PRÓLOGO
Cada día, a partir del año 2016 y durante poco más de siete meses, el Philippine Daily Inquirer publicó lo que llamó «Lista de asesinatos». Era un registro público de muertos, alimentado con los informes de los corresponsales desperdigados por todo el país. Las circunstancias de las muertes eran sucintas. Las entradas estaban numeradas y seguían un orden cronológico. Las ubicaciones se limitaban a pueblos, ciudades y provincias, sin especificar los números de las calles. Se facilitaban nombres cuando se disponía ellos; en caso contrario, se recurría a números.
El primer «sospechoso de traficar con drogas no identificado», por ejemplo, fue asesinado el 1 de julio, el primer día de la administración de Rodrigo Duterte, y la misma mañana en que Jimmy Reformado, el quinto narcotraficante más buscado de la ciudad de Tiaong, fue abatido por un «sicario desconocido». Al día siguiente, el 2 de julio, Victorio Abutal, el traficante más buscado del pueblo de Lucban, fue «asesinado por un sicario desconocido en presencia de su esposa», una hora y diez minutos antes de la muerte de Marvin Cuadra, el segundo más buscado, y menos de catorce antes de que el séptimo más buscado, Constancio Forbes, fuera «asesinado a bocajarro en el exterior de una administración de lotería». Al día siguiente, el 3 de julio, Arnel Gapacaspán, el narcotraficante más buscado de San Antonio, era asesinado por «un sicario desconocido que irrumpió en su casa» a la misma hora exacta en que Orlan Untalan, el décimo más buscado de Dolores, fuera «encontrado muerto en un vertedero con el cuerpo cosido a balazos».
«Sicario desconocido» era un término recurrente, pero la naturaleza de las víctimas —supuesto narcotraficante, supuesto camello, fugitivo de la justicia con cargos por tráfico de drogas, registrado en la lista de traficantes locales, más buscado— demostraba que lo que estaba en marcha no tenía nada de azaroso. Aquellos eran asesinatos planificados, siguiendo las promesas del presidente Duterte, y dirigidos contra «individuos que amenazan con destruir mi país».
Los métodos no tenían más límite que la imaginación de los asesinos. Hubo el hombre «encontrado muerto tras ser secuestrado en su casa». Hubo los tres «encontrados muertos en un canal, con los ojos vendados y las manos y los pies atados». Hubo el hombre «asesinado de un tiro en la cabeza en su dormitorio» y el hombre asesinado a las siete de la mañana «en la entrada de la escuela de primaria de su hija». En ocasiones, el recuento diario de muertos alcanzaba los dos dígitos, como fue el caso del 9 de julio, que arrancó ya a medianoche cuando Danilo Enopia, sospechoso de trabajar para un narcotraficante, recibió un disparo mientras dormía junto a su novia. Las doce muertes restantes de la jornada variaron en método y disposición. Una de las víctimas, que había trabajado en el pasado en el extranjero, murió a balazos mientras conducía por la autopista. Otras dos fueron halladas estranguladas bajo unos letreros en los que se habían escrito mensajes acusándolos de criminales. Tres fueron encontrados muertos «con heridas de bala en la cabeza y las bocas tapadas con cinta aislante». El resto eran sospechosos de traficar con drogas «asesinados por sicarios desconocidos».
Ninguna de estas muertes se atribuyó oficialmente a la policía. Según el Gobierno, estos asesinatos los habían cometido civiles y miembros de los cárteles de la droga, algunos de los cuales utilizaban la guerra como tapadera con la que silenciar a posibles confidentes.
La constancia y velocidad demandaban su propia nomenclatura. Eran muertes relacionadas con las drogas. Eran asesinatos ilegales. Eran asesinatos premeditados, secuestros que acababan en ejecución, cadáveres arrojados a la cuneta, tiroteos desde vehículos. Eran «bajas en la guerra contra el crimen emprendida por la administración Duterte», o, tal y como lo formulaba la cadena de noticias ABS-CNN, «aquellos que perecían». Ni siquiera los políticos filipinos se ponían de acuerdo en la terminología. Un senador los tildó de «asesinatos sumarios». El ministro del Interior los llamó «supuestos asesinatos de personalidades de la droga al estilo justiciero».
Existe una forma de referirse al fenómeno. El término es «asesinatos extrajudiciales». Fue el que más caló en la calle y en la televisión, de uso tan extendido que una resolución del Senado llamó a celebrar unas sesiones que investigaran «la reciente oleada desenfrenada de asesinatos extrajudiciales y ejecuciones sumarias de criminales». Su repetición invitó a una abreviatura, AEJ. La prensa la utilizó como calificativo. Los familiares de las víctimas la usaron como verbo. Los críticos la emplearon como acusación.
Desde los inicios de la era Duterte, mi labor consistió en registrar estas muertes. En mi calidad de corresponsal de la empresa periodística Rappler en Manila, era una de las reporteras que cubrían los efectos de la promesa realizada por el presidente de destruir a cualquiera —sin cargos ni juicio— que él mismo, la policía o un número indeterminado de justicieros sospecharan que consumía o vendía drogas. La cantidad de muertos de Duterte resultaba a veces abrumadora, igual que informar sobre los poderosos en un país en el que los poderosos se negaban a responder por sus actos.
Puse tierra de por medio en mitad de la guerra.
Por aquel entonces, me encontraba investigando una serie de asesinatos cometidos en la capital. Era un proceso lento. Iba en busca de testigos. Contrastaba los informes oficiales. Me citaba con hombres que me explicaban con todo lujo de detalles cómo habían matado a sus propios vecinos siguiendo órdenes de arriba, tras lo cual solicitaba entrevistas con los agentes de policía a los que habían señalado. Rappler concluyó que mi presencia en Manila ponía en riesgo mi vida. Estuve de acuerdo. Lo mejor era admitir que no había ningún motivo que impidiera a los justicieros dispararme a la primera oportunidad. Mi director aplazó la publicación del artículo hasta que mi avión hubo despegado.
Todo esto explica que me encontrara cruzando el Pacífico a principios de octubre de 2018. Si la buena gente del programa de becas Logan para proyectos de no ficción confiaba en mis habilidades literarias, yo estaba feliz de seguirles la corriente. La estancia incluía tres meses en una finca rodeada de árboles en el norte del estado de Nueva York. Debería haber supuesto un alivio, pero años cubriendo masacres sancionadas por el Estado le juegan malas pasadas a la mente. Había aprendido a poner en duda cualquier declaración y a quemar transcripciones en mi balcón. Había pasado noches en vela, convencida de que una coma mal colocada podía dar pie a una querella por difamación. Para una persona con el tipo de imaginación obsesiva que me caracteriza, las preocupaciones de orden práctico que se esperan de una reportera que cubre la lucha contra las drogas casi se transformaron en una paranoia paralizante. No existía certeza alguna. Todos mentían. El individuo que agarraba un palo de selfi era un espía de la policía, o un asesino, o un fanático simpatizante del presidente que probablemente iba a subir a Twitter una foto de mí mientras estaba reunida con una fuente.
El hecho de que de tanto en cuanto acertara espoleaba mi demencia. Multitud de cosas resultaban sospechosas: furgonetas blancas, luces intermitentes, e-mails de spam, motociclistas, transacciones automáticas con tarjetas de crédito, el camarero de la cafetería, un teléfono que empezaba a sonar, una llamada telefónica que se cortaba, el timbre de una puerta. Leía y releía mis artículos a la caza de lagunas, angustiada por la construcción de las frases, convencida de no haber detectado el error que provocaría la muerte de un testigo. Una vez en la cola de llegadas del aeropuerto JFK, con el formulario de entrada para la aduana por rellenar en la mano, me vi incapaz de confiar en mi memoria de cara a anotar mi propio nombre. Eché mano del pasaporte para verificar cómo se deletreaba. Recuerdo de forma muy nítida la compulsión por dar con una segunda fuente y acabar encontrándola en mi certificado de nacimiento.
La campiña de Albany era un lugar hermoso, pese a que una cajetilla de tabaco costara trece dólares. Hacía frío. La gente era calurosa. Había mousse de chocolate de postre, en ocasiones bayas. Dediqué la mayor parte de las primeras semanas a desparecer tras una neblina compuesta de Star Trek y Agatha Christie, pero la residencia exigía que hiciera un esfuerzo por presentar una propuesta de libro. Cumplí. Escribí sobre quién era, de dónde venía y cómo se siente uno al mirar un cadáver tirado en el suelo a las dos de la madrugada.
Al final de mi estancia en la residencia creativa firmé un contrato con un editor por el que me comprometía a escribir una crónica en primera persona sobre la guerra contra las drogas librada en Filipinas. Ocurrió muy deprisa. No pretendía faltar a mi palabra. La promesa de un relato tan íntimo era algo lejano, debatido una mañana de invierno en una sala de juntas con paredes de cristal, a miles de kilómetros de distancia del calor sofocante de esa Manila que era una olla a presión.
Regresé a casa. Empecé a escribir. El primer borrador tenía 73.000 palabras en las que describía con todo lujo de detalles las circunstancias de cada muerte, con escenas del crimen tan seguidas y abundantes que era imposible distinguir un cadáver del siguiente. Un reportaje frío y meticuloso. En ningún sitio decía quién era yo ni de dónde venía, tampoco lo que sentía uno al mirar un cadáver tirado en el suelo a las dos de la madrugada.
A los periodistas se les enseña que ellos nunca son los protagonistas de la historia. De hecho, cuantos más años llevaba ejerciendo el periodismo, más cómoda me sentía desapareciendo detrás de la profesionalidad de una voz omnisciente en tercera persona, que forma parte de todo y de nada, que formula preguntas y jamás responde ninguna. Cada conclusión que acababa publicando había sido contrastada por varias fuentes, verificada y enlazada. Quizá mi nombre constara bajo el titular, pero las historias que escribía pertenecían a otra gente, de otros lugares, familias cuyo dolor y pesar eran tan enormes que los míos resultaban irrelevantes.
Todo esto es cierto, pero no lo es menos que tenía miedo. Mi incapacidad a la hora de responder por mis actos y decisiones no se debió únicamente a un compromiso con la objetividad que salió desviado. Fue falta de coraje.
Este es un libro sobre los muertos y la gente que queda atrás. También es una historia personal, escrita con mi voz como ciudadana de un país que no puedo reconocer como propio. Los miles que murieron fueron asesinados con el permiso de mi gente. Escribo este libro porque me niego a dar el mío.
Manila, junio de 2023
PRIMERA PARTE
MEMORIA
1
AFIRMATIVO
Me llamo Lady Love, dice la niña.
Tiene once años. Es baja para su edad; piernas morenas y flacuchas, ojazos oscuros. Lady Love es el nombre que pone en el encabezamiento de sus ejercicios escolares, pero en ningún sitio más. Así la llamaba su abuela. Los demás la llaman Love-Love. Su madre, por ejemplo, cuando la enviaba al mercado. Diles a los niños que se vistan, Love-Love. No me molestes cuando estoy jugando a las cartas, Love-Love. No me sermonees, Love-Love.
Nadie la llama Lady y solo Dee la llamó Love. Love a secas.
Love, le decía él, dale un abrazo a tu Dee.
Dee es la abreviatura de Daddy «Papi». A veces Love-Love se siente avergonzada, no por los abrazos, pues Dee da buenos abrazos, sino por tener que llamarle Dee. Solo las niñas ricas llaman Daddy a su padre. Papá debería bastar para una niña que vive en los suburbios de Manila. Pero ahí están ellos, Dee y Love, Love y Dee, paseando por la calle a primera hora de la tarde, con la niña bajita forzada a estirar el brazo flacucho para agarrarse a la cintura del hombre alto.
Love-Love debería haber sido el tercero de ocho hijos, pero el mayor murió de hidrofobia y al segundo raramente se le veía el pelo. Recayó, pues, sobre sus hombros tener que decirle a mamá que dejara de beber y a Dee que dejara de fumar. Vuelves a estar borracha, le decía a mamá, y mamá le contestaba que la dejara en paz.
A Love-Love le preocupaba que enfermaran. Le preocupaba que fueran ciertos los rumores de que su padre consumía drogas. Le preocupaba que todos vivieran donde lo hacían, un lugar en el que cualquiera podía esconder a un confidente de la policía.
Mamá y Dee le decían que todo estaba en orden. Dee iba a conseguir que le devolvieran el permiso de circulación. Mamá se sacaba un dinero haciendo manicuras. Ya se habían sometido al nuevo Gobierno y jurado no volver a tocar las drogas.
Marchémonos, le había pedido Love-Love a Dee, pero Dee se había echado a reír.
Marchémonos, le había pedido a mamá, pero mamá le había respondido que los pequeños debían ir a la escuela. Podemos ir a cualquier otra escuela, le había dicho Love-Love.
Mamá negó con la cabeza. Primero debían ahorrar. No te preocupes, le dijo mamá.
Love-Love se preocupaba, y tenía razón en hacerlo.
Love, le dijo su padre, una noche de agosto.
Love, le dijo, un instante antes de que una bala le atravesara la cabeza.
Nos citamos en casa de su tía. Está sentada en un sillón destartalado. Me inclino y le tiendo la mano para estrechar la suya. Una entrevista es, antes que nada, un intercambio. Dime tu nombre y yo te diré el mío.
Mi nombre es Pat, le digo a Love-Love. Soy reportera.
Nací en 1985, cinco meses después de que una revuelta callejera devolviera la democracia a Filipinas. Aquel año parecía que todas las madres de clase media les habían puesto a sus hijas Patricia. Evangelista, mi apellido, muy extendido en mi país, deriva del término griego euangelos, «portador de buenas noticias». Es una ironía que me señalan con frecuencia.
Mi trabajo consiste en ir a lugares donde la gente muere. Hago la maleta, hablo con los supervivientes, escribo sus historias y luego vuelvo a casa y espero la próxima catástrofe. Nunca tengo que esperar demasiado.
Puedo hablaros de estos sitios. Ha habido muchos en la última década. Pueblos costeros tras el paso de un tifón, donde los bebés eran embutidos en mochilas después de que se acabaran las bolsas para cadáveres. Laderas en zonas del sur, donde algunos periodistas acabaron enterrados vivos bajo capas de un pastel compuesto de vehículos y cadáveres. Maizales en un país rebelde y campos de refugiados a las afueras de pueblos carbonizados y cuartuchos en los que algunas madres hablaban en susurros acerca de abortos producto de la desesperación.
En mi trabajo se agradece tener a mano un vocabulario mínimo. Primero van los nombres, luego el recuento de las víctimas. Los colores son útiles para fijar las descripciones. La colina es verde. El cielo es oscuro. La mochila es morada, igual que los cardenales en la mejilla izquierda de la mujer.
Las palabras sencillas son precisas. Significan exactamente lo que significan y se teclean con más rapidez cuando la batería se está agotando.
Yo prefiero los verbos. Reducen las historias a movimientos lógicos, el dedo en el gatillo, el cuchillo en la garganta: «agacharse», «correr», «golpear», «ahogarse», «disparar», «desgarrar», «estallar», «bombardear».
Desde la llegada al poder de Su Excelencia, el presidente Rodrigo Roa Duterte, he ido coleccionado una nueva serie de palabras. Van rotando, intercambiándose, se repiten en un staccato.
«Matar», por ejemplo. Es una palabra que mi presidente utiliza con frecuencia. La pronunció al menos 1.254 veces durante los primeros seis meses de su mandato, en muy diversos contextos y contra un amplio abanico de enemigos. Se la dirigió a boy scouts de cuatro años, con la promesa de matar a personas que iban a interferir en su futuro. Se la dirigió a trabajadores en el extranjero, contándoles que en casa les esperaban trabajos matando a drogadictos. A alcaldes señalados por tráfico de drogas les dijo que se arrepintieran, que dimitieran o que murieran. Amenazó con matar a activistas en pro de los derechos humanos si el problema con las drogas empeoraba. A los policías les prometió medallas por matar. A los periodistas les avisó de que podían convertirse en objetivos legítimos.
«No bromeo —dijo en un mitin de campaña en el año 2016—. Cuando sea presidente, les daré a los militares y los policías la siguiente orden: encontrad a esa gente y matadla, y punto».
Solo conozco el nombre de unas pocas docenas de muertos. Al presidente no le importa. Le sobran nombres con los que referirse a ellos. Son adictos, camellos, consumidores, traficantes, monstruos, locos.
Love-Love puede nombrarte a dos. Son Dee y mamá.
Todo empezó con un golpe fuerte, en la puerta equivocada, al final del pasillo. Se produjo una conmoción, puños sobre la madera, inquilinos protestando, un portazo tras otro, todo ello jalonado por una voz masculina.
Negativo, dijo el hombre. Negativo, negativo, negativo.
El hombre no tardó mucho en llegar frente a la puerta de Love-Love. Abre, gritó el hombre.
En el interior, Love-Love permanecía acuclillada junto a su madre. Eran las tres de la madrugada. Dee dormía profundamente boca arriba, con uno de los pequeños sobre el pecho. Los otros niños dormían desparramados por la habitación. El hombre pateó la puerta.
Así será como morirán mis padres, pensó Love-Love.
Su madre abrió la puerta, temerosa de que los hombres de fuera rompieran una ventana y los acribillaran a todos. Dos hombres irrumpieron con fuerza en la habitación. Ambos llevaban pasamontañas, con unos agujeros para ojos, nariz y boca.
«Afirmativo», dijo uno de ellos, inclinado sobre Dee. Levanta, le dijo.
Dee se despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero tenía a un bebé acurrucado en el pecho. Volvió a caer de espaldas.
Love, dijo, antes de que uno de los hombres le disparara en la cabeza. La bala salió por la sien derecha de Dee. La sangre se derramó sobre el bebé.
«¡Dee!», gritó Love.
El bebé gimió. Mamá lloró. Le arrojó un trozo de papel al hombre que acababa de matar a su marido. He ahí la prueba, sollozó, de que se habían enmendado.
Mamá cayó de rodillas. Love-Love tiró de ella hasta que volvió a ponerse de pie. Fue Love-Love la que se interpuso entre el pistolero y su madre. Fue Love-Love la que tuvo el cañón de la pistola a pocos centímetros de la frente. Fue Love-Love, toda ojazos y piernas morenas y flacuchas, quien maldijo al pistolero y exigió que le disparara a ella.
Mátame a mí, le dijo, no a mi mamá.
El segundo pistolero contuvo al primero. No dispares, le dijo. Solo es una cría.
Se marcharon. No por mucho tiempo. Al regresar, el primer pistolero se giró hacia la madre de Love-Love y alzó la pistola.
«Somos Duterte», dijo, y vació el cargador.
Mamá murió de rodillas.
Love-Love maldijo a los asesinos. Malnacidos, dijo. Ya habíais matado a mi Dee. Ahora le disparáis a mi madre.
El pistolero balanceó la boca del cañón frente al rostro de Love-Love.
Cállate, le dijo, o a ti también te matamos de un tiro.
Cuando se marcharon, Love-Love encontró el orificio en la cabeza de mamá. La sangre chorreaba entre los dedos de Love-Love. Dee yacía donde se había desplomado. Tenía los ojos en blanco. Love-Love quería abrazarlo, pero tenía miedo. Aquel no se parecía a Dee.
«Dee —preguntó la chica llamada Love—, ¿me estás abandonando, Dee?».
En 1945, el reportero Wilfred Burchett fue el primero en informar de la explosión de una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima para el diario londinense Daily Express. Cubrió lo que calificó como «la desolación más espantosa y aterradora en cuatro años de guerra». Burchett entró en Hiroshima portando una pistola, una máquina de escribir y un manual de conversación en japonés. «Escribo sobre estos hechos del modo más neutral posible —escribió Burchett—, con la esperanza de que sirvan de advertencia al mundo».
Igual que Burchett, soy reportera. Al contrario que él, no soy una corresponsal extranjera. Me he pasado la última década volando a ciudades bombardeadas, contando bolsas de cadáveres y escribiendo sobre desastres, tanto naturales como obra del hombre, que continúan asolando a mi propio país. Luego llegaron los seis años documentando los asesinatos cometidos bajo la administración del presidente Rodrigo Duterte.
El hecho de que sea una filipina viviendo en Filipinas significa que para mí no hay un regreso a casa desde el teatro de operaciones. No hablamos de un calendario de rodaje de siete días con los vuelos reservados y la opción de ampliar la estancia; solo más cadáveres, día tras día. No necesito a un intérprete que me aclare que el hombre que grita putang ina, inclinado sobre el cadáver de su hermano, está diciendo «malnacidos» en vez de «hijos de puta». Sé por qué hay ataúdes que permanecen semanas en las salas de estar y estoy lista para rechazar, con todo tipo de excusas, el ofrecimiento de un sándwich en un velatorio por parte de una viuda tan miserablemente pobre que no puede permitirse los veinte dólares que cuesta la inyección de formaldehído necesaria para evitar la putrefacción de un cadáver.
Durante el apogeo de los asesinatos había cadáveres todas las noches. Siete, doce, veintiséis, la brutalidad reducida a un párrafo, en ocasiones a una sola línea por cabeza. A medida que aumentaba el recuento de cadáveres, el lenguaje comenzaba a escasear. No existen sinónimos para «sangre» o «sangrar». La sangre no brota cuando llego a la escena de un crimen. No borbotea ni chorrea. Forma charcos bajo las puertas o, como ocurrió en el caso del conductor del yipni (popular medio de transporte público en Filipinas) al que dispararon frente a un 7-Eleven, sale de la boca en forma de riachuelo.
«Muerto» es una buena palabra para un periodista en la era de Duterte. Un muerto no negocia, apenas requiere verificación. Un muerto es algo evidente, se compone de huesos, piel y carne, puede ser tocado, visto, fotografiado y difuminado durante una transmisión. Los muertos, tanto si son cuarenta y cuatro, cincuenta y ocho, veintisiete mil o uno, son muertos.
Registro estos hechos con toda la veracidad de la que soy capaz, pero no soy insensible a la hora de ponerlos por escrito. Ser filipina también significa que entiendo la culpa, de ese modo tan complejo que solo está al alcance de una católica criada en la Filipinas colonizada. Sé por qué un padre se arrodilla para limpiarle la sangre a su hijo mientras susurra «perdón» con la vista clavada en el linóleo. Sé que se cree responsable de no haber podido impedir que cuatro balas atravesaran el cuerpo de su hijo de treinta años; frente, pecho y hombros estrechos, formando lo que interpreta como una señal de la cruz —en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén—. Sé todo esto porque soy hija de mi padre y entiendo que él también rece mientras mi supervivencia suponga un privilegio.
El presidente Duterte dijo matad a los drogadictos y los drogadictos murieron. Dijo matad a los alcaldes y los alcaldes murieron. Dijo matad a los abogados y los abogados murieron. A veces los muertos no eran narcotraficantes, ni alcaldes corruptos, ni abogados pro derechos humanos. A veces eran niños, pero igualmente los mataban, y el presidente los calificaba de daños colaterales.
Vi a muchas chicas durante los primeros meses de la guerra y no todas sobrevivieron para contar su historia. La misma semana en que asesinaron a los padres de Love-Love, una niña de cinco años llamada Danica Mae recibió un disparo que iba dirigido a su abuelo.
Hablé con él en una habitación estrecha de hormigón armado donde el rostro de Jesucristo nos miraba bondadoso desde un calendario de pared. Se llamaba Maximo y no asistió al funeral de su nieta. Su familia le pidió que se mantuviera alejado. Sus hijas le prometieron que lo grabarían con sus móviles. Espera a verlo en Facebook, le dijeron. Espera al vídeo del funeral, nos aseguraremos de que te llegue. Entendió por qué no debía asistir y por qué su familia lo había llevado directamente del hospital a una casa bien lejos de donde llevaba viviendo la mayor parte de su vida de casado. Los hombres enmascarados podían regresar a la casa a terminar el trabajo. Nadie le haría una visita a su Danica Mae. Quería a Danica rodeada de sus dolientes. Se lo merecía, eso y mucho más.
Maximo había respaldado la candidatura de Duterte. Aún lucía el brazalete rojo y azul con el nombre del presidente estampado en blanco. Maximo había votado a Duterte porque lo consideraba un tipo duro. No importaba que el propio Maximo hubiese consumido drogas. Quizá Danica habría muerto igual sin Duterte en el palacio presidencial, o quizá no. Solo era consciente de que muchos habían fallecido; algunos de esos hombres constaban en la misma lista en que aparecía su nombre. La lista lo tildaba de traficante de drogas.
«Que vengan a matarme si pueden —dijo—. Eso se lo dejo a Dios. Dios conoce a los pecadores y a los que dicen la verdad».
De modo que aguardó en soledad, un hombretón con la barriga hinchada y los ojos enrojecidos. Lloró un poco, rezó un poco, limpió las heridas de bala que pudo alcanzar. Llamó a los padres de Danica para pedirles que se inclinaran sobre su ataúd y le susurraran que su abuelo la quería.
Les pidió que contaran que si no asistía era por ella.
Hasta el año de la elección del presidente Duterte, me consideraba a mí misma la clase de cínica más práctica que existe. Entendía que a la buena gente le ocurrían cosas terribles. Encontraba un placer morboso en el hecho de pertenecer a esa raza especial de corresponsales que eran capaces de estar de pie junto a un cadáver y apreciar que el cuerpo en el agua era probablemente femenino, que se entreveían restos de senos bajo la desvaída camiseta amarilla, pese a la falta de piel y carne en el rostro que quedaba por encima de esa misma camiseta.
De existir una jerarquía moral en mi modo de abordar el periodismo, la pérdida de una vida estaba en lo más alto de la lista, algo que evitar a toda costa. No era un concepto precisamente revolucionario. Crecí como ciudadana de la democracia más longeva del Sudeste Asiático por lo que creía, imagino que igual que la mayor parte de mi generación, en la libertad de expresión, los derechos humanos y el deber de que mi Gobierno respondiera ante la ley. Creía en la democracia en el año 2009, cuando informé del asesinato de treinta y dos periodistas. Creí en ella en 2013, cuando cubrí los bombardeos de la ciudad de Zamboanga. Creí en ella en 2015, después de que la arrogancia del Gobierno enviara a cuarenta y cuatro policías incautos a un maizal en el que encontrarían la muerte a manos de los rebeldes. Creía en la democracia de la misma manera en que lo hacía en las frases cortas y las palabras sencillas.
«Democracia», igual que «asesinato», es una palabra sencilla. La veía como un bien común en oposición a un mal común. Por «democracia» no entendía al Gobierno electo. Este, cualquier Gobierno, con frecuencia fallaba y era cómplice, en líneas generales se mostraba incompetente, hipócrita y desconectado de la realidad. La democracia en la que creía era la nación, una comunidad formada por millones de personas para quienes la brutalidad suponía una aberración digna de condenarse con tanta contundencia y frecuencia como dictara la necesidad.
Seguía creyendo en la democracia cuando empecé a contabilizar los muertos del presidente Duterte. No entendía que la democracia en la que se basaba el periodismo que practicaba solo nos concernía a mí y a una minoría de personas. A lo largo y ancho del país, la gente moría, pasaba hambre, enviudaba, se quedaba huérfana o era ignorada. En el mundo imaginado por Rodrigo Duterte, aquella nación era un hatajo de idiotas e ingenuos, bajo el yugo de maleantes y matones. Su nación era un yermo donde la paz estaba hecha trizas, ningún ciudadano estaba seguro y todo adicto portaba un arma con la intención de matar.
Duterte te cubría las espaldas y te decía que tus padecimientos terminaban aquí, hoy mismo. A la mierda los paños calientes. A tomar por saco la burocracia. No habría perdón ni segundas oportunidades, se trazaría una línea, a un lado de la cual se erguiría él con una pistola cargada. La ley quizá fuera una opción, los matones quizá llevaran el timón, pero Duterte era un hombre que decía lo que pensaba y que pensaba lo que decía, alguien que quizá te diera un aviso y luego empezara a contar uno, dos, tres.
Esta era la República de Filipinas que Rodrigo Duterte prometía salvar. Concededle seis meses y acabará con el crimen y la corrupción. Concededle seis meses y acabará con las drogas.
Fue aplaudido, vitoreado y finalmente investido.
«Hitler masacró a tres millones de judíos —dijo—. Ahora hay tres millones de drogadictos. Me encantaría masacrarlos».
En diciembre, transcurridos cinco meses desde el inicio de la guerra, otra niña vio morir a su padre. Se llamaba Christine y tenía catorce años.
Un día, contó, unos policías fueron a buscar a su papá. Sin embargo, a quien encontraron fue a su madre. Los policías dijeron que la madre de Christine era una drogadicta. Se la llevaron en una furgoneta blanca. Cuando papá regresó a casa, todo el mundo le dijo que huyera. La policía, le dijeron los vecinos, lo mataría si lo encontraban.
De todos modos, una noche, al cabo de varios meses, papá regresó a casa. Dijo que echaba de menos a los niños. Cocinó unos espaguetis. Cantó canciones. Les dio de comer a los pequeños con la mano. Le ofreció a Christine la mitad de su taza de café. A todos les dijo lo mucho que los quería y que tardaría un tiempo en regresar.
Oyeron gritos en el exterior de la casa. Tres pistolas asomaron por la ventana; sus cañones relucían al reflejarse en ellos la luz del sol. La puerta se abrió de un fuerte golpe. Cinco policías irrumpieron en la casa. Hicieron que papá se arrodillara frente al sofá y le estamparon la cara contra un cojín. Agarró su carnet de identidad. Les dijo que estaba limpio.
Por favor, les dijo, no lo hagáis, arrestadme. Tengo varios hijos.
La policía les dijo a los niños que salieran de la casa. Christine rodeó a papá con los brazos. Uno de los policías la arrojó contra la pared.
Sal de aquí, le dijo.
Pero Christine no salió de ahí, al menos no lo suficientemente rápido. Permaneció ahí cuando el policía disparó a su padre detrás de la cabeza y en el pecho, tan a bocajarro que al día siguiente su hermano pequeño hurgó con el dedo en el agujero del sofá hasta sacar la bala.
La policía dijo que papá había opuesto resistencia. Dijo que era un narcotraficante. Dijo que lo habían matado en defensa propia.
Tras la muerte de su padre, Christine tardó un tiempo en volver a hablar. Su primera palabra fue «perdón». Pidió perdón a su abuela y pidió perdón a sus hermanos. Pidió perdón por haber soltado a su papá la mañana en que fue asesinado. De haberlo agarrado con más fuerza, de haberlo abrazado con más ímpetu, papá seguiría con vida.
Mi agencia de noticias, Rappler, tiene un nombre bien curioso. Mis jefes se lo inventaron uniendo las palabras «rap» («discutir») y «ripple» («propagar»). Me lo explicaron el día que me reclutaron en la tercera planta de un edificio ubicado en una calle tendente a las riadas durante los meses de verano. Por poco no se llama Ripple, me dijeron, y así habría sido si alguien no les llega a advertir de que sonaba como «nipple» («pezón»). Me eché a reír. Durante los primeros meses, cada solicitud de entrevista requería de la repetición del nombre de la agencia a unas fuentes desconcertadas al estar acostumbradas a las siglas de las cadenas de televisión. «¿Raffler, dice usted? ¿Rapper? ¿Rapeler?». Rappler, les respondía yo. Rappler. Sí, puede encontrarnos en YouTube. No, yo no trabajo para YouTube. Al final me resigné a soltar el nombre rápido y ofrecerles a continuación la posibilidad de etiquetar a sus sobrinos adolescentes en Facebook.
Me uní a Rappler a finales del verano de 2011. Tenía veintiséis años, y si bien no compartía la opinión del medio de que las redes sociales harían del mundo un lugar mejor, sí creía en la capacidad del periodismo para conseguir avances gracias al esfuerzo continuado. Rappler se veía capaz de alumbrar el nuevo tipo de corresponsal que demandaba la era digital, un equipo de noticias formado por una sola mujer, capaz de hacer fotos, grabar vídeos, lanzar preguntas, tuitear la última hora, publicar stories y avanzarse a la competencia, todo esto sin dejar de ir informando a cámara con la única ayuda de un adaptador USB para tener acceso a internet y un iPhone sujeto a un trípode. El experimento estaba destinado al fracaso, al menos para alguien como yo, una periodista que se perdía de camino a la oficina y necesitaba media hora para completar una sola frase. Dado que esto es un ejercicio memorístico, podría escribir acerca de discusiones en torno al número de palabras, programas de edición de software y el color naranja que escogieron para el logo. Podría escribir acerca de la tarde en que los directores compraron al fin un sofá tras descubrir el alto número de reporteros que dormían bajo sus mesas. Podría escribir acerca del día en que conseguí que una futura premio Nobel de la Paz se echara a llorar de la frustración. Fue culpa mía, pero continúo sosteniendo que ella empezó.
Todas estas historias son ciertas, pero no lo es menos que Rappler me enviaba a muchos sitios en los que la normalidad era un cadáver tirado en el suelo. Pedidme una historia sobre Rappler y os contaré que cada historia sobre Rappler era también una historia sobre la gente que nos contaba las suyas. Soy una reportera del trauma. La gente como yo trabaja en ese intersticio incómodo entre lo que es y lo que debería ser. Mis historias no ofrecían soluciones, no proponían formas de salvación. No traficaba con la esperanza. En ocasiones, si teníamos suerte, un lector costeaba un ataúd o un sillón de barbero nuevo para un individuo de Guiuan al que una tormenta había arrasado su barbería.
Cada historia arrancaba con lo cotidiano porque subrayaba lo que venía a continuación. El cielo azul antes de la riada de cadáveres. El beso de despedida antes de la lluvia de balas. Una vez, después de que el supertifón Haiyan redujera a escombros Tacloban, me encontré sentada detrás de una cámara, a petición de un hombre que me había rogado poder enviarle un mensaje a su hijo. Enfoqué el objetivo y apreté el botón de grabar. Vuelve a casa, dijo Edgardo, que papá está preparando espaguetis para la cena de Navidad. Su hijo estaba muerto, probablemente ahogado, pero eso no impedía que Edgardo intentara contactar con él porque quizá lo cotidiano fuera capaz de traer a su hijo de regreso a casa.
Escribí sobre cosas horribles que habían ocurrido porque esas cosas jamás deberían haber ocurrido y jamás deberían volver a ocurrir. Entonces llegó el día en que el hombre llamado a ser presidente prometió matar a sus propios ciudadanos. Lo horrible devino cotidiano bajo un estruendo de aplausos.
Noche tras noche, el eco de los disparos resonaba por los suburbios. Esas historias también arrancaban con lo cotidiano. Me desperté, contaba el amante de alguien, y no se encontraba a mi lado. Me estaba dando un baño, contaba la madre de alguien, cuando oí los gritos. Estaba en casa, contaba la hija de alguien, cuando el policía derribó la puerta y disparó a mi padre. Yo escribía lo que podía, y, si bien había muchos dolientes, no abundaban menos los que leían acerca de los muertos y afirmaban que eran pocos.
Rappler apenas tenía cuatro años de vida cuando Duterte fue elegido presidente. Éramos muy pocos, pero hacíamos lo que podíamos para informar sobre corrupción y abuso de poder, junto con el asunto de la guerra contra las drogas. El presidente Duterte le puso otro nombre a Rappler. Nos llamó fake news. Dijo que éramos gacetilleros a sueldo. Fuimos denunciados por evasión de impuestos, difamación en línea y violación de la propiedad. La licencia de actividad de Rapple fue revocada. El recurso sigue en marcha. A nuestros reporteros se les prohibió cubrir al presidente. A diario recibíamos amenazas en las redes sociales. Al ser mujeres, estas amenazas incluían la violación.
Publiqué numerosas historias, cada una en torno a un cadáver que antaño tuvo un nombre, por mucho que al empezar solo dispusiera del «Cadáver Sin Identificar n.º 4». Escribí que Danica, de cinco años, murió de un disparo antes de poder estrenar su nuevo chubasquero de color rosa. Escribí que Jhaylord era el ojito derecho de su madre, y que Angel llevaba consigo una muñeca Barbie la noche en que fue asesinada. Expuse detalle tras detalle, sin dejarme ninguno, el color del zapato, el timbre del grito, el hecho de que el muerto vestía un slip rojiblanco cuando lo desnudaron en plena calle.
—Querría ser franco con usted —dijo el presidente—. ¿Son humanos? ¿Cuál es su definición de un ser humano?
Aquí figura Danica Mae Garcia, la nieta de Maximo.
Aquí figura Constantino de Juan, el papá de Christine.
Aquí figuran Dee y la mamá de Love-Love.
Aquí figuran los hombres que los mataron.
«Somos Duterte», dijo el pistolero enmascarado.
Nací el año en que la democracia regresó a Filipinas. Estoy aquí para levantar acta de su defunción.
2
LA MAYORÍA SUPERVIVIENTE
En la historia que contaba mi abuelo, los primeros hombres blancos arribaron en una flota de cinco buques de guerra encabezados por el Trinidad.
Era el año 1521. La flotilla había sobrevivido a más de un año de adversidades y motines. El capitán del Trinidad, un aventurero barbudo llamado Fernando de Magallanes, vio una isla boscosa que se extendía en el horizonte. Los hombres del Trinidad cayeron de rodillas, alabaron al Señor y, habiéndose quedado sin reservas de ron, procedieron a pillarse una buena cogorza a base de refresco de naranja Bireley y vino de arroz Siu Hoc Tong.
Magallanes lanzó el ancla. Detuvo un bote repleto de nativos que se aproximaba.
«Para demostrar su buena voluntad —decía mi abuelo—, ordenó a su sobrecargo que le trajera algunas gorras rojas, espejos, peines, campanillas y el equivalente del siglo XVI a lo que hoy nos referimos con el nombre de “zoot suit”. Todo esto Magallanes se lo entregó al jefe de los nativos con las siguientes palabras: “Nada de esto hallaréis en los catálogos de Sears o Roebuck. Son el último grito para el cazador de tendencias en el vestir, recibidlos con los mejores deseos del rey y de mi persona, ¿y por casualidad no tendrá por ahí algunos lingotes de oro que le sobren?”».
Cuando digo que mi abuelo contaba la historia de Magallanes, no quiero decir que me la contara a mí, sino a los potenciales compradores de un libro distribuido por la Empresa Filipina de Libros y escrito por Mario P. Chanco en 1951. Las estupideces de Fernando de Magallanes era uno de los relatos tradicionales que había publicado mientras se ganaba la vida como periodista. Mi abuelo, según dejó escrito con cariño uno de sus amigos, «se entregaba con excesiva frecuencia a disertaciones frívolas y comentarios irreverentes, sobre todo en lo concerniente a la Escritura Seria».
De modo que se imaginó a Magallanes adentrándose en el archipiélago que con el tiempo se convertiría en las islas Filipinas. Se cruzó con otros nativos e intercambió su cargamento por oro y especias, hasta que se topó con Lapulapu, el temible jefe de la isla de Mactán. Lapulapu se negó a rendir pleitesía a Magallanes y a jurar lealtad al rey de España.
«Naturalmente —señalaba mi abuelo—, esto consternó a Magallanes, ¿pues acaso no se dedicaba a propagar la beneficencia y las bendiciones de su monarca con el objetivo de iluminar y ayudar a los infieles de todo el mundo? ¿Qué importaba si esta beneficencia se ofrecía a punta de mosquete? ¿El objetivo no era el mismo?».
Los conquistadores se retiraron a la orilla después de una «brutal refriega en las playas». Ahí se encontraron con los hombres de Mactán, quienes, dotados de lanzas, «se abalanzaron sobre ellos como demonios sedientos de venganza». Magallanes cayó muerto al ser atravesado con una estaca de bambú muy afilada. Sus hombres huyeron navegando, una banda masacrada cuya majestuosa flotilla quedó reducida a dos embarcaciones.
«Respecto a Magallanes —concluía mi padre—, se quedó ahí donde las islas Mactán se apoderaron de él. Y la moraleja de esta historia es: la próxima vez que pidas algo, no te olvides de decir “por favor”».
Ningún lector confundiría a mi abuelo con un historiador, pero su versión de los tiempos en que los conquistadores españoles arribaron por mar a Filipinas no encierra un ápice de verdad. Lapulapu de Mactán, cuyos guerreros lanzaron flechas envenenadas a Fernando de Magallanes, retrasó casi medio siglo la invasión española de Filipinas. Otro intento de agenciarse territorio, emprendido por Ruy López de Villalobos, acabó en fiasco en 1544. El único éxito de Villalobos consistió en bautizar las islas de las que fue expulsado: Filipinas, en honor del futuro rey, Felipe II de España.
No fue hasta 1565, con la llegada de Miguel López de Legazpi, cuando las islas finalmente sucumbieron al Imperio español. Durante las décadas siguientes, de los galeones españoles fueron desembarcando soldados, gobernadores y frailes con tonsura. A mi gente se le enseñó a postrarse frente al dios católico y a sufrir bajo el yugo de sus enviados terrenales, pero los españoles no tardarían en descubrir que su nueva colonia en el sudeste no estaba por la labor de padecer años de violaciones y de pasar el rosario. Afloraron sociedades secretas y revueltas armadas, insurgencias modestas y ejecuciones públicas. Hacia el final, los españoles aplicaron una política de fuerza y conciliación, ejecutando a un escritor por aquí, exiliando a un líder revolucionario por allá.
En las postrimerías del siglo XIX, no era solo Filipinas la que se había rebelado contra la madre patria. México, Puerto Rico y Cuba se habían levantado en armas, justo en el momento en que Theodore Roosevelt, secretario adjunto de las fuerzas navales de Estados Unidos, exaltaba los ánimos para expandir las fronteras norteamericanas. En 1898 Estados Unidos declaró la guerra a España para proteger sus intereses en Cuba. Las hostilidades se extendieron a los límites del menguante Imperio español.
El concepto estadounidense de «destino manifiesto» mostraba sus cartas. Un ejército de ciento veinticinco mil soldados voluntarios se desplegó por Santiago de Cuba. Los Rough Riders —el Primer Regimiento Voluntario de Caballería— de Roosevelt marcharon a sangre y fuego por Las Guásimas y Las Lomas de San Juan. La flota que transportaba al Escuadrón Asiático de Estados Unidos fue enviada al centro neurálgico de España en Asia: Manila.
No ganamos la guerra contra España porque Estados Unidos reclamó la victoria para sí.
La batalla de Cavite supuso una derrota aplastante. Los buques españoles fueron hundidos. El resto acabaron capturados. Las bajas americanas fueron nimias.
De modo que fue el capitán George Dewey quien venció por mar, pero fueron los filipinos quienes se batieron por tierra, liberando ciudad tras ciudad a costa de miles de vidas. Aquellos fueron los últimos años de las revueltas armadas comandadas por los nativos. De regreso de su exilio en Hong Kong, el general Emilio Aguinaldo pidió a sus hombres que formaran allá donde vieran ondear una bandera norteamericana. Los estadounidenses, afirmó, «por el bien de la humanidad y en respuesta a la llamada de tanta gente oprimida», habían extendido «su manto protector por nuestro amado país».
Las milicias armadas de Filipinas sellaron una alianza con Estados Unidos. El general Aguinaldo declaró la independencia. España se negó a admitir su derrota y los norteamericanos no se opusieron. Estados Unidos y España llegaron a un acuerdo secreto para mantener a raya a los filipinos y fingieron enfrentarse en una batalla. Se arrió la bandera española. Se izó la bandera de las barras y estrellas. Las tropas filipinas cercaron Manila, cuyo acceso les impidieron sus propios aliados.
Cuatro meses después, el presidente McKinley exigió a los filipinos «reconocer la ocupación militar y la autoridad de Estados Unidos». El tratado, firmado en París, entre los Estados Unidos de América y el reino de España, sancionó la venta de una colonia entera por el módico precio de veinte millones de dólares.
En el otro extremo del mundo, en Inglaterra, Rudyard Kipling escribió unos versos a los caballeros del nuevo imperio norteamericano, animándolos a «sobrellevar la carga del hombre blanco».
Go, bind your sons to exile
To serve your captain’s need;
To wait, in heavy harness,
On fluttered folk and wild—
Your new-caught sullen peoples,
Half devil and half child.[1]
Esos «medio demonios y medio niños» de la fugaz República de Filipinas exigieron la libertad que les había sido prometida por los hijos de la libertad. Estados Unidos respondió con mano de hierro. Los insurgentes fueron masacrados. Pueblos enteros fueron arrasados. Puede que William Howard Taft hubiera tildado a los filipinos de «hermanitos marrones» de América, pero los soldados desplegados sobre el terreno cantaban una canción bien diferente mientras marchaban. Ocasionalmente se producían deserciones para unirse a la causa filipina, pero los soldados afroamericanos que cambiaban de bando eran ejecutados por sus principios.
Así empezó el reinado del nuevo Imperio norteamericano, comprado por el presidente blanco del Nuevo Mundo al rey blanco del Viejo Mundo.
Fuimos de España y, durante los siguientes cuarenta y ocho años, fuimos de América.
Mi abuelo nació en 1922, veinticuatro años después de la ocupación estadounidense. Era el tataranieto de un comerciante chino llamado San Chang Co, que a mediados del siglo XIX navegó hasta Manila, donde echó raíces junto a una esposa filipina. Cuando mi abuelo nació de la unión de un funcionario universitario y la heredera de un centro comercial, el apellido había evolucionado a Chanco. Los descendientes de San Chang Co nacieron como súbditos angloparlantes de los Estados Unidos de América.
Mario Chanco era el sexto de siete hermanos. Vivían en la calle San Antonio, en una casa espaciosa con muebles enormes y paredes forradas de estanterías con libros. Buena parte de la riqueza familiar se destinaba a la educación de las generaciones más jóvenes. Aprendían español en casa, inglés en la escuela y filipino por todas partes.
Cuando mi abuelo cumplió los doce años, el 73.º Congreso de Estados Unidos aprobó la Tydings-McDuffie Act, una ley federal llamada a regular la transición de Filipinas hacia su independencia. Filipinas pasó de colonia a estado libre asociado con la promesa de obtener la soberanía en un plazo de diez años.
La Segunda Guerra Mundial interrumpió tanto la educación de mi abuelo como los últimos años de la condición de Filipinas como estado libre asociado. Mi bisabuelo perdió su empleo en la universidad después de que los japoneses descubrieran que el hermano mayor de mi abuelo, un coronel del ejército formado en la academia de West Point, se dedicaba a volar puentes para ralentizar su avance. Parte de la familia se instaló en la capital tras vender las pocas tierras que les quedaban y pluriemplearse como vendedores de entradas a combates de boxeo clandestinos. Otros se dispersaron.
La familia sobrevivió. Muchos otros no; más de cien mil personas fueron asesinadas. Un «informe de atrocidades», registrado el 15 de febrero de 1945 en Manila por un comandante del ejército estadounidense, ilustraba la barbarie de los últimos meses de la ocupación. El comandante y sus hombres habían descubierto ocho cadáveres en avanzado estado de descomposición, que habían sido abandonados en el interior de una casa en los suburbios de Manila. Cinco de los adultos, incluidas dos mujeres, habían sido ejecutados con las manos atadas a la espalda. El cuerpo de un bebé había sido atravesado con una bayoneta. Investigaciones ulteriores por las inmediaciones del vecindario «condujeron a entrevistar a un filipino, un tal Mario Chanco, vecino de los fallecidos», que el informe describía como periodista.
«Vimos cómo [los japoneses] entraban en la casa —les contó mi abuelo a los norteamericanos—. Poco después oímos cinco disparos. No sé lo que ocurrió a continuación porque hui del vecindario junto a otros testigos».
Por entonces los japoneses ya estaban de retirada. El hermano de mi abuelo sobrevivió a la Marcha de la Muerte de Bataán y regresó para luchar con las guerrillas, llegando a ser comandante del 91.º Batallón de Ingenieros del ejército estadounidense en el Lejano Oriente.
Tras la rendición de Japón, los Estados Unidos de América pusieron fin de inmediato a su «misión prioritaria» en lo que calificaron de «asimilación benévola». Después de casi cuatro siglos de dominación colonial, la República de Filipinas fue declarada una nación libre, con una Carta Magna descrita como «una copia fiel de la Constitución de Estados Unidos», «un manual ejemplar de una democracia liberal». A esas alturas, el país norteamericano había descubierto que la hegemonía mundial no requería el oneroso gasto que suponía mantener a todo un archipiélago de semiciudadanos molestos, sobre todo si la nación en particular estaba dispuesta a ofrecer tratados comerciales preferentes y bases militares.
Mi abuelo tenía veinticuatro años cuando Estados Unidos renunció a sus posesiones coloniales. Descartó regresar a la universidad para consagrarse al periodismo. Escribió sobre las relaciones económicas entre Filipinas y América, y sobre espacios musicales radiofónicos esponsorizados por Studebaker, tomando nota de la llegada de «automóviles nunca vistos, lo último en moda masculina y femenina, una docena de tonos de pintalabios y coloridos tejidos de todas las variedades». Presentó un programa radiofónico en el que se ganó el apelativo de Mao después de cuestionar de forma burlona a unos políticos, adoptando un acento chino de lo más rudimentario. Empezó a dirigir un periódico local desde la primera planta de una casa en la calle San Antonio y a escribir ficción en sus ratos libres. Como reportero de asuntos municipales, se agenció una red de contactos en diferentes oficinas gubernamentales, entre ellos una «esbelta señorita con una sonrisa enigmática». Su estilo periodístico —que me veo obligada a admitir que incluía un empleo temerario de los adverbios— fue descrito como «engañosamente ligero» y «lamentablemente humorístico». Fue uno de los miembros fundadores del Club Nacional de Prensa y el primer invitado a Meet the Press, donde «su ingenio y sus jocosas observaciones al margen mantenían a raya la pomposidad de los políticos». Su firma fue saltando de periódico en periódico, de revista en revista, y pasó por The Philippines Herald, This Week, Sunday Times, Literary Song-Movie y Women’s Magazine, hasta que fue ascendido a reportero en el Manila Daily Bulletin.
Según el testimonio de todos los que le conocieron, era un hombre por lo general afable. «Siempre fue una persona jovial y entregada, para nada dramática ni quisquillosa o irritable, como se supone que deben ser los humoristas —escribió la historiadora Carmen Guerrero Nakpil—. Era amable con los gatos callejeros que pululaban por los callejones traseros de la avenida en la que se concentraban los periódicos de Manila, caballeroso con las jóvenes bonitas y respetuoso con los directores. Asistía de forma regular a la iglesia de Paco, para cuya parroquia editaba una publicación ligeramente religiosa y semirrotaria titulada Paco Town Crier. Vestía a la moda ostentosa que se le había impuesto al hombre filipino tras la liberación. También era un joven emprendedor, ansioso por abrirse camino, siempre tramando algún proyecto editorial modesto».
En 1955 fue escogido el Periodista Joven Más Destacado del país. Aceptó una beca Fulbright en Estados Unidos. Publicó un compendio titulado The Orient. La «esbelta señorita» a la que conoció cubriendo noticias municipales se convirtió en la madre de sus cuatro hijos, ganándose de por vida el apelativo de Esposa Preciosa, mayúsculas incluidas.
«Más que cualquier otro periodista de por aquí, Chanco se acerca a la imagen pública, servida por Hollywood, de lo que es un periodista —escribió Felix Bautista en el Sunday Times Magazine—. Es burbujeante, efervescente, incurablemente extrovertido. Siempre tiene la réplica veloz, la conversación estimulante y el don típico del periodista para la ocurrencia y el juego de palabras lapidario. Cuando no teclean frenéticas en la máquina de escribir, sus manos estrechan otras en un gesto caluroso o bien señalan con dedo acusador a algo, por lo general a rufianes en el gobierno».
Durante las décadas siguientes y a razón de cuatro horas cada mañana, tecleó en su máquina de escribir IBM Selectric lo que calificó risueño como «mi prosa inmortal». Montó una imprenta de grandes dimensiones con el objetivo de surtirse de los blocs de notas del tamaño preciso para que cupieran en el bolsillo trasero de sus desgastados pantalones. Fumaba cigarrillos Rothmans después de las comidas y Dunhill cuando se le acababan, pero solía tener un paquete abierto de Marlboro Reds a su vera mientras escribía, esparciendo ceniza por aquí y por allá cuando el cenicero quedaba fuera de su alcance. Crio a sus hijos sin privaciones, según recordaba mi madre, la mayor de todos ellos. Esto fue posible, me cuentan, gracias al concurso de la Esposa Preciosa, una enfermera diplomada que fue el eje del mundo en rápida evolución de mi abuelo. La Esposa Preciosa invirtió en tierras, se ocupó de una serie de negocios y atendió el desfile de amigos que mi abuelo fue trayendo a casa. Eran una mezcla de periodistas, políticos y ecologistas, entre los cuales estaba un antiguo corresponsal de
