El crimen de Año Nuevo

Daniel Balmaceda

Fragmento

El crimen de Año Nuevo

TRECE PALABRAS

Júbilo y entusiasmo colmaban el despacho. El aroma de la refrescante horchata se esparcía con los buenos augurios y con los brindis improvisados por los éxitos recientes: la resolución del robo a Los Tres Mosqueteros, algunas capturas concretadas y la recuperación de objetos sustraídos, como el valioso reloj del ministro de Guerra. Fue un momento de distensión que se permitieron el jefe de Policía Marcos Paz, el secretario Enrique García Merou y el asesor letrado Federico Pinedo.

Sin embargo, en un instante, el ruido de las felicitaciones se apagó, y el despacho pareció contener la respiración. Reclinándose en su sillón de cuero verde, el jefe Paz apagó el cigarro con un gesto mecánico. Sobre su escritorio, un sobre sin remitente reclamaba atención. Sus dedos recorrieron la nota con una delicadeza que delataba su curiosidad, pero también una creciente inquietud. La caligrafía, irregular y apresurada, arañaba el papel amarillento, y, al leer las trece palabras, sintió un golpe seco en el pecho. El mensaje anónimo era un escueto resumen de una historia siniestra.

Su mandíbula se tensó, en un intento por contener las frases que se le agolpaban en la garganta. Tragó saliva y, con tono de urgencia, ordenó:

—Cabo, convoque de inmediato al comisario Tobal.

Apretando la nota con una mano, el jefe se levantó y caminó hacia la ventana. Observó el tumulto habitual de la Plaza de la Victoria y el trajinar en las cercanías de la recova vieja. Pero no estaba viendo realmente la ciudad: trataba de procesar lo que había leído. El mensaje insinuaba un crimen escondido a la vista de todos, un misterio que se presentaba como el grave desafío que la naciente Policía de la Capital debía enfrentar.

El cabo anunció que la orden había sido cumplida, pero Paz no respondió. Sus ojos volvieron al papel arrugado que temblaba ligeramente en su mano. Las trece palabras seguían ardiendo en su mente. ¿Podía ser cierto? ¿O era solo una broma cruel de un irresponsable? No podía permitirse dudar. No cuando el reloj ya había empezado a correr hacía tantos días.

PRIMERA PARTE

PROMESA INCUMPLIDA

Tres semanas después de zarpar de Nápoles, los recibió un manto de bruma pesada que envolvía a Buenos Aires. El gris plomizo de aquella desapacible tarde de marzo de 1880 desdibujaba su silueta. La humedad ambiental era sofocante, y traía consigo un revoltijo de olores: peces y musgo, el metal fresco de la lluvia próxima y el aliento agrio del río. Sobre el cielo encapotado, las velas blancas desteñidas de los pescadores se inclinaban al capricho del viento, danzando entre botes y lanchones que, como incansables hormigas, iban y venían desde los barcos recién llegados hasta las carretas.

Depositaban a los viajeros en esos monstruos anfibios de madera, tirados por caballos que chapoteaban con el agua hasta el pecho, y conducidos por criollos de camisa holgada, chaleco y pañuelo al cuello, coronados por un sombrero andaluz que completaba la estampa. El cigarro, apretado entre los dientes, era su inseparable compañero. Apenas concluía el intercambio desde los botes, las carretas comenzaban su avance. Lento. Pesado. Casi solemne. Los cascos se hundían en el fango, que parecía resistirlos. Las ruedas, enormes como molinos, removían el fondo con esfuerzo, trazando estelas pardas que se alargaban y luego se disipaban.

Quince pasajeros, exhaustos y con los rostros marcados por las penurias del viaje, se aferraban con fuerza a los bordes de la carreta. Les habían dicho que un vapor los llevaría a la costa. Sin embargo, el río estaba muy bajo y hubo que emplear el sistema de desembarco de la Primera Clase, aunque sin sus comodidades, ya que viajaban amontonados. El vehículo se tambaleaba, sacudido entre el oleaje y el traqueteo de sus ruedas. Giovanni y Filomena, ceñidos el uno contra el otro, buscaban sostenerse en el vaivén. Cualquier agitación brusca del carretón ponía a prueba no solo el equilibrio, sino también los nervios de quienes soportaban aquel avance errático hacia la playa.

Filomena, con los ojos encendidos de emoción, no podía desatender el espectáculo del puerto. Frente a ella, Buenos Aires se extendía como un mosaico de movimiento y desorden: dos larguísimas chimeneas humeantes, embarcaciones que se balanceaban con el oleaje, carretas pesadas que avanzaban torpemente por la orilla, caballos cubiertos de espuma de río que relinchaban entre las voces humanas, y multitudes que iban y venían apuradas. Giovanni, a su lado, luchaba por mantener la estabilidad y sujetaba su sombrero de fieltro contra las ráfagas de viento fresco que soplaban del este. La carreta los acercaba a su destino, a la tierra prometida donde esperaban forjar un futuro lleno de esperanza.

Giovanni observaba los rostros de sus compañeros de viaje y recordaba el contraste con la escena que habían protagonizado al embarcar en Nápoles. Allá parecían desterrados, obligados a abandonar su mundo conocido. Al dejar atrás el muelle napolitano, caminaban por la cubierta como sombras en pena. Pero al arribar a Buenos Aires, la transformación era evidente. Todos, y en especial su amada Filomena, alzaban la vista con curiosidad, con los ojos bien abiertos, tratando de absorber, uno a uno, los detalles del nuevo paisaje que se desplegaba ante ellos. El destino que habían imaginado durante tantas noches, el que había tomado forma en sus conversaciones llenas de ilusión, se materializaba ahora ante sus ojos. Nadie en la carreta quería perderse ni un solo destello de aquel momento mágico. Solo se preocupaban de protegerse de las gruesas gotas de agua que salpicaban con cada vuelta de las ruedas.

El precario carruaje se detuvo con un brusco crujido en la playa, junto al cartel que anunciaba: “Muelle de las Catalinas”. Giovanni bajó primero, tanteando el suelo resbaloso antes de ofrecerle la mano a Filomena. Ella descendió con movimientos inseguros, mientras cargaba la valija de cuero. A su alrededor, un enjambre de rostros y acentos desconocidos se movía en todas direcciones: hombres con sombreros deformados por el uso, mujeres cargando niños dormidos sobre los hombros, jóvenes empujando carretillas repletas de baúles y cajas. El alboroto era ensordecedor, pero Giovanni y Filomena no lo notaban. Sus ojos, llenos de expectativa, hurgaban con urgencia el gentío.

—¿Lo ves? —preguntó Filomena, ajustándose el chal que llevaba sobre los hombros. Su voz era un hilo apenas audible en el caos que los rodeaba.

Su marido negó con un leve movimiento de cabeza, apretando los labios. Los minutos se estiraban con el peso del desaliento. Giovanni buscaba a su primo, Juan Bautista Sassano, examinando los rostros que pasaban junto a ellos. Filomena, en cambio, se enfocaba en el horizonte de cuerpos que se amontonaban en la escollera, deseando arrancar con la mirada una figura familiar de aquella marea humana.

Se detuvieron donde comenzaba un terreno de adoquines cubiertos de barro. Giovanni dejó la maleta en el suelo, mientras Filomena se sentaba en el borde de un banco de hierro pintado de azul que miraba al río. Una hora. Una larga hora que transcurrió entre suspiros, miradas furtivas y una creciente sensación de abandono. El primo no aparecía. Entonces, Giovanni se inclinó para recoger la valija. Sus dedos se cerraron en torno a las sogas que la mantenían atada. Habló con determinación:

—Tendremos que ir al Hotel de Inmigrantes.

La joven se encogió de hombros y, al incorporarse, volvió a mirar al muelle, con la esperanza de que Sassano emergiera milagrosamente entre la concurrencia. Pero no fue así. Con la valija al hombro, Giovanni se irguió y avanzó decidido, en el sentido que un changador de camisa azul y cuello punzó le había señalado. Sin ganas, fueron alejándose del muelle, abandonando la ruidosa escollera, inmersos en la bruma que comenzaba a teñir los contornos de la ciudad. La silueta del Hotel de Inmigrantes aún no aparecía en el horizonte, aunque en sus mentes tomaba forma, incierta y lejana. Era un lugar extraño, sí, pero también un refugio, un punto de partida. Filomena se detuvo un instante. Volvió la cabeza hacia el muelle una última vez. En el gris de la bruma quedó suspendida la promesa incumplida. El rostro que nunca apareció.

FILOMENA Y GIOVANNI

Habían cruzado el océano con la promesa del mañana tatuada en el alma. Filomena Magliola y Giovanni San Martín eran como dos barcos recién anclados en el puerto: firmes en su intención de mantenerse a flote, pero aún sacudidos por las olas del viaje.

Filomena, con veinte años, parecía una flor trasplantada en suelo desconocido. Tenía ojos grandes, acentuados por largas pestañas; y tan oscuros como el suelo volcánico de la antigua tierra napolitana. Poseía una belleza discreta, imposible de ocultar incluso bajo las sencillas ropas que había traído. Su pelo, de un castaño oscuro, se desordenaba fácilmente con el viento húmedo de la ciudad. Sin embargo, esos mechones rebeldes no le restaban encanto; por el contrario, había en su desaliño un aire natural que la hacía destacar.

Era una mujer dócil, acostumbrada a los ritmos del campo napolitano, donde las estaciones marcaban el pulso de la vida y los días transcurrían sin sobresaltos. No sabía leer ni escribir, pero dominaba el arte de observar y escuchar, y en sus manos pequeñas y flacas se escondía una ternura infinita, la misma con la que había aprendido a moldear la masa del pan o a consolar a un hermano menor en noches de tormenta.

En Giovanni veía no solo al único hombre que había encendido su pasión, sino también al conductor que seguiría sin cuestionamientos. Cuando él tomaba una decisión —y además le sonreía—, ella la abrazaba como si fuera propia.

Giovanni, diez años mayor, difícilmente llamaba la atención de inmediato. Su rostro, de rasgos comunes, no destacaba ni por su atractivo ni por su fealdad. Aunque el trabajo en los olivares había secado su piel, aún conservaba una frescura juvenil en las líneas de su boca y la firmeza de su mandíbula. Sus ojos marrones, de un tono corriente, estaban siempre atentos, como si buscaran respuestas que rara vez hallaban. Pero había en él una fortaleza que se hacía evidente en los momentos de tensión. Solo se recordaba un leve traspié en su aplomo. Fue cierta vez que afloraron sus celos por un forastero que se acercó a Filomena para preguntarle qué rumbo debía tomar.

Para Giovanni, el horizonte que representaba Buenos Aires encarnaba la idea mágica de “hacerse la América”. Esa abstracción era su motor. Filomena, en cambio, sentía que esa agitación la mareaba, aunque al mismo tiempo le provocaba emoción; porque ese caos, tan diferente de las jornadas apacibles en los olivares napolitanos, le prometía algo más. Ella vivía con los pies plantados en el presente, con sueños modestos, limitados por el agobio de cada día. Él soñaba a lo grande; su ambición era el combustible que lo empujaba a avanzar. Estas diferencias, lejos de separarlos, los complementaban. En medio de la agitación de su arribo, de la ausencia del primo que prometió recibirlos, se aferraban mutuamente como si fueran los únicos habitantes de ese nuevo mundo que los embriagaba.

Giovanni la protegía, y Filomena lo seguía, confiada en que él sabría hallar el camino. Sin embargo, en el fondo de sus corazones, donde aún ardía la esperanza que los había traído hasta el Río de la Plata, comenzaba a nacer una emoción nueva y desconcertante: la inquietud.

Ellos representaban el choque entre lo que se deja atrás y lo que está por venir. Lo sabían, aunque no lo dijeran: lo que habían compartido hasta ahora, en los campos de Nápoles y en el viaje, era apenas el prólogo. La vida en Buenos Aires, con su ajetreo incesante y sus riesgos impredecibles, estaba a punto de poner a prueba ese delicado balanceo que los mantenía unidos.

EL ASILO

La tarde iba despidiéndose cuando Giovanni y Filomena treparon la barranca adoquinada que los llevaba al Hotel de Inmigrantes. Percibían un olor indefinido, mezcla de la lejía que empleaban las lavanderas en la costa y el perfume dulce, como de zapallo horneado, que partía de una fábrica de cerveza. La expectativa crecía a medida que se acercaban a la cima, aunque ambos empezaban a sentir el cansancio del día, y del viaje, que pesaba en el cuerpo y en el ánimo.

Llegaron a la reja que circundaba la Plaza San Martín, cuyo nombre, pintado en letras negras sobre un fondo crema, los desconcertó. Bromeaban acerca de que la plaza cuidadosamente arbolada rindiera homenaje al recién llegado. Los dos rieron con ganas. Nada mejor que unas carcajadas para aliviar las tensiones.

Caminaron unos pasos y, finalmente, lo vieron: una estructura circular de madera, oscura y austera, que se erigía en el rincón norte, junto a la plaza. Desde la distancia, parecía un enorme barril olvidado en medio de la ciudad. Giovanni se detuvo en seco, dejando caer la valija. Había imaginado un lugar imponente, un refugio digno de la “tierra prometida”. Pero aquello no era un hotel. Era un asilo.

Se acercaron a la entrada, donde un joven de su misma edad, con un uniforme holgado y cara de pocos amigos, los inspeccionó de un vistazo e hizo un gesto para que pasaran. Apenas atravesaron el umbral, la humedad rancia los recibió.

El Hotel de Inmigrantes había perdido el mínimo refinamiento que ostentaba su antecesor, situado en Corrientes y 25 de Mayo. Su ciclo había terminado en 1874 y, tras una breve mudanza a un edificio de Palermo, la Dirección de Migraciones había establecido esta ubicación provisoria, en Retiro, hasta que se terminara el que se construía a pocas cuadras, en De las Artes y Juncal.

Tras registrarlos, previas las preguntas de rigor —nombres, edades, lugar de origen, oficio, si sabían leer y escribir, y adónde pensaban dirigirse después—, les comunicaron que serían alojados en pabellones separados. Filomena abrió los ojos, desconcertada, a la vez que Giovanni apretaba los labios, en un intento por no protestar. Ya habían cruzado el mar en salones dormitorios diferentes, por “cuestiones de moralidad”. En el hotel, también esa era la regla. Los hombres dormían en un pabellón al fondo. En cuanto a las mujeres y los niños, eran asignados al salón vecino, más amplio.

Filomena fue a su dormitorio y dejó la valija junto a un rincón de la pared, rodeada de otras maletas, bolsas y cestos de ropa que parecían contener el mundo entero de quienes las habían traído. El bullicio colmaba el espacio: niños llorando, mujeres intercambiando frases rápidas, risas nerviosas matizadas con suspiros largos. Todo era extraño, demasiado ajeno.

Se encaminó al comedor y se detuvo un instante en la entrada para observar las largas mesas de madera repletas de hombres que hablaban casi a los gritos, agrupados por afinidad. Algunos usaban dialectos italianos que ella reconocía vagamente, otros conversaban en lenguas que jamás había oído, soltando palabras que deambulaban como melodías sin sentido. Había algo inquietante en el parloteo infinito, en aquel movimiento que no parecía detenerse nunca. Pero lo que más llamó su atención fue el olor. Compartió esa sensación con Giovanni cuando se reencontraron. El aroma evocaba las tardes especiales en las que su madre preparaba un guiso de carne y toda la familia se reunía a la mesa. Finalmente, era verdad lo que anunciaban las cartas; aquella correspondencia que cruzaba el océano, donde los que se habían marchado contaban acerca de la “carne abbondante” de la Argentina, esa abundancia que sonaba a fábula en su pueblo.

La cuestión del apetito quedó zanjada. Sin embargo, el principal desafío persistía amenazante. Ese hotel no era para quedarse, la estadía no podía superar las cinco noches. Cada día que pasaran allí, sin resolver nada, aumentaría las complicaciones. Necesitaban encontrar a su primo Sassano cuanto antes.

Cuando terminó la comida se despidieron, y Filomena se marchó al pabellón de mujeres. Su catre estaba en un rincón junto a una pared llena de rajaduras, desde donde podía escuchar el viento rascando débilmente la estructura. Se sentó en el borde por un momento, con la espalda encorvada y las manos apoyadas en el regazo, tratando de ignorar la sensación de vacío que le provocaba no tener a Giovanni a su lado, una noche más.

A su alrededor, la conversación de las mujeres la rodeaba sin tregua. Algunas hablaban en susurros rápidos, otras calmaban a niños, y unas pocas se refugiaban en sus pensamientos, con la mirada perdida en el techo. De vez en cuando, una voz se alzaba para pedir silencio: alguna mujer que claramente tenía un sueño ligero y no toleraba las distracciones. Los sonidos disminuían por un momento, solo para renacer unos minutos después, en un ciclo interminable. Filomena apretó los párpados, tratando de silenciar los ecos del dormitorio y de sus propios pensamientos. Era un desorden que, en un contexto diverso, habría resultado abrumador. Sin embargo, ahí adquiría una cualidad casi familiar. Sentía que todas en aquel gran ambiente compartían un hilo invisible, un deseo común en medio de la incertidumbre. Esa conexión, intangible pero presente, le dio fuerzas. A pesar de la cama rígida y las interrupciones constantes, poco a poco, su respiración se acompasó con ese barullo, y antes de notarlo, su cuerpo comenzó a hundirse en el descanso.

Del otro lado de la pared, Giovanni seguía despierto, con la mirada fija en la penumbra, como si esa primera noche en el hotel fuera un obstáculo que no podría superar. Arrastraba la carga del día, sin embargo sus pensamientos conservaban su efervescencia. La madera húmeda se colaba por las mantas, y el colchón del catre era poco más que un objeto simbólico. A su alrededor, ronquidos, toses y crujidos creaban un fondo irregular que parecía armonizar con su inquietud.

Pensó en Filomena, en cómo la había despedido hacía veinte minutos, separada por la estricta distribución de los pabellones. La responsabilidad, el miedo, todo pesaba. Entonces escuchó las campanas lejanas y las respiraciones profundas de otros hombres. Hasta que el ruido ya no fue un enemigo. Cerró los ojos y permitió que el sueño finalmente lo venciera.

Las horas iniciales en Buenos Aires fueron decepcionantes. Más bien, habían sido una advertencia inquietante de lo que vendría.

DOS MIL CONVENTILLOS

En 1880, Buenos Aires había perdido su antigua quietud.

La ciudad que recibió a la pareja de napolitanos ya contaba con doscientos cincuenta mil habitantes, de los cuales una cuarta parte eran inmigrantes llegados durante la última década. Entre estos predominaban claramente los italianos, especialmente los genoveses, que constituían por amplio margen el grupo más numeroso.

La llegada masiva de extranjeros generó nuevas necesidades: más de dos mil casas de inquilinato ofrecían alojamiento precario a unos cincuenta y cinco mil pensionistas. Todas —salvo un edificio construido específicamente para ese fin— eran antiguas casonas adaptadas para alojar el mayor número posible de inquilinos. Debido a esto, las condiciones de vivienda e higiene eran malas. Ese año, por disposición del gobierno, se ordenó colocar pisos impermeables en las letrinas. Era una época en la que muy pocos conventillos contaban con inodoros, y los baños públicos de las estaciones de ferrocarril solían oler mejor que los de las pensiones.

Para la higiene personal de los habitantes de los conventillos funcionaban establecimientos específicos repartidos por la ciudad. Se pagaba una suma que oscilaba entre veinte centavos y un peso, según la categoría del lugar, el tipo de ducha —individual o colectiva— y el estado del vestuario.

Los recién llegados veían en Buenos Aires una ciudad en efervescencia. Sus calles ofrecían un espectáculo pocas veces visto, donde los inmigrantes conservaban la moda de sus países de origen, lo que aportaba un colorido heterogéneo y especial. La venta ambulante era cuantiosa y diversa: incluía hueveros, afiladores, fosforeros, panaderos a caballo, vendedores de ajos o pescado, silleteros y naranjeros —estos últimos con un canasto en cada brazo—, además de quienes comercializaban aves para consumo o canarios silbadores. Igualmente, recorrían los barrios el vendedor de carne en carreta, y las fruteras y verduleras que cargaban la mercadería en canastos sobre la cabeza. Otro integrante de la fauna ambulante era el aguatero, con su tonel en el carro tirado por bueyes o caballos. Su agua solía utilizarse para todo, excepto para beber.

Al concierto inagotable de voces pregonando sus productos —cada una con su estilo reconocible— se agregaban las campanadas de las iglesias para anunciar las horas y sus cuartos, los ladridos de innumerables perros vagabundos y el tedioso tronar de las cornetas que ejecutaban los guardas de los tranvías para advertir a los distraídos. El silbato de las locomotoras se incorporaba a la anarquía de los sonidos.

Por otra parte, los extranjeros solían repetir que los trenes argentinos se sacudían demasiado, haciendo que los pasajeros viajaran a los saltos. En los vagones de primera clase, la humareda era notable porque todos fumaban, incluso las mujeres.

Los tranvías y carruajes eran conducidos por pares de caballos. Circulaban junto a los jinetes que, en muchas ocasiones, cabalgaban imprudentemente en zonas donde solo se permitía el trote o el paso.

Alrededor de las cinco de la tarde, el paisaje de los barrios céntricos se enriquecía con la presencia del lechero, en dos versiones: el que llegaba a caballo con tachos y el más requerido, que caminaba con su vaca y el ternero. Cuando las cocineras escuchaban el sonido del cencerro, salían con un balde para proveerse. También se ofrecía leche de mula, con el mismo sistema de ordeñe en el acto.

El paisaje callejero se completaba con personajes como los jovencitos vendedores de diarios y los lustrabotas, el cartero, el vigilante y el changador, siempre listo con su soga al hombro para trasladar un paquete o cumplir un encargo. De igual manera, se multiplicaban los piolines en manos de los niños. En los primeros meses del año, el cielo porteño se llenó de coloridos barriletes de fabricación casera. La moda duró hasta fines de marzo: las autoridades intervinieron debido a los accidentes —algunos leves, otros trágicos— provocados por menores que trepaban a las azoteas para remontarlos. Además, los barriletes dañaban los cables del telégrafo, lo que generó protestas de las compañías.

Una curiosidad para los visitantes era que Buenos Aires carecía del encanto femenino durante las horas del día. Recién al atardecer, calles como Florida, Perú y Esmeralda se poblaban de señoritas que competían en gracia y elegancia. También causaban revuelo en la Plaza de la Victoria, frente a la Catedral. Allí, los caballeros eran abordados por jóvenes de ojos azules o negros penetrantes que, con estudiada coquetería, preguntaban: “¿Cigarros, señor?”. Se trataba de damas de la alta sociedad que reunían fondos para la caridad con la venta de tabaco.

En contraste, los restantes templos de la ciudad se llenaban de mendigos. Era habitual ver veinte o treinta hombres y mujeres en los atrios, disputándose la limosna de los fieles. El Asilo de Mendigos, construido para dar amparo a quienes vivían en la calle, ya no daba abasto en 1880.

Miles de inmigrantes comenzaron su aventura rioplatense en el Hotel de Inmigrantes y terminaron sus días en el Asilo de Mendigos. De todas maneras, el desánimo no viajaba en el equipaje de Giovanni y Filomena.

FRENTE AL PALACIO MIRÓ

El desayuno llegó con novedades. El mate con leche fue una sorpresa que con el tiempo se ajustaría a su paladar. Además, recibieron advertencias. A la salida del hotel había hombres con carteles ofreciendo empleos. Por lo general, debía darse preferencia a los más antiguos huéspedes del hotel, aquellos a quienes quedaba una noche, a lo sumo dos, de estadía cubierta. Otros carteles ofrecían tentadores alojamientos con cuartos individuales y comodidades a bajos precios. Eran estafadores, más bien ladrones, que se ofrecían a llevar el equipaje de los incautos en su carro, y terminaban desapareciendo con el botín.

Tras el desayuno y las prevenciones, partieron a la Nazionale.

En la Buenos Aires de 1880, las asociaciones de ayuda mutua desempeñaban un papel crucial para los inmigrantes italianos recién llegados. Además de su apoyo clave, reflejaban las divisiones de una comunidad que, aunque compartía orígenes, seguía marcada por las tensiones de Europa. En el centro de estas discrepancias se encontraba la Unione e Benevolenza, fundada en 1858 con un propósito noble: brindar asistencia médica y social a los italianos asentados en los barrios humildes del sur de la ciudad, como La Boca y Barracas. No obstante, con el tiempo, su postura abiertamente republicana y anticlerical comenzó a suscitar fricciones dentro de la comunidad.

El punto de quiebre llegó en 1861, cuando un sector de sus miembros propuso sumar el escudo real a la bandera tricolor de la asociación y celebrar el cumpleaños del rey como parte de las festividades oficiales. La negativa de la Unione e Benevolen

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