PRÓLOGO, por ANDONI GARRIDO
(Pero esto es otra historia y Agujeros de guion)
Hay una verdad universal que no cambia con los siglos, las modas ni los algoritmos: cuando una película se ambienta en el pasado, alguien va a meter la pata. Da igual cuántos asesores históricos haya en los créditos o si la película ganó un Oscar al mejor diseño de vestuario; antes o después, alguien comentará una cagada tan gorda como poner a un caballero medieval luchando contra samuráis o a un romano llamando «emperador» a Julio César. Errores históricos o anacronismos hay de todos los tipos y colores.
Este libro del gran Miguel de Lys va de eso, pero no desde la bilis ni la pedantería, sino desde el gozo absoluto de ver cómo el cine tropieza con la historia una y otra vez, y aun así nos encanta.
Como alguien que lleva años señalando los agujeros de guion más gordos del cine, puedo decir que los errores históricos son un primo cercano. No es que muchas películas históricas estén mal hechas porque a alguien se le fue la olla; es que muchas veces el propio cine exige sacrificar mucha de la verdad histórica en favor de la narrativa épica, la emoción o el entretenimiento. Otra cosa diferente sería sacrificar la verosimilitud, como poner un coche descapotable de gran cilindrada en un asedio medieval. Excepto si es en Age of Empires, claro.
En Apocalypto, los mayas están sacrificando gente a lo loco justo cuando llegan los españoles, aunque para cuando se produjo la conquista esa civilización ya llevaba siglos en declive. Pero, claro, para hacer más entretenida la película y acabar con una imagen potente, se necesitaba reducir ese lapso de años.
En El código Da Vinci, todos los cuadros renacentistas son parte de una conspiración secreta, María Magdalena era la esposa de Jesús y el Opus Dei tiene sicarios entrenados por ninjas. No es que tenga errores históricos: es que se inventa su propia historia alternativa. Pero, oye, está divertida, y nos podemos quedar con eso.
En Amadeus, el pobre Salieri queda como el villano envidioso que intenta arruinar la vida de Mozart, cuando en realidad admiraba profundamente su talento y no hay pruebas de que lo odiara ni de que conspirara contra él. Pero, a pesar de que no fuera verdad, nos da una historia de gran calidad.
A estas alturas conviene recordar algo fundamental: el cine histórico nunca va a ser cien por cien exacto. Ni puede, ni debe. Porque por muy buena voluntad que tenga un director o por muy exhaustiva que sea la documentación, hay una barrera imposible de sortear: no tenemos una máquina del tiempo. Y sin ella, jamás sabremos con precisión absoluta cómo era todo. Podemos estudiar los textos que se conservan, los restos arqueológicos, los documentos, las pinturas, las crónicas, pero lo cierto es que nos faltan piezas por todas partes.
¿Cómo hablaba exactamente un campesino sumerio? ¿Qué gestos hacía una señora romana al saludar? ¿Qué tono usaban los griegos al recitar a Homero? ¿Cómo olía una casa medieval? ¿Cómo sonaba un mercado de Tenochtitlán? La mayoría de esas cosas son imposibles de reconstruir del todo y, por tanto, cualquier intento de representarlas en cine es ya una interpretación, una reconstrucción con dosis necesarias de invención. Incluso en épocas relativamente recientes como el siglo XIX nos topamos con vacíos y contradicciones, así que imagina en la Edad del Bronce.
Además, no solo es que no lo sepamos todo: muchas veces lo que creemos saber está en revisión constante. Nuevos hallazgos, teorías que se descartan, reinterpretaciones que lo cambian todo. Lo que hoy damos por hecho puede ser desmontado mañana por una inscripción en una tumba egipcia o por un manuscrito olvidado en un archivo.
De modo que no, no pidamos al cine una precisión absoluta, porque eso ni sería posible ni sería entretenido. Lo que sí podemos pedir es que no insulte a nuestra inteligencia. Que si va a tomarse licencias (porque se las va a tomar), lo haga con arte, con creatividad, con intención, y no con desgana. Al final, la historia en el cine no reproduce cada detalle tal como fue, como ya digo, eso es completamente imposible, pero si se hace bien, nos transmite la esencia de una época, aunque algunos detalles se pasen por alto. Es imposible estar en todo.
En fin. Prepárate para un viaje que te va a desmontar cientos de mitos. Vas a ver al T. rex piar como una gallina, a los velocirraptores de Jurassic Park convertidos en reptiles de dos metros cuando en realidad eran pavitos emplumados de medio metro. En 300, los espartanos se pasean medio en bolas y con abdominales to’ ciclaos mientras el rey Jerjes parece un villano de Marvel, solo le falta un guantelete cósmico. En Gladiator, Cómodo muere a lo grande en la arena... aunque en realidad uno de sus esclavos lo asesinó en una bañera. Braveheart pone a William Wallace con una falda que no se llevaba en la época y pintado como si fuera al BBK Live, y encima acaba liado con una princesa que ni siquiera había nacido. En Napoleón, Ridley Scott nos regala al emperador bombardeando las pirámides, aunque al menos no revienta la tocha de la esfinge... Assassin’s Creed convierte a los Reyes Católicos en unos tipos tatuados salidos de la Ruta del Bacalao, y Piratas del Caribe nos vende la vida pirata como una mezcla de ron, magia y aventuras divertidas, cuando en realidad eran personas altamente violentas y sus barcos eran más bien letrinas flotantes con cañones.
Por mi parte nada más. Ahora te toca leer este libro. Disfrútalo, ríete, aprende y, sobre todo, no dejes de amar el cine, aunque tenga infinidad de errores históricos. Porque como bien sabemos los que nos gusta este mundillo de contar historias, una buena trama se basa en conflicto, emoción y un margen divertido para inventarse cosas que nos hagan disfrutar como ¿gladiadores contra tiburones? ¿Por qué no? Claro que sí, mete más tiburones en el Coliseo. ¡Vamos!
¡ES UNA PELÍCULA, NO UN DOCUMENTAL!
Existe una ley universal de la que poco se habla: siempre que alguien destaque un error histórico en una película, habrá otra persona que responda con la frase: «Si quieres aprender historia, para eso están los documentales». Tienen razón. Es más, ambas partes están en lo correcto. El cine no tiene como objetivo ser históricamente preciso, y si así fuese tampoco podría serlo por completo, dado que nuestro conocimiento sobre el pasado está en constante evolución. El séptimo arte prioriza el entretenimiento, ofreciendo una trama que transmita emociones, que presente una buena evolución de los personajes y que plantee conflictos con los que la audiencia pueda identificarse e incluso empatizar. Ante todo, debe tener coherencia interna, respondiendo a sus propios planteamientos. Si todos estos aspectos fallan, la película será deficiente, y la crítica la considerará peor que pegar a un padre con un calcetín sudado, por mucho que su contexto sea fascinante. Por otro lado, cuando se hace bien y gusta al público, puede generar un gran interés por una época, pero eso no evitará que muchas veces el gran público asuma ciertas licencias como hechos verídicos. Al fin y al cabo, no es ningún secreto que la mayoría de nosotros tenemos tan poco interés en ver un documental como en conocer el interesante mundo de la venta de centollos en Indochina.
Para hacer cine tenemos que asumir las licencias de la ficción. Todos sabemos que los conductos de ventilación no son enormes, pero, aun así, nos gusta ver cómo la gente huye por ellos en momentos de riesgo; las pirañas no devoran un cuerpo humano en cuestión de segundos; el cloroformo no duerme a alguien con tan solo arrimar un pañuelo a su nariz; la Edad Media no tenía filtros azules ni México amarillos; no hay sonido en el espacio y, por tanto, las batallas entre naves serían realmente aburridas; ni todos los escoceses llevan falda y saben tocar la gaita, ni se escucha flamenco de fondo en cualquier parte de España; no todos los pueblos de Japón tienen un encanto místico y se ven pescadores en una barca, ni todas las villas europeas son encantadoras y llenas de flores; y por supuesto no todos los monstruos y desgracias naturales tienen por objetivo Nueva York. Aceptamos inexactitudes constantemente y nos da igual porque lo que queremos es entretenernos. Si deseamos ser puristas, no tendría sentido que las producciones sobre romanos se graben en inglés, ni siquiera en el latín que conocemos, porque el de la época sería totalmente diferente. Si nos ponemos muy críticos, resulta anacrónico que los largometrajes sobre la antigüedad incluyan a jinetes con estribos, una tecnología que tardó mucho en llegar al mundo entero, pero es que las aseguradoras de Hollywood obligan a usarlos por la manía de no tener que pagar compensaciones millonarias a actores que se descalabren. Desde el momento en el que alguien decide crear una trama inventada, está asumiendo que habrá cambios con respecto a nuestro presente o nuestro pasado, y está bien, porque para datos exactos ya tenemos la realidad. Sin embargo, como decía, asumir que el cine «debe mentir» no implica no plantearse hasta dónde ha llegado la ficción y, sobre todo, qué consecuencias tiene en la realidad.
Tras acabar la Segunda Guerra Mundial, una encuesta de un diario galo demostró que el 57 por ciento de los franceses consideraban que la URSS fue la nación que más contribuyó y sacrificó para lograr la derrota nazi. Tan solo el 20 por ciento creía que fue Estados Unidos. En 2004 estos porcentajes se invirtieron y los grandes artífices de la caída de Hitler fueron los estadounidenses, como si los soviéticos hubiesen hecho poco o nada. ¿Qué había pasado en esos sesenta años? La respuesta es fácil: Hollywood. Tras estrenarse Braveheart en 1995 el sentimiento independentista escocés se disparó. Dos años después, Escocia votó abrumadoramente a favor de una propuesta para establecer un parlamento propio, y el partido a favor de desvincularse del Reino Unido aumentó de manera significativa sus resultados. No podemos echar la culpa a Mel Gibson, el director, pues ya habría algún elemento en la sociedad que llevase a esa decisión, pero desde luego algo ayudó. Quizá la visión implacablemente negativa de la película sobre los ingleses como violadores despiadados fue muy efectiva, aunque del todo incorrecta, y por si fuera poco, tampoco representaba nada bien la figura de William Wallace. Poco después del asesinato del presidente Kennedy, solo el 50 por ciento de la población creía que lo que había detrás era una conspiración, pero tras el estreno de la película JFK en 1991 esta cifra se disparó al 77 por ciento. Otro ejemplo: hay estudios que demuestran que los jurados en Estados Unidos ven cada vez más necesaria la prueba de ADN como evidencia para condenar a alguien. Esto ha cambiado en parte gracias a CSI, la serie policiaca donde ponen un énfasis tan fuerte en la evidencia de ADN como prueba de culpabilidad o inocencia que parece lo único válido. En realidad, esta verificación lleva mucho tiempo y es a menudo innecesaria para probar que la acusación es justa. Otras exageraciones, aunque obvias para una cabeza «normal» y con un mínimo de criterio, han llevado a malentendidos graves o incluso peligrosos. El hijo de Pablo Escobar, tras la serie Narcos, tuvo que publicar un libro y hacer una gira por todo el mundo para dar charlas aclarando que su padre no era tipo cool. Ya no solo que el famoso narcotraficante no hablaba como mostraban en la exitosa producción de Netflix, sino que por mucha personalidad que tuviese, no era buena persona. ¡Es que era un criminal! Encargó la muerte de cientos de personas y era un genio del robo y la extorsión, pero, al parecer, es necesario aclarar que no era un ejemplo que seguir. No es el único familiar atribulado por tener un criminal famoso en casa. Tenemos el caso de Christina McDowell, la hija de Tom Prousalis, uno de los estafadores que trabajó con el llamado Lobo de Wall Street. Ella acusó a Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio de distorsionar los acontecimientos en torno a su padre en la adaptación El lobo de Wall Street. Según ella, lo glorificaba y hacía que sus crímenes parecieran triviales cuando, de hecho, son parte de un problema generalizado en el corazón de la economía estadounidense. Por último, tras el estreno de Gladiator en el año 2000 las facultades de Historia occidentales experimentaron un aumento de alumnos interesados en esa carrera, muchos de los cuales confesaron que era el cine histórico lo que les había despertado la curiosidad y, a la postre, la pasión por conocer nuestro pasado.
El cine histórico debe entretener y gustar, y como mucho fomentar el interés por un momento de nuestro pasado. Soy de los que creen que al cine hay que ir a disfrutar, con el cubo de palomitas lleno, el refresco cuanto más grande mejor (¡si el precio lo permite!) y tratando de atesorar el momento mágico que es comentar la película con tus amigos o familia una vez has salido de la sala. Hay que saber contagiarse del mensaje de una propuesta de ficción, de sus diálogos y situaciones que fuerzan a los protagonistas a lograr lo imposible; no obstante, todo eso no nos exime de mantener un juicio crítico. Debemos preguntarnos por qué se representan las cosas como se representan. ¿Están alimentándose de estereotipos o hay algo de realidad? ¿Estoy siendo objeto de propaganda de una visión sesgada de los hechos? ¿Qué están omitiendo y por qué? ¿Cuál es la audiencia objetiva? Podemos disfrutar de la película china La batalla del lago Changjin, estrenada en 2021 y que es una de las producciones bélicas más caras y exitosas de la historia. Sin embargo, fue un encargo por parte del Departamento de Publicidad del Partido Comunista Chino para celebrar el centenario de la creación de dicha institución, por lo que igual algún sesgo sí que tiene.
Por otro lado, la ficción debe tener sentido. Los protagonistas han de tener una evolución y una búsqueda, y la vida está llena de elementos aleatorios que no tienen lógica narrativa. Por no hablar de que todos conocemos a gente que es incapaz de evolucionar. En una película de guerra lo normal sería que la mayor parte de los protagonistas, sino todos, muriesen, o que fuesen cambiando constantemente porque no paran de entrar reemplazos para los caídos, pero eso despistaría mucho a la audiencia, que ya no sabría seguir quién entra y quién sale. Si nos han presentado a Johan en la primera escena, sería raro que a los veinte minutos él y todos sus amigos estén en el suelo acribillados a balazos, y que a partir de entonces los protagonistas sean Randall y Clarence, quienes por supuesto palmarían al poco tiempo y serían sustituidos por Kevin, que llega dos días más tarde de lo previsto por fallos de comunicación interna en el ejército, por lo que durante unos minutos ni siquiera tendríamos a nadie a quien seguir. El espectador estaría muy perdido y se preguntaría qué narices está pasando. La respuesta sería que lo que estaría viendo es, ni más ni menos, que la realidad. Lo normal es que queramos quedarnos con Johan, el que salía al principio, y que este se haga amigo de Randall y descubran que son de pueblos vecinos y que les gustaba la misma chica, y que más tarde averigüen que pasa lo mismo con Clarence y Kevin. Vale, es una historia muy rara, pero me has entendido, y de todas maneras probablemente ella nunca prestó atención a ninguno de ellos.
Otro ejemplo: imagina que hacemos una película sobre San Luis IX de Francia y la octava cruzada. Uno esperaría cine épico medieval, pero tras desembarcar en Túnez, el monarca contrajo una fiebre tifoidea o disentería y murió. Nadie querría ver que el protagonista fallece de pronto sufriendo agónicamente mientras hace de vientre, pero es lo que pasó. O piensa en un gran ejército invencible que cuando quiere invadir un país es arrollado por un temporal, de lo cual hay muchos ejemplos a lo largo de los siglos, o mensajes enemigos interceptados también por pura casualidad, sin que haya nadie intentando desbaratar planes, sino que fallan por sí solos; o grandes descubrimientos científicos que fueron hallazgos fortuitos. Tenemos miles de ejemplos así, porque la vida real no debe encajarse en los parámetros de una trama. Otra manera fácil de ver esto sería que visualizases tu propia vida como una narración. Deberías prescindir de muchas actividades rutinarias que a lo mejor definen tu día a día, pero es que a nadie le interesa ver que desayunas tostadas con aguacate y zumo de naranja salvo que tenga importancia en el guion, y a lo mejor tras salir de casa te cae un satélite en la cabeza y tu final es totalmente anticlimático, aunque sin duda digno de contar. Por el momento, esperemos que no pase, por lo menos hasta que finalices la lectura de este libro.
Por tanto, esta obra no pretende atacar la calidad de las películas, pues entre estas 101 elecciones hay auténticas obras de arte. También hay otras, digamos, no tan buenas. La idea es que sepamos disfrutar de la ficción con la conciencia de que lo que vemos no es así en realidad, es en la mayoría de los casos una exageración para nuestro gozo y disfrute, y, a la postre, nos crea una imagen inexacta y viciada de la historia. Por otra parte, estas páginas pueden servir para ser el pedante insoportable que en las cenas de Navidad corrige a todo el mundo, especialmente a los cuñados que dan lecciones de historia sin haber abierto un libro en su vida, pero que alguna vez vieron un largometraje famosillo.
¡Luces, cámara y rigor histórico!
PREHISTORIA
1
JURASSIC PARK:
¿ERAN LOS DINOSAURIOS COMO NOS LOS IMAGINAMOS?

Aunque Jurassic Park (1993) no puede considerarse cine histórico, es innegable que esta saga de dinosaurios ha sido una influencia masiva para que muchas personas conozcan a estas criaturas del pasado. Nos guste o no, Hollywood tiende a crear imágenes distorsionadas de cualquier época, muchas veces más falsas que los propósitos de Año Nuevo. La película de Steven Spielberg, basada en la novela de Michael Crichton (quien también colaboró como guionista), dejó una marca indeleble en la sociedad occidental. Millones de personas, especialmente niños y adolescentes de los años noventa, quedaron fascinadas con estos «bichos», y las jugueterías se llenaron de tricerátops, velocirraptores y el temible Tyrannosaurus rex. Jurassic Park se convirtió en la película más taquillera de la historia hasta el estreno de Titanic, y además ganó tres Oscar técnicos: mejor sonido, mejores efectos sonoros y mejores efectos visuales. Sin duda, la película es espectacular, pero también generó preguntas curiosas en la audiencia, como: «¿Qué demonios es un paleontólogo?».
El protagonista, Alan Grant (interpretado por el genial Sam Neill), es un paleontólogo, es decir, un científico que estudia los restos fósiles para entender la vida en el pasado. En la película, explica que las aves modernas están relacionadas con los dinosaurios, tanto en apariencia como en movimientos. Este vínculo es científicamente correcto, y los paleontólogos suelen bromear diciendo que convivimos con dinosaurios: los pájaros. Puede sonar exagerado, pero las evidencias respaldan esta afirmación. Según las teorías actuales, las aves evolucionaron a partir de los celurosaurios, un grupo de dinosaurios terópodos caracterizados por huesos huecos y extremidades con tres dedos funcionales. Las aves pertenecen a un subgrupo de los manirraptores, que incluye al famoso velocirraptor. Si estos términos técnicos te marean, no te preocupes; basta con recordar que los pájaros descienden de dinosaurios, aunque los velocirraptores de Jurassic Park, en realidad, eran más pequeños, emplumados y coloridos. Eso sí, por simpáticos que fueran, difícilmente habrían sido buenos compañeros de piso.
A pesar de esta relación evolutiva, no deberíamos bromear demasiado con que humanos y dinosaurios «somos coetáneos». Un estudio realizado por la Unión Europea en 2021 sobre conocimientos científicos reveló que un cuarto de la población cree que humanos y dinosaurios convivieron. Esto refleja un preocupante déficit educativo, aunque no podemos culpar del todo a la película. Por si aún tienes dudas, estas criaturas se extinguieron hace sesenta y seis millones de años tras el impacto de un asteroide en lo que hoy es México. El evento sumió al planeta en una oscura y fría noche: las plantas murieron, los ecosistemas colapsaron y los dinosaurios, hambrientos, desaparecieron de forma lenta y trágica. Las únicas criaturas que sobrevivieron fueron pequeños animales, incluidos los mamíferos y las aves, que luego evolucionaron para dominar el mundo. Así que sí, el parecido entre pájaros y dinosaurios no es casualidad.
El primer fósil de un dinosaurio emplumado, el Archaeopteryx, fue descubierto en el siglo XIX, y desde entonces esta teoría es la vigente. En cuanto al Tyrannosaurus rex, hay debate sobre si tenía plumas, aunque muchos científicos creen que algunos dinosaurios grandes sí contaban con cierto plumaje. Es el caso de terópodos descomunales como el Yutyrannus, de la superfamilia de los tiranosauroideos, cuyos fósiles evidencian la presencia de plumaje. (Sí, te dejo un rato para que lo busques en Google). Esto no significa que volaran, igual que tampoco lo hacen gallinas, avestruces o pingüinos. Y menos mal, porque un pingüino en el cielo sería el toque surrealista definitivo para un mundo ya bastante raro.
Otro detalle interesante (y menos épico) es el sonido de los dinosaurios en la película. Mientras que los dinosaurios más pequeños podrían haber emitido sonidos similares a silbidos o cacareos, los bramidos de los grandes depredadores, como el T. rex, fueron puramente una creación de Hollywood. Ese impresionante rugido que todos recordamos fue una mezcla ralentizada de una trompa de elefante bebé, el rugido de un tigre y el de un cocodrilo. En realidad, el T. rex probablemente emitía algo más parecido al arrullo de una paloma o al gruñido nasal de un avestruz, quizá como un ganso con un gigantismo descomunal. Imagina al icónico T. rex soltando un «cu-currucucú» en su gran escena: el efecto terrorífico se habría desinflado, y los protagonistas se habrían partido de risa.
A pesar de estas licencias creativas, Jurassic Park no solo redefinió el cine de aventuras, sino que despertó una fascinación por los dinosaurios que todavía persiste. Aunque, como siempre, es importante separar la ciencia de la ficción.
¿Sabías que el dinosaurio más grande y temible no era el Tyrannosaurus rex?
El dinosaurio más grande descubierto hasta ahora es el Argentinosaurus, un titanosaurio (un saurópodo, es decir, un herbívoro de cuello largo) que vivió hace aproximadamente 94 millones de años durante el periodo Cretácico. Fue encontrado en Argentina (de ahí su nombre) y se estima que medía hasta cuarenta metros de largo, algo así como cuatro autobuses escolares o cuatro T. rex, y pesaba alrededor de setenta toneladas. Es como juntar el peso de diez elefantes africanos. De haber incorporado este bicho a la película, se habría salido de plano.
2
ICE AGE:
¿CONVIVIERON LOS MAMUTS Y LOS TIGRES DIENTES DE SABLE?

Las nuevas generaciones no lo saben, pero hubo un tiempo en que era famosa una ardilla que buscaba hacerse con una bellota y acababa provocando desastres naturales. Este simpático animal se llamaba Scrat, y aunque no era un protagonista de Ice Age (2002) formaba parte de una serie de divertidos cortos animados que se emitían a modo de promoción. Pero ¿podía haber bellotas en la Edad de Hielo? Es más, ¿qué demonios es la Edad de Hielo? Una respuesta resumida: es un periodo de glaciación en el que los casquetes polares se extienden y las temperaturas bajan globalmente. La explicación es más compleja, pero no quiero abrumarte con demasiados detalles. Esta fase fría a escala mundial se debió a factores ambientales y geológicos, y se ha repetido varias veces a lo largo de la historia. La última de estas glaciaciones comenzó hace unos ciento diez mil años y finalizó hace cerca de diez mil, dando paso al Holoceno, la era de clima templado que conocemos hoy. ¿Eso significa que todo estaba cubierto de hielo y no podían existir animales ni bellotas? No necesariamente. Lo que sí sabemos es que las especies vegetales y animales habrían habitado zonas más cálidas, en especial aquellas con vegetación.
Ahora bien, centrémonos en los protagonistas de la película: el peculiar grupo compuesto por Manny, el mamut lanudo; Sid, un perezoso terrestre; y Diego, el Smilodon, conocido como dientes de sable por los colmillos prominentes que adornaban su mandíbula. De hecho, a Scrat también se le atribuyó este tipo de colmillos, pero, claro, se trataba de una parodia. Este conjunto tan singular de inadaptados termina forjando una auténtica amistad. En un contexto en el que su mundo se veía alterado por el deshielo, debían superar diversas dificultades dejando de lado sus diferencias. Toda una lección para jóvenes y adultos. No obstante, eso no significa que, si en la vida real te cruzas con alguien como Sid, tengas que ser su amigo solo porque sea un personaje adorablemente torpe. Sin embargo, si te encuentras con alguien así en el trabajo o en la escuela, lo más probable es que tengas que aprender a convivir con él, por lo que las enseñanzas de Ice Age pueden ser bastante útiles. Pero ¿realmente habrían coexistido todos estos animales en la misma época? La mayoría de los mamuts desaparecieron hace unos diez mil años, al final de la última glaciación, aunque algunos pequeños grupos lograron sobrevivir en poblaciones aisladas. Los mamuts lanudos, los más conocidos, se extinguieron hace unos cuatro mil años, específicamente en las regiones de Siberia. Esto implica que, en términos históricos (y no geológicos), estos colosos de pelaje espeso coexistieron con las civilizaciones humanas mucho más de lo que podríamos imaginar. De hecho, cuando los mamuts desaparecieron, las pirámides de Giza ya habían sido construidas más de quinientos años antes. En cuanto a los Smilodon, también conocidos como dientes de sable, se extinguieron hace unos diez mil años, al final de la misma glaciación. De igual forma, el perezoso terrestre, o Mylodon americano, se extinguió alrededor de las mismas fechas, aunque estos animales eran mucho más grandes de lo que la película sugiere (y es posible que más inteligentes).
Por tanto, podemos afirmar que todos vivieron a la vez, aunque como hablamos de periodos de tiempo tan extensos e imprecisos, casi con toda seguridad algunos murieron antes que otros, puede que con miles de años de diferencia. E intuimos que difícilmente podrían ser amigos. Sin embargo, no vivieron en el mismo lugar. Los mamuts vivían en las estepas y tundras desde Canadá hasta Siberia; el Smilodon vivía en las grandes planicies que existían tanto en Norteamérica como en Sudamérica; y restos de perezosos terrestres se han encontrado desde Guatemala hasta Canadá. También vemos en la película los pájaros conocidos como dodos, que solo se hallaron en la isla de Mauricio, en África, por lo que era una especie endémica de un sitio muy concreto y aislado del mundo, y se extinguieron en el siglo XVII, mucho después de que terminara la Edad de Hielo. Y cuando digo «se extinguieron» cabe resaltar que igual nuestra especie tiene algo que ver con eso. Podemos echar la culpa a los humanos en general, pero si queremos precisar más debemos mirar a los holandeses, que llenaron la ínsula de bichos que se pusieron las botas con la fauna local. También los colonos se comieron algunos, pero no debieron de ser muchos, porque calificaron su sabor como nauseabundo.
En resumidas cuentas, esta película no pretende enseñar historia, pero puede crear la sensación de que todos los animales extintos vivieron a la vez y en el mismo lugar, lo cual dista de la realidad. Por lo demás, funciona perfectamente, es una saga muy divertida y tan exitosa que llegó hasta seis películas. Ahí ya sí que apreciamos cosas un poco más raras, como en la cuarta entrega, en la que aparece una ballena que creemos extinta hace doce millones de años. También, por algún motivo, los humanos aparecen en la primera entrega y tras eso no volvemos a verlos, por lo que supongo que en el iceverso nos extinguimos.
¿Sabías que hubo un hombre congelado durante más de cinco mil años?
Ötzi, el hombre congelado, es básicamente el viajero del tiempo más antiguo... y peor parado. Apareció en 1991 en los Alpes, como si hubiese intentado hacer senderismo sin mirar el parte meteorológico de hace cinco mil años, ignorando que iba a refrescar un poquito. Este señor neolítico fue encontrado congelado con todo su kit de supervivencia: capa de hierbas, arco sin terminar, y hasta su fiambrera de carne seca. Durante milenios estuvo ahí, en plan «no molestar», hasta que dos excursionistas se tropezaron con él (literalmente). Lo interesante es que, gracias a su estado de conservación, hoy sabemos qué comió antes de morir, que tenía tatuajes, que sufría de reuma... ¡y que lo más probable es que lo asesinaran! Se cree que murió en un combate, por lo que igual en la época no era raro batirse en duelo en montañas nevadas, pero quien pasó a la historia fue él, aunque fuese el derrotado. Curiosamente en los Alpes, con el tiempo, han ido apareciendo soldados congelados de la Primera Guerra Mundial, que cayeron en batallas por la zona. Pasear por ahí puede ofrecer vistas preciosas o sustos descomunales.
3
EL GUERRERO NÚMERO 13:
¿SOBREVIVIERON COMUNIDADES DE NEANDERTALES?

El guerrero número 13 (1999) es una película de aventuras vikingas basada en la novela Devoradores de cadáveres, del autor Michael Crichton, que también fue guionista en esta ocasión. Tenía una excelente banda sonora y a Antonio Banderas interpretando al cronista Ahmad ibn Fadlan, un emisario de la corte de Bagdad que acabó conviviendo con un grupo de hombres del norte durante el siglo X. Esto es real y, gracias a él, sabemos mucho de lo poco que conocemos de las sociedades nórdicas en la Edad Media. No obstante, aquí plantean la posibilidad de fusionar mitología y realidad, ya que un grupo de aventureros de pelo largo y runas tatuadas tienen que enfrentarse a unos monstruos que asolan una región al norte de Europa. Luego descubrimos que se trata de una comunidad de neandertales que sobrevivieron por estar en un sitio remoto y alejado del continente. Tienen aspecto humano, pero más salvaje, como ese amigo que todos conocemos.
Pero ¿tuvieron alguna vez que enfrentarse a comunidades de neandertales que perduraron hasta la Edad Media? ¿Llegaron incluso a convivir con los sapiens? Como espectador no hace falta ser un genio para saber que a todas luces esta posibilidad es una licencia creativa y, de hecho, en su día hubo muchos historiadores que se quejaron de que eso no era posible, pero la gracia de una película histórica es que sea creíble y comprar el conflicto al que se enfrentan los protagonistas. Sin embargo, el largometraje se basa enteramente en este supuesto que merece la pena ser estudiado... si eres un nerd entusiasta de estos temas, porque el director tampoco tiene intención de arrojar luz sobre este debate, sino dar importancia a los espadazos. Ni siquiera representa bien a los vikingos, de los que hablaremos más adelante.
El hombre de Neandertal recibe su nombre por un ejemplar encontrado en el valle de Neander, en Alemania, y parece estar claro que pudo aparecer hace unos cuatrocientos mil años y se extinguió hace treinta mil años. Eso creemos por ahora, porque el estudio de esta etapa temprana de nuestra especie está sujeto a bastantes cambios a medida que lo investigamos, pero en esto hay consenso hoy día. Por su parte, los Homo sapiens, aparecieron en África hace aproximadamente doscientos mil años, comenzaron a expandirse y llegaron a Europa hace de cuarenta y cinco a cincuenta mil años, generando por el camino la subespecie conocida como Homo sapiens sapiens, o sea, nosotros. Recibe su nombre porque sapiens viene del latín «sabio», por lo que igual el término se nos queda grande. En cualquier caso, si echamos números veremos que sí hubo un periodo de convivencia de varios miles de años entre las dos especies, probablemente unos diez mil. Esto, por cierto, en el momento de la película no era una teoría tan asentada, pero ahora sabemos que sí fuimos coetáneos e incluso que puede que hubiese contactos con ellos, tal vez hasta demasiado cercanos. Muy cercanos. Ya sabes a lo que me refiero. Guiño, guiño. Sí, ahora creemos que hubo Homo sapiens y neandertales retozando en los preciosos paisajes prehistóricos, aunque fuese sin velas ni música agradable de fondo. Puede parecer raro, pero no juzgues porque todos conocemos a alguien que ha bajado mucho sus criterios estéticos con tal de pasar un buen rato. Quizá por eso nuestra especie tiene en torno a un 1-2 por ciento de ADN neandertal.
Por consiguiente, sí hubo neandertales viviendo al mismo tiempo que nosotros, pero no tenemos constancia de que llegasen hasta nuestros días. ¿Pudo pasar esto? Es bastante imposible si, tal como vimos en Ice Age, atendemos no solo al cuándo, sino al dónde. Esta especie vivió en una franja que ocupa desde Europa central hasta Asia central, pasando también por Oriente Medio. Es de las regiones del mundo con más población en eras tempranas de nuestra existencia y de la que más registros históricos tenemos, y sabiendo que los humanos no somos muy dados a la conservación de especies, ni siquiera la nuestra, la convivencia prolongada es muy improbable. Tal vez por esto, según la trama de El guerrero número 13, huyeron a Escandinavia, refugiándose en las montañas para no dejarse comer vivos en ese momento, y allí vivieron según sus costumbres unos cuantos cientos de años, hasta que esos molestos vikingos llegaron a destrozar su modo de vida. Pero tampoco podría ser. Hollywood nos hace creer que todo el mundo es igual en el mismo momento, y hay diferencias abismales. Hasta hace diez mil años nadie podía vivir en Escandinavia, porque toda la región estaba cubierta por montañas de hielo de unos dos kilómetros de alto. Todo eso se derritió, creando los fiordos, miles de lagos y demás elementos espectaculares que relacionamos con el norte. Este cambio dramático en la orografía provocó otro efecto interesante: la placa tectónica euroasiática, debido a la ausencia de peso de esas masas enormes congeladas, se ha ido elevando poco a poco desde entonces en esta región. Por ese motivo, zonas que en la Edad Media en Suecia eran costeras ahora están a varios kilómetros en el interior, porque el mar se ha desplazado al subir el terreno. En el caso de Luleå, en el Báltico sueco, se han llegado incluso a encontrar puertos vikingos en granjas interiores, y el centro histórico de la ciudad se encuentra lejos de la actual costa, pese a ser una localidad marítima. En pocas palabras, el cine suele aceptar que la geografía actual siempre ha sido como la vemos ahora, cuando en realidad ha sufrido miles de cambios. Eso afectaba a los hombres y mujeres que vivían en el momento, que se adaptaban a lo que había. Así que, salvo que esos hombres de neandertal supiesen vivir en temperaturas gélidas en montañas heladas, con crampones, equipo de escalada y guantes de esquí, difícilmente podrían haberse refugiado en Escandinavia cuando sus congéneres estaban desapareciendo.
¿Sabías que hay evidencias arqueológicas de batallas prehistóricas?
Por desgracia, tenemos muchos ejemplos de grupos de gente matándose en etapas tempranas de nuestra historia, lo que significa que igual no hemos mejorado tanto. Uno de los casos más famosos es la masacre de Jebel Sahaba (Sudán). En este lugar cercano al Nilo, los restos de más de sesenta personas fueron encontrados en un cementerio de hace aproximadamente doce mil años, durante el final del periodo del Pleistoceno. Los esqueletos muestran marcas de heridas provocadas por flechas y otras armas, lo que sugiere una matanza, cómo no, violenta. Se cree que este evento podría haber sido el resultado de una guerra tribal o un conflicto intergrupal, pero no lo sabemos con seguridad, así que igual fue una competición por el amor de una princesa o una discusión vecinal que fue a más. En Kenia, en el sitio de Nataruk, hace diez mil años, un grupo de personas fue masacrado mientras nadaban o cruzaban un río. Los arqueólogos descubrieron los restos de al menos veintisiete individuos, muchos de los cuales mostraban lesiones graves como heridas de flechas y fracturas causadas por golpes. El motivo de estos ataques lo desconocemos, pero como no hay evidencia de que en ese tiempo odiasen a los nadadores hasta el punto de castigarlos con la pena máxima, podemos concluir que se debían a conflictos intergrupales en una época de alta competencia por los recursos.
EDAD ANTIGUA
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TROYA:
¿CONOCÍAN EL ACERO LOS GUERREROS TROYANOS?

A finales de los noventa y principios de los dos mil, Hollywood quería retomar la idea del cine épico que tan bien había funcionado décadas atrás. Gladiador y Braveheart habían arrasado en taquilla recientemente y cautivaron a miles de espectadores; asimismo, fueron la puerta de entrada al interés por la historia para millones de personas. Así que para 2004 se presentó una epopeya épica interpretada por un elenco de actores muy cotizados en el momento: Brad Pitt en el papel de Aquiles, Eric Bana como Héctor, Sean Bean como Ulises y Orlando Bloom como Paris. Bean y Bloom habían participado en el gran éxito que fue El señor de los anillos y, además, este último había protagonizado Piratas del Caribe. Este all star daría vida a la Ilíada, la obra de Homero compuesta en el siglo VII a. C. y ambientada en el siglo XII a. C. Como es una narración en la que los dioses intervienen, y hacen y deshacen a su antojo, la propuesta del director Wolfgang Petersen era más real, sin los grandes designios interviniendo en nuestras vidas y con los humanos siendo humanos, es decir, matándose entre sí sin necesidad de que se lo diga ninguna deidad. Ahora bien, proponer esto como la verdadera historia que ocurrió tiene el riesgo de presentar algo que en realidad nunca pasó, o no como lo vemos. O no como creemos que sabemos. Es complicado.
Hay que aclarar que Troya sí existió. Tanto la guerra como la existencia de la propia ciudad fueron consideradas un mito hasta que el arqueólogo Heinrich Schliemann descubrió el emplazamiento real en 1868 en la costa de Turquía, y se constató que en ese lugar se fundaron muchos emplazamientos sobre las ruinas o bases de otras anteriores y que, efectivamente, en esos siglos mencionados Troya estuvo rodeada de una gran muralla que fue asediada. Sin embargo, todo eso de que Paris se lleva a Helena a Troya y por eso, Menelao, rey de Esparta, reúne a todos los griegos para asediar la ciudad, pues como que no, o no se sabe o nunca pasó. No podemos considerar el texto de Homero histórico porque está relatando acontecimientos que ocurrieron aproximadamente cinco siglos antes de que él naciera y que fueron transmitidos de boca en boca. Supongo que habrás experimentado con tus amigos o familiares lo que se conoce como el teléfono escacharrado, es decir, que la información que te llega de un hecho no tiene nada que ver con lo que realmente sucedió, aunque se trate de algo que ha pasado pocos días antes. De manera consciente o inconsciente decoramos los acontecimientos o recortamos la información, así que imagínate cómo pueden modificarse las cosas a lo largo de quinientos años. Además, entre el siglo XII y el VIII a. C. tiene lugar lo que los historiadores llaman Edad Oscura, un periodo en el que apenas tenemos fuentes sobre lo que pasaba en Grecia, de modo que a saber cómo se transmitían las historias en el momento y con qué sesgos. Volviendo a la metáfora del teléfono escacharrado, es como si un amigo tuyo se enfada con su hermano porque le debe dinero, se lo cuenta a su pareja, que se lo cuenta a su padre, que se lo relata al primo, que exagera todo antes de que se vaya de mochilero por el mundo dos décadas y, cuando vuelve, se lo cuenta a su vecino, quien tiene un hijo amante de las artes y decide hacer una obra de teatro con esta anécdota. Es probable que el relato diste mucho de la realidad, y puede que hasta incluya dragones y batallas épicas en algo que simplemente era que uno tenía que pagarle un bocadillo a otro. Ahora trata de vender eso como un relato histórico.
La película es entretenida, pero tiene varios fallitos más allá de ser una interpretación libre de la Ilíada: la guerra duró diez años en total y no unos pocos días, usan monedas cuando no se habían creado para entonces, ponen a Troya como una ciudad griega y no como en la órbita del Imperio hitita y un largo etcétera. Por si fuera poco, el espectador atento podrá ver que en el mercado troyano hay dos llamas, unos animales naturales de la Sudamérica andina y que de ninguna manera podrían haber estado allí. Aun así, el fallo más grande de esta película es no tener claro que estamos a finales de la Edad del Bronce. La mayoría de las armas y armaduras están entonces fuera de lugar. Vemos al rey Príamo mostrándole a Paris una espada troyana y se aprecia de manera clara que es acero o hierro pulido. Las armas de hierro fueron utilizadas por primera vez por los filisteos alrededor del 1100 a. C., más de un siglo después de la guerra de Troya, y pasaron varios cientos de años antes de que se usara esta tecnología de manera habitual.
Esto de las edades puede ser confuso porque distribuye la historia en periodos que dependen de los avances en una región y no en parámetros globales. Si una civilización estaba en la Edad del Hierro es que dominaba esta tecnología, cuando otras podían seguir en la Edad del Bronce o incluso de Piedra. No es como cuando los historiadores se pusieron a dibujar líneas en el tiempo y dijeron: «a partir de aquí todo es antigüedad clásica y, desde aquí, Edad Media». Antes de eso se estudia nuestro pasado en función del nivel de desarrollo de una sociedad, y Troya da por hecho que todos iban al mismo tiempo en todo el mundo. Hoy la mayoría vivimos en sociedades con acceso a internet, pero también hay tribus en el Amazonas que apenas manejan los metales, o directamente tenemos vecinos que se comportan como neandertales. Si ahora hay diferencias, imagínate en el siglo XII a. C., cuando muchas partes del mundo apenas estaban conectadas. En cualquier caso, este fallo no es exclusivo de esta película, sino que es algo que vemos en todo el cine que aborda esta época, por ejemplo, La caída de Troya (1911), Helena de Troya (1956) o la mítica Jasón y los argonautas (1963). Cabe preguntarse entonces: ¿y qué tal saldrían las batallas con armas de bronce? Seguramente las armas se rompiesen más y los combates serían más chapuceros, pero muertos habría igual.
¿Existieron las joyas de la reina de Troya?
Después de que Heinrich Schliemann descubriese en el siglo XIX el posible emplazamiento de la ciudad, también presumió de un sorprendente hallazgo: un conjunto de joyas, incluidos collares, diademas y pendientes de oro, enterrados en una tumba. Debido a la riqueza de estos objetos, Schliemann los denominó como el tesoro de la reina de Troya y los presentó como una prueba de la existencia de la figura mítica de la reina Helena. Sin embargo, este ajuar en realidad no pertenece a la época de la guerra de Troya, sino a un periodo mucho más antiguo, correspondiente a la Edad del Bronce. Tras estudios más detallados, se determinó que el tesoro provenía de una capa más antigua de la ciudad, que data de alrededor del 2500 a. C. Del mismo modo, lo que él definió como el tesoro de Príamo, constituido por todos los materiales valiosos que encontró en la localización, tampoco pueden asegurarse que correspondiesen al famoso rey troyano. No lo podemos saber, pues en 1885, estas riquezas desaparecieron misteriosamente del museo de Atenas y nunca se recuperaron por completo. Algunos creen que Schliemann lo vendió o lo ocultó, mientras que otros sugieren que pudo ser saqueado o haberse perdido durante la ocupación de Grecia en las guerras. Si eres tú quien lo tiene oculto, por favor, devuélvelo.
5
ULISES:
¿CONOCÍAN EL COLOR AZUL LAS ANTIGUAS CIVILIZACIONES?

La película italiana Ulises (1954) fue todo un éxito del cine épico clásico. Como su nombre indica, narra el viaje a casa de Ulises, rey de Ítaca, interpretado por Kirk Douglas, por lo que estamos ante la adaptación de la epopeya la Odisea, de Homero, que está ambientada tras la guerra de Troya. En circunstancias normales le habría llevado unos seis días volver a su hogar, pero entre secuestros, naufragios y luchas contra seres mitológicos, la cosa se alargó una década, a lo que hay que sumar otros diez años más que duró el conflicto previo. Su mujer, Penélope, interpretada por Silvana Mangano, tiene que rechazar pretendientes que, obviamente, dan por muerto al monarca, quien no puede ser tan inútil como para demorarse tanto. Es un largometraje largo típico de la época, pero gustó mucho en el momento y, como tantos otros que abordan este periodo tiene sus incoherencias históricas. Para el error que vamos a comentar ahora podría haber seleccionado cualquier otro largometraje, pero este me gusta especialmente porque en la imagen promocional salen los dos protagonistas: el héroe, como es de esperar, y la reina, que sale luciendo un impresionante vestido azul. Pero ¿conocían este color los antiguos griegos?
Uno podría pensar que cualquier persona que viva en el Mediterráneo presumirá de cielos y mares azules, pero eso solo lo hará si tiene una palabra asignada a ese color, si tiene ese concepto en mente y si en su día a día utiliza esa gama cromática. No es el caso de los antiguos griegos ni de tantas otras civilizaciones. El primero en darse cuenta de este detalle fue William Ewart Gladstone, quien no solo fue primer ministro británico cuatro veces a finales del siglo XIX bajo la monarquía de la reina Victoria, sino que también era un apasionado de la obra del poeta épico Homero. Su trabajo como mandamás del país no debía de ocuparle mucho tiempo, porque entre sus logros destaca que contó cuántas veces salía cada color en la Odisea, y damos por hecho que lo hizo a mano, porque los medios del momento no tenían una inteligencia artificial que hiciese ese recuento en segundos. Encontró que, mientras el blanco aparecía unas cien veces y el negro casi doscientas, los otros colores no tenían un rol tan protagónico. El rojo estaba mencionado menos de quince veces, y el verde y amarillo, menos de diez, y no había rastro del azul, añil o tonos parecidos. Gladstone se puso a leer otros textos y obtuvo estadísticas similares, por lo que concluyó que los habitantes del siglo XII a. C. no tenían el sentido del color tan desarrollado. O sea, sí la capacidad de verlo, pero no la de describirlo. Hablaban del amanecer como «la aurora con sus sonrosados dedos», describían nuestros cielos como blancos o el mar como negro o incluso como igual al vino. De hecho, si llenas un cubo con un poco de agua marina no se ve el color azul, sino un líquido transparente de tonalidad semejante al fondo del recipiente. Esto volvió locos a historiadores y sociólogos, que estudiaron este caso durante las siguientes décadas, sometiendo a experimentos incluso a tribus aisladas que son capaces de diferenciar decenas de verdes pero que no usan el azul. Resultó que si a estas sociedades que vivían apenas con contacto exterior les mostrabas diez colores que no utilizaban, para ellos eran todos iguales, pero como les enseñases diez cartulinas con diferentes matices de verde y asegurases que eran lo mismo te miraban como si fueses estúpido. O tenemos el ejemplo de las comunidades esquimales inuit, que distinguen varios tipos de blanco, asignando nombres distintos según el matiz. Seguramente piensen que nosotros vivimos en un mundo muy oscuro si no sabemos las diferencias más elementales a la hora de analizar esta gama cromática. Sumado a esto, el pigmento azul no es tan fácil de obtener porque apenas está en la naturaleza. Quizá lo puedas ver en alguna flor, las alas de algunas mariposas, las plumas de determinadas aves o ciertas piedras preciosas, pero no es un color hegemónico, salvo que quieras extraer pigmentos del cielo o del océano. Suerte con eso.
Entonces ¿cuándo se empezó a utilizar el color azul? La respuesta es que a medida que se desarrolla una sociedad llega también más lejos en la investigación de los colores, así que depende de cada civilización. Hasta donde nosotros sabemos fueron los egipcios quienes, en torno al 3.000 a. C., llegaron a ser una de las primeras civilizaciones en usar el color azul de manera significativa, pero no parece ser algo que compartiesen con sus vecinos griegos. Crearon un pigmento llamado «azul egipcio», que era un compuesto de silicatos de cobre y calcio. Este era utilizado en murales, cerámicas y otros objetos decorativos. Lo asociaban con el cielo y el agua, y lo consideraban un color divino. Por tanto, cualquier película ambientada antes de esa fecha y que salga con protagonistas con preciosos vestidos azules está mal. Eso, obviamente, no hará que la trama sea peor, pero al menos ya tienes una curiosidad para compartir en tu primera cita con esa persona que te gusta tanto. Como curiosidad, esto pasa también en la ya mencionada Troya (2004), donde sale el guaperas de Brad Pitt vistiendo un pareo azul digno de un chiringuito de playa mediterráneo con ambiente veraniego distendido.
¿Sabías que es posible que Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, no existiese?
Aunque sea considerado uno de los grandes autores de la historia, su existencia es un poco incierta. Pese a que hay historiadores que consideran a Homero una figura histórica real, otros piensan que es el resultado de una tradición oral colectiva. Es más probable que las epopeyas atribuidas a este griego sean el producto de una larga tradición de narradores y poetas, y no de un solo individuo. Teniendo en cuenta que estamos hablando del siglo VIII a. C., es bastante difícil estar seguro de muchos datos debido al enorme vacío de evidencias. En cualquier caso, sin importar si fue una persona real o no, su influencia en la literatura y la cultura occidentales ha sido profunda y duradera.
6
LA MOMIA:
¿EXISTÍA UN LIBRO DE LOS MUERTOS?

Si Gladiator despertó el interés por la Antigua Roma, La momia (1999) hizo que muchos chavales quedasen prendados del fantástico antiguo Egipto. Esta época ya es fascinante por sí misma y no debería necesitar ayuda para cautivarnos, pero si una película es buena, más gente entra en el mundillo de los faraones, las pirámides y lo interesante que es momificar a personas. Dirigida por Stephen Sommers y protagonizada por Brendan Fraser, Rachel Weisz y Arnold Vosloo, La momia es una película de acción y aventura con elementos de terror y comedia. Fue un gran éxito de taquilla, hasta el punto de tener varias secuelas que, como suele pasar, no eran tan buenas, por decirlo de una forma elegante. Incluso tuvo un remake en 2017 que pasó sin pena ni gloria, aunque es cierto que era en realidad una nueva versión de un monstruo de la empresa Universal, así que tampoco podemos decir que fue una ofensa directa a esta cinta, sino al cine de terror en general.
La historia sigue a Rick O’Connell, un aventurero que, junto con una bibliotecaria llamada Evelyn y su hermano Jonathan, descubre la antigua ciudad ficticia de Hamunaptra en Egipto. Sin querer, liberan al sacerdote Imhotep, una momia maldita que busca resucitar a su amada Anck-Su-Namun y, de paso, una vez recuperado su antiguo amor, desata el caos en el mundo porque para algo es un villano. Sabiendo que se puede traer a gente de vuelta a la vida, quizá estés interesado en este ritual y te preguntes cómo puedes hacerlo tú. Según el largometraje tan solo necesitarías el Libro de los muertos, un antiguo tomo con hechizos mágicos. Como supondrás, para bien o para mal, esto es ficción y no podemos traer a la abuela de nuevo para charlar un rato con ella, pero la parte de la existencia de este texto también es ficticia, aunque está inspirado en elementos reales.
El Libro de los muertos sí existió, aunque no es un libro como tal, dado que la encu
