I
Yo soy la historia del pueblo judío, soy Abraham y soy Isaac, soy Moisés y soy Aarón, soy Noé y Job y David, no lo olvides, le dije a mi padre en un susurro a manera de rezo la primera vez que mis ojos y los suyos se vieron, la primera vez que nuestros cuerpos estuvieron frente a frente. Yo tenía treinta seis años y atrapaba con la mirada a David, mi sobrino, su nieto, el hijo de su hija, mi hermana, mientras el rabino cortaba su prepucio. Él, mi padre, tenía sesenta y seis y me veía con una expresión indescifrable e inaprensible, como todo en él durante una vida entera de negación y silencio, de vacío y de sombra.
Por primera ocasión esos dos hombres, ese padre y ese hijo, él y yo, se contemplaban. Por fin el hijo veía cumplido el preciso instante que había deseado, fantaseado y temido minuto a minuto durante una vida entera. Finalmente el padre tenía a medio metro de distancia, en carne y hueso, a su ya adulta pesadilla. La ironía se consumaba con igual dosis de profundidad y de teatralidad, como todo en la vida de ese hijo, de mí, en mi vida. El fondo era forma y la forma fondo: la Torah detrás, el pequeño grupo de asistentes debajo, en esa suerte de palco de butacas, nosotros arriba en aquella especie de escenario, yo como siempre sobre el foro buscando el reflector, él tal vez sin saber cómo ni por qué, ahí, salido de esa sutil cueva que se había labrado durante casi cuatro décadas, pisando ese escenario para vivir acaso la peor de todas las ocasiones que hubiera concebido.
Porque la pesadilla era real. Siempre lo había sido. No sólo en las noches, al apagar la luz, girar el cuerpo sobre la cama y no poder evitar esa habitual ruta sináptica que me hacía aparecer en su conciencia, justo cuando la somnolencia la desarma, sino ahora que pesadilla y deseo se fundían y explotaban con lujo de efectismo y teatralidad en medio de uno de los más profundos, conmovedores e irracionales ritos de la historia de las religiones. Circuncisión: Brit Milá, Pacto de Palabra, pacto y palabra. Un grado más al que asciende el inagotable exponencial de ironía de esta ecuación. Y yo, a pesar de ser hijo de una mujer gentil, yo tan judío como alguien puede llegar a serlo, arropando con mis pupilas a David, mi sobrino, su nieto, y viendo manar su sangre que es la mía y la suya y la de cientos de generaciones que se pierden en el pasado y que terminan por mezclarse en la arena de un desierto remoto, en la extravagante idea de un solo Dios sin nombre. Y yo hebreo de verdad, tan hebreo como Abraham, extranjero entre los extranjeros, ivrit como él, el del otro lado, el que cruzó, el que traspasó la frontera cuando menos lo imaginó, cuando no era ya concebible ni siquiera como un milagro. Yo el sacrificado y el verdugo, el errante, el que recibe la palabra, la entiende y la ejerce, el rechazado, el esclavo asimilado, el que habla y el que traduce, el de verdad elegido por haber sido rechazado y negado y escondido toda la vida, el que regresa, el arrancado del agua que vuelve a su origen, a su pueblo, el paciente y el ebrio, el de la fe y la desesperanza, el perseguido y el ignorado, el denostado y el admirado.
“Yo soy la historia del pueblo judío”, le dije o intenté decirle y no mentí, porque eso soy. Jamás imaginé que ésas serían las primeras palabras que pronunciaría frente a él, jamás pensé siquiera en ellas y de pronto el marco y la forma se apoderaron de mí y hablaron por mí. Fue en ese instante mismo, al ver al anciano acercarse con la navaja de plata en la mano, cuando ese hijo, yo, sin pensarlo y habiendo creído toda su vida que ya lo había hecho, tal vez se asumió por primera ocasión, involuntaria e inevitablemente, engendrado y no creado, como hijo de su padre. Cuando percibió que ese hecho rebasaba el ámbito de la consanguineidad y la similitud genética, de un acta de nacimiento, de un “sí, sí es” mutuo, e iba mucho más allá. En ese momento pleno también de teatralidad musical, en ese instante en el que todo se convertía en una obra festiva escénica y sagrada, ese hombre joven entendía finalmente, entre los desagarrados y suplicantes melismas del cantor que se elevaban al fondo y la implacabilidad invisible, innombrable y eterna del bajo cifrado que el órgano dejaba caer como la ausencia en cada año de esa vida sin padre, de qué se trataba su historia, esta historia. No era un recurso alegórico, tampoco una elegante conclusión psicoanalítica de esas que todavía pueden hacernos héroes en pleno siglo XXI y en la Ciudad de México mientras nos recostamos en un diván, mucho menos el elegante despeje de un binomio cuadrático afectivo.
La mirada de sorpresa extraviada con la que ese padre pareció responder a las palabras de su hijo fueron de una elocuencia patética. Acaso perdido y atónito, humillado en extremo por tener que pasar por eso en público, ese hombre seguramente habría esperado cualquier actitud, cualquier palabra menos ésas. “Yo soy la historia del pueblo judío” era una frase arrogante y pretenciosa, soberbia, petulante, teatral: operística por supuesto. Tenía que ser una estrategía trazada con la meticulosidad que sólo treinta y seis años de lucubraciones y rencor cotidiano pueden generar. Crítpica y agresiva, en vista de los oprobiosos antecedentes, era una especie de apertura inconcebible que generaba una posición de tablero inmediatamente ventajosa, que obligaba de entrada a la defensa, cuando no al sacrificio.
“El sacrificio de Isaac, por supuesto”, pudo haber deducido con supuesta velocidad y tino ese hombre de tez oscura y sonrisa prefabricada en lo que habría acusado inmediatez de pensamiento. “Un aborto y el sacrificio de Isaac”, podría haber respondido yo sin abrir la boca ni voltear a verlo, “la ruta es correcta, pero sólo como eso, como camino, nunca como destino, mucho menos como conclusión”.
“Sé que estás pendiente de mi resolución y es ésta: no impediré que mi hijo nazca. ¡Prefiero soportar toda mi vida la angustia de un porvenir incierto para él a la certeza de su muerte!”. Con esta frase escrita entre signos de admiración se sellaron mi destino y mi vida, los de mi madre y los de él, mi padre, los del mundo y la historia entera. La voz de “el que es” que detiene la mano temblorosa pero decidida de Abraham se hace presente hoy, escrita a lápiz sobre el reverso de un libreto de una telenovela de 1963, en un papel amarillado cuyos dobleces se craquelan a la menor provocación y apenas se mantienen unidos gracias a varios trozos de cinta adhesiva. Es la frase capital del borrador de la carta que mi madre le envió una encapotada y fría mañana de enero de 1964 y que he descubierto tras su muerte, hace apenas dos años, entre sus papeles mejor guardados. Es la frase que como cubetada de agua helada marcó su impotencia absoluta: el principio de esa interminable cadena de círculos concéntricos alrededor de una negación eterna. Mórula, gástrula, blástula, feto, el hecho se había consumado y por lo visto no tenía marcha atrás. Había embarazado a una mujer gentil y su vida se había jodido para siempre. Es la frase que sin lugar a dudas se había clavado en lo más hondo de su memoria y que ahí mismo, mientras contemplaba por vez primera al hijo que nunca reconoció y que hasta la fecha niega, a mí, en una sinagoga de Polanco, mientras circuncidaban a su nieto, a mi sobrino, al hijo de mi hermana, podía haberle hecho creer que entendía la frase que, no pensada, había intentado brotar como un rezo de mis labios al tenerlo por fin enfrente. Como las incomprensibles palabras del cantor que se mezclaban y confundían con los agudos alaridos de ese niño, sangre de mi sangre, que apenas unos segundos antes había estado furtivamente en mis brazos y que ahora yacía sobre el altar en una sábana blanca manchada de rojo. Sangre de mi sangre. La sangre de mi madre que al no haber sido derramada una tibia tarde de noviembre había anunciado mi existencia. La sangre de mi madre que al no haber sido expulsada a borbollones, con coágulos de placenta, trocitos de cordón umbilical y sí, algunos millones de células fetales diferenciadas y no diferenciadas, era responsable de que estuviera yo ahí, donde no tenía que estar, donde no debía estar, donde tan fácilmente podía no haber estado y donde, de manera hasta hacía unos meses inconcebible, me hallaba protagónico, sí, como siempre lo deseé, como siempre he sido. La sangre de mi padre, de mis hermanos y de sus hijos y mis hijas que hervía con sorna mientras trataba de digerir ese improperio blasfémico que yo, gentil, me atrevía a proferir en su templo al tiempo que se sellaba el pacto de pactos, ese que rememoraba día con día, judío tras judío, el que Abraham hiciera con ése su Dios sin nombre y sin cara, cruel y justiciero, que había estado a punto de cobrarse bajo la propia mano de su primer siervo la vida de un niño inocente, supuestamente para poner a prueba la fe de su padre.
Fue entonces seguramente, en ese instante de probable pensamiento simultáneo, cuando volvimos a vernos, ahora sorprendidos ambos y con lo que bien pudo haber sido una idea común y divergente, cercana y opuesta. “Ahora resulta que yo soy Yahvé El Desalmado que pone a prueba la fe de tu madre al pedirle que te sacrifique”, pareció delatar ese atisbo irónico de sonrisa prefabricada, mitad rictus mitad máscara, que intenta decirle al mundo entero que nada teme, que nada ha hecho, que todo está, ha estado y estará bien. Y el hijo, yo, quise contestar, confundido y temeroso, de nuevo sin abrir la boca: “¿Pero entonces tú quién eres en esta historia? ¿Eres la peor de las advocación posibles de Dios, igual de invisible e innombrable que él durante treinta y seis años? ¿Eres en este momento la teofanía macabra que en su más anodina forma cobra apariencia? ¿Eres de verdad Abraham? ¿Y yo de quién soy hijo, entonces, de Sara o de Agar? ¿Soy Isaac o Ismael? ¿Quién confundió los personajes?”.
Y de pronto todo se torna extraño y ajeno, como el sabor a alcohol de la noche anterior: de verdad extranjero entre los extranjeros, perdido como emigrante recién llegado a un país cuyo idioma y costumbres le parecen un cuento a la vez exótico y amenazador. Señalado y diferente por ser el único que no lleva la Estrella de David cosida al abrigo y que por eso, ironía de ironías, morirá, debe morir, desaparecer, no estar ahí. El único que no canta un himno religioso o salmo junto con todos los presentes. El que no entiende una sola palabra de lo que se dice. El que se ha equivocado de escenario, de obra, de ópera. El que ahora, entonces, vive una pesadilla, la pesadilla que durante los nueve meses anteriores lo ha perseguido con sadismo de manera recurrente y que creía haber conjurado apenas unas horas atrás en compañía de José, Emilio, Guillermo y Andrés. Esa pesadilla en la que se esconde y es descubierto, reprendido, denostado, ridiculizado y finalmente expulsado con brutalidad.
Y entonces, en medio de una escena que se acaba de pulverizar como el milenario fósil de Andrés, aparece la sonrisa de Ilana, mi hermana, balsámica como siempre en ese corto lapso. Su mirada dulce y cómplice, su mano sobre mi hombro, indicándome lo que tengo que hacer, guiándome, ayudándome a parecer más judío de lo que mis rasgos denotan, dándome la fuerza y la confianza, el providencial aval que hace apenas nueve meses se gestó, exactamente al mismo tiempo que su hijo, mi sobrino, su nieto. Y esto es suficiente para salvarme del precipicio en el que mi intento de frase impulsiva estaba a punto de precipitarme. Para redimirme mientras bajamos las escaleras laterales y encontramos de nuevo a Liora y a Ari, mis otros dos hermanos también recién descubiertos que me sonríen.
Recuerdo, ahora sí con precisión, que fue entonces cuando giré la cabeza de nuevo y volví a verlo. Su mirada había cambiado: ahora, entonces, la percibí oscura y terrible, amenazadora y violenta. La sonrisa prefabricada desapareció por unos cuantos segundos y su tez aparentó hacerse más oscura, como la de un hindú. Sin embargo su labio superior temblaba con refinada e involuntaria sutileza, mientras que por mi mejilla corría discreta una lágrima imbécil y rabiosa que había logrado escapar a una contención ensayada durante años. El tiempo se detuvo ahí: treinta y seis años se condensaron en un coágulo, en una pausa, en un cruzar de miradas. Ninguno hablaría ya para sus adentros. Ninguno pensaría. Esos dos hombres, él y yo, el padre y el hijo sin el espíritu santo, se vieron a la cara, escudriñaron sus rostros ignotos y sus pasados perdidos: él, acaso con odio y desazón, habría visto tal vez como cuatro décadas de mentiras caían en público como un telón viejo y empolvado que antes de llegar al suelo se evapora. Yo, con odio y con pasmo, sólo veía un signo de interrogación: tres puntos suspensivos, una incógnita que no puede despejarse, la sombra hecha carne, el hueco transformado en hombre, el misterio que deviene vacío.
Treinta y seis años y nueve meses de espera terminaban en ese momento preciso. El péndulo regresaba a su punto de partida. El compás se cerraba. Pude percibir, hoy no tengo duda, que él movía ligeramente la cabeza de un lado a otro como si ahora, entonces, encarnara ella misma el péndulo del tiempo, de su tiempo eterno de negación y ausencia. Incluso, creo recordarlo, llevaba el ritmo del órgano que todavía, cantor incluido, resonaba por todo el templo.
No bajé la mirada.
II
Tres jóvenes dan vuelta alrededor del enorme reloj Omega en el Parque de Polanco. Son las seis de la tarde de un sábado solitario de septiembre. La luz es particularmente blanca y el aire particularmente fresco. Atardece pero no anochece. Aquí y allá un padre barbado, traje negro y sombrero de copa, camina con sus hijos, se dirige presuroso a una sinagoga. Aquí y allá grupos de gentiles, de los que no son ni serán ni saben o les preocupa no serlo, se demoran, juegan, caminan, platican, huelgan. Pero tres jóvenes dan vueltas alrededor del enorme reloj y otro, en un coche, da vueltas alrededor del reloj y también del parque sin atreverse a bajar. Eso es lo único que cuenta esa tarde de septiembre. Es lo único que importa de todo lo que acontece en ese parque. De todo lo que pueda haber acontecido y vaya a acontecer en él. Esos cuatro adultos jóvenes, dos mujeres y dos hombres, jamás se han reunido. Siempre ha faltado uno, a pesar de que han vivido toda la vida en la misma ciudad. A pesar de que probablemente sus caminos se han cruzado más de una vez en una calle, en un centro comercial, tal vez incluso en carriles contrarios del Periférico. Son hermanos y hoy lo saben. Lo han sabido durante muchos años. Unos más otros menos.
Cuando el reloj marque las cinco y cincuenta y ocho minutos de la tarde, el ausente, el extraño, el ajeno, el que poco a poco ha ido cobrando nombre, forma, rostro, cuerpo, voz y vida, yo, bajaré del coche, cruzaré la calle y caminaré hacia el reloj en el que los otros tres jóvenes, tras reparar en mi presencia, desviarán su curso y se dirigirán también hacia mí. El reloj, eje de la cita, pasará a segundo término pero no dejará de marcar el tiempo ni dejará de ser consumido por él. Y el tiempo se quedará ahí, abandonado, marcando un pulso que ya no será jamás el mismo. Varias vidas están a punto de cambiar en un instante. El metrónomo de la espera seguirá sin embargo su ir y venir sin percatarse jamás de que ha dejado de existir, de que el aguardo terminó. De que el destino, ese distraído azar que siempre llega a donde se lo propone y no se le llama, está por atender una cita pendiente: una cita trazada por la estela de cuatro espermatozoides judíos que llegaron a cuatro óvulos: uno gentil.
En esos cuantos segundos que lo separan, que me separan del grupo de tres jóvenes que también se acercan a mí, de mis hermanos judíos a los que no conozco y que jamás me han visto, en ese brevísimo lapso que distancia el ya inevitable entrecruzamiento de nuestras trayectorias, treinta y seis años de tiempo corren a una velocidad vertiginosa y se superponen hasta formar un plasma de supercuerdas en el que el tiempo y el espacio se confunden en un punto infinitésimo. Todo cabe en ese momento. Muchas vidas y sus biografías. Muchos cuerpos y sus vidas. Cientos de miles de millones de coincidencias y de divergencias. En ese preciso instante la diáspora, mi diáspora, parecería terminar. Sería el fin del éxodo, del errar: la tierra prometida por una fantasía innombrable e impensable, la persistencia de la fe más pura, esa que existe sin que siquiera se sienta, mucho menos se exprese, esa que sólo puede provenir de un pacto lejano y remoto, de una alianza miles de años distante pero tan inconcebiblemente fuerte como para hacerse patente en un parque de la Ciudad de México una tarde del año 2000.
Así, cuatro vidas jamás unidas bajo el mismo trazo están a punto de iniciar un recorrido conjunto, de engarzarse por primera ocasión y perfilar un entramado posible. Cuatro biografías con sus historias y sus profesiones, sus protagonistas y sus comparsas, sus pasatiempos y sus animadversiones, a punto de ser vaciadas en un mismo crisol para inevitablemente arrojar una mezcla heterogénea y abigarrada, acaso animada a amalgamarse por virtud de la siempre hipotética e impredecible flama de la genética. Cuatro matraces que verterán su contenido para poner en contacto elementos tan disímbolos como la computación y la musicología, el automovilismo y la astronomía, la danza y la contabilidad, la extroversión y la timidez, la meticulosidad y el desorden, la falsa certeza y la duda eterna, la seguridad de un entorno, de un sentido de pertenencia, y la zozobra inmemorial, el judaísmo y el catolicismo.
Así, mientras los cuatro hermanos caminan hacia un encuentro que saben singular, uno de ellos sentirá que el espacio y el tiempo a su alrededor se doblan y se pliegan: un Mar Rojo urbano que se abre y engulle coches, semáforos, un puesto de algodones de azúcar, edificios, postes de teléfono, una tintorería, una tienda de antigüedades, un grupo de niños jugando en un estanque, una florería, tres restaurantes y una heladería para darles paso a ellos, al encuentro, al final del andar, al salvoconducto con el que cuatro hermanos podrán finalmente verse a los ojos. ¿Terminará de verdad entonces la errancia del hijo o del padre o de ambos, o se estará acaso inciando? ¿Principio o fin?
Los cuatro hermanos han terminado de recorrer ese tramo y se plantan frente a frente: tres de un lado y uno, yo, del otro. Las combinaciones de miradas son múltiples e instantáneas. Tres de ellos hacen una que contempla la del otro, mientras la del otro, la mía, se hace tres distintas, únicas, nuevas. La avidez del momento no corresponde a su inmemorial tiempo de incubación: cuatro vidas se contemplan sin saberse de verdad: cuatro vidas que provienen de una, la de un hombre de tez morena y sonrisa prefabricada que en estos mismos momentos, que en esos mismos instantes pensaba en que el primer Shabbat del año nuevo judío de 5761 estaba terminando: cabeza de año, periodo de reflexión, de pan mojado en miel y de dulces deseos, de cambio y renovación, de introsprección: corto trayecto que desemboca finalmente en el sacrosanto día supremo y temido: el de la expiación: fiesta máxima, momento crucial y solitario de reconciliación con uno mismo y con su Dios más íntimo.
Cinco mil setecientos sesenta y un años por un lado y dos mil por el otro se topan en un parque de Polanco: dos calendarios, dos tiempos, dos ríos, dos razas, dos credos, dos sociedades, dos dioses, dos religiones, dos familias, dos individuos: él y yo: el padre y el hijo que finalmente se aproximan a través de tres jóvenes judíos mexicanos: sus hijos, mis hermanos. Él, el padre, pensaría acaso exactamente a esa hora y en la misma ciudad en aquella carta que mi madre le enviara tantísimos años atrás y movería seguramente una vez más la cabeza de un lado a otro, suavemente, de manera apenas perceptible y en lo que constituía un sutil y recurrente gesto que, sin que nadie, absolutamente nadie lo hubiera percibido, había devenido un minúsculo tic nervioso, un apenas esbozado tempo: el invariable péndulo de ese tiempo eterno que él, ingenuo dios creador y destructor ante sus propios ojos, había echado andar, había hecho. Jamás ese hombre habría imaginado lo que sucedía en esos momentos a unos cuantos kilómetros de él. Eso no era posible, no podía ser real, no existía ni existiría, porque yo, su hijo, tampoco lo hacía. Yo, su hijo gentil hijo de mujer gentil, no existía, mi existencia no existía. Porque la sola posibilidad de su existencia, de la mía, anulaba su calidad de judío. La de él.
—Míralo, es tu hijo —le dijo Fedora, mi tía, la hermana de mi madre, cuando le mostró mi foto de recién nacido aquél caluroso y nublado viernes por la tarde de 1964 en un pequeño departamento de la calle de Amsterdam, en la Colonia Condesa, al que él, movido por quien sabe qué incipiente germen de culpa y de negación, había asistido como un espectro, desdibujando ya de una vez su perfil y contorno, comenzando a borrarse de ese cuadro gentil en el que jamás posaría siquiera para una foto. Fotos sin padre, cientos de ellas: fiestas, conciertos, viajes, ceremonias de fin de cursos en los que su lugar había quedado tan bien borrado, su presencia tan magistralmente desaparecida del encuadre, de la composición misma, que nadie lo notaba, salvo ese niño, yo, que entendía sin decirlo, que percibía sin quejarse. No podía darse ese lujo. Nunca jamás se lo dio.
Casi invisible ya, sombrío, contempló la foto de ese bebé, de su hijo, y asintió por última ocasión. No podía darse ese lujo. Nunca jamás se lo daría. Fedora, mi tía, todavía fuerte y con la voz timbrada, bien erguida y fulminante, le clavó los ojos, teatrales, sí, y le dijo, tal vez con entonación prosopopéyica pero apremiante, suplicante:
—Reconócelo, regístralo, por lo menos. Deja que lleve tu apellido. Deja que sea quien es.
—No puedo, mi religión me lo prohíbe. Yo le juré a mi madre en el lecho de muerte que jamás haría algo así, que jamás me casaría con una mujer gentil.
—No seas tonto, escucha lo que digo. Nadie te está pidiendo que te cases con ella. Aunque no podrás negar que ella misma te ofreció convertirse. Sólo te pido una firma en un papel, tu nombre, tu apellido, la mitad que le toca. No hagas nada más. Ya te lo dijo mi hermana y te lo digo yo ahora: no tendrás más responsabilidades ni derechos de los que quieras tener.
—No. No puedo. Y además les digo de una vez que nunca lo veré. Podré morirme de ganas de conocerlo, pero nunca lo haré.
—Entonces, sábelo —le respondió Fedora sin pensar bien a bien lo que decía, según me confesó poco antes de tomar aquel avión en el que se estrellaría junto a mi madre, pero cierta de su verdad y de la teatralidad de su profecía—, llevará tu apellido. En este país un acta de nacimiento no es problema, cualquiera puede arreglarlo. Será falsa para ser verdadera, mentirá para decir la verdad. Y óyelo, óyelo bien, Pedro: va a llegar un momento en el que te arrepientas, en el que este apellido judío que hoy le escatimas será público y reconocido, y entonces desearás poderle decir a alguien, tal vez sólo a ti mismo, que es tu hijo, que es tu apellido, y no podrás. Te juro que te vas a arrepentir.
El ya no terminó de escuchar esas palabras viéndola a los ojos en el quicio de la puerta. Las escucharía de espaldas acaso como un eco lejano, tan lejano como sus pasos al bajar esa escalera de granito por la que se perdió o creyó perderse, pequeño, para el resto de los tiempos. O como el eco lejano de las seis campanadas que escucha del otro lado de su casa hoy, en estos momentos, sin saber que no tan lejos el círculo está a cuatro minutos de cerrarse, que la vida está a punto de tocarse a si misma, de nuevo, siempre, que no hay salida. Que un orden superior, ¿el del azar, el divino, el casuístico, el cuántico, el bíblico?, está a unos cuantos segundos de revertirlo todo, de convertirlo en el personaje que nunca ha querido ser. Seguirá siendo, sí, para ese hijo, para mí, el padre invisible e innombrable, el creador cruel y justiciero. Pero ahora, sin saberlo ni desearlo, abominándolo como nunca pensó abominar de nada, será a pesar suyo y de mi innombrable y devota herejía Yahvé, la zarza ardiendo que puso a prueba a su hijo, al primogénito, que lo condenó al exilio y a la errancia, que lo sometió a las siete pestes: la de intentar cobrarse su vida nonata, la del abandono, la de la negación, la de la ausencia, la del aguardo, la ilusión y la esperanza eternas e infructuosas, la de la desesperanza, la del odio.
Así camino por ese parque y me planto ante la noble, generosa, amable y, sí, curiosa mirada de mis hermanos: Liora, Ilana y Ari. Los tres menores que yo, los tres concebidos años después de mi nacimiento. Un dejo de parábola me inunda, nos inunda, mientras el mar del tiempo y de la cotidianeidad, de lo sólito y lo habitual, se abre ante nosotros y nos franquea el paso: a ellos, pueblo elegido sin saberlo: a mí, pueblo elegido sin desearlo. Frente a frente, esos cuatro pares de ojos viven por vez primera en sus vidas un momento que saben no tiene precedentes ni comparaciones. Se observan y contemplan a una velocidad indescriptible y tratan de asir lo inasible: la consanguineidad, el parentesco. No han visto la estrella vespertina, refulgente y firme que los saluda por detrás de los árboles frondosos y les anuncia el final del Shabbat. Tampoco han escuchado los seis sonidos del reloj. Yo seguramente porque temblaba como un muerto de frío y no podía siquiera atinar con la llave a la cerradura del coche mientras me bajaba. Ellos tres porque sólo esuchaban el silencio de hecatombe que se les había instalado al ver mi figura a lo lejos descendiendo del coche y caminando en su dirección.
“Hola, yo soy Ilana”, “Yo soy Liora”, “Y yo, Ari” y dos besos en la mejilla y un estrechón de manos.
III
No ser un niño judío y serlo en la Ciudad de México durante los años setenta es una experiencia singular. La frase suena extraña tal vez porque no es correcta, tal vez porque debería plantearse de otra manera. Algo así como: no ser un niño judío mexicano, siéndolo, es una experiencia absurda y compleja, tan enternecedora como pasmosa. Porque de qué otra manera podrían calificarse los curiosos devaneos de ese niño, de ese hijo de judío y gentil, cuando respasaba en un convento de la colonia Florida, entre olor a rompope recién hervido y galletas frescas, el libro de catecismo, ése con imágenes impresas en beige sobre un papel muy corriente, tan similar en su recuerdo, en mi recuerdo de hoy treinta años después, a los billetes de cien pesos con la imagen de Miguel Hidalgo.
Sentado en una larga banca junto con otros niños en un pasillo trasero del jardín del convento, pero sobre todo junto a Guillermo, furtivo y precoz catecúmeno hereje siempre armado con lecturas impensables y absurdos utensilios de pesca que producían sus bolsillos, rodeado de plantas y de hortalizas, repetía las frases incesantemente, con ese mecanicismo todavía incipiente que luego vería magnificado y multiplicado en la Iglesia de la Divina Providencia, justo en la calle de Quintana Roo, mientras un grupo de jóvenes setenteros, todos con chaleco anaranjado, cantaban “rolas cool” al Señor. “¿Qué repararán las Madres Reparadoras?”, se preguntaba con frecuencia aquel niño de cabello lacio y rubio cenizo, tez verdosa, cuerpo delgadísimo, cabeza desproporcionada, nariz ligeramente curva y orejas descomunales. “¿Qué tanto podrá haberse descompuesto como para que todas ellas vivan juntas en esta casa tan bonita sólo para arreglarlo?”.
Porque a la luz de los acontecimientos recientes, revisando su vida entera a través del cristal que le ha dado saberse hijo y hermano de quienes es, de quienes siempre ha sido, al verse infiltrado con tal naturalidad y tersura en medio de la comunidad religiosa más cerrada de la Ciudad de México, ese hombre joven cree saberse judío, cree saber que fue un niño judío. Pero ese niño, judío o no, gentil y no, no podía saberlo, no podía siquiera intuirlo, pero lo era con una fuerza y decisión que sólo atinaba entonces a manifestarse como duda y escepticismo, como confusión y cuestionamiento, como imaginación y anhelo.
“¿Dónde está Dios?”. “Dios está en todas las cosas”. “¿Cuál es el misterio de la Santísima Trinidad?”. “Que Dios es uno y tres. Que son tres personas en una: el padre, el hijo y el espíritu santo”. “Ave María Purísima: Sin pecado concebido”. “¿Cuánto hace que no te confiesas?” “Acúsome, señor…” “¿Si Dios se convierte en la ostia y luego nos lo comemos, quiere decir que Dios se nos pega en el paladar, que eructamos a Dios y que cuando vamos al baño hacemos a Dios y nos lo limpiamos? Si Dios se hace ostia, ¿cuando deja de ser ostia?” Las frases le daban todavía vueltas en la cabeza mientras chutaba una lechuga romana contra Guillermo y gritaba con todo su ser “¡Gol de Borja!”, al tiempo que una joven y hermosa novicia le sonreía con ternura desde una esquina del convento. Muchos años tendrían que pasar para que ese niño, hecho hombre, encontrara en el atuendo de novicia uno de los mayores y más sutiles estímulos eróticos de su vida, y muchos, muchos más todavía para que pudiera identificar, recostado junto a su esposa, que ese estrecho pasillo de jardín era el mismo que daba marco a una de sus pesadillas recientes más aterradoras: ésa en la que su padre, el padre, con una tez tan oscura que parecía absorber todo rastro de luz, con una sonrisa forzada que delataba la falta de un colmillo y con un gigantesco pie de piedra que arrastraba con graciosa pesadez, tiraba un penalti contra él con un enorme balón infantil de colores, se le acercaba y le reclamaba airado querer instaurar en sus hijos la Navidad en vez del Hannukah.
“¿Si Dios está en todas partes, de verdad puede ser también ese señor de barbas blancas, con túnica y bastón pintado grandote en la pared que está detrás del altar, sí, el que le está soplando a su hijo un remolino de aire en el corazón?”. “Y si el viejito es Dios, ¿cómo puede ser también el joven y fuerte que, para acabarla de amolar, termina la historia crucificado y lleno de sangre?”. “¿Se puede matar a Dios? ¿Entonces Dios se puede morir?” “Tres personas en una y una en tres: no entiendo nada, más bien suena como el lema de los tres mosqueteros”. “Sólo aparecen juntos una vez, no se te vaya a olvidar, en un momento, cuando Juan Bautista bautiza a Jesús en el río Jordán y se escucha en la profundidad del cielo la voz de Dios padre, y una paloma, que es el Espíritu Santo, sí, con mayúsculas, no se te olvide, pasa volando encima de todos.”. “Dios padre, dios hijo, dios espíritu santo”. “¿Por qué? ¿No entiendo?” Dogma de fe, dogma de fe, dogma de fe, dogma de fe. Con ese recurrente callejón sin salida, aún más enigmático, pero definitorio y definitivo, lapidario y contundente, terminaban las Madres Reparadoras con la retahíla de preguntas de ese niño incómodo.
Y el niño incómodo e incomodado, el hijo, regresaba a su casa en la Colonia del Valle a bordo de un macizo Volvo, viendo sin ver por las ventanas un mundo completa y perfectamente gentil, católico, el de la clase media mexicana de 1970, el suyo, el único. Un mundo en el que no tenían cabida otro tipo de seres, en el que habría sido descabellada, inexplicable, acaso hurtada de una fiesta de disfraces, la estampa de un hombre barbado, con levita y sombrero de copa negros, con el manto de oraciones saliendo por debajo del saco, los cárieles colgando por las mejillas y el solideo reluciente con apliques, llevando de las manos a dos hijos pequeños, vestidos a su imagen y semejanza, un sábado por la tarde, como ése, inimaginable y remoto, que sin embargo lo esperaba ya, puntual y paciente, treinta años más tarde en un parque de Polanco.
Pero ese mundo acontecía, sin que él lo supiera, apenas a unos cuantas cuadras del suyo. Era un mundo apartado y próximo, monolítico y ambulante, que comenzaba a circular con lentitud, a mudarse poco a poco con familias enteras, templos y escuelas completas. No yacía ahora en el centro de la ciudad, en ese abigarrado, vociferante y sui generis Ellis Island que había sido La Lagunilla. Ya no giraba en torno de la calle de Cinco de Mayo, donde Salomón Roth, supuestamente un sastre bolchevique, ucraniano y judío, y su mujer Esther, una ama de casa tal vez analfabeta, menos bolchevique, polaca y más judía, sus abuelos, los padres de su padre ausente, vivían en pobreza compartiendo una casa con varias familias también recién llegadas, según le revelaría doña Perla tres décadas exactas después, mientras le mostraba fotos inverosímiles de sus ancestros aquella inesperada tarde de verano de 2001.
Ahora, entonces, ese mundo se había asentado en la colonia Narvarte, en la Condesa, apenas a un paso de la colonia del Valle, de su mundo infantil y desenfadado, feliz, lleno de futbol y de clases piano y de oberturas vienesas populares a todo volumen en el Stromberg-Carlson: un mundo luminoso y límpido que sólo se oscurecía de vez en cuando por nubarrones que más que entender intuía, que le dolían a medias y que por alguna extraña razón él, curioso entre los curiosos, glotón de la información, prefería dejar de lado, no escudriñar. Más allá del misterio trinitario, aquel niño no se daba cuenta todavía de que lo que de verdad lo asustaba y confundía era la existencia misma de un padre y un hijo, del padre y del hijo “que con el padre y el hijo recibe una misma adoración y gloria”, que el padre y el hijo fueran una sola persona “en el nombre del padre y del hijo”, que Dios tuviera hijos y fuera su propio hijo, su “Padre nuestro”, de todos, nunca el suyo, nunca el propio.
Así, esa tarde de agosto de 1970, los mundos de ese padre y de ese hijo corren como dos líneas paralelas que ignoran la relatividad, que no conciben todavía la posibilidad de una intersección. Un mundo judío y un mundo gentil separados apenas por la Avenida Cuauhtémoc y por Insurgentes. El mundo de un adulto judío joven que había decidido negar la existencia de un hijo gentil, borrársele y borrarlo meticulosamente, día con día, hasta el punto de hacer de su inexistencia una verdad axial, el eje completo y el punto de equilibrio de su verticalidad, de su verdad, de su mundo, de su judaísmo, del cumplimiento de un juramento. Y el mundo de un niño, mitad judío, mitad gentil, que crece sin saber quién es y qué es, que poco a poco, tras algunas preguntas y respuestas de su madre, varias deducciones, muchos silencios y miles de fantasías, comienza a inventarse un padre, judío sí, lejano también, ausente siempre, y a construirse una temerosa, frágil, vulnerable, torpe, fantasiosa y paulatina identidad judía, a judeizarse a tientas y a ciegas: a adoptar esa providencial diferencia y no la de la bastardía. Dos judíos imaginarios a su manera. Dos mundos complementarios y excluyentes, inversos y paralelos. Uno que se deconstruye en la mentira y otro que se construye con ella, uno que niega y otro que busca, uno que esconde y otro que exhibe, uno que calla y otro que habla, uno que se aleja y otro que, sin saberlo, se acerca, día con día, hora tras hora, decisión tras decisión.
Ya desde entonces, ambos, ese padre y ese hijo, él y yo, debían temerse, temernos, aterrarse, aterrarnos. Ya desde entonces, cuando él, el padre, tras cobijar a sus dos hijas pequeñas y besar a su esposa, apaga la luz, y yo, el hijo, tras ser cobijado, recibir mi beso de las buenas noch
