Prefacio
Un día de 1993, mientras trabajaba como reportero en The News de la Ciudad de México, un viejo estadounidense se me acercó por mis artículos. Su nombre era Richard Johnson y vivía en México desde los años treinta cuando su padre se reubicó para aceptar un puesto en General Electric. Me sugirió que escribiera más sobre la colonia de expatriados americanos. “Hay abundantes ejemplos de personas interesantes de las que nada se ha escrito. Por ejemplo, hubo un tipo llamado Jenkins, William Jenkins...”
El señor Johnson procedió a hilar una fascinante serie de anécdotas. Jenkins fue en algún momento uno de los hombres más ricos y poderosos de México, a pesar de haber llegado prácticamente sin un quinto. Radicó en Puebla, donde organizó su autosecuestro durante la Revolución y luego utilizó el rescate para construir su fortuna. Contrató a sus propios pistoleros para acosar a sus vecinos propietarios y convencerlos de venderle sus haciendas. Su pistolero de mayor confianza fue un tal Alarcón y con él mantuvo una cadena de cines. Tuvo otro socio, Espinosa, con quien asentó otra cadena. Espinosa era el cerebro del grupo Jenkins. Además, Jenkins fue amigo cercano del presidente Manuel Ávila Camacho. Cuando murió, donó todos sus millones a la beneficencia.
Le pregunté al doctor Alex Saragoza, un historiador de Berkeley que entonces vivía en México, si había escuchado de ese tal Jenkins. Desde luego, contestó, y citó más fragmentos que había recogido en su investigación sobre el magnate Emilio Azcárraga Vidaurreta; Jenkins fue quien detuvo los intereses de Azcárraga en el cine. Fue un hombre enigmático. A pesar de su gran fortuna, mantenía una oficina destartalada con la ayuda de un solo secretario. Siempre vestía la misma ropa y se cubría con el mismo sombrero gastado. En ocasiones, mientras su mujer tomaba el tranvía, trotaba detrás para ahorrarse la tarifa de cinco centavos.
Saragoza me comentó sobre varios libros que debía buscar: Atencingo, que trata sobre las haciendas azucareras del magnate; otro llamado El libro negro del cine mexicano, que critica sus actividades en la industria del cine, y Arráncame la vida, una narrativa novelada de Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente. Este hombre fue un infame gobernador de Puebla, para quien Jenkins y sus socios actuaron como chulos al conseguirle estrellas de cine. También mencionó El secuestro de William Jenkins: “Es una dramatización del secuestro, que probablemente fue un montaje”.
Pero cuando lo leí, encontré que planteaba que el rapto no fue un montaje. El libro no era una novela histórica cualquiera: contenía un ensayo sobre las fuentes archivísticas. Me comuniqué con el autor, Rafael Ruiz Harrell. “Fue un secuestro auténtico —me contó—. En ese momento, las relaciones entre México y Estados Unidos estaban en crisis. Para protegerse, el gobierno mexicano sostuvo que el evento fue una simulación.” A Ruiz Harrell no le interesaba limpiar el nombre de Jenkins. Describió cómo el empresario otorgó préstamos con una tasa de interés altísima a propietarios que sabía que jamás le pagarían su deuda y luego se agenció las haciendas que le dieron bajo garantía; cómo produjo alcohol en su ingenio durante la Ley Seca estadounidense y se lo envió a la mafia; y cómo rancheros poblanos fueron asesinados para que Jenkins pudiera expandir sus cañaverales.
Fue en ese momento cuando una semilla comenzó a germinar. Si la historia del autosecuestro en verdad era falsa, ¿qué tan fidedignas eran las demás historias del tal Jenkins?
Mientras razonaba sobre esta pregunta, la prensa estaba en pleno debate acerca del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El presidente Carlos Salinas se jugaba su nombre en la liberalización económica y prometía una ola de inversiones extranjeras y creación de empleos. Como la prensa estadounidense, los comentaristas conservadores le echaban porras. Por otro lado, los críticos ridiculizaron la agenda de Salinas como un “sueño primermundista”. Alertaron que dicho tratado era la puerta de entrada al sometimiento económico. Los columnistas recordaron a los lectores la guerra entre México y Estados Unidos. Los caricaturistas dibujaron a empresarios rubios o pecosos conspirando para afanarse del petróleo mexicano. Mientras los mexicanos tenían razones históricas para ser cautelosos con sus vecinos, mucho de lo que se publicó sacó provecho de los prejuicios. Esa retórica, a mi juicio, consistía en la “gringofobia”.
Me parecía que podía existir un vínculo entre lo que leía en la prensa y lo que me contaban de Jenkins. ¿Qué habría pasado si en su momento Jenkins hubiera sido objeto de semejante alarmismo politizado? Las historias extraordinarias acerca de este hombre podrían ser más que la cosecha de décadas de plática informal; podrían ser una mezcla de embelesamientos e invenciones construidos por distintos grupos. Separar los hechos de la ficción y rastrear la evolución de la leyenda podrían ser una forma útil para examinar cómo el miedo exagerado hacia los norteamericanos había moldeado el debate político, económico y cultural de México.
Se plantearon otras preguntas enigmáticas. Por cada nueva lectura que hacía sobre Jenkins y su entorno, quedaba más claro que el hombre no era tan excepcional. Excepcionalmente rico sí, pero no tan distinto de la élite mexicana contemporánea en su forma de manejar los negocios y buscar protección política. ¿Podría ser que Jenkins fuera el blanco de críticas especiales porque era gringo?
Mientras indagaba, resultó que docenas de personas sabían algo de Jenkins. Ron Lavender, decano de los agentes inmobiliarios de Acapulco, recordó la forma en que Jenkins anunciaba su llegada al club municipal de yates con una voz ensordecedora. Alfonso Vélez Pliego, de la Universidad Autónoma de Puebla, me contó cómo Jenkins intentó construirse una imagen para la posteridad a través de obras filantrópicas. Conocí a algunos graduados universitarios que fueron beneficiarios de las “becas Jenkins”. En los años siguientes conocería innumerables taxistas en México y Puebla que tenían una anécdota que contar; uno de ellos incluso había trabajado para él conduciendo camiones cargados de alcohol para contrabando. Pero los recuerdos sobre Jenkins eran anormalmente subjetivos (parecía inspirar aprecio o aversión), y los escritos sobre él estaban impregnados de un nacionalismo combativo.
Una semblanza de 1980 en Proceso encarnó esta tendencia. Titulada “Se perpetúa el nombre del ‘extranjero pernicioso’ expulsado por Abelardo Rodríguez”, el artículo era un profundo cajón de agravios jenkinsianos. Ninguna de sus fuentes ofrecía una sola palabra positiva. Incluso en esta etapa temprana de mi investigación, era obvio que la semblanza estaba tapizada de exageraciones, rumores y errores básicos. Había leído acerca de la Leyenda Negra que pesa sobre la conquista española y la manera en que los historiadores anglosajones exageraron las atrocidades cometidas por Cortés y otros conquistadores a fin de que, por contraste, la colonización británica en tierras americanas pareciera benigna. Había aquí otro ejemplo de historia manipulada y politizada: la Leyenda Negra de William Jenkins.
Surgió la oportunidad de coescribir una biografía de otro empresario controvertido: Emilio Azcárraga Milmo. Como éste aún estaba vivo, mis prioridades cambiaron durante un lustro.
Cuando volví a Jenkins, me topé con vacíos asombrosos en su historial. Lo peor de todo era que no existía un archivo empresarial suyo. Un nieto conservaba algunos documentos, sobre todo unas cartas relativas a “viajes de pesca y tales cosas”. Una nieta mantenía un baúl de escritos con recortes acerca del secuestro y paquetes de cartas de amor que Jenkins le escribió a su prometida alrededor de 1900. Pero la correspondencia profesional era casi nula.
Segundo, existían pocos archivos del gobierno estatal debido a una tradición de los gobernadores poblanos de destruir sus documentos o negar su entrega al archivo del estado. Tercero, gran parte de la historia de Puebla en el siglo XX aún estaba por escribirse. Normalmente los biógrafos recurren a una amplia documentación secundaria que cubre el lugar y el momento en que vivieron los sujetos estudiados, pero en el caso de Jenkins eran pocos los libros académicos relevantes. Una buena parte del contexto de la vida de Jenkins tuvo que recuperarse a través de la lectura de décadas de periódicos.
Finalmente, gran parte de la historia moderna de los negocios en México seguía en blanco. Jenkins estuvo activo principalmente en tres industrias: la textil, la azucarera y la cinematográfica. Si bien la azucarera estaba bien documentada, el sector textil se había explorado sólo hasta 1930. La industria cinematográfica había atraído una enorme atención, pero la mayoría de los estudios se centraron en las estrellas, los directores y la interpretación de las películas. Aún falta una historia empresarial del cine mexicano.
Luego hubo obstáculos habituales: catálogos incompletos de archivos federales; la dificultad de encontrar a Jenkins citado debido a su negativa a conceder entrevistas; y el nivel abismal de la fuente de negocios mexicana, que (hasta los años noventa) solía confundir a los gerentes con los dueños y los ingresos con las utilidades, divulgaba inserciones pagadas enmascaradas como artículos, y se negaba a mencionar los nombres de las empresas en los titulares porque asumía que al hacerlo las promovía gratuitamente. Además, al consultar los archivos y los índices, existía el reto de anticipar variaciones de “Jenkins”, nombre poco común para el oído mexicano. Entre las variaciones que encontré están Jenkin, Jenking, Jenkings, Jenkis, Jenquis y Jinkis, junto con otras menos obvias como Dinkins, Genkius, Llenquis, Tenchis, Yenkis, Yenquis y Yenquins.
La ausencia de archivos cruciales otorgó una importancia especial a las entrevistas. Comencé con los descendientes de Jenkins y continué, a menudo a través de presentaciones, con sus socios y sus hijos e hijas, sus empleados, sus críticos y los cronistas de Puebla. Realicé entrevistas en México, Puebla, Atencingo, Izúcar de Matamoros, y Apatzingán en Michoacán. En Estados Unidos entrevisté a familiares en Tennessee y Los Ángeles.
Mi investigación tuvo un importante avance gracias a la voluntad de las dos hijas que sobrevivieron a Jenkins, Jane y Tita, de compartir sus recuerdos. En el caso de Jane, que tenía 85 años cuando nos vimos por primera vez, su memoria en cuanto a fechas, nombres y lugares resultó sumamente certera a la luz de los informes escritos. Su explicación acerca de los momentos decisivos en la vida de sus padres coincidió con la evidencia de los periódicos y las cartas. Cuando no estaba segura de algo, lo decía. La fiabilidad de Jane no me dio carta blanca para tomar su palabra como verdad, pero me dio la confianza para seguir las pistas que me otorgó. Por ejemplo, Jenkins usó prestanombres para la mayoría de sus inversiones y en algunos casos la identidad de éstos habría permanecido desconocida sin la ayuda de la familia.
Si bien toda la información adquirida a través de las entrevistas tuvo que compararse con los registros escritos, los datos y conocimientos que obtuve me confirmaron la necesidad de fuentes orales para la historia contemporánea. Los detalles compartidos por los entrevistados me ayudaron a trazar los contornos profesionales de la vida de Jenkins. Sus recuerdos de nombres y fechas me dieron pruebas invaluables con las que regresé a los archivos. Sus opiniones sobre la personalidad y las motivaciones de Jenkins me permitieron entender al hombre como si lo viera de cerca, y con el que después tendría que conciliar la opinión predominante que lo pintaba como un empresario nefasto.
Con frecuencia, los historiadores mexicanos han ilustrado a la élite empresarial con sombreros negros; les han dado el papel de villanos bidimensionales en una historia nacional de explotación y promesas revolucionarias incumplidas. Comprender al líder empresarial como un ser humano total sería considerar puntos de vista y motivos de acción alternativos. Durante la vida de un capitalista, la meta final no siempre es la utilidad: a veces, los sentimientos y las convicciones superarán al afán de lucro. Observar de frente la humanidad del poderoso es entender que cuanto más nos acercamos a nuestro objeto de estudio, resulta menos honesto —y menos aleccionador— hacer categorizaciones en blanco y negro.
INTRODUCCIÓN
La leyenda negra de William O. Jenkins
En la ciudad de Puebla, hace medio siglo, vivió un viejo estadounidense tan rico como un Rockefeller. Iba y venía por las calles con paso decidido y la cabeza ligeramente inclinada, como si no quisiera que lo interrumpieran. Para las visitas diarias a su club de campo tenía un chofer que lo llevaba en uno de sus Packard de segunda mano. Pero también caminaba con tanta frecuencia que todos los que vivían o trabajaban cerca de su casa del centro lo reconocían: alto y fornido, con cabello corto bajo un sombrero de fieltro negro y con la impresión de que siempre llevaba la misma corbata negra y el mismo traje oscuro raído. Su cabeza era grande y sólida, como una bola de boliche de mármol, cuya redondez se veía interrumpida por una quijada firme y una fuerte barbilla. Sus ojos azules eran penetrantes.1
William O. Jenkins, de quien se decía que era el hombre más rico de México, era un madrugador. Trabajaba toda la mañana en la oficina que compartía el inmenso espacio de su casa: la planta principal sobre la principal tienda departamental de Puebla. Aunque sus bienes incluían varios centenares de cines, importantes propiedades rurales y urbanas, diversas fábricas textiles y el segundo banco más grande de México, todo su personal estaba integrado por un asistente, un contador y un secretario. Todas las personas que iban a su oficina para pedirle dinero (un ranchero con la esperanza de un préstamo, un empresario en busca de capital de riesgo, un gobernador deseoso de que financiara una escuela) tenían que subir los cuatro tramos de escaleras para llegar a sus habitaciones. Aunque ya sobrepasaba los 80 años, se negó a instalar un elevador, puesto que era un campeón de aptitud física y progreso por mérito. No fumaba ni bebía. Y era frugal. En más de una ocasión, los visitantes que entraban a su oficina lo encontraron despegando de un sobre un timbre sin sellar. Solía explicar: “Odio ver que las cosas se desperdicien”.
En las primeras horas de la tarde acostumbraba salir. Primero visitaba el cementerio donde estaba sepultada su mujer; había traído su cuerpo desde California, donde ella pasó sus últimos años. Durante media hora se quedaba sentado en una banca al lado de su tumba. Después se iba al Club Alpha a jugar tenis. Prefería jugar dobles, lo que le permitía asociarse con un as local y ganar. Más tarde visitaba su hacienda cercana, donde cultivaba verduras, o iba a ver una película en alguno de los cines que le pertenecían. Las comedias mexicanas eran sus favoritas; el público lo conocía por su risa estridente. En la noche solía cenar temprano, con su cocinera y sus sirvientes.
Los fines de semana, por lo general, se encontraba fuera de la ciudad. Tenía una finca a dos horas al sur, donde cultivaba melón y caña. Tenía tierras de algodón en la frontera con Estados Unidos y ahora estaba comprando tierras en el oeste para desarrollar una segunda finca de algodón. El anciano rara vez se sentía más feliz que cuando caminaba en los sembradíos, dando instrucciones. Hacerlo le recordaba su infancia, en las granjas de Tennessee. En el pasaporte de este titán industrial, la entrada para ocupación todavía decía “granjero”. Otro placer era reunir a sus amigos y parientes, y volar a Acapulco en su avión de segunda mano. Ahí tenía una mansión en la cima, equipada con sillas de plástico y una alberca sin calefacción.
El observador casual quizá considerara a este anciano meramente como adusto y poco ortodoxo, y su parquedad e indiferencia respecto de las diferencias de clase, totalmente desfasadas con la élite de México. Pero en parte porque era tan rico y en parte porque era tan evidentemente estadounidense resultó ser el capitalista más odiado del país. En 1960 el clamor en contra de Jenkins estaba en su máximo auge.
México, como su vecino del norte, se encontraba en una encrucijada. Quince años de conservadurismo tras la posguerra se tropezaron con la opción de un giro liberal. La nación había adquirido recientemente un presidente de cuarenta y tantos años y Estados Unidos estaba a punto de elegir uno también. Ambos eran hombres con carisma y energía, dispuestos a viajar para fomentar alianzas. Con mayor urgencia, John Fitzgerald Kennedy y Adolfo López Mateos compartían el reto de la Guerra Fría en Cuba: ¿Cómo debían responder a un régimen socialista a menos de 160 kilómetros de las costas de ambos países? ¿Con confrontación, neutralidad o reconciliación? La diferencia clave era que, para Estados Unidos, la cuestión era de política exterior, con consecuencias para las relaciones con Rusia, el liderazgo hemisférico y la seguridad global. Para México, el asunto resonaba en el país.
Los gobernantes mexicanos se autonombraron el Partido Revolucionario Institucional (PRI), los eternos guardianes de una flama encendida en 1910, en los inicios de una guerra civil que duró una década. El PRI era un espectro político muy amplio. Su ala izquierda se preguntaba: ¿Cómo podía el partido de la Revolución mexicana no simpatizar con la Revolución cubana? Los objetivos de Fidel Castro eran tan similares: devolver la economía a manos nacionales, educación y asistencia médica gratuitas, mayor igualdad en tierras e ingresos. Para el ala derecha del PRI, dominante durante los últimos 20 años, Castro era un extremista peligroso que expulsaba a los inversionistas en vez de engancharlos, y erosionaba la empresa privada. Muchos se unieron al debate: los grupos empresariales pusieron advertencias en los periódicos; los obispos arremetieron contra el ateísmo marxista; los sindicatos, los maestros y los estudiantes tomaron las calles en solidaridad con Castro y a menudo exigieron que México reanudara su propio camino revolucionario. Atrapado en medio, López Mateos emitió señales contradictorias, reprimiendo la disidencia de los trabajadores y al mismo tiempo aumentando el gasto social e impulsando la reforma agraria.2
El debate en México sobre Cuba era un cuestionamiento de su propia identidad. Desde 1938, cuando el presidente Lázaro Cárdenas empujó el socialismo a alturas populares expropiando el sector petrolero de las compañías estadounidenses y británicas, el PRI renunció a las promesas de la Revolución. Negociadas en una nueva constitución, esas promesas habían intentado alejar las injusticias de la dictadura de Porfirio Díaz (1876-1911), cuando los extranjeros dominaban la economía y los terratenientes blancos devoraban los campos de los pueblos indígenas. Ahora, algunos de esos desequilibrios porfirianos estaban volviendo. Pese a un compromiso de sufragio efectivo, las elecciones en todos los niveles las ganaba el PRI. Pese a una política agraria que repartía las haciendas entre los pobres, aparecían nuevos latifundios. Durante un “milagro” económico de 20 años, la riqueza había fallado ampliamente en filtrarse. El censo de 1960 mostró que más de una tercera parte de los mexicanos estaba descalza y era analfabeta, y la mitad vivía en hogares con una sola habitación. A pesar de la promesa de México para los mexicanos y de décadas de proteccionismo, los inversionistas extranjeros estaban recuperando gran parte del mercado.
Para muchos en la izquierda, nadie encarnaba mejor lo que había salido mal que el señor Jenkins. Cárdenas lo describió como una reliquia del pasado: un “latifundista”, un “monopolista” y un “capitalista extranjero”. En el lenguaje de la izquierda, capitalista significaba “explotador”.3 Una influyente revista de actualidad hizo de Jenkins su chivo expiatorio, empezando con un reportaje fotográfico que lo inculpó por las condiciones infernales de trabajo en un ingenio azucarero de Puebla, que de hecho ya no le pertenecía.4 Un cineasta publicó El libro negro del cine mexicano, que era una diatriba en contra de Jenkins y sus socios. El autor alegó enormes prácticas monopolistas en sus intereses cinematográficos: favorecer a Hollywood sobre la oferta local en las salas de cine, forzar a los productores a trabajar con presupuestos miserables, mandar asesinar a activistas sindicales. Afirmó que Jenkins, como incondicional del ala derecha del PRI, impuso a todos los gobernadores de Puebla. Declaró: “No hay ni puede haber en el mundo un Jordán bastante caudaloso para lavar a William O. Jenkins”.5
La revista Time prestó atención. Una semblanza llamó a Jenkins “un misterioso empresario bucanero que había creado la fortuna personal más grande en México”. Alegó que ganó poco dinero hasta la Revolución, cuando lo secuestraron y de alguna manera se embolsó el rescate. Insinuó que se hizo rico comprando haciendas azucareras en connivencia con políticos y contrabandeando alcohol a Estados Unidos durante la prohibición. Se burló de su “oficina miserable” y sus “corbatas amplias y a veces manchadas”.6 Los amigos de Jenkins estaban indignados. El rector de la Universidad de Vanderbilt, Harvie Branscomb, escribió a Time y protestó por el “número considerable de errores fácticos” del artículo.7 Jenkins ignoró el asunto. Había sido injuriado y difamado durante más de 40 años.
Rico, famoso, estadounidense, distante (nunca hablaba con la prensa, nunca respondía a sus críticos), Jenkins era el coco universal. Para los mexicanos, servía como un símbolo incendiario con el cual conseguir apoyo para causas izquierdistas o buscar protección económica. Criticarlo era anunciar la posición de uno como revolucionario o el honor como patriota. Para los norteamericanos era un “barón ladrón”. Había logrado prosperar en una tierra que aún toleraba los monopolios y el capitalismo de cuates, ¡muy diferente a Estados Unidos, desde luego!
Jenkins encapsulaba la ambivalencia mexicana hacia Estados Unidos: una actitud de sospecha, pero también de respeto cauto y deseo de cooperación económica. Después de todo, si Jenkins era culpable de una décima parte de las acusaciones en su contra, y si la voluntad política existía, cualquier presidente podría haberlo expulsado. Pero la voluntad no existía. El gringo tenía su utilidad.
En los años 1920 y 1930, la hacienda azucarera de Jenkins creó empleos para 5 000 personas y albergó uno de los ingenios más productivos de México. Sus préstamos y donativos reforzaron a un gobierno estatal crónicamente pobre en Puebla. En los años 1940 y 1950, sus cientos de salas de cine deleitaron a los cada vez más millones de habitantes urbanos. En una época en la que los trabajadores eran propensos a las huelgas, sus salas de cine calmaron los ánimos y ayudaron a hacer que las ciudades se sintieran como casa. Sus donativos de campaña ayudaron al ascenso de una familia política, los Ávila Camacho, que produjeron un presidente, dos gobernadores de Puebla, además de una docena de dependientes influyentes, entre los que se incluye la mano derecha del presidente de entonces, Gustavo Díaz Ordaz. Su financiamiento ayudó a construir carreteras, plantas de automóviles y una importante compañía farmacéutica. Su filantropía fundó escuelas para decenas de miles, construyó hospitales y mercados cubiertos, llevó agua potable a los barrios más pobres y ayudó a financiar excavaciones en el antiguo sitio de Monte Albán. Todo el tiempo, y particularmente en años recientes, Jenkins proporcionó un pararrayos para la crítica de la izquierda. Para el gobierno era mejor que los radicales tronaran contra un estadounidense, a que dirigieran su ira contra el propio régimen.
Pese a su carácter singular, William Jenkins ejemplificaba cuánto dependía el Estado “revolucionario” de la élite empresarial: al principio para su propia supervivencia y luego para el dominio y la supremacía de su ala conservadora, cuyos descendientes ideológicos siguen en el poder hoy en día.
Durante sus seis décadas agitadas, la carrera de Jenkins revela la sorprendente continuidad del capitalismo mexicano. Expone las rutas para hacer dinero, durante y después de la Revolución, disponibles para aquellos con conexiones políticas. Muestra los acuerdos que hicieron los regímenes de todo el espectro político con los empresarios. Y arroja luz sobre las dos grandes contradicciones de la experiencia mexicana moderna: que la Revolución de 10 años, en la que más de un millón de personas murieron o emigraron, y de la que surgió una de las constituciones más radicales del mundo, sería notable tanto por lo que no logró cambiar como por lo que sí, y que un partido de gobierno que se llamó a sí mismo revolucionario resultaría tan amigable con los ricos.
En ambos sentidos, la historia de Jenkins se ajusta a la lectura establecida por el historiador más influyente de México, Daniel Cosío Villegas, quien argumentó que la Revolución consiguió mucho menos en democracia política y desarrollo social de lo que sostenían los discursos de línea partidista y las historias oficiales.8 Después de la masacre de estudiantes de 1968 en la Ciudad de México, la pregunta se expresó directamente: ¿Había habido de hecho una Revolución? Desde entonces, los historiadores han coincidido en lo comprometedor de su radicalismo, la represión de la democracia electoral y la persistencia de los oligarcas.9 Una segunda vertiente divide el periodo socialista de Cárdenas (1934-1940) de los regímenes de derecha que siguieron. La tradición celebró ese periodo como la culminación de las políticas de la Revolución, después de la cual la mayoría de los políticos favoreció a los inversionistas y sus propias cuentas bancarias. Pero los revisionistas alegaron que el cardenismo logró menos de lo que sostenía la historia oficial, limitado ya sea por la dependencia del Estado al capital extranjero y local o por una falta de cohesión debido a la durabilidad de los caciques provinciales.10
La carrera de Jenkins apoya ambas relecturas. Subvierte la opinión aún popular de que los 30 años posteriores a 1910 fueron malos para los negocios. Una y otra vez, Jenkins encontró oportunidades lucrativas. Durante la Revolución especuló con gran éxito sobre las propiedades, además mantuvo en funcionamiento sus fábricas textiles. Al tiempo que los dos regímenes siguieron, acumuló enormes activos que incluyeron el emporio azucarero de Atencingo y se benefició de un respeto selectivo de derechos de propiedad que favorecía a los que tenían buenos contactos, práctica reminiscente del porfiriato. Asimismo, sus relaciones de apoyo mutuo con los políticos se remontaban a los vínculos entre capitalistas y los compinches de Díaz. Pese al radicalismo de Cárdenas, que confiscó su hacienda azucarera, fue capaz de usar su alianza con el gobernador de Puebla para conservar el ingenio de la hacienda y, por ende, sus utilidades. Luego, después de 1940, Jenkins afrontó diversos problemas con su fuerza laboral, que mostraron cómo un Estado famoso por favorecer a los empresarios a menudo se ponía del lado de los trabajadores y los defensores de la propiedad pública. Una vez más, la antigua división (radicalismo hasta 1940, conservadurismo después) parece simplista.
Aunque fue ciudadano estadounidense, Jenkins tipificó una nueva clase de empresario mexicano que surgió después de la Revolución. Estos trepadores de la clase media ayudaron a fomentar una aceptación del capitalismo industrial como la clave para la prosperidad. Eran emprendedores y modernizadores, pero también dados a las actividades de captación de rentas, los préstamos internos y las prácticas monopolistas. Despreciaban a los políticos, pero consentían el toma y daca con el Estado. A diferencia de los caciques autoenriquecidos de la época, se aventuraban menos en sectores de bajo riesgo, como el inmobiliario, y dedicaban más esfuerzos en innovar para el mercado nacional. Pero, como esos políticos, encarnaban una concentración de riqueza estimulada por privilegios especiales. Los protegidos de Jenkins encajaban en el mismo molde. Muchos observadores dicen lo mismo de los billonarios actuales de México.
Ésta es la segunda razón de la importancia de Jenkins: su carrera revela la profunda interdependencia entre el gobierno y las grandes empresas. El foco de casi todas las historias del México moderno (sobre los obreros, los campesinos y los rebeldes sociales y políticos) ha ocultado la importancia del capital en la política. Sin embargo, una simbiosis entre Estado y capital fue fundamental tanto para el éxito de la élite empresarial como para el dominio de 71 años del PRI. “Capitalismo de cuates” es la etiqueta común para este tipo de acuerdo, pero el término empaña las distintas dimensiones del vínculo: yo los llamaría un “imperativo simbiótico” entre Estado y capital, y una “conveniencia simbiótica” entre políticos individuales e industriales.11
Después de la Revolución, el Estado y el capital se necesitaron el uno al otro. El gobierno dependía de las élites empresariales para ayudar a reconstruir la economía a través de inversiones, creación de empleos, pago de impuestos y obtención de préstamos extranjeros. Los industriales, asimismo, dependían del Estado para restablecer el orden, construir carreteras, amansar a los trabajadores radicalizados, velar para que se cumplieran los derechos de la propiedad y promulgar leyes que moderaran el radicalismo de la nueva constitución. Cuando el presidente Cárdenas intensificó las expropiaciones y permitió que proliferaran las huelgas, desbarató el equilibrio simbiótico. Esto desencadenó una fuga masiva de capitales y puso en peligro la economía. Su necesidad de restablecer ese equilibrio lo obligó a dar marcha atrás, apoyar una legislación en favor de las empresas y elegir a un sucesor moderado.12
Dicho imperativo simbiótico, una unión de necesidad percibida, era diferente pero a menudo estaba vinculado con una conveniencia simbiótica. Como compromiso verdaderamente más amiguista, este tipo de vínculo supone el interés mutuo sin tener en cuenta a nadie más. Incluye favores como alianzas comerciales encubiertas, contratos de no competencia y la aplicación selectiva de leyes. Estas prácticas se difundieron durante el porfiriato, volvieron a surgir con nuevos actores en la década de los veinte y alcanzaron dimensiones espectaculares en el gobierno del presidente Miguel Alemán (1946-1952).13
Jenkins utilizó ambos tipos de interdependencia. En Puebla, hizo préstamos y donaciones a autoridades cortas de dinero, lo que ayuda a explicar cómo un estadounidense pudo salvaguardar montones de hectáreas en una época de xenofobia y confiscación de tierras. Invirtió grandes sumas para ayudar a reactivar el asolado sector azucarero poblano, justo cuando el presidente Álvaro Obregón (1920-1924) necesitaba reactivar la economía en su conjunto y, por ende, estaba dispuesto a proteger la agricultura a gran escala. En los años 1940 y 1950, el imperativo apuntaló el éxito de Jenkins por todo el país, a medida que brindó apoyo sin igual a la meta federal de contener las masas urbanas, construir y operar cientos de salas de cine, así como ayudar a financiar un cine nacional reaccionario. A su vez, se le permitió tener un monopolio legalmente cuestionable y lucrativo en la exhibición cinematográfica. El Estado no dependía de Jenkins per se, pero sus relaciones mutuamente beneficiosas ejemplificaban un vínculo: entre las élites que necesitaban salvaguardar sus bienes y un régimen que necesitaba hacer malabarismos con grupos clientelistas para mantener su legitimidad.
Los intercambios basados en la necesidad mutua suelen coexistir con negocios de conveniencia, y las transacciones de Jenkins tipificaron esta tendencia también. Ayudó a sus socios políticos a enriquecerse. Los favores y las empresas conjuntas entre capitalistas y políticos solían involucrar testaferros, por lo que son difíciles de verificar. Pero la historia de Jenkins ofrece muchos vistazos del tango infeccioso entre privilegio y corrupción.
La historia de Jenkins también expone la importancia de dichos vínculos fuera de la capital. La ayuda mutua tiende a empezar en el nivel local o estatal, donde los intercambios diarios entre comerciantes y políticos son más frecuentes. Además, lo que sucede en el nivel regional tiene importancia en el nacional. Las alianzas provinciales fueron clave para desarrollar la nación, porque el gobierno federal simplemente no podía pisotear los estados. Tenía que permitir cierta autonomía a los caciques y a las camarillas empresariales, sobre todo en las caóticas décadas de los veinte y treinta. El punto de vista básico del Estado mexicano de partido único como una “dictadura perfecta” ignora la naturaleza caótica de la política a ras del suelo, incluidas las elecciones locales con contiendas amargas.14 Durante la época de Jenkins, Puebla (el estado fue su hogar de 1906 a 1963) ilustra vivamente estas tendencias.
Respondiendo a la bancarrota crónica de Puebla y las tomas recurrentes del gobierno por los radicales, la élite empresarial respaldó activamente a los conservadores en el poder. Las campañas reñidas, como la de 1936, en la que Maximino Ávila Camacho enfrentó a un rival izquierdista popular, muestran cómo los resultados locales necesitan tener en cuenta tanto la resistencia de las bases como las maniobras de las élites. Cuando Maximino (como se le conocía) vio que tenía que hacer una campaña denodada, solicitó fajos grandes de efectivo del sector privado. Con su victoria vino un afianzamiento del gobierno que privilegiaba a los empresarios, incluso en contra de la oposición federal. Hacer un estudio sobre Puebla en esta época es contemplar la “carcacha” del Estado socialista en toda su agitada complejidad. También es observar la fundación de un feudo local autónomo que perduraría durante los gobiernos de los Ávila Camacho hasta el año de la muerte de Jenkins.
La alianza entre Jenkins y Maximino no sólo dominó en Puebla, sino que ejerció una influencia hacia la derecha en el nivel nacional. El historiador Alan Knight sugirió alguna vez que los bastiones regionales de conservadurismo contribuyeron al cambio hacia la derecha de los últimos años de Cárdenas; Puebla corrobora este argumento aún incompleto.15 La fuerza de los gobernadores partidarios de lo empresarial, como Maximino, dispuestos a imponer el conteo de votos en la elección de 1940, ayuda a explicar la decisión de Cárdenas de respaldar al hermano moderado de Maximino, Manuel, como su sucesor. La disminución de la revolución social de México se debió en parte a la resistencia de los estados como Puebla.
Si bien ésta no es exactamente una historia regional (el imperio de Jenkins se centró en la Ciudad de México a partir de los cuarenta), arroja luz sobre el pasado turbulento de Puebla. Debido a un lento crecimiento promedio desde 1900, cuando perdió su antigua clasificación como la segunda metrópolis de México, la ciudad de Puebla ahora está muy por detrás de las potencias económicas de Guadalajara y Monterrey. Durante décadas, la reticencia a innovar y modernizar la maquinaria atrofió el desarrollo de Puebla, sobre todo en su famoso sector textil. Cuando los márgenes de ganancia se redujeron, casi todos los dueños de las fábricas reaccionaron exprimiendo a los trabajadores. Jenkins tenía varias fábricas y también se negó a modernizar. El estancamiento económico se debió en parte al estancamiento político. La política se anquilosó durante el feudo de Ávila Camacho, que obstaculizó el debate y produjo gobernadores ineptos o complacientes. La camarilla le debió su durabilidad a patrocinadores retrógrados como Jenkins.16
Fuera de los círculos de la élite, Jenkins no era un tipo popular. Pero sus acciones cuestionables eran habitual y deliberadamente exageradas. El catálogo de hipérboles y críticas selectivas sobre Jenkins equivale a una leyenda negra moderna. Manifiesta la fobia mexicana predominante: la gringofobia. Es la cepa de xenofobia que vilipendia a los estadounidenses, sobre todo políticos y empresarios, como imperialistas, explotadores o culturalmente inferiores. A partir de la Revolución, las caricaturas antiamericanas en palabras, películas y canciones se volvieron herramientas retóricas comunes dentro de los debates sobre los caminos capitalistas frente a los socialistas para el desarrollo. En los últimos tiempos, la gringofobia ha seguido aflorando en los debates sobre el libre comercio, la influencia cultural, la guerra contra las drogas y la reforma del sector petrolero.
Para sus críticos, Jenkins encarnaba al capitalista estadounidense avaro y mañoso. Su infamia se remontaba a su secuestro, cuando era agente consular, en 1919. Enfrentando una crisis bilateral, el frágil régimen de México contrarrestó las acusaciones de Estados Unidos de ser un gobierno ineficaz alegando que Jenkins había planeado un “autosecuestro”. La acusación pegó. Aunque fue exonerado, Jenkins siguió tan embarrado por el episodio que cada acusación posterior de embustes adquirió un público receptivo. Esto y otras controversias (sobre Jenkins como terrateniente, monopolista, intrigante político, incluso como filántropo) revelan un denominador común: la gringofobia como un componente de la retórica izquierdista o nacionalista.
Los observadores harían de Jenkins un sinónimo del capitalismo estadounidense inmoral, que ignoraba cómo sus acciones reflejaban a la vez su adaptación en México.17 Jenkins contrató milicias privadas para defender sus haciendas; lo mismo hacían los mexicanos. Forjó amistades cómodas con gobernadores, generales y obispos; lo mismo hacían ellos. Sus préstamos predatorios a los hacendados ya era una táctica común desde el siglo XIX. Resistió a sindicatos, evadió impuestos y creó monopolios protegidos por el Estado. Todas eran prácticas habituales entre los empresarios mexicanos, todas se ganaban la ira de la izquierda. Sin embargo, nadie atraía tantas críticas como él. Dadas las similitudes entre Jenkins y sus colegas, junto con su reinversión en empresas locales y su cultivo de protegidos regionales, el estadounidense fue un miembro bastante típico de la élite empresarial de México, que afirma su utilidad como un estudio de caso. Se pueden decir cosas similares de otros capitalistas nacidos en el extranjero, como el libanés Miguel Abed, el sueco Axel Wenner-Gren, el español Manuel Suárez y el magnate azucarero estadounidense B. F. Johnston. Cada uno de ellos fue muy criticado, pero ninguno perduró en la opinión pública por tanto tiempo como Jenkins.
El vilipendio de Jenkins pertenece a una tradición gringófoba que se remonta como mínimo a 1848, cuando Estados Unidos se apoderó de la mitad del territorio mexicano. Después de la Revolución, la tradición mutó: lo que en algún momento fue una preocupación importante de la élite se convirtió en una práctica ampliamente popular; lo que alguna vez se centró en el Tío Sam, el horrible arquitecto de las intervenciones, igualmente evocaba a magnates empresariales. Entre ellos estaban los barones petroleros y Jenkins. Así como el nacionalismo británico se vio impulsado por la promoción del orgullo de no ser francés, el nacionalismo mexicano le debió mucho al agravio contra el gringo.18
Los ataques a Jenkins muestran no sólo la prevalencia, sino también los usos de la gringofobia. Se podía obtener beneficio político atacándolo, sobre todo durante la Guerra Fría, cuando una batalla por el alma del PRI enfrentó a su derecha partidaria de la empresa contra su izquierda nacionalista. Los líderes podían fortalecer sus argumentos a favor de un giro a la izquierda (o desviar las críticas de su propia conducta), señalando las maquinaciones empresariales de Jenkins. Los periódicos podían pulir sus credenciales izquierdistas (e impulsar las ventas) con revelaciones sobre este gringo “pernicioso”. A su vez, la paliza a Jenkins contribuía a la polarización de la opinión que definió a la década de los sesenta, con su radicalismo estudiantil y su posterior represión sangrienta.
La retórica xenófoba plantea cuestiones sobre la diferencia nacional. Explorar el americanismo percibido de Jenkins ayuda a socavar las distinciones fáciles entre los dos países. The Economist escribió alguna vez: “Los monopolios son tan mexicanos como el mezcal e igual de embriagantes”.19 Pero también son tan estadounidenses como el pay de manzana, tal como lo demostraron alguna vez los “barones ladrones” de finales del siglo XIX. De igual modo, la carrera de Jenkins revela paralelismos en las culturas empresariales, los cuales son un correctivo útil dada la falta de historias comparativas entre México y Estados Unidos.
Algunos de los métodos cuestionables en los que Jenkins aparentemente emulaba a sus colegas tienen precedente y paralelismo en Estados Unidos. Buscó el dominio del mercado: primero en la bonetería de algodón, después en el sector azucarero, notoriamente en la industria cinematográfica. Pero no había nada excepcionalmente mexicano en dichos monopolios, que gracias a personas como Rockefeller y Carnegie ocupaban una posición destacada en la tierra de la que se había marchado. Su fortuna le debía mucho a las alianzas con los poderosos. Pero pese a todo el amiguismo de los políticos mexicanos, ¿eran estos vínculos tan diferentes de los lazos que los capitalistas estaban forjando con los alcaldes y los legisladores en Estados Unidos (como el “boss” Crump de Memphis en el Tennessee natal de Jenkins)?
Sin embargo, las diferencias de cultura empresarial sí existen. Mientras desinflan mitos como la “ausencia de espíritu emprendedor” en Latinoamérica, los historiadores ven tendencias que varían considerablemente de las empresas del Atlántico Norte: el crecimiento más lento del capitalismo gerencial, el mayor papel de los inmigrantes como empresarios, el surgimiento tardío de filantropía corporativa.20 O considérese el autoenriquecimiento político: en Estados Unidos, esa práctica adquirió infamia durante la presidencia de Warren Harding (1921-1923) y el posterior escándalo Teapot Dome, que terminó con el encarcelamiento del senador Albert Fall. Dichas revelaciones y convicciones carecieron de paralelismo en México y siguieron siendo excepcionales hasta los años ochenta. Lo que resulta de comparar culturas es una necesidad no de negar contrastes, sino de evitar dicotomías. La diferencia es a menudo un asunto de tiempo y grado.
La gente de la época de Jenkins a menudo hacía contrastes burdos. Creían que los mexicanos eran así y los estadounidenses asá, y basaban sus reflexiones mayormente en prejuicios. El objetivo aquí, como con la biografía de cualquier aventurero en tierras lejanas, es entender la perspectiva de dichos actores del pasado (ese país extranjero, donde hacen cosas de otra manera) y decodificar sus palabras y acciones dentro de su mundo dos veces distante.
Ésta, finalmente, es la historia de un hombre en conflicto. Jenkins se dedicó a los negocios para complacer a una belleza sureña con la que se casó y demostrarle a la familia de ésta que no eran mejores que él. Con el tiempo, estos medios se convirtieron en un fin en sí mismos y Jenkins se volvió un empresario dinámico, pero un patriarca disfuncional. Desatendió a su familia y trató a sus empleados como niños. Sin embargo, fue notablemente filantrópico, aun más cuando le dejó casi todo su dinero a una fundación, al servicio de la educación, la asistencia médica, los deportes y el patrimonio cultural en México.
Por qué Jenkins le dejó su fortuna a la beneficencia es el enigma más persistente de su vida. Los críticos dijeron que lo hizo por su mala conciencia criminal. Otros dijeron que estaba tratando de limpiar su imagen. Y, sin embargo, estuvo ausente en la inauguración de casi todas las escuelas y hospitales que financió. Quizá la respuesta está en otra parte, en la compleja relación con su esposa. ¿Y realmente organizó su propio secuestro? ¿Efectivamente planeó el asesinato de sus adversarios? ¿Cómo un hombre con semejante conducta abstemia entabló amistad con Maximino, un déspota conocido por su estilo de vida lascivo? ¿Exactamente cuánta influencia política ejerció? ¿Y por qué nunca volvió a Estados Unidos?
A estos misterios se suma la ausencia de la mayor parte de los documentos de Jenkins. Su archivo empresarial se encontraba en un almacén de Puebla tras su muerte. Diez años después se produjo un sismo que tiró los archivadores y desparramó los documentos. El presidente de la Fundación Jenkins, Manuel Espinosa Yglesias, mandó apilar los documentos en un camión, que se los llevó a un terreno baldío donde fueron quemados.21 Tampoco queda mucho de los registros estatales de Puebla. Cuando dejó el cargo como gobernador, Maximino vendió casi todo el archivo ejecutivo a una compañía de papel, que lo destruyó. Su hermano menor Rafael, gobernador en los años cincuenta, se deshizo de otro tesoro. Más tarde, lo que sobrevivió de los registros de Hacienda también fue vendido y destruido.22 Tales acciones, y algunas maniobras similares desde entonces, reflejan el privilegio del régimen del PRI que se aferró al poder en Puebla por 81 años, una maquinaria adversa a la rendición de cuentas al público, propensa al autoenriquecimiento y experta en cubrir sus huellas.
Jenkins se hubiera alegrado de tales purgas. Siempre se resistió a que escribieran sobre él y rara vez compartió sus ideas del pasado. Incluso destruyó las cartas de su esposa. Los periodistas a veces se acercaban con peticiones para hacer una semblanza de él y siempre los rechazaba. Le escribió a uno, que hizo carrera adulando a los poderosos: “Sigo muy renuente a toda clase de publicidad”. A otro que proponía una biografía completa le dijo: “Mi vida no le importa a nadie; además, nadie debe saberla”.23
He aquí, pues, el libro que Jenkins esperaba que nunca saliera a la luz.
CAPÍTULO 1
Mayoría de edad en Tennessee
Dios Todopoderoso… señaló al pueblo estadounidense como la nación elegida para impulsar en adelante la redención del mundo…
Somos guardianes del progreso del mundo.
Senador ALBERT J. BEVERIDGE (1900)
LOS JENKINS DEL CONDADO DE BEDFORD
Cuando Estados Unidos aún estaba en ciernes, un joven llamado William Jenkins se propuso una misión allende las montañas Apalaches. A caballo, viajó cientos de kilómetros. Iba con destino a un terreno bastante ajeno a él: decían que era un páramo, habitado en ocasiones por nativos hostiles. Algunos de su raza ya se habían establecido ahí y empezado a prosperar porque su tierra era abundante y fértil. Dinámico y capaz, Jenkins estaba lleno de confianza. Era cristiano. Viviendo con fe podía contar con el favor de Dios y los frutos de su trabajo sin duda se multiplicarían. Y así fue. Trabajó duro por más de 50 años y, al llegar a la vejez, era exitoso, rico y querido.
Jenkins era de Frederick, Maryland, una ciudad fundada por inmigrantes de la Renania-Palatinado antes de la Guerra de Independencia. Aunque principalmente era de linaje británico, Jenkins estaba tan empapado de la cultura alemana de la ciudad que cuando se decidió por el sacerdocio se formó como luterano. Después de cuatro años de estudios se fue a Salem, Carolina del Norte, para terminar su formación. Seis meses más tarde, fue autorizado por el sínodo del estado para ocuparse de los luteranos de Carolina del Norte que habían emigrado al condado de Bedford, en el centro de Tennessee. Fue mandado para servir como ministro en dos iglesias existentes y para establecer nuevas cuando lo consideraba conveniente. Tan sólo tenía 22 años.1
Dos generaciones después, otro William Jenkins emprendió su propio viaje.2 Viajó de Tennessee a Texas, pero no se quedó mucho tiempo: a los tres meses cruzó a México. Alto y musculoso, tenía una mirada penetrante y una barbilla prominente, como las de su abuelo, del tipo que señalan hacia el futuro. Llegó con energía en abundancia y algo por demostrar. Tenía una esposa de buena cuna y muy pocos dólares. Tan sólo tenía 23 años.
México fue un capricho al principio: Jenkins quería complacer a su mujer con un viaje a Monterrey. Pasarían un par de noches en la ciudad y después volverían a San Antonio. Pero un encuentro fortuito lo cambió todo. En Monterrey, un ferrocarrilero le dijo que para los estadounidenses y europeos abundaba trabajo bien pagado. Para los hombres con educación e iniciativa, México era una tierra de oportunidades. Y así resultó ser. En su país de adopción, Jenkins trabajaría con grandes ganancias por 60 años.
Sin embargo, los obituarios de Jenkins serían distintos a los de su abuelo. El reverendo Jenkins fue agasajado como alguien que “mantenía firmemente los afectos y la confianza de su gente”. En el centro de Tennessee se le sigue reconociendo como el padre fundador del luteranismo.3 A William Oscar Jenkins también se le agasajaría: su muerte aparecería en la primera plana de los periódicos en todo México y su entierro atraería a 20 000 personas. Pero su legado fue menos evidente. Para algunos, fue un empresario sagaz y un gran filántropo. Otros alegaron que fue un explotador, un monopolista, un evasor de impuestos y que, pese a todas sus obras de caridad, no tuvo la simpatía de los mexicanos. Y otros más sintieron que fue sujeto de una “leyenda negra” difamatoria. Qué tanto esa leyenda se basaba en hechos o estaba impulsada por la envidia o el prejuicio, ¿quién lo sabía?4
En el centro de la vastedad verde del este de Estados Unidos se extiende un territorio alargado que los colonos llamaron Tennessee. Le dieron el nombre de un río que lo atraviesa dos veces antes de unirlo con el río Ohio y desembocar en el río Misisipi. En el centro de ese territorio yace una cuenca, de 130 kilómetros de largo y 80 de ancho, con cadenas de colinas en todos los lados. En la época de la revolución estadounidense, los colonos de ascendencia inglesa, también algunos escoceses y alemanes, empezaron a atravesar los Apalaches desde Carolina del Norte y dirigirse rumbo a esta llanura central. Sus numerosos ríos y su clima subtropical prometían una excelente labranza. En el extremo noroeste de la cuenca los colonizadores, en 1779, fundaron una ciudad en el río Cumberland a la que llamaron Nashville, que no tardó en prosperar como puerto y finalmente se convirtió en la capital del estado. Cerca del extremo sureste, 40 años más tarde, los colonizadores fundaron una ciudad en el río Duck a la que llamaron Shelbyville y que creció a un ritmo más lento. En toda la llanura, entonces totalmente boscosa, los colonos se pusieron a talar árboles. Criaron ganado bovino y plantaron maíz, trigo y algodón. Sea lo que sea que eligieran cultivar, se llevaron muchos esclavos para ayudarles.5
En 1824, cuando el reverendo Jenkins llegó, el condado de Bedford estaba lleno de empresas fronterizas. Él mismo fue parte de una oleada de inmigrantes que durante esa década ayudaron a doblar la población en 30 000 habitantes. Las granjas se multiplicaban y unos 7 000 esclavos trabajaban en ellas. Shelbyville ya tenía una taberna, una oficina de correos, una escuela y una iglesia presbiteriana. Había doctores y abogados, herreros y albañiles, sastres y zapateros. En el centro de la plaza pública había un juzgado de ladrillos, aunque las disputas menores se solían resolver a golpes. Luego vinieron los mayores desafíos de la frontera. En 1830 un tornado golpeó a Shelbyville. Destrozó casi toda la ciudad, incluido el juzgado. Tres años después, una epidemia de cólera azotó al condado y se llevó a una de cada 10 personas.6
El joven pastor recibió una cálida bienvenida.7 Tenía miembros deseosos: dos congregaciones alemanas recién establecidas se regocijaron ante su llegada. También tenía un patrón adinerado. Martin Shofner (originalmente Schaeffner) había inmigrado de niño con sus padres desde Fráncfort y su familia prosperó en la región de Piedmont de Carolina del Norte. Aquí muchos de los lugareños tuvieron roces con las autoridades coloniales y estaban molestos, por lo que consideraban impuestos onerosos y una extorsión por parte de alguaciles deshonestos. Algunos se unieron como “reguladores” y lucharon contra los británicos en la batalla prerrevolucionaria de Alamance, cerca de la propiedad de miles de hectáreas de los Shofner. Martin tenía 12 años, era demasiado joven para luchar, pero ya tenía edad suficiente para estar convencido de que los impuestos eran algo que debía rechazar. Durante la revolución peleó en la Caballería de Carolina del Norte y recibió tierras en Tennessee por su servicio. Una vez en el condado de Bedford, adonde llegó con esposa y 10 hijos en 1806, se convirtió en un agricultor destacado. Poseía cientos de hectáreas, bien alimentadas por arroyos y manantiales, a 13 kilómetros al este de Shelbyville. En una parte de éstas estableció una capilla para los miembros luteranos, conocida más tarde como la Iglesia Shofner.8
Para Jenkins, los principales retos de la vida fronteriza eran logísticos. Las primeras dos iglesias en las que prestó servicio estaban situadas a 32 kilómetros de distancia, sus feligreses estaban desperdigados y su consejo de administración se reunía a 560 kilómetros al este. Al volver a visitar Carolina del Norte en 1825 para la reunión anual del sínodo, informó: “Desde el último sínodo viajé 4 830 kilómetros a caballo, prediqué 175 veces, bauticé a 84 niños y 14 adultos, admití como miembros de la iglesia a 34 personas e instruí 8 funerales”. Finalmente prestaría servicio en 10 iglesias en el centro de Tennessee.
Una prueba más de su éxito fue el ingreso a la familia de su patrón por el matrimonio. El día del Año Nuevo de 1829 se casó con Mary Euless, una nieta de Martin Shofner. La predicación no era su única habilidad. Como casi todos los ministros de su época, Jenkins desarrolló un comercio del que podía obtener ingresos. Construía carruajes y el negocio prosperó. También creó una escuela, conocida simplemente como la Escuela de Jenkins.9 La familia vivía en la aldea de Thompson’s Creek, en una gran casa de dos pisos a menos de un kilómetro de la iglesia Shofner. Más tarde se dijo que Jenkins “atrajo a congregaciones más grandes en su vejez que en su juventud”. En 1859 ayudó a organizar la primera iglesia luterana de Nashville. Para entonces, Jenkins era padre de 10 hijos y padre espiritual de cientos e incluso miles de personas.
Dos años después, Estados Unidos estaba en guerra consigo mismo. Tennessee encapsuló el conflicto más amplio y el condado de Bedford lo reflejó en un microcosmos. El convenientemente apodado Estado Voluntario contribuyó con más de 120 000 de sus hijos al Ejército de los Estados Confederados y otros 30 000 al Ejército de la Unión. Los soldados de este último provenían sobre todo de los condados del este donde había poca propiedad de esclavos. Tennessee vio más batallas que cualquier otro estado salvo Virginia. El condado de Bedford, donde los esclavos representaban una cuarta parte de la población, votó por la secesión, pero Shelbyville siguió siendo mayormente leal. Aunque las tropas federales ocuparon el centro de Tennessee desde abril de 1862, los ataques de las guerrillas rebeldes persistieron. El bandolerismo y el vigilantismo, los saqueos y los incendios provocados, muy generalizados en las zonas rurales, empeoraron aún más la vida diaria. Para el final de la guerra, gran parte de Tennessee estaba devastada. A los condados del centro, donde las lealtades estaban más divididas y donde la ocupación federal y los movimientos de las tropas duraron tres largos años, les fue peor que a todos.10
¿Cómo es que Jenkins, como líder espiritual, negoció una guerra “cuando hermanos peleaban contra hermanos”? El condado de Bedford suministró tropas a ambos ejércitos en más o menos igual medida, y sus feligreses se enrolaron en cada lado. La tradición familiar sostiene que su hogar estaba dividido, con el propio Jenkins a favor de la Unión. De hecho sus sentimientos pro yanquis casi le valieron un linchamiento, en el cual un gallardo abogado confederado intervino para salvarlo. Su cuarto hijo, Daniel, también respaldaba a la Unión. Cuando el 5° Regimiento de Caballería de Tennessee se congregó en Nashville, se apresuró a unirse a sus filas y sirvió en ellas hasta que su lado salió victorioso. La fuente de discordia más probable era Mary, la esposa de Jenkins, ya que el clan Shofner estaba en su mayoría del lado de la Confederación. Pero Jenkins era un moderado. Tenía un esclavo, posiblemente una ama de llaves, como era habitual entre las clases acomodadas del centro de Tennessee. Menos habitual era que, a pesar de tener una granja considerable con un valor de 6 000 dólares, no fuera dueño también de varios esclavos de campo. Cuenta la tradición popular que, en aras de la armonía entre los luteranos y con su familia política, el pastor Jenkins se negó a predicar la parcialidad.11
William y Mary engendraron seis hijos y cuatro hijas, y la familia sobrevivió intacta a la guerra. Al más joven de sus hijos, nacido en 1852, lo llamaron John Whitson Jenkins.12 John crearía una familia grande por su parte, pero no parece haber heredado ni la perspicacia ni la suerte de su padre. Intentó ser granjero en Haley, un pueblo justo al norte de Thompson’s Creek, pero recibió escasas recompensas. Su infortunio era en parte circunstancial: después de la Guerra Civil un boom agrícola (el fruto de la reactivación de la agricultura en el sur, el asentamiento de las Grandes Llanuras y el aumento de la mecanización) propició un descenso de los precios de los productos básicos. Los pequeños terratenientes de Tennessee sintieron el dolor tanto como los demás e incluso los buenos trabajadores perdieron sus granjas ante los acreedores.13 Aunque Haley no le brindó prosperidad a John, sí vio su comienzo como padre de familia. En 1875 se casó con Betty Biddle, una joven local que aún no tenía 18 años, y si bien su primer hijo murió al nacer, el segundo demostró ser muy fuerte. Se trata de William Oscar Jenkins, nacido el 18 de mayo de 1878, y que comparte nombre con su abuelo.
El reverendo William Jenkins no vivió para ver a su hijo más joven engendrar un heredero porque murió el otoño anterior. Su obituario en el Sentinel local hablaba de los valores de la era tanto como del hombre. Eran valores con los que John criaría a William Oscar:
Sus hábitos personales eran sobre todo notables para la energía y la industria […] La ociosidad para él era un pecado. Cuando estaba en casa, constantemente se la pasaba leyendo o escribiendo, u ocupándose de los asuntos domésticos. Personalmente supervisaba sus actividades agrícolas y mostraba un gran interés por que las cosas se hicieran con pulcritud. Sus campos y terrenos se distribuían con precisión matemática […] Era notablemente moderado en todo y, en consecuencia, con estricta atención a su salud y sus hábitos, le fue posible tener una larga carrera de trabajo y esfuerzos. Un rasgo muy atractivo en su carácter era su benevolencia sistemática, ya que era de los que creía religiosamente que el deber sagrado de un cristiano era dar la décima parte de su abundancia para la difusión del Evangelio y nadie supo jamás hasta dónde llegaban donaciones benéficas. La viuda, el huérfano, el joven predicador pobre, el funcionario de la iglesia tal vez en un condado vecino, todos iban a recibir una parte de su ayuda y simpatía cristiana. El padre Jenkins era enfáticamente un gran y buen hombre. Era autodisciplinado, autodidacta y artífice de su éxito.14
El padre Jenkins heredó sus bienes para que se dividieran en partes iguales entre sus hijos, así que aunque era bastante rico, su fortuna de 16 000 dólares más o menos se dividiría de 10 maneras.15 En un codicilo expresó que deseaba que John tuviera su casa, siempre y cuando ofreciera a sus hermanos un precio justo; los motivaba a que dejaran a John pagar a plazos. El reverendo habrá visto que su hijo menor necesitaba una mano. Así que John administró la granja familiar en nombre de sus hermanos y buscó más ingresos. Dirigió la escuela privada que su padre creó. Hacia finales de la década de 1880, contaba con 65 niños y niñas, entre ellos su hijo William. Seis años más tarde obtuvo el primer lugar en la evaluación de profesores del condado de Bedford.16 Pero la enseñanza estaba mal pagada y John tenía una familia numerosa. Se registró en el Servicio de Impuestos Internos como inspector fiscal, o “recaudador”, y se convirtió en agente suplente para el Quinto Distrito de Tennessee.17 Era afortunado que John encontrara nuevas fuentes de ingresos, ya que él y Betty tenían nueve hijos. Siete sobrevivieron a su infancia: después de William llegaron Percy (conocido como Jake), Mamie, Katherine, Joseph, Ruth y Anne.
William era un aprendiz veloz. Según la leyenda familiar, ya a la edad de cuatro años podía leer en voz alta la Biblia al mismo ritmo que su madre.18 Su infancia tuvo todo lo necesario para ser idílica. Vivía en una enorme casa de campo con un huerto detrás. Era el hijo mayor, con un padre que era un amable maestro y una madre que le sostenía la mano en la iglesia. John alentaba su interés por los libros y Betty su amor por la naturaleza. Cuando terminaban las clases, jugaba descalzo con sus hermanos alrededor de la escuela y chapoteaba con sus amigos y primos en pozas para nadar. Su padre empezó a enseñarle el valor del trabajo alentándolo a despejar, cultivar y cuidar una parcela de sandías: podía mantener la producción por sí mismo.
Cuando William tenía 11 años dejó la escuela. Contrajo tétanos por una herida. Su cuerpo quedó destruido con espasmos y fiebre; había que usar un pedazo de madera para mantener su boca abierta y poder alimentarlo. En esa época los niños rara vez sobrevivían al tétanos, pero William de alguna manera lo logró. Para ayudar en su convalecencia, un doctor aconsejó a sus padres sacarlo de la escuela. En lugar de pasar largas horas dentro de un salón repleto, debía tener tanto aire fresco como pudiera. Así que lo pusieron a trabajar en la granja familiar.
William siguió siendo un ávido lector y devoraba cualquier libro que encontraba, pero también se volvió a activar bajo el sol de Tennessee. Pastoreaba vacas, reparaba cercas y veía crecer el maíz y el trébol. Aprendió a montar a caballo y conducir una calesa. Cortaba heno, trillaba trigo y cavaba pozos, y creció como un adolescente fuerte. Era una vida agotadora. El trigo, la sandía, la leche y las aves de corral daban escaso rendimiento pese a las largas horas de trabajo. Como W. J. Cash dijo del pequeño terrateniente sureño después de la Guerra Civil: “Debe él mismo, junto con todos sus hijos, poner la mano en el arado. Y sin importar si su condición era grande o pequeña, por lo general debe levantarse antes del amanecer… hasta que la oscuridad hiciera que todo esfuerzo ulterior fuera imposible”.19 Pero Jenkins tenía una pasión por la agricultura.
Pasaron nueve años. Para un joven con una mente curiosa y un cuerpo vigoroso, una vida al aire libre en la lejanía del Bedford rural sólo era satisfactoria en parte. Aficionado a la lectura de periódicos, William se habrá dado cuenta sin duda de que Estados Unidos se estaba enturbiando con una energía expansiva y adquisitiva. Los noventa fueron una “década imprudente”. Un pánico financiero en 1893 desencadenó la depresión más profunda hasta entonces, que duró cuatro años, y aun así se seguían haciendo fortunas sin precedentes. Los magnates de la industria detentaban monopolios y asombraban al público con su poder señorial. El ilustre poderío de la agricultura, incluidas las millones de personas que trabajaban en sus propias granjas, parecía aún más opacado por el músculo de la industria: carbón, acero y petróleo. Durante los años de trabajo agrícola de William, los precios de los alimentos básicos de Tennessee como el maíz, el trigo y la avena se redujeron en un tercio, mientras que los costos de la producción agrícola aumentaron.20 En contraste, en 1898, Estados Unidos se consolidó como un imperio global. Declararon la guerra a España y ocuparon Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Ése fue el año en el que William Jenkins, a la edad de 20 años, decidió que después de todo quería una educación secundaria.
MARY STREET
Cohibido, William llegó temprano y se sentó junto a la ventana su primera mañana en la escuela preparatoria.21 Como se inscribió como bachiller, era cuatro años mayor que casi toda su clase y sabía que llamaría la atención de los demás. Miró a través de la ventana y pensó en su madre. Por primera vez estaba viviendo lejos de casa, hospedado por extraños en el pueblo de Mulberry del condado de Lincoln, donde el señor Henry Peoples dirigía su pequeña escuela. Estaba a más de 30 kilómetros accidentados de casa, como unas tres horas a caballo y calesa.
Los alumnos se sentaron durante algunos minutos cuando hubo una conmoción entre las chicas. William se volteó para ver a una joven subiendo por la escalera hacia el piso del aula. Alta y delgada, estaba toda vestida de blanco, y mientras se giraba para saludar a sus compañeros, él vislumbró una onda de cabello caoba dorado que caía sobre su espalda. Su cara ovalada estaba contorneada con gracia y tenía ojos azules vivaces. Su voz era suave y amable, su sonrisa dulce y positiva. “¡Qué cara!”, pensó. Las chicas la rodearon y, por los fragmentos de conversación, entendió que era una vieja amiga de ellas, que se había separado por un tiempo. Estaba a una semana de cumplir 16 años y se llamaba Mary Lydia Street.
Mary había pasado un año en la escuela de Sawney Webb en Bell Buckle, no muy lejos de la casa de William. La Escuela Webb era famosa en todo el sur; probablemente cobraba demasiado para que el padre de William pudiera pagarla.22 William pronto entendió que Mary era originaria de Mulberry. La observaba cada mañana con la esperanza de que intercambiaran una sonrisa. Si no lo lograba, consideraba el día aburrido y sin encanto, aunque durante casi dos años se lo guardaría para él solo. Mary era cortés con los desconocidos y se dieron cuenta de que tenían conocidos mutuos de Webb, por lo que se hicieron amigos. Se hicieron la costumbre de caminar juntos a la escuela y hablar sobre sus estudios y la belleza natural del condado de Lincoln. Él le cargaba sus libros. Mary, como pronto se dio cuenta, era extremadamente brillante. Mientras enfrentaba los retos del latín y la literatura, el álgebra y el griego, William encontró en Mary la compañía perfecta. Las escuelas preparatorias estimulaban la competencia: cada semestre publicaban los resultados de los exámenes por materia y una clasificación general. Y William era competitivo por naturaleza. Al final de su primer año, pese a su larga ausencia de la educación formal, obtuvo el primer lugar general en los exámenes. Mary, sólo uno por ciento atrás, quedó en el segundo lugar.
A pesar de toda la sociabilidad y destreza de Mary, William llegó a ver que había algo vulnerable en ella. La mediana de tres hermanos era hija de John William Street, un agricultor bastante pudiente, y de la adinerada Mattie Rees, una descendiente de la élite de plantadores de Lincoln.23 Cuando Mary tenía tres años, su madre murió de tuberculosis. Al año siguiente su padre se volvió a casar, con la hermana mayor de Mattie, Ann, pero tres años después él contrajo la misma enfermedad infecciosa. Ann Rees Street crió con amor a sus hijos, Hugh, Mary y Donald, pero no por mucho tiempo. Para 1895 estaba luchando contra la tuberculosis ella también y pasó muchos meses intentando recuperarse en Florida. Dos años después, sucumbió. Entonces les tocó al tío de Mary, John Rees, y a su esposa, Bettie, adoptar a los niños. Esto implicaba pocas dificultades: había dinero de la familia y el señor Rees presidía un banco en Fayetteville, la sede del condado de Lincoln. Mary estableció una buena amistad con sus primos, y Annie Rees, un año mayor que ella, se volvió su confidente.
La tensión emocional de haber perdido a sus dos padres y después a una querida madrastra no era todo, ya que en la adolescencia Mary descubrió que la espantosa enfermedad la había atacado a ella también. No está claro cuándo aparecieron por primera vez los síntomas, pero su ausencia en el registro de la Escuela Webb de 1897 a 1898 sugiere que sufrió un ataque constante a los 14 o 15 años. La tuberculosis la perseguiría a intervalos irregulares por el resto de su vida.
En junio de 1899, antes de empezar el verano, William le regaló a Mary algunos de sus libros favoritos con la esperanza de iniciar una correspondencia. Su plan fue viento en popa. Durante tres veranos se mandaron cartas cada vez más frecuentes, casi 200 en total. Aunque las cartas de Mary se perdieron, las de William representan por mucho el grupo más grande de sus documentos personales que sobrevivieron. Iniciadas cuando tenía 21 años, las cartas muestran a través de su franqueza el joven ambicioso que era, y sugieren a través de su pasión el empresario afanoso en que se convirtió.24
William respondió a la primera carta de Mary con franco agradecimiento, y para la segunda el interés en su autora era evidente: “Decir que estuve encantado de recibir tu muy agradable carta no expresa mis sentimientos en lo más mínimo”, empezó, y más adelante admitió que la leyó “una docena de veces”. Hablaron de las expectativas de William de asistir a la Universidad de Vanderbilt y se burló de ella varias veces por “el casi imperdonable crimen de jugar a las damas un domingo”. Ella contestó que estaba arrepentida. William tramaba hacer una visita. Tenía un trabajo de verano en una estación ferroviaria, por lo que el primer reto era hacer el viaje redondo de seis o siete horas sin irse de pinta, lo cual se rehusaba a hacer. El segundo era mantener las apariencias. Reacio a dejar claro para todos su interés, o de avergonzar a Mary, reclutó a un amigo como su acompañante, a quien recogería en su calesa en el camino. Hizo tres viajes ese verano, dos en domingo y uno en miércoles, que lo dejaron arrastrándose hacia la cama al amanecer.25
La primera de estas visitas inspiró a William a pensar en su futuro en términos más audaces.26 En el largo camino a casa, dio rienda suelta a su caballo e hizo el balance del último año escolar. Transmitió sus cavilaciones a Mary: “Estoy seguro de que es el año más placentero y productivo que he tenido. El más productivo porque despertó en mí un deseo de hacer algo de mí mismo en el mundo; el más placentero porque tuvimos tantos momentos inolvidables juntos”. La nota amarga era que el primo de Mary, Albert Rees, había desaprobado su correspondencia.
En septiembre William se enteró de que su madre había muerto. Entonces estaba en Fayetteville, ya que su escuela se había reubicado y fusionado para convertirse en la Escuela de Peoples y Morgan. Poco se sabe de la vida de Betty Biddle Jenkins, pero es posible que la noticia haya sido una conmoción, porque William no había hecho mención alguna en sus cartas sobre la salud de ella. Tenía 42 años y había dado a luz a Annie sólo tres años antes. Al llegar a casa, para lamentar y consolar a su familia, William no pensaba al principio en seguir estudiando. Esperaba que su padre le pidiera que se quedara y ayudara a su hermana de 16 años, Mamie, a criar a los más jóvenes. Mary le escribió varias cartas de condolencia y la experiencia los acercó más. Tras dos semanas, él le pidió su fotografía y ella accedió. Cuando, después de que hubiera pasado otra semana, su padre le dijo que debía volver pronto a la escuela, estalló de alegría. Ningún duelo ni un mes de clases perdidas podían detenerlo, ni tampoco podía el aumento en rivales resultante de la fusión de escuelas. Ese diciembre, William Jenkins volvió a sacar el primer lugar en los exámenes y el campeón estuvo encantado de enterarse de que el segundo lugar era otra vez para Mary Street. Llamó a los resultados “nuestra gloriosa victoria”.27
Durante su educación rural en Tennessee, ¿qué pudo haber aprendido Jenkins de México, el futuro hogar que estaba más allá de sus horizontes imaginables? ¿Y qué pudo haber conocido sobre su propio país? En la escuela de su padre, como todos los alumnos de primaria, estudió con textos e historias cargadas de nacionalismo. Incluían contrastes de una bondadosa colonización inglesa de Norteamérica con la crueldad española en Latinoamérica. La mayoría de los estadounidenses veían a España como un país degenerado según los criterios europeos, pero el prejuicio tenía raíces más profundas que el racismo científico popular en el siglo XIX. Tres siglos antes, los propagandistas ingleses y holandeses crearon una narrativa protestante de la barbarie católica, más tarde llamada la leyenda negra por sus exageraciones y sesgo politizado con respecto a la Conquista española. Los libros de texto de la época de Jenkins lo perpetuaron. Uno decía: “Aunque los conquistadores de México y Perú hicieron gala de gran valentía y habilidad, estas cualidades fueron contrarrestadas por el engaño más mezquino, la traición más baja y la crueldad más implacable”. Las geografías destacaban el “carácter nacional”, siempre definido racialmente, con los latinoamericanos en el mismo saco como alegres, flojos e incompetentes. Dichos libros atribuían su menor prosperidad al mestizaje. Uno decía: “Estos mestizos son una clase ignorante”.28
En Peoples y Morgan, Jenkins salió bien en historia.29 Casi sin duda estudió sobre la guerra entre México y Estados Unidos, en la que tres ejércitos estadounidenses invadieron a su vecino occidental y sureño, de los cuales uno tomó la Ciudad de México. Fue una guerra magnificada en la mente del siglo XIX, superada únicamente por la Guerra Civil. El tratado de paz de 1848 selló la anexión de Texas e incorporó nuevas tierras de Colorado a California, lo que en total costó a México casi la mitad de su territorio. Un libro de historia de preparatoria muy difundido tenía esto que decir sobre la victoria de los Estados Unidos:
México, la capital de los antiguos aztecas, la sede del imperio español en América, había pasado de los aztecas y de los españoles a los angloamericanos (el vikingo de los godos, el sajón de Alemania, el inglés de América), los mismos seres audaces, resistentes, enérgicos, ingeniosos, invencibles, ambiciosos y aventureros, cuyo genio no pueden confinar las formas de la civilización y para cuyo señorío los continentes son inadecuados. ¿A qué hora del tiempo, o límite de espacio, ha de encontrar este hombre moderno (este conquistador de tierras y mares, naciones y gobiernos) descanso, en la conclusión de su imponente progreso?
Como todas las historias norteamericanas de la época, el libro atribuía la guerra a la provocación de México. Desestimaba la mayoría indígena de México como “afeminada”.30 En la escuela primaria y secundaria, los estudiantes aprendían a ver a los mexicanos como un pueblo ineficaz, dominado por una élite indolente. El destino de estas personas estaba marcado por la inexorable marcha del progreso (es decir, por el Destino Manifiesto) para rendirse ante los anglosajones siempre que las dos culturas se enfrentaran. Si supieran qué era lo mejor para ellos, agradecerían la dirección de Estados Unidos.
Peoples y Morgan probablemente nunca cuestionaron el excepcionalismo estadounidense. Como la mayoría de los maestros de su época, se veían a sí mismos como tutores morales más que como educadores. Su misión principal era inculcar las virtudes comúnmente asociadas a la primacía económica y política del protestantismo anglosajón: industria, ahorro, rectitud y fe en la providencia de Dios. Así como los oficios religiosos diarios, Morgan organizaba conferencias los domingos por la tarde, donde él o un invitado ensalzaban el carácter cristiano o explicaban los vicios de la bebida y el cigarro, las apuestas y la blasfemia. A veces William estaba lo suficientemente impresionado como para escribir a máquina resúmenes que compartía con Mary. “Vivir con el máximo esfuerzo”, del doctor Ira Landrith de Nashville, aconsejaba lo siguiente: sé un cristiano (“Sé un faro de luz en las colinas morales para tu prójimo”); sé limpio; sé grande; sé maestro de algo (es decir, una habilidad); sé activo; sé sano; sé tú mismo. Concluía con una orden final: “Ten algo en que pensar y piensa en ello. Ten algo que hacer y hazlo. Ten algo que ser y sélo”.31
Lo demás que aprendió Jenkins de México lo averiguó fuera del salón de clases. Una parte simplemente era un refrito de los estereotipos. Consideremos una joya de Shelbyville Gazette, titulada “La abeja haragana mexicana”. Este frívolo párrafo único afirmaba: “La abeja de México no ‘mejora cada hora estelar’. Como hace muy poco frío ahí, no es necesario almacenar reservas invernales de miel y, por lo tanto, la abeja es igual de floja que una cucaracha”.32
Otros artículos (y los recuerdos de los lugareños) transmitían historias maravillosas de residentes de Tennessee que habían viajado a México. El más conocido era William Walker. Después de la Guerra entre México y Estados Unidos, California ingresó a la Unión como un “estado libre,” lo que llevó a los sureños a considerar más tierras que podían colonizarse e incorporarse, tal como Texas, como “estados esclavistas”. Las iniciativas privadas incluían expediciones de filibusterismo y Walker era el filibustero arquetípico. Hombre con celo religioso, con un don para la autopromoción, llegó a ser conocido como “el predestinado de los ojos grises”. En 1853 Walker zarpó a la costa del Pacífico mexicano y declaró independientes a Sonora y Baja California. Las deserciones, la falta de apoyo local y la oposición por parte de los gobiernos de ambas naciones lo llevaron a renunciar. Dos años después lo intentó de nuevo, en Nicaragua, aprovechándose de una guerra civil. Como respaldó al vencedor, logró que lo eligieran presidente, proeza que mereció elogios de los políticos sureños. Siguieron las representaciones teatrales basadas en sus hazañas. Su mandato sólo duró un año y un intento en 1860 por recuperar la presidencia terminó en su ejecución. Su fama como héroe trágico perduró en los recuerdos y los poemas narrativos.33
Poco después, al final de la Guerra Civil, más de mil confederados que se negaban a rendirse cruzaron a México, que entonces estaba inmerso en una guerra propia. Napoleón III de Francia había impuesto como emperador a un archiduque austriaco, Maximiliano, con el apoyo de los conservadores locales, pero el régimen enfrentó resistencia armada por parte del líder liberal Benito Juárez. El principal partido confederado era una fuerza armada de varios centenares bajo el mando del general Jo Shelby. Incluía a cuatro ex gobernadores y diversos generales. Abriéndose su propio camino estaba el ex gobernador de Tennessee Isham Harris. Al llegar a la Ciudad de México, Shelby ofreció al emperador sus servicios, pero temiendo represalias de Estados Unidos, Maximiliano los rechazó. En su lugar, les dio a los confederados unas 200 000 hectáreas de tierra en Veracruz, ya que estaba interesado en atraer inmigrantes con conocimientos agrícolas. Al designar a Harris como su alcalde, los veteranos plantaron algodón, caña y café. Pero una confluencia de problemas los derrotó. La vegetación era densa, los vecinos hostiles y la prensa negativa que la colonia recibía en Estados Unidos dificultó el flujo de nuevos empleados necesarios. En 1867, cuando Juárez derrocó y ejecutó a Maximiliano, se acabó el juego. Los exiliados volvieron a casa.34
Jenkins también habría escuchado de los habitantes de Tennessee atraídos al sur por Porfirio Díaz, el dictador que gobernaba México desde 1876. Díaz atrajo capital extranjero para las minas y los ferrocarriles necesarios para transportar mercancías de exportación. La ley sobre terrenos baldíos de 1883 ofreció a los agrimensores un tercio de las tierras inexploradas que medían, y algunos de los que hicieron caso a este llamado fueron antiguos ingenieros del ejército confederado. Se atrajo a todo tipo de inversionistas y especuladores.35 Entre ellos destaca Henry Cooper, alguna vez colegial de Shelbyville, más tarde senador de Estados Unidos. En vez de buscar la reelección, Cooper fijó su atención en el norte de México e invirtió en una mina en Chihuahua. Durante una visita en 1884, fue asesinado por bandidos, como conmemora su cenotafio en el viejo cementerio municipal de Shelbyville.36
Tal vez las historias de William Walker, Isham Harris y Henry Cooper sirvieron como una rectificación, tanto de los relatos épicos de la guerra entre México y Estados Unidos que se contaban en la escuela, como de las crecientes reseñas sobre cacerías de fortunas en México por gente como el magnate de prensa William Randolph Hearst. Los estadounidenses simplemente no podían pasar por ahí y hacer lo que quisieran. Se necesitaba una mezcla especial de agallas y providencia para conseguirlo.
William Jenkins se graduó de la Escuela de Peoples y Morgan en mayo de 1900. Completó cuatro años de estudio en dos, capitaneó el equipo de fútbol y fue el graduado con las mejores calificaciones de su clase. Así que sus planes para ingresar a la Universidad de Vanderbilt quedaron en peligro, porque los empleadores potenciales pretendían arrebatárselo. El verano anterior, le habían ofrecido un trabajo de tiempo completo en el Ferrocarril de Nashville y Chattanooga. Ahora su discurso de graduación atrajo el interés de un abogado de Shelbyville, Charles Ivie, que le escribió a su padre para felicitarlo. Dijo que el discurso eral “el mejor que había escuchado de un colegial”. Durante más de un año, Ivie mantuvo correspondencia y se reunió con William, sin duda con la esperanza de reclutarlo. Más tarde ese verano, un banquero, Andrew Young, lo invitó a hablar sobre una sucursal en el condado de Bedford que estaba creando. Young, que ya dirigía varios bancos en el estado, le ofreció designarlo como su gerente general, si sólo renunciaba a la universidad. Él también persiguió a Jenkins durante más de un año.37 Ningún puesto encajaba bien en la ruta que William estaba trazando.
Poco después de la graduación, William y Mary aclararon sus sentimientos.38 William empezó su respuesta a la primera carta de Mary con una efusión inédita:
Aunque el lunes pasado fue un día sombrío, aunque la lluvia cayó como si las mismas ventanas del Cielo se hubieran abierto, aunque el Sol se puso tras las colinas del oeste cubiertas con un manto de nubes amenazantes, todavía había luz del sol en mi Corazón y alegría en mi Alma. Los mismos pájaros parecían cantar de forma más dulce que de costumbre; las flores eran más hermosas para contemplar y todo el Paisaje tenía un aspecto más claro y brillante. Y todo esto fue porque recibí una carta tuya.
Si bien la respuesta de Mary se perdió, la siguiente carta de William muestra que ella escribió del mismo modo: “Ah, si tan sólo supieras el placer genuino y sincero que me produjo”. Hablaba de “dedos temblorosos” y “alegría indescriptible”. Le declaró su “amor eterno”. Citó la promesa que ella le hizo (“Confiaré en ti, cueste lo que me cueste”), y siguió con una promesa él también: “Te prometo, con la ayuda del Cielo, que nunca te daré motivos para que creas que tu confianza estuvo mal depositada. Nunca te engañaré de ninguna forma”.
Hechas sus declaraciones, William abandonó ya el “señorita” y se dirigió a ella simplemente como Mary. Pronto ella era mi sol, mi reina. Firmaba sus cartas con su segundo nombre, Oscar (los Williams eran demasiado comunes), y le ofreció usarlo libremente. Ella, con reservas dignas de una dama, siguió dirigiéndose a él como el señor Jenkins durante otros dos meses. Y en las contadas ocasiones que se vieron ese verano, accedió sólo, y sólo en privado, a tomarle de la mano. Tal como la sociedad esperaba de una belleza sureña, no debía haber besos. Además, si cedía, solía decir, él podía quererla menos.39
Vanderbilt hacía señas y, a medida que pasaban las semanas, crecía la determinación de William. Muchos de sus camaradas de Peoples y Morgan iban a esta universidad de Nashville, la mejor del estado, y Mary, pese a las reservas de su tío, tenía esperanzas de ir ahí también. La oferta de dos premios de admisión, uno en inglés y matemáticas, otro en latín y griego, picaron su naturaleza competitiva: empezó a estudiar para el primero. Ante todo, la perspectiva de una educación universitaria quedó vinculada con el sueño de una vida con Mary. Sentía que era una chica que estaba por encima de su posición social y para demostrar su valía necesitaba riquezas. Lo admitió con franqueza: “A veces quisiera ser alguien, tener riqueza abundante, poder merecerte más. Quisiera hacerte una Reina en nombre, ya que eres la Reina entre las mujeres”.40
El amor desató en William Jenkins una floridez de autoexpresión. Empleaba no sólo los superlativos habituales que los jóvenes amantes usan, sino también citas literarias, alusiones bíblicas, su propio lirismo y fragmentos de francés y latín. Siempre que surgían obstáculos, había pasajes de gran dramatismo. Al reflexionar en el año anterior y su temor a otros pretendientes, escribió: “Construí castillos en el aire y en cada castillo tú eras mi reina. Pero ¡ay! Mi celosa imaginación siempre se hacía alguna terrible fantasía, mis castillos se caían y mis esperanzas quedaban enterradas debajo de sus ruinas desmanteladas”.41
Sin embargo, el principal villano no era ningún rival potencial (Mary sólo hablaba con otros pretendientes para ser amable), sino el flagelo de su tuberculosis. Más amenazas surgieron del tutor de Mary, el tío John, y su hermano mayor, Hugh. Para la consternación de William, los tres alzaron la cabeza ante su primera visita ese verano. Mary le escribió brevemente después y le reveló que estaba enferma. También dijo que su tío y su hermano nunca consentirían a su unión, a menos que William… (dejó colgando la condición y él asumió que quería decir que necesitaba demostrar que era digno).42 Siempre cortés, Mary no establecía ninguna relación entre su salud y las presiones de sus parientes.
La oposición del tío John y de Hugh perduró.43 Parte del problema para William era la reticencia de Mary sobre su causa. En una ocasión habló de una “barrera inamovible”, pero no la nombraría. Después de que le hiciera una tercera visita, Hugh se enfadó y ella no lo dejó volver. William después intentaría racionalizar que “su decreto” se debía a su necesidad de decoro, para proteger su nombre de los chismes. Pero su reacción inicial fue más reveladora: “¿Me dirás qué ha estado diciendo sobre mí la gente? ¿Acaso dicen que soy un falsificador o un estafador o un canalla? Si de mí dependiera, arrancaría la lengua mentirosa de cada chismoso injurioso de toda la creación y entonces las personas honestas podrían tener paz”. Prosiguió: “Pero tal vez el crimen del que me acusan es que te amo. Si es así, soy el criminal más grande del mundo porque sé que muy pocas personas jamás veneran a alguien o algo como yo a ti”.
Después declaró su ambición profesional: emprender un negocio. Escribió: “Una vida empresarial tiene una fascinación para mí que apenas puedo superar”. Pero esto no era un fin en sí mismo: “Ahora quiero riqueza y fama y poder para ponerlo todo ante tus pies y hacerte feliz”. Concluyó: “Seguiré creyendo hasta que oiga de tu boca que no me amas y aun así te seguiré amando”. Aquí se trataba de Jenkins en bruto: su reacción agresiva a su orgullo herido, su elevación del amor al superlativo de veneración, su propósito de éxito en los negocios, aunque principalmente como un medio para satisfacer a su reina, la obstinación de su corazón y su fuerza de voluntad.
La paciencia se impuso. William sabía que presionar sobre su caso no le haría ningún favor con el tío John y con Hugh. Podía dañar la salud de Mary: temía por su tendencia a preocuparse y su propensión a los dolores de cabeza. Se esforzó por lograr que se sintiera cómoda. Mientras tanto, no podía hacer nada salvo trabajar en la granja, estudiar para su examen y esperar y soñar en lo que él y Mary empezaron a llamar “el después”, un tiempo algunos años después cuando sus perspectivas fueran sólidas y pudieran estar juntos. Aunque no la volvió a ver ese verano, sus cartas recuperaron su humor. Bromeó sobre su mudanza con los Rees del pequeño Mulberry a Fayetteville, un pueblo de más o menos 2 000 personas: “¿Te sientes más importante desde que te convertiste en una belleza de ciudad? Supongo que no te importaría reconocer a tus amigos del campo cuando los veas en las calles, parados boquiabiertos, mirando con disimulo los escaparates”.44
Debajo de la renovada compostura de William, su animadversión por el tío John y Hugh se agudizaba. Era demasiado orgulloso para expresar sus sospechas, pero podía adivinar que la raíz del problema era la clase. El prejuicio en juego probablemente era mutuo y tenía mucho que ver con la geografía.
Los habitantes del condado de Bedford se enorgullecían por ser más abiertos que los del condado de Lincoln, a quienes consideraban pedantes. La gente de Lincoln solía ver a la gente de Bedford con sospecha, dado la cantidad de hombres de Shelbyville que se habían unido al Norte durante la Guerra Civil. Bastante viejo para recordar la brutalidad, John Rees posiblemente haya escuchado que uno u otro de los antepasados de Jenkins se había “vuelto yanqui”. De hecho, los condados tenían mucho en común. Ambos se contaban entre los más prósperos en agricultura de Tennessee. Bedford había votado por la secesión como Lincoln y su tradición esclavista era igual de fuerte: una cuarta parte de la población era negra. Aun así, había diferencias documentadas. Poco después de la guerra, el Ku Klux Klan se fundó en Pulaski, a pocos kilómetros al oeste del condado de Lincoln, y muchos hombres de Lincoln se unieron a sus brigadas. Sus economías también diferían: históricamente, Lincoln había albergado granjas más grandes y, por ende, una mayor concentración de riqueza y esclavos en manos de aquellos que se consideraban a sí mismos la alta burguesía del sur. En Bedford, un mayor número de negros habían sido esclavos en hogares de clase media, escenarios más propicios a la tolerancia entre las razas.45
John Rees y su familia sin duda encajaban en el molde de la alta burguesía. Como la progenie de las élites de la preguerra civil, siempre prestaban atención cuando la banda tocaba “Dixie”. Su importancia local se remontaba a John “Peg-leg” Whitaker, un veterano de la Revolución estadounidense. Alrededor de 1800, Whitaker deambuló primero en el centro de Tennessee, donde fundó una hacienda y ayudó a establecer el condado de Lincoln. En su lecho de muerte, heredó su gran fortuna y muchos esclavos para que se dividieran en 11 partes iguales: a su viuda y sus 10 hijos. Su hijo mayor, John J. Whitaker, demostró ser un granjero suficientemente capaz por derecho propio, para 1850 su propiedad valía 12 000 dólares y contaba con 31 esclavos. Una década más tarde, con la viuda de John, Sarah, la propiedad había duplicado su valor y Sarah poseía otros 23 000 dólares de patrimonio personal. Su hija Mary se casó con William Harrison Rees, otro granjero exitoso, y éstos eran los padres de John, Ann y Mattie.46 Héroe de guerra y próspero pionero, Peg-leg Whitaker fue por consiguiente el tatarabuelo de Mary Street, hecho que sin duda se le recordaba a ella con frecuencia.
Pese a todo el elitismo del tío John y a pesar de su propia tendencia conservadora, Mary no era esnob. William la amaba por su belleza, inteligencia y comportamiento “como real”, pero también por su alegre devoción hacia otros y su falta de pretensión. Él le dijo: “Eres la persona menos fingida que he conocido. Eres la misma ayer, hoy y siempre”.47
ESTUDIANTE Y ATLETA EN VANDERBILT
Vanderbilt en 1900 era una universidad que tan sólo contaba con 25 años de funcionamiento, pero que ya tenía reputación de ser uno de los principales centros de aprendizaje en el sur. Como el historiador del colegio Paul Conklin lo expresó: “La Universidad de Vanderbilt, como la mayoría de las universidades privadas de Estados Unidos, nació de un profano matrimonio entre la devoción y la plutocracia”. Fundada por obispos metodistas, tomó su nombre en honor de una donación de un millón de dólares de Cornelius Vanderbilt, el titán naviero y ferrocarrilero de Nueva York. Así se convirtió en una de las varias universidades cuyos orígenes y valores de finales del siglo XIX estaban vinculados a distinguidos multimillonarios y el espíritu del capitalismo industrial protestante. En la lista figuraban la Universidad de Chicago, con el respaldo del magnate petrolero J. D. Rockefeller; la Universidad Stanford, creación del poderoso ferrocarrilero Leland Stanford; y las Escuelas Técnicas Carnegie, fundadas por el magnate del acero Andrew Carnegie. Debido a su enfoque de negocio aparentemente dudoso (poco controlado por escrúpulos hacia rivales o empleados y poco regulado por sus amigos en el Congreso), a esos hombres se les tildaba como “barones ladrones”. Pero en 1900 inspiraban respeto en casi todas partes, incluidos los campus que habían donado.48
“No creo que haya ninguna otra cualidad tan esencial para el éxito de cualquier tipo que la cualidad de la perseverancia”, declaró Rockefeller en esa época.49 Cuando los ancianos artífices de su éxito como Rockefeller emitían opiniones, los jóvenes ambiciosos como Jenkins tomaban nota.
