llevó de este mundo hasta al mismísimo Alfonso XII. Durante ese tiempo, llegó a Madrid la noticia de que los padres de Antonia habían muerto víctimas de la enfermedad y entonces se supo que estaban arruinados y que tenían la casa hipotecada. Mauro Crespo, hermano de Antonia, siguió con vida y, poco después, se trasladó a Madrid y se empleó como repartidor de periódicos. La suerte acompañó a la muchacha durante los siguientes años. Sin embargo, cuando su tía falleció, para su sorpresa, dejó toda la fortuna a la Iglesia. Entonces Antonia no tuvo más opción que colocarse de dama de compañía.
Había perdido ya toda esperanza de casarse y tener hijos cuando conoció al alcalde de un pueblo de las Vascongadas del que nunca había oído mencionar y que le costó ubicar en el mapa. Ella tenía treinta y dos años, y él, cuarenta y cinco. El señor Lizana, que así se llamaba, había quedado viudo con un hijo único a cargo, y le pareció que aquella mujer era la adecuada para ejercer el papel de una madre. Con el poco trato mantenido durante las dos semanas que él permaneció en Madrid, no le encontró tacha para convertirla en su esposa. Antonia agradeció el regalo del destino y, cuando aquel viudo le ofreció su mano, aceptó de inmediato. Tras una breve correspondencia, la boda se celebró en Madrid a mediados de mayo de 1897 y, una semana después, el feliz matrimonio se instaló en la villa de Ochandiano, municipio del que el señor Lizana era alcalde.
Tres meses después, las esperanzas de felicidad habían desaparecido del corazón de Antonia Crespo. Consideraba que los ochandianos se mostraban distantes y reservados con ella y no lograba entenderlo. Tampoco la relación con Eloy, el hijo de su marido, era la que en un principio había esperado. El adolescente no obedecía sus órdenes, no seguía sus consejos y apenas le dirigía la palabra. Se negaba a aceptar una nueva figura materna y procuraba abarcar toda la atención de su padre para evitar que se la dedicara a la recién estrenada esposa. Ella no tardó en comprender que en su vida marital se aburriría terriblemente. No le gustaba la villa, abandonada en mitad de la nada; no le gustaba la gente, de pocas palabras y algo ruda; y no le gustaba su hijastro, consentido y malcriado. Para que se mantuviera ocupada, su marido le aconsejó que se dedicara al cultivo de flores, afición que le pareció apropiada para una mujer refinada. Pero Antonia no sólo deseaba ocupar el tiempo. Sentía que era merecedora de todo el protagonismo que se debe a la esposa del alcalde y aspiraba a que los pueblerinos la admiraran por su posición y por haberles traído a ese lugar perdido la cultura y los modales de una ciudad como Dios manda.
Con los calores de julio, tuvo una idea brillante. El 15 de agosto Eloy Lizana, su hijastro, cumpliría quince años, por lo que decidió organizar una fiesta para celebrarlo. Una fiesta que fuera recordada por generaciones venideras y de la que se hablara durante años en los pueblos de alrededor. Sería tan grandiosa y opulenta que sin duda, tras la celebración, todos buscarían su amistad. Su entusiasmo comenzó a crecer con esa idea, desconociendo que de nada le serviría, del mismo modo que no sabía que el próximo 16 de agosto estaría muerta.
Los invitados comenzaron a acudir al prado que se extendía en la parte posterior de su residencia, donde se habían improvisado mesas y sillas para proceder al ágape. Bajo una pérgola había un órgano positivo que había sido traído desde un pueblo alavés y, no conforme con eso, habían llegado también unos músicos de Bilbao para que ejecutaran unas piezas de baile. En otra de las zonas había una cucaña y una caja de voladores a la espera de ser lanzados en algún momento de la celebración. Eloy Lizana, que de lo único de lo que se alegraba era de que por fin le pusieran pantalones largos, no compartía la misma devoción por aquella fiesta.
—Ese señor tan trajeado debe de ser el hermano de doña Antonia —comentó Marina a su amiga Fedra Irigoyen mientras se dirigían a observar cómo los más jóvenes jugaban a la cucaña.
—No, ése es el alcalde de Vitoria, y aquélla es su esposa. El hermano de doña Antonia es más joven.
—¿Y no se hablaba de que iba a venir acompañado de muchos amigos? No veo a tantos mozos por aquí.
—No sé si le perdonarán a la alcaldesa haberse traído unos músicos de Bilbao, con los que tenemos aquí…
Enseguida se acercaron a ellas las hermanas Iraela, dos mujeres que ya habían entrado en la edad anciana: entre ambas, sumaban ciento treinta años. Enseguida preguntaron por don Baltasar.
—Mi aita no se encontraba bien y, ya saben, tampoco le tentaba acudir a esta celebración —lo excusó la hija.
—Supongo que compartirás mesa con nosotras… —comentó doña Beatriz—. No me gustaría tener a según quién sentada a mi lado.
Marina asintió mientras con la mirada se excusaba ante Fedra, quien daba por hecho que no se separarían. A pesar del parentesco, las hermanas Iraela no podían ser más distintas. Beatriz , la mayor, había sido profesora de canto de Marina durante algunos años, amaba la música y sus ejecuciones al piano eran muy celebradas. Se había casado joven, y quedado viuda dos años después. Desde entonces vivía con su hermana en la casa que heredó de su difunto marido. Era alta y delgada, siempre parecía tener el ceño fruncido, y una nariz aguileña endurecía sus rasgos. Era mujer de pocas palabras, pero precisas, y con una fina ironía inglesa. Emilia, en cambio, era bajita y rebosante en carnes, y su rostro mostraba una nariz respingona muy peculiar. Siempre sonreía, se detenía a hablar con los vecinos bajo cualquier pretexto y se recreaba en todos los detalles contara lo que contase, mientras su hermana, circunspecta, miraba hacia otro lado a la espera de que no la involucraran a ella en la conversación, aunque no era ése el caso cuando se encontraba con Marina.
—¿Has tenido noticias de Vicente? —preguntó ahora doña Emilia a Fedra.
—Hace dos semanas que no recibo carta. Estoy empezando a preocuparme. Prometió escribirme cada semana… —objetó la muchacha.
—Y lo hará, querida, lo hará. Seguro que mañana recibes carta de él.
Al cabo de un rato, Fedra se había despedido para acompañar a su padre y los comensales ya habían ocupado sus mesas. Antes de que se sirviera la comida, doña Antonia cogió un megáfono, se colocó ante el órgano de la pérgola, dijo unas palabras de bienvenida y luego felicitó a su hijastro con gran efusión, momento que todos se vieron conminados a aplaudir. A continuación, pasó el megáfono a Felipe Arrese Beitia y le pidió que leyera el poema que había escrito para Eloy Lizana, y el poeta, algo azorado, así lo hizo. En este caso, la ovación fue más sincera, aunque sólo fuera por el cariño que profesaban al viejo Beitia. Cuando doña Antonia recuperó el megáfono, invitó a don Acisclo a que tomara asiento ante el órgano, y no a doña Concha como se había anunciado. Con poca modestia, habló de la canción que había compuesto para la ocasión. Se hizo un silencio expectante, el organista de la iglesia de Santa Marina se sentó, colocó unas partituras en el atril y se quitó el sombrero en señal de respeto. Tras los primeros compases, la voz de doña Antonia acompañó al sonido del órgano, destacándose de inmediato con la melodía. Marina se fijó en cómo doña Emilia observaba divertida a su hermana, quien estaba muy atenta a la interpretación.
—Le serviré más vino, creo que lo va a necesitar —le murmuró doña Emilia a la joven con sonrisa maliciosa.
La expresión de doña Beatriz se veía tensa y, aunque se mantenía quieta en su silla, semblaba que algo se le removía por dentro. Los leves fruncidos del entrecejo y el rictus de arrugas en sus labios hablaban por ella. También el rostro de doña Concha Aróstegui, que se hallaba en una mesa cercana, y los de otros amantes de la música luchaban por disimular la incomodidad que les producí
