PRÓLOGO
Cade
Festivalé, en Vermont, parece diferente en mitad de la noche.
Es una ciudad sucia.
Repulsiva. Rebosante de oscuridad.
Mi superior me ha enviado para devolver la vida a la zona histórica. Para devolverla al camino de la rectitud que abandonó hace ya demasiado tiempo.
Hoy, cuando he llegado, he sentido un aguijonazo de nostalgia. Iba sentado junto al conductor del SUV que recorría a baja velocidad las calles, y la arquitectura estilo colonial francés me recordó mi infancia, cuando me crie en los callejones de París, mendigando sobras, robando para sobrevivir y alimentarme.
Al igual que París, esta ciudad rezuma pecado. Pero carece de su refinamiento.
En lugar de aferrarse a lo que debería haber sido su rica historia, conservada desde los tiempos en que Vermont era parte de Nueva Francia, en el siglo xviii, Festivalé parece una caricatura. Una oda ridícula, una farsa. Ni siquiera el nombre de la ciudad es francés, solo una parodia.
Si yo fuera dado a albergar esperanza, miraría por las ventanas polvorientas y vería potencial. Pero hay una maldad que contamina el mismo aire, que lo hace denso y sofocante, una nube negra que cubre el valle y enferma todo aquello que toca. Lo huelo cada vez que inhalo. Hay una parte de mí que teme infectarse, pero desecho la idea a toda prisa y refuerzo las defensas hasta que son duras como el acero.
No sé qué hora es, solo sé que ya debe de hacer muchas horas que llegué. Salí de mi nuevo hogar cerca de la medianoche. No había planeado aventurarme fuera de casa tan pronto nada más llegar, pero sentí por dentro una necesidad acuciante, una sensación familiar de la que traté de hacer caso omiso.
Y soy humano.
Cuando mi enfermedad aflora, no puedo resistirme a sus demandas.
Il est miséricordieux.
«Él es misericordioso».
Esta noche el aire es fresco; camino apresurado por las aceras llenas de grietas, por los callejones. Un atisbo de escarcha me mordisquea la nariz y las orejas hasta que la piel me cosquillea, entumecida. Bajo la cabeza y el cuello del abrigo negro me cubre la garganta mientras me dirijo hacia lo que supongo que es la peor zona de la ciudad.
La luna llena proyecta un brillo inquietante sobre las calles silenciosas y mis pisadas levantan ecos. Nada más se mueve.
De pronto se abre una puerta a mi izquierda. La luz amarillenta se derrama hacia la calle y recorta la silueta de una mujer. Su voz se deja oír entre los edificios de ladrillo desmoronado, tablones podridos y cristales rotos en las ventanas.
Titubeo con el ceño fruncido bajo el ala ancha del sombrero cuando se contonea hacia mí. Miro a mi alrededor. No hay nadie en la calle, solo nosotros.
Se detiene justo delante de mí y clava la mirada turbia en la mía. Tiene las pupilas dilatadas y veo que sus ojos son negros como el carbón.
La ansiedad me atenaza.
Une démone. «Una demonia».
—Eres nuevo —ronronea.
Tiene la voz susurrante de una manera entrenada para agitarle la polla a un hombre y despertar sus instintos más básicos. Pero hace años que no siento impulso sexual hacia una mujer.
La repugnancia me arde en el fondo de la garganta y una vocecita me habla en la mente, pero trato de hacer caso omiso de los pensamientos malvados. No he salido para seguir mis impulsos, solo para despejarme.
La miro desde arriba, domino desde la altura su figura flaca, aunque no es precisamente baja. Una ráfaga de viento helado me azota la cara y aprieto los dientes para que no me castañeteen.
El vello de la piel color crema del escote se le eriza. Cambia el peso de una pierna a la otra y las hojas crujen bajo sus pies.
Alza la mano y apenas me roza la solapa del abrigo negro, lo que provoca que me ponga en acción. Le agarro los dedos firmemente con la mano enguantada. Los labios rojos, babeantes, dejan escapar una exclamación de sorpresa.
—¿Cómo te llamas, démone? —gruño.
La sorpresa se le borra de la cara y deja paso a un destello de curiosidad.
—Vaya acento. —Se me acerca un paso—. Puedes llamarme como quieras mientras pagues, cielo. En efectivo o… en caballo, si tienes.
La repugnancia me sube por el pecho.
Antes de que pueda controlarla, mi monstruo, esa enfermedad, estalla y se me clava en los huesos hasta que me duelen.
Suelto a la mujer y asiento una sola vez con gesto brusco.
La sonrisa le ilumina el rostro demacrado.
—Ven conmigo.
Se da la vuelta y va hacia la puerta abierta. Miro a mi alrededor una última vez para confirmar que nadie nos ve.
Seguimos solos.
La casa es pequeña, sucia. Una sola habitación con un colchón cochambroso en el suelo y una lámpara sin pantalla que parpadea en un rincón. La cama está llena de manchas y huelo las cópulas impías en el aire, tan densas que siento que no puedo respirar.
Hace unos años, habría mirado este lugar con envidia. Habría anhelado un colchón, un techo sobre la cabeza. Pero eso ha quedado atrás.
La mujer se vuelve hacia mí y advierto las marcas de viruela en su rostro demacrado, la desesperación animal que le habita en lo más profundo, que busca capturar mi energía con unas zarpas negras.
El hombre que soy quiere apartarse, pero el monstruo la llama para que se acerque más.
Las caderas huesudas se contonean y un sabor ácido me sube a la boca al ver el intento de seducción en ese cuerpo desnutrido. Me desliza las manos por la parte delantera del abrigo para desabotonarlo despacio. Se lo permito y, cuando me lo abre, clava los ojos en el alzacuellos, los abre mucho y alza la cabeza de golpe para mirarme a la cara.
Se estremece, pero la agarro con fuerza suficiente para dejarle marcas y la atraigo hacia mí.
—Le diable est à l’intérieur de toi —siseo.
Niega con la cabeza.
—No… no entiendo lo que dices.
Me inclino sobre ella hasta que estoy susurrando contra el pelo enmarañado, áspero.
—Significa que llevas el diablo dentro.
Le subo las palmas de las manos por los brazos hasta agarrarle el cuello frágil. El latido de su corazón es tan fuerte que lo noto a través del cuero de los guantes. La excitación me estalla como una piñata en el bajo vientre, y ahora sí que se me agita la polla.
No me importa que sea obviamente una prostituta. Lo que incita a mi monstruo no es lo que hace, es lo que lleva dentro. Solo quiero librarla de sus demonios.
—No te preocupes, hija —sigo—. He venido a ayudarte.
Y aprieto, aplico presión sobre la delicada tráquea. Las mangas del abrigo se me suben con el movimiento y me clava las uñas en las muñecas expuestas, me araña la piel, hace que se me tensen los músculos.
Disfruto con su resistencia. Antes de que pierda el conocimiento, la suelto, me quito la bufanda y la pongo en torno a su cuello, la cruzo y tiro.
Muy despacio, se le relaja el cuerpo y, solo cuando veo cómo la vida abandona esos ojos drogados, se apaga dentro de mí la violenta necesidad. De pronto, solo quedan las cenizas, y la enfermedad se disipa como si nunca hubiera existido.
Tiendo el cuerpo en el suelo y respiro hondo mientras vuelvo a ponerme la bufanda, me abotono de nuevo el abrigo y me inclino sobre el cadáver. Le rozo la frente con las yemas de los dedos, luego el centro del pecho, luego los hombros, primero uno, luego el otro, para hacer la señal de la cruz.
—Da gracias al Señor, porque es bueno —murmuro.
Los tentáculos de la culpa se me despliegan ya por el pecho, se enroscan hasta que se me entrecorta la respiración y todo a mi alrededor se mueve.
Pero no lo puedo controlar.
He llevado esto dentro de mí desde que nací; desde mi primer aliento he estado condenado. Solo el servicio puede limpiar mi alma.
«Llevas dentro un monstruo, niño. Dios quiere que te lo saque a palizas».
Tiemblo al escuchar la voz del pasado y me dirijo a toda prisa hacia la salida. Me aseguro de que no haya nadie por los alrededores antes de volver al centro de la ciudad.
A mi nuevo hogar.
Va a ser una noche muy larga. No podré descansar hasta que no expíe mis culpas, el pecado de arrebatar una vida y la falta de remordimiento por hacerlo.
La culpa me atenaza por no sentir nada.
«Él es misericordioso».
Aprieto los dientes al sentir el aire frío mientras camino y trato de recordar dónde guardé la disciplina: el flagelo que tengo para estas ocasiones.
Tardo veinte minutos en llegar. La catedral de Notre Dame reluce a la luz de la luna llena, con los dos intricados campanarios que se elevan como una promesa sobre la plaza principal. El exterior es de arquitectura gótica, una réplica casi exacta de la catedral de París que lleva el mismo nombre, aunque a escala muy inferior.
La ciudad entera es como una cápsula del tiempo; aquí la historia no tiene nada que hacer, no encaja con esta gente, con este país, hace denso el aire con su poder desencaminado. Pero atrae turistas y dinero, y si en algo destaca Estados Unidos es en codicia.
Acelero el paso y estoy a punto de dirigirme hacia las puertas para cruzar el patio trasero de la rectoría cuando un movimiento al pie de la catedral me llama la atención.
Hay un hombre recostado contra el muro de piedra. Tiene los ojos cerrados y el pelo enmarañado, y trata de conservar el calor bajo una manta llena de agujeros que se sujeta con unos guantes sin dedos.
Se me hace un nudo en la garganta. Sé lo duras que son las noches frías cuando duermes sobre el asfalto.
Me acerco y le pongo la mano en el hombro, lo sacudo con delicadeza hasta que despierta, sobresaltado. Se me van los ojos hacia la muñeca de piel pálida en la que se me ven unos arañazos profundos, y el recuerdo vívido de mis dedos en torno al cuello de esa mujer hace solo unos minutos me enciende la sangre y la adrenalina vuelve a correr por mi cuerpo.
—Pasa adentro o te vas a congelar. —Señalo las puertas de la catedral.
El hombre abre mucho los ojos y titubea solo un instante antes de mascullar unas palabras de gratitud y seguirme peldaños arriba. Pasamos entre las gárgolas de piedra que se alinean en la fachada para entrar en la calidez del atrio, el vestíbulo que sigue a la entrada abovedada.
—Puedes dormir aquí o en la nave, si lo deseas. —Hago un ademán con la cabeza para señalar los bancos frente al ábside antes de darme la vuelta para bajar por el pasillo que me llevará a la salida trasera, a la casita en la parte posterior de la iglesia, que ahora es mi hogar.
—¿Quién es usted? —me pregunta el hombre, y su voz retumba en el techo alto, contra las vidrieras de colores—. Nunca lo había visto por aquí.
Me detengo, pero no me vuelvo hacia él.
—Soy monsieur Frédéric. Puedes llamarme padre Cade.
CAPÍTULO 1
Amaya
—Mierda.
Aguanto la respiración, aparto la mano del fogón de gas y corro hacia el fregadero para abrir el grifo y que el chorro de agua me caiga sobre la quemadura. El dolor agudo hace que se me llenen los ojos de lágrimas, pero aprieto los dientes y permito que el líquido templado alivie el ardor.
Querría echar la culpa a los electrodomésticos de mala calidad, pero lo cierto es que estaba inmersa en mis pensamientos. Ahora mismo, mientras veo caer el agua del grifo oxidado del fregadero, mientras el chorro se divide al chocar contra el dedo, vuelvo a distraerme, a evadirme hacia un lugar donde no siento el dolor. Donde no siento nada.
Sacudo la cabeza, cierro el grifo y suspiro mientras recorro con la mirada el apartamento en busca de mi hermano pequeño.
—¡Quin! —llamo al no verlo.
El sonido del exterior se cuela a través de las paredes finas como el papel de la diminuta sala de estar, y frunzo el ceño. Voy hacia la puerta. El frío gélido del duro otoño de Vermont se cuela por las grietas y me hace estremecer. Alzo la vista y veo que el cerrojo que tengo en la parte más alta de la puerta está abierto, y un peso enorme me atenaza el vientre. Siempre lo tengo cerrado.
Quinten se escapa y mi misión es asegurarme de que no le pasa nada.
«No me lo puedo creer, ¿por qué no lo cerré?».
Siempre tengo un chal colgado del perchero y lo cojo a toda prisa para echármelo sobre los hombros antes de abrir la puerta y salir al porche. El viento gélido me golpea en la cara, pero no hago caso y recorro con la mirada la acera llena de socavones, calle abajo.
En cuanto veo el grupo de niños en la esquina, se me hace un nudo en la garganta y corro hacia ellos, devorando la distancia con mis largas piernas.
Uno de los niños se ríe y echa el pie hacia atrás como si estuviera a punto de patear algo que tiene delante.
—¿Se te ha comido la lengua el gato, imbécil?
La presión me ahoga.
—¡Eh! —grito.
El pequeño hijo de puta se detiene en seco y se vuelve hacia mí, igual que los otros dos chicos y dos chicas que lo flanquean. Se me cae el alma a los pies al ver quién es el cabecilla.
Bradley Gammond. «Ese mierda».
Su madre es abogada defensora pública y me detesta igual que detestaba a mi madre. E igual que Bradley detesta a Quinten, por lo visto.
«¿Cuándo se volvieron tan malos los niños?».
Abren mucho los ojos al verme, y las mejillas de piel blanca de Bradley se tiñen de rosa. Agarra al chico que tiene más cerca y todos echan a correr por el asfalto.
Frunzo el ceño al acercarme y ver una forma acurrucada de pelo corto y revuelto que se mece en la acera.
«Quinten».
Un nudo de culpa me cierra la garganta. ¿Cómo no me he dado cuenta de que salía?
—¡Putos matones! —grito a los niños, y les tiro una piedra pequeña antes de acuclillarme junto a mi hermano.
El frío del cemento me sube por el interior de la larga falda morada y se me aferra a la piel, pero no me importa. El frío no es raro en Vermont, y hace años que soy experta en fingir que la ropa fina me protege lo suficiente.
Quinten está temblando, con los puños apretados y la piel oscura algo blanquecina, y no me hace falta verlo para saber que se está clavando con fuerza las uñas en las palmas de las manos. Rezo para que no se esté haciendo tanto daño como para necesitar antisépticos.
No soporta que nada le toque las manos. La verdad es que no soporta que nada lo toque.
—Quin —murmuro, y no se me ocurre cogerlo del brazo hasta que no se da cuenta de que soy yo.
Vuelve la cabeza hacia mí, con los ojos verdes tan parecidos a los míos, grandes, redondos. Pero no emite el menor sonido.
«Joder».
No habla a menudo y cuando habla suele decir frases que copia de los demás. Solo este último año ha empezado a manipular las palabras para formar frases propias. Cuando las emociones son muy fuertes, se cierra, así que no me sorprende que ahora guarde silencio.
No empezó a hablar hasta los tres años, y solo para repetir lo que decían los demás a su alrededor y cosas que había oído antes.
Ecolalia y lenguaje gestáltico, según sus terapeutas.
Pero eso no quiere decir que no sea listo, pese a lo que dijeran esos críos. Quinten es el niño de seis años más inteligente que he conocido. Y el mejor. Punto.
—Son idiotas, ¿vale? —digo sin saber muy bien si es para calmarlo a él o a mí misma.
Baja la vista.
El nudo que tengo en la garganta rezuma una sensación de fracaso que se me derrama por dentro y hace que se me encoja el corazón. Aprieto los dientes. No quiero mostrar dolor delante de Quinten.
Mi misión es ser fuerte por él.
Y lo intento, por Dios que lo intento. Pero a veces es tan difícil…
Este mundo es cruel, está lleno de gente que no entiende nada. Que elige no entender que una persona no es inferior solo porque sea diferente. Quinten se lo merece todo y haría lo que fuera por protegerlo de la dura realidad de esta vida que se niega a ofrecerle nada.
La gente de Festivalé lo empeora todo aún más. El hecho de ser mi hermano pequeño convierte a Quinten en culpable por asociación. Soy la paria de la ciudad, y él es diferente. Aunque me culpan a mí, claro, igual que me culpan de todo lo malo que pasa en esta ciudad.
He perdido la cuenta de las veces que he soñado con hacer las maletas y marcharnos a otro lugar. A cualquiera, con tal de empezar desde cero.
Es lo mismo que soñaba mi madre.
Pero no son más que ilusiones. Tengo que pagar las facturas, Quinten tiene su terapia, un millar de responsabilidades me atan aquí. Y no puedo arrancarlo del único hogar que ha conocido.
Cuando era pequeña, mucho antes de que naciera Quinten, mi madre preparaba las maletas en cuanto me empezaba a sentir a gusto. No tardé en aprender que hacer amigos era inútil, que encajar en un lugar era un sueño, una de esas cosas de las que hablaban los libros, no algo que se experimentara en la vida real.
Y lo que menos quiero es que Quinten tenga esa misma vida conmigo.
Él es mi mundo. Es lo único que importa.
Tiendo la mano, la pongo ante su cuerpecito acurrucado hasta que coloca la palma sobre la mía. Se la aprieto y le sonrío mientras lo ayudo a levantarse para volver a casa.
Una vez dentro, se dirige de inmediato hacia la pequeña mesa rectangular de la cocina y se sienta en la gastada silla de madera, coge la tableta y se sumerge en su red de seguridad. La verdad, lo entiendo. Si pudiera, yo me metería en la cama y me quedaría en ella hecha un ovillo, o iría al estudio de pole dance más cercano para desahogarme. El baile de barra es lo único que me hace sentir yo misma.
El recibo devuelto de internet me hace señas desde la encimera de la cocina donde lo he aparcado para tratar de olvidarme de su existencia. Pero lo de esta mañana, la manera de Quinten de lanzarse sobre la tableta, me recuerdan que sus programas no son un simple lujo, que son una necesidad; que, si no consigo pagar la factura, no se sentirá a salvo en su propia casa.
Hoy es lunes, mi noche libre, una noche que había planeado pasar con Quinten tranquila y relajada. Pero, sin pensarlo dos veces, saco el móvil para mandarle un mensaje a mi única amiga, mi compañera de piso, Dalia, al tiempo que me dejo caer en una silla.
Tengo una llamada perdida y se me encoge el corazón al ver el nombre de Parker en la pantalla. Cierro la notificación para mandar el mensaje.
Yo: Oye, voy a trabajar esta noche. ¿Puedes quedarte con Quin?
La respuesta me llega enseguida y suspiro de alivio.
Dalia: Claro. Estaré en casa a las 4.
Me paso una mano por la frente y miro a mi hermano pequeño, al otro lado de la mesa. Su rostro no refleja emoción alguna, como si lo que ha ocurrido no le hubiera afectado. Como si ya lo hubiera olvidado por completo.
Las apariencias engañan.
Quinten nunca olvida nada.
Y, aunque en apariencia se recupere con facilidad, yo no. La sensación de saber que unos críos de mierda estaban intentando hacerle daño se me va a quedar grabada para siempre, será una marca más en la superficie ya mellada de mi corazón.
Hay veces, en los peores momentos, en que me pregunto si esas marcas se convertirán en cicatrices, en un tejido duro, impenetrable.
Y hay veces en que lo deseo.
El teléfono empieza a sonar y bajo la vista. «Parker», se lee en la pantalla.
El corazón se me para un instante, pero quito el sonido al teléfono. Es demasiado temprano para enfrentarme a él.
Parker Errien es mi pesadilla, el motivo de que Quinten y yo vivamos endeudados. Apareció cuando salía con mi madre, cuando vinimos a vivir aquí hace poco más de cinco años.
No sé cómo lo conoció, pero tampoco fue ninguna sorpresa. Mi madre era una mujer hermosa, muy parecida a mí, con el pelo largo negro y los ojos muy verdes. Tenía unas piernas larguísimas que le destacaban los muslos y las caderas. Cuando quería, podía aparentar que nadaba en la abundancia con su aspecto, aunque no tuviera dinero, y para los hombres era como una sirena: los atraía y los hechizaba con una simple mirada.
Parker y ella empezaron a salir nada más llegar, y, solo cuando desapareció, supe que él la «alquilaba» en secreto a sus amigos en posiciones de privilegio. De esos amigos que necesitan discreción y que están dispuestos a pagar bien para conseguirla. Pero, de cara a todos, Parker Errien y Chantelle Paquette no tardaron en convertirse en la sensación de la ciudad, y por primera vez sentí que tenía un hogar, incluso cuando las miradas que él me lanzaba duraban un poco más de la cuenta y las manos con las que me rozaba se aventuraban demasiado lejos.
Y, cuando mi madre desapareció, él no lo hizo. Se limitó a concentrarse en mí.
No le gustó nada que mi madre lo dejase tirado, que privase a sus «clientes» de la mujer que les caldeaba la cama y sin el dinero que ya le habían entregado. Así que ahora yo tengo que pagar las deudas de mi madre. Casi todo el dinero que gano acaba en las sucias manos de Parker, que disfruta obligándome a recurrir a él de todas las maneras posibles.
Un escalofrío me sube por la espalda y sacudo la cabeza. Me concentro en Quinten.
—¿Tienes hambre, Quin? —le pregunto al tiempo que tamborileo con las uñas sobre la madera desgastada de la mesa.
Es una mierda, igual que todo lo que tenemos. La cogí de la basura hace cinco años, justo después de cumplir los diecinueve, cuando nuestra madre me convirtió en la enemiga de toda la ciudad y luego desapareció dejando tan solo una nota, seis palabras:
Estoy harta. Encárgate tú de él.
Qué curioso, se las había arreglado con una hija que tuvo a los quince, pero un bebé sorpresa de uno de los muchos «amores de su vida» a los treinta y tres, un niño que empezaba a mostrar síntomas de autismo, era demasiado.
«A la mierda».
Metí la mesa como pude en la casa y me pasé días limpiándola hasta que me sangraron los dedos, pero no me importó. Fue maravilloso proporcionarle a Quinten un lugar donde pudiéramos comer en vez del suelo. Iba a demostrar que era mejor que la donante de óvulos que no nos quiso tanto como para molestarse en intentarlo.
—Quin.
Quinten no alza la vista y la desolación me retuerce por dentro porque sé que no le puedo ofrecer los huevos revueltos de costumbre, porque los he quemado en el fogón como una imbécil. Ha sido su alimento reconfortante desde hace seis meses, lo único que quiere para desayunar. Y yo no quiero otra cosa que reconfortarlo.
—¿Te apetecen unos gofres con pepitas de chocolate?
Le sonrío de oreja a oreja para tratar de tentarlo. Creo que quedan un par en el congelador. Estarán caducados, pero son comestibles.
Niega con la cabeza y hace un ruidito gutural.
—¿Quieres huevos? —responde.
No es una pregunta. La manera de formular la frase es parte de su procesamiento del lenguaje gestáltico.
—Quiero huevos —digo.
—Quiero huevos —repite, y pone algo de su parte—. Buena idea.
—Dicho y hecho.
Se me hace un nudo en la garganta mientras asiento, porque sé que tendré que pedírselos al vecino, el señor Brochet, que es un viejo gruñón y repulsivo, y no soporta que lo molesten.
Pero lo haré, porque Quinten quiere huevos, y huevos va a tener.
CAPÍTULO 2
Cade
Parker Errien.
Ya conocía el nombre antes de llegar a la ciudad. Mi superior, el obispo Lamont, lo mencionó con tanta frecuencia que sé que Parker es el catalizador que hizo que me enviaran aquí. Pero es la primera vez que lo veo en persona.
Es un hombre moderadamente atractivo, con piel blanca como la porcelana, pelo rubio ya gris en las sienes y unos aires pomposos que me muero por pulverizar. Hace veinte minutos, entró en mi despacho por el vestíbulo posterior de la iglesia como si fuera el dueño del mundo, y en cierto modo me imagino que lo es, al menos en este punto diminuto del universo.
Parker dirige Errien Enterprises, una sociedad tenedora de acciones que controla el setenta por ciento del resto de las compañías aquí y en las ciudades vecinas. El nombre de Parker adorna casi todos los edificios opulentos de Festivalé. Ni que decir tiene que es muy rico, amigo del alma del alcalde y uno de los máximos donantes de la catedral de Notre Dame. A efectos prácticos, es el rey de Festivalé.
Y tiene en el bolsillo a mi superior, el obispo Lamont.
Pero percibo la maldad que le supura del alma y me pregunto qué tiene que hacer un hombre como Parker para asegurarse de que su trono sea intocable. A cuánta gente tiene en nómina, cuántos pecados está dispuesto a cometer.
Me cuesta mucho creer que me hayan enviado aquí para cambiar las cosas de verdad, y doy por hecho que, para Parker, no soy más que otra marioneta que puede controlar. Al fin y al cabo, mi predecesor, el padre Clark, lo dejó muy claro durante sus últimos días. Lo escuché hablar airado con el obispo Lamont cuando le decía que el señor Errien no era su dueño, que él solo se inclinaba ante Dios.
Parker se va a llevar una decepción al ver que yo soy igual.
—Me han dicho que está usted chapado a la antigua —comenta Parker mientras me siento tras mi gran escritorio de nogal.
Apoyo los codos en los brazos de la silla acolchada y junto las yemas de los dedos bajo la barbilla.
—Incluso severo —añade.
Sigo sin responder. Frunce el ceño.
—¿Habla usted inglés, señor Frédéric?
Arqueo una ceja.
—Depende de si hay alguien con quien merezca la pena hablar, monsieur Errien.
Una mirada torva le oscurece los ojos. Se recuesta en el respaldo y extiende las piernas ante él. Estoy seguro de que es una expresión de poder, que se sienta así en mi despacho para darme a entender que este sitio también le pertenece, pero a mí solo me demuestra que no sabe qué hacer con la polla que le cuelga entre las piernas.
—¿Todos los sacerdotes católicos son así? —bufa—. ¿Se creen por encima de los demás?
Noto el tic que me mueve el músculo de la mandíbula.
—¿Qué religión profesa usted, monsieur Errien? Me imagino que antes era católico.
Arquea las cejas tanto que le llegan al pelo.
—Soy católico.
Me levanto y salgo de detrás del escritorio para situarme a su lado, de manera que tiene que echar la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos.
—Soy un hombre de Dios, monsieur Errien, así que estoy al servicio de todo el mundo —digo—. Le aseguro que perdono cosas que otro no perdonaría, pero, por el bien de nuestra futura… relación, vamos a dejar claros ciertos límites.
—Estoy de acuerdo.
—Perfecto. Empiezo yo. —Sonrío—. Me da igual cuánto dinero derroche y cuánta gente se ponga de rodillas y lo adore a usted como a un falso ídolo debido a ese dinero. Yo no tolero que me falten al respeto.
Parker aprieta los dientes tanto que lo oigo.
—Yo tampoco.
Dejo escapar una risita y me inclino sobre él hasta que mi sombra lo cubre.
—No entre en mi despacho, un lugar dedicado al culto de Dios, dando esas muestras de desprecio, como si pudiera burlarse de mi fe. Aquí, en esta casa, el poder lo ostento yo.
—Solo ocupa este puesto porque yo lo decido —me replica Parker—. No tiene ni idea de lo que soy capaz.
Me enderezo, me paso la mano por la pechera de la camisa y me apoyo en el escritorio.
—Eso es verdad. Y la Iglesia le agradecerá eternamente sus muy generosas donaciones. Sé que el padre Clark y usted no coincidían sobre cómo limpiar las calles de Festivalé, de modo que le sugiero que reflexione y busque en su interior la gratitud que debería sentir, porque he escuchado sus oraciones y apoyo su causa.
Suelta un bufido, pero no me pasa desapercibido que baja un poco los hombros; la arrogancia cede, como suele pasar con la falsa confianza cuando se encuentra ante el poder verdadero.
—¿Nos entendemos? —insisto.
No responde, pero asiente bruscamente y esboza una sonrisa tensa. Permito que el silencio se instale entre nosotros y le arañe la piel hasta que cambia de postura en el asiento con evidente incomodidad.
—¿De dónde me ha dicho que es? —pregunta al final.
—No se lo he dicho.
—¿Y cuánto hace que es sacerdote?
—Suficiente.
El cuello almidonado me aprieta ante la pregunta y carraspeo para aclararme la garganta.
Parker asiente y tamborilea con sus gruesos dedos la madera de los reposabrazos de su asiento. Tiene una expresión calculadora que no le había visto antes en los ojos.
Ha sido un error ser tan brusco con él, pero encontrarme aquí, en esta ciudad, me ha descentrado. Tengo poca paciencia y mal temperamento.
—He pensado algunas cosas para su homilía del sábado —dice para cambiar de tema.
Me tenso.
—No esperaba menos. —Le señalo la puerta—. Lástima, el deber me llama y no tengo tiempo para escucharlas. Si necesita confesión, hable con el padre Jeremiah, el párroco adjunto, que se encarga hoy.
Parker se levanta bruscamente y se abotona la chaqueta del traje antes de tenderme la mano como un perfecto hombre de negocios. Se la miro, pero no se la estrecho. Me ha insultado y no tengo la menor intención de permitir que se relaje entre estas paredes.
Hoy no.
—Usted y yo no somos tan diferentes —murmura—. Y da igual qué título ostente aquí, señor Frédéric. No se olvide de por qué lo tiene.
—No hacen falta formalidades, Parker. —Sonrío—. Por favor, llámeme padre.
Aprieta los dientes, pero asiente.
—Claro. Que tenga un buen día, padre.
Y se marcha.
Suelto muy despacio el aliento contenido y muevo el cuello para crujirlo. La tensión se convierte en alivio. Vuelvo a sentarme tras el escritorio, cojo la pluma y empiezo a dar golpecitos rítmicos en la madera del escritorio sin apartar la vista de la puerta por la que Parker acaba de salir. No debería haberlo provocado. Tendría que haberme mordido la lengua y sonreído para que se creyera dueño de la situación.
Pero tiene algo que no me gusta, una oscuridad en la mirada que me recuerda a mi pasado. A la hermana Agnes cuando me daba palizas que me dejaban el cuerpo entero magullado.
—¡Cade Frédéric! —chilla la hermana Agnes, y su voz resuena entre las paredes de cemento del comedor.
Estoy escondido tras la mesa más larga del fondo, tratando de ocultarme en el rincón, entre las sombras, para que no me vea. Si me encuentra, sacará otra vez el cinturón, y aún no me he recuperado de la paliza de la semana pasada, cuando le robé el juguete al chico nuevo. Esta vez, en cambio, no he hecho nada.
De verdad.
Las pisadas se acercan y me hago aún más pequeño: de estar de rodillas paso a estar tumbado sobre el vientre, me pego todo lo posible al suelo. Tengo los ojos muy abiertos para verla aproximarse, y el corazón se me sube a la garganta cuando los zapatos negros planos entran en la habitación. Se acerca, y cada paso me encoge el estómago. El arrepentimiento por la pérdida de control, por haber roto todos esos platos en la cocina, me golpea con fuerza.
Pero es que estaba tan… furioso… Necesitaba dar salida a la ira.
Las pisadas se detienen ante la mesa tras la que me oculto. Oigo cómo le crujen las rodillas cuando se agacha. El hábito la hace más amenazadora que si vistiera ropa de calle.
Aprieta los labios.
—Sal de ahí ahora mismo.
Se me encoge el corazón y salgo de debajo de la mesa con la cabeza gacha y las manos entrelazadas a la espalda, pero no digo nada. No me gusta hablar con ella en su idioma. Se me atraviesan las palabras y se me olvida cómo construir frases. Y cada vez que me equivoco me da un golpe más.
Me agarra con fuerza por la oreja y me la retuerce hasta que siento como si me la fuera a arrancar. Siseo, pero sé muy bien que no debo resistirme.
—Ya la has vuelto a armar, niño. Siempre metiéndote en líos. ¿Sabes cuánto dinero nos has costado esta vez? Docenas de platos rotos en la cocina… ¿Cómo puede un crío de cinco años causar tanta destrucción?
—Je suis désolé —murmuro.
Me retuerce la oreja con más fuerza.
—¡Nada de francés!
—L-lo siento, hermana. Lo siento —tartamudeo.
Me suelta la oreja y el dolor me irradia por todo el lado izquierdo de la cara.
—¿Por qué lo has hecho esta vez? —Me mira desde arriba.
—Los p-padres de André vinieron a por él.
Se cruza de brazos.
—¿Y eso te hizo enfadar?
Asiento. Me hizo enfadar. Me puso celoso.
—Oui.
Suspira.
—No es culpa tuya, Cade. Estás enfermo.
Trago saliva y asiento de nuevo.
—Ya lo sé.
—Ven.
Me agarra por el brazo y me saca a rastras del comed
