Un baronet desesperado (El club de los solteros 3)

Julianne May

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Londres. Julio de 1812

—No lo sé, Charles... Si tan solo conversaras con mi padre, estoy segura de que aceptará. —Envalentonada, la joven Julia Astley le tomó las manos y clavó el par de ojos saltones en los celestes de él—. Eres un baronet, la reputación de tu familia es intachable y... ¡y te amo! —soltó desbordada de entusiasmo—. ¡Son razones más que suficientes para que mi familia apruebe nuestro matrimonio!

Él sonrió con un dejo de amargura.

Era verdad. Sir Charles Capell era un baronet y bastante reconocido en Londres, aunque no precisamente por la reputación que su difunto padre había forjado. A pesar de que la inocente señorita Astley no lo supiera, lo cierto era que su querido Charles era más bien conocido por sus andanzas nocturnas. Y su faceta libertina y mujeriega habría sido solo un detalle de no haber sido por su afición a las apuestas.

No era un buen partido, para ninguna mujer, pero mucho menos para una de la estirpe de ella. El problema era que el baronet necesitaba con urgencia más dinero, y pedir la mano de ella, consciente casi toda Londres de su realidad económica, no era un buen plan, no si de verdad quería seguir con vida.

Con la mirada gacha, Charles tragó el nudo que se le formó en la garganta y, tras acariciarle las frágiles manos, elevó la vista y la sumergió en la de ella.

—Sabes que no hay nada que desee más en el mundo que pedir tu mano tal como lo mereces, pero, lamentablemente, no será posible. Tal como has dicho, soy un baronet, aunque uno insignificante ante un conde como el que ha solicitado permiso para cortejarte.

Era cierto. Si de por sí la reputación de Capell no era la mejor, el hecho de que el conde de Grandwell se hubiera interesado en la hija del barón Astley complicaba sobremanera la situación. Lo único que mantenía la esperanza viva en el baronet era que, para su fortuna, ella estaba perdidamente enamorada de él.

La mirada de la señorita Astley se apagó al tiempo que la bajó hacia el suelo de una zona poco concurrida de Green Park. De pronto, el carraspeo de la doncella de la joven —a la que Charles le había dado unas monedas a cambio de ese encuentro— avivó a ambos. Debían apresurarse.

—Si tan solo lo intentaras, mi padre nos daría...

—¡Tu padre jamás aceptará nuestro matrimonio! ¡Entiéndelo! —la interrumpió perdiendo los estribos, lo que sorprendió a Julia, mas él no tardó en arrepentirse. Con delicadeza, acercó una mano a la barbilla de ella, la guio para que la elevara y fijara los ojos en él y continuó con un tono más suave, ameno, aunque para soltar la más arriesgada de las propuestas—: Tienes que confiar en mí... —Respiró profundo—. Huyamos. Huyamos a Gretna Green mañana mismo, antes de que alguien sospeche. Y, en unos pocos días, podremos vivir felices para siempre. —Sonrió con esa sonrisa que derretía hasta el corazón más frío. Y, sutil, se atrevió a acariciarle una mejilla.

El corazón de la señorita Astley estalló en cuanto sus ojos se fundieron con los de él, pero, al sentir los dedos de Charles rozarle la piel del rostro, perdió el juicio, tal como él había calculado.

Reavivada, volvió a tomarle las manos, aunque con la fuerza que da la inexperiencia y el arrebato de la pasión.

—Está bien. —Inspiró profundo y, con un nuevo brillo en la mirada, cavó su propia tumba—. Huyamos y seamos felices por siempre. Tú y yo. Nadie más.

Invadido por una ola de satisfacción, Charles Capell sonrió y, antes de marcharse a toda velocidad para evitar rumores —y tras asegurarse de que nadie los viera—, le obsequió un primer y fugaz beso en los labios que dejó a la pobre señorita Astley hundida en un hechizo que, más pronto de lo que imaginaría, le destrozaría no solo el corazón, sino también su impecable reputación.

Capítulo 1

Londres. Julio de 1813

—¡Vamos, Capell! ¿O acaso te acobardarás justo ahora? —soltó uno de los caballeros con los que el baronet se había reunido en una mesa para jugar al veintiuno, allí, en uno de los tantos lugares de la zona del Covent Garden que Charles solía visitar por las noches, cuando la culpa aparecía como un fantasma sigiloso para carcomerle la consciencia.

Capell observó a Ebrinor. Tenía los ojos rojos, quizá un poco menos que él; la frente, perlada por un incipiente sudor; y la mano libre, sobre la mesa y dominada por un incesante tamborileo de los dedos. El vizconde estaba nervioso. Muy nervioso. Tal vez más que él.

Echó un fugaz vistazo a sus propias cartas. Dieciocho. No era el número más alto, pero tampoco tan bajo. O, al menos, eso le dictó la intuición cuando, en un breve instante, la sonrisa acartonada de su contrincante tembló.

Lo supo de inmediato. Era su oportunidad. Estaba seguro de que lo era. Y entonces, sin pensárselo dos veces, sir Charles no lo dudó y duplicó la apuesta.

—¡A ver qué tienes, Ebrinor! —Mostró las cartas, orgulloso de sus dieciocho.

Quienes los rodeaban se asombraron tanto que hasta algunos aplaudieron la jugada del baronet. No era para menos; cualquiera en su lugar se habría arriesgado a lo mismo. Sin embargo, la exhalación de mayor sorpresa ocurrió cuando lord Ebrinor, con una tortuosa lentitud, dejó ver sus diecinueve.

En un santiamén, el rostro de sir Charles Capell pasó de rojizo a un blanco mortecino. Un escalofrío le recorrió la columna y el sudor le brotó de las sienes en un simple abrir y cerrar de ojos.

Estaba perdido. Estaba muerto.

De todas las posibilidades, la de que su oponente tuviera un número mayor que la de él era la menos probable. Eso sumado al hecho de que su capacidad de lectura de gestos solía ser efectiva la mayoría de las veces. Y, aun así, allí estaba: arruinado por completo. O casi...

—Espero que esta vez sí pagues, Capell. Porque no creas que te esperaré como hace un mes —soltó Ebrinor al tiempo que clavó la vista en Charles.

El baronet tragó saliva.

Lo cierto era que no contaba con el dinero. Nunca lo tenía. De hecho, su vida siempre se había tratado de libertinaje y de vivir de los demás, entendiéndose por «los demás» como el grupo de viudas que solían mantenerlo a cambio de su exquisita compañía por las noches. Claro que ese enorme favor que solían darle las mujeres libres y ricas de la aristocracia había cesado en cuanto la imagen de él —esa de libertino masculino, indomable e inconquistable— se había disuelto hacía un año luego del escándalo con la señorita Astley.

—Lo haré, Ebrinor. Tú mejor que nadie sabes que cumpliré. Soy... un hombre de palabra.

El vizconde sonrió de lado y suspiró.

Por supuesto que lo sabía, o al menos eso era lo que quería creer, pues él había sido quien le había prestado las veinte mil libras que el baronet había apostado en el club de los solteros. Claro que Ebrinor no sabía sobre la naturaleza de aquel nuevo negocio, sino simplemente que el baronet le devolvería el monto a fines de la temporada junto con un alto porcentaje de interés.

—Pues será mejor que así sea. —El vizconde se puso en pie—. Y no creas que te lo dejaré pasar por las copas compartidas. Lo anotaré en mi libro y te lo recordaré cuando me devuelvas el resto del dinero a mediados de agosto... —Sonrió de lado y, tras lanzar los naipes sobre la mesa, se marchó.

El grupo de observadores se disolvió hacia otras partes del salón donde la diversión y la perdición por las apuestas continuaban. Pero los ojos de Charles se hundieron en las cartas que había jugado el vizconde Ebrinor.

«Diecinueve», se dijo mentalmente.

Era la edad de la señorita Astley, la edad con la que ella se habría casado con él de haberse concretado la unión en Gretna Green.

Y entonces, al recordar la última vez que la vio, un año atrás, ilusionada, sintió un profundo dolor y un terrible vacío atravesarle el corazón, como si le hubieran clavado una estaca de hielo en el pecho.

Hizo a un lado la vista y, al ver que aún quedaba alcohol por beber, tomó el vaso de whisky que lo había acompañado durante toda la noche y vació de un solo sorbo la medida. Un sorbo que repetiría muchas veces más.

Necesitaba olvidar. Necesitar anestesiar, aunque fuera por unas horas, la razón de su perdición... la razón de su sufrimiento.

***

Estimada Eliza:

Quizá mi carta te sorprenda un poco, o quizá no tanto, pero lo cierto es que me urge verte.

Sé que tus obligaciones con el «maravilloso» señor Leigh te mantienen en extremo ocupada, por lo que te imaginarás lo incómodo que es para mí molestarte. Pero, después de enterarme de que ha tenido que hacer un largo viaje a Australia, pues no quise perder la oportunidad para escribirte, mi querida Eliza. Y lo cierto es que necesito tu ayuda.

Como bien sabes, una vez más el negocio del club marcha mejor que nunca, aunque esta temporada ha sido... ¿Cómo decirlo? Bueno, un poco incontrolable. La verdad es que, hasta ahora, ya son varios los miembros que han caído, pero hay algunos que, me temo, se están tornando un poco indomables.

Uno de ellos es Charles Capell, un baronet venido a menos desde el año pasado. No vale la pena que te cuente la historia, pero con decirte que desde que su corazón se rompió se ha venido a pique lo digo todo.

En fin... La cuestión es que este libertino salvaje se está saliendo de control. Bebe hasta el agua de los floreros y Francis Jones teme que, en alguna de esas juergas, suelte más de lo debido acerca de su negocio. Sé que estarás pensando en Sienna, que está más que capacitada para domar a este mequetrefe, pero lo cierto es que ella ahora está concentrada en otro de los miembros que, al parecer, podría llegar a ser muy peligroso para los fines de Francis.

En resumen, necesito que me tiendas tu mano. Claro que jamás te pediría que lo enamores ni nada por el estilo. Solo es... entretenerlo, vigilarlo, mantenerlo distraído hasta que termine la temporada, pues dudo de que alguien se enamore de este ebri

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