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El caso de la mujer del estanque

Helena Tur

Fragmento

Prólogo

1

Antes de que sonara la campanilla de la puerta, ya sabían que los visitaría Patricia Burgoa. Hacía un par de minutos que, desde la calle, había llegado hasta ellos su voz aguda e impertinente. Tras saludar a los vecinos de los Ordubi por el lado norte de la calle de Enmedio, sabían que ellos iban a ser los siguientes. Patricia Burgoa era de esas mujeres con la necesidad de sentirse imprescindibles para la comunidad, algo que se había ido agudizando a medida que cumplía años y no recibía propuestas de matrimonio. Nadie ignoraba que ya pasaba de los treinta por mucho que ella todavía se vistiera como una joven a la caza de pretendiente. Sus ropas eran de tejidos caros y sentía una irrefrenable tendencia a demostrarlo; por supuesto, tanta pretenciosidad molestaba en una aldea rural. Lo que más llamaba la atención en su vestimenta eran los sombreros. Todos recordaban aquel día que se había presentado en la fiesta de don Jorge Danobeitia con un nido de codorniz en la cabeza, en el que sobresalía un pájaro de tela, o la vez que llevaba una pamela engalanada con plumas de pavo real y corazones de terciopelo. Por no hablar de las últimas celebraciones de Santa Marina, en las que su cabeza había parecido el más carnavalero de los arlequines… No, Patricia Burgoa no se caracterizaba por ser una mujer discreta en ningún aspecto, y los ochandianos amaban la tranquilidad y la circunspección. Su afán protagonista se había acrecentado desde la llegada de la nueva esposa del alcalde, a la que se había pegado sin remilgos en busca de su amistad, con palabras de halago que habían sido bien recibidas por doña Antonia. Y, aunque esta última ganara en elegancia, eran tal para cual.

—¿Qué será esta vez, aita? —preguntó en tono bromista la joven Marina Ordubi mientras la escuchaban charlar con los vecinos—. Le noto un tono de voz muy alegre. ¿Apuesta usted por una riña entre ganaderos o algún rumor sobre Tomás Elizalde? En los últimos tiempos Tomás se ha convertido en su protagonista favorito.

—Más le valdría no andar metiéndose con Elizalde. ¡Como si no conociera su temperamento! —respondió Baltasar Ordubi, que apuraba el desayuno.

—¿Cómo se encuentra esta mañana? —quiso saber la hija, al notar que no lo había hecho sonreír.

—Aún no tengo dolor de cabeza, pero estoy convencido de que, después de la visita de Patricia, sí lo tendré.

—Me refería a su reuma —replicó ella.

—Me noto la cadera y la pierna mejor que otras veces, pero no son de fiar.

—Esta noche no se ha levantado. Yo creo que coge frío cuando se desvela y eso no es bueno —comentó la joven sin esconder el reproche implícito que había en sus palabras. Estaba preocupada por el sonambulismo y los dolores que sufría su padre desde que tuvo el accidente.

—Desvelarme es lo que no hago. Si, como decís Otilia y tú, me paseo inconsciente por toda la casa, ¿qué quieres que le haga?

—Podría tomarse la infusión de valeriana y pasiflora que le preparo cada noche —dijo Marina regañándolo con la mirada.

—¡Puaj! —exclamó él exagerando un gesto de repulsión—. Sabes que no soporto beber agua caliente, a no ser que se trate de un buen caldo y, a ser posible, con menudillos.

—En casos así, lo de menos es que le guste. Debe tomárselo. No crea que se lo voy a ocultar al doctor Irigoyen cuando lo vea. Hoy mismo pienso visitar a Fedra después de ir a echar la carta de Isidro. La he escrito mientras usted aún dormía… Hay sitio para unas palabras suyas si quiere que se las añada.

La conversación fue interrumpida por la llegada de Patricia Burgoa, que se había adentrado hacia el comedor sin esperar a que Otilia la anunciara.

—¡Oh! No sabía que estaban desayunando… —se disculpó la intrusa, y de inmediato agarró una silla y se sentó a la mesa sin ser invitada—. Pero no me gustaría que fueran los últimos en enterarse.

—¿Quieres un trozo de queso? —le ofreció Marina sin demasiado interés.

Sobre la mesa, aparte de un plato con queso de Idiazábal y porciones de membrillo, había un cuenco vacío de morokil, pues, a pesar de los nuevos hábitos que traía la modernidad, Baltasar Ordubi no quería prescindir de sus costumbres.

—No, gracias —rechazó ella—. ¿No van a preguntarme qué ha ocurrido?

—¿Acaso hay necesidad? —barruntó el hombre, mientras se chupaba un dedo en el que había restos de membrillo.

—No, no soy tan mala como para ocultarles las últimas noticias. Y hoy tengo varias —sonrió Patricia Burgoa, sin abandonar su locuacidad—. Por un lado, resulta que tanto los Alkorta como los Losada se han hecho con la misma tela para los vestidos de sus hijas. Me refiero a los vestidos que piensan ponerse para el cumpleaños de Eloy Lizana, por supuesto. Ya es mucha casualidad que ambas familias fueran a Vitoria a comprar la tela y, mucho más, que coincidieran en el mismo comercio. ¿No creen que el azar les ha jugado una mala pasada? O tal vez sea el destino, no lo sé, no soy muy dada a pensamientos extravagantes. Lo más curioso es que ellos aún no lo saben —dijo y luego emitió una risa de comadreja, complacida con su propio descubrimiento—. ¿Se imaginan lo ridículas que se sentirán las hijas cuando lo descubran?

—¿Y cómo lo has sabido tú? —preguntó Marina.

—Tengo mis fuentes —sonrió la mujer, pero a continuación se compadeció de la curiosidad de la joven—. Claro que, en un lugar como éste, no existe mucho misterio. Teniendo en cuenta que sólo hay una costurera que conoce la moda de París… Porque, por supuesto, las dos familias han llevado la tela a doña Rafaela, aunque los diseños que han escogido son distintos.

—Entonces, ni se notará que la tela es la misma. Me sorprende que no encuentres nada mejor que hacer que madrugar para propagar esas bobadas por todo el pueblo —se burló don Baltasar.

—No es esto lo único que tengo que contar, ya saben que una siempre se deja lo mejor para el final —añadió ella al tiempo que movía la mano izquierda como si fuera un abanico mientras los ojos brillaban con picardía—. El hermano de Antonia Crespo vendrá a Ochandiano para la fiesta y, según me ha informado ella misma, lo hará acompañado de otros amigos. Todos ellos, varones.

—¿Antonia? ¿Tanta es la confianza que a la esposa del alcalde no la tratas de doña? —le preguntó el hombre.

Patricia Burgoa sonrió complacida.

—Ella misma lo dice: «Soy una afortunada por gozar de tu amistad, a veces temo que no he sido bien recibida en Ochandiano».

—¿Y cómo esperaba que la recibiéramos? Muchos humos se da esa señora de la capital… ¡y muy malos consejos! Aquí somos gente sencilla y no nos gusta que nos engatusen.

—Pues creo que pronto será altamente estimada. La celebración que está preparando va a ser tan espectacular que todos la adorarán. Pero, Marina, ¿no te parece una buena noticia que venga el hermano de Antonia?

—¿Por qué ha de ser una buena noticia que esto se llene de maketos, de guiristinos? —objetó de nuevo el padre.

—Porque están solteros y usted tiene una hija casadera —respondió la mujer señalando a la joven—. No es que en estos momentos el pueblo esté sobrado de mozos…

Era cierto. Entre la guerra de Filipinas, la de Cuba y la inmigración producida a partir de la crisis de las fraguas, en la villa había muchas más muchachas que muchachos.

—¿Y todos ellos piensan pedir la mano de Marina? —comentó el hombre a modo de burla. Por un instante, había pensado en la posibilidad de que su hija se casara bien y que su futuro yerno sufragara su deuda. Tal como había llegado, la descartó: no quería emparentar con un madrileño.

—Eso dependerá de cómo los aliente ella. —A continuación, Patricia Burgoa miró a la joven y añadió—: Eres bonita, de eso no hay duda, pero no es suficiente. A los hombres les gusta sentirse importantes, responden a los halagos y a la complacencia y, en ese punto, no sueles estar muy afinada.

—No deseo alentar a nadie —protestó Marina.

—Haz lo que quieras. Si no aprovechas la oportunidad, otras lo harán. Tengo alguna en mente cuyo interés se despertará de inmediato.

—No metas pájaros en la cabeza de mi hija, no me gustaría tener que ir a Madrid para visitar a mis nietos.

—Eso no ocurrirá, aita.

—Estoy deseosa de escuchar el poema de Beitia —comentó Patricia. Se refería a Felipe Arrese Beitia, el poeta del lugar—. Antonia le pidió que lo compusiera para festejar los quince años de su hijastro.

—¿Doña Antonia ha aprendido vascuence?

—No. Por supuesto, le pidió que lo escribiera en castellano.

—¡Lo que nos faltaba! Para alguien que hace versos en vascuence, esta señora nos lo quiere cambiar —protestó don Baltasar—. ¡Como si no hubiéramos tenido bastante con los isabelinos!

—Sólo será en esta ocasión. Y hay una sorpresa más —dijo la mujer, arqueando las cejas y dejando unos segundos de suspense—. Cantará una canción y quiere que doña Concha la interprete al piano.

—¿Doña Concha va a prestarse a eso?

—Estoy convencida de que lo hará. Y mucho más cuando Antonia le cuente lo que tiene en proyecto para la villa. —Resultaba innecesario que la mujer bajara la voz y se acercara a sus interlocutores, Otilia trasteaba en los cuartos de arriba y no había nadie más en la casa—. Muy pronto, el coro no sólo estará compuesto de hombres, también las mujeres podremos formar parte de él. Antonia tiene intención de ingresar, al igual que yo. Y espero que Marina haga lo mismo —la emplazó mientras la miraba—. Los ensayos comenzarán cuando haya pasado el cumpleaños.

—¿Cómo dices? —preguntó don Baltasar, que había entendido sus palabras, pero era incapaz de darles crédito.

—Lo que ha oído: Antonia quiere que, a partir de ahora, las mujeres que lo deseen canten también en el coro de la villa.

—Todo el mundo sabe que el coro de Ochandiano es sólo para hombres; si tanto desea cantar, que organice uno sólo de mujeres —respondió don Baltasar.

—¿Dices que doña Concha aún no lo sabe? Tal vez no le parezca buena idea… —le advirtió Marina. Concha Aróstegui, al igual que su familia, era considerada la eminencia musical del lugar.

—Aún no se lo ha comentado… Si tú accedes, seguro que ni ella ni doña Beatriz pondrán objeciones. ¿Podemos contar contigo?

—Si doña Concha está de acuerdo, no veo por qué no —respondió Marina, convencida de que la mujer se negaría.

Aún no sabían que la opinión de doña Concha no iba a resultar importante para lo que el destino tenía deparado.

2

Considerada bonita, Antonia Crespo había visto pasar su juventud sin conseguir, tal como se esperaba de ella, un matrimonio ventajoso. Desde niña, las expectativas habían sido grandes y la familia había procurado aderezar su belleza con una formación musical, cualidad que los caballeros adinerados valoraban. Para ello contrataron al mejor maestro de solfeo y canto de Parla. La niña tenía una voz melodiosa y se aplicaba, pero era incapaz de acabar una pieza sin desafinar en algún falsete. Reforzaron su horario de clases y tanto empeño puso la joven que, a los dieciséis años, se enamoró del profesor de música, que resultó ser un libertino con quien estuvo a punto de fugarse a espaldas de su familia. Por suerte, una intervención oportuna de su padre impidió la huida. Sin embargo, el escándalo no pudo evitarse: en un lugar de mil habitantes, el incidente no tardó en estar en boca de todos. Con el objeto de dejar atrás los dimes y diretes y de que, con ellos, no quedara arruinada la reputación de la joven para siempre, la enviaron a Madrid a vivir con una tía. Viuda y adinerada, la tía paterna acogió a su sobrina y prometió que la convertiría en cantante, pero, cuando la escuchó interpretar una de sus piezas favoritas, cambió de parecer y se dedicó a volcar sus esfuerzos en buscarle un buen partido. Le enseñó modales, la llevó a todas las reuniones y fiestas de sociedad y la presentó a todas las conocidas que tenían hijos casaderos. Durante ese tiempo, la joven Antonia recibió varias ofertas de matrimonio que fueron rechazadas por su tía, en el caso de que el caballero no tuviera la suficiente posición, o por ella, cuando sobrepasaba el medio siglo. El éxito llegó el día en que la joven cumplió diecinueve años. En un mismo mes, aparecieron dos pretendientes que fueron del agrado de ambas. Aún no había decidido a cuál de ellos aceptar cuando tuvo la mala fortuna de ser descubierta en un balcón besándose con un hombre casado y las oportunidades se esfumaron tal como habían venido. En la capital, a diferencia de los sitios pequeños, los escándalos se sucedían unos a otros y los más antiguos caían en el olvido al poco tiempo. Mientras dejaba que todo pasara, su tía la invitó a conocer Europa, viaje que duró casi un año.

A su regreso, una epidemia de cólera arrasó el país y se llevó de este mundo hasta al mismísimo Alfonso XII. Durante ese tiempo, llegó a Madrid la noticia de que los padres de Antonia habían muerto víctimas de la enfermedad y entonces se supo que estaban arruinados y que tenían la casa hipotecada. Mauro Crespo, hermano de Antonia, siguió con vida y, poco después, se trasladó a Madrid y se empleó como repartidor de periódicos. La suerte acompañó a la muchacha durante los siguientes años. Sin embargo, cuando su tía falleció, para su sorpresa, dejó toda la fortuna a la Iglesia. Entonces Antonia no tuvo más opción que colocarse de dama de compañía.

Había perdido ya toda esperanza de casarse y tener hijos cuando conoció al alcalde de un pueblo de las Vascongadas del que nunca había oído mencionar y que le costó ubicar en el mapa. Ella tenía treinta y dos años, y él, cuarenta y cinco. El señor Lizana, que así se llamaba, había quedado viudo con un hijo único a cargo, y le pareció que aquella mujer era la adecuada para ejercer el papel de una madre. Con el poco trato mantenido durante las dos semanas que él permaneció en Madrid, no le encontró tacha para convertirla en su esposa. Antonia agradeció el regalo del destino y, cuando aquel viudo le ofreció su mano, aceptó de inmediato. Tras una breve correspondencia, la boda se celebró en Madrid a mediados de mayo de 1897 y, una semana después, el feliz matrimonio se instaló en la villa de Ochandiano, municipio del que el señor Lizana era alcalde.

Tres meses después, las esperanzas de felicidad habían de­sa­parecido del corazón de Antonia Crespo. Consideraba que los ochandianos se mostraban distantes y reservados con ella y no lograba entenderlo. Tampoco la relación con Eloy, el hijo de su marido, era la que en un principio había esperado. El adolescente no obedecía sus órdenes, no seguía sus consejos y apenas le dirigía la palabra. Se negaba a aceptar una nueva figura materna y procuraba abarcar toda la atención de su padre para evitar que se la dedicara a la recién estrenada esposa. Ella no tardó en comprender que en su vida marital se aburriría terriblemente. No le gustaba la villa, abandonada en mitad de la nada; no le gustaba la gente, de pocas palabras y algo ruda; y no le gustaba su hijastro, consentido y malcriado. Para que se mantuviera ocupada, su marido le aconsejó que se dedicara al cultivo de flores, afición que le pareció apropiada para una mujer refinada. Pero Antonia no sólo deseaba ocupar el tiempo. Sentía que era merecedora de todo el protagonismo que se debe a la esposa del alcalde y aspiraba a que los pueblerinos la admiraran por su posición y por haberles traído a ese lugar perdido la cultura y los modales de una ciudad como Dios manda.

Con los calores de julio, tuvo una idea brillante. El 15 de agosto Eloy Lizana, su hijastro, cumpliría quince años, por lo que decidió organizar una fiesta para celebrarlo. Una fiesta que fuera recordada por generaciones venideras y de la que se hablara durante años en los pueblos de alrededor. Sería tan grandiosa y opulenta que sin duda, tras la celebración, todos buscarían su amistad. Su entusiasmo comenzó a crecer con esa idea, desconociendo que de nada le serviría, del mismo modo que no sabía que el próximo 16 de agosto estaría muerta.

Los invitados comenzaron a acudir al prado que se extendía en la parte posterior de su residencia, donde se habían improvisado mesas y sillas para proceder al ágape. Bajo una pérgola había un órgano positivo que había sido traído desde un pueblo alavés y, no conforme con eso, habían llegado también unos músicos de Bilbao para que ejecutaran unas piezas de baile. En otra de las zonas había una cucaña y una caja de voladores a la espera de ser lanzados en algún momento de la celebración. Eloy Lizana, que de lo único de lo que se alegraba era de que por fin le pusieran pantalones largos, no compartía la misma devoción por aquella fiesta.

—Ese señor tan trajeado debe de ser el hermano de doña Antonia —comentó Marina a su amiga Fedra Irigoyen mientras se dirigían a observar cómo los más jóvenes jugaban a la cucaña.

—No, ése es el alcalde de Vitoria, y aquélla es su esposa. El hermano de doña Antonia es más joven.

—¿Y no se hablaba de que iba a venir acompañado de muchos amigos? No veo a tantos mozos por aquí.

—No sé si le perdonarán a la alcaldesa haberse traído unos músicos de Bilbao, con los que tenemos aquí…

Enseguida se acercaron a ellas las hermanas Iraela, dos mujeres que ya habían entrado en la edad anciana: entre ambas, sumaban ciento treinta años. Enseguida preguntaron por don Baltasar.

—Mi aita no se encontraba bien y, ya saben, tampoco le tentaba acudir a esta celebración —lo excusó la hija.

—Supongo que compartirás mesa con nosotras… —comentó doña Beatriz—. No me gustaría tener a según quién sentada a mi lado.

Marina asintió mientras con la mirada se excusaba ante Fedra, quien daba por hecho que no se separarían. A pesar del parentesco, las hermanas Iraela no podían ser más distintas. Beatriz , la mayor, había sido profesora de canto de Marina durante algunos años, amaba la música y sus ejecuciones al piano eran muy celebradas. Se había casado joven, y quedado viuda dos años después. Desde entonces vivía con su hermana en la casa que heredó de su difunto marido. Era alta y delgada, siempre parecía tener el ceño fruncido, y una nariz aguileña endurecía sus rasgos. Era mujer de pocas palabras, pero precisas, y con una fina ironía inglesa. Emilia, en cambio, era bajita y rebosante en carnes, y su rostro mostraba una na­riz respingona muy peculiar. Siempre sonreía, se detenía a hablar con los vecinos bajo cualquier pretexto y se recreaba en todos los detalles contara lo que contase, mientras su hermana, circunspecta, miraba hacia otro lado a la espera de que no la involucraran a ella en la conversación, aunque no era ése el caso cuando se encontraba con Marina.

—¿Has tenido noticias de Vicente? —preguntó ahora doña Emilia a Fedra.

—Hace dos semanas que no recibo carta. Estoy empezando a preocuparme. Prometió escribirme cada semana… —objetó la muchacha.

—Y lo hará, querida, lo hará. Seguro que mañana recibes carta de él.

Al cabo de un rato, Fedra se había despedido para acompañar a su padre y los comensales ya habían ocupado sus mesas. Antes de que se sirviera la comida, doña Antonia cogió un megáfono, se colocó ante el órgano de la pérgola, dijo unas palabras de bienvenida y luego felicitó a su hijastro con gran efusión, momento que todos se vieron conminados a aplaudir. A continuación, pasó el megáfono a Felipe Arrese Beitia y le pidió que leyera el poema que había escrito para Eloy Lizana, y el poeta, algo azorado, así lo hizo. En este caso, la ovación fue más sincera, aunque sólo fuera por el cariño que profesaban al viejo Beitia. Cuando doña Antonia recuperó el megáfono, invitó a don Acisclo a que tomara asiento ante el órgano, y no a doña Concha como se había anunciado. Con poca modestia, habló de la canción que había compuesto para la ocasión. Se hizo un silencio expectante, el organista de la iglesia de Santa Marina se sentó, colocó unas partituras en el atril y se quitó el sombrero en señal de respeto. Tras los primeros compases, la voz de doña Antonia acompañó al sonido del órgano, destacándose de inmediato con la melodía. Marina se fijó en cómo doña Emilia observaba divertida a su hermana, quien estaba muy atenta a la interpretación.

—Le serviré más vino, creo que lo va a necesitar —le murmuró doña Emilia a la joven con sonrisa maliciosa.

La expresión de doña Beatriz se veía tensa y, aunque se mantenía quieta en su silla, semblaba que algo se le removía por dentro. Los leves fruncidos del entrecejo y el rictus de arrugas en sus labios hablaban por ella. También el rostro de doña Concha Aróstegui, que se hallaba en una mesa cercana, y los de otros amantes de la música luchaban por disimular la incomodidad que les producí

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