Fiascos S.A.

Miguel Ángel Noceda

Fragmento

cap-1

Prólogo

La idea de escribir este libro partió de un reportaje sobre los grandes fiascos empresariales de la democracia publicado en El País los días 22 y 23 de agosto de 2021, unas fechas que hicieron que pasara bastante desapercibido. La serie de relatos, que me había propuesto Jesús Sérvulo González, redactor jefe de Economía del periódico, a raíz de las sucesivas crisis empresariales de aquellos años, llevaba tiempo en la nevera de la sección. Sin embargo, por razones de espacio, cada vez más reducido en las ediciones de papel, no entraba en el planillo diario. Hubo que esperar a esas fechas veraniegas de menor actividad y más posibilidades; tal vez cuando menos periódicos se venden en España y menos gente se detiene a leerlos en las ediciones digitales, más allá de los titulares.

En esos días yo me encontraba de vacaciones en mi pueblo, Comillas. Apenas recibí reacciones, como suele ser habitual en otra época del año cuando publicas una historia seria y convincente. Únicamente el recordado Emilio Ontiveros, que pasaba los veranos en la comarca, me comentó, después de destacar el trabajo: «Tiene desarrollo». También lo alentó Joaquín Estefanía, mi primer director en El País, que asimismo ha escogido las tierras del occidente cántabro para sus retiros.

Las dos palabras de Ontiveros se me quedaron grabadas, y supe entonces que tenía que escribir este libro para cumplir con la previsión del que fue mi economista de cabecera (y de todos los compañeros) en los años que trabajé en El País. Así que, terminado el verano, y de vuelta en Madrid, fui madurando la idea, aunque dejando un horizonte a medio plazo, el conveniente para tener el tiempo que me ofreciera la jubilación, que entonces ya se acercaba. Llegado el momento, el planteamiento del libro cobró vigor y vigencia de la mano de Miguel Aguilar, otro habitual en los veranos comillanos junto a su padre, Miguel Ángel Aguilar. A Miguel hijo se debe el título Fiascos, S. A., que muestra una capacidad enorme de concreción y que yo asumí inmediatamente.

El «desarrollo» al que se refería Ontiveros se convirtió en un reto formidable. La posibilidad de transitar, a través de los fiascos, por los casi cincuenta años de democracia de este país me animó a lanzarme a escribir el libro con más ganas. Se trataba de profundizar más allá de las seiscientas palabras que, más o menos, ocupaba cada uno de los relatos que componían el reportaje publicado aquel agosto de 2021. Requería ahondar en las hemerotecas, rastrear mucha documentación, hablar con protagonistas y recabar opiniones, conocer a fondo las actuaciones, preguntar por las razones y contextualizar los casos en su momento histórico. He tratado de hacerlo con la perspectiva de un reportero, es decir, observar los acontecimientos con mirada analítica y reflexiva, con el máximo rigor y veracidad. O sea, de hacer periodismo.

Se suele decir que el periodismo es el primer borrador de la historia, y es verdad. Por eso la información debe responder a esos principios básicos de veracidad, contraste, comprensión, rigor y contextualización, con honestidad y respeto a las normas éticas y deontológicas. Por esas máximas se deben regir los profesionales del periodismo para cumplir con el derecho constitucional de los ciudadanos a estar informados, alejándose de los bulos que alientan la desinformación y la polarización política, y socavan la democracia. Por eso, debemos frenar cualquier intento de dinamitarla. Sin periodismo no hay democracia, y ninguna democracia merece tal nombre si no se garantiza el derecho a la información.

Esto es lo que aprendí a lo largo de los más de cuarenta años de actividad como periodista de información económica en distintos medios (la revista Mercado, los diarios económicos Cinco Días y La Gaceta de los Negocios, y el diario El País), en los que he sido testigo de los hechos que aquí relato. Algunos los viví en primera persona como informador y otros como espectador privilegiado dentro de las redacciones. He bebido de muchos artículos (algunos escritos por mí y otros, los más, por compañeros de distintos medios) y de referencias que quedan en la memoria después de tanto tiempo de intercambio de experiencias. Además, me he servido de otros libros de contrastado rigor documental que me han aportado mucha y relevante información.

Para lograr una perspectiva lo más completa posible, acudí también a protagonistas de primera fila. Sus testimonios me sirvieron para conocer algunas informaciones o contrastar otras, lo que ha sido esencial para no desviarme de la realidad o, simplemente, para no meter la pata. En ese sentido, tuve varios encuentros con Aristóbulo de Juan, un hombre con una memoria portentosa que resultó vital para los capítulos de Rumasa, de Banca Catalana, de Banesto y, sobre todo, del Banco Popular. En los dos primeros, porque los vivió como directivo del Banco de España; en Banesto, porque estuvo inmerso en el proyecto frustrado de la fusión con el Banco Central, y en el Popular, porque trabajó quince años junto a Luis Valls al frente de esa entidad. Sus aportaciones, que fueron muchas y de las que le estoy inmensamente agradecido, enriquecieron de manera notable el texto. De esa etapa, también Carlos Solchaga, cuyo libro Las cosas como son supone una buena guía orientativa, y Alfredo Sáenz, reconversor de Banca Catalana y Banesto, me aportaron sus experiencias y comentarios, al igual que el abogado mercantilista Ángel Zamora y el catedrático José Domínguez Abascal.

También ha recabado informaciones redactadas por mí en los distintos medios en los que trabajé, debidamente contrastadas con sus protagonistas, y que han sido incorporadas al libro. Y he contado con las opiniones de muchos compañeros, que aceptaron leer el manuscrito y sin cuyo aporte habría quedado incompleto. Quiero agradecer esa labor a Mariano Guindal y Mar Díaz-Varela, Fernando González Urbaneja, Joaquín Estefanía, Pedro Cases, Roberto Santos, Manel Pérez, Alberto Grimaldi e Isabel Gil, así como a Paz Sanz, que con su apoyo técnico me ha sacado de más de un apuro informático.

He reportado, asimismo, los testimonios de los principales implicados en los casos derivados de estos fiascos, muchos de los cuales todavía seguían su curso judicial en el momento de escribir estas páginas, motivo que también ha impedido recoger más. Del ex vicepresidente Rodrigo Rato, inmerso en un largo proceso judicial por su gestión en Bankia, dio tiempo a incluir el alegato final del día que el juicio quedaba visto para sentencia, y de Fernando Martín, expresidente de Martinsa-Fadesa, el comienzo del juicio oral de la denominada pieza de Arganda del Rey del caso Gürtel, en la que presentó un escrito con el reconocimiento de haber abonado una mordida de veinticinco millones de euros que fueron a parar a Fernando Correa, considerado el cabecilla de la trama.

También quiero agradecer a la editorial Debate y a Miguel Aguilar la publicación de este libro y, por supuesto, a Nacho Ruiz el trabajo de revisión realizado, que mejora sustancialmente el texto definitivo. Por sugerencia del editor Sergi Siendones he añadido al final, como anexo, un glosario de términos económicos y jurídicos, así como de denominaciones y organismos que operan en dichos ámbitos, porque facilitan la comprensión de lo que se ha escrito. Es impresionante la cantidad de vocablos cuya explicación en el texto impediría una lectura fluida. Por eso, salvo algunas excepciones insalvables, resulta imprescindible el citado glosario, que he elaborado con la consulta inevitable del Diccionario de la Real Academia Española y tratados en materia económica y jurídica.

Introducción

El Diccionario de la lengua española define «fiasco» como «fracaso o decepción» y, en alguna acepción recogida en otros glosarios, como «desengaño o resultado adverso de una cosa que se esperaba sucediese bien». Es decir, lo que le ha ocurrido a un gran número de empresas en la historia de España, en muchos casos después de largas etapas de esplendor. Pero, ya fuera por una mala gestión, ya por la adversidad de los mercados o por no haber sabido adaptarse a ellos, ya por la falta de innovación o por la caída de las ventas, terminaron precipitándose al abismo. Normalmente, todos esos fiascos, de los que he seleccionado los que más huella han dejado durante la democracia, van acompañados por escándalos de corrupción y otros tipos de delitos, y han desembocado en procesos judiciales que enviaron a la mayor parte de sus protagonistas a prisión o todavía están por resolver.

Desde la instauración de la democracia no ha habido periodo en el que no se haya producido algún episodio de este tipo. Algunos ya venían gestándose desde el franquismo, etapa en la que se produjeron escándalos de tal calibre —Matesa, Redondela, Sofico o Fidecaya— que el régimen, muy propenso a taparlos para no mostrar debilidad o falta de eficiencia, no logró ocultar. La Transición, que hay que escribirla con mayúscula por lo que significó, tuvo que atajar las malas prácticas a las que estaban acostumbradas las empresas y los empresarios. Sin embargo, tanto en épocas de vacas gordas como de crisis profunda, casos como estos no han dejado de suceder.

Todos los fiascos tienen su protagonista —como toda obra tiene su autor— y, la mayoría de ellos, algunos personajes secundarios cuya aparición en el escenario resulta imprescindible para entender la trama. Unos (fiascos) y otros (protagonistas) están íntimamente ligados. Esta recopilación ofrece aquellos casos de mayor repercusión mediática, cuyos responsables han pasado además por sonados procesos: la Rumasa de José María Ruiz-Mateos, la Banca Catalana de Jordi Pujol i Soley, el Banesto de Mario Conde, el grupo KIO-Torras de Javier de la Rosa, la Ibercorp de Manuel de la Concha, la Terra de Juan Villalonga, la Gescartera de Antonio Camacho, la Martinsa de Fernando Martín, el Grupo Marsans de Gerardo Díaz Ferrán, la Bankia de Rodrigo Rato, la Pescanova de Manuel Fernández Sousa-Faro, la Gowex de Jenaro García Martín, el Banco Popular de Ángel Ron y la Abengoa de Felipe Benjumea.

Son todos los que están, aunque existieron más. Algunos de estos últimos los he incluido como parte de capítulos por estar relacionados con ellos —Galerías Preciados con Rumasa; Explosivos Río Tinto y Cros con KIO-Torras; Air Comet y Spanair con Marsans— y que, por sí solos, tuvieron menor incidencia mediática o no llegaron a ser judicializados. Otros, en los que no había relación alguna, los he agrupado en el último capítulo. Es el caso de la eléctrica Fecsa, que concentra la situación de «quiebra técnica» que arrastraba el sector tras el franquismo; las estafas de Afinsa y Fórum Filatélico, que captaron y engañaron a miles de inversores; las constructoras OHL e Isolux, que se vieron superadas por las deudas; el grupo Cantoblanco de Arturo Fernández, un imperio hostelero que se vino abajo; y Fagor, cuya quiebra puso en entredicho el modelo cooperativista de Mondragón.

He tratado de que cada capítulo sea independiente de los otros, de manera que se pueda empezar por cualquiera de ellos sin necesidad de seguir un orden de lectura preestablecido. Por eso, en alguno de ellos se repiten sucesos ya descritos en otros, por la sencilla razón de que se solapan y resultan imprescindibles para comprenderlos de forma adecuada. De no ser así, quedarían incompletos, cojos o, simplemente, ininteligibles. Ocurre, por ejemplo, en los capítulos de Banesto y KIO-Torras con la presencia de Mario Conde, Javier de la Rosa y los primos Alberto Cortina y Alberto Alcocer (conocidos como los Albertos), o en el relato de los procesos de integración bancaria.

Todos, se quiera o no, son parte de la historia empresarial española y, por tanto, de la historia de España. En efecto, a partir de los fiascos que recoge este libro se recorren los acontecimientos económicos, que no son pocos (la crisis bancaria de los primeros años de la Transición, la reestructuración sectorial que dio lugar a la concentración bancaria, la intervención de Rumasa, el derrumbe de Banesto, la reconversión y privatización de los grupos estatales, las relaciones de los agentes sociales entre ellos y con los gobiernos, la entrada en la Comunidad Económica Europea, los acuerdos de Maastricht y la moneda única, el boom de internet, las burbujas tecnológica e inmobiliaria, la reestructuración de las cajas de ahorros y la caída del Banco Popular, las crisis económicas que se han atravesado durante todo este periodo), pero también políticos, algunos en retrospectiva (la legalización del PCE, las primeras elecciones y la financiación de los partidos políticos, el intento de golpe de Estado del 23-F de 1981, la primera victoria de los socialistas, el referéndum de la OTAN, la huelga general del 14-D de 1988, la fuga del director general de la Guardia Civil, el encarcelamiento del exgobernador del Banco de España, los fallidos intentos de José María Aznar para alcanzar el poder hasta lograrlo a la tercera, el nombramiento de amiguetes al frente de las empresas públicas para terminar la privatización, la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero tras los atentados de Atocha en marzo de 2004, la detención del exvicepresidente del Gobierno Rodrigo Rato). Al final, son hechos interrelacionados en los que no es fácil distinguir si tuvieron origen en la política o en la economía, pero que, en cualquier caso, demuestran que ambas están íntimamente ligadas.

En todos existe, no obstante, un hilo conductor que pone en evidencia la falta de suficientes mecanismos de control para frenar los desmanes de sus protagonistas o el mal uso de los ya existentes. Ante ello, cabe la pregunta de qué habría sido si se hubiera actuado como se debía y no dilapidando los recursos. Seguramente, se habrían evitado muchos sofocones, pero eso no deja de ser ciencia ficción de lo que pudo ser y no fue. Además, resulta en extremo complicado pelear contra las adversidades que plantea la condición humana cuando aparecen oportunidades de obtener dinero fácil y dar sonados pelotazos, palabra que se ganó una cuarta acepción en el Diccionario como «operación económica que produce una gran ganancia fácil y rápida» y dejó de escribirse en cursiva.

Por otro lado, de la descripción de los hechos se colige el retardo con el que se ponen en marcha los procesos judiciales que los casos aquí descritos han acarreado. Cabe reclamar, por tanto, la necesidad de agilizar los mecanismos con los que cuenta la justicia.

Pese a todo, lo cierto es que el país dio un vuelco absoluto desde el cambio de régimen, sobre todo tras el impulso que propició la entrada en la Comunidad Económica Europea y la política de apertura internacional iniciada a partir de entonces. Aunque hubo intentos de frenar los avances por parte de fuerzas retrógradas, el crecimiento y la modernización experimentados permitieron consolidar la democracia y poner al país entre las principales economías del mundo. España puede presumir de una economía abierta y de contar con un importante ramillete de empresas que son referentes internacionales —y en algunos casos líderes— en los sectores bancario, de la construcción, de las telecomunicaciones, energético, espacial, aéreo, asegurador, de la moda, del comercio, farmacéutico, hotelero, logístico y, sin dejarlo de lado, en el deportivo; sin olvidar las miles de empresas medianas que han hecho camino por el mundo y dan ejemplo de buena gobernanza y eficacia. El tejido empresarial, caracterizado por la abundancia de pymes, ha mejorado y ha ido superando las eternas asignaturas pendientes de diversificación geográfica y competitividad. En la actualidad, gran parte de las ventas de las empresas que cotizan en el IBEX 35 proceden del exterior.

En definitiva, no todo en la historia son fiascos, aunque este libro da cuenta de los más importantes. Respetando el orden cronológico, el primer gran fiasco de la democracia fue Rumasa. Siendo un redactor bastante novato en la revista Mercado logré, en octubre de 1984, una entrevista en exclusiva con José María Ruiz-Mateos en su exilio de Frankfurt, hecho que ocurrió por la intervención de su abogado, Crispín de Vicente, al que conocía de los veranos de Comillas, donde era asiduo. Siempre he pensado que el maltrato que sufrió de Ruiz-Mateos tuvo mucho que ver en la prematura muerte a los cincuenta y nueve años del letrado, un señor en todo el sentido de la palabra. Puedo decir que a él le debo mi primer scoop.

Por aquellas fechas, casi en paralelo con Rumasa, también estalló el caso Banca Catalana, que implicaba directamente al presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol, por su gestión en la entidad desde que fue fundada a principios de los años sesenta. La Audiencia de Barcelona decretó su sobreseimiento. Sin embargo, tuvo una deriva inesperada cuando Jordi Pujol reconoció en 2014 haber ocultado que tenía una cuenta en el extranjero. Se convirtió en el caso Pujol, para el que la Audiencia Nacional fijó el inicio del juicio en noviembre de 2025. El caso y sus consecuencias también tienen cabida en estas páginas por mérito propio, bien relatado en prensa y en algunos libros imprescindibles.

Otro que rompió el molde fue Mario Conde y su conquista de Banesto, cuyo recorrido me tocó cubrir en la parte correspondiente al declive e intervención del banco y el posterior aterrizaje del Banco Santander. Conde, como se demostró con el paso de los años, era un hombre cautivador con muchas pretensiones, que iban más allá del ámbito bancario, del que sabía poco. Descubrió, desde la poltrona de poder que se erigió en Banesto, que podía ser el líder de la derecha y quiso meterse a político. Descarriló. La derecha no le quiso y la izquierda le dejó estrellarse.

Lo mismo se puede decir de las aventuras y desventuras de Javier de la Rosa en KIO-Torras, un personaje singular con quien mantuve varios encu

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