La venganza del punto clave

Malcolm Gladwell

Fragmento

venganza-2

nota del autor

Hace veinticinco años publiqué mi primer libro. Se titulaba El punto clave. En esa época tenía un pisito en el barrio de Chelsea, en Manhattan; todas las mañanas, me sentaba a mi mesa, desde la que veía el río Hudson a lo lejos, y escribía antes de ir a trabajar. Como era mi primer libro, no tenía una idea clara de cómo hacerlo. Escribía con esa mezcla de desconfianza en uno mismo y euforia tan propia de todo autor novel.

Decía al principio:

El punto clave es la biografía de una idea. Se trata de una idea muy sencilla: consiste en pensar que la mejor forma de entender los cambios misteriosos que jalonan nuestra vida cotidiana (ya sea la aparición de una tendencia en la moda, el retroceso de las oleadas de crímenes, la transformación de un libro desconocido en un éxito de ventas, el aumento del consumo de tabaco entre los adolescentes, o el fenómeno del boca a boca) es tratarlos como puras epidemias. Las ideas, los productos, los mensajes y las conductas se extienden entre nosotros igual que los virus.

El libro se publicó en la primavera de 2000 y la primera parada de mi gira de promoción fue una lectura en una pequeña librería independiente de Los Ángeles. Acudieron dos personas, un desconocido y la madre de una amiga mía, pero no ella. (La he perdonado). Me dije: «Bien, supongo que esto ya está». Pero ¡no era así! El punto clave creció como las epidemias que describía, al principio de manera gradual y después a toda velocidad. Cuando salió la edición de bolsillo, ya formaba parte del espíritu de la época. El libro pasó varios años en la lista de los más vendidos del New York Times. Bill Clinton se refirió a él como a «ese libro del que todo el mundo habla». La expresión «punto clave» se hizo tremendamente popular en Estados Unidos. Yo solía bromear con que sería mi epitafio.

¿Sé por qué El punto clave caló tan hondo? Lo cierto es que no. Sin embargo, si tuviera que adivinarlo, diría que fue porque era un libro optimista que sintonizaba con el clima de optimismo de esa época. Había llegado el nuevo milenio. La delincuencia y los problemas sociales estaban en franca disminución. La Guerra Fría había terminado. En mi libro ofrecía una receta para promover transformaciones positivas, para encontrar la manera de que las pequeñas cosas marcaran grandes diferencias.

Veinticinco años es mucho tiempo. Piense en lo diferente que es hoy de cómo era hace un cuarto de siglo. Nuestras opiniones cambian. Nos cambian los gustos. Nos importan más unas cosas y menos otras. A lo largo de los años, a veces pensaba en lo que había escrito en El punto clave y me preguntaba cómo había llegado a escribir las cosas que decía. ¿Un capítulo entero sobre los programas infantiles Barrio Sésamo y Blue’s Clues? ¿A qué venía eso? Entonces ni tan siquiera tenía hijos.

Luego escribí Blink, Fuera de serie, David y Goliat, Hablar con extraños y El clan de los bombarderos. Creé el pódcast Revisionist History. Senté la cabeza con la mujer que amaba. Tuve dos hijos, enterré a mi padre, volví a correr y me corté el pelo. Vendí el piso de Chelsea. Me fui a vivir fuera de la ciudad. Un amigo y yo creamos la empresa de audio Pushkin Industries. Adopté un gato y lo llamé Biggie Smalls, como el rapero.

¿Conoce la sensación de mirar una fotografía suya muy antigua? Cuando yo lo hago, me cuesta reconocer a la persona que aparece en ella. Por eso pensé que sería interesante volver a visitar El punto clave, con motivo de su vigésimo quinto aniversario, para reexaminar lo que había escrito hacía tanto tiempo con unos ojos muy distintos: en El punto clave 2.0, un escritor regresaría al escenario de su primer éxito de juventud.

No obstante, cuando me sumergí por segunda vez en el universo de las epidemias sociales, me di cuenta de que no quería volver a pisar el mismo terreno que había explorado en El punto clave. El mundo me parecía demasiado distinto. En mi primer libro, presentaba una serie de principios para ayudarnos a entender la clase de cambios bruscos en los comportamientos y las creencias que conforman nuestro mundo. Esas ideas siguen pareciéndome útiles. Sin embargo, ahora tengo otras preguntas. Y me doy cuenta de que aún hay muchos aspectos de las epidemias sociales que no entiendo.

Cuando releí El punto clave para prepararme para este proyecto, vi que tenía que detenerme cada pocas páginas para preguntarme: «¿Y esto? ¿Cómo he podido omitirlo?». Me di cuenta de que, en alguna parte recóndita de mi mente, jamás había dejado de discutir conmigo mismo sobre la mejor manera de explicar y comprender los puntos clave y sus muchos misterios.

Así que volví a empezar, con una hoja de papel en blanco. El resultado es La venganza del punto clave: una nueva serie de teorías, historias y argumentos sobre los extraños caminos que las ideas y los comportamientos siguen en nuestro mundo.


La venganza del punto clave

introducción

La pasiva refleja

«También se ha asociado…»

1

Presidenta: Me gustaría hacerles una última pregunta y me gustaría empezar por usted, doctora _____. ¿Va a disculparse con el pueblo estadounidense […]?

Un grupo de políticos ha convocado una audiencia para hablar de una epidemia. Se ha citado a tres testigos. Es el peor momento de la pandemia. La reunión es virtual. Todo el mundo está en casa, delante de estanterías de libros y armarios de cocina. Llevamos una hora de audiencia. Por el momento, voy a omitir todos los datos identificativos porque quiero centrarme exclusivamente en lo que se dijo: en las palabras que se utilizaron y las intenciones que las motivaban.

Primera testigo: Estaré encantada de disculparme con el pueblo estadounidense por todo el dolor que han padecido y por las tragedias que han vivido en sus familias y… y pensaba que ya lo había hecho en las observaciones iniciales. Esa era mi intención.

La primera testigo pasa de los setenta. Lleva el pelo blanco corto. Va vestida de negro. Al principio, parecía tener dificultades para poner el altavoz en silencio. Aún se la ve nerviosa. No está acostumbrada a esto. Viene de un mundo de privilegios. No es nada habitual que la confronten por su manera de actuar. Las gafas de moda que lleva parecen a punto de escurrírsele de la nariz.

Primera testigo: Yo también estoy muy enfadada. Estoy enfadada porque algunas personas que trabajaban en ________ violaron la ley. Estoy enfadada por eso desde 2007 y vuelvo a estarlo ahora en 2020. Es… es… creo que…

Presidenta: Sé que está enfadada. Y lo siento, pero esa no es la disculpa que buscábamos. Usted se ha disculpado por el dolor que ha padecido la gente, pero nunca lo ha hecho por el papel que tuvo en la crisis de ________.

Así que volveré a preguntárselo: ¿piensa disculparse por el papel que tuvo en la crisis de ________?

Primera testigo: Me cuesta responder a esa pregunta. Llevo muchos años haciéndomela. He intentado determinar si había… si hay algo que podría haber hecho de otra manera, sabiendo lo que sabía entonces, no lo que sé ahora. Y debo decir que no puedo… que no encuentro nada que hubiera hecho de otra manera, basándome en lo que creía y sabía entonces, en lo que conocía de la gestión a partir de los informes que recibía el consejo y en lo que me decían mis compañeros del consejo. Y es extremadamente angustiante. Es…

La presidenta se dirige al segundo testigo. Es el primo de la mujer de negro: un hombre joven, de aspecto cuidado, con traje y corbata.

Presidenta: Señor ________, ¿piensa disculparse por el papel que ha tenido […]?

Segundo testigo: Suscribo gran parte de lo que ha dicho mi prima.

¿Espera alguien que los testigos reconozcan que pusieron en marcha una epidemia? Probablemente no. Es evidente que un escuadrón de abogados los ha entrenado de antemano en el arte de la autoconservación. No obstante, la rectitud con la que niegan su responsabilidad apunta otra posibilidad: que todavía no han asumido su culpabilidad o que empezaron algo que se les fue de las manos de una manera que escapaba a su comprensión.

Una hora después llega el momento crucial. Otro miembro del comité investigador, llamémoslo el político, se dirige al tercer testigo:

Político: Doctor _______, ¿algún ejecutivo de ________ ha pasado un día en la cárcel por la actuación de la empresa?

Tercer testigo: Creo que no.

Ninguno de los testigos se considera responsable. Pero, al parecer, tampoco lo hace nadie más.

Político: Señora presidenta, es fácil sentir indignación por las infracciones de esta empresa, pero ¿qué le ocurre a nuestro Gobierno, que permite esa clase de irresponsabilidad, delincuencia e impunidad empresariales?

El político se vuelve hacia el segundo testigo, el hombre joven. La empresa de su familia acaba de llegar a un acuerdo con el Gobierno para resolver una serie de cargos penales. Ha formado parte el consejo de administración y es el heredero natural del imperio.

Primer político: Señor ______, como parte del acuerdo con el Departamento de Justicia, ¿han tenido que reconocer alguna infracción o responsabilidad por causar la crisis de _____?

Segundo testigo: No, ninguna.

Primer político: ¿Le ha interrogado el Departamento de Justicia, como parte de esta investigación, sobre su papel en esos hechos?

Segundo testigo: No.

Primer político: ¿Asume usted alguna responsabilidad por causar este infierno en Estados Unidos con la crisis de _____?

Segundo testigo: Bueno, aunque creo que las actas completas, que aún no se han hecho públicas, demostrarán que la familia y el consejo actuaron legal y éticamente, asumo una profunda responsabilidad moral por ello, porque creo que nuestro producto, _______, a pesar de nuestras mejores intenciones y esfuerzos, se ha asociado con el abuso y la adicción, y…

Se ha asociado.

Segundo político: Usa la pasiva refleja cuando dice que «se ha asociado con el abuso», lo que de algún modo implica que su familia y usted no eran conscientes de qué ocurría exactamente […].

Si escucha las 3 horas y 39 minutos de la audiencia, esa única frase se le queda grabada en la cabeza: «la pasiva refleja».

2

Hace veinticinco años, en El punto clave, me fascinaba la idea de que en las epidemias sociales las pequeñas cosas pudieran marcar grandes diferencias. Proponía reglas para describir el funcionamiento interno de los contagios sociales: la ley de los especiales, el poder del contexto, el factor del gancho. Sostenía que las leyes que rigen las epidemias podían utilizarse para promover cambios positivos: reducir la tasa de delincuencia, enseñar a leer a los niños, frenar el consumo de tabaco.

«Mire el mundo que tiene a su alrededor —escribí—. Puede que parezca un lugar inamovible e implacable. Pero no lo es. Con un leve empujoncito en el sitio adecuado podemos conseguir todo un efecto dominó».

En La venganza del punto clave, quiero analizar la otra cara de las posibilidades que exploré tanto tiempo atrás. Si el mundo puede moverse con un leve empujoncito, la persona que sabe dónde y cuándo empujar tiene verdadero poder. ¿Quiénes son esas personas? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué técnicas utilizan? En el mundo policial, la palabra «forense» se refiere a la investigación de los orígenes y el alcance de un acto delictivo: «razones, culpables y consecuencias». La venganza del punto clave es un intento de llevar a cabo una investigación forense de las epidemias sociales.

En las páginas siguientes, le llevaré a un misterioso edificio de oficinas de Miami con un grupo de inquilinos muy extraño, a un hotel Marriott de Boston donde se celebró un retiro de directivos que trajo funestas consecuencias, a un pueblo aparentemente perfecto que llamaremos Poplar Grove, a una calle sin salida de Palo Alto y, de ahí, a lugares de los que ha oído hablar y a otros de los que no. Investigaremos qué tienen de peculiar las escuelas Waldorf, conoceremos a Paul E. Madden, un cruzado antidroga que ya nadie recuerda, hablaremos de una miniserie de televisión de los años setenta que cambió el mundo y miraremos con desaprobación al equipo de rugby femenino de la Universidad de Harvard. Todos ellos son casos en los que algunas personas —a propósito o sin querer, virtuosa o maliciosamente— tomaron decisiones que alteraron el curso y la forma de un fenómeno contagioso. Y, en todos ellos, esas intervenciones plantearon preguntas que tenemos que responder y problemas que hemos de resolver. Esa es la «venganza» del punto clave: las mismas herramientas que usamos para construir un mundo mejor también pueden emplearse en nuestra contra.

Y al final del libro quiero utilizar las enseñanzas de todos esos ejemplos para contar la verdadera historia de los testigos primero, segundo y tercero.

Primer político: Tenemos una carta de una madre de Carolina del Norte […] que perdió a su hijo, de veinte años, y aún no se ha recuperado. Decía: «El dolor es demasiado intenso. Es más del que puedo soportar. Me cuesta encontrar la voluntad de vivir y seguir adelante todos los días». […]

Señor ______, quería exponer estas historias que hemos ido recibiendo, y me gustaría conocer su reacción personal a ellas.

El segundo testigo empieza a hablar. Pero no se lo oye.

Primer político: No oigo nada. Tiene el altavoz en silencio.

El testigo toca varias teclas de su ordenador.

Segundo testigo: Lo siento […].

Su primera disculpa sincera del día, por tener el altavoz en silencio. Continúa:

Siento una enorme empatía, pena y remordimiento por el hecho de que un producto como el _______, que se fabricó para ayudar a las personas y que creo que ha ayudado a millones de ellas, también se haya asociado con historias como las que está contando. Lo siento muchísimo. Y sé que toda nuestra familia también lo siente.

También se haya asociado.

Es hora de tener una conversación difícil sobre las epidemias. Necesitamos reconocer nuestro papel en su génesis. Necesitamos ser honestos acerca de todas las formas sutiles y a veces ocultas en las que intentamos manipularlas. Necesitamos una guía sobre las fiebres y contagios que nos rodean.

primera parte


Tres misterios

1

casper y c-dog

«Era como un fuego incontrolable. Todo el mundo se subía al tren»

1

A primera hora de la tarde del 29 de noviembre de 1983, la oficina del FBI en Los Ángeles recibió una llamada de una sucursal de Bank of America emplazada en el distrito de Melrose. La respondió la agente del FBI Linda Webster. Era la persona que atendía lo que se conocía como 2-11: los avisos de atracos a bancos. Le dijeron que acababa de perpetrarse un atraco. El sospechoso era un joven blanco con una gorra de los Yanquis de Nueva York. Delgado. Educado. Con acento del sur. Bien vestido. Decía «por favor» y «gracias».

Webster se volvió hacia su compañero, William Rehder, que dirigía la división local de atracos a bancos del FBI.

—Bill, es el Yanqui.

El Bandido Yanqui llevaba operando en Los Ángeles desde julio de ese año. Había atracado un banco tras otro y todas las veces se había escabullido con miles de dólares en un maletín de piel. Rehder empezaba a exasperarse. ¿Quién era ese hombre? La única pista que tenía el FBI era la inconfundible gorra de béisbol. De ahí el apodo: el Bandido Yanqui.

Pasó media hora. Webster recibió otro 2-11. Era de una sucursal de City National Bank situada dieciséis manzanas al oeste, en el distrito de Fairfax. Se habían llevado 2.349 dólares. La persona le dio los detalles al teléfono. Ella miró a Rehder.

—Bill, es otra vez el Yanqui.

Cuarenta y cinco minutos después, el Yanqui atracó una sucursal de Security Pacific National Bank en el distrito de Century City y, de inmediato, recorrió una manzana a pie y asaltó otra de First Interstate Bank, de la que se llevó 2.505 dólares.

—Bill, es el Yanqui. Dos veces, seguidas.

Transcurrió menos de una hora. El teléfono volvió a sonar. El Yanqui acababa de atracar una sucursal de Imperial Bank en Wilshire Boulevard. Si se va en coche de Century City a esa oficina bancaria, se pasa justo por delante de la oficina del FBI.

—Probablemente nos ha saludado —le dijo Rehder a Web­ster.

Ahora se encontraban sobre aviso. Se estaba haciendo historia. Esperaron. ¿Era posible que el Yanqui volviera a atacar? A las cinco y media, sonó el teléfono. Un hombre blanco desconocido —esbelto, con acento del sur, una gorra de los Yanquis— acababa de atracar la sucursal de First Interstate Bank en Encino, que estaba a quince minutos al norte por la autopista 405, y se había llevado 2.413 dólares.

—Bill, es el Yanqui.

Un hombre. Cuatro horas. Seis bancos.

«Fue un nuevo récord mundial —escribiría Rehder más adelante en su autobiografía—, que sigue sin batirse».

2

Ningún delincuente ha ocupado un puesto tan excelso en la cultura estadounidense como el atracador de bancos. En los años posteriores a la guerra de Secesión, el país estaba fascinado por las hazañas de bandas como la de James-Younger, que aterrorizó el Salvaje Oeste con atracos a bancos y asaltos a trenes. Durante la Gran Depresión, los atracadores de bancos se convirtieron en celebridades: Bonnie y Clyde, John Dillinger, «Pretty Boy» Floyd. No obstante, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, el delito parecía estar en declive.

En 1965, se atracaron un total de 847 bancos en todo Estados Unidos, una cifra modesta si se tiene en cuenta el tamaño del país. Se especuló con la posibilidad de que los robos a bancos estuvieran abocados a la extinción. Pocos delitos graves tenían mayores índices de arrestos y condenas. Los bancos pensaban que habían aprendido a protegerse. Un completo estudio de 1968 sobre robos a bancos llevó por título «Nada que perder», en el sentido de que el acto parecía tan irracional que sus autores debían de haberse quedado sin otras opciones. Parecía el equivalente al robo de ganado del siglo XX. ¿Quién hacía eso ya?

Pero luego estalló una epidemia. En solo un año, entre 1969 y 1970, el número de atracos a entidades bancarias casi se duplicó, volvió a aumentar en 1971 y, de nuevo, en 1972. En 1974, se robaron 3.517 bancos. En 1976, la cifra fue de 4.565. A principios de los años ochenta, el número de atracos era cinco veces superior al de finales de los sesenta. Se trataba de una ola de delincuencia sin precedentes. Y no había hecho más que empezar. En 1991, el FBI atendió 9.388 llamadas de bancos de todo Estados Unidos informando de un 2-11.

Y el foco de esa sorprendente oleada de robos fue la ciudad de Los Ángeles.

Una cuarta parte de todos los atracos a bancos que se perpetraron en Estados Unidos en esos años tuvieron lugar en Los Ángeles. Hubo años en los que la oficina local del FBI atendió hasta dos mil seiscientos robos de este tipo, tantos atracadores, y tantos bancos, que Rehder y el FBI se vieron obligados a ponerles apodos para no confundirlos: el hombre que se disfrazaba con vendas se convirtió en el Bandido Momia. Otro que llevaba un solo guante pasó a ser (como es natural) el Bandido Michael Jackson. Un dúo formado por dos hombres con bigote postizo eran los Hermanos Marx. Una ladrona bajita y obesa pasó a ser la Señorita Piggy. Una hermosa atracadora se conocía como la Bandida Miss América. Un tipo que blandía un cuchillo era el Bandido Benihana (como la cadena de restaurantes japoneses). Y así sucesivamente: había atracadores a los que pusieron John­ny Cash o Robert De Niro. Un grupo robaba de a tres: uno vestido de motorista, otro de policía y el tercero de obrero de la construcción. ¿Necesita preguntar cómo los llamaron? Eran los años ochenta. Se los conocía como los Village People.

«Era como un fuego incontrolable —recuerda Peter Houlahan, uno de los historiadores no oficiales de la oleada de atracos a bancos de Los Ángeles—. Todo el mundo se subía al tren».

Diez años después de que empezara la oleada, por increíble que parezca, las cosas empeoraron mucho más. El detonante fue la aparición de un dúo conocido como los Bandidos de West Hills. La primera generación de atracadores de Los Ángeles era como el Bandido Yanqui: se acercaban a uno de los cajeros, le decían que llevaban un arma, cogían el dinero que hubiera y huían. La gente los llamaba, un poco despectivamente, «pasadores de billetes». Sin embargo, los Bandidos de West Hills retomaron la grandiosa tradición de Jesse James y Bonnie y Clyde. Sus entradas eran épicas, con pelucas y caretas, blandiendo armas de asalto. Accedían por la fuerza al cubículo del cajero y vaciaban el banco entero, incluso la cámara acorazada si podían, antes de ejecutar una huida planeada al milímetro. La banda tenía un búnker en el valle de San Fernando lleno de armamento militar y veintisiete mil cartuchos de munición, a fin de prepararse para lo que su líder creía que era un Armagedón inminente. Incluso para los criterios de Los Ángeles en los años noventa, los Bandidos de West Hills estaban un poco locos.

En su quinto robo, los ladrones accedieron a la cámara acorazada de una sucursal de Wells Fargo Bank en Tarzana y se llevaron cuatrocientos treinta y siete mil dólares, más de un millón en dólares de hoy. Y entonces Wells Fargo cometió un error crucial: el banco reveló a la prensa cuánto le habían robado exactamente los Bandidos de West Hills. Fue como echarle leña al fuego. «¿Cuatrocientos treinta y siete mil dólares? ¿Es una broma?».

Uno de los primeros en prestar atención fue Robert Sheldon Brown, un joven emprendedor de veintitrés años. Su nombre de guerra era Casper. Casper hizo números. «He robado, he entrado en casas, he hecho un poco de todo —explicaría más tarde—. Pero el dinero no se podía comparar con los bancos. Entrabas en un banco y en dos minutos tenías lo que en la calle tardabas seis o siete semanas en conseguir».

John Wiley, uno de los fiscales que acabó llevando a Casper ante la justicia, lo recuerda como un «fuera de serie». «Casper es­taba muy cachas y era muy inteligente». Wiley dijo: «Se dio cuenta de que, cuando se atraca un banco, el problema es entrar. Así que hacía que otra persona se ocupara de eso. Se podría pensar: “¿Cómo es posible hacer que otro robe un banco para ti?”. Y ese era su talento especial […] encontrar personas que robaran bancos para él. Y fichó a una cantidad increíble de gente […] Era una especie de productor, en la jerga de Hollywood».

Casper tenía un cómplice, Donzell Thompson, también conocido como C-Dog. Elegían un banco que creían que estaba en su punto para atracarlo. A continuación, buscaban un vehículo de huida. A principios de los años noventa, se produjo en Los Ángeles un aumento asombroso de los robos de coches con violencia, que la prensa trató como otro indicio más del caos indiscriminado que barría las calles. No obstante, buena parte se debía, de hecho, a Casper y C-Dog. Tenían un tipo al que pagaban por adquirir sus vehículos de huida. Si se robaban tantos bancos como hacía Casper, se necesitaban muchos coches. A continuación, elegía al equipo. El fiscal Wiley refirió: «Muchos de sus atracadores solo eran críos. Creo que a algunos probablemente no les pagaba nada. Los obligaba a robar y punto. Es un tío grande e intimidante. Y era miembro de los Rolling Sixties, una pandilla vinculada a los Crips de muy mala fama».

Wiley se acordaba de un chaval en concreto que era «muy joven», de tan solo trece o catorce años: «Recuerdo que sacó al chico de la escuela y le dijo: “¿Cuándo me puedes atracar este banco?”. Y él le respondió: “Durante el recreo”. Así que pasaron a recogerlo durante el recreo y Brown y [C-Dog] le explicaron cómo hacerlo. Entras, asustas a todo el mundo, coges el dinero y sales».

Casper les enseñaba a sus chicos una técnica que llamaba «ir a lo kamikaze». Irrumpían en el banco blandiendo sus pistolas ametralladoras y fusiles de asalto, disparando al techo y gritando palabrotas: «¡Al suelo, hijos de p…!». Metían todo el dinero que encontraban en fundas de almohada, sustraían carteras y les arrancaban los anillos de los dedos a las mujeres si querían un pequeño botín extra para el camino.

Al menos en dos golpes, Casper «tomó prestado» un autobús escolar para poner a salvo a sus jóvenes pupilos; en otra ocasión, se hizo con una furgoneta de correos. Casper tenía imaginación. Supervisaba sus operaciones desde una posición segura, aparcado en un coche a bastante distancia, y luego seguía a su selecto equipo cuando huían por las calles a toda velocidad.

«Los chavales sabían que, si intentaban escapar con todo el dinero, tendrían a esos dos Crips detrás de ellos —dice Wiley— y que eso les amargaría la vida».

El vehículo de huida se abandonaba. Todo el grupo se retiraba al escondite de Casper, normalmente un motel, donde él les pagaba una miseria y los dejaba marchar. Eran críos: probablemente los cogerían. Pero a Casper le daba igual. Su actitud, explicó Wiley, era: «Vale, no ha sido genial. Han cogido a mis chicos. Ahora tendremos que buscar nuevos. Pero eso lo hacemos continuamente».

En tan solo cuatro años, Casper «produjo» ciento setenta y cinco atracos, lo que continúa siendo el récord mundial de atracos a bancos a lo largo de una vida y supera la marca anterior del Bandido Yanqui de setenta y dos bancos. Casper y C-Dog incluso se acercaron al récord de seis atracos en un día logrado por el Yanqui. En un solo día de agosto de 1991, perpetraron cinco: una sucursal de First Interstate Bank en La Cienega Boulevard, seguida de cuatro bancos en Eagle Rock, Pasadena, Monterey Park y Montebello. Y recordemos que el Bandido Yanqui actuaba solo. Lo que hacía Casper era infinitamente más difícil: organizaba y supervisaba a equipos de atracadores.

Una vez que Casper le demostró al mundo lo fácil que era apoderarse de un banco, otras bandas se subieron al carro. Los Eight Trey Gangster Crips empezaron a formar equipos. Un dúo conocido como los Chicos Malos perpetró casi treinta robos en menos de un año: ellos dos solitos. Los Chicos Malos eran… malos: les gustaba encerrar a todo el mundo en la cámara acorazada, hablar en voz alta sobre ejecuciones y disparar sus armas cerca del oído de la gente solo por diversión.

«En retrospectiva, 1992 resultó ser el año en el que hubo más atracos a bancos. Dos mil seiscientos cuarenta y un atracos en un año —observó Wiley—. Eso es una media de un atraco a un banco cada cuarenta y cinco minutos por cada día hábil bancario. Y el peor día fueron veintiocho robos de bancos en un solo día. Eso volvió completamente loco al FBI. Me refiero a que estaban agotados».

Robar un banco lleva minutos. Investigar un atraco a un banco lleva horas. A medida que los robos se acumulaban, el FBI se iba quedando cada vez más rezagado.

Si tienes veintisiete robos diarios, si una sola banda está cometiendo cinco robos en un solo día, piensen en cómo se investiga eso físicamente. Esos tíos van conduciendo por toda la ciudad tan rápido como pueden, robando. Así que el mero hecho de seguirlos entre el tráfico de Los Ángeles es un problema. Llegas al banco y ¿cuántas personas han sido testigos del robo? Bueno, ¿cuántas personas había en el banco? Pongamos que veinte. Así que hay que tomarles declaración a veinte testigos. Eso es mucho trabajo.

Entonces, justo cuando el FBI se pone a ello, ¿qué ocurre? «Llevas cinco o diez minutos en la escena y hay otro atraco a un banco en la otra punta de la ciudad. El FBI no podía más».

La ciudad de Los Ángeles era la capital mundial de los robos a bancos. «No había ninguna razón para pensar que iba a parar —continuó Wiley. Enseñó un gráfico de los atracos a bancos en Los Ángeles desde los años setenta hasta los noventa—. Si nos fijamos en la curva, parece que vaya a llegar a la luna».

El FBI asignó a cincuenta agentes al caso. A lo largo de muchos meses, recogieron toda la información que pudieron sonsacarles a los aterrorizados chavales de Casper y C-Dog, desenmarañaron la red de engaños que habían tejido para ocultar sus bienes y les siguieron la pista de una dirección a otra por todo el sur de Los Ángeles. Tardaron una eternidad en lograr que un gran jurado acusara a Casper y a C-Dog, porque ¿qué habían hecho? Nada. Ellos no atracaban ningún banco. Solo estaban en un coche aparcado calle abajo. Lo único que tenía el FBI era el testimonio de varios adolescentes muertos de miedo que faltaban a clase entre la hora de comer y el recreo.

Por fin, los fiscales creyeron que tenían pruebas suficientes. Encontraron a C-Dog en casa de su abuela en Carson y detuvieron a Casper cuando bajaba de un taxi. Con los dos entre rejas, la fiebre de atracar bancos que se había apoderado de Los Ángeles empezó por fin a remitir: en más o menos un año, el número de asaltos perpetrados en la ciudad se redujo en un 30 por ciento y luego disminuyó todavía más. Los atracos a bancos no llegaron a la luna. La fiebre pasó.

Cuando Casper y C-Dog salieron de una prisión federal en el verano de 2023, ofrecieron su historia a Hollywood y se reunieron con productores de cine. Los directivos de la industria cinematográfica que oyeron su relato no daban crédito: «¿Eso pasó aquí?».

Pues sí.

3

Quiero empezar La venganza del punto clave con una serie de misterios: tres historias interconectadas que, a primera vista, no parecen tener explicación. La tercera se desarrolla en un pueblecito que llamaremos Poplar Grove. La segunda es la historia de Philip Esformes. Y este primer capítulo trata de las hazañas del Bandido Yanqui y de Casper y C-Dog.

La crisis de los atracos a bancos de Los Ángeles a principios de los años noventa fue una epidemia. Cumplía todas las reglas. No fue un brote generado en cada atracador, como un dolor de muelas. Era contagiosa. A finales de los años sesenta, una fiebre de carácter leve aquejó a todo Estados Unidos. En los ochenta, el Bandido Yanqui se contagió en Los Ángeles. Más adelante, los Bandidos de West Hills contrajeron el virus, que, en sus manos, mutó a una cepa más siniestra y violenta. Transmitieron la nueva variante a Casper y C-Dog, que reinventaron el proceso subcontratando la mano de obra y ampliando el negocio de manera espectacular, como los capitalistas de finales del siglo XX que eran. Y de ahí la infección se propagó por toda la ciudad —contagiando a los Eight Trey Gangsters, los Chicos Malos y muchos más— y arrastró a cientos de jóvenes hasta que, cuando el boom de los atracos a bancos alcanzó su punto máximo en Los Ángeles, los robos de poca monta de la época del Bandido Yanqui parecieron un recuerdo lejano.

Las epidemias sociales están impulsadas por las acciones de unas pocas personas excepcionales —personas que tienen una influencia enorme en la sociedad—, y así fue exactamente como se desarrolló el brote de Los Ángeles. Nunca fue un acontecimiento de masas, como una de esas maratones de las grandes ciudades en las que se inscriben decenas de miles de personas. Fue un reino del caos promovido por unas pocas personas que robaban una vez tras otra. El Bandido Yanqui atracó setenta y cuatro bancos en nueve meses antes de que el FBI por fin lo detuviera. Pasó diez años en la cárcel, salió ¡y atracó otros ocho! Los Chicos Malos robaron veintisiete. Casper y C-Dog organizaron ciento setenta y cinco atracos. Si nos centráramos únicamente en el Bandido Yanqui, Casper y los Chicos Malos, tendríamos un panorama bastante completo de lo que ocurrió en Los Ángeles en los años ochenta y a principios de los noventa: un fenómeno contagioso que creció hasta alcanzar su punto clave, impulsado por las acciones extraordinarias de unas pocas personas especiales. «Casper —dijo Wiley— es el superpropagador, si hablamos de epidemias».

¿Eran las circunstancias de los años ochenta y principios de los noventa propicias para una explosión de atracos a bancos? Sí. Entre los años setenta y finales de los noventa, el número de sucursales bancarias en Estados Unidos se triplicó. Para Casper y C-Dog, era un juego de niños.

La fiebre que arrasó Los Ángeles a finales de la década de los ochenta y principios de la de los noventa tiene todo el sentido del mundo, salvo por una cosa.

Encierra un misterio.

4

En la madrugada del 9 de marzo de 1950, Willie Sutton se levantó y se embadurnó la cara de maquillaje. La noche anterior se había teñido el pelo de un tono mucho más claro que el suyo, casi rubio, y quería combinarlo con una tez aceitunada. Se aplicó rímel en las cejas para darles cuerpo. Se metió trozos de corcho en los orificios nasales para ensancharse la nariz. Luego, se puso un traje gris, entallado y con relleno para cambiar su silueta. Satisfecho de que ya no se parecía a Willie Sutton, Willie Sutton salió de su casa de Staten Island con rumbo a Sunnyside, en Queens, camino de una sucursal de Manufacturers Trust Company situada en la esquina de la calle Cuarenta y cuatro y Queens Boulevard en Nueva York.

En las tres semanas anteriores, Sutton había pasado todas las mañanas en la acera de enfrente, estudiando las rutinas de los empleados del banco. Le gustaba lo que veía. Al otro lado de la calle había una parada del metro elevado, una de autobús y otra de taxis. La calle estaba concurrida y a Sutton le gustaban las multitudes. El vigilante de la sucursal, un hombre de movimientos lentos que se llamaba Weston y vivía cerca, llegaba todas las mañanas a las 8.30, absorto en su periódico. Entre las 8.30 y las 9.00, les abría la puerta a los demás empleados hasta que llegaba el director, el señor Hoffman, que aparecía, como un reloj, a las 9.01. La sucursal abría al público a las 10.00, mucho más tarde que la mayoría. Eso también ponía contento a Sutton: consideraba el tiempo transcurrido entre la llegada del primer empleado y la del primer cliente como «su tiempo» y, en ese caso, sería una hora y media.

A las 8.20, Sutton se mezcló con la multitud que esperaba en la parada del autobús. Unos minutos después, el conserje Weston dobló la esquina, abismado en su periódico. Cuando sacó las llaves para abrir la puerta, Sutton se colocó detrás. Él se volvió sobresaltado. Sutton lo miró a los ojos y le dijo, en voz baja: «Entre. Quiero hablar con usted».

Sutton no era amante de las armas de fuego. Para él, eran accesorios. Su verdadera arma era una discreta autoridad que inducía a los demás a prestarle atención. Le explicó al conserje lo que ocurriría a continuación. Primero, dejarían entrar a uno de sus cómplices. Luego, Weston les abriría la puerta a los demás empleados como hacía todas las mañanas. Conforme fueran entrando, el cómplice de Sutton aparecería y se los llevaría, cogiéndolos por el codo, hasta una fila de sillas que ya tendría preparadas.

«Una vez que tienes el control del banco —escribiría Sutton años después en su autobiografía, cuando ya era lo bastante famoso para escribir no solo uno, sino dos libros autobiográficos, como un hombre de Estado que siente la necesidad de responder a los giros de la historia—, da igual quién aparezca en la puerta».

Una vez llegaron de improviso tres pintores mientras robaba un banco en Pensilvania y simplemente les dije que extendieran las lonas en el suelo y se pusieran a trabajar. «Con lo que os pagan, el banco no puede permitirse teneros de brazos cruzados. Están asegurados contra los ladrones de bancos, pero nadie los aseguraría contra vosotros, ladrones». Durante todo el robo, pude mantener una conversación con ellos sobre cómo podría haberme ya jubilado si los atracadores de bancos tuviéramos un sindicato tan fuerte como el suyo. Todos pasamos un buen rato y, cuando salimos por la puerta con el dinero, ellos ya tenían pintada una de las paredes.

Sutton era increíblemente cautivador. ¿Se dieron cuenta los empleados de la sucursal de Manufacturers Trust Company de que el famoso Willie Sutton les estaba robando? Sin ninguna duda. Entraron en la sala de reuniones, uno a uno. «No os preocupéis, amigos —les decía él—. Es solo dinero. Y no es vuestro». A las 9.05, con cuatro minutos de retraso, llegó el señor Hoffman, el director. Sutton lo hizo sentarse.

«Si me da problemas, quiero que sepa que alguno de estos empleados suyos recibirá un disparo. No quiero que se haga falsas ilusiones sobre eso. Quizá no le importe su propia seguridad, pero la salud de sus empleados es responsabilidad suya. Si les pasa algo, será culpa suya, no mía».

Era un farol, por supuesto, pero siempre daba resultado. Vació la cámara acorazada, salió tranquilamente por la puerta hacia el coche que lo esperaba y se perdió entre el tráfico de Nueva York.

Willie Sutton era la versión neoyorquina de Casper, aunque eso no le hace plena justicia. Nadie sabía gran cosa de Casper en la época en la que orquestó sus múltiples atracos a bancos. Ni tan siquiera su juicio tuvo apenas repercusión en los informativos. No así Willie Sutton. Él era famoso. Salía con actrices. Era un maestro del disfraz. No solo se atrevió a fugarse de la cárcel una vez, sino dos. En una ocasión, le preguntaron: «¿Por qué atraca bancos?». Y él respondió: «Porque es ahí donde está el dinero». Más adelante negaría haberlo dicho, pero daba igual. Hasta hoy, su ocurrencia se conoce como la «ley de Sutton» y se utiliza para enseñar a los estudiantes de medicina la importancia de considerar el diagnóstico más probable en primer lugar. Hollywood hizo una película sobre su vida. Un escritor convirtió su historia en una novela biográfica. En dólares de hoy, Willie Sutton decía haber robado más de veinte millones a lo largo de su carrera. Casper ni tan siquiera estaba en el mismo tramo impositivo que él (en el supuesto, claro está, de que pagaran impuestos, lo que no hacía ninguno de los dos).

El caso es que, si alguien fuera a empezar una epidemia de atracos a bancos, cabría esperar que fuera Willie Sutton. Cabría esperar que, después de ver a «Slick Willie» entrando como si nada en las sucursales bancarias y largándose con un dineral sin disparar un solo tiro, las impresionables clases criminales de Nueva York se dijeran: «Yo puedo hacer eso». En epidemiología, existe el término «caso índice», que se refiere a la persona que desencadena una epidemia. (Más adelante, hablaremos de uno de los casos índice más fascinantes de la historia reciente). Willie Sutton tendría que haber sido el caso índice, ¿no? Convirtió el trabajo sucio de atracar un banco en una obra de arte.

No obstante, Willie Sutton no puso en marcha una epidemia de atracos a bancos en Nueva York, ni en los años cuarenta y cincuenta, su época de esplendor, ni en los posteriores, cuando escribió una autobiografía detrás de otra. Tras salir de la cárcel en 1969 alegando mala salud (viviría otros once años), se reinventó como experto en la reforma del sistema penitenciario y dio charlas por todo el país. Asesoró a bancos sobre cómo prevenir los atracos. Incluso hizo un anuncio de televisión para una empresa de tarjetas de crédito que introdujo las tarjetas con fotografía: «La llaman la tarjeta de la cara. Ahora, cuando digo que soy Willie Sutton, la gente me cree». ¿Hizo eso que el mundo quisiera ser Willie Sutton? Parece que no. En los tiempos de Casper, la ciudad de Nueva York solo padecía una mínima parte de los atracos que se perpetraban en Los Ángeles.

Una epidemia, por definición, es un fenómeno contagioso que no respeta las fronteras. Cuando la COVID-19 apareció por primera vez en China a finales de 2019, los epidemiólogos temían que se propagara por todo el mundo. Y tenían toda la razón. Sin embargo, en el caso de los bancos la fiebre arrasó Los Ángeles pero se saltó por completo a otras ciudades. ¿Por qué?

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