I. Un día fuimos dos
¿Por dónde ha de empezar uno el relato? Por donde más le duele, si es posible. Esas horas de llanto mal tragado que le echaron de bruces a la edad adulta.
Uno escribe siempre contra la muerte.
ROSA MONTERO, La loca de la casa
Tengo veinte años y a mi mayor aliada tendida en una cama de hospital. Es el día de mi santo, de modo que nos toca ir a comer porque también es santo de mi padre y jamás perdonamos el ritual. Hace ya varios días que mi mamá no duerme con nosotros, desde que Celia salió de la casa entre dos camilleros, habituados a oír sin escuchar las quejas de un paciente adolorido. Entiendo que es el fin y soy cobarde. Sé que Celia no volverá a la casa, pero finjo ante el mundo que no me he dado cuenta porque ella todavía me llama “niño” y yo he encontrado asilo en su candor. Alguna vez me dijo que no quería morirse en nuestra casa, para ahorrarme la pena y la impresión, y ahora que estoy delante de esta cama no encuentro qué decirle, ni sé si podrá oírme, de lo enferma que está. Cuando llega el momento de irnos a comer, la tomo de una mano y siento su respuesta. La aprieto ya, me aprieta, y es como si nos diéramos un abrazo secreto porque los dos sabemos que estamos despidiéndonos y entiendo sus palabras sin palabras, ya me voy, muchachito, pórtate bien y acuérdate de mí. Ella, que siempre me lo perdonó todo, me está diciendo con este apretón que otra vez me perdona por no estar a la altura del momento y correr a esconderme de su adiós. Por una vez me dice, nos decimos, sin que nos hagan falta las palabras, cuán importantes somos en la vida del otro, por más que yo sea un nieto sacatón y me esmere en negar el abismo que está a punto de abrirse.
Alguien dentro de mí quiere que esto suceda de una vez, con tal de no tener el tiempo suficiente para asumir entera la aflicción. Me niego a ver el miedo, el desamparo, la nada que se acerca, y entonces me comporto como si el hombre lobo no estuviera asomado a la ventana de mi cuarto de niño. Me digo que ya es hora de mostrar la madurez que jamás he tenido, que estas cosas suceden todo el tiempo y ya Celia me dio lo que podía darme, pero no profundizo para no echar por tierra un autoengaño que en los próximos días me hará sentir tan fuerte como ingrato. Me gustaría desear que se mejore, pero me he abandonado a un derrotismo que de alguna manera me consuela, o mejor: me anestesia. Voy y vengo con el humor de siempre, traigo la música a todo meter y busco a mis amigos por teléfono con la frecuencia de todos los días. Hay tantas cosas nuevas en mi vida reciente que no me queda tiempo para poner en duda el porvenir glorioso que según yo me espera, porque hace ya dos meses que soy coordinador de un suplemento cultural y de aquí a unas semanas empezaré a estudiar una nueva carrera.
Esto último, por cierto, sólo Celia lo sabe, pues nadie más se cree ese disparate de que espero algún día vivir de hacer novelas. ¿Quién más, si no mi abuela, sería capaz de permitirse el lujo de entusiasmarse con semejante proyecto, cuyos primeros trámites han consistido en botar la carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública? Nada más de nombrarla me acalambro. Después de un par de años de resignarme a medias a un futuro que al fin encuentro inaceptable, preferiría ir a dar a un hospital psiquiátrico antes que formar parte de un partido político. Ahora sólo me falta figurarme cómo le voy a hacer para evitarme el drama familiar. ¿No dije acaso que soy un cobarde? ¿Y qué tal si empezara por las buenas noticias? “¿Qué les parece que a partir de enero voy a ser yo quien pague mi colegiatura?”
Es viernes, muy temprano, y ya suena el teléfono. Mi papá debe de estar en el baño, pero antes saldrá él enjabonado a que yo deje de hacerme el dormido. ¿Quién, que no sea mi madre con las peores noticias, va a llamar a la casa a estas malditas horas? Por supuesto, es la peor de las noticias, y mi padre-tocayo no la disimula. Me quedo tieso, helado, hueco, impávido. No abro los ojos para no tener que ir hasta el teléfono y decirle no sé qué cosa a Alicia, hija de Celia y hermana de Alfredo: mi mamá, que a partir de este día y a lo largo de demasiados meses llorará como niña desamparada. Nadie que yo conozca sabe entregarse como ella al dolor, mientras que yo lo niego y ando por ahí chiflando canciones pegajosas, igual que un carterista principiante. Oigo venir los pasos de Xavier y abrigo la esperanza inoperante de que espere a más tarde para “despertarme”.
—Tu mamita se acaba de morir —me lo suelta de lejos, sin dar un paso dentro de la recámara, y yo sólo sepulto la jeta en la almohada, escupo unos murmullos ininteligibles, me revuelvo debajo de las sábanas porque no me imagino qué debería hacer y por más que me esfuerzo no consigo llorar. ¿Y cómo, si he logrado convencerme de que no es a mí a quien le pasa esto?
Vista así, desde afuera, la muerte de mi abuela parecería un mensaje de los tiempos. Tengo al fin un trabajo y una nueva carrera, nada va a ser igual de aquí al próximo mes. Pienso en eso a intervalos, en el camino de la casa al hospital, mientras mantengo viva una conversación insulsa con Xavier. No sé por qué me esfuerzo en que parezca que éste es un día como cualquier otro y me siento perfectamente bien. O tal vez sí lo sepa: no soporto la compasión de nadie. Prefiero que me odien a que me tengan lástima y estoy haciendo todo lo que puedo por no tenérmela en estos momentos. Nada que sea muy fácil, una vez que la he visto tendida en la camilla y me he negado a descubrirle la cara. Nunca quiso que yo la viera muerta y tampoco yo quiero recordarla así. Tanto que se arreglaba, dudo que me dejara mirarla en esa facha.
Mi mamá sí que llora. No solamente acaba de perder a su madre, también le tocó ver a los médicos salir del cuarto y abandonar su cuerpo sin molestarse al menos en recomponer su última postura. La orfandad de mi madre se inaugura delante del cadáver de la suya, cuya cabeza cuelga de la orilla derecha de la cama. No deja de contarlo, tiene el espanto impreso en la mirada y un dolor que no logro compartir porque estoy ocupado en demostrar que no me pasa nada. Si pudiera, estaría de regreso en la casa. Solo, de preferencia, con la música puesta. Intuyo que lo saben y por eso deciden que sea yo quien vaya a casa de mi Celita y le traiga un vestido color negro. Uno muy elegante, ilustra Alicia, búscalo en el armario de la recámara.
Al fin solo, enciendo el autoestéreo y echo dentro el cassette que sin mucho pensarlo supe que me hacía falta. Eberhard Schoener, Video Magic. Si estuviera escribiendo uno de mis artículos para el suplemento diría que es un idilio romántico-electrónico, salpicado de dulces tonalidades tétrico-vampíricas que elevan el espíritu aun en casos de grave frigidez, pero yo sé que es música de funeral. Llego al departamento de mi abuela, le doy vuelta a la llave y la puerta no se deja empujar. Algo la está trabando desde el piso. Empujo con más fuerza y logro abrirme paso por la rendija que he podido agrandar unas cuantas pulgadas. Miro entonces al suelo, todavía sin prender la luz del hall, y descubro una alfombra de periódicos bloqueando el movimiento de la puerta. “Ya no los va a leer”, me repito, atontado, y esa pura certeza me encoge las entrañas. A veces lo que duele no es lo que sucedió, sino lo que ya no va a suceder, y de eso está repleto este departamento. El único lugar en el planeta donde yo, cuando niño, era invencible. Mi reino desde siempre. El comedor, la sala, las jaulas de los pájaros (hace ya años sin pájaros), la cómoda en cuyo primer cajón guardaba la baraja española, el parkasé, la tabla que de un lado era La Oca y del otro Serpientes y Escaleras. Llego hasta la recámara dando pasos de autómata y me siento en el lado derecho de la cama, junto al buró, que es donde ella dormía. Prendo la lámpara, miro hacia el tocador y salta mi retrato, escoltado por dos muñecas de porcelana. Nada más despertar, se topaba de frente conmigo cada día. ¿Adónde se va el orden de las cosas, una vez que se ha ido quien las ordenaba? ¿Qué sentido ya tiene que una figura esté aquí y dos más allá, quién sabría explicarme por qué estos frascos estaban afuera y esos otros guardados en el cajón, a quién le importa ahora que ella fuera la dueña de todas estas cosas que acaban de perder su lugar en el mundo? ¿Me habría imaginado mi Celita, mi Mana, mi Mamita, llorando como un huérfano junto a su buró? ¿Alguien sabe la cantidad de duendes que se me están muriendo aquí y ahora, los cientos de secretos que compartí con ella en este cuarto, las historias, las risas, el privilegio de mirar al mundo desde una inmensa cima donde ningún peligro podría haberme alcanzado? “No te tardes”, me han dicho allá en el hospital, pero me quedan varias lágrimas más y no pienso guardármelas, no ahora. Las muñecas, las fotos, la lámpara, el cajón, todos estos objetos que mi Celia ya nunca volverá a tocar, ¿quién va a llorar por ellos si me voy?
Me digo que me espera un día espantoso, pero regreso al coche y siento que la máscara recobra su dureza. Para mejor probármelo, seré yo quien avise a parientes y amigos, de modo que estaré colgado del teléfono en las horas que vienen. En lugar de informarles que Celia se murió, hablaré de complicaciones médicas y concluiré que “ya no se pudo hacer nada”, sin siquiera un amago de nudo en la garganta, llegada la noche procuraré escaparme al carro cuanto pueda, encender el estéreo y oír la voz de Sting cuando aún no era famoso y trabajaba al lado de Andy Summers, acólitos los dos de Eberhard Schoener. “Rézale a mi mamá”, suplica Alicia, que nunca escucha música cuando está así de triste, pero a mí eso se me da tan poco que mañana, en la misa de cuerpo presente, no habrá quien me convenza de comulgar.
—¿Ni por ella? —me orillará Xavier, con la vista en la caja.
—¿Ser hipócrita? Claro que ni por ella —me entercaré, jugando al tipo duro.
Necesito estar solo. Me canso de poner esta cara de business-as-usual y tener que lidiar con tanta gente amable, comprensiva y católica que haría mejor largándose a la mierda. Por lo pronto, aprovecho para informar a Alicia y a Xavier, que están por un momento solos en un rincón, que Celia y yo teníamos un secreto. Mucha astucia, la mía. Tendría que darme un poco de vergüenza venir a aprovecharme de estas horas tan negras para soltar la sopa de la nueva carrera. “Una buena noticia y una mala”, les ofrecí y empecé por la buena. A partir del mes que entra, yo pago mis estudios. La otra noticia es que me cambio de carrera. No quiero ser político, decidí estudiar Letras. Puesto en otras palabras, desde enero me voy a mandar solo. “Mamita lo sabía”, les recalco, y lo aceptan con tanta mansedumbre que de vuelta me siento un abusivo. Necesito salir, digo que voy al baño y me esfumo hasta el coche. Me hace falta mi música de funeral. Volver a hablar con ella, sin rezos ni sollozos. Regresar a esas madrugadas largas, tenderme al lado izquierdo de la cama y escuchar otra de esas historias que Celia me contaba cada viernes, como si desde entonces supiera cuál sería mi vocación y abriera el cofre lleno de mi herencia.
—Celita… —le confieso, sin más testigo que la voz cantante—. Lo logramos. Voy a ser novelista.
II. Metamorfosis ambulante
De por qué no hace falta más que tinta y papel para construir la máquina del tiempo.
Todos tenemos algún lado macabro, por no decir algunos o quizá demasiados. Un traidor intrigante nos habita y nos empuja a ratos hacia el precipicio. En mi caso una corte de intrigantes, entre los cuales no es cosa infrecuente que mis hadas resulten minoría. No sé si eso me alcance para explicar cómo y cuánto me gusta, desde niño, coleccionar problemas, o si quepa atribuir una astucia especial a las mentadas hadas, que sin así decirlo encuentran productiva esta lujuria por el entuerto, el punto es que trabajo fabricando verdades mentirosas y tengo en el armario docenas de camisas de once varas.
Cito esta zona turbia tan temprano porque una cosa es que seas profesional de la mentira y otra muy diferente que no acabes contando la verdad. Y si he de hacerlo así, no está de más empezar por decir que escribo estas palabras a escondidas del mundo, como si fuera algún crimen moral cuya pura mención tendría que fulminarme de vergüenza, y para colmo lo hago sin necesidad, por el puro placer de abrirle un frente más al novelista. Me explico: este proyecto subrepticio nace a espaldas de mis seres queridos y hasta del Dúo Dinámico (Bárbara y Willie, mis agentes literarios) que espera en Barcelona a que al fin se me antoje terminar de escribir la próxima novela. Yo diría que no es cuestión de antojo, pero tampoco estoy en posición de negar que hace tiempo se me antojaba mucho escribir estas líneas, y si hasta hoy me había contenido era porque me consta que no hay en este mundo amante más celosa que la novela en curso. Adriana, mi mujer, se ha enseñado a tratarlas como hijastras simpáticas y esquizofrénicas. Sé, pues, que si le contara de este libro haría cuanto pudiera (es decir, cualquier cosa) por celebrar mi giro intempestivo, pero entonces ya no estaría jugando, y en realidad mi única razón para escribir un libro es perderme en un juego solitario del que no sé cuándo podré salir, o me dará la gana tan siquiera. Por lo demás, éste será su libro, tal como lo confirma la dedicatoria, y por eso disfruto como una travesura viéndola ir y venir sin formarse una idea de lo que realmente hago aquí sentado.
Fue así que empezó todo, en la escuela primaria donde ya desde entonces era yo ducho en procurarme líos. El secreto, la fuga, la invención, los constantes simulacros, todo eso y más hacía parte de un juego tan absorbente que terminé jugándolo mañana, tarde y noche dentro de mi cabeza. Concebir las historias, dejarte hipnotizar por tramas inasibles, gozarlas y sufrirlas como una fechoría, engarzar las mentiras que la solaparán, mirar con cierta lástima callada a todos esos niños a cuyos juegos nunca fuiste invitado y de pronto parecen ya no sólo aburridos sino estorbosos, ¿existió alguna vez un juego mejor que éste? ¿Ves cómo hasta la fecha no paras de jugarlo?
Ya sé que es de mal gusto entre los idealistas, y acaso un desprestigio para quienes suponen que un autor ha de ser desdichado para escribir bien, pero cabe aclarar que vivo muy contento. Escribo en el jardín, todos los días —un trabajo que nunca me ha sabido a trabajo—, me rodea una jauría de gigantes de los Pirineos y en momentos me escapo a intercambiar cariños terapéuticos con una tapatía tan espectacular como entrañable, ¿qué más puedo pedir? Exactamente: la fruición de meterme en un problema, ocultarlo y armarme con una doble vida, que en este caso vendría a ser triple. Una mujer, dos obras en proceso: la idea me entusiasma lo bastante para hacerme pensar que puedo con las tres. Bien lo decía Morrissey: Trouble loves me.
Hace un par de años ya que me compré el cuaderno naranja marca Leuchtturm que ahora estoy estrenando. Antier llegó el paquete con la tinta Iroshizuku rojo bermellón que desde hoy participa en este juego. James Bond solía iniciar sus aventuras con una visita al taller del científico Q, quien procedía a surtirlo de armas ultra secretas a la medida de la nueva misión. ¿Y no empiezan así los juegos entre niños, “yo era James Bond y tú eras Moneypenny”? Pues bien, hoy he elegido ser el otro: ese que se escapaba volando del pupitre, el colegio, la niñez y la época en dirección a un mundo de mentiras que parecía más verdadero que el suyo, mientras yo pretendía, con escasa verosimilitud, que era un niño estudioso y dedicado. El que jamás dejó de jugar y hablar solo y todavía hoy lidia con la acechante sensación de ser en todas partes extranjero. ¿Pero de qué me extraño, si hasta mi propio oficio me delata como un ensimismado?
No fui quien lo eligió, sino al revés. Mientras creí que aún estaba a tiempo, me resistí a este raro destino laboral cuya materia prima es la incertidumbre. No es verdad que uno deba vivir triste, aunque sí, todo el tiempo, atribulado. Vale decir que lo he probado todo, y de pronto obtenido ingresos más o menos aceptables, pero tengo este vicio testarudo cuya práctica me hace abandonarme al gozo de ser otro sin que nadie termine de enterarse qué es lo que en realidad ocurre en mi cabeza. Paso al fin tantas horas encerrado en mi propia máquina del tiempo que vivo permanentemente turulato. En cualquier situación, cuando menos lo pienso me transformo en el vago taciturno que va por la banqueta peleando con fulanos que no existen, por el momento al menos. No sé si es para lo único que sirvo, pero ya la experiencia demostró que no me da la gana servir para otra cosa.
He perdido la cuenta de las veces que dije —a amigos, periodistas, editores, familia— que nunca escribiría un libro como éste. Luego de dos novelas autobiográficas —una de infancia, otra de adolescencia— creía tener claro que mi vida perdía interés literario a partir de ese punto, si bien ya hemos quedado en que los buscadores de líos acostumbramos llevar más de una vida, así sea por meras cuestiones prácticas. Y esa otra, la segunda, seguramente la que más me desvela, es la que me he propuesto contar en estas páginas. La que le cuadra al demonio en jefe a quien sirvo día y noche, por cuyo mal ejemplo me reservo el derecho a contradecirme. Lo dice la canción de Raul Seixas: Prefiero ser esa metamorfosis ambulante, a tener aquella vieja opinión formada sobre todo.
Escribo sin nostalgia, y si vuelvo al pasado es por esta cosquilla de explicarme lo que de cualquier modo sé que es inexplicable. No entiendo por qué escribo, ni para qué, ni sé decir en qué preciso instante se hizo tarde para cambiar de idea y llevar una de esas vidas saludables para las que siempre hay un manual de instrucciones. No se es una metamorfosis ambulante siguiendo los dictados de la razón, como prestando oídos al runrún chocarrero del instinto.
Hoy, el segundo día del nuevo juego, miro a Adriana pasar a unos metros de mí, le hago una broma boba y pretendo que todo sigue igual, aunque seguramente ya pudo darse cuenta de que ahora estoy usando tinta roja. En unas pocas horas, cuando haya retomado la novela y este cuaderno vuelva a su escondite, verá que escribo con tinta morada. No suelen escapársele esas cosas. Pienso en el dramaturgo perturbado que encarnaba Jack Nicholson en El resplandor y me divierte imaginar a Adriana temiendo en un suspiro por mi salud mental. Dudo que lo haga, al fin, porque ya me conoce y está habituada a montajes como éstos. De pronto me hago el muerto, o me pongo una máscara y salto de la nada para darle un sustazo, o le escondo sus cosas sin motivo, o me invento una falsa desazón tan sólo por el gusto de envolverla y arrebatarle una de las sonrisas sin las cuales sería ese escritor adusto y amargado que me he negado a ser desde que empezó el juego, o más exactamente desde que descubrí que no había marcha atrás porque el oficio ya me había elegido y el juego acabaría con la muerte.
Mientras eso sucede, tengo algo que contar.
III. Idilium tremens
De cuando el “compañero paracaidista” todavía estudiaba para ser presidente de la República, pese a las estruendosas evidencias en sentido contrario.
Desde la alta montaña del idilio, el menor paso en falso topa de frente con un acantilado. Como si la hechicera de la sonrisa angélica despertara chimuela, gruñona y halitosa. Pero de eso se trata justamente este oficio. Claro que hay papanatas que al paso de los años no encuentran nada chueco ni inservible en las líneas de amor que una vez pergeñaron, sólo que esos jamás llegan a novelistas. No releemos lo que ya escribimos con el ánimo de aplaudirnos solos, sino al modo del ingeniero aeronáutico cuyo quehacer consiste en rastrear uno a uno sus probables errores. Cuestión de vida o muerte, pues al igual que ocurre con los aviones, un solo desperfecto puede ser suficiente para que una novela se nos venga abajo. Para colmo, lo que hoy es un acierto bien puede parecer más tarde lo contrario. Mañana, en dos semanas, el año próximo, eso nunca se sabe y menos todavía si se halla uno al principio, ya sea de la novela o, ay, de su carrera.
Lo cierto es que al principio no hay novela, ni quizá novelista. Existe, en todo caso, la desproporcionada presunción de que esas pocas páginas son el inicio de una larga historia, igual que a los románticos perdidos les toma diez minutos vislumbrar los hijitos que tendrán con el enésimo amor de su vida. A la imaginación le gustan los atajos, tanto como le estorba la realidad. La usamos cuando niños, sin el menor escrúpulo, y es un poco más tarde que le da por pasarnos la factura, no bien caemos prendados de nuestra fantasía y ésta nos hace ver como unos tristes cándidos. Digo “nos hace ver” porque en mi caso, al menos, tenía la costumbre de andar por ahí ventilando mis idilios presuntos. “¿Ves a aquella guapota de la blusa verde?”, le preguntaba a algún amigo cercano. “Pues vela respetando, porque va a ser mi esposa”, disparaba enseguida, con aplomo de viejo meteorólogo. Y algo no muy distinto hacía con las primeras páginas de las novelas que luego terminaba por abandonar. Torpe y cobarde para la seducción, esperaba que la futura madre de mi prole cayera enamorada del autor de esas líneas en principio “perfectas”, y al paso de los días enclenques, paticojas, blandengues, crecientemente dignas de ir a dar a la hoguera junto con mi amor propio.
Hasta donde recuerdo, nunca obtuve de aquellas consultas imprudentes una reacción que me satisficiera. Elogio, duda, queja, risa o indiferencia terminaban sabiéndome a lo mismo. Quiero decir que me sentía un pelmazo, y muy probablemente se notaba. ¿Qué esperaba que viera mi prospecto de novia detrás de aquellos párrafos que quizás escondían más de lo que mostraban? ¿Los primeros ladrillos de la casa donde seguramente nos reproduciríamos? He perdido la cuenta por igual de las páginas truncas y las futuras madres de mis hijos que dejé en el camino del delirio, sólo sé que unas y otras se peleaban dentro de mi cabeza por ganar el total de mi atención. Cosa muy complicada para quien rara vez lograba concentrarse cinco minutos en el mismo tema. Ni lo intentaba, aparte, y eso bien lo sabían los profesores, que todavía en la universidad debían lidiar con mi entraña de niño malcriado, pues no sólo vivía distraído de pizarrón y clases, sino además hacía cuanto podía por robar la atención de mis compañeros, y más exactamente la de mis compañeras.
Jamás fue la Universidad Iberoamericana el sitio ideal para estudiar una carrera como Ciencias Políticas, pero en mi personal escala de valores la excelencia académica iba siempre detrás del magnetismo propio del sexo opuesto, y en tal renglón la Ibero nunca tuvo rival. Por si eso fuera poco, la fortuna me había hecho objeto del honor de formar parte de una generación rebosante de mujeres hermosas. Fue por ellas, también, que devoré y glosé con absoluta entrega las primeras lecturas. De El príncipe a El estado y la revolución, dediqué a mis trabajos escolares un esmero que habría rivalizado con aquellos embriones de novela que venía intentando, según yo formalmente, desde que empecé a usar rasuradora. Durante el primer mes de la carrera estuve —cosa nunca antes vista— entre los cuatro o cinco alumnos destacados del salón. Tal como me propuse algunos meses antes de inscribirme, conservaba la sincera intención de hacerme presidente de la República. Me imaginaba hablando ante las multitudes, y unas horas más tarde trabajando en otra de mis novelas, pero no había llegado al tercer mes cuando esa fantasía comenzaba a hacer agua. Me seguía llamando la atención la idea coquetona de adueñarme de un podio, no así la perspectiva de tener que enfrentarme a un escritorio y alquilarme como administrador. Sólo cuanto cupiera en una gran película merecía una pizca de mi atención, y de eso se encargaba también mi amigo Morris.
Nadie mejor que aquel compinche de la prepa había tenido una vida —es decir, una infancia— digna de ser filmada. Era, además, un vagazo irredento. Hijo de un millonario mundialmente famoso, aspiraba asimismo a ser magnate y emular las hazañas de Rico McPato. Para su desconsuelo, sin embargo, el padre había muerto un par de años atrás y la mamá le soltaba el dinero a cuentagotas. Se le veía a diario lejos de sus salones de clase y con frecuencia de visita en los míos, por aquello de las compañeritas. Fue él quien tuvo la idea de hacer algún dinero plantando una ruleta en la cafetería de la universidad. “La casa siempre gana”, decía, con certeza de wise guy de Las Vegas. Por mi parte, en honor a los jesuitas que administraban la institución, me permití bautizar el garito como Casino de Jesús. Y así empecé también a faltar a las clases, amén de irme ganando la fama disoluta que muy dudosamente ayudaría a proyectarme entre mis compañeros como ese mandatario que todavía ocupaba un lugar en mis sueños.
A lo largo de tres gloriosas semanas, los ingresos del Casino de Jesús fueron más que bastantes para llevar vida de sibaritas. Ello, más la experiencia que habíamos ganado pagando una bicoca en los supermercados a cambio de incontables botellas de champaña (yo les cambiaba el precio, Morris iba por ellas diez minutos después), nos permitía alimentar el guión de la road movie que día a día protagonizábamos. “Vida de novelista”, me decía yo en secreto, como quien lanza un guiño a la fortuna y da la espalda a sus hechos y dichos. Porque a decir verdad nada rivalizaba con la adrenalina que te invadía el cuerpo cuando venías huyendo de una patrulla y haciendo buches de Dom Pérignon, entre emoción, horror y risotadas. Ninguno de los dos habría confesado que la universidad, y de paso el mañana, le importaba una cáscara de pepino, ante tantos semáforos en rojo que era urgente brincarse sin el mínimo asomo de contemplación.
—¿Qué diría tu mamá, si supiera la ficha de hijo que tiene? —me burlé un día del prospecto de magnate—. Déjame adivinar: “¿Cuándo te ha faltado algo?”.
—Exacto, eso diría —concedió, muy sonriente—. Pero se me hace feo pedirle así nomás veinte mil dólares.
Alguna vez, en la preparatoria, el director previno a la madre de Morris contra el peligro de mi amistad, y lo mismo hizo luego delante de Xavier: ese tal Morris era una mala influencia. Temo que en ambos casos el profesor Coyoma tenía razón. Si a alguno de los dos le quedaba un escrúpulo, el otro se encargaba de quitárselo. Albergábamos planes tan exóticos como viajar a un pueblo al norte de Calcuta, que mi amigo juraba conocer, para traer un contrabando de esmeraldas, de modo que hacía falta ingeniar una fila de atracos variopintos para reunir los cuantiosos recursos que la película nos exigía. Pero antes de eso estaba el sibaritismo.
Recién había salido el Sol de un lunes de septiembre cuando llegué a la clase de Teoría Política con media botella de vodka dentro y un ánimo festivo que saltaba a la vista del salón entero. No era que por entonces los presidentes gozaran de una fama edificante, pero es verdad que alguien dentro de mí pedía a gritos que lo rescataran de ese destino idiota que no podía ser suyo. Diez minutos más tarde, ya empezada la clase, salí trastabillando del salón al baño, me senté en el retrete y vomité en el piso. Luego llegué a la calle y crucé el camellón con la ayuda de un par de empleados compasivos (supongo que esperé a que se esfumaran para tirarme ahí a dormir la mona). Varias horas más tarde, a mediodía, me vi despatarrado sobre el camellón, lejos de adivinar que varios condiscípulos habían ya pasado por ahí y me tenían por borracho perdido. Lo cual no era verdad, pero le iba bien al protagonista del filme imaginario que improvisaba junto a mi compinche.
Los sueños megalómanos de Morris se explicaban tras visitar su casa: un palacete pasado de moda que hacía las veces de museo conservado en memoria del papá, aunque también —tal como años después comprobaríamos— era una sede ideal para las fiestas más desmesuradas. Ventanales de diez metros de altura, muros repletos de memorabilia y una inmensa pintura de Frans Hals (que según la leyenda familiar fue descubierta al derribar un muro del castillo francés propiedad del señor) bienvenían a los recién llegados igual que una película de los años cincuenta, donde nada de raro habría tenido toparse con Liz Taylor y Frank Sinatra. Pululaban las fotos memorables, una de ellas del presidente Nixon departiendo allí mismo y otra junto a su amigo el Sha de Irán, amén de numerosos príncipes y potentados con y sin turbante, salidos de una época en que el pequeño Morris viajaba en helicóptero por las provincias indias con el mismo inocente desparpajo que esperaba al papá comiéndose un helado, sentadito en el trono imperial de Persia. Por eso en su película no éramos solamente dos gamberros sin verdadero oficio o beneficio, sino que estábamos llamados a seguir los pasos de Michael Caine y Sean Connery en El hombre que sería rey. No olvido su pregunta recurrente: “¿Qué esperamos para irnos a Kafiristán?”.
Todo parecía fácil, por entonces. Tanto así que al momento de inscribirse, justo en la ventanilla, Morris había lanzado al aire una moneda para decidir entre estudiar Administración de Empresas y Economía. ¿Era yo más sensato con esa fantasía de hacerme presidente de la República? ¿No solía opinar, con insolencia histriónica, que “para defender los derechos de los demás hay que pasar primero por encima de ellos”? ¿Qué otra cosa buscaba con esos exabruptos, como no fuera hacer reír a mis amigos? Y sin embargo no todo era broma. Por más que entre el primero y el segundo semestre mis calificaciones cayeran en picada y faltara a las clases con gran asiduidad, libros y profesores me habían ido dejando un nuevo sedimento de rebeldía. Tenía que haber una contradicción entre leer a Engels y Bakunin y disfrutar a diario del desfile de modas que engalanaba la cafetería, y yo la resolvía tapizando los muros de mi recámara con carteles saturados de rojo, donde la hoz y el martillo brillaban con luz propia. Morris, naturalmente, se reía de mí, que ya me defendía mediante una amenaza juguetona:
—Cuando llegue al poder, voy a expropiarte hasta los calcetines.
Creer que la respuesta a las penas del mundo estaba toda en manos del comandante Castro era un modo eficaz de resistirse al ambiente imperante en la carrera, donde lo común era perorar sobre lucha de clases, modos de producción y superestructuras, al tiempo que se hablaba de sumarnos en grupo a las filas del partido oficial “como agentes de cambio en favor del progreso de las clases subalternas”. Bullshit, pensaba yo, y me dejaba asquear por el futuro que al menos en teoría me aguardaba. Una noche, me le planté a Xavier con la noticia de que estaba considerando seriamente ingresar a una célula comunista. Ingresar, así dije.
—¿Qué es lo que estás buscando? —pegó un brinco mi padre, de por sí afecto a las teorías conspirativas—. ¿Que te desaparezcan o que un día de estos vengan por tu madre y por mí?
Persecución, intriga, clandestinidad… ¿Cómo iba yo a explicarle que tales amenazas eran a su manera un atractivo más de aquel radicalismo intempestivo? ¿Le había servido acaso prevenirme contra los peligros del paracaidismo, cuando ya había resuelto inscribirme en el curso y saltar bajo el cielo de Tequesquitengo? Si había logrado volar a sus espaldas, unirme a la pandilla de la hoz y el martillo no era sino otro paso hacia adelante en ese viejo empeño de caber en el pellejo de un aventurero. Quería pintar paredes, repartir propaganda, declararle la guerra al statu quo que tantas maldiciones merecía de mis nuevos autores predilectos, pero antes que todo eso buscaba demostrarme que era capaz de cambiar de piel.
Son así los idilios. Entre más complicados se insinúan, mayor es su poder de desafío. Y si el resto del mundo piensa que no podrás con el paquete, tanto mejor será para izar la bandera de la soberanía. “A mí nadie me dice lo que tengo que hacer”, alzaba yo la voz cuando me prevenían contra algún peligro, pues si de niño fui cobarde y apocado ya era tiempo de probar lo contrario.
“¿Cuántos de tus amigos prometieron que iban a tomar el curso contigo?”, me había preguntado el instructor, a bordo del avión destartalado del cual iba a saltar dos minutos más tarde. ¿Dónde estaban, por cierto, esos amigos? ¿Por qué era siempre yo el único dispuesto a llegar a las últimas consecuencias? ¿Sería también por eso que terminaba solo con mis planes, o era que lo buscaba desde el principio? De una u otra manera, veía en la extrañeza de los otros un aplauso para mis entusiasmos, más todavía si esos otros tenían mi edad y me plantaban ojos de papás. Su desaprobación era un deleite para mi autoestima, y si encima opinaban “estás loco” me sentía invitado a confirmarlo. Había chocado el coche cinco veces, cada una en extremo aparatosa, y seguía recreándome en espeluznar a mis pasajeros. Elogios como “cafre”, “suicida” y “salvaje” me hacían reír hasta el punto del llanto, al tiempo que invadía parques y camellones aduciendo que vida sólo había una. Pese a las evidencias, no buscaba morirme sino jactarme de sobrevivir.
Un escritor, pensaba, no le puede tener miedo a la muerte, y ello incluía el compromiso de reírse en su cara una y otra vez, sin seguir más consejo que el del instinto. La pura condición de hijo único, por toda la niñez sujeto a una atención extraordinaria y todavía sobreprotegido, me hacía sentir inútil y ridículo, en especial si pretendía escribir y contar algo más que niñerías. ¿Cómo no iba a amistarme con la gente menos recomendable, de acuerdo a la opinión de mis mayores, si el primer paso para hacer lo mío era ignorar sus recomendaciones? Fue así que una mañana llamé a la puerta de un tal Pepe O., que la tarde anterior, en su oficina, me había aceptado como “simpatizante”. Tendría unos treinta años, barba tupida y mueca de conspirador. Acomplejado por la jeta de burgués que estaba yo seguro de tener, más el estigma de estudiar en la Ibero y no atreverme a mentir al respecto, no tardé en informar al anfitrión y sus tres apparátchiks —una mujer, dos hombres, veinteañeros vehementes— que además de estudiar Ciencias Políticas era afecto a la práctica del paracaidismo. “Soy un hombre de acción, estoy dispuesto a todo”, decía el mensaje del hijo de familia resuelto a hallar lugar en la pandilla. ¿Cuál no sería mi satisfacción cuando al cabo de un rato ya me llamaban “compañero paracaidista”?
La chica no era fea, pero hablaba con un resabio de cautela que me pareció raro en ese contexto. ¿Se cuidaba de mí, que era un perfecto extraño, sabría el diablo si un infiltrado más, o de sus contlapaches, de repente no menos tiesos que ella? “Choqué ayer con un niño bien y tuve que pagarle”, se lamentó e hizo gritar a Pepe, súbitamente fiero y terminante. “¡Tendrías que haberlo mandado al carajo! Pinches juniors de mierda, ¿qué se creen?”. De muy poco sirvió que Esmeralda explicara que había sido ella la culpable. “¿Y eso qué? ¡Que se joda!”, volvió Pepe al ataque y en seguida le vino a la memoria su coche descompuesto. Para colmo, tenía que pasar al taller “a recoger dos libros que dejé en la cajuela, más la ametralladora de mi hijo”. Solté la risa, junto a los otros tres, y el de la voz se apresuró a aclarar que la ametralladora era un regalo, “no vayan a pensar que yo le compro al niño juguetes bélicos”.
Esperábamos a otro convidado, antes de dividirnos para ir a repartir unos cuantos alteros de propaganda. Había mucho trabajo, ojalá que ninguno fuera a desmayarse, dijo en broma Pepe O., haciendo un guiño raudo en dirección al compañero paracaidista, que apenas atinó a soltar una insulsa risa de suficiencia. Luego, ya relajado, el de las barbas se lanzó a cabulear a la del accidente. “Qué se me hace que acá la compañera anda enamoradita de cierta persona…”, disparó, juguetón, y al instante Esmeralda procedió a deslindarse: “Por supuesto que no. Mi único amor es El Partido”.
Pensé en salir huyendo, pero al instante hube de reprenderme porque eso habría sido un síntoma inequívoco de mi entraña burguesa y despreciable. ¿Quería de verdad cambiar de piel? Entonces me tocaba aguantar vara, por más que la evidencia me indicara que no había ido a dar con una célula revolucionaria, sino con un grupúsculo de hipócritas. Ya en la calle, cargados de volantes, fui informado de la estrategia de lucha, consistente en armar parejas mixtas para dar buena imagen a la causa. “Compañera Esmeralda, llévate al compañero paracaidista”, dio Pepe O. la orden y sin otro preámbulo nos lanzamos los dos, yo no diría cómodos, a exacerbar la lucha de clases y las contradicciones del sistema. Una labor ingrata, en realidad, puesto que tres de cada cuatro puertas se nos cerraban, nada más mencionar la procedencia, pero la compañera ya estaba acostumbrada a esos desdenes, tanto como a lidiar con la coquetería de incontables viejos embarradizos, decididos a hacerse comunistas durante el tiempo estrictamente necesario para que fecundara la empatía. Pasamos varias horas bajo el rayo del Sol recorriendo vecindades del centro, cada una cuajada de escalinatas inmisericordes, sin cosechar más éxito que la satisfacción por el deber cumplido, pero ya las novelas de José Revueltas me habían preparado para aquellos trajines, de modo que al final —cuando la compañera resolvió que era tiempo de pausar el combate— volví al coche sintiéndome algo menos burgués que el día anterior, y sin duda acreedor a los reproches de mi padre exbanquero, quien ya se imaginaba mis andanzas y muy astutamente había dejado un sobre en mi buró. “Este dinero te lo manda la URSS, para que te diviertas”, escribió en la carátula, y por toda respuesta me fui solo al boliche. Trece líneas más tarde, me había asegurado de tornar realidad el pronóstico de la compañera Esmeralda: “Vas a ver que mañana no te vas a poder ni parar de la cama”.
Por más que lo he intentado, no sé andar en manada. Huelga decir que nunca más volví a saber de Pepe y su pandilla. Me parecieron cursis, solemnes, pagados de sí mismos y atormentados por el resentimiento. Para colmo, uno de ellos había osado sugerir que pintara, en el centro de mi paracaídas, nada menos que una hoz y un martillo. Sí, cómo no, pendejo. Cierto es que no tenía paracaídas propio, ni alcanzaba a cranear de dónde iba a sacar los dos mil dólares que costaba una de esas gloriosas “alas” de siete celdas, por mucho lustre histórico que ello me proveyera. Los lobos solitarios no cabemos en clubes, ni desfilamos juntos, ni nos gusta seguir la huella de un pastor. Tampoco es que sepamos engañarnos siempre que algún idilio da de sí. Sonaba bien la idea de ser parte de un partido político, más aún si gozaba de un aura respondona y clandestina, pero hacía falta una miopía severa para no darse cuenta de que ello equivalía a ir a postrarme en una nueva iglesia cuyos fieles tenían piedras de sobra para lanzarlas a un individualista reacio a la obediencia y los antifaces. Solo eso me faltaba: convertirme en un beato de la Historia, con todos los demonios que invadieron mi infancia bajo la sombra del malvado catecismo.
Me gustaba, eso sí, decir “soy comunista” y recrearme en las jetas de espanto o aversión que el desplante solía provocar. Era, además, el arranque perfecto de discusiones ácidas y esquinadas donde ponía a prueba mi arma predilecta: el sarcasmo. Creía tener respuesta para todo, y desde luego toda la razón. Ya se hablara de música, política, literatura, religión o repostería, poco tardaba yo en sacar el cuchillo de la sátira y clavarlo en el pecho de cualquiera que osara opinar diferente. Aunque tal vez no fuera eso lo que más irritaba a Alicia y Xavier —que llegado el momento siempre tenían la opción de recetarme un raudo soplamocos— sino la letanía cotidiana a cargo de mi nuevo repertorio de trovadores revolucionarios. Unas cuantas canciones empalagosas y plañideras, repetidas hasta la indigestión con propósitos claramente adoctrinadores. A seis meses del diario bombardeo, Alicia renegaba de las misas cantadas tanto como Xavier empezaba a extrañar a The Clash, Nina Hagen y Siouxsie and the Banshees. Aun las más destempladas estridencias tenían que resultarles preferibles a soplarse por enésima vez el mismo disco de Gabino Palomares.
Xavier lo resumía todo en una pregunta: “¿Es justo que las armas que te damos vengas después a usarlas contra nosotros?”. Mordiéndome los labios, me preguntaba si tocaba responderle como un aventurero, un bolchevique o un presidente de la República.
IV. El villano secreto
¿Por qué vas a morir de amor, de hambre o de ganas, cuando puedes matar por las mismas razones?
Porque la vida real, la vida verdadera, nunca ha sido ni será bastante para colmar los deseos humanos.
MARIO VARGAS LLOSA,
La verdad de las mentiras
Protagonista es, técnicamente hablando, aquél que busca resolver una historia. Antagonista es quien trata de evitarlo. “Te vas a morir de hambre”, le previenen a uno por acá y por allá cuando insinúa que quiere dedicarse a escribir, como si la elección de una carrera socialmente aceptable garantizara la bonanza perpetua. Me consta, por ejemplo, que sería yo un pésimo cirujano, y de haber estudiado Ingeniería Civil nada de raro habría en que mis puentes se vinieran abajo. No fueron, sin embargo, las advertencias de mis mayores, sino mis propios monstruos quienes sembraron piedras y agujeros en el camino del hacedor de ficciones. Llevo dentro tantos antagonistas que de pronto me asombra haber sido capaz de pergeñar diez páginas seguidas. No es fácil avanzar hacia un destino incierto, como no sea empujado por un gran entusiasmo, mismo que al día siguiente —o dos días después, o una semana— se habrá esfumado tal como llegó. Los entusiasmos hacen que incluso las hazañas más peliagudas parezcan poco menos que a tiro de piedra, hasta que se disuelven y nos lo dejan todo de cabeza. Cuesta arriba. Perdido en la estratósfera. ¿Quién me creí yo que era para ver simple o siquiera posible lo que evidentemente nunca estuvo a mi alcance?
Sucede en el amor, más todavía en tiempos adolescentes. Nos damos a soñar con una intensidad que nos lleva tan alto como atroz será luego la caída, cuando la realidad —esa bruja amargada y engreída— regrese a recordarnos que lo que más deseamos no es parte de este mundo. Que somos fantasiosos, ilusos, incompletos, amén de insulsos, apocados, torpes, y eso seguramente lo entiende el ser amado, a saber si no encima se ríe de nosotros y nuestros sueños bobos. Ahora bien, no por eso se esfuma para siempre el entusiasmo, y al contrario: regresa a cada rato, armado de argumentos tan esperanzadores como ingrávidos, y es así que acabamos flotando en las alturas, vendidos al capricho de un instinto tramposo que acomoda los hechos según la conveniencia de sus ensoñaciones. Hasta que un día el sueño se marchita y llega otro entusiasmo a sepultarlo. Algún día, sabrá el demonio cuándo, todo saldrá de acuerdo a lo anhelado, puede que hasta mejor. Y si después de tanto revés sentimental uno sigue creyendo en el amor, ¿por qué iba a renunciar a esa otra insensatez de hacerse novelista, para la cual ni siquiera hace falta convencer a una perfecta extraña de que se enamore?
Hasta donde recuerdo, las novelas siempre llegaron solas. Ya sé que es un exceso y un abuso llamar “novela” a una vaga ocurrencia que jamás pasará de la página diez, pero cuando uno es niño y juega a replicar el mundo adulto, no se para a pensar si acaso llena todos los requisitos para ser policía, ladrón o novelista. Solo que a diferencia del resto de los juegos infantiles, el de escribir historias no requería de cómplices. Cualquier otra presencia era un estorbo, especialmente si quería opinar, porque el gusto no estaba en que otros te aplaudieran como en seguir contando lo que llevabas días y noches taciturnos de imaginar a solas. ¿Quién no querría jugar con el rompecabezas que hay dentro de su cráneo? ¿Qué más daba si en medio de esa historia se te colaba otra que te hacía interrumpirla, y al final no acababas ninguna de las dos? Eres bruto, inconstante, inconsecuente, pero eso a quién le importa si de todas maneras estás jugando, y por si fuera poco nadie va a enterarse.
Sabe uno que ha caído enamorado de alguien cuando confunde sus defectos con encantos y en cada impedimento vislumbra un desafío. ¿Por qué ha de ver las cosas como son y no como le da la gana verlas? De ahí a encontrar señales esotéricas en palabras, sucesos, cifras o nombres propios, todos sumados a una ya indiscutible conspiración de hadas, no queda más distancia que el antojo. Ahora, para distancias, hay que ver la que media entre la realidad, pura y pelona, y las nubes abstractas donde flota el delirio del alma apasionada: nadie puede instalarse en tamañas alturas sin la ayuda de la superstición. Si insisto en afirmar que las novelas “llegan” es porque cuando menos les ha llegado la hora de aparecerse. Puede que alguna de ellas llevara toda la vida ahí enfrente, pero lo que yo sé es que apareció, al modo de un arcángel indiscreto. ¿Alguien recuerda que la buena de María pusiera algún reparo al anuncio abusivo del alado Gabriel? Pues tal cual: cuando llega un mensaje de mi lado macabro, no sé más que llenarme de alborozo, ni se me da pensar en otro tema. Pronto el mundo se llenará de signos e instrucciones secretas, y ay del entrometido que cuestione mis nuevos entusiasmos, porque sobre su testa caerá el látigo de mi menosprecio seguido por la espada de mi indiferencia. Suena a broma, tal vez, y sin embargo es un asunto serio, aun y en especial si para ventilarlo tuve que hacerme un poquito el gracioso. Entregarse a escribir una novela supone encabezar una cruzada contra la escasa luz de los infieles. Verdad es que no sé qué diablos voy a hacer para ponerle carne y hueso a una visión, pero ese es mi trabajo y toca degollar a quienes se interpongan. Asunto de negocios, nada más.
No es del todo gratuita, ya se entiende, la fama de lunático que suele acompañar a quien hace novelas, pero tampoco es q
