Lucha libre

Ricardo Guzmán Wolffer

Fragmento

Lucha libre

Prefacio

La lucha: hipérbole y sangre interior

«Rómpele la madre», gritan los espectadores de las enormes arenas plagadas de villamelones. «Pártele el hocico», aúllan los conocedores en pequeños deportivos. «Quiero ver sangre», rugen los terapeados alrededor de los rings, que lo mismo se plantan a medio palenque, a medio campo deportivo escolar, o a medio museo europeo, donde la lucha libre mexicana es expuesta como performance multimedia internacional. Y todos se hermanan para retomar, una vez más, el ritual sagrado que por repetitivo no pierde fuerza ni profundidad.

No estamos hablando de la lucha maniquea entre el bien y el mal. Tampoco estamos ante un enfrentamiento político donde los ladrones polacos son los malos y los sufridos ciudadanos somos los buenitos. Menos aún se retoma la infinita dicotomía de la víctima y el victimario, tan mexicana, heredada por siglos de ocupación colonial contra la resistencia a la integración. No, estamos ante un hecho que sólo se ha dado en México desde el primer asentamiento precolombino, prehispánico y prenupcial (ese llamado «encuentro entre dos mundos», eufemismo para hablar de la imposición de una cultura sobre otra y cómo de ello nació una amalgama sangrienta): el plasma como sinónimo de mexicanidad.

Desde los códices prehispánicos, la sangre es a los mexicanos como las hamburguesas para los gringos, el Nilo para los egipcios, el vino para los franceses o el tango para los pibes: algo que nos define, pero que nos repele. Al mexicano le encanta ver sangre, mientras no sea la propia; más cuando ésta significa algo: ya sean las muertes floridas, la lucha entre invasores e invadidos, la muestra de que somos capaces de entregar todo antes que la tierra, y hasta que más vale morir ensangrentado antes que soltar el hueso sindical (de ahí los enfrentamientos entre quienes no quieren dejar la beca y los que quieren apropiarse del cuerno de la abundancia). Las desapariciones forzadas, hechas por policías y narcos, nada tienen que ver con el citado significado de la sangre.

Y como ya no hay tierra que defender, ni tenemos capacidad de respuesta con las transnacionales que han pactado u ordenado con nuestros ilustres líderes, más charros que Infante y Negrete cantando con el Mariachi Vargas de Tecalitlán, sólo nos queda la sangre representada, pero bien salpicada. Desde que el jefe Julio César Chávez cayera en las garras de las drogas no bancarias, el box dejó de dar ídolos masivos; campeones de buena calidad hay varios, incluidas algunas féminas de mal ver, pero buen pegar; sin embargo, los últimos grandes deportistas que proyectaron a México, fueron, y serán por mucho tiempo, los enmascarados que nos dieron patria.

Ver al Santo sangrando a Boby Lee en su última lucha de máscara contra máscara, mientras todo el Palacio de los Deportes aullaba el nombre del Enmascarado de Plata, no tendrá igual jamás. Ni se diga del verdadero campeón mundial mexicano, el enorme Canek, agarrándose a cubetazos contra el alfanje del Tiger Jeet Singh o levantando a André el Gigante, mientras la sangre salpicaba a los espectadores de las primeras filas: ya entramos al terreno del mito contemporáneo.

Es en el líquido rojo donde el espectador se realiza: se sabe igual que esos deportistas de altísimo rendimiento, pero entiende que nunca será como ellos. Son lo mismo, pero no es igual. De ahí que las luchas aéreas sirvan para quienes no vivieron las funciones del Toreo de Cuatro Caminos: son vistosas, requieren una formidable coordinación, pero carecen de esa legitimidad que otorga sólo el plasma escurrido. La lucha mexicana no debe separarse de la sangre. Cuando los atletas se dedican a saltar y girar en el aire, en lugar de llavear entre flujos rojos y la máscara rasgada que deja ver una frente estropeada y deforme, han dejado atrás parte de la unicidad mexicana luchística.

El público conocedor lo sabe, los luchadores lo saben, los empresarios lo saben, los espectadores neófitos lo saben, pero las televisoras lo evitan. De ahí brotan las nuevas empresas. El Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) se fue depurando estéticamente hasta dejar atrás la sangre y la identidad. Las empresas nuevas, como la IWRG de Naucalpan, decidieron apostar por esa marca histórica, y sus luchadores siguen golpeándose hasta sangrar. Trauma I y II, hijos del inmortal Negro Navarro, reparten lesiones dentro y fuera del ring, con sillas, cubetas y cualquier objeto que tengan a la mano, El magnífico Veneno no sólo sangra y se sangra: en peculiar proyección con los espectadores, habla con Dios y se autonombra «el iluminado»; luego vendrá lo terrenal y su savia opaca para evidenciar que Dios ama a todos los hombres, pero que, además, le caen bien los que se sacan el mole ante la concurrencia.

Llegar de esos golpes sangradores a las luchas extremas, sólo era cosa de tiempo. El Desastre Total Ultraviolento (DTU) es una discutible aportación en los últimos años en la lucha mexicana: se golpean con lámparas de neón, suben mesas y sillas, arrojan vidrios y tachuelas a la lona, se engrapan la frente u otras zonas, envuelven en alambre de púas algunas cuerdas y, por si fuera poco, les colocan corriente eléctrica para provocar el chispazo cuando alguno es arrojado contra esos alambres cortantes. Cuando eso fue insuficiente, decidieron quitar la lona y parte del entablado en que se sostiene el ring para clavar ahí a los sangrados, cortados, lesionados, luxados y heroicos luchadores. Pero, si se trata de ser extremos, era necesario superar los saltos que se hacen desde hace años por encima de las cuerdas. Sí, salieron del ring para arrojarse desde el balcón del primer o segundo piso de la arena, para planchar a los contrarios que pacientemente esperaron el ascenso y descenso de los locos suicidas: mejor aún, estos gladiadores se avientan de espaldas, literalmente jugándose la vida. Y el público sigue a estos bárbaros de la sangre: les aplaude, los reconoce, pero también se les iguala para pedir más, para no conformarse con la payasada sangrienta, exige calidad luchística: llaves y contrallaves, sangre y cicatrices vueltas medallas de la batalla. Las marcas en espalda, piernas y brazos no mienten: hoy se rinde pleitesía a la sangre y se espera que lo hagan las nuevas generaciones. Quizá por ello es que son pocos los seguidores de esta variante que cada vez tiene menos de lucha libre y más de Coliseo romano barato, donde sólo importa el entretenimiento sin mensaje, desarrollo ni historia.

Dinastías marcadas por el salvajismo se han renovado. Si el Solitario era uno de los rudos más seguidos en los años ochenta (hasta que los empresarios lo convencieron de ser técnico para rebasar la popularidad de los ídolos de muchas generaciones), hoy su hijo ha reinventado la figura del salvaje enmascarado, al atacar sin pudor a quien se le pone al alcance. Las funciones que dieron los juniors del Solitario, Santo, Ángel Blanco y Ray Mendoza en la empresa del Hijo del Santo, eran espectaculares: se sangraban de mala leche y con las peores formas, un homenaje a las luchas que marcaron el Toreo de Cuatro Caminos hasta que la modernidad lo alcanzó y terminó por derribar ese sitio histórico. El Hijo del Santo no tardaría en pagar la factura y su retiro prematuro resultó inevitable. Pero como ellos hay otros: los hijos del Pirata Morgan, Dos Caras, el Texano, los Dinamita, los Villanos, el Fantasma, Aníbal y muchísimos más nos hacen recordar que la sangre era cotidiana, especialmente en las luchas estelares.

Cuando el ring se teñía de rojo, la historia mexicana revivía, nos tocaba de nuevo el inconsciente colectivo. Y no era cosa de machos, sino de identidad

En los años ochenta, durante la lucha de cabelleras de los «exóticos» Rudy Reina y Rizado Ruiz contra Bello Greco y Sergio el Hermoso, los cuatro bárbaros empapados en plasma y dolor dejaron el ring goteando mientras rapaban a los perdedores. A nadie le pareció que las delicadas maneras de algunos de ellos opacaran su esencia, la del luchador mexicano dispuesto a todo para complacer al público y para retomar la bandera roja clavada en la historia del país.

Más aún, la sangre de los encordados pasó a la pantalla grande y los famosos enmascarados le sacaban los flujos rojo-marrones a malosos y monstruos, para acentuar que en la ficción y en la realidad la sangre era lo primero. La tragedia llegó cuando la tinta roja dio paso a la muerte en esa realidad que no hubiéramos esperado. Varios luchadores perdieron la vida ante la vista de los aficionados: Oro y Sangre India son los más conocidos, pero las lesiones menores y mayores que han deteriorado la calidad de vida de los atletas del pancracio son interminables. Todo por rendir culto a la vida líquida y su representación como mexicanismo universal.

Hoy las televisoras prefieren evitar los colores rojos y sus consecuencias. Lo cual no exenta de riesgo a los enmascarados, pero van perdiendo esa calidad que llevó a muchos nacionales a viajar por el mundo en exhibición de lo que acá es lo cotidiano y allá es lo novedoso, lo nunca visto: la sangre y sus seguidores, capaces de enseñar en un lance suicida el desprecio a la muerte que damos en cada gota de flujo escarlata derramada. Al final, se glorifica la sangre porque, aunque lo festejamos en noviembre de todos los años, los mexicanos no tememos a la muerte cuando en ello nos va la identidad.

Los incrédulos cuestionan los lances y la necesaria coparticipación de los luchadores contrarios: la espera del salto, la inmovilidad ante la aplicación de la llave, la respuesta al golpe con una mímica magnificada, el aplauso coordinado a la patada para hacerla sonar, cuando ello no es posible. Tal vez tengan razón, pero el plasma es irrebatible. Obtenida a mordidas o con cortada previa, la savia real no puede ser suplantada, y menos si brota en el accidente o en el golpe mal dado o mal calculado; mucho menos si llega en el fragor de la batalla y la carnicería es buscada por ambas partes para maltratarse, sangrarse y, en el paroxismo de lo individual, llegar a la psique de los espectadores que, mitad por la propia proclividad a lo escarlata, mitad por su adicción a la taquicardia del inconsciente colectivo, están sedientos de esa pócima rojiza que sólo se ofrece en el pancracio nacional; y, en ese momento, pasado y presente se unen para hacerles saber a los testigos que esa noche se ha repetido el ritual: la danza de la muerte deja oír sus pasos lejanos, pero inexorables. Y los ecos suenan al gotear de músculos rotos, arterias colapsadas, frentes deshechas y ojos desorbitados ante el dolor y su hipérbole.

Hoy temblamos ante la violencia mercenaria, sin mayor alcance conceptual que obtener ganancias demenciales que apenas durarán unos años a los salvajes buscadores de oro, como si las insustanciales montañas de droga y dólares borraran una infancia miserable en unos pueblos miserables, como si esa riqueza momentánea no minara casi irremediablemente a los habitantes de un México rehén. Pero aceptamos glorificados la otra violencia, la que se daba y representaba en los frescos de las pirámides, donde otros enmascarados ya luchaban sin cuerdas ni tiempo; exigimos aquella violencia que nos refleja en aspiraciones: quisiéramos ser ese Santo que viaja en el tiempo para explotarle la cara y el pecho a chupasangres y zombis coloniales; nos excluimos de la realidad objetiva para revivirnos en la lucha, en su contemplación y entrega, y en la lógica de que todos somos los sangrados, porque reviven místicamente luego de cada encuentro, somos los pocos, los pocos felices, aficionados seguros de vivir lo irrepetible, de perpetuar lo inasible: México y su historia de sangre significada, significante, significadora.

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Villano I y Brazo entonan un canto gregoriano: quieren estrechar la amistad y las buenas costumbres.

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El Cavernario Galindo reprocha a su contrincante haberle descompuesto el peinado.

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Gory Guerrero toma el sol: usa un protector solar de su propia sangre.

Lucha libre

El héroe y la sangre

Se ha dicho tantas veces que hasta lo aceptamos sin mayor análisis: los luchadores son de los pocos héroes mexicanos auténticos.

Se dice que el pueblo mexicano cree en sus héroes y que el último que hemos tenido en México fue el Enmascarado de Plata, el Santo. Puede que sea verdad, pero no precisamente por tener las características del héroe. La calidad de ídolo popular del Santo es innegable, pero obedece más a los efectos publicitarios derivados de sus películas, su programa de televisión y la mejor historieta de luchadores mexicanos, que a las luchas en las que participó: su camino ascendente se cruza con los visionarios directores y productores de cine. Una vez logrado el estrellato, lo demás viene en consecuencia. El Santo tuvo la fortuna de encontrar al historietista José G. Cruz, por un lado, y de que sus películas triunfaran por su estética y su fantasía desbocada, pero carecía de los atributos del héroe. El espectador busca al personaje, no al héroe.

Los deportistas son de las pocas figuras que permiten a los mexicanos identificarse como nación, pero más que por el valor o los méritos de los practicantes, por la decadencia simbólica de las figuras que antes tenían un peso moral o ético en la sociedad.

Thomas Carlyle, en Los héroes. El culto a los héroes y lo heroico en la historia, divide las categorías de héroes en:

1. Quienes representan a la divinidad o al profeta

En México, ante el discurso de ser un estado laico, esta categoría queda asimilada a los practicantes de la religiosidad. Durante siglos se estableció que el sacerdote (católico, por supuesto: la historia mexicana no permite derivaciones como rabinos o sheiks, por ejemplo), el maestro, el policía o el político podrían ser las figuras claves para lograr la identificación como nación. Y durante un tiempo así fue, un ejemplo es el cura Hidalgo, Padre de la Patria, iniciador no sólo de una discutible independencia política, económica o cultural, sino también símbolo señero del México postindependentista. Pero desde hace varias décadas, los sacerdotes católicos han perdido terreno en la escala de valores del mexicano. No es de extrañarse que en muchos lugares la Iglesia romana sea minoría o esté en franca ausencia en las religiones practicadas. Figuras como Marcial Maciel o los muchos pederastas denunciados (e infructuosamente reclamados a Juan Pablo II) han ido acabando con la credibilidad de tal figura como faro ético o de identidad. Al lado de la Iglesia católica conviven cientos de entidades religiosas que van desde el culto a la Santa Muerte, hasta religiones new age, pasando por islamistas, judíos de varias tendencias y miles más; algunas profundas y tomadas en serio, otras de menor rig

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