INSCRIPCIÓN
Prologar un libro de Borges sería una tarea para mí inabordable por muchos motivos que no vienen al caso. Prefiero que esto sea sólo una nota explicativa para los lectores de Borges o para los que lo descubran a través de El tamaño de mi esperanza, que vio la luz en el año 1926, editado por Proa, y al que desterró “para siempre” de su obra.
Como el Gran Inquisidor, a través de un donoso escrutinio, Borges creyó haber alcanzado su destrucción pero como él sabía el “para siempre” y el “ jamás” no les están permitidos a los hombres.
Una tarde de 1971, después de recibir su Doctorado honoris causa en Oxford, mientras charlábamos con un grupo de admiradores, alguien habló de El tamaño de mi esperanza. Borges reaccionó enseguida, asegurándole que ese libro no existía, y le aconsejó que no lo buscara más. A continuación cambió de tema y me pidió que le contara a esa gente amiga algo más interesante; por ejemplo, nuestro viaje a Islandia. Todo pareció quedar ahí, pero al día siguiente un estudiante lo llamó por teléfono y le dijo que el libro estaba en la Bodleiana, que se quedara tranquilo porque existía. Borges, terminada la conversación, con una sonrisa me dijo: ¡Qué vamos a hacer, María, estoy perdido!
Todos estos avatares rodearon de misterio y de curiosidad a esta obra de la que abjuraba e hicieron que, de todos modos, circulara a través de nefastas fotocopias entre los que se creían integrantes de círculos de elegidos.
Habiendo dado Borges su acuerdo para que partes de este libro se tradujeran al francés en la colección de La Pléiade, pensó que de algún modo la prohibición ya no era tan importante para él y que sus lectores en lengua española, y sobre todo sus estudiosos, merecían saber y juzgar por sí mismos qué pasaba con esta obra.
El primer libro de ensayos de Borges fue Inquisiciones, publicado en 1925; el segundo, El tamaño de mi esperanza.
A través del índice, el lector puede darse cuenta de que los temas tratados son los mismos que irá decantando y puliendo a lo largo de su vida. Creo que la fascinación de sus libros de juventud se debe, en gran parte, a que nos permiten comprobar de qué modo, como el flujo y reflujo del mar, están presentes siempre su apego a lo criollo, a la pampa, al suburbio, a Carriego y su cariño por la Banda Oriental; todo ello junto con su inquietud como crítico literario, que abarca desde Fernán Silva Valdés a Wilde, pasando por Milton y Góngora. Si a esto agregamos páginas como “El idioma infinito” y “La adjetivación”, que nos hablan de su preocupación por el lenguaje y de la necesidad de utilizar con sobriedad los adjetivos, encontramos ya aquí todo lo que posteriormente nos presentará, aunque con una variante: el abandono de los neologismos o de palabras deliberadamente criollas, de términos que buscaba en un diccionario de argentinismos, según él mismo contó. Creo que esto es lo que más fuertemente despertó el rechazo de Borges por El tamaño de mi esperanza.
En cuanto al contenido, puede destacarse que, pese a su juventud, ya se había definido un equilibrio entre su amor por Buenos Aires y por lo universal. Equilibrio que los años transformaron en armonía, logrado al fin el tamaño de su esperanza, después de haber fundado míticamente su ciudad, de haberle dado una poesía y una metafísica, y de haber “ensanchado la significación” de la palabra “criollismo”, hasta lograr “ese criollismo que sea conversador del mundo, del yo, de Dios y de la muerte”. Es decir que, a través de ser esencialmente de su país, logró trascender a lo universal.
Quizá el Gran Inquisidor, en su afán de buscar lo perfecto, fue injusto con ese libro de juventud. Creo que los lectores se alegrarán de que la obra exista.
MARÍA KODAMA
Octubre de 1993
EL TAMAÑO DE MI ESPERANZA
A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su sangre, y con ellos no habla mi pluma. Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país. Mi argumento de hoy es la patria: lo que hay en ella de presente, de pasado y de venidero. Y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y que ese ensayo es la esperanza. ¡Bendita seas, esperanza, memoria del futuro, olorcito de lo por venir, palote de Dios!
¿Qué hemos hecho los argentinos? El arrojamiento de los ingleses de Buenos Aires fue la primer hazaña criolla, tal vez. La Guerra de la Independencia fue del grandor romántico que en esos tiempos convenía, pero es difícil calificarla de empresa popular y fue a cumplirse en la otra punta de América. La Santa Federación fue el dejarse vivir porteño hecho norma, fue un genuino organismo criollo que el criollo Urquiza (sin darse mucha cuenta de lo que hacía) mató en Monte Caseros y que no habló con otra voz que la rencorosa y guaranga de las divisas y la voz póstuma del Martín Fierro de Hernández. Fue una lindísima voluntá de criollismo, pero no llegó a pensar nada y ese su empacamiento, esa su sueñera chúcara de gauchón, es menos perdonable que su Mazorca. Sarmiento (norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo) nos europeizó con su fe de hombre recién venido a la cultura y que espera milagros de ella. Después ¿qué otras cosas ha habido aquí? Lucio V. Mansilla, Estanislao del Campo y Eduardo Wilde inventaron más de una página perfecta, y en las postrimerías del siglo, la ciudá de Buenos Aires dio con el tango. Mejor dicho, los arrabales, las noches del sábado, las chiruzas, los compadritos que al andar se quebraban, dieron con él. Aún me queda el cuarto de siglo que va del novecientos al novecientos veinticinco y juzgo sinceramente que no deben faltar allí los tres nombres de Evaristo Carriego, de Macedonio Fernández y de Ricardo Güiraldes. Otros nombres dice la fama, pero yo no le creo. Groussac, Lugones, Ingenieros, Enrique Banchs son gente de una época, no de una estirpe. Hacen bien lo que otros hicieron ya y ese criterio escolar de bien o mal hecho es una pura tecniquería que no debe atarearnos aquí donde rastreamos lo elemental, lo genésico. Sin embargo, es verdadera su nombradía y por eso los mencioné.
He llegado al fin de mi examen (de mi pormayorizado y rápido examen) y pienso que el lector estará de acuerdo conmigo si afirmo la esencial pobreza de nuestro hacer. No se ha engendrado en estas tierras ni un místico ni un metafísico, ¡ni un sentidor ni un entendedor de la vida! Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel: gran ejemplar de la fortaleza del individuo, gran certidumbre de saberse vivir, pero incapaz de erigir algo espiritual, y tiranizado al fin más que nadie por su propia tiranía y su oficinismo. En cuanto al general San Martín, ya es un general de neblina para nosotros, con charreteras y entorchados de niebla. Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo que está privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Irigoyen. ¿Y entre los muertos? Sobre el lejanísimo Santos Vega se ha escrito mucho, pero es un vano nombre que va paseándose de pluma en pluma sin contenido sustancial, y así para Ascasubi fue un viejito dicharachero y para Rafael Obligado un paisano hecho de nobleza y para Eduardo Gutiérrez un malevo romanticón, un precursor idílico de Moreira. Su leyenda no es tal. No hay leyendas en esta y tierra y ni un solo fantasma camina por nuestras calles. Ése es nuestro baldón.
Nuestra realidá vital es grandiosa y nuestra realidá pensada es mendiga. Aquí no se ha engendrado ninguna idea que se parezca a mi Buenos Aires, a este mi Buenos Aires innumerable que es cariño de árboles en Belgrano y dulzura larga en Almagro y desganada sorna orillera en Palermo y mucho cielo en Villa Ortúzar y proceridá taciturna en las Cinco Esquinas y querencia de ponientes en Villa Urquiza y redondel de pampa en Saavedra. Sin embargo, América es un poema ante nuestros ojos; su ancha geografía deslumbra la imaginación y con el tiempo no han de faltarle versos, escribió Emerson el cuarenta y cuatro en sentencia que es como una corazonada de Whitman y que hoy, en Buenos Aires del veinticinco, vuelve a profetizar. Ya Buenos Aires, más que una ciudá, es un país y hay que encontrarle la poesía y la mística y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen. Ése es el tamaño de mi esperanza, que a todos nos invita a ser dioses y a trabajar en su encarnación.
No quiero ni progresismo ni criollismo en la acepción corriente de esas palabras. El primero es un someternos a ser casi norteamericanos o casi europeos, un tesonero ser casi otros; el segundo, que antes fue palabra de acción (burla del jinete a los chapetones, pifia de los muy de a caballo a los muy de a pie), hoy es palabra de nostalgia (apetencia floja del campo, viaraza de sentirse un poco Moreira). No cabe gran fervor en ninguno de ellos y lo siento por el criollismo. Es verdad que de enancharle la significación a esa voz —hoy suele equivaler a un mero gauchismo— sería tal vez la más ajustada a mi empresa. Criollismo, pues, pero un criollismo que sea conversador del mundo y del yo, de Dios y de la muerte. A ver si alguien me ayuda a buscarlo.
Nuestra famosa incredulidá no me desanima. El descreimiento, si es intensivo, también es fe y puede ser manantial de obras. Díganlo Luciano y Swift y Lorenzo Sterne y Jorge Bernardo Shaw. Una incredulidá grandiosa, vehemente, puede ser nuestra hazaña.
Buenos Aires. Enero de 1926
EL “FAUSTO” CRIOLLO
Hace ya más de medio siglo que un paisano porteño, jinete de un caballo color de aurora y como engrandecido por el brillo de su apero chapiao, se apeó contra una de las toscas del bajo y vio salir de las leoninas aguas (la adjetivación es tuya, Lugones) a un oscuro jinete, llamado solamente Anastasio el Pollo y que fue tal vez su vecino en el antiyer de ese ayer. Se abrazaron entrambos y el overo rosao del uno se rascó una oreja en la clin del pingo del otro, gesto que fue la selladura y reflejo del abrazo de sus patrones. Los cuales se sentaron en el pasto, al amor del cielo y del río y conversaron sueltamente y el gaucho que salió de las aguas dijo un cuento maravilloso. Era una historia del otro lado del mundo —la misma que al genial compadrito Cristóbal Marlowe le inspiró aquello de Hazme inmortal con un beso y la que fue incansable a lo largo de la gloria de Goethe— y el otro gaucho y el sauzal riberano la escucharon por vez primera. Era el cuento del hombre que vende su alma a Satanás y el narrador, aunque hizo algún hincapié en lo diabólico del asunto, no intimó con tales farolerías ni menos con la universal codicia de Fausto que apetecía para sí la entereza del espacio y del tiempo. Ni la ambición ni la impiedad lo atarearon y miró sólo a Margarita que era todo el querer y hacia cuyo patético destino su corazón fue volvedor. Ya cumplido el relato —con mucho entreacto de aguardiente, ocurrencias y de recordación de la pampa— se levantaron ambos hombres, ensillaron al pingo colorao y al pingo color de aurora o madrugón y se fueron. ¿Adónde? Yo bien sé que Anastasio el Pollo surgió como una divinidad de las aguas, mas desconozco su paradero ulterior. Quiero pensar que fue feliz, pues varones como él enderezan siempre a la dicha y en la media hora de amistad y de charla que en el desplayado le oímos, traslució más divinidad que la que guardan muchos años ajenos. Yo emprenderé algún día una peregrinación al Bragao y allí en la hondura de los útimos patios, daré con algún viejo matero o con alguna china antigualla que recordarán gracias suyas (gracias borrosas, como antiguas monedas) y que me dirán la muerte y milagros de hombre tan inmortal. Antes, voy a considerar la poesía que me permitió conocerlo.
El Fausto de Estanislao del Campo es, a mi entender, la mejor que ha dicho nuestra América. Son aplaudideras en ella dos nobilísimas condiciones: belleza y felicidad. Y conste que al decir felicidad no pienso en la curiosa felicidad del elogio latino, frase que muchos suelen entender como suena y cuya equivalencia castellana es algo así como justedad ciudadosa, sino en la buena voluntad y en el júbilo que sus versos trascienden. Libro más fiestero, más díscolo, más buen palmeador del vivir, no conozco ninguno. Dicha y belleza están en él: excelencias que fuera de sus páginas, sólo en alguna mujer perfecta he mirado.
Sé que la dicha ya no es admirable por nadie, sé que la arrinconó la turbia quejumbre que izó el romanticismo, sé que hoy la ignoran a la vez los taciturnos de la parvilocuencia rimada —fernándezmorenistas y otros canturriadores del verso— y los juiciosos de la travesura, los que son juguetones con cautela y se atarean demasiado a que dé en el blanco cada renglón. Lo sé muy bien y sin embargo sigue pareciéndome que la dicha es más poetizable que el infortunio y que ser feliz no es cualidad menos plausible que la de ser genial. La razón raciocinante —vos y él y yo, lector amigo— puede ligar imágenes y dar asombro a una palabra mediante un adjetivo irregular y frecuentar otras destrezas que hace dóciles la costumbre, pero jamás nos allanará milagros como éste:
Ya es güeno dir ensillando…
—Tome este último traguito
y eche el frasco a ese pocito
para que quede boyando.
Fresca y liviana como una luna nueva es la estrofa, y esa misma gracia instintiva no albricia sólo al Fausto sino a las otras composiciones rurales de nuestro gran porteño. Hay una copla suya que dice:
Mira, si fuera pastor
y si tú pastora fueras,
me parece que andarían
mezcladas nuestras ovejas.
Linda es también la larga serie de agachadas que le escribió a Ascasubi el año sesenta y dos con motivo del viaje de éste a Europa y de la cual copio unas décimas (Oyuela, Antología hispanoamericana, tomo tercero, página 1095):
Y atienda, que esto es formal:
Güeno es que vaya avisao
de que allá han edificao
un caserón de cristal.
Si va, deje el animal
medio retirao, no sea
que si por algo cocea
vaya algún vidrio a quebrar
y a usté me lo hagan pagar
mucho más de lo que sea…
Hasta al Espíritu Santo
le rogaré por ustedes
y a la Virgen de Mercedes
que los cubra con su manto.
Y Dios permita que en tanto
vayan por la agua embarcaos,
no haiga en el cielo ñublaos
ni corcovos en las olas
ni al barco azoten las colas
de los morrudos pescaos.
(Prosopopeya final)
Estanislao del Campo: Dicen que en tu voz no está el gaucho, verdad que fue de una jornada en el tiempo y de un desierto en lo estendido del mundo, pero yo sé que están en ella la amistad y el querer, realidades que serán y fueron y son en la ubicuidad y en lo eterno.
Estanislao del Campo, alsinista, amigo que eras de mis mayores ¡qué buen augurio para todo escribir porteño la versada color de Buenos Aires que nos dejaste y que vive haciendo vivir, en la hermandá de las guitarras mañeras!
Estanislao del Campo, soldado que en Pavón saludaste la primer bala, puesta la diestra en el quepí ¡qué raro que de tu tendal de noches y días perdure solamente una siesta que no viviste, una siesta que desvelaron dos imaginarios paisanos que hoy han subido a dioses y te franquean su media hora inmortal!
LA PAMPA Y EL SUBURBIO
SON DIOSES
Dos presencias de Dios, dos realidades de tan segura eficacia reverencial que la sola enunciación de sus nombres basta para ensanchar cualquier verso y nos levanta el corazón con júbilo entrañable y arisco, son el arrabal y la pampa. Ambos ya tienen su leyenda y quisiera escribirlos con dos mayúsculas para señalar mejor su carácter de cosas arquetípicas, de cosas no sujetas a las contingencias del tiempo. Sin embargo, acaso les quede grande aquello de Dios y me convenga más definirlas con la palabra totem, en su acepción generalizada de cosas que son consustanciales de una raza o de un individuo. (Totem es palabra algonquina: los investigadores ingleses la difundieron y figura en obras de Spengler y de F. Graebner que hizo traducir Ortega y Gasset en su alemanización del pensar hispánico.)
Pampa. ¿Quién dio con la palabra pampa, con esa palabra infinita que es como un sonido y su eco? Sé nomás que es de origen quichua, que su equivalencia primitiva es la de la llanura y que parece silabeada por el pampero. El coronel Hilario Ascasubi, en sus anotaciones a Los mellizos de la flor, escribe que lo que el gauchaje entiende por pampa es el territorio desierto que está del otro lado de las fronteras y que las tribus de indios recorren. Ya entonces, la palabra pampa era palabra de lejanía. No solamente para ese dato lo hemos de aprovechar al coronel, sino para que recuerde unos versos suyos. Aquí va un manojito:
Ansí la pampa y el monte
a la hora del mediodía
un desierto parecía
pues de uno al otro horizonte
ni un pajarito se vía.
Y aquí va otro:
Flores de suave fragancia
toda la pampa brotaba,
al tiempo que coronaba
los montes a la distancia
un resplandor que encantaba.
Esa dicción hecha de dos totales palabras (toda la pampa) es agradable junto a lo de las flores, pues es como si viéramos a la vez una gran fuerza y una gran mansedumbre, un poderío infinito manifestándose en regalos. Pero lo que me importa indicar es que en ambas coplas, la pampa está definida por su grandeza. ¿Habría esa tal grandeza, de veras? Darwin la niega a pie juntillas y razona así su incredulidá: En alta mar, estando los ojos de una persona a seis pies sobre el nivel del agua, su horizonte está a una distancia de dos millas y cuatro quintos. De igual manera, cuanto mas aplanada es una llanura, tanto más va acercándose el horizonte a estos estrechos limites: cosa que, a mi entender, aniquila enteramente la grandeza que uno le imagina de antemano a una gran llanura (The Naturalist in La Plata, 1892). Guillermo Enrique Hudson, muy criollero y nacido y criado en nuestra provincia, transcribe y ratifica esa observación. ¿Y a qué ponerla en duda? ¿Por qué no recibir que nuestro conocimiento empírico de la espaciosidá de la pampa le juega una falsiada a nuestra visión y la crece con sus recuerdos? Yo mismo, incrédulo de mí, que en una casa del barrio de la Recoleta escribo estas dudas, fui hace unos días a Saavedra, allá por el cinco mil de Cabildo y vi las primeras chacritas y unos ombúes y otra vez redonda la tierra y me pareció grandísimo el campo. Verdá que fui con ánimo reverencial y que como tanto argentino, soy nieto y hasta bisnieto de estancieros. En tierra de pastores como ésta, es natural que a la campaña la pensemos con emoción y que su símbolo más llevadero —la pampa— sea reverenciado por todos.
Al cabal símbolo pampeano, cuya figuración humana es el gaucho, va añadiéndose con el tiempo el de las orillas: símbolo a medio hacer. Rafael Cansinos Assens (Los temas literarios y su interpretación, página 24 y siguientes) dice que el arrabal representa líricamente una efusión indeterminada y lo ve extraño y batallador. Ésa es una cara de la verdá. En este mi Buenos Aires, lo babélico, lo pintoresco, lo desgajado de las cuatro puntas del mundo, es decoro del Centro. La morería está en Reconquista y la ju
