1
La mañana que llegó el frío, Antonio y Maca se juntaron poco antes de las cinco en el estacionamiento de autobuses, un campo baldío rodeado por un muro de ladrillos y cuya única construcción era una caseta de madera donde pernoctaba el guardia de seguridad. Salvo el vigilante, no había nadie más en todo el lugar, pues los motoristas de las unidades de autobús salían más temprano. Junto a la entrada, los chicos encontraron una fogata improvisada en el interior de un viejo barril de latón que habitualmente servía de basurero.
Maca estaba ya en el lugar cuando Antonio apareció andando con las manos en los bolsillos y la cabeza cubierta con una capucha, como un boxeador que se dirigiera al cuadrilátero para efectuar un combate. Se saludaron con un movimiento de cabeza y luego Antonio sacó su celular móvil y revisó si tenía algún mensaje de Lucy: no había nada. Mientras lo hacía, Maca no dejaba de hablar sobre el clima.
—Estamos a quince —anunció—, pero los profetas del internet dicen que va a llegar a diez grados; si eso pasa, va a haber muertos. Y como llegue a cero, esto va a ser el apocalipsis.
—Pues ojalá —musitó Antonio.
El olor de la madera quemándose hizo que Antonio recordara a su padre, el señor Antonio José. Una vez al mes, aquel hombre preparaba una barbacoa en el patio de la casa, donde cocinaba lo que fuera: una gallina o unos pescados. Aquel ritual despertaba el buen humor de todos, incluso el de la abuela, que salía de su cuarto —lo que no hacía casi nunca—, se sentaba en el comedor y hablaba sobre otras épocas, de los años de su juventud, cuando vivía en un pueblo de las montañas, un lugar del que jamás pronunciaba el nombre y del que contaba únicamente historias de apariciones y fantasmas, tan sombrías como inverosímiles, pero que encantaban a sus nietos tanto como a su yerno, quienes la escuchaban entregados a la fascinación que despertaba su voz, aunque conocieran ya cada palabra de aquello que contaba, pues lo había narrado muchas veces.
Cuando, aquella madrugada, Antonio sintió el olor del fuego, el fuego le habló de su padre, que llevaba poco más de un año muerto; sin embargo, no quiso mencionarlo a Maca. Pensó en escribirle a Lucy para contarle, pero supuso que no tendría una respuesta, y, siendo así, no valía la pena.
—¿Cómo se llama cuando morís de frío? —preguntó Maca.
—¿Hipotermia? —respondió Antonio.
—Eso es, hipotermia —exclamó Maca—. Debe ser horrible morir así. Prefiero que me peguen un disparo en la cabeza. Una sola bala y no sentís nada, y nos vemos en el infierno, my friend.
Maca llevaba un suéter y un gorro de lana, además de unos calcetines enfundados en las manos, a manera de guantes. Antonio usaba un suéter que había pertenecido a su padre. No recordaba haberlo visto jamás vestir aquella prenda, que guardaba en su clóset como un tesoro, ya que era un obsequio, quizá el único, que recibió de su hermano menor cuando vino a visitarlos desde el Canadá. Antonio tenía siete años entonces. Nunca más volvió a saber de su tío luego de esa visita. Este ni siquiera devolvió la llamada cuando le avisaron de que su hermano acababa de morir.
—Bueno, y vos, ¿qué? ¿Te escribió la muchacha o sigue de necia? —preguntó Maca.
—Ni lo ha hecho ni creo que lo haga —dijo Antonio. Llevaba tres días sin saber de Lucy. No se comunicaban desde que se despidieron en la puerta de la Universidad, luego de un ensayo del grupo de teatro al que Lucy pertenecía, cuando ella le confirmó que sus planes de marcharse con su madre a los Estados Unidos no podían echarse atrás. Contrariado, Antonio le dijo que no quería hablar más y que lo mejor era que cada uno se marchara por su cuenta.
—No vale la pena —siguió Maca.
Antonio encogió los hombros.
—Ya da igual…
—Pues sí… Es lo que te he dicho siempre, da igual —insistió Maca.
El vigilante de turno se acercó a la fogata y tendió las manos en el aire, frente al fuego. Dos ratas pasaron a unos metros de ellos, treparon el muro y se perdieron por la parte de atrás. Las campanas de una iglesia situada a unas pocas calles llamaron a misa de seis y Maca supo que tenían que irse.
—¿A qué hora nos esperan? —quiso saber Antonio.
—A las seis —respondió Maca. Bebió un sorbo de café y luego escupió al fuego.
—¿Es una sola persona? —preguntó Antonio.
—Sí, un cliente, y quiere visitar una casa y tres cementerios. Una casa abandonada, supuestamente.
—¿Aquí en la ciudad? —volvió a preguntar Antonio.
—La casa, sí; los cementerios, en unos pueblos de occidente. Nos va a llevar todo el día, seguro.
—¿Es gringo?
—Se apellida Ábrego —aclaró Maca.
—Es salvadoreño de Los Ángeles, entonces.
—Es lo más seguro.
Volvieron la vista al escuchar el bullicio de los perros. Enjaulados junto a la caseta de la entrada, tres pitbulls miraban hacia arriba, al muro. Y ladraban sin parar.
—Debe ser una rata —dijo el guardia.
—Debe ser —dijo Maca, y Antonio no quiso agregar nada más.
Se decía que algunos días, pasada la medianoche, se organizaban en el lugar peleas ilegales de perros. Ni Maca ni Antonio sabían si era cierto. Estaban acostumbrados a no preguntar nada que pudiera meterlos en problemas. Una madrugada encontraron a uno de los perros tendido en el piso de cemento dentro de su jaula. Estaba malherido. Le brotaba sangre de las fosas nasales y el hocico. Tenía la pata izquierda lacerada y varias mordidas por todo el cuerpo. El vigilante de turno saludó a Maca al verlos entrar.
—¿Qué tal, Maca? —dijo.
—Aquí, en lo de siempre —respondió este, sin quitar la vista del animal.
—Se salió y lo atropellaron al pendejo —explicó el vigilante.
—Pobrecito —agregó Maca.
Ni una sola pregunta o comentario se hizo del perro ni esa madrugada ni las que siguieron. Así eran las cosas. Nadie escuchaba nada. Nadie decía ni preguntaba nada. Cada uno velaba solo por sí mismo, sin inmiscuirse en los problemas de los demás. Era parte del aprendizaje para sobrevivir. Y en aquellas calles todos sabían que de eso se trataba. Nadie estaba viviendo. Sobrevivían. Y más valía tenerlo claro. Las segundas oportunidades eran como los trenes que salían de una estación a punto de ser clausurada: no regresaban nunca.
2
Sonia se acomodó junto a la ventana de la celda mientras la lluvia caía en el patio. Todo para ella era un recuerdo. Era como si su vida se hubiera detenido y ya solo quedara recordar. Atrás, dos mujeres discutían sobre quién podía beber más cervezas. La una decía que, comiendo, podía beber diez. La otra, doce. Ninguna creía lo que la otra aseguraba.
Sonia recordó el día que ella y Tomás habían subido el cerro San Jacinto para cortar guayabas. Tenía entonces diecisiete. Parecía que hacía mucho, pero fue solo tres años atrás. Aquel día avanzaron por un camino de tierra que ascendía en espiral a través del cerro, mientras Tomás le contaba la historia de un amigo suyo llamado Maca, quien había bebido una docena de cervezas a los doce años. Sonia creía que eso no era posible a esa edad. Tomás le aseguró que Maca se desmayó mientras bebía la cerveza número trece. Sonia no había olvidado el olor del aire de entonces, a hierba y a leña, y los muslos de Tomás —que iba adelante de ella—, los cuales se tensaban al avanzar, duros, juveniles; y su rostro cuando se detenía y se volteaba para verla, lo que sucedía cada cierto tiempo. La miraba sonriendo y decía Te lo juro, te juro que fue así. Se tragó doce cervezas y se durmió dos días seguidos.
Aquella tarde tomaron un sendero que atravesaba una estribación, para llegar a una colina cubierta de hierba poco alta, suave, casi mullida. Se sentaron allí y contemplaron la ciudad abajo, tan silenciosa como si estuviera deshabitada.
—¿Y si no volvemos? —preguntó Tomás.
—Si no volvemos, pues me mata mi mamá.
—Eso si te encuentra. Pero a lo mejor no te encuentra. A lo mejor ni te busca.
—Si fuera 1920, podríamos hacerlo. No me jodería enviándome doscientos mensajes al día al teléfono.
—También ahora podemos; lo que pasa es que no querés.
—Sí quiero, pero no me atrevo —dijo la chica—. Sabés que sí quiero —repitió.
Era media tarde y la lluvia empezó sin avisar y ellos se cubrieron con una capa de plástico. El viento hizo que se empaparan por completo, pero no les importó. Se tiraron sobre la hierba y movieron los brazos como si estuvieran sobre una colina cubierta de nieve. Era un buen recuerdo, de esos que Sonia hacía un esfuerzo por no dejar atrás.
Sonia se encontraba en una celda de nueve metros cuadrados junto a otras diez reclusas. Un pequeño espacio repleto de colchones y bolsas de plástico o cajas de cartón con las pertenencias de cada una. Un olor a ropa húmeda flotaba en el lugar. Sonia sacó la mano a través de la ventana para mojarse, luego se acarició los pómulos y la frente. Las mujeres, atrás, no paraban de discutir. Una reclusa tendida junto a una pared lateral les pidió que cerraran la boca, que quería dormir la siesta. Las demás la ignoraron. La discusión subió de tono y las mujeres se ensartaron en una pelea. Una se abalanzó sobre la otra y ambas se echaron hacia atrás, cayendo al suelo muy cerca de Sonia, que recogió sus piernas.
—¿Qué les pasa, idiotas? —protestó una mujer llamada Ingrid.
Una de las reclusas inmersas en la pelea propinó un puñetazo a la otra en la nariz. Le dio de lleno y la sangre manó de inmediato. La que recibió el golpe gritó, tomándola del cabello, contraminando su cabeza contra el suelo. En ese momento, otras reclusas intentaron separarlas. No fue fácil. La que tenía rota la nariz estaba furiosa y no quería soltar a su contrincante. Cuando finalmente se separaron, ambas estaban manchadas de sangre y mostraban moretones en el rostro.
—¿Qué pasó, niña? ¿Te golpearon? —preguntó Ingrid a Sonia.
—No, no me pasó nada.
—Son unas bestias, ya sabés.
Ingrid se sentó junto a Sonia y le sugirió a la reclusa herida:
—Acostate boca arriba para que ya no te salga sangre.
Cada una de ellas tenía algo que decir, menos Sonia. No podía acostumbrarse a su situación. Estaba condenada a pasar treinta años en aquel hueco en la tierra. Llevaba adentro unos pocos meses. Pese a su juventud, pues apenas pasaba los veinte, creía que su vida estaba acabada. Aunque su madre y su abogada le aseguraban que no era así, ella no podía creer otra cosa.
3
El automóvil que conducían era propiedad del señor Franco, el padre adoptivo de Maca. Los contrataban algunas veces al mes para llevar turistas a través del país. Maca manejaba y Antonio era el que hablaba con los clientes, a quienes contaba historias, reales o ficticias, de los lugares que visitaban. También les sugería restaurantes, cafés o rutas turísticas. Cada quien hacía su papel. Era un buen trabajo, aunque no ganaban mucho dinero. Unos cien dólares al día, divididos entre el señor Franco, la gasolina y ellos dos. Al final de la jornada podían ganar unos veinte cada uno. Para ellos, sin embargo, no estaba mal; lo único que estaba mal, según Maca, eran los salvadoreños que volvían como turistas luego de vivir algunos años en Estados Unidos, Australia o Canadá. No los soportaba. Detestaba, sobre todo, su manera de hablar, ese español torpe, enfermo por los años de estar sumergido en el acento de otro idioma.
Maca y Antonio recogieron al cliente en un hotel en la mejor zona de la ciudad.
—Alejandro Ábrego —saludó el cliente al entrar en la camioneta.
Era un hombre con sobrepeso, más cercano a los cincuenta que a los sesenta años de edad. Vestía jeans, zapatillas deportivas blancas y una camiseta sin estampado. Cargaba una mochila de la que sacó dos barras de chocolate con envoltorios luminosos, dorados, de unos treinta centímetros de largo por diez de ancho.
—¿Les gusta el chocolate negro? —preguntó, mientras les ofrecía. Maca y Antonio tomaron una barra cada uno y le dieron las gracias.
Cuando se pusieron en marcha, Ábrego les contó que tenía casi treinta años sin volver al país, que vivía en Maine, al norte de los Estados Unidos, pero que su familia y él mismo eran oriundos de San Salvador. También les contó que la casa que visitarían llevaba abandonada desde los terremotos que sucedieron en enero y febrero del 2001. Los chicos lo escucharon sin decir mucho.
La casa estaba situada al oeste de la ciudad, sobre una cordillera. Docenas de pinos rodeaban la propiedad. Se accedía a través de un portón de hierro forjado que no estaba cerrado con llave. Un camino de cemento flanqueado por árboles de varias especies llevaba hasta la casa. Aquel armatoste de cemento y madera conservaba intactas la mayoría de las ventanas y las puertas, la principal de unos tres metros y medio de altura, pesada como una pared. Se abrió sin hacer ruido, como si los goznes hubieran sido aceitados tan solo unos días atrás.
Al entrar notaron un aroma a flores, pero no había jarrones en el interior. Algunos muebles se conservaban en el salón y en el comedor; también, lámparas de techo en forma de araña y algunas otras pegadas a las paredes laterales. Salieron los tres hasta una terraza desde donde observaron el volcán de San Salvador, llamado también Boquerón, y abajo, la ciudad, y más allá los cerros lejanos, cuya imagen se perdía en el horizonte como gigantescas siluetas entre la neblina de la mañana.
—Es realmente bonito —apreció el señor Ábrego, de pie junto a la barda que separaba la terraza de un pequeño precipicio—. ¿Escuchan?
Maca y Antonio negaron con la cabeza.
—Eso, eso mismo —dijo Ábrego—, no se oye nada. Aquí está uno alejado de todo. Es un paraíso este lugar.
Ábrego estaba emocionado como un chiquillo. Sonreía y señalaba hacia el oeste y hacia el este. Les contó que de niño volvió al país por varios veranos o en Navidad, y siempre se alojó en esa casa, que era estupenda cuando sus abuelos vivían; que eran patrañas que estaba embrujada, jamás le sucedió nada a nadie en aquel lugar, y que eran fascinantes las cenas de Navidad, cuando su abuelo cocinaba un cordero entero en el patio, lo enterraban para luego cubrirlo con piedras encendidas.
—¡Bajemos! —les pidió Ábrego—. Mi abuelo era ebanista, y abajo tenía su estudio secreto. Nos hacía juguetes. Juguetes de madera. A ninguno nos gustaban, pero ahora serían un tesoro.
Antonio acompañó a Ábrego escaleras abajo. Maca se quedó arriba y dijo que iría a buscar mangos, que había visto algunos árboles cargados de frutos.
Antonio y Ábrego llegaron hasta un salón sumido en la oscuridad. Al abrir la puerta, la luz del día dejó en evidencia los restos de un taller, pero sin nada valioso que recuperar: alguna caja de herramientas vacía, un torno partido en varias partes, varios cuartones de madera y pequeñas cajas donde se debieron guardar clavos de distinta medida.
—Si había algo aquí, seguro se lo llevaron los saqueadores —dijo Ábrego.
—Es lo más probable —afirmó Antonio.
Una rata de buen tamaño atravesó el salón e hizo que Ábrego diera un respingo.
—No soporto a esos animales. Mejor subamos.
Antonio asintió y caminaron hacia la puerta, en cuyo extremo izquierdo estaban las escaleras. Subieron hasta la cocina, y Ábrego se disponía a volver a la terraza cuando se encontró a los dos chicos. Ambos vestían con suéter y uno de ellos, el más alto, llevaba una gorra con el logo NY, de los Yankees de Nueva York.
—Se me quedan quietos si no quieren que les pegue un plomazo —dijo el de la gorra.
—¡¿Cómo?! —exclamó Ábrego, y el chico le mostró una pequeña pistola Beretta Nano de nueve milímetros.
4
En una casa hablaban dos mujeres, una anciana y otra más joven, que era su hija. La casa era la novena de una hilera de quince, todas ellas adosadas, de siete metros de ancho, sin jardín exterior, con paredes tan delgadas que impedían la privacidad entre los vecinos. Un salón grande separado en tres espacios —sala, comedor y cocina—, dos habitaciones de tamaño regular, un baño y una tercera habitación, diminuta, de dos metros y medio de ancho por dos de largo, conformaban aquel lugar construido en algún momento de los años ochenta. Debido a los techos bajos, era caluroso, aunque no aquel día.
—No quiere —la mujer más joven se dirigió a la anciana—. Me dijo que no quiere y no hay manera de convencerlo.
—Ese muchacho está lleno de odio —comentó la anciana.
Las dos mujeres, madre e hija, se hallaban en la habitación diminuta, sentadas en una cama de un metro de ancho. Un foco iluminaba aquel lugar cuya única ventana la cubría una cortina que no dejaba pasar la luz de la mañana. Por todas partes había montones de ropa, doblada o sin doblar. La anciana llevaba guantes en las manos y un gorro. Tenía dos años de sentir frío, sin saber la razón. Se resistía a ir al médico. Cuando la hija le insistía, ella argumentaba que lo suyo no era de médico sino de brujos, pues sufría una maldición. Y no había manera de convencerla de lo contrario ni de quitarle el frío que padecía incluso en el verano, cuando las temperaturas subían hasta llegar a los treinta y cinco grados a la sombra, y la anciana tenía que estar envuelta en sábanas o vestir con suéter.
—No diga eso, mamá.
—Si no querés que lo diga, no digo nada, pero es verdad: el Antonio está lleno de odio. En mis tiempos todos iban a misa; si ese muchacho tuyo hubiera conocido a mi papá, lo hubiera obligado a ir a misa, y sería diferente. Pero no le hace caso a nadie ni respeta a nadie. Y a vos, menos. Por eso te digo que no quiero quedarme sola con él.
—Pero, mamá…
—Pasa oyendo esa música horrible y grita como que es un diablo.
—Mamá, dígame: ¿Antonio le ha hecho algo? ¿Le ha hecho algo a usted?
—No —musitó la anciana, mientras miraba la figura de la Virgen María que tenía junto a la cama acompañada de un rosario y dos estampitas, una de san Martín de Porres y otra del santo Niño de Atocha.
—Y entonces ¿por qué le tiene miedo? —insistió la hija.
—Porque ese muchacho no es cristiano. Hay días que ni me habla. Y cuando se vaya al norte la novia esa que tiene, va a ser peor.
—Me da lástima —dijo la mujer—. Esa muchacha era su consuelo.
—¿Y yo no te doy lástima?
—No diga eso, mamá. Si él no le va a hacer nada.
—Vos no podés saber eso. Si vos no pasás aquí, no sabés cómo es tu hijo.
—¿Sabe qué pasa, mamá?
—¿Qué?
—Que Antonio me desespera, pero me da lástima. Lo de la muerte del papá me lo jodió mucho. Y ahora lo de Lucy lo ha jodido más. Pobre Lucy, tengo un mal presentimiento con esa muchacha. Siento que no va a llegar a Los Ángeles. Ya sabe, a las muchachas jóvenes las violan los mexicanos cuando van de paso. O eso dicen.
La anciana miró a la hija y quizá tenía la intención de decir algo sobre Lucy, pero prefirió callar. Se levantó con dificultad y tomó el rosario.
—¿Ya quiere rezar?
—No, todavía no.
—No le vaya a decir a Antonio nada de la Julia, ¿me entendió, mamá?
—¿Y qué le voy a decir si ni hablo con él? No hablo con él.
—Pero, si de casualidad hablan, no le diga nada —insistió la hija—. No quiero que se meta en un problema. Cuando le insinué lo de Julia, me amenazó con llegar al trabajo y me advirtió que podía pasar una desgracia.
La madre de Antonio era empleada doméstica en una casa de familia desde hacía décadas. Recibía una paga mensual y tres comidas diarias, pero solo podía ausentarse un domingo cada dos semanas. A ella no parecía importarle aquel horario sin apenas días libres, incluso lo prefería así. Tenía una habitación propia con una buena cama, una televisión con varias cadenas de streaming disponibles, además de un baño. Comía un filete al menos una vez a la semana, y, si a los patrones se les ocurría viajar, lo que sucedía a menudo, podía estar sola en aquel lugar tan amplio, y no tenía que preocuparse de nada, pues aquella era una zona privada, sin oportunidad para la delincuencia, situada en el norte de la ciudad, junto a una cordillera donde había rótulos que pedían a la población no molestar a los venados. De todo esto no podía comentarle nada a su hijo mayor, pues Antonio lo odiaba, lo consideraba una forma de esclavitud moderna. En los últimos años había sido una razón para discutir con su madre casi cada vez que se veían. Para él, era una ocupación indigna, ofensiva y desproporcionada, y no entendía cómo tantas mujeres parecían tan a gusto viviendo en esas condiciones, lejos de sus familias, incluso si sus hijos estaban pequeños. Para ella, sin embargo, había sido la única posibilidad de conseguir un trabajo.
—¿Ves lo que te digo? —siguió la anciana.
—Ya sé, pero ya le dije yo a usted que no tenga miedo; es su nieto, no le va a hacer nada. Es más lo que habla, luego nunca hace nada.
—No sabés —dijo la anciana—. Vos no lo conocés. Si vivieras aquí, sería otra cosa.
—Es mi hijo, mamá. Aunque yo no viva aquí, ¿cómo no lo voy a conocer?
—Pero si no lo ves nunca —insistió la anciana—. Lo he visto más yo, pero no me querés creer lo que te digo.
—Bueno, mamá, ya está, ya me tengo que ir —zanjó la mujer, y se levantó para salir de la habitación.
Antes de hacerlo, puso su mano sobre el hombro de la anciana, que en ese instante miraba hacia la nada de la pared y parecía mascullar algo ininteligible.
—¿Cree que está bien lo de la Julia, mamá?
—¿Y de qué otra cosa va a trabajar, si no es de eso? A todas nos ha tocado lo mismo. A tus tías, a mí, a vos.
—Bueno, ya está.
—¿Quién le va a decir a tu hijo?
—Pues a la misma Julia le va a tocar decirle.
—¿Por qué me dejás sola? —exclamó la anciana.
—No me diga eso, mamá. Ya no me diga eso.
—¿Por qué me dejás sola, hija? —sollozó.
La mujer joven salió de la habitación, pues no quería escuchar más. No podía hacer nada que no fuera marcharse. Tomó sus cosas, se persignó y salió de casa. Afuera no encontró a nadie y supuso que se debía al frío. Caminó pensando en su madre y su hijo, y decidió que, en cuanto subiera al autobús, rezaría por ambos. Se sentía confundida, cansada. Y, otra vez, envidió un poco al que había sido su marido, pues, según ella, tenía la dicha de estar descansando.
—Bueno, bueno, bueno —masculló la anciana luego de un rato, al oír el ruido de una puerta que se abría. Entonces se sentó en la cama y empezó a rezar.
5
Se escuchó el sonido sordo de un impacto y el chico de la gorra de los Yankees se desvaneció a los pies de Ábrego, que retrocedió un paso debido a la sorpresa. La gorra cayó a un costado. Una piedra se hallaba al lado del chico, de cuya cabeza manaba abundante sangre. Su compañero se arrodilló, se sacó la camisa, la hizo un puño y la dejó sobre la herida del otro.
—No te vayás a desmayar, cabrón —le pidió, mientras el herido gemía—. Así, tranquilo, tranquilo. Seguí hablando.
Maca apareció desde atrás, se acercó a los intrusos amenazándolos con una pistola.
—Ni se te ocurra —musitó, viendo al chico que atendía al herido.
—Sos un hijo de puta, lo has matado.
—Ese cabrón está vivo.
—Lo has matado —sollozó el otro, con amargura.
—Que está vivo, te digo —insistió Maca.
El chico tomó la piedra y se levantó de un salto para abalanzarse sobre Maca, quien retrocedió dos pasos antes de disparar.
—¡Por Dios! —exclamó Ábrego, mientras alzaba las manos, como si ese gesto bastara para detener los acontecimientos.
La bala pegó en la mano del chico, que soltó la piedra y cayó de rodillas apretándose la herida.
—Me has jodido, me has jodido los dedos —gritó.
Antonio estaba paralizado, sin saber qué hacer o qué decir. Muchas veces había escuchado las historias de Maca, las narraciones de peleas en las que siempre acababa venciendo a su adversario. En una ocasión le contó cómo abrió la cabeza a un panameño de dos metros de altura con un bate de béisbol. Otra vez,
