Cuando digo no, me siento culpable

Manuel J. Smith

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La teoría y las técnicas verbales de la terapia asertiva (o afirmativa) sistemática son resultado directo de los trabajos efectuados con seres humanos normales, en el curso de los cuales se intenta enseñarles algo acerca de la manera de enfrentarse eficazmente con los conflictos que a todos nos plantea el hecho de la convivencia con otros. Mi motivación inicial para establecer un método sistemático encaminado a enseñar a «estar a la altura», a reaccionar de manera asertiva, arranca de mi nombramiento como Oficial de Evaluación sobre el Terreno, en el Centro de Formación y Perfeccionamiento del Cuerpo de la Paz, situado en las colinas próximas a Escondido, California, durante el verano y el otoño de 1969. En el curso de dicho período observé, descorazonado, que las técnicas tradicionales —conocidas, pintorescamente, con el nombre de «armamentarium» del psicólogo clínico (o de cualquier otra disciplina terapéutica, para el caso)— resultaban harto limitadas dentro de aquel marco de formación. La intervención en caso de crisis, el asesoramiento o la psicoterapia individuales, y los métodos o procesos de grupo, incluidos los de formación de la sensibilidad o los de crecimiento-encuentro en grupo, poco hacían para enseñar a los reclutas relativamente normales del Cuerpo de la Paz a resolver los problemas cotidianos de la interacción humana que la mayoría de los voluntarios veteranos habían visto planteárseles en el extranjero, en sus países huéspedes. Nuestro fracaso en el intento de ayudar a aquellos entusiastas jóvenes de ambos sexos se hizo patente al cabo de doce semanas de adiestramiento práctico y teórico intensivo, cuando, por ejemplo, se les practicó la primera demostración de un rociador portátil de insecticida. Sentados sobre sus talones en un campo polvoriento, para simular un grupo de labradores latinoamericanos, había un abigarrado conjunto de doctores en filosofía y psicólogos, un psiquiatra, instructores de lenguaje y voluntarios veteranos disfrazados con sombreros de paja, pantalón corto, sandalias, botas de soldado, zapatos de tenis o simplemente descalzos. Mientras los alumnos llevaban a cabo su demostración sobre el terreno, los pretendidos labradores mostraban escaso interés por el rociador de insecticida, por el aparato en sí, y gran interés en cambio por los forasteros que habían aparecido en los campos de su aldea. Si es cierto que los alumnos eran capaces de dar respuestas acertadas a toda clase de preguntas sobre agronomía, lucha contra las plagas, regadío o fertilización, ni uno solo de ellos pudo dar una respuesta creíble a las preguntas que con toda probabilidad serían las primeras que les formularían aquellas gentes a las que deseaban ayudar: «¿Quién os ha enviado aquí a vendernos ese aparato?» «¿Por qué os empeñáis en que lo empleemos?» «¿Por qué habéis venido desde el otro extremo de América para explicarnos esto?» «¿Qué ganáis con ello?» «¿Por qué habéis venido primero a nuestro pueblo?» «¿Por qué tenemos que conseguir mejores cosechas?», etc. Mientras todos y cada uno de los alumnos trataban, exasperados, de hablar del aparato rociador, los pretendidos labriegos no cesaban de formular preguntas acerca de las razones de su visita. Ni un solo alumno, que yo recuerde, respondió asertivamente más o menos con estas palabras: «Quién sabe... ¿Quién conoce la respuesta a todas vuestras preguntas? Yo no. Yo solo sé que deseaba venir a vuestro pueblo y conoceros y mostraros cómo este aparato puede ayudaros a cultivar más alimentos. Si deseáis aumentar vuestras cosechas, tal vez yo os pueda ayudar en ello». Sin esa clase de actitud no defensiva y de respuesta verbal asertiva, cuando se encontraron en la posición indefendible de ser interrogados en busca de motivos poco honestos, la mayoría de los alumnos vivieron una experiencia turbadora e inolvidable.

Aunque les habíamos dado una buena preparación lingüística, cultural y técnica, no les habíamos preparado en absoluto para enfrentarse de manera asertiva y confiada a un examen personal crítico, efectuado en público, de sus motivos, sus deseos, sus debilidades y aun de sus fuerzas; en breve, para un examen de sí mismos en tanto que personas. No les habíamos enseñado a resolver una situación en la que el alumno se empeñaba en hablar de agronomía mientras que los fingidos campesinos (como lo hubieran hecho los de verdad) solo querían hablar de los propios alumnos. No les habíamos enseñado a reaccionar en parecida situación porque en aquel entonces no sabíamos qué debíamos enseñarles. Todos teníamos ideas vagas acerca de la situación, pero ninguna de ellas nos resultaba muy útil. No enseñamos a los alumnos a afirmarse a sí mismos sin tener que justificarse o dar una razón para todo lo que hacen o quieren hacer. No enseñamos al alumno a decir simplemente: «Porque quiero...» y a dejar luego lo demás al buen criterio de las personas a las que iba a tratar de prestar ayuda.

En las pocas semanas que quedaban antes de la ceremonia del juramento y de su marcha, llevé a cabo un sinnúmero de experimentos con toda clase de variaciones e improvisaciones de adiestramiento terapéutico con todos los alumnos que se mostraron bien dispuestos a ello. A medida que se acercaba la última semana, el número de los alumnos que me evitaban iba en aumento. Ninguna de las ideas brotadas de mi cerebro dio por el momento resultado alguno, ni pareció siquiera prometedora. Pero hice, eso sí, una observación importante: los alumnos que se mostraban menos capaces de enfrentarse a un examen personal crítico se comportaban, en su trato con otras personas, como si no pudieran admitir el menor fracaso; parecían persuadidos de que tenían que ser perfectos.

Hice esta misma observación durante mis cargos clínicos, en 1969 y 1970, en el Centro de Terapia del Comportamiento, de Beverly Hills, California, y en el Hospital de la Administración para Veteranos, en Sepúlveda, California. Durante el tratamiento y la observación de pacientes cuyo diagnóstico iba desde manías normales o leves hasta graves perturbaciones neuróticas y hasta esquizofrenias, descubrí que muchos de ellos tenían la misma incapacidad para mostrarse a la altura que los jóvenes reclutas del Cuerpo de la Paz, solo que en grado mucho mayor. Muchos de aquellos enfermos parecían incapaces de enfrentarse con afirmaciones o preguntas críticas acerca de sí mismos formuladas por otras personas. Uno de los enfermos, en particular, se mostraba tan marcadamente reacio a hablar de nada que guardara relación con él, que en cuatro meses de terapia tradicional solo se consiguió arrancarle unas pocas docenas de frases. A causa de su mutismo y su aislamiento de otras personas y de la manifiesta ansiedad que le producía la proximidad de otros, se le diagnosticó como un caso grave de ansiedad neurótica. Guiado por la intuición de que se trataba simplemente de un caso extremo del síndrome de los alumnos del Cuerpo de la Paz, dejé de «hablarle» de sí mismo para hablarle de las personas que más conflictos le habían causado en la vida. Durante un período de semanas averigüé que sentía terror y hostilidad al mismo tiempo contra su padrastro, una persona que, frente a él, solo acertaba a adoptar una de estas dos posiciones: crítica o protección paternalista. Nuestro joven paciente, por desgracia, no conocía otra manera de relacionarse con su padrastro más que como objeto de crítica o de protección. En consecuencia, en presencia de aquella figura autoritaria, el paciente se encerraba prácticamente en un mutismo total. Su silencio casi involuntario, producido por su temor a ser criticado y su convicción de que era incapaz de defenderse por sí mismo, se generalizó y era esgrimido contra cualquier otra persona que mostrara la menor seguridad en sí misma. Cuando pregunté a aquel joven atemorizado si le interesaría aprender a defenderse contra las críticas de su padrastro, empezó a hablarme como una persona a otra persona. Emprendimos juntos, en plan experimental, un trabajo encaminado a desensibilizarle a las críticas de su padrastro, de su familia y de la gente en general. Al cabo de dos meses, aquel «neurótico mudo» fue dado de alta, después de haber sido el cabecilla de un grupo de otros jóvenes que hicieron una escapada para ir a echar unos tragos y armaron luego la gran juerga en su sala, a su regreso. Según los últimos informes obtenidos, ingresó en un colegio, empezó a vestir a su antojo y a hacer casi todo lo que le daba la gana, pese a todas las protestas de su padrastro, y parece sumamente improbable que sea necesario volver a internarlo jamás.

A raíz de este tratamiento eficaz pero enteramente nuevo, el doctor Matt Buttiglieri, psicólogo jefe del Hospital de Sepúlveda, me animó a ensayar esas técnicas de tratamiento con enfermos de tipo similar y a establecer un programa de tratamiento sistemático para personas incapaces de afirmarse. Durante la primavera y el verano de 1970, las técnicas de terapia asertiva o afirmativa descritas en el presente libro fueron evaluadas clínicamente, tanto en el Hospital de la Administración para Veteranos, de Sepúlveda, como en el Centro de Terapia del Comportamiento, por obra del gran clínico y colega nuestro, el doctor Zev Wanderer. Posteriormente, esas técnicas sistemáticas han sido ampliadas y utilizadas por mí mismo, por mis alumnos y por mis colegas para enseñar a las personas incapaces de afirmarse a sí mismas a tratar de manera eficaz con los demás en una variedad de situaciones. Esas técnicas asertivas se han enseñado en clínicas universitarias, de distrito y privadas, destinadas a enfermos no internados, y han figurado en programas y clases de formación universitaria, en seminarios de formación celebrados en fines de semana, y en reuniones prácticas profesionales, así como en programas de formación orientada hacia los delincuentes en libertad vigilada, la asistencia social, los presos, la rehabilitación de ex presos y las escuelas públicas, y los resultados obtenidos han sido objeto de informes presentados en reuniones profesionales.

Para mí es indiferente que decidamos llamar a las personas susceptibles de beneficiarse de la terapia asertiva sistemática gente normal que tropieza con dificultades a la hora de mantenerse verbalmente a la altura frente a los demás (como en el caso de los reclutas del Cuerpo de la Paz), o personas neuróticas, como en el caso del joven enfermo «mudo». Lo que interesa e importa es aprender a enfrentarnos con los problemas y conflictos de la vida y con la gente que nos los plantea. He aquí, en resumen, en qué consiste la terapia asertiva sistemática, y he aquí por qué se escribió este libro. Las técnicas asertivas descritas en esta obra se basan en cinco años de experiencias clínicas realizadas por mí mismo y por mis colegas en el arte de enseñar a la gente a «mantenerse a la altura». Al escribir acerca de la teoría y la práctica de la terapia asertiva sistemática, mi objetivo estriba en ayudar al mayor número de personas posible a comprender mejor lo que ocurre a menudo cuando nos sentimos incapaces de enfrentarnos con otra persona... y a remediar esta dificultad.

M.J.S.

Westwood Village

Los Ángeles

Agradecimientos

Agradecimientos

Mi sincero agradecimiento a los colegas, los estudiantes y los alumnos que han contribuido a la redacción final de este libro y al desarrollo de la terapia asertiva sistemática como un sistema de conocimientos clínicos y prácticos, por permitirme describir aquí las experiencias que realizamos conjuntamente.

Quiero dar las gracias en particular a las siguientes personas, por la colaboración constructiva que me han prestado con sus críticas, sus consejos y la revisión del original: a la señora Susan F. Levine, M.S.W., que colaboró estrechamente conmigo en el Instituto de Salud Mental del distrito de Los Ángeles, por su juicio crítico de cada una de las partes del original, formulado en el curso de su redacción desde un punto de vista clínico pero al mismo tiempo cálido y humano, y por el entusiasmo chispeante con el que acierta a enseñar el sistema asertivo aun después de tantas y tantas clases y reuniones de trabajo; al doctor Irving M. Maltzman, decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de California, en Los Ángeles, por haber leído mis primeros borradores, que me alentó a ampliar en forma de libro, y por su revisión del primer borrador técnico; a Fromme Fred Sherman, M.S., mi viejo colega del Cuerpo de la Paz, por su revisión de mi primer borrador y por las valiosas sugerencias con las que lo mejoró, así como por su agilidad mental y su ingenio puestos a contribución en la enseñanza práctica del sistema, y más tarde por su deliciosa interpretación de Tevye después de ocho horas de trabajo; al doctor Zev Wanderer, director del Centro de Terapia del Comportamiento, de Beverly Hills, California, por sus consejos, sus observaciones, y su crítica de las técnicas terapéuticas descritas en el original de este libro, así como por haberme animado a publicarlas. Aunque todos ellos han contribuido a la redacción y al contenido definitivos del libro, debo aceptar de antemano la plena responsabilidad por cualquier error o inexactitud que pudiera contener.

Quiero dar las gracias también a Nancy Stacy y a Jennifer Patten Smith, expertas mecanógrafas y redactoras gracias a las cuales tiene algún sentido lo que yo escribí; gracias, especialmente, a Jennifer, quien siempre acierta a interpretarme cuando yo no consigo expresar sobre el papel mis pensamientos.

Debo dar gracias muy especiales a Joyce Engelson, editora ejecutiva de The Dial Press, Nueva York; mi agradecimiento a ese excepcional «sargento» de instrucción literaria cuyo duro trabajo y cuyo afectuoso interés por mi manuscrito tanto significaron para este y para mí.

1. Nuestras reacciones hereditarias para la supervivencia…

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Nuestras reacciones hereditarias

para la supervivencia; frente a los demás,

nos defendemos mediante la lucha, la huida

o nuestra afirmación verbal

Hace cerca de veinte años, y recién licenciado del ejército, conocí en la universidad a un hombre honrado y cordial. Joe era entonces un joven profesor y yo uno de sus alumnos. Cuando le conocí, Joe enseñaba psicología y sigue haciéndolo. La enseñaba con un estilo duro, testarudo, abierto. Destruía implacablemente todas las ideas ingenuas que sus alumnos albergaban acerca de la disciplina llamada psicología. Se negaba a dar las explicaciones esperadas acerca de las normalidades mundanas de la mente, el comportamiento o el espíritu de motivación humanos. En lugar de exponer complicadas teorías sobre el motivo de nuestros diversos comportamientos, hacía hincapié en la simplicidad. Para él, bastaba describir cómo funcionaban las cosas psicológicamente, y comprobar que funcionaban realmente así, empleando simples presupuestos, y encareciéndonos a dejar así las cosas, sin más. Albergaba la firme creencia de que el 95 por ciento de lo que se presenta pomposamente como teoría psicológica científica es pura bazofia y de que deberá transcurrir todavía mucho tiempo antes de que conozcamos realmente nuestros mecanismos básicos lo bastante bien como para poder explicar completamente la mayor parte de lo que vemos.

El valor del argumento de Joe resulta tan convincente actualmente como lo era hace veinte años... ¡y sigo estando de acuerdo con él! Las explicaciones técnicas o místicas de altos vuelos resultan a menudo interesantes y hasta literarias, pero no solo son innecesarias sino que no hacen más que complicar las cosas sin añadir un ápice a nuestros conocimientos reales. Para hacer uso de lo que la psicología puede ofrecernos, es más importante saber qué es lo que resultará eficaz, qué es lo que funcionará, más que por qué habrá de funcionar. Por ejemplo, en el trato con mis pacientes, observo que resulta típicamente inútil concentrarse demasiado en averiguar por qué un paciente tiene un determinado problema; se trata de una especie de masturbación académica que puede prolongarse durante años sin resultados positivos. Y hasta puede resultar perniciosa. Resulta mucho más útil concentrarse en estudiar qué es lo que el paciente va a hacer, acerca de su comportamiento, y no empeñarse en comprender por qué se comporta como lo hace.

Joe llegó al extremo de hacer añicos cualquier idea que hubiésemos podido hacernos acerca de los psicólogos como nuevos sumos sacerdotes omniscientes del comportamiento humano, al refunfuñar en plena clase: «¡Me fastidian los alumnos que hacen preguntas que no sé contestar!». Como se adivinará sin duda, el carácter de Joe fuera del aula no era muy diferente, y, a pesar de ser un experto en comportamiento humano, no le faltaban problemas en su trato con los demás. Joe tenía problemas suficientes además de los que yo le planteaba y que le obligaban a refunfuñar ásperamente cada semestre, después de distribuir las calificaciones: «Esos estudiantes andan quejándose siempre de que tienen demasiados problemas personales que estudiar. ¿No pueden apechugar con sus problemas? ¡Si no tuvierais problemas, todavía no habríais empezado a vivir!».

Cuando, con el tiempo, llegué a conocer a Joe como un amigo íntimo y un verdadero experto en comportamiento humano, me di cuenta de que tenía los mismos problemas que yo en su trato con los demás, y aproximadamente en la misma proporción. A medida que fui conociendo a otros expertos en comportamiento humano, en psicología y en psiquiatría, descubrí que también ellos tenían problemas en el trato con los demás. El título de «doctor» y los conocimientos que lo acompañan no nos eximen de experimentar los mismos problemas que vemos en nuestros familiares, vecinos, amigos y hasta en nuestros pacientes, independientemente de cuáles sean sus ocupaciones o sus estudios. Lo mismo que Joe, lo mismo que otros psicólogos y no psicólogos, todos tenemos problemas en nuestro trato con los demás.

Cuando nuestros maridos, nuestras esposas o nuestros amantes se sienten desdichados por algún motivo, saben hacer que nos sintamos culpables aun sin decir una sola palabra acerca de ello. Basta una determinada forma de mirarnos, o una puerta que se cierra con un estruendo ligeramente superior al normal, anunciando una hora de silencio, o la petición glacial de que cambiemos de canal de televisión. Una vez Joe me decía, lamentándose: «Que me aspen si sé cómo lo consiguen, o por qué reacciono de esta manera, pero de un modo o de otro acabo por sentirme culpable aunque no tenga motivo alguno para ello».

Los problemas no se limitan a los que nos plantean nuestras parejas. Si los padres y la familia política quieren algo, son capaces de hacer que sus hijos e hijas adultos se sientan ansiosos como chiquillos, aunque ya sean padres también ellos. Todos sabemos perfectamente cuál es nuestra reacción íntima ante un silencio de nuestra madre por teléfono o ante la mirada de desaprobación de un suegro, o de una observación de papá o mamá del tipo siguiente: «Debes de andar muy atareado últimamente. Ya no se te ve nunca por aquí», o «Hay un piso estupendo por alquilar en nuestro barrio. ¿Por qué no vienes mañana por la noche y le echamos una ojeada todos juntos?».

Como si el hecho de tener que enfrentarnos a esa clase de conflictos que nos forman un nudo en el estómago no bastara para inducirnos a dudar de nosotros mismos, también tenemos problemas con personas ajenas a nuestra familia. Por ejemplo, si el mecánico hace una reparación defectuosa a nuestro automóvil, el dueño del taller posee conocimientos suficientes para podernos explicar con todo lujo de detalles por qué nuestro radiador sigue recalentándose después de haber pagado cincuenta y seis dólares por su reparación. Pese a la habilidad con la que sabe hacernos sentir unos perfectos ignorantes en materia de automóviles y hasta culpables por no saber tratarlo como se debe, persiste en nosotros la inquietante sensación de que nos están tomando el pelo. Hasta nuestros amigos nos plantean problemas. Si un amigo nos sugiere una salida nocturna en plan de diversión, que no nos apetece, nuestra reacción casi automática será inventar una excusa; nos veremos obligados a mentir a nuestro amigo para no herir sus sentimientos, y al mismo tiempo nos sentimos como una odiosa culebra por obrar así.

Obremos como obremos, los demás pueden plantearnos problema tras problema. Muchas personas creen, de manera completamente irreal, que verse obligadas a enfrentarse con problemas día tras día es un estilo de vida nocivo o antinatural. ¡Nada de eso! La vida nos plantea problemas a todos. Es algo enteramente natural. Pero, con gran frecuencia, como resultado de la creencia irreal de que las personas sanas no tienen problemas podemos llegar a creer que la vida que nos ha tocado en suerte vivir no merece la pena de ser vivida. La mayoría de las personas a las que he llegado a conocer a fondo a través de las sesiones de terapia terminan por alimentar esta creencia negativa. Pero ello no es resultado de tener problemas, sino de sentirse incapaces de enfrentarse con ellos y con las personas que se los plantean.

Pese a que, por mi parte, experimento sentimientos muy parecidos cuando no acierto a enfrentarme a mis problemas, la suma de toda mi experiencia de psicólogo se rebela ante la idea de que los seres humanos constituimos una especie genéticamente anticuada, creada especialmente para una época anterior, en que las cosas eran más sencillas. ¡Cuentos! Me niego a aceptar que somos unos fracasados incapaces de vivir dichosos nuestra existencia cotidiana y de mostrarnos a la altura de esta era del espacio industrializada, urbanizada e higienizada. Por el contrario, mi criterio es completamente distinto, mucho más esperanzador y optimista; y ese criterio se basa en mi propia experiencia, en mis estudios profesionales, en lo que me enseñaron a mí y en lo que yo enseño, en mis investigaciones clínicas y de laboratorio, en los años que llevo enseñando a la gente a enfrentarse con los problemas que le plantea la vida, en el hecho de haber tenido que internar a centenares de personas contra su voluntad, simplemente porque no sabían cómo enfrentarse con los demás, y en los años que llevo tratando clínicamente trastornos psiquiátricos de toda clase, desde los más leves hasta los más peligrosos. Situando todas esas experiencias en perspectiva, junto con una observación naturalista del millar de otros seres humanos que he conocido en el curso de mi vida, llego a una conclusión más firme y más realista: no solo es lógico esperar que se nos plantearán problemas por el mero hecho de existir, sino que es igualmente lógico prever que seremos todos perfectamente capaces de enfrentarnos eficazmente a esos problemas.

Si no existiera en nosotros una capacidad hereditaria para enfrentarnos a toda clase de problemas, la especie humana habría dejado de existir hace ya mucho tiempo. Contrariamente a lo que trompetean los profetas apocalípticos, los seres humanos somos los organismos más perfectos, más adaptables, más inteligentes y más resistentes que ha producido la evolución natural. Si hemos de prestar crédito a las pruebas y a las conclusiones generales que los antropólogos, los zoólogos y otros hombres de ciencia nos presentan, vemos que hace muchos años tuvo lugar en esta tierra una larga lucha evolutiva. En esa lucha, la familia genética de nuestros antepasados humanos y animales compitieron con otras especies por la supervivencia, bajo las durísimas condiciones impuestas por las fuerzas ecológicas de la naturaleza. Pues bien, nuestros antepasados no solo sobrevivieron bajo esas condiciones de competencia, sino que medraron. Hemos sobrevivido y prevalecido, mientras otras especies se han extinguido o se encuentran en vías de extinción, porque estamos constituidos, fisiológica y psicológicamente, para sobrevivir bajo toda clase de condiciones. Nuestros antepasados primitivos sobrevivieron, no a pesar de los problemas que se les plantearon sino precisamente a causa de ellos. Como seres humanos, procedemos por evolución de una serie de animales que desarrollaron la capacidad de resolver con eficacia sus problemas en unos tiempos muy duros y en un medio inclemente. Gracias a esta capacidad, no solo hemos domeñado nuestra tierra y nuestro medio ambiente, sin encontrar otra forma de vida susceptible de ser comparada con nosotros en lo que se refiere a la gran capacidad que poseemos de luchar con éxito con las dificultades, sino que estamos iniciando el proceso de preservar nuestra tierra y las demás especies que en ella existen con miras a la supervivencia de las generaciones futuras.

¿En qué consisten esas capacidades de lucha hereditarias que han dado por resultado el éxito de la especie humana? ¿Qué tenemos en común, los hombres, con las especies animales en vías de extinción, y qué hay en nosotros de exclusivamente humano? Si observamos los principales comportamientos de lucha o de competencia en las especies subhumanas, particularmente en los vertebrados, siempre que surge un conflicto entre dos individuos de la misma especie solemos ver una reacción de lucha o de huida por parte de al menos uno de los dos animales en contienda. Tanto la lucha como la huida son medios muy eficaces para el enfrentamiento entre los animales. Estas dos clases de reacción parecen casi automáticas, como preprogramadas y de gran valor para la supervivencia, en el caso de los animales inferiores. También los seres humanos luchamos y huimos unos de otros, a veces a la fuerza, otras veces libremente, en ocasiones abiertamente, más a menudo disimulando nuestra reacción frente al contrincante. Luchamos o nos damos a la fuga porque procedemos por evolución de antepasados prehumanos que emplearon con éxito esas mismas reacciones innatas de defensa. En nuestra actual forma humana, sin embargo, no poseemos colmillos para la lucha, ni afiladas garras, ni músculos especializados para respaldar con eficacia nuestro comportamiento hereditario de agresión o de huida, como modos primordiales de relacionarnos unos con otros. Esforzándonos un poco, todavía somos capaces de producir un rugido suficiente para asustar a un ladrón, y por mi parte, aunque todavía confío en mi capacidad para echar una buena carrera en caso de apuro, no quisiera verme obligado a recurrir a ese procedimiento con demasiada frecuencia.

Aunque tenemos la lucha y la huida en común con los animales inferiores que actualmente sobreviven únicamente con nuestra venia, lo que nos distingue de las demás especies, sobre todo, es nuestro cerebro, grande, nuevo, verbal y capaz de resolver problemas, formado evolutivamente mediante la adición de sucesivas capas encima de nuestro cerebro animal, más primitivo. Hace aproximadamente un millón de años, al parecer, la evolución y la competencia por la supervivencia eliminaron a nuestros primos ancestrales, que fueron incapaces de agregar algo más eficaz a su primitiva panoplia constituida exclusivamente por la lucha y la huida. Al mismo tiempo, la evolución fortaleció la capacidad verbal y solventadora de problemas de cada nueva generación de nuestros antepasados, quienes, en consecuencia, sobrevivieron y nos produjeron a nosotros como sus descendientes. Nuestro nuevo cerebro, capaz de resolver problemas, nos permite comunicarnos y colaborar con otros cuando surge un conflicto o un problema. Esta capacidad de comunicación verbal y de resolución de problemas es la diferencia clave, para la supervivencia, entre los seres humanos y las especies que se han extinguido, o están en vías de extinción, o las que, cosa peor, han sido domesticadas.

Mientras que las especies animales no humanas solo cuentan con dos principales modos de comportamiento hereditarios para la supervivencia —la lucha y la huida— en común con nosotros, gracias a nuestros antepasados más logrados nosotros contamos con tres principales modos de comportamiento para la supervivencia y la relación con los demás: la lucha, la huida y la capacidad verbal para resolver problemas. La lucha y la huida del peligro son las reacciones que hemos heredado de nuestros antepasados prehumanos. Comunicarnos verbalmente unos con otros y resolver nuestros problemas de manera asertiva en lugar de luchar o huir, es la parte de nuestra herencia evolutiva que nos ha sido legada por nuestros primeros antepasados humanos. En suma, si bien tenemos la capacidad hereditaria de luchar o de huir para sobrevivir, no estamos obligados por nuestros instintos a hacer ninguna de esas dos cosas. Al contrario, se nos ofrece la opción, propia del ser humano, de hablar con los demás y de resolver de ese modo lo que nos preocupa.

Cuando tratamos de resolver algún conflicto en nuestro mundo moderno, civilizado, mediante la agresión o la huida, nunca lo hacemos abiertamente. Reaccionar de cualquiera de esas dos maneras no está muy bien visto. Desde chiquillos nos enseñaron que no debíamos luchar, que no debíamos darles en las narices a los otros niños. También nos enseñaron que teníamos que ser valientes y no huir corriendo de la gente que nos diera miedo. La mayoría de los chiquillos de la clase media, en la sociedad occidental, reciben de sus padres enseñanzas parecidas. Se nos adiestra a aceptar el conflicto pasivamente. «No devuelvas los golpes», «Aguanta firme», son dos métodos pasivos, ambos. Cuando alguien nos juega una mala pasada, por ejemplo, raras veces reaccionamos abiertamente. Nos limitamos a rechinar los dientes en silencio y a jurar para nuestros adentros que tomaremos represalias algún día. Este era el típico modo de comportamiento de una de mis pacientes, Diane, una mecanógrafa de veintinueve años. Diane trataba de responder a las exigencias de su jefe, cuando no le gustaban, mediante la agresión pasiva. En lugar de confesarle a su jefe su disgusto o de levantarse de un salto y chillarle: «¡Váyase al diablo!» o algo por el estilo, Diane obedecía a su jefe pero de mala gana. Cada vez que le tocaba el turno de preparar el café de la oficina, había desastre seguro. Diane lo derramaba, o lo hacía demasiado claro o excesivamente fuerte; en suma, daba un verdadero espectáculo de ineptitud, como todas las personas que luchan pasivamente contra algo. Si se le pedía que se quedara a trabajar hasta tarde para despachar un trabajo urgente, cometía un sinfín de errores mecanográficos y tardaba en terminarlo el doble de lo normal. En lugar de apelar a la agresión abierta, Diane recurría a la agresión pasiva; su jefe no podía acusarla concretamente de desobediencia o de indisciplina, y sin embargo la muchacha oponía a sus designios tantos obstáculos como podía. Como es fácil sospechar, la agresión pasiva de Diane le ocasionaba más problemas a ella que a su jefe.

Lo mismo que Diane, cada vez que usted o yo agredimos pasivamente, nos toca a nosotros limpiar la mesa del café derramado, o volver a prepararlo, o terminar nuestro trabajo dos veces más tarde de lo normal, por culpa de nuestra pasividad. Somos nosotros quienes pagamos el pato, y no nuestro jefe. Peor aún, si optamos por la agresión pasiva de ese tipo, lo más probable es que nuestro jefe vuelva a pedirnos lo mismo una y otra vez, y que volvamos a sentirnos tan frustrados mañana como hoy. La agresión pasiva suele beneficiarnos muy poco, y raramente conseguimos con ella lo que deseamos.

Diane, como muchos de nosotros, pretendía también resolver ciertos problemas apelando a la huida pasiva. Cuando alguien le planteaba un problema, rehuía a aquella persona en lo posible. Por ejemplo, Diane acudió a mi consultorio con un fracaso matrimonial sobre sus hombros y un posible divorcio a la vista. Aunque estaban separados, Diane veía a su marido casi cada día, puesto que ambos trabajaban en el mismo edificio. A veces, con ocasión de aquellos encuentros casuales, su marido se mostraba frío con ella. Su actitud era explicable, en parte, puesto que la consideraba culpable casi exclusiva del fracaso de su matrimonio. A Diane le resultaba difícil apechugar con aquella frialdad, especialmente cuando su marido se la demostraba en público. En aquel entonces, Diane pensaba que seguía queriendo a Bob, y le daban ganas de llorar cuando este obraba de aquel modo. Trató de resolver el problema dedicando grandes esfuerzos a evitar a su marido. Cuando Bob intentó llamarla para ponerse de acuerdo en cuanto al destino de sus bienes comunes, Diane pasó semanas enteras negándose a acudir al teléfono, y llegó al extremo de alejarse de su escritorio cuando sonaba el teléfono, incluso sin saber quién la llamaba. Ni siquiera en su apartamento podía estar tranquila, temiendo que Bob la llamara allí. Cuando Diane me confió su problema, iniciamos una serie de sesiones para enseñarle a responder asertivamente al comportamiento de Bob, en lugar de apelar, como lo había estado haciendo hasta entonces, a la huida. A fuerza de practicar ejercicios adecuados, Diane fue capaz de telefonear a Bob, de resolver el problema de la separación de bienes, y, cosa más importante todavía, de citarse para comer con él y discutir acerca de lo que le disgustaba en sus encuentros casuales.

Si la huida pasiva de Diane hubiese continuado, también habría seguido fracasando como método eficaz de resolver un problema (exactamente de la misma manera que fracasaba la agresión pasiva con la que respondía a las órdenes de su jefe). Llegó un momento en que debía elegir entre enfrentarse con el problema del reparto de sus bienes, o huir realmente de Bob y del proceso de divorcio. Más avanzada la terapia, Diane estuvo en condiciones de comprender que en el origen de muchos de sus problemas matrimoniales se hallaban sus métodos de agresión y huida pasivas en los conflictos surgidos entre Bob y ella. Como Diane descubrió con amargura demasiado tarde, si cualquiera de nosotros huye continuadamente, y de manera pasiva, de su contrincante durante un conflicto, es muy probable que este se irrite, abandone y rompa las relaciones con nosotros.

Cuando reaccionamos exclusivamente a través de la agresión o de la huida, nos sentimos además pésimamente, puesto que esos modos de comportamiento llevan siempre asociadas las desagradables emociones de la ira o del miedo. Cuando reaccionamos así, no solo somos presa de la ira o del miedo, sino que por regla general perdemos la batalla —y en la vida hay verdaderas batallas que se ganan y se pierden— contra los demás, con lo cual nos sentimos frustrados, y a menudo acabamos presa de la tristeza o de la depresión. El terceto ira, miedo y depresión constituye nuestro conjunto básico de emociones hereditarias asociadas con la supervivencia, y el denominador común que conduce a las personas en apuros a recurrir a la psicoterapia profesional. Los pacientes que recurren a mí se enojan y se muestran agresivos con los demás con excesiva frecuencia para su gusto, o bien temen continuamente a los demás y los rehúyen, o están hartos de perder y de sentirse deprimidos la mayor parte del tiempo. La mayoría de las personas que vemos los terapeutas apelan a nosotros como consecuencia de haber confiado excesivamente en la lucha o la huida en cualquiera de sus diversas y a veces extravagantes formas. Todos hemos experimentado las emociones de la ira, el miedo y la depresión, asociadas con la agresión, la huida y la frustración Si nos sentimos iracundos, asustados o deprimidos, ello no significa necesariamente que estemos enfermos en modo alguno, ni siquiera aunque decidamos pedir ayuda a causa de esas emociones. Si sentimos ira, temor o depresión, ello se debe a que, psicológica y fisiológicamente, estamos hechos para sentir esas emociones. Somos como somos porque esa disposición particular de tejido nervioso, músculos, sangre y huesos, y el comportamiento que resulta de todo ello, permitieron a nuestros antepasados sobrevivir en las condiciones más duras.

Las emociones negativas de la ira, el miedo y la depresión tienen un valor para la supervivencia, de la misma manera que lo tiene el dolor físico. Cuando tocamos un objeto caliente, nuestra mano se aparta automáticamente. Nuestro sistema nervioso está construido de tal modo que esta reacción se producirá mecánicamente, sin necesidad de reflexión alguna. Cuando experimentamos una emoción desagradable, experimentamos en realidad las modificaciones fisiológicas y químicas ordenadas por las partes «animales» primitivas de nuestro cerebro encaminadas a preparar al conjunto de nuestro cuerpo para dar una determinada respuesta de comportamiento. En el caso de la ira, experimentamos los preparativos de nuestro cuerpo para un ataque contra alguna persona o algún animal. No solo podemos experimentar esos preparativos para la agresión en nosotros mismos, sino que podemos ver sus resultados en el comportamiento de otras personas. Por ejemplo, ¿cuántas veces el equipo de fútbol favorito ha perdido el campeonato, derrotado en el partido decisivo por otro equipo inferior, simplemente porque los jugadores de este último acababan de ser insultados cruelmente en la caseta por su entrenador? Cuando llega el momento de defendernos físicamente, no puede decirse del hombre que sea la criatura más favorecida por la naturaleza. Con todo, tenemos más probabilidades de sobrevivir defendiéndonos agresivamente cuando no hay posibilidad de huida o de salvarnos de una situación peligrosa mediante un acuerdo verbal.

Cada vez que nos asalta el miedo, por otra parte, experimentamos un cambio fisioquímico ordenado por nuestro cerebro primitivo, que prepara automáticamente nuestro cuerpo para huir del peligro lo más deprisa posible. Nuestras posibilidades de supervivencia son mejores si podemos huir de un peligro que no podemos atajar por medios puramente verbales. Si se nos acerca un desaprensivo con una navaja abierta en la mano, en una calle oscura, el sentimiento de pánico que experimentamos en nuestro pecho, nuestro vientre y nuestros miembros no es cobardía, sino un sentimiento natural de alarma suscitado automáticamente por nuestros centros cerebrales para preparar nuestro cuerpo para la huida.

Aunque contemos con una tercera posibilidad humana, además de la agresión y de la huida —la solución de los problemas mediante la palabra hablada—, hay momentos en que todos nos sentimos presa de la ira, nerviosos o miedosos por más que no queramos reconocerlo. Cuando el conductor imprudente me corta el paso a ciento cuarenta por hora, de nada me sirve tratar de mostrarme asertivo y de evitar que me tiemblen las manos; cuando se llega tan cerca del desastre, uno se echa a temblar y nada puede hacer por evitarlo. Cuando aparece misteriosamente una abolladura en el guardabarros de mi coche recién estrenado, de nada me vale mostrarme asertivo con una persona que no está presente, y me enfurezco como un loco aunque quiera evitarlo. Si mi mujer vuelve a casa frustrada y gruñona y desahoga su malhumor dándome puntapiés a mí en lugar de dárselos al perro, a veces entablamos un verdadero combate a seis asaltos, y nos lanzamos a él con ímpetu. Cuando ocurre esta clase de cosas, nuestra psicofisiología hereditaria se nos impone, a nuestro pesar, e incurrimos inevitablemente en la ira o en el miedo. Pero, cuando podemos entablar contacto asertivo con otras personas y, al obrar así, tenemos una posibilidad de obtener por lo menos en parte lo que deseamos, es menos probable que surjan automáticamente la ira o el miedo. Si, por el contrario, nos sentimos frustrados por algo que no podemos modificar, o dejamos de emplear nuestra innata capacidad verbal para resolver algo que podríamos modificar, es probable que nos sintamos luego emotivamente deprimidos.

Aunque la depresión puede parecer, actualmente, desprovista de valor para la supervivencia, o casi, su valor para nuestros antepasados se nos aparecerá claramente si observamos cuál es nuestro comportamiento típico cuando se adueña de nosotros la depresión. En realidad, por así decirlo, no nos «comportamos» en absoluto. Poco o nada es lo que hacemos, aparte de mantener nuestras funciones corporales indispensables. Generalmente, no hacemos el amor ni otras cosas agradables y explorativas como ir al cine, aprender algo nuevo, resolver cantidad de problemas, o trabajar de firme, ni en casa ni en la oficina. Si observamos cómo caemos en la depresión, veremos que, cuando estamos ligeramente deprimidos o tristes, echamos de menos algo a lo que estamos acostumbrados o hemos sufrido una ligera frustración. Cuando estamos profundamente deprimidos, hemos sufrido una pérdida emocional o una frustración grave. Cuando estamos deprimidos, experimentamos los efectos de los mensajes transmitidos por las zonas más primitivas de nuestro cerebro, encaminadas a reducir gran parte del funcionamiento normal de nuestra fisiología corporal necesaria para las actividades cotidianas más comunes.

Para nuestros antepasados primitivos, la depresión era un estado beneficioso cuando se veían obligados a soportar un período de condiciones ambientales especialmente duras. Cuando las cosas se ponían feas, realmente no tenían más remedio que atrincherarse en sus refugios. Nuestros primeros antepasados que se sentían deprimidos y se limitaban a permanecer sentados durante los tiempos más calamitosos, tenían con ello más probabilidades de conservar sus recursos y sus energías, y, al obrar así, aumentaban sus posibilidades de sobrevivir hasta que los tiempos mejoraran. Probablemente, podemos ver un indicio de ese primitivo residuo emocional en nosotros mismos en un sábado frío y nublado de invierno, cuando, sin ninguna razón que podamos señalar particularmente, apenas tenemos ganas de hacer otra cosa más que rondar por la casa medio adormilados, probando algún que otro bocado y echando siestecitas. La depresión corriente que todos experimentamos a menudo puede durar varias horas y hasta varios días. Nos sentimos desdichados, pero, con el tiempo y con la ayuda de alguna experiencia positiva, la depresión acaba por desaparecer.

En la sociedad relativamente opulenta en la que vivimos, ni la depresión ni la retirada parecen producir beneficio alguno en cuanto a la supervivencia. Para la mayoría de nosotros, las condiciones no son físicamente tan duras y exigentes como lo fueron para nuestros primeros antepasados. Así, ese mecanismo de «hibernación» psicológica de la depresión, que nuestros antepasados empleaban para esperar que mejoraran las condiciones del medio ambiente, ha dejado de ser beneficioso para nosotros. En la actualidad, nuestras frustraciones no proceden del medio ambiente, sino de la acción de otras personas. Los pacientes que yo y mis colegas hemos visitado a causa de sus depresiones prolongadas suelen tener un historial de repetidas frustraciones.

La experiencia clínica acumulada en el tratamiento de enfermos de depresión temporal o prolongada sugiere que es más eficaz ayudar a la persona deprimida a «moverse» otra vez y a establecer de nuevo contacto con experiencias positivas de la vida, que empeñarse en remontar el curso de la depresión en busca de sus orígenes. El tratamiento de Don, un contable de treinta y tres años, divorciado, con fases recurrentes y prolongadas de depresión, constituye un excelente ejemplo de lo que queremos decir. Don fue educado por una madre y un padre que constantemente frustraban todos sus deseos. Durante su infancia, la interacción típica entre Don y sus padres consistía en que el chiquillo nunca recibía elogios, o apenas, por los trabajos que hacía en casa, y en cambio era severamente castigado —con el correspondiente sentimiento de culpabilidad— cada vez que cometía algún fallo. Cuando quiso su primera bicicleta, por ejemplo, Don recibió de sus padres toda clase de razones por las que ir en bicicleta, a su edad, era peligroso. Las bicicletas eran caras, y los padres de Don le recordaron que, siendo como era tan descuidado, probablemente no sabría cuidar debidamente su bicicleta en el supuesto de que se la compraran. Nunca llegó a tener bicicleta. Cuando quiso aprender a conducir un automóvil, sus padres le dijeron que antes de los veinte años los muchachos conducían muy mal, y que tenía que esperar. Don aprendió a conducir en la universidad, lejos de su hogar.

Se casó luego con una mujer según él muy parecida a su madre. Su esposa nunca le elogiaba y siempre parecía capaz de encontrarle peros a lo que hacía, fuese lo que fuese. Tres años antes de iniciar su tratamiento, la mujer de Don se había divorciado de él con su consentimiento. Poco después de su separación, Don empezó a experimentar períodos de depresión cada vez más prolongados. Cuando acudió a nuestra consulta, Don había estado tomando medicamentos estimulantes durante meses, con escasos efectos. El tratamiento adecuado, en el caso de Don, consistió en interrumpir su medicación, puesto que no solo no obraba efectos en su depresión sino que le mantenía nervioso e irritable. Una vez suprimida la medicación pedí a Don que escribiera una lista de las cosas que le gustaba hacer cuando no estaba deprimido. Le encargué luego, específicamente, que se dedicara por lo menos a dos de aquellas actividades cada semana, que se obligara a ello, si era necesario, por más deprimido que se sintiera. Además, cada vez que tuviese la impresión de que cometía algún error, en su trabajo o en la vida social, no debía incurrir de nuevo en su pasado hábito de huir de la situación demorándose en sus sentimientos de depresión y buscando la soledad o encerrándose en su casa. Al contrario, debía terminar lo que estaba haciendo o continuar la actividad en la que estuviese ejercitándose, aunque su reacción inmediata le empujara a abandonarlo todo. La ejecución de ese programa terapéutico permitió a Don librarse, en cuatro semanas, de su depresión crónica de cinco meses.

Aunque nuestros mecanismos neurofisiológicos defensivos de ira-agresión, miedo-huida y depresión-retirada no constituyen en sí mismos signos de enfermedad ni de mala adaptación, lo cierto es que ya no son de gran utilidad en nuestros tiempos. Pocas veces resultan eficaces y raramente alivian. La mayoría de nuestros conflictos y problemas proceden de otras personas, y, en nuestro trato con los demás, nuestras reacciones primitivas carecen de importancia en comparación con nuestra capacidad, exclusiva de los seres humanos, de aplicar la aserción verbal a la resolución de nuestros problemas. La ira-lucha y el miedo-huida, sin embargo, llegan a interferirse realmente con esta capacidad de reacción verbal. Cuando somos presa de la ira o del miedo, nuestros centros cerebrales primitivos inferiores impiden en gran medida el funcionamiento de nuestro nuevo cerebro humano. El torrente sanguíneo se desvía automáticamente de nuestro cerebro y de nuestro estómago para regar los músculos del esqueleto y prepararlos así para la acción física. Nuestro cerebro humano solucionador de problemas se encuentra imposibilitado para ordenar sus datos. Cuando somos presa de la ira o del miedo, somos incapaces de pensar con claridad y eficacia. Cometemos errores. Para un hombre irritado o asustado, dos y dos dejan de ser cuatro.

Para nuestros antepasados, y a veces para nosotros también, esta inhibición de nuestro nuevo cerebro humano por nuestro cerebro primitivo inferior no presenta problema alguno. Si en una situación determinada no podemos hacer otra cosa que huir físicamente o echar a correr para sobrevivir, no tenemos ninguna necesidad de pensarlo mucho. Basta que luchemos con todas nuestras fuerzas o que corramos a toda velocidad, y nuestra psicofisiología hereditaria se encarga de que así lo hagamos. Pero nuestro trato corriente con los demás no suele requerir ni la lucha ni la huida. Y, de hecho, esas reacciones primitivas se interfieren también, de otra manera, con nuestra capacidad verbal para resolver nuestros problemas. La mayoría solo nos afirmamos verbalmente frente a los demás cuando nuestro sentimiento de frustración nos causa ira o irritación. Y esta ira no solo resta eficacia a nuestros intentos de resolver la cuestión conflictiva sino que, cuando nos ve enojados, la gente tiende a minimizar nuestros agravios con estas o parecidas palabras: «Se está desahogando, simplemente. Cuando se calme, todo solucionado. Vamos a dejarle». Así pues, nuestras primitivas reacciones son peor que inútiles, ya que suelen crearnos más problemas de los que nos resuelven.

Si esta visión evolucionista de nuestros tres principales modos de comportamiento de defensa —dos animales y uno humano— es correcta, ¿por qué tantos de nosotros nos ponemos furiosos o sentimos miedo y apelamos a la agresión o a la huida cuando otras personas nos plantean problemas y conflictos? Si nuestra capacidad, puramente humana, de resolver problemas mediante la aserción verbal es tan valiosa para la supervivencia, ¿por qué tantos de nosotros hacemos tan mal uso de ella? Este capítulo de introducción tiene por objetivo ayudarnos a dar una respuesta a esta importante y turbadora pregunta. La respuesta que encontremos nos ayudará a comprender por qué tantos de nosotros necesitamos redescubrir la asertividad verbal natural con la que nacimos pero que tan a menudo perdemos por el camino. Para empezar la búsqueda de la respuesta que ha de explicarnos por qué la mayoría de nosotros apelamos a reacciones primitivas que son inútiles y complican nuestros problemas, echemos una ojeada a lo que nos ocurre durante la infancia.

El niño es naturalmente asertivo. Nuestra primera acción independiente, al nacer, consistió en protestar contra el tratamiento que se nos estaba infligiendo. Cuando éramos niños, si ocurría algo que no nos gustaba, lo hacíamos saber inmediatamente a los demás, gimiendo, llorando o berreando a cualquier

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