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¿Qué ves cuando me miras?

Carolina Concha

Fragmento

¿Qué ves cuando me miras?

A mis hijos, Isidora, Mateo y Fernanda,

que son mi luz y mi fuerza,

les cuento esta historia mágica, para que

sepan que sí existe ese amor que escapa de

toda lógica y tiempo

A mi madre, Hilda, y a mi hermana,

Fabiola, mujeres fuertes e incondicionales.

Mis dos grandes pilares

A mi querida Constanza León, mi

cómplice, corrigiendo en largas noches y

soñando conmigo este libro

A mis grandes amigas, quienes me

confiaron sus más íntimos relatos de

amor; esos que te consumen, entrañables e

inolvidables

A todas esas mujeres que sueñan con

encontrar el amor, uno extraordinario

Agradezco a este libro, que me devolvió las

ganas de soñar, volar, enamorarme y querer

comerme el mundo a mordidas

Uno de los placeres más grandes de la vida es ver a una persona haciendo lo que más ama en el mundo. Ese brillo en sus ojos, esa ilusión, de estar cumpliendo un gran sueño. Ese resplandor lo vi en ella, Carolina Concha, mi madre, mientras escribía este libro. Me consta cómo puso todo el corazón en estas páginas. Sentimientos escritos, palabras mágicas flotando en una hoja de papel, y años de esfuerzo.

Recuerdo el año 2020, en plena pandemia, me sentaba a su lado a observar mientras ella escribía. Solía acercarme solamente para mirarla: a veces ella gritaba de emoción, cantaba a todo pulmón, lloraba desconsolada… Fue lindo verla vivir tantas emociones, pero lo más bonito fue sentir su energía desbordada. Cuando leí el libro terminado, me llegó esa emoción directo al corazón.

Esta frase hoy es parte de mí: “La vida te traerá cosas lindas y también otras que te hagan llorar, pero acuérdate de que las lágrimas nos limpian el alma, nos aclaran las ideas y nos permiten ver con más claridad. Lo bueno nos enseña a disfrutar de los momentos felices para que cuando lleguen las dificultades, y todo parezca cuesta arriba, sepamos que al otro lado de la montaña vendrán tiempos mejores”.

Me enamoré de Diego Cienfuegos, de Mila de los Ríos y de su magia. Ahora no puedo evitar desear vivir un amor tan intenso como el de ellos… Ese amor que va mucho más allá de la vida, ese amor que no se cuenta, se siente. Cuando el latido manda y los ojos hablan más que mil palabras. Esa poesía que se escribe en el viento: una pareja de amantes enredando su piel hasta ser uno, el beso que nadie nunca entenderá, un suspiro que inquieta los días, pero calma las noches.

El amor es el nexo de todo en esta historia, no solo en en plano romántico, sino también el más incondicional de todos: el amor de una madre a su hija. Reí, lloré, me enojé, me enamoré, disfruté y, sobre todo, sentí todo a flor de piel.

Mamá, sigue escribiendo historias de amor… con el corazón abierto y con esa pasión que es tu motor y que nos estremece por dentro.

ISIDORA VIVES CONCHA

Y morirme contigo si te matas y matarme contigo

si te mueres, porque el amor cuando no muere

mata, porque amores que matan nunca mueren.

JOAQUÍN SABINA,
“Contigo” (Yo, mí, me, contigo, 1996)

Escucha, hija, voy a contarte una historia mágica, para que cuando busques el amor sepas que existe uno que es perfecto para ti. La mayoría de las veces ni siquiera hay que buscarlo: este llega, te sorprende y pone tu mundo de cabeza. Este relato te hará soñar, volar, querer comerte el mundo a mordidas. Es la historia de un amor que escapa de toda lógica y tiempo, porque aunque pasen los años jamás puede borrarse ese sentimiento que queda tatuado en lo más profundo del alma.

Desde niña soñaba con encontrar el amor, pero no uno cualquiera; yo quería uno como los de los cuentos de hadas, de esos que cuando lo vives sabes que será muy difícil sacarlo de tu vida. En esos momentos, yo miraba al mundo como un inmenso océano de posibilidades. Era una etapa llena de sueños y esperanzas, en la que cada día era una nueva aventura y el amor se dibujaba en cada rincón. Hoy puedo demostrarle al mundo que la vida te entrega tanto más que lo que alcanzan tus propios sueños.

Quiero llevarte a una época crucial de mi vida, cuando tenía diecisiete años. Era el verano del noventa y dos, lo recuerdo como si fuera ayer; en un rincón del planeta llamado Chile fue donde comenzó esta historia que desafió todas las expectativas. En ese momento, el tiempo y el espacio se entrelazaron. Fue un encuentro inesperado que cambió mi vida para siempre. Este es el romance que constituyó los cimientos de la mujer que soy hoy. Se trata de un amor que no fue solo un destino, sino un viaje lleno de sorpresas. Juntos sorteamos los vaivenes de una existencia que a veces era generosa y, otras, caprichosa.

Quiero que conozcas esta historia de principio a fin. Pon atención a los detalles, porque cada experiencia vale la pena, las buenas y las malas. Es en esos momentos cuando se forjan los lazos más profundos y se encuentran las lecciones más valiosas.

PRIMERA PARTE

Un amor que consume el alma

ESE ENCUENTRO QUE CAMBIA TU VIDA

Una mañana despierto con un rayo de luz en la cara, es el sol que entra por la ventana, marcando el inicio del verano en Chile. Es la mejor forma de comenzar el día: me hace feliz sentir que el sol calienta e ilumina mi piel, me invade una alegría inmensa.

Me levanto con mucha energía y lo primero que hago es poner música. No existe nada mejor que cantar a todo volumen sola en mi habitación. A veces bailo, pero eso no tenemos que contárselo a nadie. La música tiene esa magia que te hace soñar, pensar, volar a otros mundos e historias mágicas.

Suena el teléfono de la casa y salgo corriendo a contestar, seguro es Constanza, mi amiga Coti, que me está llamando para organizar las que dijimos que serían las mejores vacaciones de nuestras vidas.

—Hola, Mila, ¿qué planes tienes? ¿Pensaste en algo?

—Lo único que tengo claro es que estas vacaciones serán inolvidables. Lo soñamos y así será.

Constanza es mi mejor amiga desde que tengo tres años, nos conocemos tan bien que nos comunicamos solo con una mirada. Coti es preciosa: su piel es blanca, sus ojos son azules y su pelo es oscuro, pero tiene unos reflejos cobrizos. Tiene una sonrisa muy dulce y dos margaritas en las mejillas. Yo, en cambio, soy piel canela y tengo ojos verdes, que se ven a ratos color miel. Tengo una especie de sol que resalta el contorno de mis pupilas. Mi pelo es castaño y me encanta jugar con los reflejos rubios que se aclaran en verano.

Coti y yo tenemos una gran conexión: cuando una sufre, la otra lo siente. ¿Será porque nacimos el mismo día, el mismo año? Sí, aunque no lo crean. El 18 de febrero de 1975. Nuestras mamás dicen que nacimos en clínicas distintas, solo por eso desechamos la idea de ser gemelas que fueron separadas al nacer. Como sea, sentimos eso que solo entiendes cuando has tenido una amiga que es como la hermana que tú elegiste.

—¡Coti, estoy demasiado feliz! Mi mamá arrendó una casa en Reñaca y nos vamos a pasar el verano allá. Contigo, por supuesto. ¿Qué te parece la idea? ¿Vienes?

—¡Me muero de la felicidad! Obvio me darán permiso. Si es contigo, no habrá problemas.

—Pienso que lo mejor sería que vengas a mi casa y organizamos todo acá.

—Perfecto, me baño y me voy para allá.

Cuelgo el teléfono y me dirijo a la cocina. Corro a darle un beso a mi madre y a mis hermanas; también a Rosita, que es mi nana desde que era una pequeña.

Mi familia es muy especial, es un matriarcado de esos que merecen estos tiempos. Somos puras mujeres en la casa, porque mi padre falleció cuando yo tenía doce años. Mi madre, María Angélica, es muy luchadora y trabajadora. Siempre se ha esforzado por darle lo mejor a sus tres hijas. Ella tiene cuarenta y cinco años y es muy atractiva e inteligente. Yo tengo diecisiete años y Javiera, la hermana que me sigue, tiene doce. La más pequeña, Ema, solo tiene cinco años. Las dos son lo máximo: las adoro. Sin embargo, con Javiera tengo una conexión especial, es la mejor hermana que Dios me pudo regalar. Tiene un gran corazón, es tierna y, a pesar de que tiene un carácter de aquellos, siempre está dispuesta a ayudar a todo el mundo. Hasta ahora no conozco a nadie que no la quiera. Es muy madura para su edad y tiene una inteligencia impresionante. Aunque a veces nos peleamos, me muero sin ella. Ema tiene una personalidad y una astucia inigualable. Los hermanos menores siempre vienen más avanzados en todos los aspectos. ¿Qué será lo que tiene esta nueva era que los niños están corregidos y mejorados?

Esta es mi familia, una de puras mujeres fuertes. Así me acostumbré, a valernos por nosotras mismas. Observaba a mi madre, que trabajaba hasta altas horas de la noche para poder darnos una vida con comodidades, para pagar esos colegios caros en los que a veces se va la vida.

Abro la puerta y veo a Coti, parada en la entrada de mi casa, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Coti! —La abrazo—. ¡No puedo creer que vamos a pasar el verano juntas!

—Estoy tan emocionada, Mila. ¿Por dónde empezamos?

—Primero, ¡a elegir la ropa! —Nos vamos riendo hacia mi habitación—. Quiero que cada día sea una pasarela. ¡Vamos a ser las más fabulosas en la playa!

El tiempo pasaba volando mientras planeábamos nuestro verano perfecto.

Pasaron los primeros días de vacaciones y por fin llega el día de nuestro viaje. De nuevo despierto muy feliz por los días que me esperan de playa, sol, diversión y la mejor compañía. No le pido más a la vida.

La carretera está despejada; el sol, resplandeciente, el cielo más azul que nunca, sin ninguna nube que lo nublara. El viaje se pasa volando mientras Coti y yo cantamos y nos reímos. Cuando llegamos, lo primero que hacemos es cambiarnos para irnos a la playa. Obvio nos probamos una decena de prendas hasta llegar al bikini perfecto, queremos lucir lo mejor posible.

Llegamos al Sector 5, el cementerio de Reñaca, es el lugar de moda y el punto de reunión de todos los jóvenes que se creen “la muerte”.

—Coti, ¿viste la cantidad de guapos que hay acá? Tenemos mucho para mirar.

—Sí, la verdad es que ya activé mi radar y tengo una fabulosa visión panorámica. ¡Pero ya basta! Me voy a concentrar en tomar el sol, necesito broncearme para estar a tono con la playa.

Un rato después, tras un exceso de rayos UV y una buena dosis de bloqueador, decidimos pararnos a conversar y, como si nos hubiéramos coordinado, al mismo tiempo vemos a Galo a lo lejos. Él se acerca de a poco y Coti se pone nerviosa.

—¡No puedo creer que me lo encuentre el primer día que llegamos a la playa!

Gonzalo es un joven de diecinueve años, atlético, moreno y muy atractivo. Tiene los ojos negros. Es el gran amor de Constanza desde que ella tenía diez años, eran vecinos. Sin embargo, en esa época él veía a Constanza como una niña, aunque solo se llevaban dos años. Ella se dirige a él con paso firme.

—¡Hola, Galo! —lo saluda Coti, con una gran sonrisa—. Acabamos de llegar esta mañana, ¡estamos listas para disfrutar del verano!

—¡Hola, Constanza! ¡Mila! Yo llegué hace dos días. No saben lo divertido que está esto, hay mucha gente que conocer y miles de cosas por hacer.

—Se ve que esto está excelente, qué entretenido.

—Sí, no sabes la onda que tiene este lugar en verano, vamos a pasarla bien —responde Galo mirando fijamente a Constanza.

Veo que las mejillas de mi amiga se comienzan a sonrojar, debe de estar que se muere con esa mirada.

—Me están esperando mis amigos en la cafetería, vengan para que se los presente, son muy simpáticos. Es más, Mila, te voy a presentar a Diego, pero te advierto que es un Don Juan. Nadie se salva de caer en sus redes, sin embargo, a como eres, puede que tú seas la primera en resistirse.

—No sé si quiero conocer a un tipo que se cree parido por Zeus, ¡odio a los hombres así!

Siento un pisotón fuerte acompañado de una mirada fulminante. Constanza se adelanta rápidamente y aprovecha que Galo no está atento para hacerme un gesto con el que me ruega ir a aquella mesa.

—Bueno —digo al fin—, vamos a conocer a tus amigos, a ver cómo nos va. Lo único que te digo es que si tu amigo es un idiota, no esperes que sea amable con él.

—Sí, no te preocupes. Mucha falta le haría que una mujer lo ponga en su lugar.

Entramos los tres en la cafetería de la playa. Está a reventar, lleno de jóvenes risueños, con la música a todo lo que da. El ambiente es increíble.

Una vez dentro, percibo que varios hombres se dan vuelta para mirarme, seguramente por el bikini que traigo puesto. El color rojo siempre es atractivo y ayuda a que resalte aún más mi piel bronceada. Constanza no podría estar más feliz, apenas es el primer día de vacaciones y ya está con su gran amor platónico.

Camino a la barra en busca de una bebida y me hago espacio entre varios grupos de personas que hablan fuerte. No me doy cuenta de que hay una mochila en el suelo y… ¡Zas! Pierdo el equilibrio y, cuando estoy a punto de tocar el piso, alguien me toma de la cintura y me levanta rápidamente.

—¡Qué vergüenza!

Veo a un joven de unos veintitantos años con una sonrisa maravillosa, de unos ojos intensos y grises. Nos quedamos mirando fijamente por unos segundos. Todavía siento su brazo en mi cintura, nadie me había tocado así antes. Advierto una especie de electricidad que recorre todo mi cuerpo.

Apenas logro separarme de él y entrar en razón, cuando me doy cuenta de que Galo y Constanza nos están mirando. Entonces Galo se ríe a carcajadas.

—¡Cómo son las coincidencias de la vida! ¡Justo quería presentarlos a ustedes dos! Mila, te presento a Diego; Diego, te presento a Mila.

Diego no deja de mirarme a los ojos, tiene una gran sonrisa y cierta picardía en el rostro.

—¡Me debes una! Te acabo de salvar de la peor vergüenza de tu vida… Y yo cobro mucho por mis favores.

En ese momento, recuerdo las advertencias de Gonzalo.

—¿Así que cobras por hacer algo amable?

Diego se descoloca, debe de estar acostumbrado a que ninguna mujer lo cuestione. Con esa carita que carga… seguro las enamora a todas con solo mirarlas.

Yo estoy un tanto incómoda, hay algo en él que me perturba y me hace sentir como una niña tonta. Mi cuerpo tiembla y no sé si es a causa de mi episodio de torpeza o si es tan solo el efecto que él causa en mí.

—Vamos a sentarnos un rato y a pedir algo de beber, hace demasiado calor —Galo interrumpe mis pensamientos.

Yo les digo que voy al baño. Necesitaba urgentemente escaparme a respirar a alguna parte y, como tantas veces, un simple baño termina siendo el mejor refugio. Mojarme la cara, mirarme al espejo y armarme de valor; nunca falla.

En el trayecto al sanitario veo una pareja que se besa apasionadamente, esa escena me inquieta aún más. En cada paso que doy siento como si mi cabeza fuera a explotar, con mil emociones y sensaciones que jamás antes había experimentado.

Abro la llave y, mientras escucho el agua corriendo, parece que el tiempo se ha congelado. Inhalo profundo y trato de despejarme un poco. Intento relajarme y pienso qué hacer: ¿salgo corriendo o me quedo con mi amiga?, que por fin está con su amor platónico. Estoy sumida en mis pensamientos cuando aparece Constanza en el baño.

—¿Amiga, estás bien? Jamás te había visto tan avergonzada y enojada.

—Sí, Coti, perdona, no sé qué me pasó.

—Anda, vamos a la mesa. ¡Por fin estoy con Galo! Nunca imaginé que nuestras vacaciones comenzarían así. ¡No sabía que venía! No me preguntes cómo le voy a hacer, pero esta vez no se me escapa. Lo voy a enamorar.

Constanza, por lo general, es pura alegría, pero cuando está triste, de verdad le da el bajón y, en esos momentos, siempre estoy con ella para animarla y aconsejarla. Ahora no tengo escapatoria. Mi alma gemela luce radiante, por fin tiene en sus manos la oportunidad de conquistar al hombre que ama.

—Claro, amiga, vamos. Aunque tengo que decir que me cayó pésimo ese tal Diego. Es un presumido y egocéntrico, pero no te preocupes, no voy ni a mirarlo. Vamos, Coti, este es tu día, disfrútalo. Estoy segura de que tú y Galo serán la pareja del verano.

Regresamos a la mesa y ya se sumaron tres mujeres más a nuestro grupo: dos de pelo negro y una rubia despampanante. Bárbara es amiga de Galo y Diego de hace años, al parecer; todos le dicen Barbie. ¿Cómo no? Si sus piernas parecen medir dos metros y su pelo largo y rubio le cae por la espalda hasta llegarle a la cintura. Ella está sentada a un lado de Diego y, para mi mala suerte, el único lugar disponible que queda es al otro lado de él. No puedo creer que tenga que sentarme junto a él.

En la mesa también están otros dos amigos: de un lado está Vicente, más conocido como “Bicho” o “Bicharraco”. Tiene una sonrisa amplia y hace gestos increíbles, es el hijo perdido de Jim Carrey. Al otro lado, sentado junto a mí, está Cristián, que es bastante apuesto y alto. Tiene un cuerpo atlético que sabe lucir bien. Bueno, no TODO podía salir mal.

Los saludo a todos y me siento. Las tres mujeres, en especial Barbie, tratan de darle toda la atención a Diego. Ella hace gestos exagerados al contar sus historias y se ríe fuerte cada vez que Diego comenta algo. Es patético. Yo evito mirar para ese lado y finjo que él no existe, prefiero conversar con Cristián y el Bicho. Agradezco tanto su buena onda… Ellos me hacen sentir en confianza, a pesar de lo incómodo de la situación. Me preguntan dónde estudio, en qué año voy y, cuando por fin logro tener una conversación fluida con ellos, siento una mano en mi pierna. Me quedo petrificada y miro fijamente a Diego, que no quita la mano. Su mirada desafiante parece querer penetrar mis ojos y leerme la mente. Siento cómo me ruborizo y no sé si es del coraje o porque me gusta su atrevimiento.

—Mila, cuéntanos de tu vida. Jamás te había visto, ¿de dónde saliste? ¿Dónde te habías escondido todo este tiempo? —Sus ojos brillan de una manera que me cuesta leer. Hay una cierta picardía en ellos, tal vez coquetería, algo muy masculino. Demasiado sexi, pero a la vez… Se lleva las manos a la barbilla cuando se voltea hacia mí.

—¿Perdón? Antes de responderte, te pido, por favor, que quites tu mano de mi pierna. —Lo miro fijamente.

A Diego le cambia el gesto de la cara. Hace un segundo era todo un galán, ahora se ve con cara de niño regañado Toda la mesa comienza a reírse, sobre todo los hombres.

—Parece que encontraste a la primera mujer que te pone en tu lugar, Dieguito —dice Galo con una enorme sonrisa.

La única que no se ríe es Barbie. Diego me mira fijamente sin decir nada. La intensidad de su mirada casi me quema y por un momento me siento asfixiada. Hay una mezcla de rabia contenida y algo mucho más profundo, innombrable, en sus ojos. Es como si estuviera desnudándome sin mover un solo músculo, su mirada es sexi e inquisitiva a la vez. Sigue en silencio, pero su presencia lo llena todo. Me siento atrapada, como si pudiera leerme, como si supiera exactamente qué estoy pensando… o qué debería estar pensando. Me deja sin aire, me inquieta tanto que tengo que salir de ahí.

—Voy a la barra —murmuro, más para mí misma que para él—. Necesito algo para calmarme —me disculpo y me levanto, pero siento que su mirada sigue posada en mí, una insistencia que no me suelta.

Cuando me pongo de pie, siento mis piernas despegarse de la silla ruidosamente. Por el calor, sudé tanto que me pegué a la silla, me mojé las piernas y la minifalda. De inmediato, escucho que Diego me grita:

—¡Me imaginaba que eras una niña, pero no que no supieras ir al baño! ¿Cómo te haces pipí en tu ropa?

Me doy la vuelta y veo su sonrisa burlona, Barbie se ríe con él. Todos en la mesa se quedan en silencio; yo le lanzo una mirada fulminante. Cristián se pone de pie y me acompaña.

—Parece que alguien no durmió bien anoche —dice mirando a Diego.

¡Es un creído, presumido, egocéntrico! No lo soporto, ¡qué tipo más imbécil! Parece que nunca le enseñaron modales. Que Cristián saliera en mi defensa me hacía sentir aliviada.

—Te acompaño, Mila —me dice Coti también.

—No te preocupes, Coti, ya vuelvo. El ambiente está un poco pesado por acá, se nota que hay gente sin educación. Qué pena que existan hombres que, a pesar de ser mayores de edad, se comporten como si tuvieran seis años. Como esos que padecen del complejo de Peter Pan, los que nunca quieren crecer —lo digo lo más fuerte que puedo, para que le quede claro que lo dije por él.

Camino sin voltear y escucho cómo todos en la mesa sueltan, al unísono, un gran “¡Tsssss…!”.

Cristián camina delante de mí, despejándome el camino. El lugar está muy lleno y Cristián me propone salir un rato, pero antes me compra una Coca Light. La invitación me cae de perlas porque lo único que quiero es escapar de ese lugar. Nos sentamos afuera, en una mesa con vista al mar. Disfruto de la brisa en mi cara y me siento a salvo por primera vez desde que llegamos a esa cafetería. La conversación con Cristián se torna muy entretenida. Tiene unos veintitantos años, estudia Medicina y es un tipo inteligente y con tema de converación, lo que siempre es un gusto. Le cuento que quiero estudiar Periodismo, que lo mío son las comunicaciones.

—Por eso sabes defenderte tan bien —comenta.

—Discúlpame, pero ese amigo tuyo es insoportable. Cree que puede hacer lo que se le dé la gana.

—Perdónalo —dice Cristián—, ha tenido una vida bastante difícil. Aunque tú lo ves muy seguro, esconde sus fantasmas. Sin embargo, cuando llegas a conocerlo, realmente es un gran amigo. Como novio no lo recomiendo, pero es buen amigo.

Cambiamos el tema y comenzamos a reírnos de una señora que pasa regañando a su esposo.

—¿Qué pasó? ¿Ya se aburrieron? Parece que ustedes están muy entretenidos y formaron su grupo aparte —dice Diego, que acaba de salir del bar y ahora está justo detrás de nosotros.

Me doy vuelta y su mirada me recorre el cuerpo. Un escalofrío se apodera de mí. Se acerca a la mesa hasta quedar delante de nosotros y, sin decir nada, se quita la playera. Tiene el bronceado perfecto y sus brazos se ven trabajados meticulosamente. Parece, en definitiva, un modelo de revista; no puedo dejar de observarlo. Él nota que lo estoy mirando y esboza, de nuevo, esa sonrisa perfecta de dientes blancos; realmente es un hombre demasiado atractivo y varonil. Desvío la vista de inmediato.

—Mila y Cristián, ¿quieren ir al mar? —pregunta, sin rodeos—. Si voy solo, me puede comer un tiburón.

Respondo con una sonrisa, intentando desviar la atención. Por primera vez, veo una señal de simpatía en su rostro, como si quisiera caer bien.

—No, gracias, Diego. Mejor ve solo, tal vez te encuentras una sirena y la rescatas.

Yo solo niego con la cabeza, sin decir nada. Veo que se desilusiona un poco ante mi negativa, pero no me importa. Me pongo de pie y me dirijo hacia Cristián.

—Yo voy por Constanza, ya debemos regresar a casa para comer.

Justo entonces, aparece Barbie, la rubia despampanante, ofreciéndose acompañar a Diego. La observo mientras se quita el pareo y se queda en su diminuto bikini; debo admitir que luce aún más espectacular. En ese preciso momento, Coti aparece con Gonzalo.

—Amiga, qué bueno que llegaste. Ya debemos irnos.

—Sí, claro, vamos. Nos vemos en la noche.

Procedo a despedirme de todos, pero Diego me interrumpe con una pregunta:

—¿Dónde se están quedando?

—Enfrente del Hotel Asturias —responde Coti con una sonrisa.

—No lo puedo creer. Somos vecinos —dice, lanzándome una mirada cargada de provocación.

—Entonces nos seguiremos viendo, estamos a una cuadra de distancia.

Al oír su comentario, un suspiro se escapa de mi pecho, cargado de frustración, pero también de algo más que no logro identificar. Es como si todo lo que hace me provocara una mezcla de escalofríos y fascinación. Odio que me haga sentir así y me odio aún más por permitírselo.

—¿Dónde es la fiesta esta noche? —pregunta Diego, como si intentara adivinar mis pensamientos en ese momento.

Ese sentimiento inexplicable, mezcla de fascinación y nervios, se apodera de mí. Cristián responde de inmediato.

—Tengo entradas para el Mal de Amores, es el mejor bar de moda del momento. Es increíble: tiene varias pistas de baile con diferentes estilos de música y una terraza frente al mar.

Coti salta de emoción, claramente emocionada porque esto significa que puede estar cerca de Gonzalo.

—Necesitamos la autorización de mi mamá y nos vamos para empezar a trabajar en el tema —digo al instante.

—Yo paso por ustedes —responde Cristián con una sonrisa confiada—. Me comprometo a hablar con tu mamá para asegurarle que las voy a cuidar muy bien.

En ese momento, Diego agarra a Bárbara por su minúscula cintura y la lleva al mar, parecen Barbie y Ken caminando juntos rumbo a la playa. Un malestar se apodera de mí, como algo pesado en el estómago, y lo único que quiero hacer es hacerme humo.

Empiezo a caminar hacia la casa, algo extrañada de la la decepción que siento de no ser yo la que va de la mano con Diego hacia el mar. Percibo un calor revelador en mis mejillas, pero me niego a dejarme vencer. No pienso deprimirme, no cuando el verano recién empieza. Es un hombre arrogante, pienso, no tengo tiempo de fijarme en alguien como él. Soy inteligente y no necesito su aprobación ni la de nadie.

DE MÚSICA LIGERA

En la casa nos esperaba mi madre con la mesa puesta para tomar el té, como es la costumbre en Chile. Constanza está radiante y dichosa por todo lo que está viviendo con Galo. Me alegra tanto verla así, pues sé muy bien cuánto soñaba con este momento. Se sienta a la mesa y, mientras le pone aguacate al pan tostado, nos cuenta cada detalle de su encuentro con él. Mi madre está feliz de vernos contentas, pero me mira fijamente.

—Te veo rara, Mila, ¿te pasó algo?

—Nada, mamá, estoy concentrada escuchando la historia de Coti.

—Sí, tía, no se preocupe. Mila está así porque conoció a un amigo de Galo que es un poco engreído y la puso de mal humor.

—¿Nos das permiso de ir a un bar en la noche? Galo y Cristián pasarán por nosotras y ellos nos acompañan de vuelta a la casa.

—Claro que las dejo ir —dice mi madre—. Son jóvenes, disfruten de estos tiempos que nunca regresan.

Coti y yo comenzamos los preparativos para la noche. Quiero verme despampanante, así que escojo un vestido blanco corto y pegado al cuerpo, lo justo para que una niña de diecisiete años se vea guapa, sin caer en lo vulgar. Me miro y me gusto. “¡Aprobada!”, me digo mirándome al espejo. Constanza se ve guapísima, se puso una minifalda blanca y una blusa que resalta sus ojos azules.

Cuando nuestros amigos llegan por nosotras, Galo se queda mirando a Coti asombrado. Creo que por fin dejó de verla como un niña y comienza a verla como la hermosa mujer en la que se ha convertido.

Cuando salimos de la casa, Cristián me mira directamente a los ojos, como si quisiera decir algo, y al fin lo suelta, aunque de una forma un tanto cortante:

—Te ves muy bien.

Yo, un tanto sorprendida por su sinceridad, sonrío ligeramente y le respondo con tono juguetón:

—La verdad, tú tampoco te ves nada mal. Me imagino que debes tener un buen grupo de fans. Eres simpático, inteligente y, lo mejor de todo, un hombre sin rollos, por lo que veo.

Él suelta una pequeña risa, pero hay algo en su expresión que parece dudar de mis palabras.

—No creas, Mila. Tampoco tengo una legión de mujeres muriendo por mí. No te voy a mentir, hay algunas interesadas, pero ninguna me ha llamado la atención de verdad.

—A lo mejor eres muy exigente —le respondo, juguetona.

—Tal vez, pero ahora mismo estoy interesado en alguien que acabo de conocer.

No me atrevo a mirarlo. Sus palabras son como una flecha, directa a la diana. Sé que se refiere a mí, aunque no dice mi nombre. Algo en su tono hace que mi corazón dé un pequeño salto, pero intento mantener la compostura. No puedo corresponderle en este momento, no sé qué siento exactamente y tampoco me atrevo a decirlo en voz alta.

—¿Y tú, Mila? —me pregunta, sin apartar la mirada—. ¿Te interesa alguien estos días?

Pienso mi respuesta por unos segundos, después me echo a reír para aliviar la tensión.

—Necesito un tiempo para recuperarme de todo esto —respondo, aunque no sé si me refiero a algo en concreto o a todo lo que he vivido hoy.

Seguimos caminando, nuestros pies se hunden ligeramente en la arena suave mientras avanzamos por la orilla de la playa.

Al fin llegamos al bar. La música resuena con fuerza hasta afuera y percibo la atmósfera cargada de energía. La entrada está repleta de personas que quieren pasar. Cristián me toma de la mano y me dice:

—Ven, sígueme.

—No te preocupes no me voy a separar de tu lado.

Atrás de nosotros van Galo y Coti. Llegamos a la puerta y de inmediato nos dejan pasar a un lugar totalmente VIP.

Apenas entramos, vemos al DJ tocando extasiado en medio de la pista, con sus pelos rubios y rizados. Nos dirigimos hacia el bar y, conforme avanzamos, noto que Cristián no me suelta de la mano. En ese momento lo agradezco ya que no quiero perderme en ese lugar. Llegamos a la barra y Galo se lleva a mi amiga a bailar a la pista. Yo pido una Coca-Cola, como de costumbre. Él pide una piscola, una mezcla de pisco y Coca-Cola, es una bebida muy típica de Chile. Cristián y yo empezamos a hablar un poco más cerca porque de lo contrario es imposible escucharnos.

En ese instante veo que vienen hacia nosotros Diego y Barbie. ¡Carajo! Él se ve todavía mejor que en la tarde, lleva una camisa blanca de lino abierta, unos jeans desgastados que le quedan a la medida y un collar artesanal que parece tener grafías japonesas. No deja de mirarme… jamás me habían visto así. Siento que mi cuerpo comienza a temblar, otra vez, y las piernas no me responden. Me siento como una estúpida y no puedo evitarlo.

Detrás de él está Barbie, con su aspecto de modelo. Lleva un vestido rosa corto que resalta sus mejillas; ella me echa un vistazo medio despectivo. Diego se acerca a saludar y sus labios entran en contacto con mi cara, muy cerca de la comisura de mi boca. Como si quisiera dejar su marca en mi cara. Me desconcierta su actitud, después de cómo se comportó conmigo en la tarde.

—¿Ya se te pasó el enojo? ¿O todavía piensas que soy un hombre egocéntrico, egoísta e insoportable? —me susurra al oído.

Lo miro sorprendida. Menos mal que la oscuridad del lugar y las luces de colores ocultan lo rojo de mis mejillas.

—Ni te conozco, solo fue mi primera impresión, pero no te preocupes, no creo que realmente te importe lo que pienso de ti, ¿o sí?

Está tan cerca que noto el calor de su aliento, muy cerca de mi boca, yo estoy muy tensa. Su cara me queda a escasos centímetros, si me moviera solo un poco más hacia él, rozaría sus labios. Su voz es tentación y seducción pura, me recorre el cuerpo entero.

Barbie mira a Diego como si yo no existiera y nos interrumpe.

—Amore, vamos a bailar, amo esta canción.

Diego la mira como si fuera una niña pequeña que molesta a su padre mientras él tiene una conversación de adultos. No responde nada y vuelve la vista hacia mí, como si no estuvieran Bárbara ni Cristián.

—¿Qué tomas?

Lo miro extrañada, pero le respondo:

—Agua natural.

—¿Cuántos años tienes?

—Tengo diecisiete.

Comienza a reírse y me mira como si yo fuera una bebé. No sé por qué me provoca tanto enojo.

—Sí, claro, yo soy una niña y tú eres un viejo que se comporta como un bebé.

—No te lo digo en mala onda, solo que pensé que eras mayor, por tu personalidad. Te comportas como una mujer, sabes defenderte perfectamente para tener solo diecisiete.

En ese momento, Cristián lo interrumpe y me agarra de la mano.

—Vamos a bailar, que a eso hemos venido.

No me da tiempo de pensar cuando ya estoy en la pista bailando. La música es perfecta: suena Soda Stereo, que siempre me pone de buenas. Bailo y cierro los ojos. Quiero desconectarme de todo.

Ella durmió al calor de las masas

y yo desperté queriendo soñarla.

Algún tiempo atrás pensé en escribirle

que nunca sorteé las trampas del amor,

de aquel amor

de música ligera.

Nada nos libra

nada más queda.

Mientras escucho la canción, veo a lo lejos a Galo y a Coti felices. Ella tiene una sonrisa en el rostro que no veía hace mucho, pero que conozco perfectamente. Está coqueteando, se toca el pelo mientras baila, se acerca a él. Toda esa seducción es alucinante.

Cristián baila con mucha emoción, cada cierto tiempo se acerca mucho para contarme algo, tiene la excusa perfecta porque la música bloquea las palabras. Siento que pasa delicadamente su mano en mi espalda. Él es todo lo que cualquier mujer quisiera, pero no sé por qué no logro sentir lo que creo siente él.

—Sabías que Cerati es zurdo y toca con la mano derecha. Es un genio.

—¿En serio? Es mi músico favorito. Soy su fan número uno.

Siento una mirada penetrante y reconozco de inmediato esa intensidad. ¿Qué es ese poder estúpido que tiene Diego que logra desestabilizarme tan solo con verme?

Nuestras miradas se cruzan, está abrazado de Barbie mientras ella no deja de acariciarle la nuca con la mano. Siento una molestia en el estómago, como si alguien me golpeara con todas sus fuerzas. Trato de desviar la vista y de concentrarme en la conversación con Cristián. Siento que Diego nos mira y empiezo a coquetearle a Cristián. Como si quisiera demostrarle a Diego que no soy una niña, que sí puedo seducir a los hombres. Me río, me toco el pelo, bailo muy cerca de Cristián y él reacciona a mi cuerpo. Vuelvo a ver a Diego para asegurarme de que está viendo la escena. Nos encontramos en una mirada profunda e intensa. Veo que toma a Bárbara de la cara con fuerza y determinación y la besa larga y apasionadamente.

De pronto es como si toda la sangre se me fuera a la cabeza y me mareo y siento náuseas, pero no puedo dejar de mirarlo. La forma en que la toca, cómo se acerca a ella, cómo la besa… Siento mucha envidia porque jamás me han besado de esa manera. Ni siquiera Miguel, que fue mi novio por más de un año.

Le digo a Cristián que, por favor, salgamos, porque necesito aire. Me toma de la mano y salimos. Quiero correr, pero es imposible hacerlo debido a la cantidad de gente que hay. Cuando logramos salir, siento la brisa marina recorriendo mi piel. Quisiera estar en mi cama, bajo las cobijas y taparme hasta las orejas. Eso me hace sentirme segura. No logro entender qué me pasa con este hombre tan egocéntrico, jamás me habían gustado los de su tipo y ahora no logro controlarme cuando estoy cerca de él.

—¿Te sientes mejor? —me pregunta Cristián con cara de preocupación—. Voy a traerte un vaso de agua. —Regresa muy rápido.

—Gracias —le digo, mientras me bebo el agua—. Solo me sentí mal por la falta de aire, está muy sofocado ahí adentro.

Cristián se acerca mucho y me abraza; de a poco empieza a acercar sus labios a los míos y en ese instante muevo la cara. Él me mira nervioso.

—Perdona, no me pude contener. Eres tan linda y no solo por fuera. Tienes una personalidad que enamora a cualquiera.

—Cristián, gracias por tus palabras, pero en este momento no quiero involucrarme con nadie. Acabo de terminar una relación de un año con mi primer novio y justamente este verano quiero disfrutar de mi libertad. Quiero ir donde se me antoje y no tener que pensar en el amor ni en ninguno de los problemas que siempre vienen de su mano.

—Mila, espero que me conozcas y que cambies de opinión. Desde el primer momento que te vi, me encantaste.

—Quiero ser sincera contigo, me gustaría tenerte como amigo. Por ahora, no puedo ofrecerte nada más. Perdona si te hice creer otra cosa —digo y en un flashback me recuerdo coqueteando con él para llamar la atención de Diego.

—Ac

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