1
Estoy soñando en dracónico otra vez.
Las largas y enrevesadas frases me vienen con más facilidad en sueños que cuando estoy despierta, y, justo antes de abrir los ojos, se me queda en la mente una palabra.
Mengkhenyass.
¿Qué significa?
Me doy la vuelta en la cama, y el sopor va disipándose como la bruma atravesada por los rayos de luz del sol que entran por las ventanas de guillotina. En el suelo, enredado entre una maraña de mantas, ronca mi primo Marquis. Su padre se ha pasado la noche charlando otra vez con mamá y papá, murmurando sobre huelgas, protestas y fuego de dragones. La presencia de Marquis en el suelo de mi dormitorio se está volviendo algo habitual.
Oigo el ruido de cazuelas procedente de la cocina, en el piso de abajo, y echo las piernas a un lado, dejando caer los pies al borde de la cama en el momento justo de tomar conciencia: hoy viene a cenar la rectora de la Academia de Lingüística Dracónica. Aquí, a casa de mis padres.
Esta noche.
Llevo semanas esperando este día. No, meses. La doctora Rita Hollingsworth viene a ver a mamá para hablar de su teoría sobre dialectos dracónicos, pero será mi ocasión para impresionarla y —casi no me atrevo a albergar esperanzas— asegurarme una beca de prácticas para el verano en el departamento de traducción de la Academia.
—¡Marquis! —Le lanzo una almohada a la cabeza a mi primo—. ¡Despierta!
Marquis gruñe algo con la boca pegada a la almohada.
—¡Por Dios, Viv! Pensaba que ibas a dejarme dormir.
—Hay demasiado que hacer —le respondo—. A las diez tengo que estar en el taller de encuadernación.
Me pongo la bata y cruzo la habitación hasta el escritorio, donde está la carta de recomendación de mi profesora, perfectamente lisa e impecable. La puerta se abre con un golpetazo y entra Ursa, ya vestida, que pisotea a Marquis y se agacha, poniéndole unos labios como capullos de rosa junto al oído. Él protesta con otro gruñido.
—¿Primo? —le susurra en voz alta—. ¿Estás despierto?
—Ahora sí que lo está, osita —digo yo, riéndome y mostrándole los brazos abiertos. Tiene la piel caliente y suave y huele a leche y a miel—. ¿Adónde vas?
—No puedo decírtelo —responde Ursa, abriendo los ojos—. Es un lugar secreto.
—¿Un lugar secreto? —Marquis levanta el torso y esboza una sonrisa malvada—. ¡Esos son los que más me gustan!
Ursa suelta una risita y me deja que le desenrede el cabello, que se le ha quedado prendido a la deshilachada cinta en la que lleva el pase de clase.
Ursa Featherswallow
Edad 5
Segunda Clase
Examino la cinta de cerca y suelto un improperio.
—¡Ursa! Deberías haberle pedido a mamá que te cambiara la cinta. ¡Ya sabes que no puedes arriesgarte a perder el pase!
Echo mano de mi pase, que está colgado de una cinta de terciopelo negro, y me lo pongo al cuello. La idea de que puedan detener a Ursa por haber perdido el pase de clase me aterra. Esas dos palabras —«Segunda Clase»— son la diferencia entre tener algo y no tener nada.
Mi hermana se limita a fruncir el ceño y señala con un dedo la pared de detrás de mi escritorio. Está decorada con papeles: dibujos de las diferentes especies de dragones hechos por Marquis, mi carta de aceptación a la Universidad de Londres y una lámina pintada con acuarelas. Me preparo para la pregunta que me hace Ursa casi todos los días:
—¿Dónde está Sophie?
Me giro de mala gana hacia la pintura, intentando ignorar el repentino acceso de nostalgia que me invade. Me encuentro delante mi propio rostro, sonriéndome, y a su lado el rostro de mi más antigua y querida amiga.
—Ya te lo he dicho —respondo, envolviéndole el rostro a Ursa con las manos—. Se ha ido.
No he visto a Sophie desde el verano, cuando suspendió el Examen y la degradaron a tercera clase. En el margen de unas semanas se vio obligada a abandonar nuestro sueño de ir juntas a la universidad y a dejar la casa de su familia en Marylebone para dirigirse a una casa de rehabilitación en un barrio de tercera clase. Me estremezco recordando el día de las notas. El llanto débil de Sophie, la forma en que cayó al suelo, como un globo deshinchado, el gesto serio de su padre al bajar la vista para leer el papel que tenía en la mano.
La sensación de culpa me golpea como la ola de un tsunami, dejándome sin aliento.
—Sophie ahora es de tercera clase, Ursa —dice Marquis, echándome una mirada, nervioso.
Arranco la pintura de la pared.
—¡Ursa! —Es la voz de mamá, desde las escaleras—. Te estoy esperando, cariño.
Ursa sale corriendo de la habitación sin mirar atrás, y unos segundos más tarde oigo el portazo de la puerta principal. Dejo caer la acuarela en la papelera y saco del armario una blusa de encaje y unos pantalones.
—¿Me dejas que me vista? —le digo a Marquis, antes de que pueda pronunciar el nombre de Sophie.
Él asiente, recoge sus cosas y sale de la habitación. Dejo que salgan las lágrimas, calientes e inevitables, mientras me recojo el flequillo con un clip. Luego parpadeo con rabia para limpiarme los ojos. Lo que le hice a Sophie es imperdonable, pero ya es demasiado tarde para cambiar las cosas. Tomé mi decisión —una decisión horrible, pero necesaria— y ahora tengo que vivir con las consecuencias. Mi dolor no es nada comparado con lo que debe de sentir Sophie.
Unos momentos más tarde llaman a la puerta. Abro y me encuentro con Marquis, que me tiende el brazo.
—¿Al encuadernador? —dice, con una sonrisa en el rostro.
Lleva una gabardina de color cámel y el oscuro cabello perfectamente peinado. Enlazo mi brazo con el suyo y noto que la ansiedad disminuye. Tenemos el día por delante, el día en que podré impresionar a Rita Hollingsworth con el portafolio de mis trabajos. Si la noche va como espero, estaré un paso más cerca de convertirme en Vivien Featherswallow, traductora de dracónico.
Fitzrovia bulle de actividad; me agarro fuerte al brazo de Marquis y él va abriéndonos paso por entre los vendedores ambulantes de golosinas y baratijas. Muchos de ellos se giran a saludarlo. Marquis tiene un encanto natural y un ingenio que le han proporcionado todo tipo de privilegios desde que éramos niños, y cae bien a todo el mundo. Un grupo de hombres con barba está inspeccionando una colección de libros antiguos, sosteniendo sus lupas para admirar los bordes dorados. El búlgaro es un sonido familiar para mí, y resuena en mis oídos mientras observo una fila de iconos religiosos pintados que parecen mirarme desde uno de los puestos.
—¡Dragones rebeldes detenidos en Durham! —grita un vendedor de periódicos—. ¿Está en riesgo el Acuerdo de Paz?
Marquis y yo nos giramos a leer los titulares y suelto un soplido de desdén.
—¿En peligro? Lleva en vigor más de cincuenta años. Como si unos cuantos rebeldes fueran a acabar con él.
El Acuerdo de Paz entre la primera ministra Wyvernmire y la Reina de los Dragones Británicos permite la coexistencia de humanos y dragones en paz y armonía. Sin eso y el sistema de clases, aún tendríamos problemas de hacinamiento, mendicidad y de caza de humanos y de dragones. No entiendo que de pronto haya tanta gente que lo ponga en cuestión.
—Ayer oí un rumor muy jugoso —dice Marquis, mientras cruzamos la calle y tomamos Marylebone.
Salto por encima de una profunda fisura en el asfalto, resultado del impacto de la cola de un dragón durante la guerra.
—La actual novia de Hugo Montecue dice que su cuñado vio un dragón y un avión en el cielo a la vez, volando el uno junto al otro.
—Eso es mentira. Los dragones y los aviones tienen sus rutas designadas para evitar colisiones —respondo en el momento en que abro la puerta del taller de encuadernación. En el interior resuena una campanilla.
—Bueno —alega Marquis—, quizá los rebeldes estén consiguiendo imponerse por fin. A lo mejor están más cerca de lo que pensamos de derogar el Acuerdo de Paz.
Le respondo con un bufido:
—Si tus amigos creen que el gobierno va a dejar que los rebeldes se adueñen del cielo, son más skrits de lo que pensaba.
—A ti lo que te pasa es que estás celosa porque Hugo Montecue tiene una nueva novia.
—Cállate ya —respondo, torciendo el gesto—. Ese chico me sirvió para aprobar matemáticas, eso es todo. Era buen profesor.
Marquis sonríe, socarrón.
—Seguro que sí.
Hurgo en el bolsillo en busca de monedas para pagar al encuadernador, pero noto cómo se me han calentado las mejillas. Mis romances —hasta los más insustanciales— deben permanecer tan en secreto como los de mi primo.
—Fíjate tú quién habla —susurro en voz baja—. Tú tienes más novios que pañuelos de seda.
El librero me entrega el portafolio y yo le doy las gracias. Bajo la elegante cubierta de cuero se encuentran mis mejores traducciones, y siento un escalofrío de orgullo que me atraviesa el cuerpo.
Todo acto de traducción requiere sacrificio: esa es la dura verdad que me apasionó. No existe una correlación directa entre las palabras de un idioma y del otro, así que ninguna traducción puede ser por completo fiel al original. Así pues, aunque se pueda salvar la distancia entre idiomas de uno u otro modo, siempre queda un significado más profundo por manifestar, un secreto invisible para los que solo tienen un lenguaje con el que moverse por el mundo.
El traductor, por otra parte, es una criatura que vuela con varios pares de alas.
Me meto el portafolio bajo un brazo y salgo de la tienda tras Marquis. Emprendemos el camino de vuelta a casa, pasando por la Universidad de Londres.
Ya llevamos dos meses estudiando aquí; yo incluso me salté el último año del instituto para entrar antes en la universidad. Me gusta tanto que los fines de semana me parecen un aburrimiento. Aún envidio a Marquis por el hecho de que le permitieran alojarse en el campus solo por ser hombre, aunque también es cierto que algunas universidades ni siquiera permiten a las mujeres asistir a clase.
«Tienes que ver la parte buena de la situación», me dijo una vez el tío Thomas.
Y lo hago. La Universidad de Londres, con su campus bañado por el sol, sus altos edificios y su enorme biblioteca, es todo lo que he soñado siempre.
Sueños... Pienso en la palabra dracónica de esta mañana.
Mengkhenyass.
Es komodonés, una lengua dracónica muy poco extendida en Britania salvo por los comerciantes que viajan a Singapur. Tengo la traducción al inglés en la punta de la lengua, pero no consigo recordarla.
—No corras tanto —me dice Marquis de pronto.
Un grupo de gente avanza por una de las calles que salen de Fitzrovia. Echo un vistazo al cartel junto al que pasan antes de invadir la plaza.
Ahí es donde está la casa de rehabilitación de Sophie.
—¡El Acuerdo de Paz está corrupto! —grita una voz.
Por en medio del grupo, de aspecto desaliñado, hay hombres con uniforme y casco blancos.
Guardias de la Paz.
Instintivamente, echo mano de mi pase de clase y noto que Marquis hace lo mismo.
—¡Liberad a la tercera clase! —grita una mujer a todo pulmón.
Tanto ella como los suyos agitan carteles sobre las cabezas.
¡LA COALICIÓN
HUMANOS-DRAGONES
DE BRITANIA
EXIGE REFORMAS!
¡DEFIENDE LA DEMOCRACIA!
¡ELECCIONES GENERALES YA!
Me estremezco al ver que la tiran al suelo, y la multitud tras ella se enciende, pisoteándola.
—¡Justicia para los dragones! —grita otra voz.
Aparecen más guardias, todos ellos con porras plateadas, y yo me echo a un lado en el momento en que otro grupo de manifestantes aparece a mis espaldas. Uno de ellos me golpea el pómulo con su cartel. Alargo la mano buscando la de Marquis mientras los dos grupos se unen y se extienden, invadiendo la plaza.
—¡Vamos! —dice Marquis, tirando de mí para volver a casa.
Corremos por la calle adoquinada y de pronto un brillo me llama la atención. Veo una porra plateada en lo alto que refleja la luz del sol a solo unos pasos de nosotros.
—¡Abajo Wyvernmire!
La porra cae con fuerza sobre la multitud y los chillidos llenan la calle. Las salpicaduras de sangre me manchan el abrigo y la cubierta del portafolio.
—Oh.
Me tambaleo y emito una exclamación de estupor que al instante queda eclipsada por el chillido de una mujer. La multitud se revuelve, creciendo en tamaño y acercándose cada vez más, convertida en una masa de cuerpos que van cayendo al suelo. Veo el terror en el rostro de Marquis y echo a correr, pero de pronto tengo que parar, porque estoy a punto de pisarle la cabeza a alguien, una chica tendida en el suelo, con la larga melena empapada de sangre y los ojos abiertos, sin vida.
Un disparo atraviesa el aire.
—¡Viv! —grita Marquis.
Echamos a correr a toda prisa. Los puestos callejeros se van quitando de en medio y por la calle aparecen coches patrulla acercándose a toda velocidad. Veo mi casa, el alto edificio blanco con las cortinas azules. Subo las escaleras tropezando mientras resuena un segundo disparo, y luego un tercero. Me tiemblan las manos, pero consigo meter la llave en la cerradura mientras Marquis me empuja por detrás, impaciente.
—No puedo...
Caemos rendidos en el recibidor y Marquis cierra la puerta de golpe a nuestras espaldas. Casi sin aliento, me quedo mirando el rostro cetrino de mi primo y sus zapatos manchados de sangre. El corazón me late desbocado en el pecho, y tengo el cabello empapado de sudor.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto.
—Manifestantes rebeldes —responde Marquis.
Me aparece ante los ojos el cabello ensangrentado de la chica muerta y me llevo una mano a la boca. Se me revuelve el estómago. Siempre me había imaginado que los rebeldes serían un partido político organizado con una sede oficial, compuesto por furiosos dragones y radicales armados. No por los mismos hombres y mujeres que veo cruzando la plaza a diario. Ni por chicas adolescentes.
Doy un respingo al oír que la puerta de casa se abre otra vez. Mamá entra a toda prisa, con Ursa en brazos, llorando desesperadamente.
—Cerrad bien la puerta —nos dice, dejando a Ursa en el suelo—. Y no os acerquéis a las ventanas.
Hago lo que dice, cruzando una mirada con Marquis mientras mamá le quita el abrigo y las botas a Ursa.
—Vosotros dos, traedme los zapatos y cualquier otra cosa que se haya manchado —ordena mamá, mientras se quita su abrigo—. Y tú ocúpate de tu hermana.
—Chis, tranquila, osita —le susurro, arrodillándome para decirle al oído cosas que puedan apaciguarla.
Marquis se pone en pie y se queda mirando por la ventana con obstinación. En unas horas mamá habrá borrado cualquier rastro de nuestra presencia accidental en la protesta de los rebeldes. Mi ropa volverá a aparecer en el armario, planchada e impecable, y será como si nunca me hubiera cruzado con una porra plateada ni con el cadáver de una chica de tercera clase.
«Ese es el motivo».
De pronto lo tengo claro, sin margen de duda.
Este es el motivo por el que puedo contar las pocas malas notas que he tenido en mi vida con la línea de cicatrices blancas que tengo en el brazo.
Este es el motivo por el que permití que Hugo Montecue deslizara la mano por debajo de mi vestido a cambio de clases de matemáticas el año pasado.
Este es el motivo por el que traicioné a mi mejor amiga.
Para aprobar el Examen. Para convertirme en traductora de dracónico.
Para no correr el riesgo de ser degradada a la tercera clase.
Ursa tiene hipo a causa del berrinche; ahora acaricia la nueva cinta azul pálido en la que lleva su pase de clase.
—¿Quieres que juguemos a un juego? —propone Marquis, cogiéndola de la mano.
Espero a que desaparezcan en el salón antes de recoger mi portafolio del suelo. Le limpio la sangre de la cubierta, aliviada porque mamá no lo ha visto y no me ha hecho tirarlo a la basura, y me dirijo al comedor, donde ya han puesto la mesa. La cena de esta noche ha sido toda obra de mamá, ya que nunca hemos tenido doncella ni cocinera. No nos quedaría dinero para las clases particulares.
Dejo el portafolio apoyado contra el respaldo de mi silla; las marcas oscuras de la cubierta pueden pasar por marcas de agua. ¿Bastará para que Rita Hollingsworth se plantee ofrecerme una beca? Eso, junto con mis cartas de recomendación y esa actitud profesional que me enseñaron a adoptar en clase, debería hacer que resultara tan convincente como el día del Examen. «Como fruta madura lista para recoger», tal como dijo papá ese día. Aún no sé muy bien qué quería decir, pero así es como me veo ahora. Soy una fruta muy muy madura: brillante por fuera, pero podrida por dentro.
El timbre suena a las siete en punto, justo en el momento en que mamá coloca las últimas flores en un jarrón sobre la mesa. Un mechón suelto de cabello rubio pálido le cae sobre la frente. Me sonríe, dándome ánimos. Con mis rizos oscuros y mis pecas en el rostro no me parezco en nada a ella, pero eso ya no me sorprende. Ella es sensata, paciente, serena. Yo soy inquieta, impetuosa, egoísta.
Papá le da un beso en la mejilla y se saca dos botellas de vino de la espalda con una floritura.
—Pensé que habíamos quedado en que sacaríamos solo una botella —protesta mamá.
—Así es —responde papá—, pero dado que tenemos una invitada tan distinguida, pensé que quizá no bastara.
El tío Thomas responde con un gruñido desde su asiento. Papá empezó a beber durante los días en que esperábamos las notas de mi examen y desde entonces no ha parado.
—Dame eso —dice el tío Thomas, agarrando las botellas de merlot.
Las abre con un sonoro «pop» y las coloca junto al fuego, para que respiren. Papá se acerca más a mamá, señala su estudio de investigación, apoyado en la repisa de la chimenea, y susurra:
—No muestres todas tus cartas desde el principio.
Sé lo suficiente sobre la investigación de mamá como para entender que es una noche importante. Sé que cree que cada lengua dracónica tiene sus dialectos, ramificaciones de un idioma propios de un grupo o un lugar particular. Si conseguimos demostrar la existencia y el significado cultural de esos dialectos, afirma, le recordaremos a la sociedad lo parecidos que somos los dragones y los humanos. Pero la Academia sostiene que los dragones son demasiado solitarios como para que sus lenguas se hayan extendido y para que hayan evolucionado derivando en otras.
En el comedor hay mucha luz y la temperatura es agradable; en la mesa luce la mejor porcelana rosa de mamá. Hay estanterías con libros y cuadros en todas las paredes, y Mina, nuestra gata de pelo blanco, duerme en el diván. Esta es la estancia de la casa donde se quedan charlando mis padres y el tío Thomas noche tras noche. Al principio yo pensaba que hablaban de trabajo, pero el tío Thomas no es antropólogo como mamá y papá. Es de la rebelión de lo que hablan... De eso, y de la amenaza de que haya otra guerra. Anoche oí fragmentos de su conversación, de camino a la cama.
«El castigo para el golpe de Estado es la muerte».
—¡Doctora Hollingsworth —exclama mamá—, bienvenida a nuestra casa!
Todos nos giramos a mirar a la mujer menuda y de cabello plateado que está entrando en el salón. Tiene la piel bronceada y curtida por el tiempo, y patas de gallo en las comisuras de los ojos. Lleva una larga boquilla para cigarrillos en una mano y un maletín en la otra, y varios anillos en los dedos. Ursa ve cómo brillan y los contempla con envidia.
—Estoy encantada de estar aquí —dice la doctora Hollingsworth, entregándole el abrigo a Marquis.
Él se gira a mirarme y levanta una ceja. Yo le devuelvo la mirada, instándole a que sea educado con la mujer que podría tener la llave de mi futuro.
—¿Han visto, doctor y doctora Featherswallow, la manifestación rebelde que ha habido esta tarde? —comenta la doctora Hollingsworth mientras papá la acompaña a su sitio—. Qué contratiempo, toda esa violencia justo frente a su casa.
—Hemos tenido suerte de que estábamos todos en casa —se apresura a responder mamá, lanzándome una mirada de advertencia—. Doctora Hollingsworth, ¿puedo ofrecerle una copa de vino?
Escucho a Rita Hollingsworth, que habla con mis padres mientras dan cuenta de sus cuencos de pierogi a la mantequilla, y en sus ojos veo un brillo que solo puedo describir como de genialidad. Esta es la mujer que definió por sí sola la sintaxis de tres antiguas lenguas dracónicas, la rectora de una institución que le ha dado al dracónico una forma escrita. Y ahí está, en mi casa, escuchando a mi madre.
—Tal como sabe, doctora Hollingsworth, los dragones han conversado en cientos de idiomas durante milenios —afirma mamá—. Y mi investigación demuestra que sus capacidades lingüísticas se extienden aún más allá. Yo creo que algunos grupos reducidos y densos hablan en dialectos derivados de los idiomas que conocen. Esos dialectos se diferencian claramente entre sí, igual que el inglés de la Reina se diferencia, por ejemplo, del de Liverpool.
—Doctora Featherswallow, si los dragones hablaran en dialectos regionales, sin duda los habríamos oído.
—Podrían no ser dialectos regionales —responde mamá, con entusiasmo—. Podrían ser...
La doctora Hollingsworth levanta la palma de la mano indicándole que no siga. Yo casi me atraganto al verlo, y al otro lado de la mesa Marquis escupe el vino que tenía ya en la boca, devolviéndolo a la copa.
—Usted es de Bulgaria, doctora Featherswallow, ¿verdad?
—Yo... sí —responde mamá.
—¿Y cuándo vino a Inglaterra?
—En 1865, cuando era un bebé.
—Tras la Masacre de Bulgaria, pues —observa la doctora Hollingsworth, dejando el tenedor en la mesa—. ¿Perdió a muchos familiares en el ataque de los dragones búlgaros?
—Bastantes, incluida mi madre —responde mamá, con tranquilidad. Eso es todo lo que me ha contado mamá sobre su familia. Que huyeron de Bulgaria cuando se produjo el alzamiento de los dragones, y que solo sobrevivieron ella y su padre. Mi abuela pereció junto a la mayor parte de la población humana de Bulgaria.
—Debo admitir que me sorprende que se convirtiera en antropóloga y que se haya dedicado al estudio de las criaturas que tanto sufrimiento le han causado a su familia —comenta la doctora Hollingsworth—. Muchos de los búlgaros que he conocido llevan encima hierbas que creen que les protegerán de los dragones, y han jurado no volver a confiar nunca más en uno de ellos.
Mamá sonríe y papá le agarra la mano.
—Antes del cierre de fronteras, mi esposa viajó por el mundo para proseguir con su investigación, doctora Hollingsworth —dice él—. Por cada dragón sediento de sangre que encontró en Bulgaria, ha encontrado muchos más que solo buscaban la paz.
La doctora Hollingsworth se gira hacia papá:
—¿Y no tenemos suerte de contar con el Acuerdo de Paz, que nos da esa seguridad?
Papá se queda rígido, y veo que mamá le apoya una mano en la espalda. Él se sirve otra copa de vino.
—¡Alabadas sean la paz y la prosperidad! —dice mamá, recitando el lema nacional de Britania con la misma tonadilla que usa para ayudar a Ursa a memorizar cuando estudia, y la doctora Hollingsworth sonríe, complacida.
Yo apoyo una mano en el portafolio que tengo sobre las piernas, pensando en el participio pasado del draecksum, en la página nueve. ¿Será un buen momento para abordar el tema de las prácticas? Miro a mamá, esperando recibir permiso para hacerlo, cuando me doy cuenta de que la doctora Hollingsworth me está mirando fijamente.
—Vivien Featherswallow —dice—. He oído que tú también eres una lingüista en ciernes, ¿no?
De pronto siento una energía que me corre por las venas, y me siento más recta.
Es mi oportunidad. Sonrío tal como me han enseñado.
—Estoy estudiando Lenguas Dracónicas en la Universidad de Londres —respondo—. Es mi primer año.
—Magnífico —comenta la doctora Hollingsworth—. ¿Y tienes muchas ocasiones para practicar?
—¿Practicar?
—Con dragones, querida.
—Oh...
La pregunta tiene sentido, pero yo nunca he pensado demasiado en ello. Ahora lo hago, y caigo en la cuenta de que no le he dicho más que un puñado de palabras a un dragón desde que tenía la edad de Ursa.
—Este año han sustituido al último profesor dragón por un humano, así que...
—¿Cuántas lenguas dracónicas hablas? —me pregunta, en un perfecto wyrmerio.
—Seis —respondo, en el mismo idioma. Luego paso a komodonés, cuyo estudio acabo de iniciar—. Pero en esta última aún no tengo mucha fluidez.
—Esti tin Drageoir? —me pregunta en drageoir—. Depuise quantem temps scrutes?
—Como es la lengua dracónica oficial en Francia, empecé a aprenderla cuando tenía ocho años —respondo, con el perfecto acento drageoir que aprendí de uno de mis profesores particulares—. Es una de las más fáciles, en mi opinión.
La doctora Hollingsworth sonríe, divertida, antes de volver a usar el inglés:
—¿Y qué te ha parecido el Examen? He oído que lo has superado brillantemente.
Siento un nudo en el estómago ante la mera mención del Examen, pero no dejo de sonreír. ¿Dónde habrá oído eso?
—Vivien trabajó durísimo para aprobar —dice papá—. Algunas de sus amigas no tuvieron tanta suerte.
La doctora Hollingsworth gira la cabeza bruscamente en dirección a mi padre.
—¿Usted diría que es cuestión de suerte, doctor Featherswallow?
—Nuestra amiga Sophie trabajó igual de duro que Viv —comenta Marquis—. No esperábamos que suspendiera.
El nudo de mi estómago se endurece aún más. Marquis tiene un año más, así que hizo el Examen antes que nosotras. Pero la degradación de Sophie le ha dolido mucho.
Ursa golpea el plato al ensartar un pierogi con su tenedor.
—¿Y qué es lo que crees tú, señorita Featherswallow?
Yo echo una mirada nerviosa a mamá. ¿Qué tiene que ver todo esto con los dialectos de los dragones? Todos los adolescentes hacen el Examen cuando cumplen dieciséis años. Los que aprueban siguen en su clase de nacimiento, salvo los chicos de tercera clase, que pasan a segunda clase. Los que suspenden bajan de clase, salvo los de tercera clase, que no pueden bajar más. Así ha sido desde que yo nací, al menos.
Pienso en los meses de estudio, en las solicitudes enviadas a las universidades, en las manos errantes de Hugo Montecue.
—Para mí suspender no era una opción —respondo.
«Por eso le arruiné la vida a Sophie».
La doctora Hollingsworth me guiña un ojo y yo me dejo caer sobre el respaldo de la silla, sorprendida. ¿He dicho lo correcto? Mamá me mira y asiente casi imperceptiblemente.
—Habla de suerte, doctor Featherswallow, y aun así le paga los mejores libros, las mejores escuelas y las mejores clases particulares a sus hijas, ¿no es así?
«No las mejores —querría matizar—. El Cheltenham Ladies’ College solo acepta a chicas de primera clase». Pero no digo nada. Quizá ahora tengamos que hacer algunos sacrificios, pero puede que los Featherswallow de la próxima generación sean de primera clase.
Papá vacía su copa de vino y vuelve a llenarla, con los ojos entrecerrados. Es como si la temperatura del salón hubiera caído de pronto.
—Hago más que eso, señora —dice—. Vivien ya tenía plaza reservada en la St. Saviour’s School for Girls antes incluso de que hubiera nacido. Su madre no la dejaba acostarse hasta asegurarse de que se sabía todos sus libros de corrido. Ella tiene cicatrices en los brazos de los golpes recibidos de su propio padre... —A papá se le quiebra la voz y el tío Thomas tose sonoramente.
Es como si se me congelara el corazón. Por un segundo no consigo apartar la vista del rostro de papá. ¿Cómo hemos llegado a ese punto? Miro a Marquis, luego a mamá y luego a papá, que bebe otro sorbo de vino.
La doctora Hollingsworth sonríe.
—Es lo que hacen unos padres que se preocupan —dice, con voz suave.
—Pero eso no sería necesario, ¿verdad? Si...
Mamá le aparta la copa de vino a papá, que ya arrastra la lengua.
—... si mis hijas no vivieran con la amenaza de la tercera clase colgando sobre sus cabezas.
Mamá se levanta de un brinco, como si se hubiera quemado, y la copa se le cae de la mano, derramando su contenido por el suelo de madera. El vino se cuela por las grietas y fisuras, formando un charco carmesí. La doctora Hollingsworth se pone en pie. Contengo la respiración.
—Si me disculpan —dice, sacándose la boquilla del bolsillo—, creo que me retiraré a la sala de fumar.
Recoge su maletín y sale del comedor. Yo me giro hacia Marquis, pero él está mirando a papá entre atónito y admirado.
—Ya la has liado, John —murmura el tío Thomas.
Mamá está temblando, con la boca convertida en una rígida línea recta. Papá se recuesta en su silla y me mira, con los labios manchados de púrpura a causa del vino. Tiene lágrimas en los ojos. Yo nunca le he oído quejarse lo más mínimo sobre lo que ha hecho para educarme. ¿Por qué ha decidido hacerlo ahora, frente a una extraña, y sobre todo una tan importante? Se mete la mano en el bolsillo y saca una petaca, pero mamá se la arranca de la mano antes de que pueda desenroscar el tapón siquiera.
—Mamá —dice Ursa—. ¿Por qué estás tan enfadada?
Mamá se pellizca el puente de la nariz y el tío Thomas se acerca a susurrarle algo al oído.
—¿Qué le ha dado a tu padre? —me pregunta Marquis, articulando las palabras sin voz.
«Dos botellas de vino», querría decir yo. La llama de la emoción que sentía antes se ha apagado, y su lugar lo ha ocupado una rabia candente. Miro a mi padre, furiosa. He perdido mi única oportunidad de enseñarle mis traducciones a la doctora Hollingsworth.
—¿Puedo ir a la sala de fumar? —pregunta Ursa.
Marquis y yo nos miramos. No tenemos sala de fumar.
Así pues, ¿dónde ha ido Rita Hollingsworth?
Papá intenta tirar de mamá y hacer que se siente sobre sus piernas, pero ella lo aparta de un empujón.
—Lo siento, Helina...
Agarro mi portafolio y me escabullo por la puerta.
El vestíbulo está en silencio salvo por el tictac del carillón. Al final del pasillo está el estudio de mis padres, y una salita. ¿Podrían considerarse alguna de las dos cosas como una sala de fumar? Avanzo en silencio hacia allí, con la mente aún en ebullición.
¿Qué le ha pasado a papá para que se pusiera a hablar casi como si estuviera en contra del sistema de clases? La puerta al estudio está entreabierta y la tenue luz de su interior se proyecta en el pasillo. Me recompongo, recupero la sonrisa y abro la puerta del todo.
—Siento que a mi padre se le haya soltado la lengua, doctora Hollingsworth.
Está sentada frente a la mesa de papá, con un cigarrillo humeando en el cenicero. Dos de los cajones están abiertos. Levanta la vista sin parpadear siquiera.
—El vino hace discutir a cualquiera, Vivien —dice, quitándole importancia. Me acerca una cajita plateada y la agita—. ¿Un cigarrillo?
—No fumo.
—Un día lo harás, si tienes una carrera como la mía.
Aprovecho la ocasión:
—Doctora Hollingsworth, ¿querría considerar la posibilidad de aceptarme en su programa de prácticas para el verano? —Le tiendo mi portafolio por encima de la mesa—. Estos son mis mejores trabajos, junto con una carta de recomendación de uno de mis profesores.
Me mira, pensativa, soltando humo por la boca y la nariz.
—¿Querrías dedicarte a la investigación, como tus padres?
—No —respondo—. Quiero ser traductora. Quiero descubrir nuevos idiomas dracónicos. Como usted.
A la brillante Rita Hollingsworth se le iluminan los ojos.
—He oído cosas positivas sobre ti —dijo—. Eres exactamente el tipo de estudiante que querría reclutar.
El corazón se me dispara en el pecho.
—Para mí sería un honor...
Se oye un golpetazo, y luego ruido de cristales rotos. Me doy la vuelta rápidamente. ¿Habrá tirado algo papá? Me acerco a la puerta, pero Hollingsworth me agarra por la manga.
—Veo un futuro brillante para ti, Vivien. Pero para alcanzarlo quizá tengas que buscar en lugares inesperados.
Me quedo mirándola, intentando entender qué quiere decir.
Entre las arrugas cubiertas de maquillaje y el pintalabios rojo veo un gesto seguro, decidido. La vista se me va al teléfono. Está descolgado.
Mamá está chillando.
—¡Guardias de la Paz! —grita una voz—. ¡Están detenidos!
El mundo se frena de golpe. Me quedo mirando a Rita Hollingsworth y el papel que acaba de sacar del cajón del escritorio de papá. De pronto me doy cuenta de lo que ha pasado en realidad.
—No ha venido a escuchar las teorías de mi madre, ¿verdad?
Me suelta la manga y sonríe. Y de pronto me vuelve a la mente la palabra de mi sueño y todas sus traducciones.
Mengkhenyass.
Serpiente.
Enemigo.
Impostor.
2
Ahora que recuerdo la palabra en una lengua dracónica, la recuerdo también en otras. Las traducciones me vienen a la boca mientras corro, con la cabeza dándome vueltas, en dirección al comedor.
Faitour. Slangrieger. Izmamnees.
En el vestíbulo hay dos Guardias de la Paz, con los fragmentos de cristal de la puerta de entrada tirados por el suelo. La luz de las lámparas se refleja en las viseras, que les tapan los ojos. Me freno de golpe y veo a papá saliendo a toda prisa del comedor.
—¿Cómo se atreven a entrar en mi casa...?
Aparecen otros más por la puerta, y el cristal del suelo cruje bajo sus botas. Agarran a papá por los brazos.
—¡Soltadlo!
Voy hacia mi padre, pero el tío Thomas llega antes que yo. Se lanza entre papá y los guardias y oigo un crujido asqueroso en el momento en que alcanza la rodilla de uno de ellos con el pie. Agarra a uno de los guardias y lo tira al suelo.
—¡Vivien!
Mamá me llama desde la puerta. Voy a su lado justo en el mismo momento en que llega otro guardia, este armado con una pistola. Ursa está chillando, intentando soltarse de Marquis para ir corriendo hacia papá. Marquis agita el brazo, colocándose delante de mamá y de mí, y mira al casco del guardia.
—¡No les hagan daño! —le ruega—. Por favor.
Me quedo helada, contemplando cómo el guardia apoya el cañón de la pistola en el hombro de Marquis. Ursa hunde la cara en la falda de mamá y el guardia baja el arma.
—Helina Featherswallow, John Featherswallow, Thomas Featherswallow —dice—, están detenidos como sospechosos de desobediencia civil.
«¿Desobediencia civil?».
Hay al menos diez guardias en el vestíbulo. Tienen a papá y al tío Thomas inmovilizados, tendidos en el suelo, con las manos esposadas a la espalda. Me quedo mirando a mamá, que llora en silencio mientras le acaricia la cabeza a Ursa. ¿Por qué no les dice que han cometido un terrible error?
—Díselo, mamá —le suplico—. Diles que se han equivocado de casa.
Los ojos azules de mamá tienen un brillo eléctrico.
—Coge a tu hermana y a tu primo y marchaos de Londres —me dice en búlgaro. Alguien le ata las muñecas por delante del cuerpo—. Idos lo más lejos que podáis.
El corazón se me encoge en el pecho.
—¡Mamá! —Ursa sigue a mamá, trastabillando, en el momento en que dos guardias la sacan a empujones y le registran los bolsillos. En la calle hay una fila de automóviles negros esperando.
Las cortinas de las casas vecinas tiemblan ligeramente.
El cielo está oscuro como el humo de dragón.
—¡Papá, por favor, dime qué está pasando!
Apenas me doy cuenta de que Marquis tiene al tío Thomas agarrado por el hombro, gritando mientras los guardias se lo llevan a rastras. Estoy demasiado ocupada viendo cómo meten a mi padre en uno de los coches. Me acerco hasta donde me permiten llegar.
—¿Papá? —digo, intentando controlar la voz.
Él traga saliva y me acerco a tocarle la cara. Se inclina hacia delante, con los ojos rojos. Huele a vino, pero la mirada que me lanza es la de alguien perfectamente sobrio.
—El pueblo no debería temer a sus primeros ministros, Vivien —dice—. Los primeros ministros deberían temer al pueblo.
Lo meten en el coche y cierran de un portazo. Yo retrocedo, sintiendo el latido de la sangre en las venas de las sienes. La calzada adoquinada de Fitzroy Square se agita ante mis ojos como el agua del mar. Oigo el impacto de sus puños contra el cristal. Un llanto agudo atraviesa el aire.
—Venga, cariño, suéltala.
Hollingsworth está arrodillada junto a la desconsolada Ursa, intentando convencerla de que suelte a mamá. Es la visión de mi hermana, con sus deditos agarrados a la tela de la falda de mamá, lo que me devuelve a la realidad.
—¡No se atreva a dirigirle la palabra! —le digo.
Agarro la manita de Ursa, abriéndole el puño, y la levanto del suelo. Está hecha un mar de lágrimas. Hollingsworth se pone en pie y frunce los labios.
—Recuerda lo que te he dicho —me susurra mamá en búlgaro.
Ahora tiene una mirada dura en los ojos. Me acaricia la mano con el dorso de la suya, un gesto de ternura invisible que dice cien cosas a la vez. Luego le da un beso en la mejilla a Ursa y se sube al automóvil, para desaparecer tras la ventanilla tintada. Aún recuerdo su perfume. Suelto un sollozo ahogado y la veo alejarse con una sensación de náuseas. Ursa se ha dejado caer entre mis brazos.
—Pase de clase —me grita un guardia—. Enséñamelo.
Busco el pase que llevo colgado del cuello y se lo doy.
—Segunda clase. Diecisiete años —le dice el guardia a su superior.
—¿Y e
