La tragedia de la envidia

Jorge Kahwagi Macari

Fragmento

La tragedia de la envidia

Presentación

A propósito de la envidia, dice Miguel de Cervantes que, de los dos tipos que existen, él no conoce sino “a la santa, a la noble y bienintencionada”. Es decir, aclara uno de sus anotadores, Cervantes habla de la envidia sana, la “envidia de la buena”, aquella que promueve la emulación y la superación personal. Ésta es para mí la mejor de las envidias, esa que nace de la admiración, cuando observamos a alguien exitoso y nos decimos: “Me gustaría estar en su papel”, pero uno no desea que le vaya mal al otro para que a uno le vaya bien, sino que lo tomamos como un modelo a seguir.

Es cuando esa envidia, que aquí llamo buena, se convierte en admiración… Mas uno suele admirar lo que está lejos; y la envidia, cabe aclarar, se da con lo cercano. Sería una locura envidiar a Gandhi, por ejemplo, o a Dios: a ellos se les admira.

La envidia, en sus dos formas, se da al nivel del piso, entre iguales. Ocurre en las oficinas: uno que tiene más preparación que otro y se encuentra en un puesto inferior, se pregunta: “¿Por qué a éste le va mejor que a mí si yo sé más que él?”, aunque sean muchos los factores que determinan la suerte o el destino de cada quien: conocimientos o formación personal, sí, pero también estar en el lugar indicado en el momento adecuado o saber tomar las oportunidades que se presentan.

En política se da muy poco de la envidia buena. Por desgracia, prospera la otra, la mala: en este medio el canibalismo es atroz. En México, acaso por la descomposición que hay en el tejido político, sucede que —como dice el dicho— los amigos son de mentiras y los enemigos de a deveras. Me gustaría tener una percepción positiva de mi entorno, pero no la encuentro.

Si el tema me ha intrigado es porque advierto que muchas situaciones a mi alrededor son movidas por la envidia, y que en este contexto es difícil avanzar hacia cosas positivas que tanto podrían remediar. Por envidia unos detienen y paralizan a otros, y buscan lastimar al rival político, digamos, para frenarlo. Podemos acudir a otro dicho: “Le quieren cortar los pies en vez de pararse de puntas”. Hay una tendencia a que por envidia el país se paralice, y esto provoca que haya tanta gente en pobreza extrema o desempleada, o personas que podrían hacer crecer sus negocios pero no les es permitido… Por eso el terna de la envidia es para mí muy importante.

Claro está que uno percibe cuando es malamente envidiado. Yo me muevo en varios ámbitos, y pasa a veces que compañeros políticos me critican como boxeador; o, a la inversa, sucede que gente del boxeo me juzga como legislador, sin estar enterados de lo que hago. Pongo este ejemplo: de los quinientos, soy el diputado que más iniciativas ha presentado, y quien tiene más aprobadas. Y eso es algo que con frecuencia no se dice. Prefieren hablar de mí en el aspecto social (romances, apariciones en la vida pública) que con respecto a lo que hago, en mi modesta medida, por el país. Se pensará que es un riesgo de la fama, porque ésta provoca fuertes envidias.

En el ambiente pugilístico siento un buen trato, una buena aceptación: es en donde menos envidias he percibido; son diferentes circunstancias las de cada boxeador, distintos los pesos en que cada uno combate… En la Cámara, en cambio, somos quinientos diputados en situaciones similares: si destacas un poco, te quieren ahorcar.

Pero esto es sólo un reflejo de lo que está sucediendo en el país. Revisé alguna vez una encuesta en donde se determinaba que una de las causas principales del subdesarrollo era la envidia. Habría que pensar en ello. Más adelante intentaré revisar esta suposición.

En el caleidoscopio social he encontrado de todo, pero lo más frecuente es hallar gente con mucho dinero que se muere de envidia, y personas de escasos recursos que son generosísimas. No siento, en este caso, que envidiar o no, o tener hacia alguien envidia buena o mala, sea cuestión de dinero. Es otra cosa, es algo más. Pero, ¿qué es, de dónde proviene este mal?

Recuerdo, a propósito, un viejo chiste. Hay tres frascos con langostas: uno con langostas chinas, otro con langostas estadounidenses y el último con langostas mexicanas. Este último está abierto. Alguien pregunta: “¿Por qué éste permanece abierto? ¿No hay posibilidad de que se escapen?” Y el que las cuida responde: “No, porque la que está abajo jala a la de arriba y no la deja salir”.

Habría que revisar por dónde andamos. Si no hacemos un examen de lo que somos, el país no saldrá adelante. Debemos entender que la competencia sana se está dando en lo comercial con el resto del mundo vía la globalización, y que si en lo interno seguimos truncándonos los caminos unos a los otros, seguiremos rezagados. En lugar de resolver el asunto del desempleo, estamos pensando en cómo meter el pie a un político para que no le resulten bien sus cosas, y entonces exclamar que no es tan bueno.

La transición a la democracia es una oportunidad para ser diferentes, si se llega a un real equilibrio de partidos y aquí también a una competencia sana… Pero no estamos yendo por ahí. En el Congreso, todos están convencidos de que deben llevarse a cabo las grandes reformas que necesita el país, pero ellas no prosperan para que ninguno de los partidos se cuelgue la medalla.

Uno de los propósitos de las páginas que siguen es buscar el modo en que esas malas envidias, que tanto daño nos causan, se vuelvan buenas: trocar lo negativo en positivo. El último capítulo está dedicado a eso. Mucha de la energía se gasta en bloquear al otro en lugar de avanzar juntos. Y al envidiado le sucede que mucho del tiempo que podría estar utilizando en ser productivo se le va en defenderse.

El que envidia se devalúa, incluso se desprecia: cree estar más mal de lo que quizá esté en realidad, y esto se debe a que compara, y en la comparación sale perdiendo. Probablemente sea mejor que aquel a quien envidia, pero su autoestima está tan dañada que no se da cuenta y cada vez se va devaluando más ante sí mismo y ante el mundo.

A un político le celebraban con malicia: “Oiga, ¡qué suerte ha tenido!” Y él respondía: “Claro, y entre más trabajo y lucho, más suerte tengo”. Ahí está el detalle (diría Cantinflas): entre más se esfuerza uno para cumplir sus metas, más posibilidades de éxito tiene. La suerte influye, sí, pero no se trata sólo de suerte. También la suerte la vamos labrando.

Cervantes dice que de las dos envidias existentes, él sólo conoce “a la santa, a la noble y bienintencionada”. Pero, ¿por qué no la llama simplemente “admiración”, en lugar de “envidia santa”? Acaso Cervantes implica que no toda admiración nace de la envidia (ni siquiera de la “noble”), pero sí parece admitir que la envidia es inevitable, y que lo único que puede hacerse es mitigarla por medio de la humildad y la nobleza.

Este libro trata de esas y otras cuestiones en torno a la terrible enfermedad de la envidia, que es sin duda una tragedia porque tiende a la destrucción y a la inmovilidad. Para saber del mal, hay que ir a las raíces, en sus muy diversas manifestaciones. Necesitado de variados puntos de vista, consulté con especialistas en distintas disciplinas (psicología, sociología, teología, política), y de todas estas diversas formas de mirar el problema surgen las siguientes páginas. Ojalá quien me lee quiera internarse conmigo en este panorama.

La tragedia de la envidia

El perro del hortelano

La envidia y los celos no son vicios ni virtudes,
sino penas.

Jeremy Bentham (1748-1832),
jurisconsulto y filósofo ingles.

La pena que suscita el éxito de un competidor en
riquezas, honor u otros bienes, cuando va unida al
propósito de robustecer nuestras propias
actitudes para igualar o superar a aquél, se llama
emulación. Si se asocia con el propósito de
suplantar o poner obstáculos a un competidor, se
llama envidia.

Thomas Hobbes (1588-1679),
filósofo inglés.

De todos los vicios y malas pasiones que aquejan al ser humano, ninguno parece tan frecuente como la envidia. Lo prueba el hecho de que es posible verla en prácticamente todos los niveles: de edad (el adulto envidia al niño; el anciano al joven); de género (el hombre a la mujer y a veces a la inversa, según Freud); de clase social (el desposeído al opulento); de orden escolar (el alumno regular al dotado) o deportivo (el atleta no ganador al que triunfa); de estatus físico (el enfermo al sano; el no agraciado al que posee belleza); intelectual (el inculto al culto; el aspirante en algún terreno del arte al artista consagrado); familiar (el hijo no favorito al favorecido; el ilegítimo al legítimo); profesional (el que no es honrado o reconocido a quien recibe reconocimientos); laboral (el subordinado a quien tiene “encima”) o incluso mediático (el anónimo envidia al célebre), etcétera.

Lamentablemente, sucede a menudo en el terreno más íntimo, el del amor. Uno de los mejores ejemplos está en El perro del hortelano (1615), la comedia escrita por Lope de Vega en pleno Siglo de Oro. Es la historia de Diana, condesa de Belflor, una joven perspicaz, impulsiva e inteligente, enamorada de Teodoro, su secretario, un muchacho honrado que no tiene más patrimonio que su ingenio. Diana no puede casarse con él por cuestiones de “honor” y rango social, pero entonces Diana comprueba que Teodoro ya está comprometido con otra mujer. Movida por los celos y la envidia, Diana se consagra en cuerpo y alma a separar a los enamorados.

El título de esta obra hace referencia a un viejo refrán español: “El perro del hortelano ni come las berzas ni las deja comer al amo”. En la obra, ni Diana hace algo con Teodoro ni lo deja hacer. Es la típica actitud del amante envidioso que por una u otra razón (por lo general inventada por él mismo) no puede concertar una unión con alguien, y que se impone la tarea de impedir que esa persona se una con otras. Otro refrán lo dice bien: el envidioso “ni come, ni deja comer”.

En todos los terrenos se presenta la misma mecánica: el que por una u otra razón (a veces real, pero por lo general inventada por él mismo) no puede lograr un beneficio, se dedica a evitar que otros lo consigan. Puesto que él no come, nadie más comerá. Los inmoviliza, los detiene, los obstaculiza. Muy a menudo converso con gente que se sabe inmovilizada por otros, pero nunca encuentro a alguien que confiese estar inmovilizando a otros. Y es que probablemente se trata de una cadena: el que inmoviliza es porque ha sido inmovilizado. La envidia es una cadena.

Lo realmente extraño, y hasta indignante, es que, pese a que ha probado ser un vicio universal (casi diríase una adicción), no existe sobre la envidia ninguna atención especial de los medios, y tampoco de los especialistas en la enseñanza. En los años ochenta del siglo XX, el sociólogo Helmut Schoeck hizo una experiencia reveladora: consultó décadas enteras de revistas especializadas en sociología y pedagogía en Estados Unidos e Inglaterra, y no encontró una sola mención de “envidia”, “celos” o “resentimiento” en ninguno de los índices temáticos.

Resulta más que sorprendente que un concepto tan antiguo y universalmente temido parezca sencillamente haber desaparecido del panorama moral de la gente culta. ¿A qué se debe esta tan sospechosa falta general de atención sobre un tan grave problema no sólo de moral sino de salud pública? Acaso una respuesta se halla en los terrenos que sí prestan atención a la envidia y la mencionan día con día: los medios masivos y la publicidad en los países económicamente dominantes (y por tanto en aquellos que copian su modelo económico).

¿Cuántas veces hemos oído y leído en comerciales y anuncios de todo tipo la frase “use o compre esto o aquello y será la envidia de los demás”? ¿Cuántas veces hemos escuchado en conversaciones comunes el adjetivo “envidiable” como forma de elogio o admiración? ¿Por qué por un lado se ocultan las raíces psicopatológicas de la envidia y por otro se le promueve como “normal” y hasta deseable?

La tragedia de la envidia

Envidia y psicología

No tengamos envidia de los que están
encaramados, porque lo que nos parece altura es
despeñadero.

Lucio Anneo Séneca (4?-65),
filósofo hispanolatino.

Mi pie derecho tiene envidia del izquierdo.
Cuando uno avanza, el otro quiere pasarlo. Y yo,
pobre imbécil, camino.

Raymond Devos (1922),
actor, director de cine y humorista belga.

En una primera visión de conjunto, la envidia parece el directo resultado del hecho de que no hay una absoluta igualdad entre los seres humanos; desde el momento en que hay diferencias, hay jerarquías, y desde el momento en que existen jerarquías, existe un ordenamiento basado en los conceptos “superioridad” e “inferioridad”.

En el plano psicológico resulta funesto sentirse inferior a alguien cuando no existen razones previas para aceptar esa inferioridad; se dice que hay “razones aceptadas” cuando existe una gran diferencia de nivel social entre superior e inferior, por ejemplo entre un rey y un campesino, o un presidente y un “ciudadano común”. La envidia surge de la desigualdad en un mismo nivel y es inflamada por factores individuales tanto externos (configuración de la sociedad) como internos (sensibilidad, vulnerabilidad, inseguridad). Esta baja pasión se halla tan extendida, que prácticamente no puede hablarse de casos en que esté absolutamente ausente. Envidiamos tres clases de elementos: 1) los que nunca hemos tenido; 2) los que hemos perdido, y 3) los que tuvimos sin saberlo hasta que los perdimos (la pureza e inocencia de la niñez, por ejemplo).

Al parecer, sólo puede hablarse de una escala que va de la envidia que podría llamarse “tolerable” (o controlable) hasta la que es clara y definitivamente crónica (incontrolable), tan terrible como cualquier otra adicción. En Envidia: una teoría de conducta social, el gran sociólogo austríaco Helmut Schoeck establece una línea que va de lo que en alemán se conoce como Schadenfreude (la maliciosa satisfacción que alguien siente ante la desventura de otro) hasta horrendos actos de mutilación y homicidio que no tienen otra razón que el siniestro deseo del perpetrador de apropiarse de los logros de la víctima (o dejar de sentirse empequeñecido por éstos).

Situado a mitad de esa línea, el envidioso crónico es aquejado por una angustia que le oprime el pecho y llega a detestar su propia existencia; sufre falta de apetito y sueño, deja de sonreír. En una palabra, una cierta imagen obsesiva lo persigue, lo lastima, lo endurece. Un solo pensamiento lo tortura: “¿Por qué éste tiene lo que yo más quiero?”, o peor aún: “¿Por qué éste tiene lo que yo merezco?” Un desolador sentido de injusticia lo apabulla. Deja de ver y apreciar lo que tiene, toda alegría de vivir se extingue para él, comienza a secarse, a morir (el lenguaje popular sabe muy bien decir “se muere de envidia”). El psicoanalista Cecilio Paniagua observa:

La envidia no puede ser entendida en todo su espectro sin considerar las sensaciones de precariedad narcisista y las vicisitudes de las pulsiones agresivas en la infancia, dentro del seno familiar. En efecto, las diversas modalidades de envidia no son sino un eco de los sentimientos de inferioridad y rivalidad sufridos por el niño en su desarrollo psicológico, con padres, hermanos y otras figuras significativas. La envidia instaurada en el carácter del adulto es, por lo general, una reacción ante las experiencias de pequeñez y desvalimiento de la infancia. Esto da cuenta de su universalidad y su frecuente irracionalidad. En cada persona, la intensidad de la envidia estará en función de sus sensaciones reprimidas de insignificancia. Las manifestaciones de la envidia generalmente nos dirán más de los sentimientos de inseguridad del envidioso que de la personalidad del envidiado.

Un punto interesante es aportado por Paniagua: “La envidia es en sí una defensa; a saber, una defensa contra la percepción de la propia inferioridad: se odia a otro para no sentir odio contra uno mismo”. Otro analista, el argentino Nerio Di Monti, observa que:

en ocasiones la envidia no se manifiesta hacia personas de nuestro entorno y ni siquiera hacia individuos concretos que conocemos por los medios de comunicación, sino hacia estereotipos creados por la publicidad, la moda, el cine, la televisión. La estima social que merecen estos héroes de la ficción provoca la envidia de quienes se sienten poco valorados. Pierden su capacidad de análisis y la posibilidad de darse cuenta de que no envidian las virtudes o capacidades de ese modelo, sino el reconocimiento social y los honores que reciben.

Este tipo de “enemigos virtuales” son peores aun, puesto que no existe un ser humano concreto y carnal en el que se descargue la furia, sino sólo una abstracción: el deseo de obtener honores y reconocimiento social.

La cuestión del deseo hacia algo virtual ha sido desarrollada brillantemente por Rene Girard; en Un teatro de la envidia: William Shakespeare, toma la figura del gran dramaturgo y examina sus piezas bajo una teoría por demás fascinante: la gente desea un objeto no por el valor intrínseco de ese objeto, sino porque éste es deseado por alguien más. Dicho de otra forma, imitamos los deseos. Esta envidia, a la que Girard llama “deseo mimético”, es uno de los fundamentos de la condición humana. Bajo esta luz, Shakespeare se convierte en “el profeta de la publicidad moderna”.

Según esta audaz tesis, no envidiamos a “B” por los bienes que posee, la ventura de su vida o los honores que recibe, sino que envidiamos el privilegiado lugar que la sociedad concede a gente como “B”, a quienes da el rango de modelos, guías, maestros, vencedores. No deseamos algo sino que imitamos a alguien que desea algo, y lo hacemos de forma directa (la novia de nuestro mejor amigo) o indirectamente (estereotipos sociales que hacen deseable a cierta clase de mujer o de hombre, o a un producto específico). En las piezas de Shakespeare este intrincado proceso estaría expresado en su más secreta realidad.

El terapeuta Gabriel Espiño opina que:

en el fondo, todos sentimos envidia de algo o de alguien en algún momento de nuestra vida. Es esa especie de sufrimiento secreto que nos produce el éxito ajeno. Lo recomendable es aceptar la envidia como un sentimiento humano más, que sólo nos debe preocupar cuando deriva en patología y perjudica nuestro equilibrio emocional. En casos extremos de sufrimiento, de celos patológicos, conviene acudir a un psicólogo.

Pero esto no sucede en el 99 por ciento de los casos; quien llega a esos extremos de envidia se justifica ante sí mismo de mil maneras distintas y casi nunca acepta que sufre una patología (por eso precisamente el teólogo Bob Sorge llama a la envidia “el pecado silencioso”).

El envidioso ni siquiera acepta mencionar la palabra “envidia”; según él mismo, lo que siente es furia ciega ante una injusticia del destino (de Dios o de la humanidad). Se considera una víctima y, como tal, piensa que ha adquirido el derecho para “vengarse” a su manera (de otro, de la sociedad, del destino, de Dios, etcétera). Así brota la justificación de todo tipo de actitudes: desde despreciar a sus semejantes hasta desearles directamente el mal.

Según la psicología, la envidia “común” (que es la que he llamado buena o constructiva o al menos dominable) está separada de la “envidia amarilla” (la mala, destructiva, incontrolable) por una tenue línea. El que experimenta la forma benigna puede tratar de emular al envidiado y conseguir lo que desea (ya sea dinero, o una novia “similar” a la del amigo envidiado), pero a fuerza de acumular intentos fallidos podría cruzar la línea y entrar de lleno e

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