Prólogo
Londres. Mayo de 1814
Querida Lucinda:
Escribo estas letras y aún no sé cómo ni por dónde empezar. Mi corazón y mi mente están hechos un desastre y apenas puedo organizarme con las invitaciones de esta temporada.
Tras la presentación, los días se han tornado un caos total y mi madre apenas puede conmigo y mis nervios. Dice que debo aprender a calmarme, que no debo dejarme abrumar por pequeñeces, que no olvide jamás, ¡jamás!, que soy la hija de un conde y un largo etcétera que te imaginarás. Creo que los criados ya no nos soportan a ninguna de las dos, pero menos a ella; sabes lo irritante y controladora que puede ser a veces. En fin... Lo único que me reconforta es que, tarde o temprano, regresarás junto con mi querido hermano, y creo que ese será el momento en que, al fin, pueda calmarme.
Sé que me preparé para ese momento, pero la realidad es que no es la temporada en sí lo que me tiene tan agobiada, Lucy. Lo cierto es que no veo las horas de volver a encontrarme con lord Hayter... Oh, Dios. ¡Ya ves! ¡Acabo de escribir su nombre y el corazón me estalló en un abrir y cerrar de ojos! ¡Dios mío! ¡No lo puedo evitar!
Aun así, no me culpo. Conozco al vizconde de toda la vida tanto como él a mí, y sé que solo será cuestión de vernos que nuestra historia se resolverá en esta misma temporada, Lucy. Estoy segura. Ningún hombre se habría animado a confesarme que, de tener una esposa, yo sería la ideal. Y menos si luego de tanta claridad, te regala la sonrisa más sensual y diabólica que hayas visto en la vida. Además, que sea un fiel amigo de tu amado Frederick me da la tranquilidad que toda mujer como yo necesita ante las exigencias desbocadas del corazón, ¿no crees?
No obstante, debo reconocer que una parte de mí se siente insegura. La señorita Percy también ha debutado y, como ya te imaginarás, está dando de qué hablar. Solo espero que la rivalidad que tiene conmigo se esfume con la aparición de algún caballero que la distraiga. Lo último que deseo es que intente opacar mi primera y última temporada como soltera. Porque sí, Lucy: ¡estoy segura de que me casaré!
Como sea, espero que tú y mi hermanito estén de maravillas. Y vuelvan pronto, al menos para el baile de lady Astley. Al parecer, lord Hayter llegaría para entonces.
Ansiosa porque arriben lo más pronto posible,
Rose
Lady Rose Winston, hija del difunto Charles Winston —anterior conde de Chatterton—, dobló el papel y, tras sellarlo, se lo entregó a Grace, su querida doncella, para que se encargara de que saliera de Winston House lo antes posible.
Por más que ya hubiera asistido a varios bailes, la verdad era que estaba nerviosa, ansiosa y lo siguiente. Durante años, había imaginado el día en que llegaría su debut en sociedad; y aunque lo había pensado con la irremplazable presencia de su padre, la experiencia estaba resultando tal como había esperado. En especial por el asunto de los nervios. Se había preparado por años y, aun así, sentía que le faltaba mucho por aprender, o, incluso, por momentos, tenía la sensación de que había olvidado todo lo que hasta entonces había aprendido para ser lo que era: la hija de un conde que estaba lista para casarse.
Y aunque jamás estaba sola —no solo vivía rodeada de criados que la atendían de forma constante, sino que también contaba con la casi asfixiante compañía de su madre, Elizabeth Winston, la condesa viuda de Chatterton—, lo cierto era que la soledad solía agobiarla, en especial por las noches al acostarse.
En ese momento en el que solo podía escucharse a sí misma, una sensación de pesar la invadía. Pensaba en cada una de las enseñanzas que la habían moldeado para ser esa joven impecable, con gracia mesurada y de perfectos modales, y suspiraba, pero no porque no le gustase. De hecho, no se quejaba. Todos amaban a esa lady Rose, digna hija de un conde, ejemplo de dama. Y, sin embargo, no sabía bien por qué, pero su alma lloraba.
Recordaba el deseo de montar a horcajadas, libre, veloz y salvaje por los campos de Chatterton Hall, la casa predilecta de los Winston, y sentía su corazón oprimirse. Se lo había confesado a su madre tiempo atrás, y aunque esta no se alteró como con otras cuestiones más controversiales, reaccionó quizá mucho peor, pues Rose jamás olvidaría la forma fría y seca con la que Elizabeth le replicó. Fue una orden clara y concisa: que dejara esos anhelos bajos y salvajes a un lado, que nunca olvidara su linaje, que era una Winston y la hija de un conde.
A partir de ese momento, Rose entendió el camino a seguir y no se desvió. Y aunque las dudas sobre las pasiones de ese amor del que solo escuchaba rumorear entre algunas criadas le encendieran la llama de la curiosidad, había enfocado la mayor parte de su esfuerzo en formarse como la dama ejemplar que se pretendía que fuera. Y, por supuesto, los frutos no tardaron en llegar. No solo su familia y los más allegados aplaudían su progreso, sino que aquel trabajo había captado la atención del lord que, desde hacía unos años, había conquistado su corazón: el vizconde Hayter.
La realidad era que Edward Hayter era como parte de la familia. Amigo desde la más tierna infancia de Frederick Winston —hermano de Rose y ya conde de Chatterton—, había compartido con este una desafiante etapa en Eton y luego varios años más en Oxford. Los antiguos vizcondes habían sido íntimos amigos de los padres de Rose y, tras el fallecimiento de aquellos, Edward se aferró a la familia Winston mucho más que antes. Como único hijo, admiraba la relación que Frederick tenía con Rose, y había vivido a través de ellos la dicha de la fraternidad.
Sin embargo, tras Frederick contraer nupcias con la señorita Lucinda Berkeley, Edward optó por tomarse un año entero para viajar por el continente. Desde ese entonces, Rose no supo mucho de él. De hecho, las últimas palabras de Hayter tuvieron lugar justo el día de la boda entre Frederick y Lucinda. Y Rose jamás las olvidaría. Siempre había sentido profunda admiración por el vizconde, mas con aquella declaración, los sentimientos de Rose se tornaron claros, al menos para ella y quienes más la conocían: estaba enamorada de lord Hayter e, incluso, dicho por ella misma, no había marcha atrás.
Tras entregarle la carta a Grace, se acercó hasta la enorme cama con dosel, respiró profundo y, al tiempo que exhaló, se dejó caer sobre el colchón.
No faltaban muchos días. Y, aunque no supiera con precisión si Edward iría al baile de lady Astley, su instinto le indicaba que, luego de casi doce meses, volvería a ver al hombre que le había robado los suspiros para siempre.
Capítulo 1
No había logrado conciliar el sueño. Rose estaba tan ansiosa por ese baile que, por mucho que pidió al cielo dormir aunque fuera unas horas, no lo consiguió. Y era que, de acuerdo con lo que se había comentado en varias veladas, Edward llegaría a tiempo para asistir al evento de lady Astley. Había contado cada día y cada noche, hasta las horas, que faltaban para volver a verlo. Y no era para menos: su corazón estaba completamente cautivado por la magia del vizconde Hayter.
Se miró en el espejo del tocador y, tras sonreír por el recuerdo que la invadiría, cerró los ojos...
—Te dije que el color cielo te quedaría mejor, Rose. —Elizabeth exhaló resignada—. ¿Por qué nunca me haces caso?
Sin darse la vuelta para dirigirle la palabra a su madre, la hermana del nuevo conde de Chatterton se miró una vez más en el reflejo del cristal y sonrió, complacida.
—¿Será porque me gusta más el rosa? —replicó con un tono que la condesa viuda percibió insolente. Se giró y, tras alisarse el fino vestido de escote cuadrado con vistos de seda del mismo tono, continuó—: Ya no soy una niña, mamá. Sé qué es lo apropiado y lo que mejor me queda.
Elizabeth la miró de arriba abajo. No podía contradecirla. Era cierto que lucía exactamente como debía: como la hermana del nuevo conde que estaba a punto de casarse. Se detuvo en la cabellera castaña, y luego en los ojos canela y redondos de Rose y, tras descubrir que su querida niña tenía las cejas arqueadas de forma exagerada, sonrió de forma inevitable. Rose no solo era una fiel copia de su amado esposo, sino que además tenía los mismos gestos... sin mencionar el temperamento que en más de una ocasión —como aquella— tendía a salir a la luz. Una característica admirable en un hombre, pero alarmante y hasta reprochable en una dama como ella, según su visión.
Aun así, no era el momento para dar sermones. Frederick Winston, conde de Chatterton desde hacía dos años, se casaría con la que había sido amiga de Rose desde la más tierna infancia. Lucinda Berkeley, hija de sir Richard Berkeley, un baronet muy respetado, había conquistado el corazón de su hijo mayor, y aunque Elizabeth habría aspirado a tener una nuera con un rango más elevado, no podía oponerse a la unión. Por un lado, porque era apropiada, y, segundo, porque su hijo estaba fervientemente enamorado de Lucinda.
—Rose, Rose... —suspiró la condesa viuda—. No diré nada solo porque tu hermano y Lucinda aguardan por nosotros abajo. —Se giró en dirección a la puerta de la habitación—. Oh, y lord Hayter, por supuesto.
De inmediato, los ojos de Rose brillaron cual estrellas.
—¿Ha venido Edward? —inquirió entusiasmada.
Elizabeth, con los ojos grandes como huevos, se giró de nuevo hacia su hija.
—¡Rose! ¡Guarda las formas, por favor! —le reprochó y negó con la cabeza—. Y sí, el vizconde Hayter —remarcó— ya está aquí.
De no haber sido por su madre, la hermana de Frederick habría estallado en gritos y saltitos infantiles de la alegría que le había causado saber que él, su querido Edward Hayter, ya estaba allí. Pero se contuvo. Sabía a lo que se refería Elizabeth y, más allá de los años que se conociera con el vizconde, era una obviedad que debía demostrar la dama en la que se había convertido. Una dama digna de, por qué no, proclamarse pronto en vizcondesa.
Respiró profundo, se miró una vez más en el espejo y, tras sonreír de forma completa, bajó junto con su madre.
Tal como el mismo conde y Lucinda habían solicitado, la unión se haría allí, en la sala principal de Winston House, donde, luego de la ceremonia, celebrarían con un íntimo desayuno de bodas.
Con la vista despierta como la de un águila hambrienta, Rose entró en la sala, enfocada en dar con su querido Hayter, mas, al no encontrarlo, la sonrisa de la pareja la obligó a centrarse en ellos.
—¡Mi querido Frederick! —Lo abrazó, a pesar de las miradas fulminantes de su madre, y luego hizo lo mismo con su amiga—. ¡Lucinda! ¡Mi nueva hermana!
Los novios trataban de contener la emoción, pero al conde se le escapó una lágrima tras el saludo de Rose.
—Siempre hallas el modo de tornar los momentos más emotivos de lo que ya son, hermanita.
—Podría ser mi especialidad. —Sonrió Rose de oreja a oreja.
Al instante, la condesa viuda llamó al orden y, tras guiar a su hija para que se quedara junto a ella, la ceremonia comenzó.
No fue consciente de si duró mucho porque lo cierto fue que sus ojos solo estaban concentrados en Frederick y Lucinda. Las sonrisas y las miradas furtivas, llenas de pasión y amor, eran inevitables entre ellos, incluso en un momento tan serio como aquel. ¿Podría ella algún día conocer las bondades de un lazo tan transparente como el de ellos? Rogaba que así fuera, aunque su corazón sentía, más de lo que a ella le hubiera gustado, la incertidumbre invadirla. ¿De verdad alguien podría amarla de forma incondicional? Porque cuanto más se esforzaba por aplacar las rebeldes emociones que bullían en su corazón, más fuerte resurgía ese espíritu indomable que, entendía, debía contener si quería ser esa buena esposa que todo buen caballero aspiraba a su lado.
Rose suspiró. No sabía lo que sería de su futuro, pero, tal como su madre le recordaba día tras día, dependía de ella. Y, por sobre todo, dependía de quien ella escogiera ser.
La ceremonia finalizó y, al igual que la mayoría de los invitados, se acercó a saludar al conde y a su esposa.
No obstante, cuando los presentes comenzaron a pasar a la siguiente sala, donde compartirían las delicias que la misma condesa viuda había elegido y mandado a preparar, Rose suspiró en una mezcla de preocupación con decepción. Caminó en dirección al umbral, pero justo cuando estuvo a punto de cruzarlo, una conocida voz la sorprendió.
—Tan concentrada ha estado en sus pensamientos que, a pesar de mis insistentes esfuerzos, ni siquiera una mirada me ha regalado, lady Rose.
Al instante, ella se dio la media vuelta.
—¡Edward! —exclamó, pero, tras aclararse la garganta, se corrigió—. Perdón, lord Hayter. —Se inclinó levemente. Alzó la vista, brillante de ilusión, y continuó sin disimular la sonrisa—. Es un placer volver a verlo.
