Nota del autor
Los setenta: los trágicos años de las dictaduras. Chile pasó ya medio siglo desde el comienzo del golpe de Estado y la Argentina anda por ahí. Uruguay y Brasil evocan los cuarenta años del retorno de las democracias. Lo que no saben los jóvenes veteranos de hoy, lo que hemos olvidado los más grandes con resabios de juventud, lo que no se ha estudiado porque la perspectiva no es suficiente, traza un horizonte que tiene detrás verdades que nunca acordaremos. Este libro se propone, a partir de ciertos archivos de la dictadura y registros personales, lanzar una mirada que pueda ser útil a la comprensión de lo que es una dictadura.
Permítase antes aclarar que aquellos autoritarismos aún predominan en nuestras sociedades. Las derechas tuvieron su verdadero bautismo con cada uno de esos gobiernos que llamábamos de facto, y que, de hecho, tienen coordenadas que se entrecruzan con el presente.
Es, observando los comportamientos políticos de hoy, en el andar de las derechas que podemos comprender ese pasado. Los años setenta fueron fundacionales. El entramado del manejo de la justicia, el empoderamiento de la economía desigual, la acción sostenida del periodismo en la batalla cultural han permitido a las democracias un rol en plena decadencia. Aun donde existen gobiernos de izquierda, y en ese sentido América Latina es la región mejor dispuesta del mundo, lo que domina es la prepotencia del sistema económico más injusto que nunca, con desigualdades que persisten y crecen pese a que alcanzó parámetros insoportables para los sectores medios y los más vulnerables.
Los gobiernos de los militares respondieron a las ambiciones más delirantes del sistema capitalista. Y terminaron con el fracaso de las derrotas políticas y el éxito de sus propósitos a favor de las elites. El estado de bienestar de los propios norteamericanos y ni hablar de los europeos saltó por los aires desde entonces.
Esos años afianzaron los fines económicos que determinaron avanzar con las armas hacia donde la democracia no se los permitía. Se estaba construyendo el mundo neoliberal más salvaje de la historia y América Latina era una joya invaluable. Desde Chicago, escuela de la delincuencia que azota al mundo, se dispuso cada golpe de Estado, sencillamente porque les sobraba dinero del petróleo y no sabían qué hacer con él. Prestarlo a estas naciones tenía más ventajas que la usura. Les daba el manejo mismo de los países, a través de la instalación del poder real.
Los años de sangre y fuego nos habitan en la institucionalidad quebrada de la Argentina, sin justicia, con menos equidad que nunca desde los años cincuenta y una gestión cultural de dominio, con la mentira como fusil indispensable. El destino parece indicar que ante cada desastre neoliberal surjan las izquierdas para recuperar algo de lo perdido, pero más tarde accionan con las herramientas mediáticas que han sustituido la necesidad de las fuerzas armadas, las cuales solo cumplen con el reaseguro al final del camino.
No hay vestigios de auténtica democracia salvo en los pueblos, porque son los que la necesitan.
En Uruguay, el golpe de Estado tuvo hasta último momento la resistencia de militares que habían sido designados por la democracia. Así, en un buen sector de la ciudadanía y la clase política, en los momentos cruciales de febrero y junio del 73, hubo quienes hasta supusieron un golpe de izquierda, a la peruana. Y hubo también resistencia de las fuerzas de la Armada encabezadas por el comandante Juan José Zorrilla, que se instaló en la Ciudad Vieja de Montevideo para defender el Estado de derecho, en lo que muchos valoraron como un acto heroico. En Uruguay, como en la Argentina, hubo militares demócratas que fueron quedando de lado o asimilándose a lo inevitable, porque el triunfo del golpe en sus dos fechas clave se tornó incontrastable.
En la Argentina de hoy se respira el mismo clima de los tiempos autoritarios.
En algún momento, de cierta manera, toman represalias contra los disidentes. Hace tiempo que sucede. La cantidad de años de cárcel injusta acumulada y el número de acusaciones
