Cuentos del General y otros relatos

Vicente Riva Palacio

Fragmento

Cuentos del General y otros relatos

Prólogo

“EL BUEN DECIR DE LOS LITERATOS”:
EL OFICIO NARRATIVO DE VICENTE RIVA PALACIO

Vicente Riva Palacio, cuyos dos seudónimos más conocidos eran Cero y el General, es un referente imprescindible para el estudio de la literatura mexicana del siglo XIX. Fue uno de los escritores más prolíficos y comprometidos de la República Restaurada, así como un agudo crítico del acontecer político, cultural y literario del país, que tenía como sello estético un tono sarcástico e irónico.

El escritor nació en la Ciudad de México el 16 de octubre de 1832 en el seno de una familia de linaje liberal. Su padre fue Mariano Riva Palacio, un jurista de gran prestigio que, entre sus muchas labores legislativas, fungió, sin ser imperialista, como abogado defensor de Maximiliano de Habsburgo en 1867; su madre, Dolores Guerrero, fue la única hija de Vicente Guerrero, el héroe insurgente. Por tanto, Riva Palacio creció en una familia acomodada, perteneciente a la aristocracia mexicana de ese momento, lo que posiblemente pudo ser el origen de su interés por la lucha a favor de la consolidación de la nación y de que profesara el liberalismo como credo político, el cual definiría su carrera política, militar y literaria.

Su padre tenía firmes creencias religiosas y políticas, que paradójicamente pueden parecer opuestas desde una visión ideológica: el catolicismo y el liberalismo. Este ambiente de aparentes contradicciones era, en realidad, el entorno común en que vivía la sociedad mexicana de mediados del siglo XIX. La educación del joven literato estuvo, por ello, regida por la religión, sobre todo en sus primeros pasos en el Colegio San Gregorio (1845), durante la época del gobierno de Antonio López de Santa Anna, momento crucial en su formación y en su madurez intelectual.1 Puede decirse que su educación fue tan buena como era posible obtenerla entonces en México; aprendió Letras y Artes, Gramática, Filosofía, Geografía y todas las demás disciplinas básicas de la educación media. Riva Palacio eligió la carrera de abogado, como la mayoría de los hombres cultos de su época, y se tituló el 28 de noviembre de 1854.

Como político desempeñó varios cargos a lo largo de su vida: fue gobernador en dos ocasiones: por el Estado de México (1863) y por Michoacán (1865); magistrado de la Suprema Corte de Justicia (1868); diputado en 1856 y 1861; también fue regidor (1855), secretario del Ayuntamiento de la Ciudad de México (1856) y ministro de Fomento en los primeros años de la administración de Porfirio Díaz (1876). En 1884, fue enviado a la prisión de Santiago Tlatelolco por ataques políticos, supuestamente cometidos por Manuel González, en ese entonces presidente de México. En la cárcel escribió buena parte del segundo volumen de México a través de los siglos, el trabajo historiográfico más ambicioso de su carrera escrituraria. En 1886, ya con Porfirio Díaz en la silla presidencial, fue mandado a España como ministro plenipotenciario de México, una forma muy “honrosa” de exiliarlo del país, ya que significaba un fuerte oponente para la presidencia de Díaz. Murió en Madrid de cáncer de garganta el 22 de noviembre de 1896. Sus restos fueron repatriados en 1936 para ser colocados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, actualmente de las Personas Ilustres.

Su incursión en la milicia de nuestro país es otro de los grandes méritos de nuestro autor. Su participación más destacada ocurrió durante el Segundo Imperio (1863-1867). En esos años combatió activamente al lado de Benito Juárez en contra de la Intervención Francesa: primero a las órdenes de Ignacio Zaragoza en 1862 y después dirigiendo él mismo la guerrilla que conseguiría la toma de Zitácuaro, Michoacán. Alcanzó el grado de general y fue nombrado jefe del Ejército del Centro, tras la muerte de José María Arteaga. Luchó también en los sitios de Toluca y de Querétaro en 1867. En este último fungió como el custodio directo de Maximiliano en sus últimos días. El triunfo de Juárez y, por ende de la República, representa su momento de mayor gloria; a partir de ese éxito bélico, el General encauzó sus ideales políticos y humanísticos, no a la venganza sangrienta, sino a la defensa de los enemigos, al grado de convertirse en una de las voces más fuertes que pidió amnistía para los franceses, aspecto que contrasta con las emociones patrióticas de ese período y que revela las contradictorias simpatías que se entablaron entre invasores e invadidos. Sin duda, esta solicitud de Riva Palacio demuestra las coincidencias y empatías que el fallido Imperio alguna vez mantuvo con el sentir nacional de México, además de que destaca los valores humanitarios y heroicos del futuro novelista de la Colonia. Derrotado el Imperio, regresó a la vida privada. Justo en ese momento comenzó su más brillante carrera en las letras y el periodismo.

VISTAZOS A LA TRAYECTORIA LITERARIA DEL GENERAL

Riva Palacio no puede ser calificado como un autor dedicado a una única actividad literaria o a un solo género; al contrario, como buen escritor decimonónico su obra atravesó por todas las facetas que en ese momento se entendían como parte de las Bellas Letras: fue periodista, dramaturgo, poeta, ensayista, novelista, cuentista, articulista, historiador, crítico de arte, humorista, biógrafo, etc. En palabras de Fernando Serrano Migallón es “un ejemplo perfecto de nuestros prohombres del XIX”.2 De ahí que resulte muy difícil determinar la principal vocación de su oficio literario, pues cada momento de su trabajo respondió a una circunstancia política o militar del país o a una etapa de su labor de creador.

Riva Palacio, como era usual en la época, dedicó sus primeras experimentaciones creativas a la poesía, que al parecer fue una de sus predilecciones literarias, ya que incluso al final de su vida publicó su último libro de poemas, al que tituló Mis versos (1893). Siendo un adolescente, escribía versos para sus compañeros del colegio, y en la madurez lo siguió haciendo con ahínco, de modo que la poesía fue el único género literario que nunca abandonó. Temas como la patria, el amor, Dios y la familia aparecen en sus composiciones juveniles. Su libro de poemas Flores del alma (1875), publicado con el seudónimo de Rosa Espino, fue muy elogiado por el juego expresado en la voz poética de estilo romántico y sentimental, y por el misterio que incitó en el ambiente cultural de su momento el disfraz de los nombres falsos; en este caso, el de una fingida jovencita que escribía versos. A imitación de “Adiós, oh patria mía”, de Ignacio Rodríguez Galván, escribió los versos de tono burlesco “Adiós, mamá Carlota”, para despedir a la antigua emperatriz en su viaje a Europa, y fueron a tal grado celebrados que se volvieron un himno identitario de la Chinaca, el nombre popular con el que se conocía a los soldados del Ejército Republicano.

Otra de las grandes pasiones literarias de Riva Palacio fue el teatro, sobre todo las comedias de sátira política y social. Su afición por la dramaturgia se observa en muchos de sus textos y no sólo en sus piezas dramáticas. Más de 50 obras se suman en su repertorio, todas en verso y firmadas en su mayoría en coautoría con Juan Antonio Mateos, su gran amigo desde la adolescencia, y con quien Riva Palacio incursionó en el mundo teatral a partir de 1862. Estas obras fueron recopiladas en un volumen que se publicó con el título Liras hermanas (1871). Sus dramas se representaron con gran éxito en el Teatro Nacional y en el Teatro Iturbide, donde el público quedó fascinado por el humorismo y la caricatura social que con gran habilidad manejaban los dos comediantes, quienes desde entonces presumirían con triunfo su nombre en taquilla. Riva Palacio pretendió que su teatro tuviera el sello de lo mexicano, por lo que las temáticas versan entre las costumbres, la política y los hechos históricos de México, con lo que consiguió que, por primera vez, se proyectaran en escena los problemas cotidianos de la vida del mexicano; por ello, la mayoría de las obras hacían burla de la sociedad y de la inoperante burocracia nacional.

Ahora bien, la etapa de mayor esplendor de su creación literaria se dio en la República Restaurada. Derrotado el Imperio, el escritor se dedicó de inmediato al periodismo de corte político y satírico, fungiendo como director y redactor de varios impresos, entre ellos La Orquesta (1861-1877) y El Ahuizote (1874-1876), dos de los más conocidos diarios de su carrera, en donde pudo expresar con total independencia, gracias a la libertad de prensa,3 el tono mordaz y picante que caracterizaría su pluma. Para Riva Palacio, el periodismo fue la cuna y el promotor de sus preocupaciones sobre la nación. La voz del periodista adquirió un tono distinto al del narrador: era sarcástico respecto a la sociedad, burlesco con la política, irónico hasta el cansancio, crítico de costumbres, especialista en economía y leyes jurídicas, sabedor del acontecer inmediato, erudito en Historia, especialista en artes y cultura; en una palabra, un hombre culto que ofreció en sus artículos y editoriales una fuente de conocimiento para la comprensión del siglo XIX.

Entusiasmado por el ideal nacionalista de reconstrucción del país, en especial el de las Bellas Letras, en ese mismo período publicó su famosa serie de novelas históricas que se volvería un hito en la literatura mexicana decimonónica. Como muchos de sus coetáneos, encontró en el género novelístico la mejor arma para luchar por la creación de una literatura propia, que tuviera como motivo de inspiración el paisaje, la historia nacional, las costumbres y la vida de México. Además de esta idea, para los decimonónicos la novela también cumplía una función social, según afirmó Ignacio Manuel Altamirano, al explicar que mediante ésta se podría “hacer descender a las masas doctrinas y opiniones que de otro modo habría sido difícil hacer que aceptasen”4 y con eso contribuir al “progreso intelectual y moral de los pueblos modernos”.5

Partícipe de esa visión fundacional de la literatura propia e ideológica, en particular de la novela, en 1868 comenzó a vender en entregas Calvario y Tabor. Novela histórica y de costumbres, su opera prima, la única de tema contemporáneo, en la cual se narran las vivencias bélicas de la zona de Tierra Caliente durante la Intervención Francesa, extraídas seguramente de la propia experiencia del escritor en sus aventuras por Michoacán. El resto de su obra novelística discurre sobre la época colonial, como también había sugerido Altamirano: “La historia antigua de México es una mina inagotable […]. Los tres siglos de dominación española son un manantial de leyendas poéticas y magníficas”.6 Siguiendo este credo estético, el escritor eligió que todas sus novelas fueran de carácter histórico, imitando el ejemplo de Walter Scott, padre de la novela histórica y a quien Riva Palacio tenía gran admiración. Además, este subgénero se ofrecía como la mejor puerta de acceso a la sociedad. Al respecto, José Emilio Pacheco ofrece la siguiente explicación:

La novela ha sido, desde sus orígenes, la privatización de la historia, el género en que los plebeyos tomaron por asalto el mundo de las letras como protagonistas y como autores. Historia de la vida privada, historia de la gente que no tiene historia, la novela habla de un “aquí” y un “ahora” que son necesariamente un “allá” y un “entonces”, porque sólo es narrable lo que está lejos, lo que ya ha pasado. En este sentido todas las novelas son novelas históricas. Pero cada época ha tenido necesidad de forjarse su propio concepto de novela histórica.7

Ésta es quizá la característica más importante de la novela histórica: conecta el pasado con el presente; el presente del autor, pero también el presente de la sociedad que recibe el texto. Riva Palacio buscaba vincular el pasado colonial con el presente decimonónico, con la vida de la naciente República liberal. Por esta razón, todas sus novelas, vendidas en 20 entregas semanales en La Orquesta (cada entrega constaba de 32 páginas en cuarto de folios), perseguían el mismo objetivo nacionalista.

Otra influencia determinante de la novelística de Riva Palacio es su acercamiento a la novela de folletín europea, de la cual adoptó como dos grandes modelos de escritura a Alexandre Dumas (padre) y al español Manuel Fernández y González (a quien admiraba mucho), de ambos autores aprendió la técnica de la novela al estilo de aventuras que él complementó con su propuesta de novela histórica. Con esos recursos folletinescos, que en ese momento estaban en boga entre los literatos, el General pudo ofrecer al lector un texto dinámico que no daba espacio al aburrimiento o al fastidio; esos atributos literarios (intriga, emoción, misterios, dinamismo, etc.) contribuyeron a que sus novelas históricas se convirtieran en un best seller a mediados del siglo XIX en México.

La primera de sus novelas colonialistas es Monja y casada, virgen y mártir. Historia de los tiempos de la Inquisición (1868), que tiene su continuación en Martín Garatuza. Memorias de la Inquisición (1868), seguidas por Los piratas del Golfo. Novela histórica (1869); Las dos emparedadas. Memorias de los tiempos de la Inquisición (1869); La vuelta de los muertos. Novela histórica (1870), y Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México. Novela histórica (1872).

Para José Ortiz Monasterio, el tema dominante de la novelística de Riva Palacio es la independencia nacional, sin importar que la gran mayoría esté ubicada en el tiempo-espacio de la Colonia.8 Lo cierto es que en sus novelas colonialistas la Inquisición es el asunto principal, sobre todo en las dos primeras de la serie. Con esta cuestión como motivo primordial de los textos, el autor causó gran revuelo entre los asombrados lectores,9 quienes por primera vez tuvieron la oportunidad de conocer los sombríos cuadros del Virreinato presentados en las novelas, que además aseguraban estar basadas en datos fidedignos, pues el propio autor resguardaba en su casa una parte del archivo del Santo Oficio que Juárez le había encargado cuidar durante los enfrentamientos con los imperialistas (de 1861 en adelante). Con esta documentación a la mano, el General se inspiró y extrajo de los legajos inquisitoriales historias de brujas, herejes, judaizantes, monjas fugitivas, grupos de rebeldes y demás personajes que al pasar por el trasluz de la imaginación del autor y con todos los recursos folletinescos que había aprendido de los escritores franceses y españoles que tanto admiraba logró crear una imagen de la Colonia que con el tiempo conformaría parte de la leyenda negra que circulaba en torno a la Inquisición y también propiciaría que la época colonial se reconociera como un período de atraso respecto al progreso que presumía (o en todo caso ansiaba) tener la República liberal del siglo XIX, a la que Riva Palacio se sumaba.

Como literato estaba muy interesado en la conformación de la nación y en conseguir la tan anhelada literatura propia que Altamirano había encargado como misión a los escritores; por ello, sus novelas tienen como escenario algunas ciudades y pueblos mexicanos; las costumbres y la historia nacional están en primer plano, así como la discusión sobre el sistema idóneo de gobierno que necesitaba el país. Eran novelas, por tanto, que mezclaban la política y la historia, pero que, mediante el uso de abundantes recursos folletinescos y humorísticos, aligeraban la tensión social presentada, a la cual le servían como contrapeso los episodios melodramáticos (por ejemplo, encuentros familiares inauditos, pleitos de herencias, persecuciones de bandoleros, etc.) y de carácter romántico (amores tormentosos, historias de amor fallidas, amantes despechados, engaños, amantes celosos, etc.), que tanto gustaban a los lectores decimonónicos.

En la década de los años ochenta, poco antes de partir a España como ministro, el escritor se dedicó de lleno al periodismo. En el diario La República, colaboró asiduamente con distintos tipos de textos: ahí publicó unas breves semblanzas biográficas de sus coetáneos, que el propio Riva Palacio denominó “ceros”, y que en 1882 verían la luz en formato de libro con el título Los Ceros. Galería de contemporáneos. El volumen fue muy bien recibido por los lectores, pues en él se reunían biografías de corte satírico de los literatos y políticos que estaban en el ambiente cultural de ese momento y que formaban parte de la élite mexicana de finales de siglo. Es un libro colmado de humor, con abundantes burlas sobre la supuesta erudición del hombre culto decimonónico y sobre la integridad de la sociedad republicana, a las cuales Cero, seudónimo con el que Riva Palacio firmó esos textos, dejó al descubierto mediante una crítica graciosa, y en apariencia bien intencionada, rasgo dominante de este seudónimo que se presentaba a sí mismo con el modesto apelativo de “cero a la izquierda”. En ese periódico también publicó las primeras versiones en verso de sus leyendas y tradiciones, escritas en coautoría con Juan de Dios Peza, su discípulo, y que en 1885 fueron antologizadas en un solo tomo.

DE EUROPA PARA MÉXICO: LOS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO

En 1886, Riva Palacio llegó a Madrid, sede de los poderes gubernamentales y centro de la vida cultural de la Península, para desempeñarse como ministro plenipotenciario de México en España. Su nombre llevaba la fama bien ganada de héroe nacional, después de sus múltiples intervenciones en la milicia y la política de nuestro país, y de autor consagrado de las letras mexicanas. El círculo cultural y literario madrileño lo recibió con los brazos abiertos, pues a los pocos meses de residir en Europa su nombre ya se dejaba ver en varias publicaciones de la capital y de las provincias españolas.

Debido a su popularidad como escritor, Riva Palacio fue invitado a colaborar, por lo menos, en siete impresos españoles de las últimas dos décadas del siglo XIX. Entre ellos se pueden mencionar: La Ilustración Española y Americana, Madrid Cómico, El Liberal de Tenerife, El Álbum Ibero Americano, El Archivo Diplomático y Consular, La España Moderna y El Liberal. La sociedad española reaccionó favorablemente a sus textos, como lo demuestran los numerosos comentarios elogiosos de su obra y de su persona que se difundieron en la prensa de la época. Incluso, como un reconocimiento a su calidad literaria, en enero de 1887 la Real Academia Española le abrió sus puertas al nombrarlo miembro representante de México. Lo mismo que esta institución, varias otras incluyeron a Riva Palacio en su nómina de integrantes.

Su presencia destacó en muchas tertulias de ese período, en eventos políticos, en reuniones con escritores; por ejemplo, con Rubén Darío y Benito Pérez Galdós, con quienes mantuvo una correspondencia que incluso se publicó en la prensa. No me detendré más en este asunto, del que sin duda se podrían puntualizar con mayor detalle las actividades de Riva Palacio, sólo conviene dejar señalado que, junto a su efusiva actividad periodística, su vida social estaba marcada por una apretada agenda de compromisos que fluctuaban entre las funciones diplomáticas y la ocupación literaria.

De sus publicaciones en España destacan, por el impacto en la sociedad y por la cantidad, sus cuentos y sus poemas. Respecto a la poesía, Riva Palacio publicó una última antología titulada Mis versos, en 1893, en la empresa española Sucesores de Rivadeneyra, que sería también la que tres años después daría sello editorial a su obra Cuentos del General (1896). De modo que lo último que publicó se imprimió en las prensas españolas con las que colaboró al final de su vida. Esta cercanía con el ambiente peninsular es quizá una de las razones por las que en su obra se expresan nuevas líneas temáticas, relacionadas con el ambiente citadino de Madrid, con las provincias españolas y con otros temas concernientes a Europa que antes no se habían visto en sus escritos.

Del conjunto total de Cuentos del General, compuesto por 26 relatos, pocos son los que se publicaron antes en México. Como era costumbre en el siglo XIX, los textos primero se difundían en la prensa y luego se reunían en volumen; además, la gran mayoría se escribió en España. A partir de investigaciones recientes, se sabe que cinco cuentos fueron escritos y publicados en México; éstos son: “Ciento por uno. Tradición mexicana”, “Las honras de Carlos V” y “Consultar con la almohada”, que aparecieron en 1885 en La Época Ilustrada y “El buen ejemplo”, de 1892, en el Siglo Diez y Nueve, aunque el autor lo venía trabajando desde 1882 cuando publicó la primera versión en una de las semblanzas biografías incluidas en su libro Los Ceros.10 El resto más bien parece que tuvo su impresión en la Península Ibérica, lo que explicaría por qué casi todas las historias narradas no están ambientadas en México, sino en Madrid, en algunas provincias españolas o en un país europeo, como en el relato “La bestia humana”, que se ubica en París. Este cambio de escenario, sin duda, es un detalle novedoso, pues Riva Palacio sólo había escrito sobre México desde una perspectiva nacionalista y liberal, incluso antiespañola, como se puede observar en sus novelas de tema colonial.

Cuentos del General salió a la luz en noviembre de 1896, el mismo mes de la muerte de su autor, por lo que muchos biógrafos especulan que Riva Palacio pudo no haber visto el volumen impreso. Lo que sí es cierto es que él mismo seleccionó y corrigió los cuentos que quería incluir en la antología, pero por cuestiones de salud no le fue posible agregar —o quizá no lo tenía planeado así— todos los relatos que había escrito en los últimos años de su vida; de modo que el libro se publicó sin contener todos los cuentos. Para enriquecer la presente antología, aquí ofrezco cuatro de esos cuentos olvidados, y rescatados previamente por editores del siglo XX (“El hermano Cirilo. Cuento verdadero”, “Amor correspondido”, “Consultar con la almohada. Tradición mexicana” y “Los azotes”), además de uno que hasta ahora no había sido conocido por el lector (“El trovador”), rescatado por quien aquí escribe.

Ahora bien, el número total de relatos publicados en España rebasa la treintena. Por las líneas temáticas y por el estilo se puede advertir que fueron escritos en distintas etapas y con diferentes propósitos. En algunos casos, como el cuento “El buen ejemplo”, se reescribieron; en otros, la técnica y el tema son totalmente originales. En principio, destaca que los cuentos se ubican, sobre todo, en dos escenarios: el México colonial y la España del siglo XIX. Respecto al primero, no es nada extraño en la obra de Riva Palacio, pues la época colonial es un escenario muy frecuente en su narrativa y uno de sus temas de interés. En cambio, la ambientación peninsular sí es un aspecto novedoso, inclusive insólito, ya que, por el contrario, en ningún momento se hace referencia al México decimonónico. Sobre este aspecto, Clementina Díaz y de Ovando afirma que la vida madrileña cautivó de manera muy positiva a Riva Palacio y, por eso, la quiso dejar plasmada en su obra.11 A lo que también puede agregarse que los receptores inmediatos de los cuentos serían los españoles, detalle que no debe ser visto como menor, puesto que sin duda este aspecto debió repercutir en su escritura. Además, fue el periodismo peninsular, como ya mencioné antes, el que acogió en sus páginas al escritor, así que una forma de simpatizar con ese mundo literario castizo en el que Riva Palacio estaba incursionando por primera vez era escribir sobre él. Esto se puede observar en relatos como: “El abanico”, “Las cuatro esquinas”, “La horma de su zapato”, “La máquina de coser”, “Por si acaso…”, “Problema irresoluble”, entre varios otros.

Con escenarios que oscilan entre las ciudades y las provincias, Riva Palacio retrató una España afectuosa, amigable y exuberante, con tintes urbanos y modernos, rodeada de teatros y personajes, como comediantes y modistas, lo mismo que de marqueses, condes y duques. La España descrita en estos cuentos se ubica en el período conocido como La Restauración (1874-1931), de ahí que el Madrid que se observa en los textos es el del ambiente citadino de las calles, los cafés, los palcos del teatro, los salones de los clubes y los círculos burgueses, en contraposición con los estratos sociales bajos; un entorno, en fin, que Riva Palacio criticó con humorismo, pero con conocimiento pleno, pues los biógrafos del escritor aseguran que ése fue el espacio en el que él realmente se movió mientras vivió en Europa.12 Aun así, también pinta una España con el color local del campo, con la festiva vida de la provincia peninsular, en textos como “La burra perdida”, “El nido de jilgueros” y “La visita de los marqueses”.

En cuanto a la representación de México en estos relatos, se puede apreciar que en casi todos ellos el escenario está situado en la épo

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