Miércoles. Novelización de la primera temporada

Tehlor Kay Mejia
Los guionistas de la serie de TV

Fragmento

cap

DEL ESCRITORIO DE MIÉRCOLES ADDAMS

 

Si le preguntas a cualquier chaval problemático cómo se siente después de que lo hayan echado de ocho colegios en cinco años, recibirás más o menos la misma respuesta.

Yo no soy una excepción, aunque me guste pensar que mis expulsiones (así como mi predilección por las maldiciones) tienden a ser un poco más creativas que las de vuestros abusones corrientes. Es imposible exagerar lo poco que quería que me arrastraran a la Academia Nunca Más (la alma mater de mis padres) aquel fatídico día de otoño en el que el coche fúnebre de nuestra familia acabó llevándome allí. A mi parecer, cualquier institución que pudiera producir la arrogante superioridad de mi madre, o la obsesión nauseabunda que tienen mis padres el uno por el otro, era un lugar que debía evitar a toda costa.

Pero, como os diría cualquier genio investigador, es importante ser capaz de admitirlo cuando te equivocas. Y yo estaba equivocada respecto a la Academia Nunca Más. Respecto a casi todo lo que sucedió allí ese año. Sin embargo, en mi defensa, ¿quién iba a predecir que un campus famoso por alojar a gente rara y marginados comunes albergaría un gran misterio de un monstruo tan retorcido que hasta a mí me sorprendería su conclusión?

Si pudiera retroceder en el tiempo y decirle algo a esa versión de mí más joven e inocente, bueno, probablemente no le diría nada. Al fin y al cabo, el terror puro e impredecible es una de las pocas diversiones auténticas de la vida, y sé que se enfadaría muchísimo conmigo por estropearle la sorpresa.

Así que déjame llevarte al principio de una historia en la que yo, Miércoles Addams, encuentro un propósito y un hogar en el último sitio donde hubiera esperado encontrar ninguna de esas dos cosas. No te preocupes, esto no es un rollo feel-good. Y si hay algo que deberías saber bien es que detesto una historia sin al menos cinco brutales asesinatos.

Capítulo uno

Unos meses antes…

Mis padres están besándose apasionadamente en el asiento frente a mí. Es bueno que vayamos en un coche fúnebre porque me quedan dos segundos para morirme. Causa del fallecimiento: puro asco.

Estoy convencida de que un ataúd a dos metros bajo tierra sería un destino preferible al que me dirijo: la Academia Nunca Más. El mismísimo campus que juré de niña no pisar en mi vida. Cualquier cosa que ponga a mi padre sentimental es algo que rechazo de inmediato, incluida mi madre, que hace una pausa para tomar aire y me lanza su mirada imperiosa.

—Cariño, ¿cuánto tiempo piensas seguir haciéndonos el vacío? —pregunta.

No aparto la vista de la ventanilla.

—Lurch —digo sin alterar el tono, dirigiéndome al monstruoso mayordomo de la familia que va en el asiento del conductor—. Por favor, recuérdales a mis padres que no les hablo.

Lurch gruñe, como tiene por costumbre. Ahora mismo lo prefiero a la conversación que mis padres llevan intentando mantener conmigo desde que salimos de casa esta mañana. Sé que mi padre entiende la advertencia en su tono, pero lo ignora.

—Te prometo, mi pequeña viperina, que te encantará Nunca Más. ¿Verdad, Tish?

Mi padre es incapaz de tener una opinión que mi madre no comparta. Es antinatural, y solo me provoca más náuseas.

—Por supuesto —contesta mi madre—. Es el colegio perfecto para ella.

Esas palabras me irritan los nervios ya alterados. No soporto los clichés, pero supongo que ciertas experiencias adolescentes son universales, y no hay nada que deteste más que mi madre me diga quién soy o lo que es bueno para mí.

—¿Por qué? —espeto, rompiendo el silencio contra mi voluntad—. ¿Porque fue un colegio perfecto para vosotros?

Ni siquiera se digna a responder, tan solo sonríe con ese aire de suficiencia suyo, sugiriendo de manera no verbal que todo lo que piensa es objetivamente correcto. Provocándome con ese silencio deliberado.

Y pico el anzuelo. Lo que hace que me ponga más furiosa.

—No me interesa seguir vuestros pasos —digo—. Ni ser la capitana de esgrima, ni la reina del Baile Oscuro, ni la presidenta de Espiritismo. —Intento enumerar esos logros con el máximo desprecio posible, pero por supuesto parece incluso que su engreimiento aumenta.

—Simplemente me refiero a que por fin estarás entre compañeros que te comprendan —replica—. A lo mejor hasta haces algunos amigos.

No pienso contestar a eso. La amistad, según mi experiencia, requiere optar por una serie de identificadores que nunca me han interesado. Los psicólogos dicen que las amistades adolescentes se entablan y se rompen casi siempre al estar dentro o fuera de un grupo. Y yo nunca he formado parte de un grupo. Y desde luego no pretendo empezar en uno que tuviera a mis padres como miembros.

Además, no creo que mi madre haya tenido jamás un amigo. Tiene seguidores. Aduladores. Lleva intentando que yo esté entre sus filas desde que nací.

—Nunca Más no se parece a ningún otro internado —dice mi padre, mirándola, demostrando totalmente lo que digo—. Es un lugar mágico. Allí conocí a tu madre y nos enamoramos.

Pensarás que estoy acostumbrada a esa expresión soñadora en su cara, a la forma que tiene de cogerla de la mano y suspirar como si el coche se alimentara de sus propias emisiones personales de dióxido de carbono y no de los combustibles fósiles que están quemando el planeta y a todos los que están en él a una velocidad alarmante.

Sé que no sirve de nada intentar interrumpirlos. Hasta mis ataques verbales más despiadados siempre han fracasado en dicho cometido. Así que me giro hacia la ventanilla para refugiarme en el último recuerdo que me dio paz.

Casi puedo sentir el suelo de barato linóleo del instituto Nancy Reagan bajo mis merceditas. Veo la taquilla medio cerrada donde apenas cabe mi hermano, que sale con la cara roja, humillado, con una manzana metida en la boca. Le toco el brazo y sucede. Tengo una visión. Una sacudida del pasado o del futuro que anula mis circuitos. Me resulta difícil describir la sensación… Es como una terapia de electroshock sin la satisfactoria combustión posterior.

Durante los últimos meses me habían estado atormentando unas visiones, pero esa al menos mostraba algo útil: la identidad de quienes habían estado torturando a mi hermano. A partir de ese momento, la venganza no fue fácil.

Tardé unos cuantos días en conseguir las pirañas. El tío que conozco en la tienda de animales exóticos lo estuvo demorando hasta que desenterré unas fotos de él y su actual amante, lo que redujo considerablemente su curiosidad respecto a para qué las quería.

El recuerdo de estar al borde de la piscina durante el entrenamiento de waterpolo me ha acompañado en este trayecto a Nunca Más. La diversión se transformó en pánico en los ojos de los culpables cuando los cuerpos lustrosos y plateados de los peces recorrieron el agua con exceso de cloro, al saber en cierto modo que se dirigían a sus pelotas.

Jamás olvidaré cómo la sangre de color rojo intenso contrastaba con el azul del agua, ni los gritos que llenaron el centro de entrenamiento de deportes acuáticos. No podría haber encontrado mejor escenario: la acústica era increíble.

Por desgracia, sobrevivieron. Mi único consuelo es que sus padres no presentaron cargos por intento de asesinato. Imagina pegarte toda la vida con un expediente donde figure que no lograste terminar tu trabajo.

Capítulo dos

 

 

El despacho de la directora de Nunca Más es justo el tipo de muestra de prepotencia que más detesto. Muebles de cuero y libros encuadernados en piel. Caoba y bronce pulidos. La clase de estancia que hace sentirse inteligente a los estúpidos y que a las personas inteligentes les hace vomitar.

Me siento en una de las butacas de cuero entre mis padres mientras la directora examina mis documentos con una expresión afligida en el rostro. Sé que mi expediente académico contiene mis notas y probablemente algunas advertencias de mis antiguos profesores y consejeros escolares. Nada fuera de lo común, a menos que no estés acostumbrado a tomarte la justicia por tu mano.

—Desde luego, Miércoles es un nombre original —dice por fin, aferrándose al único detalle potencialmente inofensivo del mamotreto—. Supongo que naciste ese día de la semana.

—Nací un viernes trece —la corrijo, manteniendo la mirada para demostrarle que significa exactamente lo que ella teme.

—Su nombre —interviene mi madre en tono pacificador— proviene de un verso de mi canción infantil favorita. «Los miércoles son tristes».

Creo que es la única vez que me ha entendido realmente.

—Siempre has tenido una perspectiva única del mundo, Morticia —dice la directora—. ¿Te ha contado tu madre que éramos compañeras de habitación aquí, en Nunca Más?

De repente, Larissa Weems es algo más que un mero busto parlante para mí. Intento imaginármela joven. Me pregunto si sería así de estirada y remilgada. Es imposible que fuese popular si ahora trabaja aquí. Los adolescentes que pertenecen a ese círculo casi nunca regresan a la escena del crimen.

Así que deduzco que está reviviendo algo. Y no parece una aduladora de mi madre, lo que significa que al menos en parte era inmune al encanto legendario que Morticia Addams tenía incluso entonces, cuando estaba más concentrado. A lo mejor al fin y al cabo puedo aprender algo de esta mujer, pero no le daré la satisfacción de decírselo.

—Impresionante —opino con un tono de lo más neutro.

—¿El qué? —pregunta con educación.

—Que se graduara con la cordura intacta.

¿Son imaginaciones mías o también me mira ahora de forma diferente? Si lo hace, tiene el sentido común de disimular antes de que mi madre se dé cuenta.

—Sin duda llevas una trayectoria educativa interesante —dice, volviendo al expediente—. Ocho colegios en cinco años y cada ocasión terminó con un… incidente digno de mención.

—Soy gran partidaria de tomarme la justicia por mi mano.

Continúa, ignorando mi comentario.

—Nunca Más por lo general no acepta alumnos a mitad de curso, pero es evidente que eres una chica excepcional, y además tu familia tiene una larga historia en este colegio. El consejo entiende que a los alumnos que acaban aquí a menudo no… se los merecen en otros entornos educativos. Así que hemos hecho una excepción con la esperanza de que así sea para ti.

—Todavía no han creado una escuela que pueda servirme —replico— ni que pueda contenerme. No creo que esta sea diferente.

—Lo que mi hija intenta decir —tercia mi padre, lanzándome una mirada penetrante— es que agradece mucho esta oportunidad.

—Sí —afirma mi madre—, lo demostrará siendo una estudiante modelo y asistiendo a las sesiones de terapia dictadas por el juez.

—Ah, eso nos lleva al siguiente punto —dice la directora alegremente—. Muchos de nuestros alumnos necesitan un apoyo psicológico extra. Tenemos relación con una excelente profesional en Jericho que puede ver a Miércoles dos veces a la semana.

Se me tensa el estómago ante la idea de ir a terapia. Evité el requerimiento en las últimas siete expulsiones, pero esta vez o iba al psicólogo o a un correccional para menores. Qué lástima que no les dejaran a mis padres decidirlo. Siempre me han gustado las rayas.

—Veremos si la psicóloga sobrevive a la primera sesión —comento.

La directora Weems ni se inmuta. Veo que hará falta más de una frase ingeniosa para desalentarla. Tendré que esforzarme más, pero me gusta el reto. Me anoto mentalmente buscar cuál es su mayor miedo para aprovecharme de eso antes de huir de aquí. Suponiendo que me dé tiempo.

La directora se pone de pie. Es alta. Mucho más alta de lo que esperaba. Mi madre y ella parecen gigantes, y maldigo los genes de mi padre por mi tamaño diminuto.

—Te he asignado la antigua residencia donde nos alojábamos tu madre y yo —anuncia con ese tono alegre forzado, que suena incluso más condescendiente desde los treinta centímetros de altura que me saca—. Ophelia Hall.

Mi madre emite un grito ahogado, encantada, y aplaude. Ya odio Ophelia Hall por una cuestión de principios sin tan siquiera haber puesto el pie allí, pero no es que al llegar mejore mi opinión ni un ápice.

Más tarde, cuando nos detenemos delante de lo que deduzco que es mi residencia, le pregunto a mi madre:

—¿Ophelia no es la que acabó suicidándose porque su familia la volvió loca?

La directora Weems interviene antes de que mi madre pueda contestar, aunque no es que fuera a molestarse en hacerlo.

—Bueno —dice sonriendo y enseñando mucho los dientes—. ¡Vamos a conocer a tu nueva compañera de habitación!

Compañera de habitación.

Solo pensarlo se me hiela la sangre. Nadie mencionó que fuera a tener una compañera de habitación. Me había imaginado en un cuarto pretencioso y deprimente, con ventanas arqueadas y cuervos revoloteando. Tocando mi violonchelo. Escribiendo mi siguiente gran novela. Tramando mi inevitable fuga.

No me había imaginado haciendo nada de eso con público.

—¡Vamos allá! —exclama la directora Weems, dando un par de golpecitos antes de abrir la puerta.

Lo primero que pienso al entrar en la habitación es que habría preferido ser una víctima en un charco de sangre. Una plaga de ciempiés. Una nube de gas venenoso que provoca un dolor insoportable antes de terminar apropiándose de tu sistema nervioso y causarte un fallo multiorgánico.

Hubiera preferido cualquier cosa antes que la explosión de luz y color que asalta mis ojos en cuanto entro en mi nuevo domicilio.

Mi supuesta compañera de habitación ha empapelado nuestra ventana del suelo al techo literalmente con un arcoíris, iluminado por el día gris de fuera. La estancia es un collage del tipo de revistas que hacen sentirse mal a las mujeres por sus cuerpos para venderles maquinillas de afeitar rosas, y desodorantes y jabones con aromas empalagosos. Y tiene la cama llena de animales de peluche.

¡Madre mía! —masculla mi padre detrás de mí—. Qué intenso.

Estoy a punto de enumerar por décima vez las maneras exactas en las que me han traicionado al mandarme aquí cuando una figura humanoide se acerca a mí, con rizos rubios y una sonrisa con la que enseña todos los dientes, y no como habría preferido ver los incisivos, a lo depredador.

—¡Buenas, compi! —exclama, confirmando con esas palabras el hecho de que jamás seremos amigas.

Como si necesitara más pruebas, da un paso hacia delante en un intento de abrazarme. ¡Una desconocida! Retrocedo antes de poder detenerme.

—Miércoles —dice la directora Weems—. Te presento a Enid Sinclair.

—No te van los abrazos —dice Enid como una pregunta—. ¡Vale!

—Por favor, disculpa a Miércoles —dice mi madre con una sonrisa que compadece a Enid y su arcoíris tanto como yo—. Es alérgica al color.

Ahora estoy atrapada en una horrible batalla interna, donde ambos resultados me parecen una derrota. O me obligo a que me guste Enid Sinclair u opino lo mismo que mi madre.

—¡Ostras, alérgica al color! —dice Enid, contemplándome realmente preocupada—. ¿Y cuáles son los síntomas?

Me la quedo mirando sin pestañear.

—Me sale urticaria y la carne se me despega de los huesos.

—¡Bueno! —interviene la directora Weems, con esa sonrisa diplomática—. Por suerte, le hemos pedido un uniforme especial sin color. Enid, ¿por qué no acompañas a Miércoles a secretaría para recogerlo junto con su horario? Luego puedes enseñarle las instalaciones mientras sus padres y yo rellenamos el papeleo.

Pronuncia «horario» casi como si dijera «honorario» y hace que el papeleo con mi madre suene al momento más destacado del día para ella. Rodeada de adultos, dudo que nada aparte de un sacrificio ritual me saque de esta. Y, en un lugar como la Academia Nunca Más, hasta eso sería demasiado vulgar.

—Tú primero —digo antes de darme la vuelta y fulminar con la mirada a mis padres.

Enid está demasiado contenta por ayudar. Insiste en enseñarme el centro, aunque me esfuerzo para convencerla de que no es necesario. No me hace falta saber que el colegio se fundó en 1791. Tengo pensado tardar esos minutos o menos en fugarme de estos confines impregnados en la estética de Poe.

—¿Por qué quieres marcharte? —me pregunta Enid cuando se lo cuento—. ¡Este sitio es genial!

—Fue idea de mis padres —respondo y veo una fotografía de mi madre con el equipo de esgrima en la pared del vestíbulo. Lleva puesto el uniforme, tiene el pelo suelto y luce una sonrisa insinuante en los labios rojo intenso—. Han buscado cualquier excusa para traerme aquí. Forma todo parte de su plan totalmente obvio.

—¿Y qué plan es ese? —quiere saber Enid.

—Convertirme en una versión de ellos mismos —digo.

Es el peor destino que podría imaginarme. Salvo, tal vez, vivir en una habitación arcoíris durante el resto de mi vida.

—Vale, mientras compartamos cuarto… —dice Enid—. A lo mejor puedes aclararme una cosa.

—Lo dudo.

Sigue adelante, impertérrita.

—Bueno, los rumores dicen que mataste a un niño en tu último colegio y que tus padres movieron los hilos para meterte aquí, aunque eres, en plan, un peligro para ti misma y los demás.

—Para nada —contesto con tono de aburrimiento.

Enid parece muy aliviada.

—Fueron dos niños. Pero ¿quién los cuenta, no?

Por un instante, es como si se debatiera entre el horror y la diversión. Al final se ríe, un sonido débil que expresa que no sabe con qué quedarse.

Por suerte para ella, hemos llegado a lo que parece el núcleo social de Nunca Más y, al ver tantos sacos de hormonas en ebullición, se me embota el ingenio lo suficiente para que la chica vuelva a la carga.

—Vale, tienes el plano del campus en ese mapa que te han dado, así que déjame enseñarte lo que realmente importa. Y decirte quién es quién en el panorama social de Nunca Más.

Parece muy emocionada por compartir esa información y, con lo abrumada que estoy por la gente, no puedo darle la satisfacción de recibirla.

—No me interesa participar en los clichés tribales adolescentes —logro decir.

—¡Genial! —responde Enid, con lo que creo que es un atisbo de auténtico sarcasmo—. ¡Puedes utilizarlo para rellenar tu pozo de desdén sin fondo!

«Touché», pienso, y le hago un gesto con la mano para que continúe. Es mejor que termine cuanto antes.

—Bueno, los cuatro tipos de personas son los Colmillos, los Peludos, los Fumados y los Escamas.

Mi cerebro hambriento de patrones se ha fijado en todos antes de que empiece a señalarlos, a pesar de los apodos pedantes. Los Colmillos, o vampiros, están sentados a una mesa lejos de la luz del sol, mirando sus móviles con aire taciturno. Me pregunto si una vida inmortal en el instituto basta para volver loca a una persona y prometo averiguarlo a la primera oportunidad que tenga.

—Algunos de ellos llevan literalmente décadas aquí —me informa Enid antes de señalar a un grupo de personas que parecen tan obsesionadas con el neón como ella—. Esos son los Peludos, también conocidos como hombres lobo. Es evidente que es el grupo al que pertenezco.

Les aúlla y luego lleva sus uñas retráctiles en mi dirección.

—Seguro que las noches de luna llena son una juerga por aquí.

—Ya te he conseguido unos cascos con cancelación de ruido —dice con una sonrisa—. ¡Espero que te guste el rosa!

—Paso. Supongo que los Escamas son sirenas.

—Sí —me confirma Enid, señalando un grupo de personas etéreamente hermosas reunidas alrededor de una fuente de agua—. Esa chica de en medio, Bianca Barclay, es en esencia la realeza de Nunca Más. Nadie se mete con ella. Aunque su corona se tambalea últimamente. —Enid se inclina hacia mí, bajando la voz—. Se rumorea que está vulnerable después de que Xavier Thorpe y ella rompieran al principio del semestre, no se sabe por qué.

—¡Enid! —Se oye una voz detrás de nosotras, y me doy la vuelta para ver acercarse a un chico alto con un gorro enorme, que parece estar ocultando algo voluminoso en su cabeza.

No es que me esconda detrás de Enid, pero quedo al margen de la vista del chico y no hago nada para remediarlo. No seré yo la que rechace el don de la invisibilidad cuando se presenta.

—Ajax —dice Enid, coqueteando como hacen a veces algunas personas. Prolongando la última vocal.

Intento echarle un buen vistazo antes de dejarme ver, buscando la razón por la que ha creído oportuno alterar la inflexión vocal.

A primera vista, no detecto nada. Se le ve normalito en todos los sentidos. Y, si tenemos en cuenta el atractivo de Enid superior a la media, calculado por su simetría facial, la tersura y el tono de la piel, la proporción de la piel visible a la cubierta por ropa y la maestría con que usa los productos de belleza, no parece que peguen mucho.

—No te vas a creer lo que he oído sobre tu compañera de habitación —dice Ajax, ajeno a mi presencia—. Come carne humana. Se zampó a ese chaval al que mató. Cúbrete las espaldas.

Suspiro, consciente de que ahora me veo moralmente obligada a renunciar a mi conveniente condición de observadora.

—Más bien lo contrario —declaro cuando Enid se aparta para revelar mi presencia—. De hecho, hago filetes con los cuerpos de mis víctimas y se los doy de comer a mi colección de mascotas.

Mantengo el contacto visual con el chico por debajo de la media hasta que aparta la mirada. Una victoria.

—Ajax —dice Enid con lo que suena a una risita contenida—. Esta es mi compañera de habitación, Miércoles.

—¡Vaya! —exclama—. Estás en blanco y negro.

Tacho la inteligencia superior de mi lista mental de posibles razones por las que Enid le sigue el rollo, lo que me deja sin ninguna otra opción.

—Ignóralo —dice, y se aparta con un gesto de la mano—. Es mono, pero no tiene ni idea. Los Fumados pasan demasiado tiempo colocados.

Agradezco la pulla. Enid parece satisfecha.

—Los rumores desaparecerán en cuanto te metamos en las redes sociales —dice—. No hay casi nada en internet sobre ti, así que la gente se pone a inventarse cosas. Dime que al menos tienes Instagram.

—Las redes sociales son un vacío de autoafirmación sin sentido que chupan el alma —respondo.

Enid asiente sin saber qué decir. Regreso a nuestra residencia en silencio, sola.

Mis padres y Pugsley se marchan antes de la cena, el único punto positivo de este día horrible. Me quedo con ellos en la entrada circular del colegio, sin disimular mi impaciencia por que se vayan.

—¿Por qué no me esperáis en el coche, chicos? —le pide mi madre al resto de mi familia después de haberme despedido de ellos—. Miércoles y yo necesitamos un momento a solas.

Aunque solo sea para apresurar su marcha, me trago el comentario de que nosotras nunca hemos necesitado —y probablemente jamás necesitaremos— un momento a solas.

Cuando se han ido, me mira sin ningún sentimentalismo.

—Quiero que sepas que les he dicho a todos los miembros de la familia que me avisen si se te ocurre aparecer en su puerta. No tienes adónde ir. Intenta aprovechar esta oportunidad.

Resoplo para mis adentros. No tengo otra cosa que hacer que ir a casa de algún familiar.

—Como siempre, me subestimas, madre.

Ignora mi comentario y mete la mano en el pequeño bolso que suele aguantarle mi padre.

—Tengo algo para ti.

Me da un collar de piedras negras, con una M al revés plateada colgando en el centro. Es espantoso.

—Está hecho de obsidiana —dice—. Los sacerdotes aztecas la utilizaban para conjurar visiones. Es un símbolo de nuestra conexión.

Al oír la palabra «visiones», siento cómo me retraigo interiormente. Me niego a reconocer esta emoción como miedo, pero estoy incluso más decidida a no mostrársela. Sea lo que sea.

—No soy tú, madre —digo—. Jamás me enamoraré, ni seré ama de casa, ni formaré una familia.

Se sorbe la nariz, como si fuera imposible herirla.

—Las chicas de tu edad suelen decir cosas que duelen, así que mi corazón no se lo tomará en serio.

—Por suerte, tú no tienes corazón.

Al oír eso, mi madre sonríe.

—Vaya, gracias, cariño.

Entonces me da una gran bola de cristal en una bolsa y me promete llamarme a finales de semana (a pesar de mis protestas), y luego se marchan. El viento sopla mientras me invade el alivio. Sé que Nunca Más no es sitio para mí, pero al menos sin ellos por aquí no me sentiré dentro de la cajita en la que insisten en meterme a la fuerza.

Niña inmadura. Futura vidente. Hija rebelde. Addams. Tengo pensado sobrepasar cada una de esas etiquetas, y pronto.

Perdida en mis fantasías de escapar, no soy consciente de que justo en este instante se está desarrollando un misterio carretera abajo, un misterio en el que estoy destinada a representar un papel. No sabré los detalles hasta más tarde. No veré fotos de las extremidades de un excursionista esparcidas entre los árboles el día de mi llegada ni conoceré la causa de su muerte. No sabré que el sheriff de Jericho tiene la profunda convicción de que este asesinato —que ya forma parte de una serie— está relacionado con la Academia Nunca Más, ni la razón de por qué tiene este prejuicio.

Por la mañana, el periódico contará la historia inventada del ataque de un oso y la horrible descripción de la escena me inspirará para mi novela. Pero la verdad, como suele ocurrir, resultará ser mucho más extraña que la ficción.

Capítulo tres

 

 

Enid y yo ya estamos discutiendo cuando la señorita Thornhill, nuestra tutora en la residencia, llama a la puerta más tarde esa noche.

Mi compañera de habitación está enfadada porque le he quitado las transparencias arcoíris de mi mitad de la ventana y a mí me molesta su intrusión en mi hora de escritura. Enid ha sacado las garras y yo estoy considerando qué arma de tortura medieval entre mi decoración sería mejor para un escenario de combate real.

—Chicas —nos llama la señorita Thornhill cuando abre la puerta y ve nuestro enfrentamiento—, ¿os pillo en un mal momento?

Enid retrae las garras mientras la fulmina con la mirada.

—Soy la señorita Thornhill. Siento mucho no haber estado para recibirte. Estaba fuera, lidiando con una situación… forestal. —Señala el barro que cubre sus botas rojas.

—Fascinante —digo con sequedad.

—¡Confío en que Enid te haya dado una buena bienvenida a Nunca Más!

—Me ha estado asfixiando con su hospitalidad —contesto, sin romper el contacto visual con mi compañera de habitación de rostro enrojecido—. Espero devolverle el favor. Mientras duerme.

La señorita Thornhill se ríe como si yo estuviera bromeando. Avanza con una planta en una maceta. Tengo que reconocer que es preciosa. Tiene las hojas verde oscuro y una gran flor con el tono perfecto de la sangre recién derramada.

—Te he traído esto como regalo. Es de mi invernadero. Intento escoger la flor adecuada para cada una de mis chicas.

—Una dalia negra —digo, sorprendida. Casi impresionada.

—¿La conoces? —pregunta, sonriendo con una embarazosa cantidad de entusiasmo.

—Sí —respondo—. Se llama así por mi asesinato sin resolver favorito. Gracias.

Me lo tomo como un cumplido, pero vacila y la deja encima del escritorio junto a mi máquina de escribir para luego caminar hacia la puerta.

—Bueno, antes de marcharme, tengo que comentarte las reglas de la casa. La luz se apaga a las diez, nada de música alta y nada de chicos. Nunca.

Contengo las ganas de resoplar ante esa idea.

—Jericho está a veinticinco minutos andando del campus. Hay transporte los fines de semana si quieres ir de compras o salir por ahí, o lo que sea que hagáis las chicas guais hoy en día. —La señorita Thornhill se ríe. Yo no—. Aunque los lugareños son un poco cautelosos con Nunca Más, lo que significa que nada de sacar las garras ni asfixiar a la gente mientras duerme, ni cualquier otro comportamiento típico de los marginados. ¿Queda claro?

Me giro hacia la máquina de escribir. Enid vuelve a sacar las garras y empieza a afilárselas con una lima de uñas lila.

—Buena charla —dice la señorita Thornhill, sin duda un ejemplo de autoridad.

 

Divisor ilustrativo de unos cuervos

 

Cuando llego a la sala de esgrima para mi primera clase, me veo obligada a admitir que las instalaciones son aceptables. Y, más aún, algunos de mis compañeros de clase temporales no parecen haber perdido del todo la esperanza.

Las mismas habilidades que te convierten en un buen investigador amateur también te hacen un espadachín de calidad. Tienes que ser ágil, prestar una gran atención al detalle y tener la capacidad de descubrir enseguida la debilidad de tu oponente. Si el deporte no me mantuviera en forma para mis auténticas metas, no me habría molestado solo por darle el gusto a mi madre.

Todo el mundo va de blanco, claro, así que destaco al ir de negro de pies a cabeza. La gente deja sus asaltos para mirarme con curiosidad. Ojalá me hubiera bajado la máscara. En su lugar, hago una máscara de mi propia cara porque me niego a que vean que aquí me siento en casa. Que me gusta la sensación de estar cerca de la espada.

Los asaltos continúan como si los demás alumnos no se hubieran percatado de mi llegada. Reconozco a Bianca Barclay de inmediato, con esa luminosa piel oscura que brilla a pesar de la malla de su máscara. No conozco a su oponente. Es bajo. Apuesto a que tiene quince años.

Está en una forma terrible. Se mueve fatal, desesperado. Agita demasiado los brazos. La economía del movimiento es el sello de un buen espadachín y este chaval es peor que un bebé.

Bianca, en cambio…

El chico se cae al suelo.

—¡Entrenador! ¡Me ha puesto la zancadilla! —grita, quitándose la máscara para revelar una cara muy rosa y sudorosa.

No soy dada a la sensiblería, pero me recuerda un poco a mi hermano, Pugsley, metido en una taquilla e intentando no llorar.

—Ha sido un golpe limpio, Rowan —declara el entrenador.

—A lo mejor si te quejaras menos y practicaras más, darías menos pena —dice Bianca, lo bastante alto para que lo oigamos todos—. ¿Alguien más quiere desafiarme?

Lo dice como si estuviera segura de que no hay nadie tan estúpido como para atreverse. O de que, si se atrevieran, se arrepentirían. No deseo disgustar a la jerarquía social, ni siquiera participar en ella, pero tengo un problema con las personas que se meten con los débiles y no he traído el florete hasta aquí para parecer amenazadora. Me gustaría hacer algo de ejercicio.

—Yo —digo, dando un paso hacia delante.

Alguien emite un grito ahogado.

—Bueno. —Bianca me rodea mientras me mira en busca de debilidades—. Debes de ser la nueva psicópata a la que han dejado entrar.

—Y tú debes de ser la autoproclamada abeja reina —observo, igualando sus pasos—. Lo interesante de esos insectos es que, cuando sacan el aguijón, mueren.

Otro grito ahogado. Este es colectivo. La expresión de Bianca me indica que está sorprendida por mi contestación, lo que quiere decir que la gente normalmente se tira al suelo para dejar que ella los pisotee. Esa es una de sus debilidades, ya me he dado cuenta. Se lo tiene creído por la falta de oponentes que merezcan la pena.

La otra es lo consciente que es de su público. Ahora se gira hacia ellos.

—Rowan no necesita que salgas en su defensa —dice, dirigiéndose a mí, pero mirándolos a ellos—. No es un inútil, pero sí un vago.

Desenvaino mi arma. El sonido que emite en el aire es satisfactorio.

—¿Vamos a hacerlo o qué?

—En guardia —dice Bianca, pero sigue prestando demasiada atención a lo que los demás piensen y eso la expone.

Lo que jamás le contaré a mi madre es que hay v

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