
Cerca de allí está el Centro Vecinal, con su Biblioteca Bernardino Rivadavia, y donde dan cursos de danza, malabarismo, arpa paraguaya y otras yerbas. Muchas.
Dalila tiene ganas de dos cosas:
Una, aprender buceo y arqueología submarina.
Dos, tomarse un heladito.
Hoy en la plaza no hay más que una señora que lee, y un chico heladero, pero Dalila no se atreve a acercarse, por dos razones:
Una. A la gente que lee no hay que molestarla.
Dos. Que el heladero es raro, está disfrazado de marqués, parece un virrey. Además, para entretenerse silba maravillosamente.
Y Dalila no lo quiere interrumpir, el silbido suena como una orquesta, pero sin duda se trata de un grabador escondido en el carrito.
Camina hacia él, seguida por los Tutías, pero cuanto más se acercan, el chico y su música se alejan más y más.
Y de pronto desaparece, como si fuera un fantasma de la tele.
Chau heladero-virrey, chau heladito.
Y ahí se queda Dalila, sin saber qué pensar, o pensando que en la Capital pasan cosas extrañas.

Ya se lo previno su tío Nicolás, y le dijo que anduviera con cuatro ojos.
En realidad es como si tuviera varios pares de ojos, los propios y los de los Tutías, que son muy mirones.


2
Por ejemplo, ahora los pajarones le dan una señal de alarma: hay alguien detrás de ella.
Se da vuelta y lo ve. Es un chico divino divino, de ojos verdes, rulos largos y encima de los rulos un sombrero igual al del abuelo, según sus fotos.
—Vos no sos del barrio, pebeta —dice el chico, que es más serio que un escribano y viste un traje de hombre grande, con pañuelo al cuello.
Dalila piensa que en esa plaza todo el mundo se disfraza.
—Yo soy de Poncho Rabón —dice, orgullosita.
—¿Y eso qué es? —pregunta el chico, más jetón que un policía.
—Buscalo en el mapa.
—¡Ja, no me hagas reír!

—¿Y por qué no? Reíte. Decime ¿sabés dónde enseñan buceo?
—¿Buceo? ¿Buceo dijiste, muñeca?
—Sí, buceo, y no soy ninguna muñeca, me llamo Dalila.
—Y yo Tulio Foscato, profesor, mucho gusto.
—¿Profesor de qué?
—¡De qué va a ser! ¡De tango!
—Siempre quise aprender a bailar tangos.
—Yo puedo enseñarte, muñequita de marfil.
—¿De qué dijiste? ¿De marfil? ¿Esa basura por la que les serruchan los colmillos a los elefantes? ¡Por favor!
—Calma, nena, tranquila. ¿Querés aprender tango o no?
—¿Y con qué música?
Y entonces, de manera misteriosa, empieza a sonar un tango para solista, coro, bandoneón, maracas y gran orquesta. El heladero está de regreso, con los Tutías sobre la peluca.
Tulio se planta en postura de tango, agarra una mano de Dalila y con la otra le aprieta las costillas.
—Primera lección, ahí va: uno, pierna adelante, la otra estirada para atrás, no mires el piso, mirame a mí, dos, esta mano más arriba, alzá el brazo,

muñeca, tres, no te me cuelgues del hombro que no soy una percha, y un dos, un dos.
¡Para qué!
Los chicos salen volando como acróbatas, como bailarines de ballet, dan unos saltos olímpicos con las piernas muy abiertas, rozan las copas de los árboles, los Tutías aplauden sacudiendo las alas.
Recorren toda la plaza, saltan por encima de la estatua y se salpican con el chorro del bebedero.
Para allí, para allá, media vuelta, tirabuzón, vuelta entera. Saltan en puntas de pie, Dalila como una paloma en zapatillas, Tulio lucha con las punteras de sus zapatos lustrados.
El tango que ella conocía no era una danza tan maravillosa: hamacarse sin hamaca, volar sin alas, ¡buceo en el aire, señoras y señores!
Hasta que la música termina de sopetón como había empezado. Termina tan de golpe que el silencio los sorprende saltando de rama en rama y allí se quedan apichonados. En la palmera, como suele decirse, aunque es una acacia.
Igual que los Tutías.
Dalila se enganchó la ropa y quedó colgada boca abajo, como un murciélago. Tulio, cabalgando sobre un tronco.

La ayudó a desengancharse y bajar, se sacudió la ropa, se peinó la melena con los dedos, recuperó el chambergo y se lustró un zapato en el pantalón.
A Dalila le dio un ataque de felicidad con risa.
Él seguía más serio que un perro boxer.
—Qué bueno estuvo, ¿no? —comentó ella— ¿no te da risa?
—La risa no es cosa de hombres.
—¡Ufa! Está bien, hasta mañana, chau.
Agradecida por su primera y exitosa clase de baile, y sobre todo porque Tulio le parecía divino divino, para despedirse, como es natural, y para ver si lo alegraba un poco, le dio un besote en la mejilla, ¡chuick!
¡Para qué! ¡El divino Tulio se convirtió en sapo!
Mientras Dalila y los Tutías miraban espantados al gordísimo sapo junto a sus pies, sin saber qué hacer, el heladero los espiaba descostillándose de risa desde atrás del monumento al Canguro.
¡Un sapo! No solo perdía a su primer amigo, sino a su profesor de tango. Era para llorar, pero Dalila no lloró. Sí lloraron los Tutías, hasta empapar al sapo, que pareció más contento.

3
El tío Nicolás García, gaucho y pintor, vino a Buenos Aires para mostrar y vender sus cuadros, y la invitó a Dalila a pasar unos días de vacaciones.
Su hermana se la cedió con gusto, diciendo que la nena estaba inaguantable.
Paraban en un hotel llamado Pioho’s Palace, un refugio de artistas y estudiantes más que pobretones, como se podrán imaginar.
Era una casa muy antigua, con un patio enorme lleno de plantas, muchas piezas grandes, dos pisos y terraza, típico de ese viejo barrio.
Lo que más extrañaba Dalila de su pueblo era el canto del río Lapizul y la conversación con su gata Chirusa.

No había tenido tiempo de extrañar a su familia; más bien le encantaba librarse de ellos por unos días.
En fin, esa mañana Nicolás estaba en el patio dispuesto a enmarcar un cuadro y a tomar mate, cuando vio entrar a los Tutías caminando y con cara rara.
Con un gesto los mandó a su lugar, en la baranda.
Dalila se paró detrás de su tío, tratando de ocultar al sapo que le pisaba los talones.
—¿Qué tal, Dalila? ¿Fuiste a la Biblioteca Bernardino Rivadavia?
—¿Eeeh?
—Que cómo te fue —dijo Nicolás, con los ojos fijos en su trabajo— ayudame, sostené fuerte el bastidor mientras clavo la tela.
Dalila obedeció y, al cebarse el mate, Nicolás lo vio. No iba a sorprenderse, ya que en el campo solía verlos a cada rato, pero este le llamó la atención.
—¿Y este sapo quién es?
—Te explico...
—Dalila, te dije que aquí no es como en el campo, ni esto es un zoológico. Bastante tenemos con los Tutías, con el criadero de lombrices en maceta... ¡No puede ser! ¡Devuelva inmediatamente ese sapo al charco donde estaba!

—No estaba en ningún charco, tío.
—¿Y dónde iba a estar? ¿En la cámara de diputados?
—Es que no estaba, se convirtió.
—Bueno, pero ese bicho es anfibio, necesita agua.
—Lo ponemos en la bañadera.
—¿Y vamos a bañarnos con un sapo descono-cido?
Ahí Dalila no pudo aguantar más y se abrazó a su tío, llorando como una regadera loca. El sapo se puso cerca para refrescarse.
—El sapo... se llama Tulio.
—Ah, ya le pusiste nombre, para colmo de los colmos.
—¡Es que es un chico!
Nicolás suspiró y se sentó en el suelo, mientras algunos vecinos se asomaban a espiar desde el primer piso.
—Cómo que es un chico, qué estás inventando ahora, es un batracio, no hay más que verlo. Un batracio anuro.
—Ahora sí, pero era mi profesor.
—¿Un chico o un profesor, en qué quedamos?
—Nicolás, con vos no se puede hablar.
