Casados con apariencia de felicidad, de pronto uno o los dos rompen el pacto de fidelidad, absurdo si se quiere, decimonónico, trasnochado pacto, pero todavía vivo en las sociedades contemporáneas. Con frecuencia, ese “pacto” no tiene la suficiente fuerza frente a lo que, en principio, está destinado a lo efímero: el amor sin ataduras. Los “compromisos establecidos” que quieren proyectarse en el tiempo se tambalean ante esa potente emoción de lo prohibido, de aquello que pone en peligro los anclajes de estabilidad que se acordaron en la otra ribera. O es precisamente esa estabilidad la que es contra natura: la idea misma de estar amarrado provoca que se quiera romper con ese amarre. Ahí está la paradoja: al tratar de retener, se genera una energía disruptiva capaz de poner en riesgo todo el edificio de la relación de pareja, de familia, del patrimonio, de entorno social.
Hay adulterios de pronóstico, y otros sorpresivos que dejan sin aliento, incluso a los adúlteros. Los adúlteros no siempre terminan en el rompimiento, con frecuencia son profesionales del juego que establecen un cuartel general para las batallas del amor sin freno durante el tiempo que dure la embrujante guerra.
El adulterio desarrolla una inteligencia entre los involucrados que asombraría a un estratega. La prioridad es ocultarlo de tal manera que descubrir el engaño sea un elaborado trabajo de espionaje. El o los engañados, al caer en la duda, desarrollan nuevas antenas persecutorias, se transforman en la encarnación de la sospecha. No en balde, con frecuencia aparecen los investigadores privados capaces de rastrear todas las pistas hasta que una lleva a la madriguera del amor furtivo. Si fidelidad deriva de fidelitas, al final del día es una traición a un Dios.
Capaces de destruir su anterior vida, los adúlteros renacen, emanan una energía que resulta envidiable. Los años retroceden, la juventud vuelve a visitarlos. ¡Cómo rechazar la diabólica tentación de dar vuelta a la vida! Nos convertimos en Fausto dispuestos a pactar con el demonio mismo. El antiquísimo misterio está allí para ser escudriñado y la literatura es un arma muy eficaz.
Beatriz Rivas y Federico Traeger lanzan la flecha al corazón mismo de ese misterio. La fórmula literaria es muy certera y riesgosa en tanto que dan voz a los adúlteros. Nos invitan así a un recorrido por los laberintos de esa relación, que también se debe explicaciones a sí misma.
—¿Crees que por hacer el amor estemos tan enamorados?
—No lo sé, quizá porque estamos enamorados es que hacemos tanto el amor.
—¿O será que el amor nos hace a nosotros?
El texto a cuatro manos presenta un amplio menú de relaciones adúlteras, desde las muy erotizadas que caminan en el lindero de una pornografía suave, muy eficiente, hasta las frecuentes expresiones poéticas repletas de metáforas, analogías y atributos delicados:
No busquemos respuestas. Sería muy arrogante tratar de describir el océano, simplemente bañémonos en sus aguas y permitamos que las olas sigan llegando llenas de lo nuestro.
Y hay más:
Dónde pongo
El mundo que inventamos
Los besos que nos dimos
Las cumbres que alcanzamos
El amor que nos hicimos
Los autores también lanzan sentencias,
… la felicidad es el deseo de existir con la mayor intensidad posible…
Él y Ella son una dupla de la cual por momentos creemos saberlo todo, y en otros son fantasmas que sólo viven un instante. Cuidadosos de su decir, nos invitan a la sensible travesía de ser adúltero.
¿En qué mundo cabe que habiéndonos conocido tan pronto nos hayamos conocido tan tarde?
El humor también merodea:
Incoherencia: Cuando logran un instante de magia, Él bufa y gruñe. Sin embargo, no es un animal. Ella dice Dios mío, Dios mío, aunque no cree en Dios.
Juegan consigo mismos, juegan con el amor y el amor con ellos.
Tengo hambre de ti…pero estoy a dieta.
O
Quiere comérsela a besos, aunque teme indigestarse.
Esa actitud de juego es fascinante, porque los autores subvierten cánones, revierten concepciones, por eso puede haber una sección que venga De Cabeza. Vistos los textos de esta forma son una aventura que recurre —¿por qué no?— a espléndidas fotografías que insinúan, delatan, proponen, desnudan intimidades, de forma tal que la realidad y la ficción se cruzan y terminamos convencidos del adulterio real en ambos; adulterio confeso que lleva a las dedicatorias; adulterio gozoso que no conoce la pena y menos la culpa; adulterio provocador de las buenas conciencias. Adulterio pleno.
Así de pronto estamos metidos en la sábana de un hotel a la espera de la amada, o en el práctico departamento que se encuentra al lado del gym, para facilitar los sistemáticos e intensos encuentros a favor del ejercicio horizontal del amor, o vemos las prendas caer o ya están en el piso como recordatorio de esa prisa que invade a los amantes y que sólo se calma con… amor.
De esta manera fue como Beatriz y Federico construyeron un mundo literario que devela recovecos antiquísimos y también cotidianos de la condición humana del siglo XXI. De nuevo, exhiben el poder la literatura.
FEDERICO REYES HEROLES
Amores adúlteros
Cero
(O de cómo empezó todo)
Esa mañana, Él bajó las escaleras oliendo a Ella. Caminó por la avenida sintiéndose dueño de su vida, ligero, con ganas de tener una guitarra para ir tocando y cantando. Entró a una cafetería; fue el primer comensal. Se le notaban los besos en la mirada y el whisky en la sonrisa. La mesera lo atendió, mientras en su cabeza sonaba una canción: Blackbird. En tanto esperaba su desayuno, imaginaba que Ella estaba enfrente. Le susurró: Tus ojos son un mar al que reconozco y en el que nunca me he sumergido. Más tarde llegó a su hotel, se tiró sobre la cama y la pensó, mientras su cuerpo se fue hundiendo despacio en una sensación difícil de describir pero parecida a la certidumbre de haber encontrado algo esencial.
1
Ella sonríe —porque no puede evitar sonreír cuando lo mira a los ojos— y en ese momento Él le dice que tiene unos dientes preciosos. ¿Mis dientes? Sí, sobre todo el incisivo, éste: es travieso, juguetón. Entonces, sin importar que estén en un lugar público, en ese restaurante donde se citaron para delinear su futuro, Ella le acerca la boca ligeramente abierta para que Él se quede a vivir en sus labios, por siempre.
2
¿Es posible que se hubieran conocido en otra vida? Tal vez veinte años atrás, en el centro de una historia breve y aparentemente ligera.
Se reencontraron de manera casual aunque, desde el principio de su correspondencia electrónica, a los dos se les adivinaban las ganas. Unas ganas pequeñitas, apenas visibles.
Probablemente querían escribir, juntos, las primeras líneas de un cuento. Compartir unas horas revisando la trama, las voces narrativas y la verosimilitud de sus personajes. Todo quedaría dentro de un taller literario y detenido en las viejas fotos de su adolescencia. Sólo eso…
Pero ahora los observo, atrapados en un torbellino insensato. El deseo ha tomado el mando y no quiere devolverlos a sus condiciones de origen, a esas vidas cotidianas que, sin darse cuenta, los abrazan, asfixiándolos.
Todo temen. Todo gozan. Caminan a grandes pasos. Enormes. Tienen prisa. Saben que no deben detenerse. No lo hacen. Los instantes se les escapan. Prefieren aventurarse mar adentro a cazar mariposas, a hilvanar futuros perfectos. A inaugurar palabras que le den vida a este amor nuevo.
Nunca se habían encontrado, frente a frente, miradas tan brillantes.
Sus cuerpos parecen reconocerse. Cada hueco que se llena apaga la sed compartida. Momentáneamente.
Las pieles dialogan mientras ellos sueñan porque sólo eso les está permitido: imaginarse. La realidad, tangible, concreta, les ha sido vedada.
Sigo observándolos: Duermen desnudos, agotados, ensalivados. Sus sexos todavía tiemblan. Besos eternos los contienen. Al despertar, se acarician en la penumbra, despidiéndose. Todo queda por decir y, sin embargo, sus voces han sido aniquiladas.
Pronto se sentirán desgarrados e incompletos. No podrán hacer nada. Saben que si quieren seguir juntos, si quieren volver a existir en el único de los mundos posibles, tendrán que tomar papel y lápiz para crearse. Nada más son eso, nada menos: dos personajes de ficción que, amándose, se van reinventando.
3
4
—No quiero abrir los ojos.
—Pero ya amaneció, ya despertaste.
—Si los abro dejo de verte.
—¿Te pongo Here Comes The Sun?
—¿Y si no sale el sol?
—Ya salió, amor, está radiante.
—No quiero separar los párpados y ver cómo se va haciendo nítida mi realidad sin ti.
—Estoy contigo.
—Estás en mí, pero no aquí.
—Es nuestro amor, déjalo entrar en tus pupilas.
—Duele que entre.
—Duele más que salga.
—¿Cómo empezar de nuevo a vivir?
—Primero imagina que estamos juntos, que mis ojos te penetran hasta el otro lado de ti, el lado en el que hicimos el amor hasta que éste nos deshiciera.
—¿Hicimos el amor?
—Hicimos la noche, hicimos la luz, hicimos el tacto, hicimos el tiempo y el espacio, hicimos una promesa silenciosa.
—No me atrevo a despertar.
—Despertaste. Quizás no te atrevas a mirar lo que hay cuando uno se despierta. Como los objetos que hace un parpadeo eran tan comunes y ahora te miran como si no te conocieran.
—Y las voces que hace un silencio eran familiares.
—Pero que ahora son paisaje y no destino.
—Si abro los ojos, ¿me escribes algo?
—Ya te lo he escrito. Hay una docena de palabras esperándote en el frutero.
—¿Será verdad lo que sentimos?
—¿Tendrá sentido la verdad?
—Voy a abrirlos despacio, mirando tus cejas, los arcos que me conducen.
—Here comes the sun.
5
Ambos fueron golosos y antojadizos. El queso les fascinaba. Brindaban con ron, whisky, vino tinto… o con lo que les diera la gana. Sumando sus odios quedaban fuera la mantequilla y la cebolla: las despreciaban. Vivieron alrededor de una mesa y de una cama. Comiendo. Comiéndose sin descanso. Murieron con la panza llena, empachados de sexo y un brillo pícaro en la mirada.
6
Se conocieron en una escuela hace muchos años.
Se reencontraron por internet, obedeciendo al dictado de los tiempos.
Tuvieron que despedirse en menos de quince días: así lo ordenó su conciencia cotidiana.
Pero se quedaron dormidos, uno adentro del otro, soñándose y amándose eternamente, sin que nadie más lo notara.
7
Hemos acalambrado a más de uno con esta noticia nuestra.
8
Cuando Ella se enteró, por la indiscreción de alguna persona, que su esposo le era infiel, rápidamente cubrió su rostro con ambas manos y bajó la mirada. No quería que nadie notara esa enorme sonrisa.
9
Cuando Él se enteró que los viajes y el ensayo de su esposa sólo eran la excusa perfecta, le llamó, extasiado, a Ella. Entonces, finalmente pudieron inaugurar sus planes y recorrer su vida nueva.
10
Amanece. Ella todavía duerme. Él le susurra al oído: Espero que tus párpados, al separarse, reciban un día tan hermoso como el paisaje de tus pupilas.
Después le da un beso acechante, suave, insistente, incesante, contundente y certero al clítoris de su razón.
11
Se lo dejó por escrito. Una nota en tinta negra sobre papel reciclado, recargada en su computadora:
Me tienes al borde de la felicidad todo el tiempo. Eres la mejor noticia del día y de la noche. Mis orgasmos reanimados y plenos. Mi fantasía a toda marcha. Mi travesura excelsa. Mi reina, mi concubina, mi escondite, mi hallazgo, mi luna llena, mi alma gemela, mi nalga gemela, mi micrófono, mi auto exploración, mi regalo, mi tigresa cachonda, mi último deseo, mi primer pensamiento.
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13
Quince días después de su viaje, el contador de la empresa, ese gordito que dista mucho de ser simpático, le reclama:
—Nos están cobrando una almohada de la habitación 1403, cabrón. ¿A poco de veras te la robaste?
—No era una almohada —contesta Él, sereno—. Era un anillo de compromiso.
14
Tu saliva es la salida de emergencia de mi vida y la entrada de urgencia al mundo donde quiero estar. Es mi crema corporal, mi perfume. Es la humedad de mi boca, de mi sexo, de mis lágrimas. Es mi sueño vital.
15
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Supongo que puedes.
—¿Siempre eres así de sensible?
—¿Física o emocionalmente?
—Ambas.
—¿Con mi marido?
—No, con tus amantes.
—Tonto.
—Es decir, en general, ¿eres así de entregada?
—¿Sexualmente hablando?
—Sí.
—En el sexo se expresan las emociones, ¿no?
—¿Las del alma o las de la carne?
—¿Acaso son distintas?
—Tú dirás.
—Me preguntas si soy siempre igual de entregada…
—De apasionada.
—Tu pregunta contiene tantas otras, que te la voy a responder por capas.
—Como las cebollas.
—Odio la cebolla, mejor digamos que como una pintura.
—De acuerdo.
—Hago el amor con mi marido en promedio una o dos veces a la semana.
—Wow. Después de tantos años, no está mal.
—No, no está mal. Pero tampoco está bien.
—¿…?
—Él dice que le gusto cada vez más.
—¿Y tú que dices?
—Que procuro que él termine lo antes posible porque ya no lo disfruto.
—¿Y te vienes?
—Sí, claro. Bueno… a veces. ¿Quieres saber la verdad? Casi nunca. Además, hay una gran diferencia entre venirse y alcanzar un clímax. En lo doméstico, a veces me vengo y a veces no, pero llegar en cuerpo y alma hasta donde la razón no llega es muy distinto, y es tuyo y mío.
—¡…!
—Una venida casera empieza con la temperatura fría de la crema lubricante en los dedos; cerrar los ojos para elegir, entre el álbum de las fantasías, la foto que más pronto me saque del apuro. Y escoger, del menú cotidiano, el frote y la fruta que sacien con más premura.
—¿Y un clímax tuyo y mío?
—Ese empieza con el deseo. Y el deseo no se vende en ninguna farmacia.
—¿Y con qué termina?
—Con el asombro. Y con las prioridades patas pa’ arriba.
16
Es un día lluvioso, de un tenue chipi chipi. Él y Ella están en un restaurante desayunando chilaquiles verdes. Deliciosos. Ríen. Se platican sus anécdotas de la adolescencia y la adultez temprana. Aventuras. Viajes. Recuerdan y ríen más. Se dan cuenta de que hay muchas coincidencias. Lugares y personas en común. Están felices. No saben que eso, su pasado, es lo único que les queda.
17
18
Él le escribió:
Tienes una cara de proyecto a largo plazo, que no puedes con ella.
Al día siguiente la abandonó sin darle explicaciones.
19
Incoherencia: Cuando logran un instante de magia, Él bufa y gruñe. Sin embargo, no es un animal. Ella dice Dios mío, Dios mío, aunque no cree en Dios.
20
Él le dice que está perfecta, que tiene rostro de niña. Entonces, ella sale a la calle con el cabello revuelto, el rímel corrido, olor a sexo y una sonrisa sospechosísima en los labios.
21
En el mismo momento, cuatro niños de edad similar abren los ojos, sorprendidos. Lloran. Saben que están perdiendo algo. Aunque no se conocen pues viven en diferentes partes del mundo, los une algo muy fuerte, que los desgarra.
22
Él le dijo:
En tu mirada flotan nubes nunca antes vistas, en tus labios hay arroyos cuya agua sacia una sed que jamás había tenido, en tu piel hay mil regalos por abrir, mil ventanas para entrar y cientos de miles de caminos por recorrer. Hay tardes de sol y de vino en nuestras horas, si es que decidimos arrancar sus racimos, hay caricias que vuelan en parvadas migratorias, promesas y proyectos en capullos, amaneceres de sexo e historias, palabras semilla en cada silencio mutuo, todo listo para germinar, para abrirse en fruto, un destino arbolado y virgen que espera nuestra llegada, por si nos atrevemos a partir.
Ella lloró de gozo con la sola idea de atreverse.
