Índice
Saga familiar
Introducción
1. José de Jesús Díaz Pérez, imberbe abanderado de Iturbide, 27 de septiembre de 1821
2. La Xalapa de los Díaz Covarrubias: florida y literaria
3. Guerra con Estados Unidos. Orfandad y emigración
4. Penurias en la capital
5. Francisco Díaz Covarrubias. Geografía y astronomía al servicio del Estado nacional
6. Juan Díaz Covarrubias: escritor, médico, mártir de Tacubaya
7. José Díaz Covarrubias. La República trashumante
8. Gabino Barreda. Positivismo en la República Restaurada
9. Venus en el país del Sol. Misión Astronómica Mexicana al Japón en 1874
10. Exilios y ocasos
Epílogo. Un cuarteto en el Alcázar
Agradecimientos
Notas
Referencias
Sobre este libro
Sobre el autor
Créditos
Introducción
En nuestros días, científicos que usan potentísimos telescopios, desde la Tierra y en el espacio, realizan un amplio espectro de investigaciones astronómicas, con múltiples disciplinas asociadas. Nos asombran las imágenes que logran desde los aparentes extremos del universo en expansión. Vemos, asombrados, bellísimos mapas cósmicos en tres dimensiones. Incluyen decenas de millones de galaxias y cuásares en distancias que se extienden por miles de millones de años luz.1 Estas magnas empresas requieren, por su complejidad y altos costos, de esfuerzos conjuntos entre naciones y agencias especializadas. La humanidad, ávida de comprender, prodiga ingentes recursos y talentos sin que para los legos resulte evidente su utilidad práctica e inmediata.2
Algo similar ocurría en vísperas del tránsito de Venus por el disco solar el 9 de diciembre de 1874. Los científicos conocían desde el siglo XVI la distancia relativa entre los planetas y el Sol. Consideraban indispensable calcular la unidad astronómica (UA) o distancia absoluta con métodos previamente coordinados. Ello les permitiría, creían, comprender la operación y tamaño del sistema solar, nuestro minúsculo vecindario. Gobiernos y científicos de los países civilizados se concertaban para descifrar el enigma secular.
En el hemisferio oriental, donde en esa ocasión fue visible el raro fenómeno, se desplegaron equipos de Alemania, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia y Rusia. Los astrónomos de las potencias cooperaban y competían. Las opiniones públicas, los parlamentos y los periódicos seguían, expectantes, los acontecimientos. Era, de alguna manera, la “carrera espacial” de la época.3 Sabios y sociedades vivían una nueva mística derivada de la Ilustración y el positivismo: la fe en la ciencia y el consecuente progreso.
Al Japón llegaron expediciones de Francia y Estados Unidos, como había sido acordado oportunamente. Fue sorpresivo que, además, arribase un equipo mexicano autoinvitado a la cita sideral. Después de largas deliberaciones, entre duras críticas, el presidente Sebastián Lerdo de Tejada decidió, de último minuto, enviar “al Asia” una misión de científicos. Deseaba que, por primera vez, México se presentase “ante la ciencia en la actitud que le corresponde como pueblo culto”. Nombró responsable a Francisco Díaz Covarrubias, oficial mayor de la secretaría del ramo, el Ministerio de Fomento. Él era ingeniero topógrafo, ingeniero geógrafo, matemático, geodesta y reconocido astrónomo práctico, formado como autodidacta. Presidía la Sociedad Humboldt, era maestro y autor de obras especializadas. Trilingüe, desde joven mantenía relaciones con los directores de los observatorios de Greenwich, Inglaterra, y de la Universidad de Harvard; después, con otros sabios de la época.
México superaba gradualmente el aislamiento internacional que sufría después de la segunda guerra con Francia y la ejecución de Maximiliano. Anhelaba demostrar que podía ser “un nuevo aliado en el ejército de la civilización”. No se trataba de un propósito menor en una época en la que la nueva ola imperialista era implícitamente justificada por nociones de inspiración darwinista. México no tenía relaciones diplomáticas con país asiático alguno. A pesar de no llevar cartas oficiales de presentación, Díaz Covarrubias (al partir de México no sabía cuál sería su destino exacto) fue excepcionalmente bien recibido en Yokohama y Tokio. Virtud y fortuna lo acompañaron en la angustiosa empresa que arrancó contra el tiempo y los elementos, en medio de la discordia nacional. La Misión Astronómica Mexicana, integrada por cinco miembros, tuvo éxito, con efectos científicos, diplomáticos y de política interior.
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Durante la primavera de 2016, en cuanto embajador de México en Japón, fui invitado a hacer una visita de trabajo a la prefectura de Kanagawa y su capital Yokohama, que fue, durante el siglo XIX, el principal puerto de aquel país. Después de 260 años de aislamiento casi total, Japón había sido obligado por las potencias occidentales a abrirse al mundo. Mis anfitriones me llevaron a ver una placa de piedra de más o menos dos metros de largo por uno y medio de ancho. Está cubierta de gruesos caracteres japoneses labrados, kanjis, que hacen una breve relación de hechos y enlistan a los científicos mexicanos y nipones participantes.
El monumento fue inaugurado el 8 de noviembre de 1974 por el doctor Kiyoteru Osawa, director del observatorio de la Universidad de Tokio, que 12 años después devino Observatorio Astronómico Nacional del Japón. Asistió a la ceremonia el embajador de México, Manuel Álvarez Luna. Conmemoraban el primer centenario del evento protagonizado por los “héroes científicos” mexicanos y los japoneses que los auxiliaron en la observación del tránsito venusiano.
La placa se localiza al pie de la colina de Nogue, en la que Díaz Covarrubias estableció uno de sus dos observatorios. Con mis anfitriones visité el jardín de la familia Yamazaki, donde todavía se pueden ver los pedestales de piedra sobre los que el mexicano colocó sus telescopios en 1874. La vivienda es adyacente al torii, puerta monumental que delimita el espacio sacro del santuario sintoísta de Iseyama, consagrado a la diosa del sol, Amaterasu, ancestro mítico de la familia imperial japonesa.
Acudimos, finalmente, al cercano Instituto Ferris, afiliado a la Iglesia reformada holandesa. Está en la zona que los extranjeros del siglo XIX llamaban el Bluff, desfiladero. En esos promontorios se ubicaban sus casas, consulados y guarniciones, dentro del área extraterritorial que fue Yokohama. En la ahora sede de la preparatoria para señoritas, fue instalada la segunda estación de los mexicanos. Otra placa lo celebra. Recientemente, en marzo de 2023, la Sociedad Astronómica de Japón (ASJ) designó estos sitios “patrimonio astronómico” de su país. Fueron incluidos en la categoría que comprende edificios históricos, lugares e instalaciones de observación.4
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En Kioto, una de las ciudades más bellas y misteriosas del mundo, me encontré con el doctor Yoshikazu Morita, por décadas cálido y eficaz cónsul honorario, gran amigo de México, quien lamentablemente falleció hace meses. Entre muestras de fina hospitalidad —deslumbramientos estéticos que sólo la milenaria capital imperial puede ofrecer— me hizo un regalo especial: Viaje de la Comisión Astronómica al Japón, de Francisco Díaz Covarrubias, en facsímil numerado. La fecha del original es 15 de julio de 1876. Lo conservo con aprecio, por quien me lo obsequió, por el contenido y por las inquietudes que en mí suscitó.
La Universidad de Lenguas Extranjeras de Kioto, de la que el doctor Morita fue presidente, decidió publicar esa edición para celebrar el centenario de la expedición. El libro de Díaz Covarrubias contiene temas variados; inicia con un amplio ensayo, poco destacado en la historiografía, sobre la circunstancia mexicana de su tiempo, desde la óptica liberal, positivista y republicana. Es, también, un libro de viajes por tres continentes. Contiene un raro testimonio pluridisciplinario sobre los cambios revolucionarios que Japón experimentó a partir de la supresión del feudalismo, en los inicios de la era Meiji. Por último, es un informe astronómico detallado de las observaciones practicadas y de los informes que redactó.
Mi interés en este tema inició con un objetivo limitado. Buscaba analizar los efectos de la misión de 1874 en el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre las dos naciones y en el inicio de la migración japonesa a México. Serían dos capítulos del libro México-Japón, 130 años de relaciones diplomáticas, publicado en 2018 por el Archivo Histórico Diplomático Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Al indagar sobre Francisco Díaz Covarrubias me encontré a un hombre nada ordinario. Su carrera científica ha sido ampliamente estudiada por historiadores de la geografía y la astronomía en México. La información relativa a su vida privada es escasa, igual que su desempeño como servidor público durante la República Restaurada (1867-1876), cuando actuó como segundo del ministro de Fomento, el ingeniero Blas Balcárcel, en las administraciones de los presidentes Juárez y Lerdo de Tejada.
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Me llamó la atención la figura del joven intérprete, Kohe Yasu, uno de los pioneros de la emigración a América Latina. Apoyó a la expedición durante su estadía en Japón, de noviembre de 1874 a febrero de 1875. Fui a visitar la que fue su lejana aldea natal, en la región de Tohoku, al norte de Tokio. Es considerado héroe en esa localidad. Partió a México con Díaz Covarrubias. Años después lo acompañó en una compleja misión diplomática ante las repúblicas centroamericanas.
Tuve la fortuna de revisar y obtener una copia de su cuaderno de notas. Una especie de diario en la —para él— dificultosa lengua española. Está conservado, con otros recuerdos y publicaciones, en el modesto museo que le consagró la biblioteca municipal. Revisé asimismo Sobre el hemisferio norte, diez mil leguas, del ingeniero Francisco Bulnes, calculador y cronista de la expedición. Amigos historiadores japoneses y mexicanos me ayudaron a entender algo más de la época, los factores de política interior y exterior a considerar en ambas naciones.
En los Archivos Nacionales de Japón (Kokuritsu Kobunsho Kan, 国立公文書館), tuve acceso a valiosos documentos que jalonan la relación bilateral, al parecer no todos conocidos por investigadores mexicanos. Algunos registraron la perspectiva del gobierno imperial sobre la llegada de la misión de Díaz Covarrubias y el proceso decisorio que siguió para recibirla y apoyarla.
Me surgió la idea, desde mediados de 2017, de escribir una biografía, de encontrar la corporeidad del personaje para situarlo en su intrincado contexto. La Universidad Veracruzana me abrió sus puertas. Expertos en historia regional, literatura y geografía amablemente me compartieron datos y referencias bibliográficas. Una charla con el reputado historiador Javier Garciadiego, con su habitual generosidad, me dio la pista que he intentado seguir. El estudio de Francisco es interesante. Y mucho. Pero el de su familia podría serlo más, afirmó.
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Los hermanos Díaz Covarrubias, tres varones y tres mujeres —Francisco, Elena, Juan, Adela, José y Leoncia— nacieron en Xalapa entre 1833 y 1843. Recibieron, primero en casa, una esmerada educación. Crecieron en el ambiente ilustrado de su ciudad, abierta a las ideas dieciochescas y a la cultura europea. Disfrutaban de tertulias, lecturas y excursiones en un entorno natural de excepcional belleza. A partir de la Independencia, el puerto y la capital veracruzana, por su carácter estratégico, fueron escenarios de acontecimientos de impacto nacional. Para los Díaz Covarrubias y sus padres los pronunciamientos o las invasiones no eran sucesos lejanos cuyos ecos amortiguaban las cordilleras, como ocurría en otras regiones. En Veracruz y Xalapa se jugaba mucho del destino de la balbuceante nación.
La saga inició cuando el padre, José de Jesús Díaz Pérez —de oficio funcionario regional, poeta por vocación— siguió a Agustín de Iturbide, después de la firma de los Tratados de Córdoba, en la cabalgata más exaltante de su existencia. La etapa xalapeña de la familia llegó a término después de la muerte de aquél en 1846, durante la guerra con Estados Unidos. Siguió la ocupación de la ciudad por las tropas del general Winfield Scott, vencedor de Santa Anna en la muy cercana batalla de Cerro Gordo.
Guadalupe Covarrubias viuda de Díaz fue tan clarividente como audaz. Gracias al auxilio, más moral que material, de su paisano, el presidente liberal moderado, general José Joaquín de Herrera, emigró con sus seis vástagos a la Ciudad de México, a finales de 1848. Sus talentos no se perdieron en la provincia, desesperanzadora para chicos sin recursos. En medio de agobiantes estrecheces, Guadalupe impulsó la formación de los varones en disciplinas de prestigio, herramientas para labrarse un futuro, sin por ello abandonar la educación de las hermanas. La familia se sobrepuso al abatimiento general provocado por la derrota militar y los duros términos con los que regresó la paz, siempre episódica. Encarnaban las esperanzas de renacimiento nacional.
Francisco ingresó al Colegio de Minería; Juan, precoz y popular literato —más recordado como “mártir de Tacubaya”—, a la Escuela de Medicina; José se formó como jurisconsulto en San Ildefonso, con su mentor, Sebastián Lerdo de Tejada. Las tres hijas casaron bien. Elena con Ignacio Fuentes Clavería, quien no ocupó funciones públicas; Adela con el médico poblano Gabino Barreda, la figura más señalada del positivismo en México; y Leoncia con el congresista, abogado y diplomático campechano Juan Sánchez Azcona, padre.
En Xalapa, por el oficio del jefe de la familia y la ubicación geográfica, vivieron de cerca las sucesivas convulsiones nacionales y regionales. Igual ocurrió en la capital: la caída del presidente Mariano Arista, liberal moderado; la última dictadura santanista; la Revolución de Ayutla; la guerra de Reforma o de los Tres Años; el Segundo Imperio, y la guerra con Francia y la restauración de la República. Cuando ésta triunfó, los Díaz Covarrubias formaban una de las familias más reconocidas en el bando reformista. Francisco, José y su cuñado Gabino Barreda impulsaron la adopción de la filosofía positivista en la instrucción pública, con la creación de la Escuela Nacional Preparatoria y la escuela elemental moderna. El triunfo de la revolución tuxtepecana en 1876 catapultó al general Porfirio Díaz. El país viró. Con él cambiaron las condiciones de ejercicio profesional de los miembros de la familia de interés para este trabajo.
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Es claro que la historiografía mexicana no requiere de otro relato dicotómico o hagiográfico. Los santorales laicos son tediosos, poco veraces, discursivos. Las trayectorias de los Díaz Covarrubias y Gabino Barreda muestran los claroscuros en el arduo proceso de construcción del Estado nacional. No todo eran fusiles, metralla, violencia hecha rasgo cultural. Cada uno de ellos merece una biografía, a más de estudios sobre sus obras. De hecho, han abundado, excepto en el caso de José, a quien la derrota política llevó al olvido. Si esta indagación alcanza algún mérito, evidentemente modesto, será porque los habrá revisitado en su conjunto, como familiares y aliados de proyecto.
El estudio se inserta en una compleja y confusa avalancha de sucesos durante un dilatado arco de tiempo. Inicia el 27 de septiembre de 1821, con la entrada a la Ciudad de México del padre de los Díaz Covarrubias, detrás de Agustín de Iturbide. Concluye el 19 de mayo de 1889 con el fallecimiento de Francisco, el primogénito, en París. El gobierno del presidente Porfirio Díaz presentaba a México ante el mundo con la mejor imagen posible, real e imaginada, en la Exposición Universal de ese año. Habían transcurrido casi siete agitadas décadas en la historia nacional y en la vida de esta familia. Temibles y fascinantes rutas mexicanas, colmadas de enseñanzas, más actuales de lo que solemos admitir.
1
José de Jesús Díaz Pérez,
imberbe abanderado de Iturbide,
27 de septiembre de 1821
Embelesado, Francisco escuchaba a su padre, como a un cantor de gesta. Una y otra vez, éste rememoraba la hazaña. La que, jovencísimo, definió su vida: herencia espiritual, orgullo de los suyos. Quiso la Providencia que José de Jesús Díaz se encontrase en el centro de la escena cuando fue consumada la independencia mexicana. El niño no se cansaba de oír sus odas, romances y discursos celebratorios del parto de la Patria. Tampoco los tertulianos, los escolares o los habitantes de barrios y pueblos. La palabra de José de Jesús aliviaba el tedio provincial. “El poeta”, como le llamaban en Xalapa, adquiría, a ojos de su hijo, dimensiones colosales. El pequeño quedó marcado al fuego por los relatos del abanderado del Ejército Trigarante. También él llevaría, con honor, la enseña de México a lejanos confines. Igual que su padre, campeón comarcano de la versificación.
Agustín de Iturbide, jinete consumado hecho en las fuerzas de caballería y en los trabajos del campo, marchó de Chapultepec al corazón de la capital. Habiendo llegado desde tierras veracruzanas, aguardó unos días en las goteras de la ciudad. Quiso que la entrada coincidiese con su trigésimo octavo cumpleaños.1 El azar y su voluntad le permitieron darse el festejo más esplendoroso imaginable. Al tiempo de triunfar iniciaba la funesta proclividad de los caudillos: confundir la Patria con su persona. Enhiesto, enérgico y galante, cual caballero de real maestranza, avanzaba en danza ecuestre: lento el trote, pequeños y airosos saltos, arrancaba suspiros.2
Encabezaba a unos 16 mil trigarantes, ejército dual, antiguo realista e insurgente.3 Los soldados marchaban entre flores. El público las lanzaba, con pañuelos y perfumes. Los balcones mostraban los objetos más preciados de sus propietarios. Algunas osadas doncellas abrazaban a militares y corrían. La multitud llenaba las calles; agitada, se arremolinaba en las plazas, colmaba las azoteas.
Los más intrépidos capturaban un vistazo desde las cúpulas o los campanarios de las iglesias. Querían guardar ese día en su memoria. Entre canciones y versos, “México se engalanó como la joven que espera al amado”. Celebraba, por lo alto, su emancipación. En medio de la embriaguez general, fugazmente se borraron los enconos, las angustias. Vivas sin fin acompañaban el desfile. Parecían disolverse las diferencias entre banderías políticas, aristócratas y pueblo llano.4
Detrás de Iturbide cabalgaba José de Jesús Díaz. Redondos los ojos, sonrisa congelada, entre sueños. Llegado de Xalapa, era casi un niño. Sostenía el pendón de las franjas diagonales. Tres colores, tres estrellas: Independencia, Unión, Religión.5 No estaba lejos cuando aquél recibió las llaves de la ciudad, al pie del efímero arco de triunfo, donde finalizaba la Alameda e iniciaba la calle de San Francisco, con su inmenso convento.
José de Jesús escuchaba el estruendo de los vítores y la música. Aspiraba desconocidas fragancias que arrojaban damas adineradas. Descubrió las rectilíneas avenidas, tan distintas de las empinadas callejas xalapeñas. Lo deslumbraron los edificios y palacios recubiertos de rojizo tezontle. Lucían tapices y guirnaldas tricolores. En algunos, cintilaban azulejos. En medio de la dicha sin fisuras, no pocos se abrazaban. Llegaba “el sueño de la libertad en la abundancia… la fantasía de México como la tierra prometida…”.6
EL TRONO DE ANÁHUAC
“Se percibían algunas veces los gritos de viva el emperador Iturbide; pero este jefe tenía la destreza de hacer callar aquellas voces, que podían alarmar a los dos partidos que ya comenzaban a pronunciarse, y eran los republicanos y los borbonistas”.7 Por unas horas se borraron los espantos de la guerra. El futuro parecía radiante bajo la guía del “genio superior enviado de la Providencia”.8 Los contingentes desembocaron en la plaza pletórica, grande entre las grandes. Frente al antiguo palacio de los virreyes, con su doble planta, esperaba a Iturbide Juan O’Donojú, capitán general y jefe superior político, título conforme a la Constitución de Cádiz.
Con el último virrey, liberal y antiguo ministro de la Guerra, Iturbide había pactado, tres semanas antes, el 24 de agosto, la separación pacífica entre la metrópoli y la Nueva España. Los Tratados de Córdoba, instrumento para la firma del cual O’Donojú no tenía facultades, reservaban la nueva corona al monarca español. O a uno de los príncipes de su casa, limitativamente señalados. En caso de que ninguno aceptase, el Congreso mexicano quedaría en libertad de designar al soberano.
Lo acordado en los Tratados de Córdoba sería declarado, en Madrid, por las Cortes, seis meses después, “ilegítimo y nulo en sus efectos para el gobierno español y sus súbditos”.9 El Parlamento y la Casa Real lanzaron por la borda los derechos que les reconocieron los independentistas mexicanos, para ellos vasallos de un reino en rebeldía. Al rechazar lo convenido en Córdoba, dejaron la vía libre a un monarca criollo: el “que las Cortes del Imperio (mejicano) designaren”. Lo convenido no abría las puertas, en último caso, a “otro individuo de casa reinante”, como había establecido el artículo 4 del Plan de Iguala.10 La ausencia de conciliación acrecentó las pérdidas, tanto para la naciente nación como para la antigua metrópoli.11 Por segunda ocasión, Fernando VII careció de la determinación de los Braganza portugueses. Perspicaz, Juan VI, el monarca lusitano, se había trasladado con su corte a Brasil, en 1807, para evitar la humillación napoleónica y preservar sus dominios.12
Prelados y dignatarios acompañaban a O’Donojú. De acuerdo con la crónica del primer número de la Gaceta Imperial de México, en un lienzo del templete podía verse “el trono de Anáhuac: un genio con carcaj, arco y macana lo sirve, y, a sus pies, le rinden pleitesía las antiguas naciones europeas”. Era como si se estuviese clausurando, tan sólo, un paréntesis de tres siglos. La pintura reivindicaba la visión gloriosa del prehispánico Imperio mejicano, germen de nacionalidad, enaltecido por los criollos ilustrados del siglo precedente. Iturbide, como otros caudillos de su tiempo, veía como arquetipo a Napoleón, sin comprender que era imposible quemar o replicar las etapas que Bonaparte había cumplido en la Francia revolucionaria. Iturbide debía, al tiempo, ser un nuevo Netzahualcóyotl.13 “Se prolongaba el monarquismo novohispano, con residuos de las teocracias mesoamericanas”.14
Iturbide, coronel realista en retiro había sido designado “comandante general del sur”, para actuar contra Vicente Guerrero (1782-1831). Actuó en alianza con el alto clero y los grandes propietarios, que recurrieron al Ejército ante la amenaza del liberalismo español. Prefirieron separarse de la metrópoli antes que regirse por la Constitución de Cádiz de 1812.15 Fernando VII se había visto obligado a aceptar su vigencia después del triunfo de la rebelión militar de 1820 encabezada por el coronel Rafael de Riego. Su movimiento se oponía “al despotismo peninsular y al intento de aniquilar los movimientos independentistas americanos”.16 Ese mismo año, las Cortes decretaron incautar los diezmos, abolir la Inquisición y cancelar el fuero eclesiástico. El pacto de Iturbide y Guerrero permitió romper el impasse y culminar el proceso independentista iniciado 11 años antes.
El 27 de septiembre de 1821 fue el “día más fausto que pudiera ver la nación mexicana”. Desde el balcón principal del edificio gubernativo, Iturbide y O’Donojú presenciaron el desfile de las tropas.17 La Catedral fue iluminada para el Te Deum, “rendido reconocimiento” al jefe trigarante. Éste “al unir a los novohispanos había actuado con acierto y destreza”.18 El 28 de septiembre fue instalada la Junta Provisional Gubernativa, compuesta por 38 miembros designados por el vallisoletano.19 Eran eclesiásticos, funcionarios, nobles criollos, militares, comerciantes y un hacendado.20 Después de rebautizarse “Junta Soberana”, sus miembros suscribieron el Acta de Independencia. Sin desconocer la valía de los elegidos, es imposible pasar por alto que el ya “Generalísimo de los Ejércitos de Mar y Tierra” omitió incluir a los insurgentes de mayor raigambre popular: Guerrero, Guadalupe Victoria (1786-1843) y Nicolás Bravo (1786-1854) cuando triunfaba su lucha de dos décadas.
Iniciaba la fractura de la coalición libertadora. O’Donojú, quien formaba parte de la Junta, falleció de pleuresía el 8 de octubre.21 El liberal peninsular no tuvo tiempo para enviar emisarios a explicar los motivos por los que reconoció lo irreversible de la independencia. La nueva nación, separada de facto, deseaba mantener lazos con la antigua metrópoli. La determinación unilateral le habría parecido a O’Donojú atenuada por la propuesta de establecer un régimen “monárquico, constitucional, moderado”, encabezado por el rey, uno de los príncipes españoles o, en caso de no aceptar, por un soberano criollo. “Iturbide, como presidente de la Junta y regente del Imperio, aun habría podido enviar emisarios a Madrid, pero no lo hizo”.22
RECORDACIÓN VERSIFICADA
José de Jesús Díaz nunca olvidaría el día en el que todo era “júbilo, gala, todo regocijo y fiesta”:
… y aunque ni el bozo siquiera
sobre mi labio asomaba,
ya seguí tras de la enseña
tricolor y[,] en la Ciudad
de México, entré con ella…
Desde pequeño, su “amado padre”, Juan Feliciano Díaz Santos, “le había hecho apreciar la vida, proezas y declive… la sensible tragedia” de José María Morelos. El recuerdo del cura y líder militar lo acompañó en la tumultuosa ciudad. Sufrió al recordar su excomunión y fusilamiento:
… pero en la marcha triunfal
recordé la historia acerba
con dolor, y a tu memoria
pagué una lágrima tierna.23
A caballo, bandera en mano, entre música y fanfarrias, José de Jesús era la alegoría de la patria triunfante, en masculino. Una estampa escolar en el festivo advenimiento. “En su romance El cura Morelos —fechado en Xalapa, el 13 de septiembre de 1845— dejó testimonio de esta acción militar”.24 Encarnaba, por su edad y su origen, las promesas del porvenir. Mestizo, era uno de los que “siendo nada aspiraba a ser algo para después buscarlo todo”.25
Nació en San Pedro Cholula, al pie de la pirámide montaña —centro ceremonial a escala mesoamericana— el 9 de abril de 1807.26 Su familia se avecindó en Xalapa, cuatro o cinco años después.27 Por la rama paterna provenía de indígenas principales tlaxcaltecas, progresivamente españolizados. Su abuela, María Josefa de los Santos, heredó la condición de “india cacique”, en Nativitas, cerca de la actual Cacaxtla, y casó con español. La madre, zacatecana, descendía de andaluces.28
El desempeño militar de José de Jesús fue simbólico. No participó en hechos de guerra. Agustín de Iturbide, por la amistad que dispensaba a su padre, permitió a éste adquirir un grado militar, sin mando, para su hijo.29 Xalapa y la región central veracruzana vivían una gran agitación en vísperas de la Independencia. José de Jesús fue tratado con favor por dos trigarantes xalapeños: José Joaquín de Herrera (1792-1854), entonces coronel, y el teniente coronel Antonio López de Santa Anna (1794-1876). Éste, en abril de 1821, después de haber combatido encarnizadamente a los insurgentes, decidió unirse a los independentistas, igual que otros oficiales. De Herrera, su contemporáneo y paisano, exmilitar realista, liberal moderado y boticario en Perote, lo convenció pacientemente de las ventajas que tal paso acarrearía.30
José de Jesús jamás olvidaría los vítores, el repique de campanas, la magnificencia de la que había sido la ciudad más poblada del Imperio, después de Madrid. La mayor, “tanto de América del Norte como del Sur”.31 La impronta sería imborrable. Entre lo real y lo ilusorio, transfigurado, su existencia sólo tendría sentido, desde entonces, al servicio de la Patria, su ideal. La cantaría como la deseaba: heroica, alegre, pródiga. El feraz paisaje de su infancia extendido a todo el territorio. No resistiría los tumultuosos acontecimientos de las décadas siguientes. Las narraciones de José de Jesús y sus poemas despertarían entusiasmo en Xalapa. “El poeta” sería recordado localmente por largo tiempo. Aún hoy. De allá salió, a los 14 años, para vivir su epifanía, acto fundacional de su familia, el 27 de septiembre de 1821. Habría sido imposible imaginar un episodio más exaltante para iniciar la saga decimonónica de esa familia, marca indeleble de sus futuros hijos, los ilustrados Díaz Covarrubias.
RIQUEZA APARENTE; RUINA ECONÓMICA Y FISCAL
Al marchar en la capital, el joven José de Jesús Díaz no podía ver el reverso de la brillante moneda, que a tantos cegaba. Era ostensible la miseria de los soldados insurgentes. Muchos vestían harapos. El parto del nuevo Estado independiente llegaba entre “los más negros augurios”.32 Las cicatrices de la lucha independentista eran profundas. Desde 1810 se había extinto un décimo de la población. La fuerza de trabajo disminuyó en unas 600 mil personas.33 La producción de las minas —inundadas, abandonadas— se redujo a menos de un cuarto; la agrícola y la manufacturera descendieron, se estima, a la mitad. Cayeron el ingreso per cápita y el consumo de alimentos. En 1820, la renta pública fue de 9 millones; los gastos ascendieron a 13. Los déficits serían crónicos y críticos, hasta finales de siglo.34 Dadas las desastrosas condiciones económicas, “se ensanchó la brecha entre el antiguo virreinato y los países en rápido desarrollo del Atlántico norte”.35
Desde inicios de siglo, el capital novohispano no había cesado de ser trasladado a la metrópoli. La penuria financiera sería, casi todo el siglo XIX, la constante de cada gobierno. La Ley de Consolidación, promulgada en 1798, se hizo vigente en la Nueva España por real cédula en 1804.36 Las reformas borbónicas, además de la elevar la carga fiscal, obligaron a los deudores a liquidar sus hipotecas con la Iglesia. Muchos quedaron arruinados. La Mitra refaccionaba actividades productivas, poseía haciendas, arrendaba inmuebles rurales y urbanos.37 El numerario fue transferido a España para aliviar las finanzas de la Corona, agotadas por las guerras europeas. Siguieron las contribuciones para sostener la resistencia a la invasión napoleónica o “guerra de independencia” española.
El traslado de riquezas aumentó por los temores de los peninsulares acaudalados ante la revolución campesina de 1810. Unos 50 mil españoles residían en México al inicio de la segunda década.38 Su expulsión posterior agudizó la hemorragia financiera.39 La nación recibió una pesada herencia. Eran multitud los soldados que no podían cobrar sus haberes; las viudas y los huérfanos, desamparados.40 La deuda pública acumulada entre 1780 y 1820 ascendía a unos 40 millones de pesos.41 Las calamidades económicas podrían haber sido superadas con un proyecto de nación compartido entre las élites: un régimen ordenado y austero “tal vez hubiera hecho el milagro”.42
La ruptura fue amarga, prolongada y costosa para ambas partes. Ni España ni los países de la Santa Alianza (pacto restaurador creado después de la derrota final de Napoleón I) reconocían la independencia.43 Pendía la amenaza de la reconquista. San Juan de Ulúa continuaba bajo control español. México nacía aislado y en bancarrota, agudizada por la necesidad de obtener préstamos gravosos, sin finalidad productiva. El reconocimiento español tardaría 15 años. Más del doble de lo que tomó a Estados Unidos normalizar sus relaciones con Inglaterra.
La dilación agravó los enconos. José María Luis Mora, el ideólogo liberal más señalado de la primera mitad del siglo, escribiría en 1835, un año antes del reconocimiento, que a pesar de que “en el fondo del carácter mexicano todo es español, pues no ha podido ser otra cosa… [es preciso] borrar hasta los últimos rasgos del carácter español por la poca o ninguna disposición para imitar nada de lo que de allá pudiera venir”. Mora veía a Francia e Inglaterra como países modelo y fuentes de apoyo, dado “su poder, riquezas y progresos en la civilización”.44 El Vaticano aceptaría la independencia también en 1836. Este retraso demeritó los vínculos Estado-Iglesia. No se suscribió un concordato con Roma, a pesar de que cada gobierno estuvo, hasta 1857, “constitucionalmente obligado a proteger el monopolio confesional de la Iglesia católica”.45
Irónicamente, la Mitra ganó su propia autonomía frente a los poderes civiles, de la misma manera que el Ejército adquirió un peso que no tenía en la Colonia. Con la independencia quedó cancelado el patronato regio, que otorgaba poderes a los reyes españoles en la vida interior de la Iglesia, como la designación de obispos o la apertura de curatos.46 El monarca era el patrono en la península; el virrey, vicepatrono en Nueva España. Sin concordato quedaron indefinidas “las reglas que debían normar las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado, cuya estrecha colaboración se había asumido, hasta entonces, como indispensable para el progreso moral de la sociedad y el afianzamiento del poder público”.47
La Iglesia, pilar de la era virreinal, mantuvo, después de la Independencia, la exclusividad de la vida espiritual. Aun habiendo sufrido pérdidas durante la guerra, dada la general degradación económica, era con diferencias regionales, principalmente en el centro y el Bajío, la principal entidad propietaria y fuente de crédito.48 Normaba los actos fundamentales de la vida, desde el nacimiento hasta la tumba. Su red capilar en el espacio geográfico le permitía una presencia mayor a la que tenían gobiernos o bandos políticos. Prestaba servicios de registro de población, hospitalarios y asistenciales: las obras pías. Modelaba las conciencias mediante el monopolio educativo; resolvía sobre la moralidad de las publicaciones, lo que fuera el Índice. Las fiestas patronales y los actos religiosos jalonaban los meses y los días. La religión impregnaba profundamente la vida de los mexicanos.
“El nuevo país constituía un abigarrado conjunto de regiones, grupos sociales e intereses diversos y contradictorios. Sus desacuerdos y pugnas acerca de la forma de gobierno y sociedad que deseaban construir imprimirían al siglo un sello característico de agitación”.49 Tomarían ímpetu los torbellinos que arrastrarían al país: “militarismo incontrolable, bandolerismo, violencia política… México debía empezar el proceso de rehacer sus estructuras políticas, económicas y sociales”.50
VERACRUZ Y XALAPA, CENTROS ESTRATÉGICOS
El puerto de Veracruz fue el cordón umbilical que unió la Nueva España con la metrópoli. Por ahí llegaban las importaciones, los migrantes, los virreyes y los jerarcas eclesiásticos. Ahí se embarcaban los metales y otras materias primas, en obligada asimetría colonial.51 En las tierras bajas proliferaban las enfermedades tropicales más temibles para viajeros e invasores.
Xalapa, cercana al puerto, en alturas más clementes, era refugio y respiro, un mejor lugar para comerciar y habitar. Hasta el siglo XVI, había sido un caserío. Todo cambió cuando, en 1720, obtuvo el real privilegio de ser la sede de las ferias. Se habían realizado hasta entonces en la capital novohispana. Por 46 años, con intermitencias, disfrutó del lucrativo monopolio. “El espectáculo era magnífico. Traficantes, marineros de la flota, arrieros, comerciantes del interior, forasteros atraídos por el resplandor de las ganancias, faquines y recuas interminables que llegaban del puerto de Veracruz, de la Ciudad de México, de Puebla y otras provincias se desbordaban sobre calles, plazas y plazuelas, tiendas, bodegas y mesones entre el regateo de precios y el grito de los pregones”.52
Con el comercio vino la prosperidad.53 Las flotas españolas traían, además de mercaderías, los libros y las ideas de la Ilustración. Su ubicación le dio a Xalapa un carácter cosmopolita, más abierto a las novedades del pensamiento que otras ciudades, lejanas, aisladas por las serranías. Xalapa se distinguía por su curiosidad intelectual.54 Dos cédulas reales de Carlos IV, del 18 de diciembre de 1791, le dieron el rango de villa y la dotaron de un escudo de armas. Para destacar la benignidad de su clima, se ve brillar en éste un lucero entre los cerros. El caduceo de Mercurio simboliza el comercio, fuente de su riqueza. Desbordan flores de una cornucopia.55
En el México independiente, otros puertos de altura fueron autorizados a comerciar con el exterior. Sin embargo, Veracruz mantuvo 70% de los intercambios internacionales en los años subsiguientes.56 Xalapa de las ferias ya no lo era más, pero “su ubicación geográfica dentro del sistema de comunicaciones de la región central de Veracruz, le permitió adquirir importancia como punto de paso en la ruta de ascenso al Altiplano”.57
El control del puerto de Veracruz sería un asunto existencial para los precarios gobiernos del México independiente. Eran vitales los ingresos de la aduana. Lo regional adquiriría resonancias nacionales. Dada su localización estratégica y elevado protagonismo económico, militar y político, Veracruz fue, durante la primera mitad del siglo XIX, “el alfa y el omega de las revoluciones de México”.58 Xalapa era una de las principales comunidades urbanas del país en los inicios del siglo XIX.59
LA CONSTANTE INCONSTANCIA DE SANTA ANNA
El 19 de mayo de 1822, Agustín de Iturbide fue proclamado, “por la Divina Providencia y por nombramiento del Congreso”, emperador constitucional del Imperio mejicano. Santa Anna hizo público el decreto, en Xalapa, seis días después. Utilizó términos nada acordes con la sobriedad recomendada en el Congreso por el entonces diputado José Joaquín de Herrera, ya ascendido a brigadier. Desagradaba a éste el diluvio de adulaciones que llegaban a México desde las provincias. Competían en cortesanía. Anunciaban una tendencia lamentable: el “alivio infantil de delegar preocupaciones y decisiones en una omnipotente figura, paterna y protectora”.60
Santa Anna ofreció al “amado emperador” ser, con las tropas por él comandadas, su más constante defensor, “hasta perder la existencia”. El gesto y las promesas no diluyeron el mutuo recelo que teñía la relación entre esos dos hombres. Iturbide fue coronado por el borbonista —monarquista proespañol— Rafael Mangino (1788-1835), presidente del Congreso, el 21 de julio de 1822, frente al altar mayor de la Catedral. Asistieron los obispos de Puebla, Guadalajara, Durango y Oaxaca. Agustín I coronó emperatriz a su esposa, Ana María Huarte, como Napoleón había hecho con Josefina en Notre Dame de París.61
El emperador llegó a Xalapa el 22 de noviembre, menos de un mes después de haber disuelto el Congreso. Intentó esa solución radical como remedio a sus desavenencias con el Legislativo. La mayoría de sus miembros eran borbonistas o republicanos. Entre estos últimos, fue tomado preso José Joaquín de Herrera, para desagrado de sus paisanos. El peso de la comunidad peninsular hizo que Agustín I fuese recibido con “mucha frialdad”.62 Es imaginable, sin embargo, el entusiasmo de otros. Debe haber sido el caso de José de Jesús Díaz. El pequeño abanderado no sufrió exacciones, encarcelamientos o vejámenes. La comitiva imperial dejó un sentimiento de profundo descontento entre los pudientes de Xalapa.63
El monarca permaneció allí una semana. Declaró abiertas las “hostilidades” contra la antigua metrópoli. El motivo oficial de su viaje había sido atender el empeoramiento de la situación de la fortaleza de San Juan de Ulúa, último reducto español. Pero el verdadero motivo era neutralizar a Santa Anna. “Por requerir sus servicios”, Agustín I le ordenó trasladarse a la capital. Le retiraba así el control del estratégico puerto. Santa Anna aparentó aquiescencia. Le pidió ir antes a Veracruz para “arreglar negocios particulares y entregar el mando”.64 El ya general brigadier cabalgó toda la noche y llegó antes que la noticia de su cese. Se sublevó de inmediato. Acusó a Iturbide de ser “el déspota más injusto”.65 Actuó animado “por los ofrecimientos de los sectores mercantiles de Xalapa y de Veracruz”.66
Inauguró así una carrera en zigzag: “recorrió a lo largo de su aventura política todos los matices del federalismo y del centralismo, sin ser nunca otra cosa que propiamente santanista”.67 El 2 de diciembre reunió a las tropas, mandó tocar generala y desfiló por las calles del puerto al mando de 400 hombres. Proclamó el Plan de Veracruz que desconocía a Iturbide, condenaba la disolución del Congreso y preveía la convocatoria de otro, republicano y constitucional. Sancionaba los principios de igualdad, propiedad y libertad.68 Ordenaba, por último, establecer de manera inmediata e interina el giro comercial con la península, verosímilmente el verdadero objetivo de la oligarquía veracruzana.69
ALIANZA IMPROBABLE: SANTA ANNA Y GUADALUPE VICTORIA
“La rueda de la fortuna giraba a favor de Santa Anna… sus aciertos fueron contundentes, como si todo lo hubiera pensado y previsto en una agenda secreta… o bien habría que reconocer que tenía una singular capacidad de organización y de improvisación”.70 Le ayudó que Guadalupe Victoria se encontrase fortuitamente en Veracruz. El persistente insurgente, de convicciones republicanas, firmó con él, el 6 de diciembre, otra versión del plan, más atractiva.71
Victoria —José Ramón Adaucto Fernández, nativo de Tamazula, provincia de Nueva Galicia, hoy Durango— gozaba de gran prestigio popular. Irreductible, excepcionalmente valeroso, no aceptó la amnistía que siguió a las derrotas y ejecuciones de Hidalgo y Morelos. Siguió combatiendo en Veracruz. Cuando ya no fue posible continuar, pasó años de auténtico anacoreta, guarecido en cuevas y florestas del sotavento veracruzano. Santa Anna y Victoria, aliados transitorios, alegaron que Iturbide había forzado la voluntad del Congreso. Al proclamar la nulidad de la investidura imperial, abrieron el camino a un nuevo régimen.72
Nicolás Bravo, rico propietario, y Vicente Guerrero, hombre del pueblo, encastado, que hacía recordar la “subversión social y racial de la guerra de independencia”, abandonaron la Ciudad de México. Desde la tierra caliente, dieron un fuerte impulso a la sublevación santanista”.73 Iturbide ordenó al general José Antonio de Echávarri (1789-1834), capitán general de Puebla y Veracruz, combatir a Santa Anna. Le instruyó “levantar un cadalso en cada calle para los malvados”.74 Echávarri lo intentó, sin éxito. Sitios, escaramuzas, proclamas y contraproclamas. Retórica e intrigas. Santa Anna fue derrotado el 21 de diciembre de 1822 al intentar tomar Xalapa, su tierra.75
Daba inicio la interminable tragedia y comedia nacional: lealtades declarativas, piruetas políticas. El enviado del emperador se levantó contra él. Echávarri lanzó el Plan de Casa Mata el 1 de febrero de 1823. Demandaba convocar a un nuevo congreso.76 Su plan era más moderado que el de Santa Anna y Victoria. Afirmaba que nunca atentaría contra la persona del emperador. La clave: el Ejército devenía árbitro supremo, lo que no ocurría bajo los virreyes. Había llevado al poder a Iturbide, ahora lo derrocaba.77 La propuesta de Echávarri fue aprobada por el ayuntamiento del puerto y, “con regocijo extraordinario”, por el de Xalapa.78 Para mediados de marzo se habían sumado 11 provincias más.79 En la capital desertaron en masa cuerpos de soldados que pusieron en libertad a los diputados encarcelados, entre ellos a José Joaquín de Herrera.
El imperio perdió toda viabilidad política, militar y financiera. Agustín I, en realidad “último en los anales de su efímero imperio”,80 sin dinero, privado de apoyos, abdicó el 19 de marzo de 1823.81 La velocidad de las adhesiones al Plan de Casa Mata ha sido explicada por la acción de las logias y de los “factores de poder”, que preferían el triunfo de Echávarri al del “hiperactivo veracruzano” y los insurgentes que con él habían hecho causa común.82 Temeroso de la autocracia, el Congreso designó a un triunvirato de generales para sucederlo en el Supremo Poder Ejecutivo: Pedro Celestino Negrete (1777-1846), Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo.83
El pronunciamiento de Santa Anna en Veracruz “fue la primera defensa abierta y decidida del sistema republicano en México”.84 El arraigado monarquismo fue puesto en cuestión. El xalapeño no accedió de inmediato al poder, pero quedó marcada la ruta que seguirían en adelante los militares desafectos.85 Juan Díaz Covarrubias, el segundo de los hijos de José de Jesús, diría, 34 años después, que el caudillo, su paisano, “fundó la escuela de rebeliones y motines que desde entonces han ensangrentado al país”.86 Lucas Alamán, historiador e ideólogo conservador, durísimo crítico de Iturbide y del desorden imperante, hizo un balance lastimoso de lo que observó en 1822: “un trono caído en el ridículo desde el momento en que se erigió… dejando un erario exhausto, todos los fondos públicos destruidos; el comercio aniquilado; la confianza extinguida; los propietarios hostigados con los préstamos forzosos… restablecidas las gavelas… las opiniones discordes; los partidos multiplicados y sólo de acuerdo en derribar lo que existía…”.87
El país estaba al borde de la desintegración: “El 1 de julio (de 1823) Centroamérica votaba su separación, al igual que Chiapas, si bien esta última se mantendría indecisa hasta septiembre de 1824, cuando se unió de nuevo a México”.88 Iturbide, tratado con respeto, se embarcó, el 11 de mayo de 1823, en la desembocadura del río de La Antigua, en la fragata Rowlings, rumbo a Italia. Lo acompañaban su esposa y ocho hijos.89 Al año siguiente regresó desde Inglaterra, alarmado, adujo, por la inminencia de una invasión española. Fue ejecutado sumariamente, como un bandolero de camino real. Ignoraba que había sido condenado en ausencia, “siempre que se presente bajo cualquier título en algún punto del territorio mexicano”. Cayó el 19 de julio de 1824, en Padilla, cerca de Soto la Marina, Tamaulipas. La ruta hacia la construcción del Estado y la nación empezaba abrupta, con sanguinarias brusquedades.
FEDERALISMO PARA EVITAR LA IMPLOSIÓN
VERACRUZ, ESTADO MIEMBRO
Para salvaguardar la integridad territorial e impedir su desagregación en pequeñas repúblicas, México optó por el federalismo dos veces consecutivas. El 31 de enero de 1824 el Congreso adoptó el Acta Constitutiva de la Federación. Producto de la geografía y de autonomías reales, no podría explicarse como mera réplica del sistema estadounidense. Esta interpretación no reconoce realidades complejas. Jalisco, Zacatecas, Oaxaca y Yucatán ya habían declarado su soberanía. “La tradición nunca había sido tan centralista como los centralistas argüían”.90 El 4 de octubre de 1824, después de casi un año de deliberaciones, el Congreso retomó el modelo con la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Buscaba satisfacer las aspiraciones autonómicas en un mosaico de contrastes, diversidad y disparidades.
Sin embargo, las grandes crisis alentarían algunas tentaciones separatistas. La solidaridad con la Federación no sería la regla, incluso en momentos de grave peligro. El federalismo no podía resolver, por sí, las tensiones del centro con las fuerzas centrífugas: cacicazgos, caudillajes, contrastantes identidades regionales, comunidades autóctonas.
Tampoco mostraría viabilidad el sistema unitario francés implantado por Napoleón I: prefectos nombrados para gobernar departamentos territoriales, meras extensiones del poder central. Por tanto, carentes de personalidad jurídica y de ejecutivos electos. México era un país, nominalmente, de unos 4 millones de kilómetros cuadrados (nadie lo sabía con certeza), mal comunicado, escasamente poblado más allá del centro y el Bajío. En el norte, praderas y desiertos; después, tierras ignotas y gélidas que se difuminaban en el horizonte. Al sur, los imprecisos límites se perdían en los entramados de las selvas perennemente verdes, hacia el istmo centroamericano.
En un tema crucial, el artículo tercero afirmó, no era novedad, desde Apatzingán en 1814: “La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana. La nación la protege con leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”.91 Si bien la Constitución de Estados Unidos fue la que más influyó el diseño de la mexicana (federalismo, sistema bicameral, división de poderes), en este punto no la siguió. La primera enmienda de la carta estadounidense previó lo opuesto: “El Congreso no podrá dictar leyes para el establecimiento o prohibición de religión alguna”.92 Inversamente, la irresuelta cuestión de la esclavitud provocaría en el país del norte un conflicto de la mayor gravedad.
Veracruz fue uno de los 19 estados fundadores de la Federación. El 3 de junio de 1825, su propia constitución lo definió como “libre, independiente y soberano en su administración y gobierno interior”.93 Fue dividido en 12 cantones, sujetos a cuatro departamentos. La religión católica fue declarada oficial. En sintonía con la Constitución federal, preservó los fueros eclesiástico y militar. Consecuentemente, no reconoció la —en todo caso muy teórica— igualdad ante la ley.94 Dado que ofrecía más seguridad, la capital quedó en Xalapa. Desde San Juan de Ulúa, de tanto en tanto, la guarnición española bombardeaba el puerto. El desembarco era amago permanente.95
Guadalupe Victoria prestó juramento como presidente el 10 de octubre de 1824, con Nicolás Bravo como vicepresidente. La ceremonia fue sobria. El 21 de marzo de 1829 concluyó legalmente su periodo, una de las excepciones del siglo, a pesar del levantamiento de Bravo, quien fue exiliado. Victoria era hombre “adusto, modesto, discreto e íntegro, aunque ensimismado —de ahí su timidez— y dueño de un recio, aunque no ostentoso, carácter”.96
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La Xalapa de los Díaz Covarrubias:
florida y literaria
Antes de cumplir 20 años, José de Jesús Díaz ingresó como escribiente en la Secretaría de Gobierno. Sería, con intermitencias y angustias, servidor público regional durante la tercera y cuarta décadas. Tenaz, competente, acuciado por la necesidad, ascendería poco a poco el escalafón del gobierno veracruzano. Hizo carrera en medio de la agitación política y las penurias presupuestales.1
Para un joven autodidacta, sin recursos, diligente y de buena reputación como era José de Jesús, Xalapa ofrecía pocas opciones además del servicio público. Desde 1827 hay registro de su condición de “empleado” en la administración del estado de Veracruz. Acababa de cumplir 18 años.2 Reconocido como “honrado, con muchos conocimientos y de finos modales, se ligó al grupo santanista”.3 Su caso no fue excepcional. El sentido de nación era todavía un concepto vago y en discusión. Primaban las solidaridades tradicionales. “Xalapa, al igual que otras regiones de Veracruz, para defender sus propios intereses, otorgó su apoyo a Santa Anna a cambio del favor del paisano”.4
La atmósfera política se enrarecía. Parecía reflejar las densas neblinas de Xalapa, el azote repentino de los huracanes. Entre 1827 y 1829 se hicieron más agudas las pugnas entre las logias yorkina y escocesa. Aquélla, de orientación republicana y liberal, era partidaria de la autonomía regional. Además, hostil a los españoles. Resentía la permanencia de peninsulares en los puestos públicos, el no reconocimiento de la independencia y los bombardeos a Veracruz. Los escoceses, conservadores, apoyaban un Estado central fuerte, asentado en los dos pilares del régimen colonial: la Iglesia y el Ejército. Yorkinos y escoceses fueron los embriones de los partidos liberal y conservador.5 Las dos grandes corrientes políticas no constituirían estructuras formales y modernas con reglas para dirimir las disputas por el poder. Los vínculos clientelares, familiares, de paisanaje y de compadrazgo tendrían un peso considerable en las cambiantes filiaciones.6
EL INTRÉPIDO HIJO DE MARTE
En 1828, “por enfermedad del secretario”, José de Jesús Díaz refrendó por primera vez un decreto. Era vicegobernador el general Antonio López de Santa Anna.7 El 9 de marzo del año siguiente, aquél fue nombrado oficial mayor del estado, su primer puesto como titular de una oficina pública.8 Con su nuevo carácter, refrendó, el 23 de aquel mes, juntamente con el vicegobernador, el decreto 156 del Congreso veracruzano. Su único artículo dispuso: “Es gobernador constitucional del Estado el ciudadano general de brigada Antonio López de Santa Anna”.9 Quince días después, el nuevo ejecutivo fue declarado “benemérito del Estado”.10
Esta distinción ocurrió antes del triunfo del ejecutivo y comandante militar de Veracruz sobre el general peninsular Isidro Barradas. La esperada invasión ocurrió en Tampico, en julio de 1829. La rapidez y eficacia con la que Santa Anna reaccionó ante el intento hispano de reconquistar México lo elevó en el aprecio popular.11 Veracruz contrastó con otros estados que, ante la emergencia, “no cooperaron proporcionalmente… el sentido extremo con el que se interpretaba el federalismo, más la fuerza que daba la geografía misma del país a la autonomía, iba a ser la realidad contra la que se estrellarían todos los gobiernos, incluyendo los centralistas”.12
Santa Anna movilizó milicias, requisó armas, lanzó proclamas, impuso préstamos forzosos. Inflamó el patriotismo, galvanizó la resistencia. Improvisó una flota para trasladar tropas y pertrechos a Tuxpan. Combatió a los españoles fuera de jurisdicción, en el sur de Tamaulipas. Por la laguna de Tamiahua transportó a sus hombres en canoas para atacar a las tropas de Barradas, unos 3 mil hombres.13 Le ayudaron el clima y los insectos, más hostiles a los ibéricos que a los veracruzanos. Los españoles resintieron el golpe psicológico de no ser recibidos como esperaban.14 Barradas capituló dos meses después de su arribo.15 Santa Anna, gracias a su audacia y buena fortuna, suplió, con éxito, la debilidad militar y financiera del gobierno nacional, que enfrentaba una crítica situación hacendaria.16 Siempre dueño de la escena apareció como vencedor único, en detrimento de la distinguida participación del general Manuel Mier y Terán, él sí un auténtico insurgente.17
En octubre, Santa Anna entró en Xalapa, “teatral y victorioso”.18 El ayuntamiento organizó desfiles, bailes y banquetes en su honor. Desde el 29 de agosto anterior había sido ascendido a general de división por “su compadre y amigo”, Vicente Guerrero, presidente de la República.19 Hizo entrega solemne a la legislatura de una bandera arrebatada al enemigo. Varios estados lo consagraron como ciudadano honorario. “El bravo general Santa Anna, ese intrépido hijo de Marte…” fue declarado por el Congreso General, “benemérito de la Patria”.20 Era “un héroe de guerra y el país disfrutó la alegría de la victoria”.21 A los 35 años pudo “lo que ningún otro había logrado. Ni Hidalgo, ni Morelos, ni Iturbide: humillar a España”. En adelante, él y sólo él encarnaría la legitimidad.22
Apoyado por el Ejército y su capacidad de seducción popular, sería por medio siglo la figura central de la política nacional. Sus dotes “eran las de un ventrílocuo o ilusionista, y su poder sobre sus compatriotas tenía en sí algo de patológico. Era vacío, ampuloso, sentimental, cruel, voluptuoso y sin escrúpulos, pero pintoresco y encantador”.23 El pueblo, seducido, depositaría en él “una esperanza mágica de omnipotencia”. El general buscaría en adelante “el poder para sí y va a tratar a la república… como cosa suya”. Los mexicanos confundían la “necesidad de un Estado fuerte con la veleidad de entregarle todo el poder a un monarca, aunque sea republicano”.24
DERROCAMIENTO DE GUERRERO; HUMILLACIÓN, FUSILAMIENTO
La capital veracruzana estuvo, de nuevo, en el centro de la acción. El 4 de diciembre de 1829, con el apoyo de Nicolás Bravo, el vicepresidente Anastasio Bustamante lanzó el Plan de Jalapa, para deponer a Vicente Guerrero, su superior y antítesis. El presidente lo había enviado allá al frente del ejército de reserva. Los 3 mil hombres bajo su mando fueron acantonados en la zona central del estado, para moverlos según lo demandase la lucha contra la reconquista española.25
Guerrero, cuya elección había sido la primera en violentar las flamantes normas constitucionales (habiendo recibido menos votos de los congresos estatales, se impuso con el motín de La Acordada y el saqueo del gran mercado del Parián en la plaza central capitalina), era un héroe popular.26 Fue tratado “como un menor de edad”. Su linchamiento, primero político, reflejó prejuicios y vindicta contra los insurgentes. El Congreso votó la “imposibilidad moral” de Vicente Guerrero para gobernar al país. Andrés Quintana Roo lo dijo más claro en su voto particular. Al declararlo “demente”, añadían a la injusticia insulto. Lo afectaron en lo más sensible de su honra, sin entrar a examinar las causas de tal imposibilidad.27
Bustamante, vicepresidente golpista, se hizo cargo del gobierno como encargado del Poder Ejecutivo.28 Guerrero se retiró al sur. Resistió como un símbolo. Sus partidarios lucharon por él. Fue traicionado por un italiano crapuloso de apellido Picaluga en una de las bahías de Huatulco que aún se conoce como “la entrega”. El zambo, de sangre negra e india, sufrió una travesía vejatoria y cruel desde la costa hasta las cercanías de la ciudad de Oaxaca. Guerrero fue fusilado, de rodillas, el 14 de febrero de 1831, en el convento de Cuilapam, declarado culpable de “miedo grave y de gravísimo crimen de lesa nación”.29
En aquella sociedad, desde la época virreinal dividida en castas, segregada y en extremo desigual, el innoble trato dado a Guerrero “fue una advertencia para que los hombres considerados tanto social como étnicamente inferiores no soñaran con ser presidentes”.30 La muerte del afrodescendiente Guerrero no sería olvidada. El ensañamiento tendría efectos de larga duración. Provocó más de dos décadas de resistencia y ánimo de venganza en Juan Álvarez.
Éste vivía protegido por las escarpadas montañas y la bravura de sus hombres, costeños y serranos. Desde los 20 años, Álvarez, “hombre constante y firme”, se hizo militar al lado de Morelos y después de Guerrero, del que fue seguidor fiel. Defendía los principios republicanos y el sistema federalista, que se avenía con su cacicazgo. El meridional habría de encabezar la Revolución de Ayutla de 1853 que pondría punto final a la última dictadura santanista. Este movimiento abriría la vía al triunfo liberal, a la promulgación de la Constitución de 1857 y a los sacudimientos ulteriores.31
Los dos hombres que lograron la independencia de México fueron ejecutados como traidores. Iturbide, sin que se le hubiese incoado proceso. Estaba condenado por el sólo hecho de entrar al territorio nacional. ¿No hubiera bastado con reembarcarlo?, preguntaría Vicente Riva Palacio en El libro rojo.32 Ambos fueron jefes del naciente Estado nacional por menos de un año cada uno. Tanto el emperador como el presidente de la república federal “habían sido tremendamente populares y en un santiamén se les había escurrido de las manos no sólo la popularidad, sino el poder y la vida”.33 México inició, endeble, su vida independiente. Trastabillaba. No encontraba —ni encontraría por largo tiempo— el método para transferir sin violencia el poder público.
LA ADMINISTRACIÓN ALAMÁN
Bustamante, vicepresidente en funciones de presidente, hizo un gobierno conservador, centralista, abiertamente represor. Renunció a las pretensiones de equilibrio entre facciones que habían caracterizado a los gobiernos de Victoria y de Guerrero.34 Sería injusto, empero, decir que todo fue negativo en su gobierno. Lucas Alamán dio su nombre a este gobierno. La amistad de su madre con Hidalgo lo salvó, con su acaudalada familia minera, de morir en Guanajuato en 1810. “El espectáculo de sangre y fuego causaríale una lesión espiritual para todos los días de su existencia”.35
Alamán, cultivado, religioso, aristócrata conservador, descendía del primer marqués de San Clemente.36 Fue educado en Gotinga, Friburgo y París. Con Bustamante ocupó el puesto clave de ministro del Interior y de Asuntos Exteriores. Conocedor de la experiencia europea dieciochesca, actuó con espíritu antirrevolucionario; descreía del sufragio ciudadano. Estaba, eso sí, imbuido de la importancia del progreso material, de la independencia del país y de la tradición hispánica; consideraba a Estados Unidos como enemigo natural de México. Presentaba “todas las características del despotismo ilustrado”.37
Además de su meritorio intento por preservar Texas, la llamada Administración Alamán impulsó la industrialización. Aplicó medidas proteccionistas en el sector textil y creó el Banco de Avío. Alentaba el surgimiento de una paulatinamente poderosa y moderna burguesía industrial. En su visión, sería la aliada natural del clero, la milicia y los grandes terratenientes, fuerzas en las que Alamán se sustentaba.38 Esta política rendiría frutos en el corredor Puebla-Veracruz, que incluía Xalapa.39
El 11 de enero de 1830, Santa Anna renunció al gobierno del estado. El decreto correspondiente fue refrendado por el oficial mayor, José de Jesús Díaz.40 Aunque cercano a Guerrero, Santa Anna no combatió por él. Convenientemente “se sentó a esperar el debilitamiento del gobierno y, sobre todo, su desprestigio”.41 Ese año fue concedida a la villa de Xalapa el título de ciudad. Tenía algo más de 10 mil habitantes, y el cantón, casi 43 mil.42
VAIVENES POLÍTICOS
FUNDACIÓN DE LA FAMILIA
En 1831 José de Jesús pasó a su primer ostracismo, probablemente como efecto de la separación de Santa Anna del Ejecutivo estatal. A pesar de ese revés, no todo fue desánimo. El entonces exfuncionario, de 23 años, contrajo matrimonio, en mayo de 1832, con María Guadalupe Covarrubias Peredo. La doncella acababa de cumplir 20.43 Quienes la conocieron, se prodigaron en elogios sobre su persona. Nativa de Coatepec, era de “ascendencia castellana… dotada de sobresaliente hermosura [y] claro talento”.44 Atractiva, inspiró a José de Jesús el poema “La víspera de un esposo”, en el que expresó su pasión amorosa por Guadalupe, sacramental y carnal:
Aun antes que otra vez el sol alumbre,
en alas de mi amor y mi deseo,
de la sagrada antorcha de himeneo
en el altar encenderé la lumbre.
Al pronunciar el santo juramento
firme será mi voz, será amorosa,
porque dándole el título de esposa,
yo el de su amante guardaré contento.45
LUCAS ALAMÁN Y JOSÉ MARÍA LUIS MORA, POLOS IDEOLÓGICOS
Para someter a las autonomías regionales, Bustamante y Alamán reforzaron el poder central, lo que provocó la guerra civil de 1832. Ésta culminó con la integración de un congreso radical.46 Se levantó en armas el médico Valentín Gómez Farías (1781-1858), nativo de Guadalajara. Lo guiaban las enseñanzas de José María Luis Mora (1794-1850), originario de Chamacuero, ahora Comonfort, Guanajuato. Éste nació en el seno de una familia rica, arruinada por la revolución de Independencia. Fue sacerdote, teólogo, ensayista y filósofo. Estudió Derecho y fundó en el Colegio de San Ildefonso la primera cátedra en México de Economía Política.47 El doctor Mora sería el referente fundamental del pensamiento liberal mexicano en la primera mitad del siglo. En su tiempo fue un iconoclasta. Creía que “no es posible poner límite a la facultad de pensar”.48 Fue el rival intelectual de Alamán; en casi toda su antítesis.49
Apoyado por el federalista gobernador de Zacatecas, Francisco García, Gómez Farías encabezó una milicia local de voluntarios contra los centralistas. No era una revuelta más. Propugnaba la separación del Estado y de la Iglesia, el desmantelamiento de la propiedad eclesial, la extirpación del espíritu de cuerpo y la abolición de los fueros, con la consecuente igualdad ante la ley.50 Todo en el marco de la protección a la propiedad privada, libertades individuales, freno al despotismo y respeto a los derechos de los estados en el sistema federativo.51 El movimiento era regional; el tapatío y los zacatecanos no disponían de las fuerzas necesarias para vencer nacionalmente.
Por su parte, en enero de 1832, se pronunció el general Santa Anna. Aureolado de su victoria de 1829 contra Barradas y de su insolidaria amistad con Vicente Guerrero, aspiraba a sustituirlo como “figura popular favorita”.52 Santa Anna fue electo presidente en marzo de 1833, y el jalisciense, vicepresidente. El 1° de abril, el divisionario no se presentó a ocupar el cargo, que dejó, primer intervalo, en manos de su segundo hasta mediados de mayo. Gómez Farías, por su propia convicción y por presiones del Congreso, impulsó reformas de gran calado, disruptivas.53 Generaron azoro, controversias y rebeliones, fuertes resistencias. Santa Anna se replegaba, emprendía acciones militares u observaba, desde su provincia, el ánimo de “la opinión”.54
Presidente y vicepresidente fueron una dupla singular, necesarios el uno para el otro. Se usaron mutuamente en un ovillo de contradicciones: atracción, rivalidad, repulsión, enfrentamiento.55 Gómez Farías era hombre de acción; Mora, un pensador. Lucas Alamán, adalid del bando conservador, tenía ambos rasgos. Frente a esta figura nada menor, el pensamiento de Mora influiría en las fases, extendidas por décadas, “de la revolución que aún seguimos llamando la Reforma”.56
El 23 de enero de 1833 nació, en Xalapa, Francisco Díaz Covarrubias, primogénito de José de Jesús y Guadalupe.57 Todo mejoraba para ellos. Él fue llamado de nuevo a la administración, como secretario de gobierno
