Bex
Observó a Caleb una última vez. Pese a conocer a su amigo, era incapaz de adivinar lo que se le pasaba por la cabeza.
Brendan
Observó a Victoria una última vez. El vínculo que compartían le trasmitió todos sus sentimientos, pero intentó no absorberlos.
Bex
Si tan solo pudiera ayudarlo… Si tan solo supiera qué decir…
Brendan
Si tan solo dejara de lloriquear por los rincones y se centrara en ponerse fuerte…
Bex
Miró a Iver, su hermano, y le pidió ayuda de forma silenciosa.
Este no supo qué decirle; estaba tan perdido como ella.
Brendan
Miró al vendedor. Este parecía sospechar de ellos.
Especialmente, cuando Brendan se hizo con la pistola que acababa de comprar.
Bex
Necesitaba salir de ahí.
Al llegar al jardín, se pasó las manos por la cara. Tenían que encontrar a Sawyer como fuera.
Brendan
Necesitaba salir de ahí.
Al llegar al aparcamiento, se quitó la capucha y respiró hondo. Tenían que rehuir a Sawyer como fuera.
Bex
Al volverse, vio a Caleb. Sus ojos estaban anclados en el mapa, pero era obvio que realmente no veía nada. Su cabeza estaba muy muy lejos.
Brendan
Al volverse, vio a Victoria. Su mirada estaba perdida, pero trató de fingir concentración. No fue capaz de lograrlo.
Bex
Sería un día muy largo.
Brendan
Sería una noche muy larga.
Bex
—¿Manos a la obra? —preguntó al volver.
Iver asintió y Caleb tragó saliva.
Brendan
—Muévete —ordenó.
Pese a no verla, adivinó que Victoria le había sacado el dedo corazón.
Bex
Menos mal que se tenían entre ellos.
Brendan
Tendrían que arreglarse consigo mismos.
Aunque, pensándolo bien…, él siempre lo había hecho.
1
Iver
A veces sentía que el tiempo se había detenido aquella noche. Que la vida seguía avanzando, pero como si fuera una pesadilla que nunca terminaba.
Tenía a su hermana. A Bex. Ese era su único consuelo.
Recordaba aquella noche como si se tratara de un cuento y ni siquiera la hubiera vivido él mismo. Había vacíos de memoria, desplazamientos que no recordaba que hubieran ocurrido… Ni siquiera recordaba cómo se habían puesto a salvo los demás o él mismo.
Lo que sí recordaba era la herida de Bex. El terror que había sentido al pensar que la perdía. Su sangre en el plato de la ducha, llenándolo todo, mientras el agua le cubría la herida. Su sangre en la propia piel de Iver. Todavía podía sentirla bajo las uñas.
Iver cerró los ojos con fuerza. Le dolía la cabeza. Últimamente no podía evitarlo. Intentaba no decirle nada a nadie para que no tuvieran una preocupación de más, pero… ¿y si sucedía algo y no estaba a la altura? ¿Y si no podía ayudar a sus amigos?
Al levantar la vista, contempló a Bex ante él. La herida había sanado en tiempo récord. Ya solo se cambiaba la venda una vez cada pocos días y era capaz de seguirles el ritmo a los demás.
—Todavía no hemos mirado en esta zona —dijo ella, señalando sobre el mapa con una uña roja y desgastada—. No me imagino a Sawyer en un pueblo costero de cuatrocientos habitantes, pero… ¿quién sabe?
A Iver no le quedó más remedio que volver a centrarse y observar la zona que señalaba.
—Quizá eso es lo que busca —dijo—. Esconderse en un lugar que nos parezca improbable.
—No es tan listo. ¿Y si se ha escondido en el lugar más probable posible?
—La fábrica está vacía; ya lo hemos comprobado varias veces.
Bex no respondió. Se mordía el labio inferior con impaciencia.
Se encontraban en una casa abandonada que había sugerido Caleb. Las condiciones eran pésimas, y no tenían ni luz ni agua corriente. Su única iluminación eran las linternas, lámparas y velas que habían llevado hasta allí poco a poco, sin levantar sospechas. Incluso así parecía que estaban en la mansión de un vampiro. Quizá se debía al papel de pared lleno de desgarros, a los suelos que crujían o a los marcos de puertas desvencijados… Sin contar con que algunos ni siquiera contaban con puertas en sí.
Por lo menos, tenían un tanque de agua en el patio trasero con el que se apañaban para lavarse de vez en cuando. Y, sobre todo, para bañar a Kyran. Tener a un niño en esas condiciones era lamentable, pero no les quedaba más remedio. Además, hacían lo posible para comprar —y robar— bebida y alimentos de sobra. Lo último que necesitaban era que se pusiera enfermo. El niño o el gato.
En esos momentos, ambos se encontraban en un rincón del salón reconvertido en sala de operaciones. Entre candelabros, lámparas y muebles viejos, el niño dormía en el sofá y el gato se había subido al respaldo. Este último no dormía. No lo había hecho de forma muy seguida desde la muerte de Victoria.
¿Los gatos podían tener depresión? Iver nunca se lo había planteado, pero apostaría por un sí.
—Vale, olvidemos la fábrica —concedió Bex entonces—. ¿Qué hay del pueblo costero?
—Voy yo.
—Ya hemos hablado de esto; no estoy inválida.
—Estás herida.
—¿Y qué? Todos lo hemos estado alguna vez.
Y era cierto, solo que Bex había recibido un disparo bastante crítico. Aunque su cuerpo de extraña podía soportarlo, no se iba a curar de la noche a la mañana. Ni siquiera siendo tan cabezota como era.
—Que voy yo —insistió Iver—. Tú hiciste el último turno. Deberías descansar.
Bex habría insistido en cualquier otra ocasión, pero esos días desistía con rapidez; no tenía energías para ponerse a discutir.
—Está bien —murmuró—. Llévate el auricular.
Una de las primeras decisiones que habían tomado fue descubrir cuántos de los contactos de su antiguo trabajo seguían confiando en ellos. Ambos entendieron enseguida que los criminales no le daban mucha importancia a la opinión de Sawyer. Siempre y cuando tuvieran un fajo de billetes delante, cambiaban rápidamente de bando.
Y es que Sawyer era importante, pero, cuando alguien con habilidades especiales te amenaza de muerte, ves las cosas con más perspectiva. Algunos socios se resistieron, pero consiguieron unos auriculares de señal protegida para comunicarse entre ellos cuando tuvieran que salir de casa. Había unos cuantos, pero solo los usaban los mellizos. Caleb apenas le prestaba atención al suyo. Y, además, Iver prefería no cuestionarse dónde iba en sus largas ausencias.
Se colocó el auricular negro en la oreja, enganchado en el cartílago, y se metió la pistola en la cinta del pecho. Era un poco raro seguir llevando la ropa que usaban al trabajar para Sawyer, pero… tampoco es que tuviera otra opción.
—Ten cuidado —le pidió Bex sin mirarlo a los ojos—. Y… háblame cada vez que puedas.
Iver esbozó media sonrisa y le colocó una mano en el hombro. Bex asintió, como si con eso hubieran expresado todo lo que necesitaban.
Tras aquello, cada uno se marchó por su lado.
Caleb
Cada vez que cerraba los ojos, la veía a ella.
Era una sombra. Un movimiento que captas por el rabillo del ojo pero que, al volverte, desaparece. Te preguntas si es real, claro, aunque sabes que debe de ser tu cabeza jugándote una mala pasada.
La veía en todos lados, aunque se escapaba cada vez que estaba a punto de atraparla. Una sombra, sí. Una con una sonrisa muy dulce.
Ni siquiera sabía que pudiera echar tanto de menos a nadie. Se sentía perdido. Y solo. Como si hubiera roto algo que nunca podría arreglar y, aun así, fuera incapaz de perder la esperanza de recuperarlo.
Llegó a la casa abandonada por la noche, cuando supuso que el niño estaría dormido. Podía oír a Bex abajo, moviendo papeles y murmurando para sí misma. También olía las medicinas que usaba para curarse. Como de costumbre, prefirió que estuviera así de centrada; no soportaba hablar con ellos sobre encontrar a Sawyer.
Si lo encontrara…
Si Caleb encontrara a Sawyer…
No, no lo interrogaría. No le interesaba lo que pudiera decir. Ni siquiera iba a llevarlo con los demás.
Iba a matarlo.
Caleb trató de quitarse aquello de la mente. Aterrizó, silencioso, en la habitación que se había asignado a sí mismo. La cama era el único mueble que no seguía lleno de polvo, aunque solo la usaba para tumbarse durante las pocas horas que pasaba en aquel lugar. Se sentó en ella, cansado. Siempre estaba cansado.
El que mejor parecía entenderlo, curiosamente, era el gato. El mismo que apareció por la puerta de su dormitorio. Sus ojos dorados observaron a Caleb durante unos instantes y después subió a la cama para frotarle la cabeza contra el brazo.
Bigotitos había adelgazado y su pelo parecía mucho menos anaranjado a cada día que pasaba, como si hubiera envejecido diez años. No comía demasiado, y tampoco le hacía caso a Kyran cuando este intentaba jugar con él. El gato se pasaba el día tumbado en algún lado de la casa, siempre mirando por las ventanas como si esperara que ella volviera.
Caleb no sabía cómo explicarle que no iba a suceder. No iba a volver. Ni siquiera sabía cómo explicárselo a sí mismo.
Con cuidado, le acarició la cabeza. El gato maulló y, pese a dejarse unos instantes, terminó subiendo al alféizar de la ventana y alejándose de Caleb. Desde ahí contempló el exterior. Caleb sabía que, si se marchaba y volvía al cabo de unas horas, él no habría cambiado de posición.
Volvió a oír el rumor de documentos en el piso de abajo. Bex no dejaba de suspirar, frustrada. Caleb sabía que necesitaba ayuda y, aun así, se veía incapaz de ofrecérsela. Se sentía… bloqueado. Como si alguien hubiera pulsado un botón y, desde entonces, fuera la persona más inútil del planeta. Ni siquiera había vuelto a usar un arma.
Oyó a alguien más. Kyran. No estaba seguro de qué hacía el niño, pero podía identificar el sonido de sus manos arrastrando algún tipo de tela.
Caleb echó un último vistazo al gato y, finalmente, bajó las escaleras.
El salón de la casa abandonada no parecía el mismo. Las ventanas estaban tapiadas con tablones; los muebles, apartados a los lados; las provisiones, en cajas, y las pocas mantas, en el sofá, junto a Kyran. En el centro de la sala, junto a las escaleras, se encontraba una mesa cuadrada en la que tenían armas y varios mapas de la ciudad. Iver prefería usar el método tradicional para que no pudieran rastrearlos al encender un GPS.
De nuevo, Caleb habría preferido que los rastrearan. De esa manera, Sawyer no tendría más remedio que enfrentarse a ellos. Volvieron a preocuparle las ganas que tenía de verlo. Y todas las cosas que sería capaz de hacerle.
Por suerte, la voz de Bex lo sacó de su propia cabeza.
—Vaaaya, el príncipe ha decidido bendecirnos con su presencia. ¿Cómo estás?
Si a Caleb le dieran un dólar por cada vez que le habían hecho esa pregunta, podría comprarse una casa.
Aquella broma le recordó a… Bueno, a ella. Le habría hecho gracia. Aquello lo entristeció un poco.
—Pensé que Iver seguiría por aquí —murmuró Caleb.
Al ver que ignoraba su pregunta, Bex suspiró. Siempre le hacía esa pregunta. Parecía tener la esperanza de que, algún día, él se abriría y por fin acabaría con la ley del hielo que se había impuesto a sí mismo durante esos meses.
—Se ha ido a este pueblo costero —señaló ella en el mapa—. Va a asegurarse de que la gente no ha visto nada raro. Gigantes trajeados, coches caros, algún lugar abandonado que de repente hayan comprado u ocupado…
—Sawyer jamás se iría a un pueblo.
—Por eso es una buena zona en la que buscar, ¿no?
Caleb sacudió la cabeza.
—Le da igual que lo encontremos, Bex.
—Pues se le da muy bien esconderse sin querer…
—Estará en un hotel de lujo, en un yate o en un puñetero avión privado. Y estará rodeado de lujos mientras elige a qué niños va a arruinarles la vida ahora que nosotros nos hemos marchado.
No esperó una respuesta; fue directo al sofá donde Kyran seguía tirando de los hilos de su pantera de peluche. Caleb no estaba muy seguro de dónde la había sacado, pero no la abandonaba ni para bañarse. Por eso estaba deshilachada por todos lados.
—No tires de ahí —le dijo Caleb con suavidad—. Vas a romperlo todavía más.
Kyran dejó que se lo quitara. Rara vez lo permitía, así que debió de darse cuenta de que su peluche estaba en peligro.
Caleb lo contempló. Era bastante feo. Parecía una pantera, pero estaba mal hecha y le colgaba una de las orejas.
—¿Tenemos agujas? —le preguntó a Bex.
—Sí, Mary Poppins. Están en la mesita. Aunque solemos usarlas para coser heridas.
Kyran entrecerró los ojos, como si le ofendiera que no consideraran grave la herida de su pantera.
Caleb tenía más experiencia con heridas que con telas, pero arreglar el peluche fue sorprendentemente fácil. Mientras recogía el hilo y volvía a coser la oreja, Kyran lo observaba con muchísima tensión. Tenía claro que, si le hacía daño a su pantera, iba a ganarse un enemigo de por vida.
—Podemos buscar en los hoteles —comentó Bex entonces, todavía pendiente del mapa—. Conozco unos cuantos de cinco estrellas. Supongo que te refieres a esos, ¿no?
—Los hoteles están demasiado vigilados; hay cámaras y seguridad por todas partes. Es demasiado arriesgado. Aunque estuviera ahí, te pillaría enseguida.
—Podría colarme por una ventana.
—Es una gran idea.
—¿A que sí?
—Sí. Sobre todo, la parte en la que sabes exactamente qué ventana y qué piso tienes que buscar. Y seguro que aciertas a la primera, claro.
Por los latidos de su corazón, Caleb estaba seguro de que Bex estaba a punto de saltar sobre él. Que solo ofrecía problemas y ninguna solución. Sin embargo, consiguió controlarse.
—Me caías mejor cuando no sabías lo que era el sarcasmo —masculló de mala gana, pero no insistió.
Últimamente, nadie se enfadaba con él. Podía parecer tranquilizador, pero era un poco frustrante. Se sentía como si fuera de cristal y todo el mundo estuviera aterrorizado con la idea de hacerle daño.
—Si tuviéramos a Axel… —murmuró Bex, más para sí misma que para los demás—. Podría hacerse pasar por un trabajador del hotel.
—Jamás le daría la espalda a Sawyer.
—Ya… Pero, si supiéramos dónde está, quizá podríamos convencerlo. Necesitamos ayuda.
—Axel no es la solución a nuestros problemas. Y no vamos a convencerlo.
—Brendan lo haría.
Caleb estuvo a punto de clavarse la aguja en un dedo. Se quedó muy quieto, respiró hondo y volvió a emprender su trabajo. Kyran lo observaba con atención.
Si lo que sentía por Sawyer era odio…, para Brendan no se habían inventado todavía las palabras suficientes.
Habían hecho las paces. Habían vuelto a ser hermanos. Se apoyaban mutuamente. Y, justo cuando más lo necesitaba, desapareció. Se desvaneció la misma noche en que murió Victoria. Ni siquiera buscó a Caleb. No se preocupó por él. Tampoco había vuelto a dar señales de vida. No sabía si estaba bien, si estaba a salvo, si había conseguido escaparse. Ni siquiera estaba seguro de que hubiera sobrevivido al incendio, aunque lo creyera así.
Y Caleb, claro, se sentía estúpido. Se había creído el cuento de recuperar su relación. Se había quedado solo.
Al morir Ania, él sí que había estado presente para Brendan. Porque, por mucho que se odiaran, no dejaban de ser familia.
La familia se cuida siempre, incluso cuando no estás del todo de acuerdo con ella.
¿Dónde estaba Brendan ahora, que era cuando lo necesitaban?, ¿dónde estaba cuando hirieron a Bex?, ¿o cuando Iver tuvo que remontar aquel grupo él solito?, ¿o cuando se quedaron a cargo de un niño y de un gato, completamente desamparados?
¿Qué haría Brendan?, ¿eh?
Caleb no pudo contenerse.
—Espero que esté muerto.
Pese a que las palabras salieron de su boca, no fue consciente de haberlas pronunciado. Su única señal fue que Bex se volvió hacia él. Permaneció perpleja unos segundos.
—Esperaremos a Iver —dijo entonces, todavía un poco pasmada—. Cuando vuelva, veremos lo de los hoteles.
Caleb asintió en silencio.
Esos meses había estado muy alejado del mundo, pero especialmente de Iver. No por odio ni tampoco por miedo. Era… empatía, quizá. Sabía que Iver podía notar sus emociones. Que, al ser tan fuertes, no le quedaba más remedio que absorberlas. Su actitud, alrededor de Caleb, se volvía triste y decaída. Iver jamás le había dicho nada, pero el aludido sabía que era por su culpa.
Con un último giro de muñeca, contempló su obra de arte. La oreja de la pantera volvía a estar en su lugar. Nadie habría dicho que estaba cosida. Un poco más orgulloso de lo que le gustaría admitir, se la devolvió a Kyran. Este sonrió con amplitud.
—De nada —murmuró Caleb.
Kyran no hablaba, pero aun así se lanzó hacia delante y le dio un abrazo. Caleb esbozó lo más cercano que podía a una sonrisa.
Tan rápido como esta se había dibujado en su rostro, se disipó para transformarse, de nuevo, en una expresión sombría y triste.
Victoria
El sabor a sangre se había convertido en una sensación habitual. Había ocasiones en las que Victoria ni siquiera sentía el dolor de las heridas; se había acostumbrado tanto a ellas que ya formaban parte de su cuerpo.
Pero no era así. Y en ocasiones, después de los entrenamientos de Brendan, tenía que volver a la habitación por la noche y permanecer unos minutos en la ducha. Intentaba no llorar de la frustración ni del dolor, pero era complicado. Se conformaba con no hacerlo delante de él. Seguro que Brendan se reiría de…
El golpe en el estómago hizo que retrocediera varios pasos y perdiera el hilo de sus pensamientos.
Victoria tuvo la tentación de cubrirse la zona afectada, pero sabía que era una mala idea. En cuanto vio que la vara descendía sobre su cabeza, se las apañó para bloquearla con la suya.
—Céntrate —ladró Brendan, tan agradable como de costumbre.
Peeero… no siempre había sido tan cansino, ¿eh?
Victoria tenía pocos recuerdos claros; los primeros fueron en un árbol junto a una casa en llamas. Recordaba el rostro de Brendan y lo mucho que pareció alegrarse de que ella estuviera viva. Victoria tenía un disparo en el pecho del que no sabía cómo se había recuperado. Lo único que quedaba de él era la pequeña cicatriz. Le gustaba pensar que le estaba protegiendo el corazón.
También recordaba haber escapado de aquella casa en llamas con Brendan. De las palabras de él, relacionadas con tener que marcharse sin que los viera Sawyer. Después, moteles y lugares abandonados, y noches en los coches que habían robado por el camino. Capuchas siempre puestas, gorras y parones en zonas remotas para curar a Victoria. Ella pensó que aquello sería lo peor: las curas de la puñetera bala. El dolor era insoportable.
Pero todavía no sabía lo que sería el entrenamiento.
En cuanto pudo moverse sin dificultad, Brendan cambió las pomadas por sudor; las vendas, por una vara; y las horas de descanso, por una pistola. Y así empezó a entrenarla. Al principio fue suave, pero pronto se volvió mucho más estricto. Mucho más desagradable. Le gritaba, le hacía daño y le reprochaba cada fallo.
Victoria a veces sentía la tentación de salir corriendo y dejarlo solo, pero… ¿qué iba a hacer?
Además, aunque sintiera que odiaba un poco a Brendan, el entrenamiento daba sus frutos; se había enfrentado a unas cuantas personas que parecieron reconocerlos. Brendan decía que los mandaba Sawyer y que no podían saber que ella seguía viva. Todos estaban muertos, así que nadie se lo había reportado al tal Sawyer.
A él lo recordaba. No de forma muy clara; ni siquiera podría definir sus facciones. Pero recordaba un odio irracional e intenso. Y miedo. No solo por ella, sino también por otras personas. Miedo a que les hiciera daño.
No sabía qué personas eran aquellas ni por qué Sawyer querría dañarlas, pero estaba dispuesta a entrenar con Brendan para defenderlas.
De nuevo, él amenazó con darle con la vara. Victoria retrocedió varios pasos.
Se encontraban en un claro del bosque. El coche estaba aparcado a unos metros, junto al arroyo, y todas sus cosas se encontraban en el maletero abierto. Los rayos de sol se colaban entre las ramas de los árboles y Victoria los sentía como picaduras de mosquitos. Hacía mucho calor. No podía notarlo, pero sabía que tendría que hacerlo. Después de todo, era verano. Echaba de menos sentir la temperatura. Incluso echaba de menos sudar, aunque fuera un poco asqueroso.
Brendan estaba justo delante de ella. Se había quitado la chaqueta de cuero y le daba vueltas a la vara de metal con una mano. A veces, hacía esas cosas para presumir de sus habilidades. Victoria no lo soportaba.
Aunque… sí que intentaba imitarlo cuando no la veía. Podía no soportarlo y admirarlo al mismo tiempo, ¿verdad?
—Céntrate o te golpearé fuerte para centrarte.
Las palabras de Brendan hicieron que ella agarrara su vara con más fuerza. Qué rabia le daba que la amenazara. Y todavía más cuando tenía tan seguro que cumpliría con aquellas amenazas.
—Es que estoy aburrida —protestó Victoria.
Brendan le lanzó un golpe. Ella lo esquivó con habilidad.
—¿Te aburre que te pegue? —inquirió él.
—Me aburre que me entrenes como si fuera a entrar en una guerrilla, que nunca respondas a mis preguntas y que no me dejes hablar con nadie.
Victoria lanzó un golpe con todas sus fuerzas. Brendan lo paró como si espantara un mosquito.
Era una humillación tras otra.
—Puedes ir a la ciudad —dijo él tan tranquilo— y puedes no entrenar. Por lo que a mí respecta, deja que te maten.
—Si te diera tan igual, no estarías echándome una mano.
—Mi ayuda tiene sus límites, Victoria. Coloca bien los pies.
Molesta, ella volvió a alinear su cuerpo. Después, dijo:
—Ni siquiera sé por qué querrían matarme.
—Porque eres como un grano en el culo.
—Por lo menos, tengo personalidad y amigos.
—¿En serio? ¿Y cómo lo sabes si no recuerdas nada?
—Recuerdo algunas cosas. Como que estás amargado, por ejemplo.
—Pues soy el único amargado que te aguanta.
—Porque tu novia está muerta.
—Por lo menos, a mí me ha querido alguien.
Victoria se detuvo un momento y, furiosa, le lanzó un golpe en las costillas. Lo hizo con tanta fuerza como pudo. Y, por primera vez en mucho tiempo, acertó de lleno. Incluso sintió la vibración de las costillas de Brendan bajo la vara de metal.
Sorprendida por su propia habilidad, Victoria no reaccionó a tiempo. Y es que Brendan no se lo había tomado tan bien como ella. Cabreado, lanzó un golpe sin control alguno. Victoria sintió el impacto contra la mejilla. Fue tan duro que cayó de bruces contra el suelo. El sabor de la sangre se mezcló con el del barro. Se sintió humillada. Tanto que tuvo que contener las lágrimas de rabia y mantener la cabeza agachada.
A través de esas lágrimas, pudo divisar la silueta borrosa de las piernas de Brendan. Se había detenido ante ella y la señalaba con la vara. Esa misma que había provocado el latido horrible que le seguía cruzando la cara.
—No vuelvas a mencionarla —advirtió Brendan en tono amenazador.
En cuanto oyó que se alejaba de ella, Victoria golpeó el suelo con toda su rabia.
Una vez. Y otra.
Y otra y otra y otra…
Echaba de menos algo que ni siquiera sabía decir qué era. O alguien que no conseguía recordar.
Tras un último golpe, se incorporó y se limpió las lágrimas de rabia.
Tocaba empezar un nuevo día.
2
Caleb
Observó las cristaleras del bar como si fuera la primera vez. Últimamente se había convertido en su entretenimiento habitual.
El local seguía igual que siempre; Andrew borracho en el despacho del fondo, unas cuantas camareras corriendo, botellas caras llenas de agua, polvo en las estanterías… Todo seguía exactamente igual. Incluso Margo y Daniela, que ahora se repartían más horas que antes, seguían trabajando en el mismo puesto.
Solo faltaba una persona.
Caleb se encendió un cigarrillo distraído. A veces, lo más difícil era plantarse ahí y no sentir su olor. Recordaba cómo su champú de lavanda se abría paso entre todos los demás aromas del bar. Cómo llegaba a él directamente. Lo fácil que era identificarla como si nunca hubiera hecho otra cosa.
Ya no había aroma a lavanda.
Ya no había nada.
No sabía qué estaba haciendo allí, pero no se molestó en esconderse. Ni siquiera cuando Daniela levantó la vista hacia él. Hubo un momento de vacilación, pero entonces le dijo algo a Margo y fue directa a la puerta trasera.
Para cuando ella salió al callejón de atrás, Caleb la esperaba con la espalda apoyada en la pared. Se colocó deliberadamente bajo la luz de la farola para no asustarla.
Por lo menos, gracias a toda aquella trágica aventura, había aprendido a comportarse y a no asustar a un humano.
Daniela también parecía cansada desde aquella noche, aunque ya no tenía el tobillo inmovilizado por su caída en la acampada. Se había reincorporado al trabajo al cabo de unas semanas, incluso con una muleta. Porque, sí, Andrew seguía siendo igual de basura humana y seguramente la había amenazado.
—Hola, Caleb —dijo ella con una pequeña sonrisa—. Me alegro de verte.
A Caleb le resultó complicado creérselo. Las relaciones humanas no se le daban muy bien, pero sabía que todo el mundo se sentía incómodo con la perspectiva de verlo y no saber qué decir.
—¿Cómo estás? —preguntó él, sin embargo.
Dani dejó la puerta entreabierta y se acercó a él. Se acariciaba los brazos como si hiciera frío, pero lo cierto era que, para ella, la temperatura de julio debía ser bastante calurosa.
—He tenido momentos mejores —aseguró ella con una sonrisa que no pareció demasiado sincera—. ¿Y tú?
—He tenido momentos mejores.
Por lo menos, la sonrisa de Daniela se volvió más honesta.
A Caleb le caía bien Dani. No solo porque le pareciera una humana bastante decente, sino también porque recordaba que su relación con… Bueno, que su amistad había sido muy especial. Se confiaban la vida entera y contaban la una con la otra de una manera casi reverencial. También lo hacían con Margo, pero era tan directa que a Caleb le costaba conectar con ella.
—Espero que no haya ningún problema —dijo Daniela entonces.
—No.
—¿Tenéis alguna noticia de Sawyer?
—No…
Ya le gustaría, ya.
—No sé si alegrarme o lamentarlo —murmuró ella—. Con un poco de suerte, quizá se haya marchado para siempre.
Caleb sacudió la cabeza.
—Me encantaría creerlo, pero es demasiado orgulloso; estará esperando el momento perfecto para atacar.
—Y… ¿crees que va a atacar? Puede que siga con su negocio sin más.
De nuevo, Caleb quiso creerse esas palabras. Lo quiso con todas sus fuerzas, pero no era tan ingenuo.
—Es demasiado orgulloso —repitió—. Si permite que alguien lo rete de esa manera y siga con vida, sus socios dejarán de tomárselo en serio. O por lo menos eso cree él. La única manera de estar a salvo es deshacernos de él.
Daniela le dirigió una mirada muy particular. Era una chica muy callada, pero solía decirlo todo con los ojos. En ese aspecto, le recordaba un poco a…
No. No iba a caer en eso.
—Oye, Caleb… —murmuró Dani con suavidad—. Si me estoy pasando de confianza, me lo dices, pero… ¿Seguro que estás buscándolo por eso? Quiero decir… Em… Seguro que Iver y Bex sí que lo hacen por eso.
—¿Y yo no?
—Una parte de mí cree que sí. La otra…
En lugar de seguir hablando, ella reflexionó unos instantes. Al final, agachó la mirada y murmuró un muy triste:
—Yo también echo de menos a Victoria.
Caleb tragó saliva. Oír su nombre era como recibir un disparo. Se llevó el cigarrillo medio consumido a los labios, aunque no tenía ganas de fumar y le había empezado a temblar la mano.
Y, a pesar de todo, lo único que procesó Daniela fue que él asentía sin expresión alguna.
—Es… Era mi amiga —continuó ella, cautelosa—. Estos meses han sido como…, no sé, como subir por una cuesta que parece que nunca termina. Margo también lo pasa mal, aunque no lo diga. Y sé que tú también. Pero hacerle daño a Sawyer no va a hacer que vuelva.
Él no la miraba. Tenía la vista clavada en un punto indeterminado de la pared de ladrillo. Soltó el humo entre los labios sin decir nada.
—Además —prosiguió Daniela—, sé que ella no lo querría. Preferiría que siguiéramos con nuestra vida, que intentáramos…, no lo sé…, buscar la forma de ser felices.
—¿Quieres que siga con mi vida?
Aquellas palabras fueron más agresivas de lo que pretendía. Y, en esa ocasión, sí que miró a Daniela. Ella, pese a que lo conocía mucho mejor que antes, dio un paso atrás a modo de precaución. Seguía sin confiar en él al cien por cien y no podía culparla.
—¿Sigo con mi vida mientras ella se pudre y el hombre que la mató disfruta de todos los lujos imaginables? —insistió Caleb entre dientes—. ¿Cómo puedes decir eso?
—Sé que suena horrible, pero lo digo en serio. ¿Quieres pasarte el resto de tu vida persiguiéndolo?
—Quiero vengarme. Y tú deberías hacerlo también. ¿Cómo puedes actuar como si no hubiera pasado nada?
A esas alturas de la conversación, cualquier otra persona lo habría mandado a la mierda. Daniela, no. Ella era mucho más paciente. Mucho más comprensiva. Así que, en lugar de enfadarse, suspiró y meditó unos instantes.
Caleb hubiera preferido la expresión de enfado antes que la de lástima.
—¿Sabes qué creo? —preguntó ella, aunque siguió hablando antes de que respondiera—. Que te sientes culpable.
—¿Cómo no voy a sentirme…?
—No fue culpa tuya, Caleb.
—Yo la metí en ese mundo.
—Tú no decidiste que le hicieran daño. La única persona culpable es la que apretó el gatillo. Y sé que sientes que…, si le haces lo mismo a Sawyer, de alguna manera, vas a calmar la voz en tu cabeza que te dice que fuiste el responsable… No es así.
Caleb empezaba a cansarse de aquella conversación. No porque le quitara razón, sino porque le daba miedo que la tuviera. Su único objetivo durante esos meses había sido encontrar a Sawyer, pero… ¿qué sucedería cuando lo consiguiera? ¿Qué pasaría cuando le metiera una bala entre las cejas?
Daniela suspiró. Menos mal que no podía adivinar sus pensamientos.
—Debería volver al trabajo antes de que Andrew se enfade —dijo—. Pásate todas las veces que quieras, ¿vale? Y… dale un abrazo a los demás de mi parte.
Desde aquella noche, Caleb había decidido que lo más seguro era que Daniela y Margo no tuvieran contacto con ellos. Él podía identificar si alguien estaba cerca, pero los demás no. Era mejor mantener las distancias. Además, seguir a un humano era muy sencillo y no quería arriesgarse a que ellas dos los visitaran. Por ello llevaban todo ese tiempo sin ver a Kyran, al gato o a los mellizos.
Y así iba a seguir hasta que encontrara a Sawyer.
Muerto el perro, se acaba la rabia. O eso había leído por ahí.
Victoria
Ella fue la primera en entrar al local. Olía a grasa de parrilla, a humedad, a madera vieja, a alcohol derramado… Era el primer bar de carretera con el que se habían cruzado. Cuanto peor era el local, más posibilidades tenían de que nadie les prestara atención. Después de todo, ellos también tenían un aspecto lamentable.
Victoria se había dejado crecer el pelo, por lo que ahora le llegaba hasta la mitad de la espalda. Atárselo para que no molestara era un poco irritante, pero no le había quedado más remedio que acostumbrarse; Brendan le había dicho varias veces que tenía que parecer lo menos ella posible.
No le dejaba llevar armas o la indumentaria que usaban los extraños —como decía siempre Brendan, fuera lo que fuera—, así que se había arreglado con lo poco que había conseguido en una tienda de recuerdos. Se trataba de una camiseta de tirantes que tenía un muelle pintado en el centro. Era el símbolo del pueblo costero en el que se encontraban. Los pantalones le llegaban por encima de las rodillas y eran demasiado grandes para ella, así que solía atárselos con cinturones viejos que se encontraba por ahí. Y las Converse… Bueno, estaban llenas de barro. Tenían un aspecto lamentable, casi tanto como la gorrita de I <3 besugos.
Eso último había sido solo para molestar a Brendan, pero, claro…, había terminado usándola de verdad. Sí que necesitaba ocultarse.
Él, en cambio, llevaba una chaqueta de cuero que no pegaba con el calor que parecían sentir los humanos. El pelo negro le había crecido un poco, así como la barba, y sus ojos oscuros contemplaban a su alrededor como si quisiera organizar un atraco. Quizá su indumentaria era un poco más normal, pero su aspecto era mucho más amenazador que el de Victoria.
Brendan fue a sentarse en una de las mesas del fondo, las que disponían de sofás parecidos a los asientos de un coche. Cada uno ocupó un lado distinto. También se inclinaron sobre la mesa. Se movían con cierta coordinación, conscientes de que habían repetido ese proceso unas cuantas veces durante los últimos meses.
—¿Y bien? —preguntó Victoria.
—Espera.
Que le diera órdenes la molestaba, pero aun así esperó.
El vínculo que los unía hacía las cosas un poco más sencillas. Desde que la había transformado, Victoria y Brendan podían percibir ciertas cosas el uno del otro. Sentimientos fuertes, impulsos, inclinaciones… En ocasiones, si Victoria se centraba lo suficiente, podía percibir lo que estaba pensando.
Cualquiera creería que aquello había hecho que se llevaran mejor, pero lo cierto era que seguían siendo como un matrimonio que se detesta y, aun así, se ve obligado a compartir espacio vital.
El camarero se acercó a ellos y dejó dos menús sobre la mesa. Estaba tan aburrido que no percibió que ninguno de los dos lo estaba leyendo. Brendan señaló dos platos al azar y pidió dos cervezas. Las bebidas llegaron en cinco minutos; la comida, en trece. Todo de calidad.
Mientras Victoria jugueteaba con el filete chamuscado que le habían servido, Brendan sujetaba la jarra sin beber de ella.
—Buen provecho —bromeó Victoria.
—Qué graciosa.
—Y qué romántico, ¿eh? Cabezas de animales disecados en las paredes, olor a grasa, tenedores sucios… ¿Aquí es donde traes a tus conquistas?
Brendan le dirigió una mirada de advertencia.
—Qué aburrido eres —murmuró ella de mala gana.
Victoria no entendía a Brendan. En todo el tiempo que llevaban juntos, la confusión no había hecho más que aumentar.
En realidad, sí recordaba ciertas cosas antes de su transformación. A sus amigas, su trabajo, su hermano, sus padres…, a su gato. A él lo recordaba a la perfección. Brendan le había asegurado que estaba bien, pero nunca le daba detalles. Y ella no sabía ni por dónde empezar a buscar, porque no recordaba exactamente la dirección de su casa. Había decidido confiar en su palabra. Sobre todo, porque la conexión le había dejado claro que él estaba seguro de que el gato se encontraba bien.
También recordaba otras cosas. Retazos de una vida que no parecía suya. Recordaba a Brendan, aunque de una forma muy distinta. En el salón de su casa, sentado en un sofá que era demasiado pequeño para su tamaño. Recordaba que no le gustaba el té, aunque fuera una tontería. Que era muy inexpresivo. Que la seguía por los callejones. Que llamaba imbécil al pobre Bigotitos. Lo recordaba en el parque, en el cine, en la casa del árbol…
Sus sentimientos eran confusos, porque recordaba haberlo… querido de alguna forma. Recordaba un sentimiento muy sincero, cálido y profundo. Y, sin embargo, aquel Brendan había desaparecido. El de su memoria también era distante y frío, sí, pero… ella siempre había sabido que, a su modo, la quería. Y que daría su vida por ella.
El actual no parecía sentir lo mismo. A veces, se preguntaba si había hecho algo para enfadarlo. Si lo ofendía que no lo recordara con claridad. Quizá era eso, ¿no?
Una parte de ella desearía volver a la relación que tenían antes. La otra, sin embargo, se veía incapaz de querer a Brendan de esa manera. Y, honestamente, se preguntaba qué había visto en él para quedar tan impreso en su memoria.
—Puedo sentir que estás distraída —murmuró él tras fingir que bebía cerveza.
—Deja de escarbar en mi cabeza.
—Pues deja de estar distraída. He encontrado un objetivo. El de la barra. Tiene la cabeza apoyada en un puño.
Victoria se volvió disimuladamente. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años. Camisa cara y formal, remangada hasta los codos. La chaqueta gris colgaba del taburete. Y tenía una copa de whisky delante que probablemente había llenado varias veces.
—¿Ese? —preguntó ella—. Parece aburrido.
—Lo aburrido no es peligroso, así que es perfecto.
—¿De verdad necesitamos más dinero? No es que tenga problema con robárselo a la gente rica, pero…
Brendan dejó la jarra de cerveza sobre la mesa. No lo hizo con tanta fuerza como para romperla, pero sí para que ella se callara. Vale. Había dejado claro que no aceptaría una discusión al respecto.
Pues vaya novedad.
Victoria avanzó lentamente hacia la barra. Por el camino, fue ojeando a su alrededor. La mayoría de los clientes tenían la mirada clavada en el móvil o en la televisión del rincón que emitía un partido de fútbol. No le prestaron ni la más mínima atención, cosa que le gustó. Aquellas actividades no eran solamente para ganar dinero, sino también para que ella practicara su sigilo.
O eso decía Brendan.
Se apoyó sobre la barra con las manos. Lo más fácil era fingir que buscaba al camarero, acercarse disimuladamente al hombre y meter la mano en la chaqueta justo antes de pedir. Por estúpido que sonara, siempre terminaba funcionando. A veces, lo más simple resultaba ser lo más efectivo. Alguien le había enseñado aquello, pero no recordaba quién.
En conclusión, ese era el plan. Por lo menos, hasta que el hombre se volvió y la miró directamente a los ojos.
Y…, em…, mierda.
Pese a que todavía no había hecho nada, Victoria se quedó paralizada por un segundo. Nunca antes la habían pillado.
—¿Me estás echando? —preguntó él en tono decaído.
—¿Eh?
—¿Eres la camarera?, ¿tengo que irme?
Victoria parpadeó varias veces.
—No, no soy camarera. Solo quería beber algo.
—Ah…
El hombre empezó a trazar el contorno del vaso con un dedo, distraído. Tenía muy mal aspecto, como si acabara de recibir malas noticias y todavía no supiera cómo digerirlas. Victoria echó un vistazo a la chaqueta colgada. Si se las apañaba para ser rápida, todavía podría robarle la cartera.
O no. Ya sabía que estaba ahí. Era muy arriesgado.
Debería volver con Brendan.
—Es que llevo aquí casi tres horas —explicó él.
Por primera vez, ella pudo distinguir el tono ebrio de su voz. No estaba segura de cuántos whiskies se había tomado, pero apostaba a que no era el primero. Ni el segundo. Ni el tercero.
No supo qué decirle.
—Quizá es hora de parar de beber y volver a casa —soltó al final, toda sensibilidad.
—Hoy me han despedido.
Victoria, de nuevo, no supo qué decir. Hacía mucho tiempo que no consolaba a nadie más que a sí misma. Además, no quería empatizar con un objetivo de robo.
Solo tenía que hacerse con la cartera y…
Oh, venga, ¿a quién pretendía engañar? Era incapaz de robarle a ese señor tristón.
—Veinticuatro años —prosiguió el hombre triste—. Llevo veinticuatro años en esa empresa. Luchando por ella, perdiendo horas junto a mis hijos por ella… Y ¿para qué? Para que se plante el nuevo jefe y decida que soy muy mayor. Que necesita ideas frescas.
Tras esa última palabra, le dio otro trago a su vaso. Victoria empezó a preocuparse por su nivel de alcohol en sangre.
—Veinticuatro años de experiencia te abren las puertas en muchos sitios —observó ella.
El hombre se rio entre dientes.
—Los jóvenes os creéis que todo tiene solución, que la vida siempre acaba ofreciendo un plan alternativo. Cuando tengas mi edad, verás que la vida puede llegar a ser una cabrona. ¿A qué te dedicas tú?
Ella abrió y cerró la boca varias veces. El hombre sonrió de medio lado.
—No pasa nada si no trabajas —dijo este último—. Estamos en el mismo club. Espero que pronto te den una oportunidad.
Tras aquello, el señor hizo un gesto para que le llenaran otro vaso. El camarero hizo una mueca de desacuerdo, pero se lo sirvió igualmente.
Victoria volvió a la mesa con la cabeza baja. Se sentía confusa por su propia decisión. ¿Qué le importaba a ella que ese hombre no tuviera trabajo? Brendan hacía hincapié en no dejarse llevar por las emociones. Siempre decía que el mayor enemigo del éxito es la lástima y que tenía que aprender a controlarla. Aun así, Victoria había sido incapaz de arruinarle todavía más el día a ese pobre hombre.
Sabía que el cabreo de Brendan sería mucho mayor de lo que estaba acostumbrada, pero se sentó igualmente con él. ¿Qué remedio le quedaba?
—Lo siento —murmuró avergonzada—. Es que se ha puesto a contarme cosas y no he podi…
—Nos están siguiendo. No te gires.
Las palabras apresuradas de Brendan hicieron que ella se tensara. Obviamente, la primera intención había sido volverse. Menos mal que había resistido.
Su compañero tenía los ojos clavados en una de las cristaleras que daban al exterior. Lo disimuló mojándose los labios con una cerveza que no había llegado a probar. Para cuando la dejó sobre la mesa, parecía que su expresión se había ensombrecido.
—¿Quién es? —preguntó Victoria en un susurro.
—No lo conozco, así que no es un extraño.
—¿Te das cuenta de lo rara que suena esa frase?
La situación era seria, porque Brendan prefirió centrarse en el sujeto y no en mandarla a la mierda.
—Vale —murmuró él entonces—. Esto es lo que vamos a hacer: sales tú primero. Si te sigue a ti, que es lo más seguro, yo lo atacaré por detrás. Si notas mi señal, significa que me va a seguir a mí y te toca atacarlo a ti.
Cuando hablaba de «su señal», se refería al vínculo que compartían. Tendía a ser involuntario, pero podían provocarse pequeñas sensaciones mutuamente. Solía traducirse en una sensación de cosquilleo en las manos. O, como mucho, un escalofrío. Por lo menos así era cuando Brendan intentaba mandarle una señal de peligro; ella seguía sin tener muy claro cómo mandárselas.
Victoria no necesitó decir nada más. Una vez de pie, fue directa a la salida. No sabía quién era el sujeto. Ni siquiera le pareció que nadie le estuviera prestando atención. Tendría que esperar y ver si decidían ir a por ella.
No notó ninguna señal de Brendan, así que siguió moviéndose por las calles de aquel pueblo costero. Era mucho más bonito que las últimas zonas en las que se habían ocultado. Y el motel que habían elegido, a diferencia de los anteriores, tenía las sábanas medianamente limpias. Victoria se preguntaba por qué necesitarían una habitación si no dormían, pero Brendan siempre le respondía que tenían que disimular.
No era un pueblo peligroso, sino más bien una zona familiar. Pese a que ya había oscurecido, las farolas iluminaban a todas las familias que volvían a casa tras un día de playa. También a las señoras mayores que se abanicaban en sus sillitas plegables. Y no faltaban los que estaban de pie delante del bar, quejándose del árbitro del partido que todo el mundo estaba viendo.
Victoria tenía el don de no destacar entre la multitud, así que pasó entre la gente como si formara parte de su tranquilo ecosistema. Con las manos en los bolsillos y silbando una cancioncita, siguió avanzando en dirección a la playa. No estaba segura de cuánto tendría que caminar. Quizá tendría que ignorar el paseo marítimo e ir directamente a la zona boscosa que se encontraba de camino al faro. Allí, Brendan podría atacar sin problemas.
Y eso hizo. También trató de mandarle alguna señal a su compañero, aunque no obtuvo respuestas. Estaba empezando a preocuparse.
Entonces, un sonido interrumpió la noche tranquila. Por un momento, Victoria dejó de oír las risas de los lugareños en los bares del paseo marítimo. Tan solo pudo centrarse en el sonido de varios pájaros volando. Se habían alejado demasiado rápido como para que pudiera parecer una acción natural. Alguien los había molestado.
Quizá fue por instinto, pero Victoria se apartó justo antes de que Brendan, rodeando con el brazo a un hombre desconocido, cayera justo donde había estado ella un segundo atrás. Victoria tardó unos segundos en entender la escena, el barullo de brazos y piernas tratando de defenderse. Brendan tenía los dientes apretados. El hombre tenía la cara azul. Iba a ahogarlo en cualquier momento.
Sin embargo, Brendan lo soltó justo a tiempo. Se quedó sentado en el suelo, como si nada, mientras el desconocido se doblaba sobre sí mismo y tosía desesperado.
—Vale —murmuró Victoria—. Pues sí que nos seguían.
A modo de respuesta, Brendan entrecerró los ojos.
Fue el momento que aprovechó el desconocido para salir corriendo. Lo hizo con torpeza, todavía con la mano en el cuello y una expresión de terror. Ambos lo contemplaron sin mover ni un solo músculo.
—Te toca —informó Brendan.
—¿Y por qué a mí?
—Es tu entrenamiento. Muévete.
Victoria suspiró con exasperación. Aun así, empezó a caminar.
Perseguir a un humano herido era como rastrear un carro de caballos: a prueba de inútiles. Y Victoria no se consideraba una inútil, pero se mantuvo a una distancia apropiada. Prefería asegurarse de que el humano se sentía seguro que arriesgarse a lanzarse sobre él y espantarlo.
Se mantuvo entre los pinos, siempre protegida por la oscuridad de la noche. Sus ojos de transformada estaban adaptados para ver incluso con la menor iluminación posible. El humano no tenía esa ventaja. Encontrarlo resultó sumamente fácil no solo por eso, sino también por el ruido que hacía a cada paso.
Se estaban acercando peligrosamente al acantilado y Victoria, por un momento, se preguntó si el humano preferiría lanzarse antes que darles algún tipo de información. No sería la primera vez que un objetivo temía tanto las consecuencias que optaba por algo así de extremo.
Si se mataba, Brendan se pondría insoportable. Uf.
Para cuando lo alcanzó, ya estaba junto al acantilado. Se trataba de un risco bastante alto. Mostraba el paseo marítimo, pero se encontraba justo encima del mar. Si alguien se lanzaba, no iba a esquivar las rocas contra las que se chocaban las olas. Victoria intentó hacerse una idea de lo que sería la altura total, pero era muy difícil. Disimuladamente, se acercó a la última línea de árboles y empezó a trepar. Consiguió hacerlo sin alertar al humano, que tosió de nuevo y se acuclilló junto al acantilado. No era tan estúpido como para sentirse seguro, pero tampoco tenía energía para salir corriendo.
Mientras él se recuperaba, ella siguió ascendiendo. No se detuvo hasta llegar a una de las ramas más altas y seguras que encontró. Estaba justo encima del humano sin que este sospechara lo más mínimo. Victoria se aseguró de que sus zapatillas estuvieran bien seguras y avanzó un poco más hacia el extremo de la rama. No quería arriesgarse a que crujiera. Por lo menos, consiguió ver el final del acantilado.
Efectivamente, tenía una altura considerable, unos veinte metros. Ella podría sobrevivir si esquivaba las rocas. El humano, en cambio…, tenía menos posibilidades.
Lo observó con detenimiento. Debía de tener unos cuarenta y tantos años e iba vestido como si acabara de asistir a un banquete de boda: corbata desajustada, camisa arrugada y pantalones caros. Solo que todo aquello estaba manchado de tierra y hojas. Tenía un tatuaje que le asomaba por el hombro y la cabeza totalmente rapada. No pudo reconocerlo, aunque por el perfil sospechó que se trataba de uno de los amiguitos de Sawyer. Especialmente, porque vio que se le asomaba una pistola bajo la cinturilla del pantalón.
El humano iba a moverse en cualquier momento, por lo que ella estaba preparada para saltar. Lo que no esperaba era que, de pronto, él se sacara un móvil del bolsillo. Oh, no. No podía permitir que contactara con su jefe. Entonces, tendrían que escaparse y a Brendan no le haría demasiada gracia. No quería molestarlo dos veces tan seguidas.
Victoria se preparó para saltar. Iba a aplastarlo, pero tendría cuidado. Y lanzaría el móvil por el acantilado antes de que…
Mientras lo estaba pensando, una sombra apareció de la nada. Parecía que se había materializado en el aire. Victoria, a punto de saltar, volvió a aferrarse a la rama. La figura se había lanzado sobre el hombre con una habilidad que parecía sobrenatural y, por si fuera poco, le quitó el teléfono para destrozarlo de un golpe contra el suelo. Después, lo lanzó por el acantilado.
Justo lo que iba a hacer ella.
Estaba tan sorprendida que, por un momento, no se movió. Lo único que tenía claro era que no se trataba de Brendan. El chico tenía el pelo rubio, rapado por los lados. También parecía más delgado. Y mucho más estratégico que agresivo.
Victoria no entendía nada, pero saltó hacia delante. No podía permitirse que otra persona se hiciera con su fuente de información.
El chico se dio cuenta de su presencia mientras caía sobre él. Se movió a tiempo, apartándose de su camino, y Victoria terminó cayendo sobre el humano. Este último gruñó y se retorció malherido, pero a ninguno de los dos intrusos pareció importarle.
Victoria no tuvo oportunidad de verle la cara al chico, porque fue directamente a por sus piernas. No tenía mucha fuerza bruta, así que su única posibilidad era desequilibrarlo, sobre todo si iba armado. Un disparo podría alertar a toda la costa y no sabía quién estaba cerca.
Lo que más le sorprendió fue que el chico vio venir el movimiento; en un solo gesto, consiguió agarrarla de la cintura y mandarla con la espalda contra el suelo. Victoria gruñó y lanzó un puñetazo al aire. Consiguió conectar con su abdomen, pero el chico ni se inmutó. Lo intentó con una patada. Él la esquivó.
Entonces cayó en la cuenta. Ese chico no era humano. Era como ella.
Aquello ya no era tan fácil ni tan aburrido. Victoria contuvo la respiración. Brendan la había entrenado, pero no tanto como para enfrentarse a otro extraño con más experiencia que ella.
El chico le tiró de la pierna con un gruñido. Consiguió arrastrarla unos centímetros, pero Victoria se cubrió la cabeza con los brazos y consiguió asestarle otra patada. Esta vez, acertó con más fuerza. Pudo librarse de su oponente y ponerse de pie. Sin embargo, no por mucho tiempo. El chico se le lanzó contra el estómago con el hombro. Victoria sintió que se quedaba sin respiración. Intentó golpearle el hombro, la cabeza…, pero no sirvió de nada. No mucho más tarde, volvió a lanzarla de espaldas contra el suelo. Esta vez, se puso encima de ella. Victoria no podía respirar. Lanzó golpes. Incluso se planteó morderle. Al darle un puñetazo en la oreja consiguió que se separara unos centímetros y Victoria aprovechó para arrastrarse lejos de él.
De poco le sirvió. El chico, harto de aquella pelea, le tiró del tobillo y la arrastró de nuevo hacia sí. Victoria consiguió asestarle otro golpe doloroso. Y entonces él la agarró del cuello de la camiseta. Lo siguiente que supo Victoria fue que sus piernas seguían en el acantilado, pero su espalda sentía el murmullo del vacío. Con los ojos muy abiertos, consiguió mirar hacia abajo. El chico la estaba sosteniendo sobre el mar agarrada tan solo por la camiseta.
Supo que iba a tirarla solo por su forma de sostenerla. No había preocupación por mantenerla con vida. Aquello era una batalla por ver quién se quedaba con el humano. Y Victoria, por un momento, no pudo sentir otra cosa más que una oleada de pánico.
Pero nunca llegó a soltarla. Ella volvió a mirar hacia arriba. El chico la contemplaba. Parecía… sorprendido.
—¿Qué…? —empezó a decir.
La cicatriz. El pelo rubio. La expresión de mala leche. Ella había visto a ese chico en algún momento de su vida.
—¿Iver? —preguntó dudosa.
Él parpadeó varias veces. No supo qué decir.
3
Victoria
El chico volvió a dejarla en el suelo, lejos del acantilado. Victoria lo contemplaba confundida. ¿No se suponía que iba a matarla?
Iver… Recordaba a Iver, más o menos. Eran trazos confusos sobre discusiones. Y, también, de risas. No estaba segura de cuál era el recuerdo más potente. O si eran amigos cuando ella…, bueno, murió. Quizá la había traicionado o algo así. ¿Por qué, si no, Brendan le habría ocultado que tenían un aliado?
Parecía cansado, eso sí que lo notó enseguida. Tenía un auricular en la oreja que ella había intentado quitarle varias veces. Sin embargo, no lo estaba usando. Y lo que más le llamó la atención fue que seguía llevando la ropa negra típica de los extraños, la misma que Brendan había dejado de ponerse para disimular.
—No… No entiendo… —murmuraba Iver ante ella.
Volvió a mirarla de arriba abajo. Cualquiera diría que analizaba si era real o se había dado un golpe en la cabeza.
—¡Estás viva! —saltó de repente.
Lo dijo con más sorpresa que alegría, lo que resultó un poco ofensivo.
—Me siento un poco viva, sí.
—¡Y sigues teniendo el mismo humor de mierda!
Vale, ya empezaba a acordarse de algunas cosas.
De pronto, Iver se acuclilló delante de ella y la miró mejor. Estaba sonriendo, pero seguía pareciendo perplejo. Le pinchó la frente con un dedo, fascinado. ¿Esperaba que se esfumara como una alucinación?
—Estás viva —repitió él en voz más baja—. Pero… no lo entiendo, se supone que te quedaste en casa… Que te…
Iver era mucho más expresivo de lo que recordaba. O quizá eran las clases de Brendan, que le había enseñado a identificar y a especificar muchas más expresiones de las que ya conocía. Victoria pudo percibir cómo él repasaba cada escena en su cabeza, todo lo que había sucedido, para dar con una respuesta válida.
Lo logró en pocos segundos.
—Estás transformada —murmuró fascinado—. Pero… no pasaste la vigía, no entiendo…
El golpe sordo de su lado hizo que ambos se levantaran de golpe. Brendan acababa de aparecer a su lado. Le había atado las manos al humano y lo tenía a sus pies.
Al reconocer a Iver, Brendan pareció un poco irritado.
—Podríais atar al humano y dejaros de reuniones —espetó—. Se estaba escapando, par de inútiles.
Iver no se alegró tanto de verlo como con Victoria.
—¿Has estado con ella todo este tiempo? —le preguntó. Sonaba airado—. ¿La has estado ocultando?
Brendan le dio una patada al humano para que dejara de insultarlos y volvió a centrarse en la conversación. Tenía los brazos cruzados.
—Vaya, Iver, yo también me alegro de verte.
—Déjate de chorradas. ¡La has estado ocultando!
—Ahora dilo sin llorar.
Iver cerró los ojos un momento. En esa corta interacción, Victoria ya tuvo clarísimo que Iver no soportaba a Brendan. Y, de hecho, detectó cierto aire de odio histórico bailando entre ambos.
Cuando abrió los ojos, parecía más compuesto.
—¿Sabes lo que te hará Caleb cuando se entere de esto?
Caleb.
Mmm.
Vaya, vaya.
Victoria ladeó la cabeza, como un cachorrito que acaba de oír una palabra mágica. Lo único que supo fue que había dicho ese nombre muchas veces. Y que su cuerpo había reaccionado por ella; se le aceleró el corazón y, de alguna forma, sintió que una emoción muy extraña empezaba a fluirle por las venas.
Brendan, gracias a la conexión, también pudo sentirlo.
Puso cara de asco el muy romántico.
—Si se entera —replicó con calma—. No lo demos por hecho.
Iver apretó los dientes.
—¿«Si se entera»? Brendan, ¿cómo se te ocurre…?
—¿Qué querías que hiciera exactamente? ¿Dejar que se muriera?
—¡Podrías haberla transformado con nosotros!
—Se olvidó de todo —replicó su compañero con calma—. Y sabes cómo funcionan las transformaciones. Saturarla de información nueva podría haber hecho que perdiera los recuerdos. Lo hice por su bien.
—Sí, porque eres la persona más desinteresada de la historia. ¿Sabes lo que creo, Brendan?
—Me muero por oírlo.
—Solo querías mantenerla contigo el tiempo suficiente para entrenarla y que matara a Sawyer por ti. Es lo único que has buscado desde que te enteraste de que le daba miedo su habilidad.
Victoria miró a Brendan. Sentía una mezcla bastante rara de rabia, sorpresa y mucha mucha traición.
¿Le daba miedo a Sawyer? ¿Ella?
Lo dudaba mucho.
Pero lo que le llamó la atención no fue eso. Sabía que Brendan y ella tenían una relación complicada, pero de ahí a usarla como arma… Probó a conectarse con él. A veces, comprender a Brendan era complicado, con vínculo o sin él.
Lo que más le dolió fue no notar ningún tipo de arrepentimiento.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó ella, todavía un poco abrumada.
—De…
—Cállate —interrumpió Brendan—. Tiene que recordarlo ella. Sabes cuáles son las normas.
—Caleb se merece sab…
—¿Quieres arriesgarte a que lo olvide todo?
Esta respuesta dejó unos instantes de silencio tras de sí. Victoria contempló a ambos. Iver estaba tenso, mientras que Brendan permanecía a la defensiva.
—Han pasado meses —replicó finalmente el rubio—. Me ha reconocido. Puede volver.
Brendan, por un instante, contempló a Victoria como si lo hubiera traicionado. Ella no estaba muy segura de por qué. Después de todo, no podía controlar lo que recordaba o no.
—Caleb merece saberlo —insistió Iver.
De nuevo, Brendan se quedó callado. Victoria observaba las reacciones de ambos. Incluso podía sentir una nube de incertidumbre flotando sobre ellos. Brendan no estaba enfadado. Estaba… tenso. ¿Qué le daba tanto miedo? Si no había hecho nada malo, no tenía por qué temer ningún tipo de consecuencia.
Aunque… sí que había hecho algo malo, ¿verdad?
—No está preparada —repitió Brendan—. Si hay una alteración antes de que pueda controlar su habilidad, puede…
—No.
La negativa de Iver hizo que los tres —el humano incluido— lo contemplaran con sorpresa.
—No —repitió, y se llevó la mano a la oreja—. Bex, ¿me oyes? Dime que Caleb está contigo. Y dile que Victoria está viva.
Caleb
Supo adónde iba incluso antes de considerarlo al cien por cien. No había mucho más que hacer. No había mucho más a lo que aspirar. Se encendió otro cigarrillo por el camino.
Llegó al edificio unos minutos más tarde, como casi todas las noches, y subió las escaleras con la mirada fija en un punto cualquiera. La primera vez, había temido que Sawyer hubiera mandado a alguien para vigilar esa zona. La segunda vez, se dio cuenta de que le daba igual.
La parte positiva de sentirte vacío es que dejas de temer por muchas cosas. ¿Qué vas a perder cuando sientes que no tienes nada?
Por ejemplo, le daba igual que lo descubrieran. Le daba igual tener que enfrentarse a alguien. Tampoco le preocupaba demasiado que Sawyer fuera a encontrarse con él. Una parte de sí mismo lo deseaba. Así, saldrían de aquel limbo en el que llevaban metidos desde la noche del incendio.
La señora Gilbert abrió la puerta al cabo de unos instantes. Olía a comida recién hecha. Caleb no entendía por qué siempre le cocinaba platos tan elaborados si nunca se los comía.
—¡Hola, querido! —exclamó ella, tan encantada como siempre—. Pasa, pasa. He preparado un bizcocho de zanahoria. ¿Alguna vez lo has probado?
—No tengo hambre, pero… gracias.
—Tienes que comer más, ¿eh? No sé cómo te mantienes tan grandullón comiendo lo que comes. Seguro que en casa solo tienes ultracongelados de esos que no sirven para nada. ¿Quieres que te lo meta en una fiambrera para llevártelo a casa?
Caleb asintió porque, honestamente, no le apetecía discutir con ella. Y tampoco quería que se sintiera mal con su regalo. Tanto tiempo con humanos le había mostrado que no se tomaban muy bien que minusvaloraran sus esfuerzos.
Había empezado a visitar a la señora Gilbert tres noches después de que Vi…
No, no podía decirlo. Después de aquella noche. La del incendio.
Inconscientemente, había subido las escaleras del edificio para meterse en su pisito. El mismo que ahora estaba vacío, lleno de polvo y con ropa tirada por todos lados de aquella noche en que se habían escapado por la ventana. La toalla de florecitas moradas seguía en el suelo del baño. Era su favorita.
Olía a lavanda. O quizá no y solo era su mente jugándole una mala pasada.
Aquella noche, no hizo más que sentarse en el sofá y contemplar a su alrededor. De alguna forma, fue lo único que le permitió mantener la mente en blanco durante unos instantes. Que la vorágine de culpabilidad se pausara. Que, por un momento, el caos dejara de arrastrarlo a una corriente de la que no sabía salir.
La señora Gilbert llamó al timbre poco después. Pronto descubrió que llevaba una temporada haciéndolo porque, desesperada por encontrar a Victoria, se aseguraba cada noche de que no estuviera. Su casero la estaba buscando para cobrar el alquiler cuanto antes y amenazaba con sacar sus cosas y meter a otro inquilino.
La imagen que tuvo ese hombre fue la de Caleb, todavía con cenizas en los hombros y sangre en la ropa, extendiéndole todos los billetes que pudo encontrar. Probablemente era más que el precio del alquiler, pero no pudo importarle menos. Tampoco al casero, que lo aceptó con expresión de espanto. Fue la primera vez que Caleb se dio cuenta de que no se había duchado ni cambiado de ropa. Seguía exactamente igual que la noche del incendio.
La señora Gilbert se enteró de que no vería más a su vecina aquella misma noche. Lo que más le sorprendió a Caleb fue la reacción de la mujer. En lugar de quedarse en shock o de caer en una negación absoluta, se mantuvo en silencio y entrelazó los dedos. Caleb pudo sentir que se le aceleraba el corazón, pero la mujer conservó una calma absoluta y demoledora.
—¿Cómo ha sido? —preguntó al final.
—Un disparo. En… En menos de un minuto ya…
No se atrevió a terminar la frase. La señora Gilbert tampoco lo necesitó. Guardó silencio unos instantes más y, finalmente, lo miró.
—¿Por qué no te das una ducha y te cambias de ropa? Tengo cosas de mi marido. No estarán muy a la moda, pero… es mejor que esto.
Caleb nunca supo por qué aceptó aquella propuesta. Recordaba meterse en la pequeña ducha de la señora, ver la sangre y la suciedad resbalando por el plato de la ducha. Recordaba secarse y ponerse la ropa de aquel hombre, que le quedaba sorprendentemente bien. La señora Gilbert, al verlo, dijo que menos mal que su marido también había sido grandullón.
Tras eso, pasó dos días enteros en la casa de…, de…
Le daba la sensación de que, ahí dentro, podría llegar a fingir que no había pasado nada. De que, cuando saliera, todo volvería a ser como antes. Pero el olor a lavanda se fue esfumando con los días y, con él, la sensación de que todo seguía igual. Iba a desaparecer, como ella. Iba a desaparecer.
La semana siguiente, fue solamente para buscar a Sawyer. Tuvo la inmensa suerte de no encontrarlo, porque no sabía de lo que sería capaz.
Y siempre terminaba volviendo a la cama de ese pisito pequeño. A la que una vez había olido a lavanda, pero cuyo olor también estaba desapareciendo.
Una de esas noches, la señora Gilbert repitió el proceso de cocinar alguna cosa elaborada, invitarlo a comer y prepararle una fiambrera que no se comería. No intentaba sacarle conversación, pero sí que le comentaba los programas de reformas que ponían en la televisión. Caleb escuchaba…, más o menos. Por suerte, la mujer no exigía respuesta.
Fue en una de esas ocasiones cuando, al ver la comida, Caleb consideró la posibilidad de comentarle que él no comía. ¿Por qué? No lo tenía claro. Quizá necesitara a otra humana que supiera la verdad… Aunque la primera no le había ido demasiado bien.
Aun así, ya estaba empezando a decirlo.
—Agradezco la comida —dijo dubitativo—, pero yo no…
—Lo sé, querido. Deja la comida si quieres. Es para que yo me sienta útil, no para que te la comas. Y no hace falta que me lo cuentes, ya lo sé.
Caleb nunca estuvo seguro de si realmente entendía lo que insinuaba o, simplemente, creía que no comía por el luto. Nunca llegó a aclarárselo.
Después de aquellos intentos, se iba con Kyran y el gato, con los mellizos…, pero siempre terminaba volviendo a ese edificio. Solo.
No recordaba haberse sentido tan solo jamás.
Todos aquellos años en el sótano habían sido solitarios, pero no de aquella forma. En aquel entonces, sabía que le faltaba algo, pero nunca supo de qué se trataba. ¿Cómo iba a echar de menos algo que nunca había tenido? Sin embargo, ahora sí sabía lo que había perdido. Sabía lo que era tenerlo todo y quedarse sin ello. Quedarse con las manos vacías.
En uno de los momentos más bajos de su vida, se preguntó por qué no se había metido la punta de la pistola en la boca. Quizá era para cuidar del gato y del niño. O tal vez quería encontrar a Sawyer. Sabía que no estaría liberado hasta que lo hiciera. Y lo que más temía era que, tras eso, se sintiera todavía más vacío.
Volviendo a la realidad, aceptó la fiambrera de la señora Gilbert. También aceptó entrar a ver el programa de reformas con ella.
Victoria
—Idiota —susurró Brendan, que se había quedado paralizado—. Eres un puto inconsciente. ¿Cómo se te ocurre decírselo así?
—¿Me va a dar lecciones el que lleva meses ocultándola?
—Ha sido por una buena causa. ¿Es que no lo ves? Sawyer no la ha entrenado, no ha pasado por una vigía y no tenemos ni puñetera idea de cuál es la capacidad de su habilidad. ¿Quieres que la explote hasta reventar?, ¿quieres que pierda todos sus recuerdos? ¡No sabemos a qué coño nos estamos enfrentando!
Por un breve momento, Iver pareció arrepentido de lo que había hecho.
Victoria seguía sin saber cómo sentirse.
—¡Idiota! —repitió Brendan, cabreado.
Era la primera vez que lo oía levantando la voz, lo que la pilló un poco por sorpresa.
—Eres un puto idiota —insistió Brendan, cada vez más furioso—. ¿Qué vamos a hacer cuando Sawyer la encuentre?, ¿eh?
—Sawyer no sabe…
—Oh, por favor… ¡Sabe perfectamente dónde estáis! ¡Y está esperando el momento perfecto para atacar y matarnos a todos! ¿Qué te crees que se lo ha impedido? ¡Pues que no sabía dónde estábamos nosotros y esperaba a que vosotros, que sois unos inútiles, le enseñarais el camino!
—Cálmate —advirtió Iver, un poco harto de la retahíla de insultos.
—¿Calmarme? Sí, cuando tengamos una puta pistola en la frente ya me calmaré. Idiota. Eres tan inútil como…
Lo único que hizo que se callara fue la pistola de Iver. La había sacado con una velocidad vertiginosa y apuntaba directamente a la cabeza de Brendan. Este último apretó los labios.
—La única arma que te apunta en la frente es la mía —replicó Iver en voz baja— y no me caes muy bien, así que te recomiendo que te calmes de una puta vez.
—Dispárame, venga. Nuestra conexión es tan reciente que seguramente la matarías también a ella. ¿Por qué no lo intentas y vuelves con Caleb para contárselo?
Iver no bajó la pistola.
—Caleb se va a enterar en cuanto vuelva a la casa —dejó claro—. Te guste o no, es lo que va a pasar. Y, si Sawyer aparece, mucho mejor. Es lo que estamos esperando para quitárnoslo de en medio de una vez.
—Sois unos inconscientes.
—Y tú eres un mentiroso. Corre mucho más peligro contigo que con Sawyer. ¿O te crees que no te conozco? ¿Qué habrías hecho con ella una vez que te deshicieras de Sawyer? La habrías dejado tirada y sin recuerdos. Porque eres esa clase de idiota. Victoria, ven.
La mención de su nombre hizo que ella diera un respingo. Estaba tan abrumada por la información que no sabía ni qué debía empezar a analizar. Intercambió una nueva mirada entre ambos. Brendan la miró como si la retara a alejarse. Iver le repitió que se acercara.
Muy sabiamente, dio un paso hacia atrás.
—No sé qué está pasando —replicó ella—. Pero… creo que ahora mismo deberíamos centrarnos en el humano.
Por fin, parecieron acordarse de que el señor existía. Y que seguía atado en el suelo. Había tratado de arrastrarse en medio de la discusión, pero solo había conseguido desplazarse unos cuantos centímetros. Ante su mención, dio un respingo y se quedó muy quieto. Cualquiera diría que intentaba desaparecer.
Brendan e Iver intercambiaron una última mirada. Victoria supuso que habían llegado a un pacto de tregua tácita. Por lo menos, mientras se entretuvieran con el humano.
El primero en reaccionar fue Iver, que tiró de la camiseta del hombre para dejarlo sentado.
—¿Por qué la seguías? —preguntó directamente.
El hombre mantuvo los labios apretados. Pese a que iba cubierto de tierra y hojas, y de que tenía una herida en la ceja, parecía reacio a hablar.
—No dirá nada —observó Brendan.
—Oh, lo hará —aseguró Iver con una sonrisa terrorífica—. Por voluntad propia o a la fuerza, pero hablará. Trabajas para Sawyer, ¿verdad? ¿Te ha contado cuál es mi habilidad?
Esa última pregunta la hizo agachándose a su lado. El humano mantuvo los labios pegados, pero Victoria percibió que sus hombros se habían tensado.
—Veo que lo sabes —continuó Iver—. ¿Vas a hablar o tengo que rebuscar en tus peores emociones? Porque tengo poca paciencia. Iré directamente a lo peor que pueda ofrecerte y así podré matar a este otro idiota cuanto antes.
Brendan soltó un sonido parecido a una risa burlona.
El hombre, mientras tanto, se mantenía en silencio. Contemplaba a todos con temor. Victoria se preguntó cómo podía darle más miedo el enfado de Sawyer que un grupo de extraños contra él. Después de todo…, Sawyer ni siquiera tenía habilidades. Podía hacerle daño, sí, pero consideraba que la balanza del peligro estaba inclinada hacia ellos.
—¿Por qué la seguías? —repitió Iver—. Última oportunidad, colega.
En esta ocasión, el hombre abrió y cerró los labios. Había paseado la mirada entre todos los presentes, como si buscara algún tipo de piedad. No la encontró.
Victoria sintió un pequeño pellizco de atención. Al mirar a Brendan, vio que estaba usando su vínculo. Lo entendió enseguida.
—Iver —dijo ella, aunque ese nombre sonara raro después de tanto tiempo sin usarlo—, ¿me dejas probar a mí?
Su viejo amigo no debía de esperarse que se lo preguntaran con tanta suavidad, así que se quedó quieto por un instante. Luego se incorporó y la contempló, a ver qué hacía.
Victoria había practicado sus habilidades unas cuantas veces, pero no tantas como para usarlas contra alguien que iba a resistirse a ellas. En ocasiones, Brendan le decía que las usara contra las personas a las que robaban. Era sencillo, porque solía ser gente distraída que, cuando visualizaba un recuerdo, lo consideraba natural, un flashback. Sin embargo, alguien consciente del peligro que corría era un reto totalmente nuevo para ella. Y sabía que, si forzaba demasiado la habilidad, podía perder el control.
Las consecuencias de perder el control seguían siendo desconocidas, pero… no quería descubrirlas.
Con toda la calma que pudo reunir, ocupó el lugar que Iver acababa de dejar vacío. Arrodillada ante ese humano que probablemente la odiaba, se sintió un poco miserable. Solía sentirse así, como si aquella no fuera ella. Pero tampoco tenía muy claro quién había sido. Su cabeza era un nido de confusión.
Extendió las manos hacia el hombre, que trató de recular. Brendan e Iver lo sujetaron al instante. La cara del humano era de pánico absoluto. Después de todo, no sabía qué habilidad tenía Victoria.
En cuanto consiguió acunarle las mejillas, ella cerró los ojos con fuerza y trató de concentrarse. Podía sentir que los tres la miraban fijamente, cosa que la intimidaba un poco. Aun así, se mantuvo centrada y trató de traspasar las barreras que separaban su conciencia de la del humano.
Efectivamente, con alguien que se resistía era mucho peor; como pretender romper un muro a cabezazos. Cada vez que intentaba traspasar una barrera, sentía un latigazo de dolor cruzándole las sienes. Apretó un poco más los dedos sin darse cuenta. Inclinó más la cabeza. Cerró los ojos con más fuerza. Volvió a intentarlo.
Otra vez.
Y otra vez.
El primer recuerdo al que consiguió acceder fue… curioso. Y reciente. Victoria, desde la perspectiva de ese hombre que desconocía, miró hacia abajo. Tenía sus manos, su torso y su cuerpo. Era él.
Entonces, un niño se pegó a ella. A su pierna. A la del hombre. El chico no debía de superar los nueve años y les estaba hablando. Sin embargo, el hombre se resistía tanto al recuerdo que Victoria fue incapaz de discernir las palabras. Tan solo veía cómo se le movían los labios.
Victoria no podía buscar recuerdos concretos; lo que veía era lo que tenía en mente la persona. ¿Por qué pensaba en el niño?, ¿y por qué ese recuerdo inocente le causaba tanto miedo? El niño… Sí, tenía miedo por el pequeño. Por Sawyer. ¿Sawyer iba a hacerle daño?
En cuanto el hombre fue consciente de lo que le estaba mostrando, trató de pensar en otra cosa. Estaba tan asustado que sus recuerdos iban saltando de un lado a otro sin ninguna conexión. Se subió al mismo triciclo que usaba de pequeño, vio a su madre, vio otra vez a su hijo y a una mujer que no parecía gustarle mucho. Hasta vio dónde vivían. El niño no dejaba de aparecer. Incluso apareció un recuerdo de esa misma mañana. Le preguntaba por qué tenía que marcharse otra vez, si iría a cenar. El hombre no le había respondido. Ahora se arrepentía y se preguntaba si ese sería el último recuerdo que tendría de él.
Desesperado, el desconocido trató de sacarla de ese recuerdo, pero Vi
