Nota de la autora y advertencia de contenido
Bienvenido, amigo nocticadiano.
Muchas gracias por darle una oportunidad a mi libro
. Espero que disfrutes de la historia del profesor Bramwell y Lilia. Antes de que te adentres en este mundo, me gustaría contarte que una serie de elementos incluidos a lo largo de la narración son completamente ficticios, como la organización, la enfermedad del profesor Bramwell y la especie de polilla. Para mantener la coherencia con la patología que describo, las condiciones médicas y la sintomatología que menciono también son ficticias. Para facilitar la consulta de estos términos, he incluido un glosario.
Además, me he tomado libertades con la formación y la profesión del profesor Bramwell, así como con el laboratorio, para adaptarlos a la historia que quería contar. Soy plenamente consciente de que su laboratorio nunca superaría una inspección.
Este libro es un romance gótico oscuro. Por lo tanto, cabe esperar la inclusión de elementos sobrenaturales sutiles, un ambiente oscuro y evocador, un romance a fuego lento, un protagonista masculino malhumorado y byroniano o de moralidad gris, y una pizca de misterio. Como en la mayoría de mis romances góticos, este libro es independiente y, como no tengo previsto escribir más libros de esta pareja, he decidido mantenerte atrapado en este mundo un poquito más.
Te advierto que…
Este libro contiene una serie de situaciones potencialmente perturbadoras. Puedes consultar la lista completa de advertencias (con spoilers) en mi página web.
Glosario
Ácido estírlico: antiséptico descubierto por el doctor Nathaniel Stirling que se hace con la planta de Jestwood y que se utilizó en experimentos horribles con pacientes.
Casteyón: elemento que se encuentra en las cuevas de roca negra de la isla de Dracadia.
Nocticadia: nombre que se le da al laboratorio nocturno que estudia el noctisoma en concreto.
Noctisoma: gusano alargado y negro que vive como parásito en insectos, pero que infecta a otras especies. Su huésped habitual es la polilla sominix.
Planta de Jestwood: una planta autóctona de Dracadia, venenosa en dosis elevadas.
Polilla sominix: especie nocturna de polilla que solo se encuentra en la isla de Dracadia. Es el huésped habitual del noctisoma.
Tapetum lucidum: capa reflectante biológica que es sensible a la luz en invertebrados (no suele estar presente en el ojo humano, pero se describe como síntoma del noctisoma en el libro).
Vonixis: ennegrecimiento de las venas que aparece en forma de líneas negras en polillas y humanos infectados por el noctisoma.
Zigliomiositis o enfermedad de Voneric: un trastorno neuromuscular congénito raro que debe su nombre a un famoso pintor que contrajo dicha enfermedad.

Prólogo
Isla de Dracadia
12 de octubre de 1753
Lord Adderly había presenciado la muerte en muchas ocasiones a lo largo de su vida. Como comodoro de la Marina Real, su aroma empalagoso le había obstruido la garganta más veces de las que recordaba. Había notado su aliento frío y vaporoso rozándole la piel con un anhelo que habría hecho estremecer a la mayoría de los hombres.
Lord Adderly no temía a la muerte. Algunos hasta lo habrían acusado de esperarla con los brazos abiertos.
Sin embargo, mientras observaba la turbulenta extensión de mar invernal hacia un amenazante humo negro que surgía de la niebla que lo rodeaba, un escalofrío de terror le recorrió la nuca. Se le quedó en la boca la orden de hacer que sus hombres volvieran remando al lugar del que habían venido cuando, a lo lejos, la silueta ensombrecida de la isla se abrió paso a través de la niebla. Era una formación rocosa curvada que se alzaba en el horizonte como si fuera un dragón dormido.
A medio camino entre la costa de Massachusetts y la Acadia francesa, la pequeña isla de Dracadia había sido motivo de disputa durante mucho tiempo, al tratarse de una extensión de tierra que se podía decir que había pertenecido a los británicos. No fue hasta que la mayoría de los acadianos abandonaron la isla de forma misteriosa que esta se anexionó como provincia de Massachusetts. Lord Adderly había liderado la carga en persona, preparado para la batalla por si los franceses regresaban para reclamar el pueblo de Emberwick, en el extremo norte.
Nunca llegó a ocurrir.
Los británicos que se habían establecido allí habían sufrido una serie de desgracias que los hicieron huir de la isla, dejando Dracadia abandonada una vez más.
Por supuesto, se propagaron rumores. Algunos culparon a la tribu indígena de los cu’unotchke, que se había recluido en las montañas del sur, de haber despertado a sus dioses paganos. Sea cual fuere la causa, las especulaciones sobre malos espíritus y dolencias inexplicables habían disuadido a la mayoría del atractivo de poseer tierras en Dracadia. Como resultado, la isla albergaba tan solo a los herejes que habían sido exiliados allí, los peores transgresores de las santas doctrinas.
Lord Adderly no apartó la mirada del camino que tenía delante mientras la orilla se abría paso entre la niebla y el agua se hacía menos profunda. Sobre el paisaje devastado, unos pájaros negros se arremolinaban en densas bandadas. Asesinos. Cuervos cuya presencia había suscitado el temor al mal durante mucho tiempo. Lord Adderly los había visto seguir a los hombres a la guerra ante la promesa de carroña. Que las aves revolotearan en círculos solo podía ser un presagio.
Una señal de muerte.
—Dios santo —soltó el teniente Christ, sentado junto al comodoro—. ¿Serán los salvajes, mi señor?
—No. —Aunque el aludido respondió con seguridad, la verdad era que no lo sabía. Se había enfrentado a todo tipo de salvajes y, aunque luchaban con un fervor poco convencional, no parecían malignos.
—Los rumores hablan de dientes afilados como piedras negras y ojos de lobo en la oscuridad —continuó diciendo Christ.
—Entiendo que le da el mismo crédito a las historias sobre monstruos marinos y sirenas.
—Por supuesto que no, mi señor, pero los hombres que hablan de estas cosas están en sus cabales. Son buenos cristianos.
El comodoro no dudaba de la integridad de las habladurías, pero revelar la verdad sobre su viaje habría desatado el pánico, y tal vez incluso un motín.
Pues, sin que el teniente Christ lo supiera, los habían enviado allí por correspondencia de la Iglesia después de que varios clérigos no hubieran regresado con tres acusadas de brujería. Habían ordenado juzgarlas, bajo la custodia del doctor Jack Stirling, en la colonia de Massachusetts. Sospechaban que el buen doctor se había vuelto loco, poseído por los mismos demonios que meses atrás le habían encargado exorcizar de las mujeres. El comodoro había oído historias horribles de pacientes con las venas negras a los que habían dejado colgados por los pies, desangrándose, con la boca y los ojos cosidos, y la lengua extirpada. Habían enviado al comodoro y a sus hombres a investigar las denuncias y, dadas las siniestras advertencias que se oían incluso lejos de allí, temía lo que pudieran encontrarse.
Más cerca de la orilla, la embarcación se tambaleó sobre las olas implacables y, cuando las sombras se alzaron y revelaron las cortezas carbonizadas de los árboles, lord Adderly inhaló con fuerza, tragándose el grasiento olor a carne quemada que flotaba en el aire. El familiar rastro de la muerte.
Seis de sus hombres saltaron del bote y arrastraron el pequeño navío por las aguas poco profundas; una vez en la arena, lord Adderly pisó la tierra profanada a la que había jurado no regresar jamás. Recorrió con la mirada aquella destrucción imposible y se preguntó qué, en nombre de Dios, habría causado semejantes estragos.
Una isla entera reducida a cenizas.
La niebla que los rodeaba se espesó y se instaló entre ellos y el bosque abrasado, y lord Adderly frunció el ceño.
El teniente Christ avanzó a zancadas hasta colocarse a su lado.
—Discúlpeme por lo que voy a decir, pero no tengo ninguna intención de aventurarme más allá de la orilla, mi señor.
—Cierre la boca —dijo lord Adderly en voz baja—. A no ser que quiera provocar un motín.
—¡Mi señor! —exclamó uno de sus hombres, y el comodoro se volvió y lo vio señalando hacia los árboles.
Lord Adderly siguió la dirección en la que apuntaba hacia las sombras entre la niebla. Una figura se dirigía hacia ellos. El ruido brusco y metálico de sus hombres preparando las armas resonó alrededor. Cuando el vapor blanco se abrió para dejar pasar a un muchacho de apenas unos doce años, lord Adderly dio un paso al frente.
—Bajen las armas.
Vestido con la túnica de un joven acólito, el muchacho avanzó hacia ellos dando tumbos, con la piel cubierta de hollín negro y la vestimenta manchada de lo que, sin duda, era sangre. Antes de alcanzar al comodoro y a sus hombres, el acólito cayó en la arena.
Lord Adderly se acercó a él e hincó una rodilla junto al chico, y Christ se agachó a sus pies, donde unas pequeñas heridas que le sangraban en el empeine sugerían que se los habían atravesado con algo afilado.
—Cuidado, mi señor. No tenemos la menor idea de a qué ha estado expuesto.
Presentaba signos de abuso espantosos: cortes, contusiones y áreas brillantes en carne viva. Al ver al joven, el comodoro se acordó de su propio hijo y luchó contra las lágrimas ante el estado del acólito.
—¿Qué ha pasado?
—La oscuridad… —susurró el chico con la respiración entrecortada—. El cielo… se convirtió en negrura. Ardieron todos.
Lord Adderly le apartó el pelo pegajoso y manchado de sangre del rostro.
—¿Quién ha hecho esto?
A pesar del agotamiento que le oscurecía los ojos al muchacho, había un destello de miedo.
—Dominaban las llamas. Y ellas obedecían sus órdenes.
—¿Quiénes dominaban las llamas? ¿Las brujas?
Con un lento parpadeo, el muchacho exhaló. Cuando inspiró, su pecho retumbó como si fueran monedas dentro de una lata.
—No son brujas. Son gusanos. Gusanos negros que salen de la boca de la locura.
Se hizo el silencio entre los hombres. Las palabras del muchacho le erizaron el vello de la nuca al comodoro. Christ se acercó.
—El chico no parece estar bien, mi señor —susurró, inclinándose hacia él—. Está hablando del diablo.
Ignorando a su teniente, el comodoro posó la mano sobre el hombro huesudo del niño.
—¿Solo quedas tú?
—Ardieron todos.
El comodoro levantó la mirada hacia el teniente Christ y, con un tono de voz calmado a pesar de los nervios, dijo:
—Nos llevaremos al muchacho y volveremos al barco. Ya.
—No pueden marcharse. —Tras una tos húmeda y áspera, al acólito le brotó un hilillo de sangre de la boca—. No van a permitirlo.
El comodoro frunció el ceño y se puso en pie. Ordenó a dos de sus hombres que lo llevaran de vuelta al navío.
—¡Señor! —gritó el timonel, presa del pánico, y el comodoro se volvió y lo vio avanzando a trompicones por la arena hacia ellos—. ¡El bote! ¡El bote ha desaparecido! ¡No está!
—No tema, mi señor. —Entre el escándalo por el pánico de los oficiales a medida que se percataban de la extraña desaparición, llegó a oídos del comodoro la voz débil y casi fantasmal del muchacho—. Para empezar, su bote nunca ha estado ahí.
—No te entiendo, muchacho.
—Usted y sus hombres… llegaron con los sacerdotes… hace días. —Cada pausa iba acompañada de fuertes jadeos; el chico parecía tener dificultades para respirar.
—Deliras. La mismísima Iglesia me envió una carta para que acudiera aquí.
Con los ojos entrecerrados, el chico estiró los labios resecos y agrietados para esbozar una sonrisita.
—Ahora está soñando, pero pronto despertará con el crepitar del fuego y descubrirá que usted y sus hombres están atados a estacas. Su carne quedará abrasada, y su dolor y su sufrimiento resonarán para toda la eternidad. —El niño cerró los ojos y soltó un suspiro antes de caer inerte en los brazos del oficial.
Un pavor frío le arañó las entrañas a lord Adderly cuando el olor a grasa y piel quemada volvió a obstruirle la garganta. Cerró los ojos, buscando consuelo en la oscuridad más absoluta, y, cuando los primeros sonidos de agonía atravesaron el aire, no se atrevió a abrirlos.

1
Lilia
Presente
Dios, menuda peste. Me tapé la nariz con el antebrazo mientras la carne en lata demasiado hecha chisporroteaba en la sartén. El crepitar de la comida grasienta era tan fuerte que se oía más que la sentida súplica de Jean Valjean a Javert en Los miserables, que estaban proyectando en el cine de debajo de nuestro piso. Se me habían quemado los trozos más pequeños sin querer mientras pelaba las patatas y ya no había manera de salvarlos.
No había tenido la suerte de heredar el talento que mi madre siempre había tenido para la cocina.
Odiaba preparar esa bazofia enlatada, pero ella había desarrollado un extraño gusto por la carne últimamente y se nos habían acabado esos filetes finos y redondos que tanto le gustaba comerse poco hechos. No podía evitar preguntarme si esas peticiones tan raras serían una señal de su cuerpo intentando recuperarse.
Esperaba que así fuera.
Verla devorar carne casi cruda, con la sangre corriéndole por las comisuras, me hacía sentir como si estuviera viendo un episodio encarnizado de Planeta hostil. La imagen me cerraba el estómago, sobre todo porque mi madre nunca había sido muy carnívora. La carne enlatada estaba a años luz de un bistec, pero Conner, mi padrastro, si es que se lo podía llamar así, llevaba un par de días sin trabajar, lo que nos había dejado sin apenas dinero para hacer la compra.
—¡Bee! —Llamé a mi hermana pequeña por su apodo, una versión acortada de Beatrix, y serví la carne chamuscada en los platos—. ¿Has hecho lo que te pedí?, ¿le has echado un ojo a mamá?
—¡Ay, mierda! —A eso le siguió el ruido sordo de sus pisadas.
Esbocé una sonrisa de satisfacción y negué con la cabeza. Con doce años, unos cuatro menos que yo, Bee cargaba con muchas más responsabilidades que la mayoría de las chicas de su edad. Las dos, en realidad.
La enfermedad de mi madre había empeorado muchísimo, y que se negara a ver a un médico solo hacía que Bee y yo tuviéramos más presión para seguir el avance de sus extraños síntomas. Aunque aún parecía estar lúcida, tenía sus momentos… Momentos aterradores, como las noches en las que me decía que unos hombres malvados venían a por mí, o las que pasaba bañada en sudor y con los ojos brillantes, atrapada en medio de horrores que solo veía ella.
Llamaba «monstruos» a esos tormentos invisibles, pero en su cabeza eran tan reales como sus marcadas ojeras. Por horrible que fuera decirlo, con la columna vertebral deformada, los ojos plateados y brillantes, y los huesos marcados y protuberantes, había empezado a parecerse a los mismos monstruos de los que hablaba.
Rezar nunca había sido lo mío, pero en las últimas semanas lo había hecho a menudo y de rodillas. Si Dios existía, no me había ofrecido aún muchas esperanzas.
Le estaba sirviendo a Bee lo que quedaba de puré de patatas cuando un golpe en la puerta me detuvo. Frunciendo el ceño, volví a colocar la sartén en el fogón y me limpié las manos con un paño de cocina que tenía cerca. Con cuidado, caminé hacia el pasillo y me asomé a la puerta de la entrada. Otro golpe fuerte me hizo estremecer, y la insistencia de quien estuviera detrás de aquel odioso estruendo me heló la sangre. Corrí hacia allí y, a través de la mirilla, vi a un hombre que no reconocí.
Tenía los ojos hundidos y pequeños, brillantes, con una cicatriz en el izquierdo. Su nariz era rara y deforme, como si se hubiera metido en demasiadas peleas. Parecía un retrato robot andante.
Una cosa que había aprendido de vivir en una ciudad como Covington era que no había que abrir la puerta a desconocidos, y menos aún si parecían delincuentes.
Volvió a llamar a golpes y rechiné los dientes con fastidio.
—¿Sí? —pregunté—. ¿Qué quiere?
Al principio no respondió, y lo vi mirar hacia el pasillo. Algo en él, quizá esos ojos oscuros que apenas había vislumbrado y la mueca de sus labios, me provocó un escalofrío.
Qué tío más raro.
Eché una mirada al pestillo para asegurarme de que estaba echado. Por desgracia, el piso no tenía las mejores cerraduras ni las más resistentes.
—Soy amigo de Conner —dijo al fin—. ¿Está aquí?
—No.
—¿Sabes cuándo volverá?
Estudiar su rostro resultó ser todo un reto, ya que el tipo parecía negarse a levantar la vista.
—Mire, yo no…
Oí un grito desgarrador y me enderecé de golpe, dirigiendo la atención hacia las habitaciones del fondo. Dejé al bicho raro abandonado y corrí a través del piso hacia el resquicio de luz que brillaba bajo la puerta del baño.
Era la primera señal de que algo iba mal. Mi madre había empezado a odiarla. Decía que le hacía daño en los ojos.
—¡Mamá! ¡No!
El pavor me recorrió la nuca al oír a Bee gritándole al otro lado de la puerta y entré en el baño, que estaba muy iluminado.
Mi madre estaba de pie junto a la bañera, emitiendo un gruñido extraño mientras el agua salpicaba el suelo. Dos pies, enfundados en unos calcetines rosas, asomaban por el borde.
«Ay, Dios. ¡Bee!».
La adrenalina se apoderó de mí: me abalancé hacia ellas y empujé a mi madre contra la pared.
En cuanto soltó a Bee, salió disparada del agua con la parte de arriba de la ropa empapada y dejó escapar una tos áspera.
—¡¿Qué coño haces?! —le grité a mi madre, cuyos ojos desprendían un destello iridiscente bajo la luz.
Con un chillido, ella volvió a arremeter y empujó a Bee al agua otra vez.
El pánico se apoderó de mis músculos y mi cuerpo dejó de moverse a mi voluntad, guiado por el instinto. Agarré a mi madre del pelo y la aparté de mi hermana. Me quedé con un mechón rojo y sin brillo en la palma cuando se me escapó. Cayó de espaldas contra el inodoro. Mientras ella se afanaba en volver a ponerse de pie sobre el suelo empapado, yo tiré de Bee para sacarla de la bañera. Me resbalé con las baldosas mojadas al empujarla fuera del baño.
Una vez en el pasillo, cerré la puerta de golpe y eché el cerrojo del pomo para bloquearla.
—¡Vete a tu habitación! ¡Cierra y no salgas hasta que yo te lo diga! —le ordené.
—Estaba… —Tosía y gimoteaba—. Solo estaba… intentando que no… se bebiera el agua y me… ¡me ha atacado!
Mi madre forcejeó con la puerta y esta crujía y temblaba bajo mi brazo.
—¡Es una de ellos! ¡Es una de ellos! —gritaba—. ¡No dejes que se escape! ¡Les va a decir que estoy aquí!
—¡Vete! ¡Ya! ¡Cierra! Oigas lo que oigas, ¡no abras! —Apoyé los pies contra la pared y me eché hacia atrás para mantener la puerta cerrada mientras Bee corría hacia su habitación.
Tras otro minuto intentando contenerla, los golpes cesaron. Los gritos de mi madre se apagaron.
Con la respiración agitada, relajé los músculos y me enderecé. Ya no se notaba la resistencia al otro lado.
—¿Mamá? —pregunté en voz baja a través de la puerta, con la esperanza de que me diera una respuesta coherente, una explicación de lo que acababa de pasar. Ya había hablado otras veces sobre que alguien venía a por ella, pero nunca había proyectado esos pensamientos paranoicos sobre mí ni sobre Bee.
Silencio.
El empalagoso olor que caracterizaba a la enfermedad de mi madre parecía más intenso de lo habitual. Espeso y pegajoso, me obstruyó la garganta y me llevé la mano a la cara en un vano intento de sofocar el hedor. En los últimos meses, su aroma dulce y floral, un olor reconfortante que me había acompañado toda la vida, se había ido desvaneciendo bajo el peso de aquella pestilencia extraña. Ahora era lo único que respiraba.
Ignoré las ganas de vomitar, abrí la puerta y entré en el cuarto de baño.
Mi madre estaba tirada sobre el borde de la bañera, con la cabeza sumergida.
—¡Mamá! —Corrí hacia ella y se dio la vuelta, salpicando agua y volviendo a gritar.
Intenté agarrarla del brazo, pero ella se me adelantó y me golpeó la mejilla con los nudillos. El dolor me sacudió los huesos y una explosión de estrellas me nubló la vista.
Me recuperé del aturdimiento justo cuando iba a volver a golpearme y me agaché. Esta vez no acertó y agitó las manos en el aire en un arrebato de rabia. La agarré con fuerza por los brazos y le clavé las uñas, notando sus huesos frágiles, pero un pinchazo de dolor agudo me atravesó la mano cuando me hundió los dientes en la carne.
—¡Ay! ¡Mierda! —La empujé lejos de mí y resbaló, agitando los brazos mientras caía de espaldas en la bañera. Cuando intenté levantarla, extendió las manos hacia mí y me agarró de la camiseta para arrastrarme hacia el agua.
Un torrente de fluido me subió por la nariz y noté una quemazón en las fosas nasales mientras me sujetaba bajo el agua, implacable. El miedo me congeló los músculos. Ella no paraba de patalear y salpicar, intentando aferrarme el cuello.
Extendí la mano hacia lo único que pude alcanzar en medio de aquel caos y, con la palma sobre su garganta, apreté lo justo para que aflojara el agarre. La mantuve allí a la vez que sacaba la cabeza a la superficie, con la respiración entrecortada.
Volvió a tirar de mí y me sumergió la cabeza bajo el agua. Yo volví a apretarle la garganta con más fuerza y, una vez más, redujo la fuerza.
Cada bocanada de aire que cogía me abrasaba la garganta y salía en ataques de tos.
Desesperada, mi madre me arañó la nuca, intentando volver a sumergirme en el agua con ella.
—¡Mamá, por favor! —Apenas pude pronunciar las palabras, con la respiración entrecortada y el pecho encogido. Las piernas se me resbalaban por las baldosas al tiempo que forcejeaba contra sus brazos para evitar que me atrajera.
Sumergida bajo el agua, mi madre abrió la boca. Tenía los ojos desorbitados, con expresión de sorpresa.
Como si su lucha hubiera cesado, se quedó quieta mientras en su rostro aparecía una expresión decidida tan inquietante que me produjo un cosquilleo en la nuca.
Me aparté y me puse de pie en la bañera, ya sin sujetarla, pero ella no se molestó en salir.
Estaba segura de que a esas alturas se había quedado sin aire en los pulmones y necesitaba oxígeno.
«¡Vamos! ¡Levántate!».
Me abalancé sobre ella para cogerla del brazo, pero me detuve en seco cuando de su boca salió deslizándose una criatura alargada, fina y fibrosa que se escurrió de entre sus labios hasta adentrarse en el agua.
Tres más la siguieron; dos de ellas desde la nariz.
Solté un grito y, con los miembros paralizados por el horror, observé cómo los gusanos se retorcían por la superficie de porcelana de la bañera y se abrían paso por el agua hasta reunirse en el desagüe. Salieron al menos dos docenas más de mi madre, obligándola a ensanchar la boca y las fosas nasales. Y, después, más aún. Todos se arrastraron hacia el desagüe taponado.
Respiré entre jadeos, observando el horror, y la negrura me consumió.

2
Lilia
Cuatro años después
—¿Lilia? —Una voz atravesó el vacío.
Abrí los ojos y me encontré encorvada sobre el desagüe de un lavabo amarillento.
—Tierra llamando a Lilia —volvió a decir la voz familiar.
Desconcertada, me giré y me encontré a mi compañera de trabajo, Jayda, de pie a mi lado; me impulsé para separarme del lavabo que estaba limpiando. En medio de la confusión, recordé haberlo limpiado y haber percibido un olor extraño pero familiar, como a podredumbre y suciedad. Era tan fuerte que volví a sumirme en mis recuerdos.
Una sonrisa tímida se dibujó en mis labios y me aclaré la garganta.
—Lo siento, me he despistado.
A veces pasaba. Algo me hacía pensar y esos pensamientos me llevaban al recuerdo más horrible de mi vida, que nunca dejaba de absorberme, hasta el punto de perder de vista mi propia realidad.
Habían pasado cuatro años desde la muerte de mi madre, pero recordaba cada detalle. Los olores. Los sonidos. El frío.
—Solo te decía que voy a ponerme con la consulta de al lado. —Con el antebrazo sobre la nariz, Jayda tosió—. No sé qué narices ha comido la última persona que ha estado aquí, pero huele como si no estuviera sana. Así que te voy a dejar todas estas letrinas a ti —dijo, y soltó una risita entre dientes.
Todavía mareada, agarré el trapo que se me había caído al suelo y lo tiré al cubo lleno de agua y jabón que tenía al lado. Las náuseas de siempre me revolvieron el estómago e intenté disimular el tembleque de los brazos manteniendo las manos ocupadas, pasándomelas por el uniforme y recogiendo el cubo para ir al siguiente lavabo.
—Qué maja…
Riéndose, se fue hacia la puerta, pero se detuvo un momento.
—¿Seguro que estás bien? Te veo un poco pálida.
—Estoy bien. Genial. Es que estaba sumida en mis pensamientos.
—Por lo visto, muy sumida. Ahora, en serio, ¿no te importa que empiece con la otra sala? He pensado que podríamos salir antes si nos damos prisa.
Con una media sonrisa, me encogí de hombros.
—No me importa.
En realidad, odiaba limpiar los baños, las habitaciones de los pacientes y las consultas, pero sospechaba que era lo más cerca que iba a estar de trabajar en un hospital de verdad. El sueño de dedicarme a la investigación médica parecía desvanecerse día a día mientras mi cuerpo se cansaba de vivir. A mi edad debería estar terminando el bachillerato y decidiendo si presentarme al examen tipo test para entrar en la facultad de Medicina o al examen de las escuelas de posgrado, pero, con las pocas clases que podía coger en el colegio universitario, no llegaría a ese punto de mi formación académica hasta dentro de una década.
—Gracias, tía. El embarazo y las aguas residuales no se llevan bien.
Los baños del sótano del hospital apestaban por regla general, pero el hedor que se respiraba en aquel momento era aún más fuerte.
—Yo me encargo —le dije, haciéndole señas para que se fuera—. Vete. No quiero tener que limpiar tu vómito.
Riéndose, salió por la puerta y, ya sola, solté un largo y tembloroso suspiro. Con las manos apoyadas en el lavabo, cerré los ojos e intenté poner la mente en blanco.
«Gritos. Gusanos negros. Ojos vacíos».
Sacudí la cabeza y enterré esos pensamientos en las profundidades, negándome a dejar que me consumieran.
«No. Esta noche no».
Me llegó a los oídos lo que parecía un leve chapoteo de agua y al abrir los ojos vi en el espejo los cubículos que había detrás de mí.
En el último vi algo en lo que no había reparado al entrar: unos pies con calcetines bajo la puerta.
Me di la vuelta, con el corazón acelerado por la sorpresa del hallazgo. Sin duda, eran eso, pies.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté, sabiendo muy bien que, en efecto, había alguien ahí. Encima de las extremidades vi el dobladillo de la típica bata de hospital que llevaban todos los pacientes, los cuales no deberían utilizar el baño del sótano, que era para el personal.
Volvió a llegar a mis oídos un débil chapoteo. Dada la posición de los pies, lo más probable era que la persona no estuviera indispuesta en ese momento, pero podría haber vomitado.
—¿Necesitas ayuda? Puedo ir a buscar a alguien… —Señalé hacia atrás por encima del hombro, como si me viera.
No hubo respuesta.
Me acerqué de puntillas.
—¿Te encuentras mal?
Seguía sin responder.
Por fin llegué a la puerta del cubículo y miré a través de las delgadas rendijas. Una larga y desaliñada cabellera pelirroja caía sobre la bata de la paciente, entreabierta lo justo para mostrar una espalda pálida y moteada, y ropa interior blanca. Un tono violáceo irregular le teñía las extremidades a la vista, sobre todo la pierna y la mano.
Lo primero que pensé fue en el livor mortis, pero aparté esa idea.
Se me secó la garganta y tragué saliva.
«Por favor, que esté bien».
Llamé con suavidad a la puerta y esta se balanceo ligeramente; esperaba que la persona respondiera con una indigna protesta a mi indiscreción.
No dijo ni una palabra.
Abrí de un empujón.
Su cabeza descansaba justo encima de la tapa del retrete, con esos mechones de pelo ocultándole la cara.
Extendí una mano temblorosa, agarré su hombro huesudo y tiré lo justo para moverla hacia un lado. Cayó de espaldas y se golpeó la cabeza contra la pared del cubículo, y, cuando el pelo dejó al descubierto la cara, me eché hacia atrás.
El familiar brillo lechoso de los ojos de mi madre me devolvía la mirada.
Percibí de soslayo que algo se movía y me quedé sin aire cuando miré y alcancé a ver una cosa larga, negra y escurridiza deslizándose por la taza del váter.
Un miedo helador se apoderó de mis músculos. Parpadeé. Tres veces.
Volví a centrarme en mi madre. Otra forma negra y escurridiza se deslizó entre sus labios morados y bajó por su mejilla color ciruela hasta el suelo de baldosas. Se retorció hacia mí. Un grito me salió del pecho y al saltar hacia atrás me caí de culo. El gusano se abalanzó sobre mí, rápido y decidido.
Sin embargo, antes de alcanzarme, se deslizó por el desagüe que había en el suelo, a medio camino entre el cuerpo sin vida de mi madre y yo.
Un ruido en la puerta me produjo otro escalofrío y me incorporé de un salto cuando Jayda entró en el baño.
—Lilia, ¿estás bien? Te he oído gritar.
Con la nariz enrojecida por la amenaza de las lágrimas, negué con la cabeza, incapaz de decir palabra.
Frunció el ceño y se acercó a mí con cautela, observando el baño.
—¿Qué pasa?
—Tenemos que llamar a alguien —conseguí decir, señalando el cubículo.
—¿A quién? —Con expresión confusa, se volvió hacia donde yo señalaba—. Lilia, ¿estás bien?
Volví a prestar atención al cubículo y no vi nada. Ni rastro de que hubiera habido alguien allí.
—Eh… —Las mejillas me ardieron por la humillación cuando la realidad se apoderó de mí—. Eh… —Intenté buscar una explicación, algo que evitara que pensase que me había vuelto loca.
Jayda pasó por encima de mis piernas, abrió la puerta del siguiente cubículo y saltó hacia atrás con un grito.
—¡¿Qué cojones?!
Se me aceleró el pulso.
¿Ella también lo había visto?
Enterró la nariz en el brazo tras una arcada y dio un paso atrás.
—Espera… Voy… voy a llamar a alguien. Tú espera aquí.
Con el ceño fruncido, me levanté del suelo mientras ella salía del baño y me asomé al cubículo contiguo a donde había visto a mi madre. Una bola de pelo oscuro con una larga cola desnuda flotaba en la superficie del agua del retrete. Una rata.
Eso al menos explicaba el olor.
Respirando con dificultad, me apoyé en la pared de enfrente y volví a deslizarme hasta el suelo.
Un peso enorme me debilitó las piernas. Se me entumecieron las extremidades y el pecho. Sin duda, estaba sufriendo un ataque de pánico, porque una sensación fría y húmeda se apoderó de mí, como si se me llenaran los pulmones de agua helada, y estaba bastante segura de que, si no me hubiera sentado, me habría desmayado.
Con los ojos cerrados, respiré por la nariz, contando hasta cuatro varias veces. Entre el incesante golpeteo de la sangre en los oídos percibía la voz tranquila de Jayda, que estaba llamando a mantenimiento.
Unas náuseas ardientes me subieron del estómago a la garganta, pero me tragué las ganas de vomitar. Las fosas nasales me quemaban y apreté los ojos con más fuerza, respirando cada vez con más dificultad por la nariz.
Me atreví a abrir los ojos y me quedé mirando el cubículo vacío, odiándome por caer en otro episodio delante de mi compañera de trabajo. Con los músculos temblorosos, volví a ponerme en pie y, por suerte, el malestar desapareció de la garganta y volvió al vientre. Respirar por la nariz me había ayudado.
Aferré el frasquito de cenizas de mi madre que me colgaba del cuello, enganchado al viejo rosario que ella solía guardarse en el bolsillo. Era una superstición estúpida que me había contado una vez. Siempre llevaba un anillo de mi abuela colgado en un collar. Cuando le pregunté por qué, me dijo que los muertos nunca hacían daño a quienes llevaban algo que les pertenecía. Yo ni siquiera creía en Dios, pero mi madre sí, y una parte de mí se sentía obligada a conservar el rosario por esa razón.
Cuando la puerta volvió a abrirse de golpe, me estremecí.
Jayda entró, guardando las distancias.
—He llamado a mantenimiento. Están de camino. ¿Estás bien? —Su voz tranquilizadora me recordó a la de mi madre. Tenía veintitrés años, solo unos más que yo, pero la vida parecía habernos hecho mayores a las dos.
—Creo que sí. Solo estoy… un poco nerviosa.
—No, cielo. Me refiero a si estás bien de verdad.
Sabía a qué se refería. Ahora todo me ponía nerviosa. A saber qué había desencadenado el episodio aquella vez. Tal vez el olor. Tal vez había visto la rata y me había imaginado algo completamente distinto. No era la primera vez que me pasaba. Jayda había presenciado un par de incidentes en los que había visto algo que no estaba allí.
—Se me pasará. —Esas tres palabras se habían convertido en mi mantra en los últimos cuatro años.
«Se me pasará».
Casi siempre se me pasaba, excepto cuando algo desencadenaba recuerdos.
O si había tenido alguna alucinación de mi madre.
Pero ¿se me había pasado?
Supuse que eso aún estaba por ver.

3
Lilia
Viajar en metro después del trabajo era una mierda, pero hacerlo después de haber visto a mi madre muerta en el trabajo era muy perturbador. Aunque Jayda me había dicho que me fuera una hora antes de lo normal, me quedé un poco más para que no tuviera que hacer ella todo el trabajo.
Nunca me había molestado en contarle lo de las alucinaciones, aunque fuera más amiga que compañera de trabajo. Y, las veces que había hablado de la muerte de mi madre, tampoco se me ocurrió mencionar los gusanos negros que le salieron por la boca.
Más que nada porque tenía la impresión de que tampoco fueron reales.
Según Conner, el padre de Bee, mi madre se cortó las venas aquella noche. La historia era que Bee había salido de su habitación y me había encontrado desmayada en el suelo del baño y a mi madre en la bañera con tajos en las muñecas. Volvió corriendo a su habitación y llamó a Conner, y, cuando él llegó, ella estaba escondida debajo de la cama temblando y murmurando para sus adentros.
Sin embargo, la historia tenía una laguna en la trama. Un vacío que nunca había llenado tras años intentando evocar los detalles de aquella noche. No recordaba que mi madre se hubiera cortado las venas. Seguramente habría registrado en mi cronología mental una imagen así de horripilante.
Pero, cuando insistí en que había visto que le salían gusanos de la boca, Conner negó su existencia y me enseñó el informe forense. Allí, tan clara como el agua, estaba la causa de la muerte, que destacaba entre el resto de los detalles sangrientos: «Pérdida de sangre grave por suicidio». Entonces entré en una espiral oscura en la que no podía confiar en mí misma. Un lugar donde la realidad y las pesadillas se difuminaban.
Unos meses después, visité a nuestro médico de cabecera para preguntarle por los gusanos y él me contestó que nunca había oído hablar de ellos, cosa que supuse que tenía sentido si me los había imaginado. Tampoco encontré nada sobre ellos en las varias búsquedas de Google que hice, y en ninguna de las revistas médicas que leí sobre parásitos se hablaba de las complicaciones y la progresión de los síntomas que había observado a lo largo de la enfermedad de mi madre.
No me quedó otra que aceptar que me los había imaginado. Al fin y al cabo, los traumas te dejan muy tocada de la cabeza.
Cuando salí del trabajo, me encontraba como si hubiera corrido una maratón mental. Aún no estaba del todo lúcida, lo que hizo que esa noche el metro me pareciera diferente. Más aterrador.
Poco después de medianoche, la única línea que quedaba abierta era la roja. Por allí solo andaban yonquis y gente que iba de bar en bar, y algunos estaban sentados en la calle o durmiendo. Covington no era la peor ciudad del país, pero estaba claro que no era la más segura.
Sin embargo, el potente hedor a orina, estancado por el calor de julio, apenas me distraía de las cosas turbias que seguían arremolinándose en mi cabeza.
El problema era que dormía poco. En realidad, era un círculo vicioso. Tenía pesadillas horribles que me mantenían despierta más horas que a cualquier persona normal. Eso significaba que veía cosas. Y a veces esas cosas hacían que me resultara difícil determinar si estaba despierta o dormida.
Cerré los ojos y respiré hondo, aferrando el rosario. Cuando por fin volví a abrirlos, capté enfrente la mirada lasciva de un señor. A juzgar por las motas grises de la barba y del pelo, debía de tener unos cuarenta. Su piel blanca y pálida me decía que no le daba mucho el sol. Solo había otra mujer en el vagón, de unos sesenta años, inconsciente en un rincón. Las demás personas que había desperdigadas eran hombres.
Había heredado la ansiedad social de mi madre, que siempre había rechazado la idea de que la gente fuera intrínsecamente buena. A sus ojos, todo el mundo era un asesino en serie hasta que demostrara lo contrario, y, de alguna forma, parte de esa paranoia se había manifestado en mí a lo largo de los años.
Solté el rosario y me metí la mano en el bolsillo para buscar la navaja que llevaba a todas partes, incluso cuando me iba a la cama. Me la había comprado hacía tiempo, cuando decidí trabajar en el turno de noche.
El señor, como si hubiera percibido mi inquietud, bajó la mirada hacia el colgante que llevaba en el cuello. Ensartadas en una hilera de cuentas negras, las cenizas constituían la forma más pura de mi madre, pues la enfermedad que la mató había desaparecido. Sentí el impulso de volver a aferrarlo, de protegerla de sus miradas; sin embargo, aparté la vista, aunque seguía sintiendo sus ojos clavados en mí.
El altavoz anunció que mi parada era la siguiente. Aliviada, me levanté del asiento y, sin mirar al tipo, corrí por el pasillo mientras el tren se detenía.
En cuanto se abrió la puerta, salí corriendo al andén vacío.
—¡Eh! —exclamó una voz ronca y grave detrás de mí—. ¡Eh, chica!
Putos borrachos. Me las veía con ellos al menos tres veces por semana y esta noche no estaba de humor.
Lo ignoré y seguí adelante, hacia la escalera, toda temblorosa y con los nudillos ardiéndome de sujetar la navaja que tenía en el bolsillo. Apreté el botón y la hoja se abrió, y notarla contra el muslo a través de la tela me alivió un poco.
—¡Eh, chica! —La voz estaba más cerca que antes, pero no me atreví a girarme para mirarlo—. ¡Para!
Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, corrí hacia las escaleras y, en cuanto toqué el primer escalón, noté un agarre firme en el brazo y me temblaron los músculos. Al girarme, vi al hombre del metro y me saqué la navaja del bolsillo, sosteniéndola con una mano temblorosa entre los dos.
—Te aconsejo que me sueltes. Ya.
Lo hizo a la vez que levantaba mi bolsa de lona.
—Te has dejado esto.
Clavé la mirada en el bolso y luego otra vez en él, sin saber qué decir. Mis músculos se relajaron y solté un suspiro tembloroso. Lo acepté y me guardé la navaja en el bolsillo.
—Gracias.
El hombre enarcó una ceja poblada.
—Ten cuidado. —Y se marchó cojeando hacia el andén.
Una vez fuera de mi vista, cerré los ojos y respiré hondo. «Contrólate, Lilia».
El letrero luminoso de la marquesina del teatro Luminet proyectaba una luz brillante sobre la acera mientras me dirigía por la calle Prather hacia la puerta anodina que había justo después de la entrada del cine. El bloque de pisos donde había pasado la mayor parte de mi vida, justo encima, se había construido a principios de los años veinte, cuando el teatro estaba en auge en la ciudad. El edificio en sí era una especie de punto de referencia en Covington: era donde el primer asesino en serie famoso de Massachusetts había dejado a su víctima, una conocida actriz de entonces, descuartizada en su camerino. A pesar del atractivo de esa infamia y de su historia, el edificio no se había mantenido en buen estado a lo largo de los años. Supongo que no había dinero para restaurarlo.
Subí la estrecha escalera y su esqueleto cansado crujió bajo las botas. Ni siquiera el fuerte olor a moho y a bolas de naftalina eliminó el olor a pis que aún me taponaba la nariz. Cuando por fin llegué al piso, oí voces y me recorrió el miedo, sobre todo cuando reconocí que una pertenecía al amigo de Conner, Angelo. Había aparecido hacía unos cuatro años y se había convertido en un grano en el culo horrible, un bulto cancerígeno.
—No sé, tío. Esos tipos tienen relación con el cártel —oí que decía Conner a través de la puerta—. Tengo que pensar en mi hija.
Antes de morir, mi madre mantuvo el contacto con Conner sobre todo por Bee. Durante sus dos primeros años de vida vivió con nosotras hasta que lo echó y acabó en Nueva York, compartiendo piso en un barrio cutre. Un par de años antes de que ella enfermara, accedió a volver a vivir con nosotras para ayudarnos e intentar establecer una relación con su hija. Teniendo en cuenta que yo no era mayor de edad cuando murió, probablemente nos habrían enviado a una casa de acogida, ya que mi madre no tenía ningún familiar, que yo conociera. A veces, Conner era un auténtico imbécil, pero, al menos en general, nos había mantenido juntas.
—Es una puta pasta. Mira a tu alrededor —espetó Angelo—. No es que estés viviendo lo que se dice a lo grande.
Un tiempo después de que mi madre falleciera, los dos se metieron en un negocio clandestino que, según Conner, no era más que vender la chatarra que mendigaban. No me lo creí ni por asomo, pues los vi darle una paliza a un tipo en el callejón de atrás del bloque. Sin embargo, cada vez que sacaba el tema, se desataba una discusión que siempre terminaba con Conner diciéndome que me metiera en mis asuntos.
No me gustaba y, obviamente, tampoco me gustaba una mierda Angelo. El tío era la guinda podrida y mohosa de un pastel asqueroso.
Con el ceño fruncido, entré en el pisito y me encontré a Angelo recostado en una silla de la cocina y a Conner bebiéndose una cerveza a su lado.
Este se irguió, sin duda sorprendido de verme en casa media hora antes de lo habitual.
—Hola, Lil, ¿qué pasa? —A pocos años de cumplir los cuarenta, Conner estaba hecho una mierda, con las manos y la camiseta manchadas de grasa, cortesía del taller de coches en el que llevaba trabajando seis años.
En cambio, su amigo venía un poco más arreglado, pero desprendía un olor mezcla de tierra recién removida y ferretería.
Mientras se bebía su cerveza, Angelo me siguió con sus ojillos negros hasta el rincón opuesto de la habitación, donde me quedé, manteniendo las distancias.
—He tenido un problema técnico en el trabajo —respondí, mirándolos a los dos, y me subí el bolso al hombro—. He encontrado una rata muerta en un baño.
—Qué bien. —Conner resopló y se bebió otro trago largo.
—Me sorprende que no te la trajeras a casa para cenar —repuso Angelo, con una media sonrisa en la boca.
—Si hubiera sabido que ibas a estar aquí, lo habría hecho.
Le tembló el labio. A Angelo no le gustaba que lo desafiaran, menos aún si eso lo hacía parecer idiota.
—Creo que tu papi debería hacer algo con esa bocaza que tienes. —El significado implícito de esas palabras me hizo tragarme la repulsión.
—No te pases. —Conner, obtuso como siempre, dio una ligera patada a la silla de Angelo justo cuando el bruto este se llevaba la cerveza a la boca. El líquido le salpicó el regazo y le lanzó una mirada asesina a Conner que inquietó a mi padrastro—. No seas tan capullo.
—Los capullos no saben de modales —dije sin poder contenerme. Por desgracia, Conner no tenía cojones para plantarle cara a su amigo si este contratacaba, así que soltar esa frase no fue precisamente lo más inteligente por mi parte.
Angelo me fulminó con la mirada, pero, gracias a Dios, no se molestó en decir nada más.
De la encimera que había junto a él, Conner cogió un plato de papel con una sola porción de pizza.
—Te he guardado la cena, Lil, por si tienes hambre. —Lo tiró sobre la mesa, frente a Angelo, y, del impacto, el queso salió disparado hacia un lado de tal manera que se me quitó el apetito.
De todos modos, no es que fuera a comer mucho. No con esos gusanos dándome vueltas en la cabeza.
Sonó el teléfono, que interrumpió la mirada asesina de Angelo, y Conner respondió. Después de varios síes entrecortados colgó.
—¡Joder, putos pájaros! La señora Callahan se está quejando otra vez de la mierda que hay por todo el cemento.
Los pájaros de mi madre. En las grandes jaulas de la azotea del bloque había unas veinte aves distintas, en su mayoría palomas y gorriones. Nuestra vecina Winnie, una amiga de ella que vivía al final del pasillo, se había ofrecido a cuidarlos después de que falleciera, pero no siempre limpiaba bien los excrementos.
—Lo siento. Ha sido una semana muy ajetreada, lo limpiaré.
—No, no pasa nada. Supongo que también quiere que le eche un vistazo al fregadero de la cocina. —Además de trabajar en el taller de coches de la calle de arriba, Conner había sido nombrado el manitas no oficial del bloque, por lo que nos hacían un descuento de cien dólares en el alquiler—. Ahora vuelvo —anunció, y dejó su cerveza en la encimera antes de pasar por mi lado.
Parecía que la viuda lo llamaba mucho últimamente, y habría tenido que estar en coma para no darme cuenta de que había algo entre ellos. No es que me importara, excepto que odiaba quedarme sola con Angelo.
Una vez se marchó, este se encendió un cigarrillo y el olor a tabaco barato inundó la habitación.
—Aquí no se puede fumar.
Curvó la comisura de los labios hacia arriba en una sonrisa repugnante y astuta.
—Ven y apágalo, si te atreves.
Puse los ojos en blanco y pasé junto a él de camino al fregadero para tomarme un vaso de agua, ya que, de repente, se me había quedado la garganta seca. Me hubiera ido directa a mi habitación, pero temía que me siguiera hasta allí. Era mejor estar cerca de los cuchillos de cocina.
—¿Por qué sigues aquí tan tarde? —Miré hacia atrás y, al ver que me miraba el culo, noté un regusto ácido subiendo por la garganta. Me bebí el vaso de agua de un trago, ahogando las ganas de cantarle las cuarenta.
—Lily la gatita —dijo, ignorando mi pregunta—. Ya no eres tan pequeña, ¿verdad, gatita?
—No me llames así.
—¿Por qué te molesta? ¿Tienes novio o qué? —El sonido de su risa cuando no respondí me puso de los nervios—. No. Claro que no tienes novio. Los hombres son gilipollas, ¿verdad?
—Más o menos.
—¿Alguna vez has tocado una? Una polla, quiero decir.
Sacudiendo la cabeza, dejé el vaso en el fregadero. Había superado oficialmente el límite de mi paciencia. Cuando me di la vuelta para irme, lo tenía detrás de mí, acorralándome contra la encimera.
—Una chica tan guapa como tú ya habrá tocado un montón de pollas a estas alturas.
Me aparté del fregadero para pasar junto a él, pero se me arrimó y en mi cabeza saltaron las alarmas.
—Déjame en paz, puto pervertido —espeté, apretando los dientes y zafándome de su agarre.
Me arañó la garganta con sus uñas afiladas y me quedé paralizada, apretando los dientes con rabia, mientras él se inclinaba hacia mí, dispuesto a besarme.
Con los ojos clavados en mis labios, sonrió; el aliento le apestaba a cerveza y a tabaco.
—A veces me imagino que tengo la polla manchada de tu sangre y se me pone dura. —Apartó su mirada fría y negra de mis labios y la posó en mis ojos, y la sonrisa de su rostro se desvaneció—. ¿Te molesta que diga eso?
Me mordí el interior de la mejilla para controlar el tembleque de mandíbula. El tío me daba mucho miedo, pero me negaba a admitirlo delante de él. Algo me decía que el miedo le ponía.
«El cuchillo». Tenía la navaja en el bolsillo, pero, como temblaba, probablemente se me habría caído antes de hacerle un corte.
—Si no me sueltas ahora mismo, me pongo a gritar.
—«Me pongo a gritar» —se burló—. Pues grita. ¿Crees que a alguien de este barrio le importa una mierda? —Le dio una calada a su cigarrillo y me echó el humo a la cara.
Con los labios sellados, me retorcí todo lo que me permitía su agarre, negándome a inhalar.
—Si no fuera por mí, tu viejo estaría ahogado en facturas ahora mismo. Tu hermana sigue en ese puto instituto de chiflados gracias a mí. Y si tú no tienes que vender ese culo de gatita tan bonito en las calles para pagarte la universidad también es gracias a mí.
Tras la muerte de mi madre, la salud mental de Bee se deterioró muy rápido. Cayó en una depresión que me obligó a estar pendiente de ella todas las noches y a llamar al instituto de día. Mi psicóloga me sugirió un internado, Bright Horizons, especializado en salud mental, y se ofreció a evaluar su admisión. Bee aprobó con nota e incluso consiguió una ayudita económica para cubrir parte del coste de la matrícula. Conner y yo nos repartimos el resto; por su parte, era una contribución no voluntaria, ya que él pensaba que las enfermedades mentales eran una chorrada. Ese imbécil tuvo el descaro de decírmelo una vez y juro que tuve que hacer un esfuerzo enorme para no darle una bofetada.
Sin embargo, no podía arriesgarme a enfadarlo. Necesitaba que pagara su parte de la matrícula, así que cabrearlo no era una opción. Esa era la razón por la que me quedaba en el pisito de encima del cine, tenía un trabajo de mierda por las noches y solo cursaba el mínimo de clases por semestre en el colegio universitario.
Y, por supuesto, era la razón por la que lidiaba con Angelo.
—Más vale que no nos metas en el cártel. —Fueron palabras atrevidas por mi parte y me arrepentí en cuanto las pronuncié.
Enseñándome los dientes, me apretó la garganta con más fuerza y la presión amplificó la rapidez con la que me latía el pulso en el cuello. No tanto como para cerrarme la tráquea del todo, pero sí lo justo para darme un susto de muerte.
—Te crees muy lista, ¿verdad? ¿Qué hace una cientificucha prometedora limpiando la mierda de los retretes? ¿Eh? ¿Eh?
Le arañé los dedos, negándome a que viera el miedo reflejado en mi rostro. Seguía apretándome la garganta con una mano, y con la otra, la del cigarrillo, me agarró de la muñeca y me miró el antebrazo.
—«Memento mori» —leyó en el tatuaje—. Eres una zorra gótica de esas que fantasean con la muerte todo el tiempo, ¿no?
Para nada. De hecho, el tatuaje era un recordatorio de humildad, pero ¿qué iba a saber ese idiota de eso?
—Su-él-ta-me.
Angelo se rio entre dientes y me liberó la mandíbula.
Por fin libre, me alejé de él lo más rápido que pude, todavía temblando por el enfrentamiento.
Aplastó el cigarrillo en mi porción de pizza destrozada.
De todos modos, no me la iba a comer, con el estómago revuelto y el ácido quemándome la garganta. Mirándome con desprecio, salió de la cocina a grandes zancadas. Ni un minuto después oí que cerraba la puerta, anunciando su partida, y yo solté un suspiro.
«Mantén la calma».
Después de tirar la pizza a la basura, me fui a mi habitación. Una vez dentro, cerré de un portazo y apoyé la frente en ella para que la adrenalina de ese puñetero cara a cara con Angelo se estabilizara mientras intentaba contener las lágrimas.
Lo odiaba. Me repateaba que Conner confiara en él hasta el punto de dejarlo a solas conmigo. Lo débil y vulnerable que me sentía en su presencia.
Respiré hondo varias veces para calmar los latidos del corazón. «Se ha ido. No pasa nada».
En ese momento me volví hacia mi habitación: mi santuario, repleta de libros, velas, frasquitos llenos de mis hierbas secas favoritas y las sales tisulares que me había regalado Glinda, la mujer de la tienda homeopática que estaba a solo una manzana. Un lugar al que empecé a acudir muy a menudo cuando mi madre enfermó.
Dejé mis cosas al lado de la cama de camino al armario, de donde saqué una cajita de baratijas del estante de arriba. Al abrirla aparecieron un montón de objetos sin relación entre sí, pequeños tesoros que había ido guardando en los últimos años. Huesos de un gorrión que murió hacía mucho; la pluma roja y brillante de un cardenal que mi madre siempre me había dicho que era un regalo de los ángeles; una costilla de ardilla, y seis dientes de leche míos en una botellita con tapón de corcho. Debajo de todo eso había una foto mía con mi madre de antes de que la enfermedad se apoderara de ella; una horquilla de Bee de un abejorro con una piedra amarilla y blanca; monedas y piedras raras que había ido recogiendo, y un cristal que Glinda me había dado para que me protegiera.
Metí el rosario en la caja, la cerré y la volví a colocar en el estante de arriba. Me quité los zapatos y me dejé caer en la cama, agotada. Necesitaba dormir un poco. Además, tenía una reunión con mi profesor a primera hora de la mañana.
Hacía dos semanas había escrito un ensayo para la clase de microbiología. Un estudio de caso. Aunque se suponía que debía ser «ficticio», la tarea consistía en inventar una enfermedad, y aproveché la oportunidad para escribir sobre la afección de mi madre. En realidad fue una forma de purgar la culpa, ya que escribir los acontecimientos me ayudó a darme cuenta de lo mal que lo había pasado siendo su principal cuidadora durante las semanas previas a su muerte. Se había negado a ir al médico y se había mantenido firme en lo de que no la llevara al hospital por muy mal que estuviera.
En lugar de detallar el suicidio al final, escribí sobre los gusanos. Pensé que no pasaría nada, ya que, de todos modos, no existían. En el trabajo llamé a la enfermedad «síndrome del gusano negro» y, al parecer, ese pequeño y encantador estudio de caso desencadenó una reunión con mi profesor a primera hora de la mañana, antes de clase.
No había mencionado su nombre en el trabajo. Tampoco me había referido a la paciente como «mi madre». Siempre había sido lo que yo consideraba una protectora implacable de su privacidad. Aun así, aunque solo tenía dieciséis años en aquel momento, no pude evitar sentirme un poco culpable por su rápido deterioro. Por no insistir en que se hiciera una revisión cuando empezó a empeorar y a ver cosas que no existían.
Sobre todo, si eso hubiera podido salvarla al final.
Al otro lado de la habitación, sobre mi escritorio improvisado hecho con cajas de madera apiladas y un tablero contrachapado, colgaba un cuadro que mi madre había pintado años antes de enfermar. Un pintoresco paisaje marino junto a un acantilado con un roble viejo cuyas ramas curvas sostenían un pequeño columpio. Siempre me había transmitido paz ese lugar tan lejano de aquel piso de mierda en aquella ciudad de mierda. Una vez le pregunté si había estado allí alguna vez.
Me dijo que en sueños.
Sentí una sombría punzada de dolor en el pecho cuando arranqué una foto que tenía clavada en la pared junto a mi cama; salíamos mi madre, Bee y yo, y estaba hecha unos dos años antes de que enfermara. Ella siempre había tenido un halo de luz alrededor, pero ese día aún más, ya que el sol brillaba a través de los mechones de pelo casi burdeos. Poseía la belleza de una llama indómita, destructiva y salvaje.
Toda mi vida me habían dicho que era su viva imagen.
Sin embargo, yo nunca había tenido la oportunidad de ser salvaje e indómita. Siempre me había sentido más como el fuego de esas chimeneas eléctricas: una falsedad contenida por el cristal, sin mucho potencial para hacer nada. La vida me encadenó cuando ella enfermó y, no sé por qué, no conseguía romper esas cadenas.
Aunque Bee también había heredado algunos de sus rasgos, parecía tener mucho más de Conner. Mientras que los ojos de mi madre y los míos eran de un brillante verde azulado, los suyos eran color avellana, como los de él. A diferencia de Bee, yo nunca había conocido a mi padre. Según mi madre, era un inútil, así que nunca me interesó mucho.
Otra cosa que mi hermana tenía y yo no era un bulto sobre el ojo derecho, el quiste dermoide con el que había nacido y que le había causado inseguridad desde que iba al colegio, donde los cabrones de sus compañeros se burlaban de ella. Por desgracia, mi madre nunca pudo permitirse quitárselo, por lo que todavía le deformaba un poco el ojo, aunque últimamente no parecía importarle mucho.
Mientras contemplaba a mi pequeña pero desestructurada familia, un temor retorcido se apoderó de mí.
«¡Ayúdame! ¡Mamá, no!».
Unos gritos lejanos resonaron en mi mente y, con los ojos cerrados con fuerza, negué con la cabeza.
«No, no. No lo mires. No mires».
La oscuridad volvió a invadir un rincón de mi pensamiento; solté un suspiro trémulo y volví a abrir los ojos. Me temblaba la mano, y con ella la fotografía, mientras respiraba más despacio.
«Tranquila. Ya se ha ido».
Volví a colgar la foto en la pared y, de debajo de la cama, saqué una de las ataduras negras que tenía escondidas allí: unas cuerdas con velcro de BDSM que había comprado en una tienda de juguetes sexuales hacía tiempo. Después de fijar un extremo al cabecero de metal de mi cama, me detuve un momento para asegurarme de que Angelo no hubiera decidido seguir acosándome. Lo único que se oía en la pequeña habitación eran los leves sonidos del piso: el zumbido del aire en la ventana del salón, los coches que bajaban por la calle Prather y la música amortiguada del cine de abajo.
Ya tranquila, metí la navaja bajo la almohada y me até el otro extremo de la correa a la muñeca. Solo estaba cerrada con velcro; así, si era necesario, podía soltarme enseguida. Era la única forma efectiva de evitar que caminara sonámbula, aunque tal vez no fuera lo más seguro. Una vez probé con medicación, pero, sin seguro médico, ya no era una opción. Y, dada la cantidad de veces que había acabado fuera del piso, pensé que tenía que hacer algo. Por raro que pareciera, las ataduras funcionaban, y solo tenía que sujetar una mano, ya que los tirones y los golpes contra el metal solían despertarme. Algo bueno, al menos.
Tenía la sensación de que me esperaba una noche movidita.

4
Lilia
El profesor Wilkins se sentó frente a mí, con una mirada severa e indescifrable, como siempre. A diferencia de mis otros profesores, su oficina era suntuosa: tenía sillones de cuero color burdeos, un escritorio de madera maciza de cerezo con un aparador a juego, lámparas que daban luz natural y estanterías detrás de él. La estancia hacía juego con la personalidad del tipo, ya que creo que era el único profesor que conocía en el colegio universitario de Covington que usaba pajarita todos los días y hablaba como si hubiera salido de una película antigua de Cary Grant.
Después de tomarse un momento para ordenar unos papeles que tenía esparcidos sobre su escritorio, entrelazó los dedos y me miró.
—Señorita Vespertine… Sobre el ensayo que escribió…
Un fuerte pinchazo en el labio inferior me recordó que debía dejar de mordérmelo, un mal hábito que había adquirido para dejar de mordisquearme las uñas.
—Señor, ¿puedo…? ¿Me he metido en un lío? Solo quiero aclararlo primero. Quitar la tirita del tirón, por así decirlo.
Se recostó en su asiento y me miró unos segundos.
—No. Por supuesto que no se ha metido en ningún lío.
Solté un suspiro de alivio y dejé de agarrarme a los brazos de la silla.
—Menos mal.
—Señorita Vespertine, el ensayo que ha escrito es muy interesante. Fascinante, con muchos detalles. Parece tener una percepción excepcional de su organismo ficticio. Estos gusanos que ha descrito parecen aterradores.
Cerré los ojos ante el recuerdo de aquellos animales saliendo de la boca de mi madre en la visión que había tenido la noche anterior. Había sufrido pesadillas horribles, en las que los veía arrastrándose por el suelo y saliendo de bocas.
—Supongo que tengo mucha imaginación.
—Tengo curiosidad por saber qué le pasó a la persona a la que atiende en el trabajo.
—¿A qué se refiere, señor?
—No ha incluido en el resumen qué le pasa al final. Solo el transcurso de la enfermedad, su progresión y sus observaciones. —Con los dedos entrelazados, se recostó en su asiento. Sus ojos estaban llenos de preocupación.
—Bueno, eh… Supongo que, dado que no ofrezco una cura, no me molesté en mencionar qué ocurre al final.
—¿Y por qué no elaboró una cura?
Me encogí de hombros, aclarándome la garganta.
—La tarea consistía en escribir sobre una enfermedad ficticia y su impacto en la fisiología humana.
—Lo cual ha hecho magníficamente. Tan bien que me veo obligado a preguntarle cómo se le ocurrió esta enfermedad en particular.
¿Había escrito alguien más sobre lo mismo? No entendía por qué habría convocado una reunión para hacerme estas preguntas.
—Disculpe, señor. Me la inventé. Ha dicho que no estaba metida en ningún lío, pero siento que me está acusando de algo.
La tensión de su rostro se suavizó en una leve sonrisa y sacudió la cabeza.
—Perdóneme, no la estoy acusando, señorita Vespertine. —Con un suspiro, volvió a mirarme fijamente—. El organismo sobre el que ha escrito no es ficticio. Aunque entiendo que hay miles de parásitos, los síntomas que ha descrito son bastante reveladores de esta especie en particular.
El corazón me latió con fuerza y mientras en mi cabeza repetía sus palabras.
—¿Qué acaba de decir? —pregunté con voz débil.
—He dicho que el organismo que describe en su ensayo no es ficticio. Existe.
«Existe. Es real».
No me lo había inventado. No. Eso no podía ser cierto.
—¿Está de broma?
Él apretó los labios y negó con la cabeza.
—No la habría llamado para una reunión si fuera broma.
Pero tenía que serlo. Durante años me habían dicho que era producto de mi imaginación. Me hicieron creer que lo que había visto estaba distorsionado por el trauma del suicidio de mi madre. Me llevó tiempo, pero acabé aceptando aquella explicación, esa mentira que mi cabeza se había contado para protegerme el corazón, porque, de otro modo, el suicidio de mi madre no tendría sentido. Nos quería demasiado a Bee y a mí como para morir de aquella manera, como para acabar con su vida de una forma tan espantosa.
Dentro de mí, todo se desmoronó. Se quebró como unas ramas frágiles que me habían mantenido anclada a cierta verdad.
La noticia era, de alguna manera, a la vez reconfortante y aterradora.
—No sale en ningún libro de texto ni en ninguna búsqueda de internet. —El profesor Wilkins interrumpió el torbellino de pensamientos que había en mi cabeza—. La investigación está en curso y es de propiedad privada.
—¿Propiedad privada? Me parece que algo capaz de infectar a un ser humano debería hacerse público.
—Volveremos a eso en un momento. —Levantó una pila de papeles que tenía a su lado y vi el título de mi estudio de caso impreso—. Después de leer su trabajo, se lo envié a una colega mía para que le echara un vistazo. Se llama Loretta Gilchrist. Es profesora de Entomología y jefa de departamento en la facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Dracadia. ¿La conoce?
Era la costosa universidad para yupis en la que había solicitado plaza sin mucho entusiasmo el verano anterior a mi último año de instituto, cuando esperaba convertirme algún día en abogada, aunque sabía perfectamente que no me aceptarían. Sí, la conocía. Y, por supuesto, me habían rechazado. Menos mal, porque más tarde tomé la decisión de cambiar de carrera y buscar la cura para la desconcertante enfermedad que había matado a mi madre.
—Sí, he oído hablar de ella. Allí se estudia Derecho, ¿verdad?
—Sí, tiene una facultad de Derecho. Pero es mucho más conocida por la investigación médica.
—Bueno, a ver, está un poco fuera de mi alcance, así que supongo que tiene sentido que no lo supiera.
—Son muy selectivos con los candidatos. La universidad, como sabes, es bastante prestigiosa. Varias personas destacadas han pasado por las aulas de Dracadia. —Echó los hombros hacia atrás, con una mirada de orgullo en su rostro—. Da la casualidad de que es mi alma mater.
Por mucho que quisiera preguntarle por qué, si ese era el caso, estaba impartiendo una clase de microbiología general en un centro de enseñanza superior, mantuve la boca cerrada.
—Como sospechaba, la doctora Gilchrist también quedó impresionada. —Rebuscó en su escritorio y sacó un sobre negro que me entregó—. Al parecer compartió su trabajo con el decano de admisiones, el doctor Langmore, quien me pidió que le diera esto.
Con el ceño fruncido, acepté el sobre sin destinatario y al darle la vuelta vi que estaba sellado con lacre dorado, estampado con una «D» gótica.
—¿Qué es esto?
—Es para usted. Ábralo. —Su característica austeridad, que le había granjeado reputación de ser un capullo, se transformó en algo completamente ajeno a él. El hombre lucía una sonrisa alegre y el brillo de emoción en sus ojos me provocó tanto curiosidad como preocupación.
Rompí el sello de cera y encontré otro sobre negro en el interior, dirigido a mí con una hermosa caligrafía dorada. Al abrirlo apareció un pergamino grueso doblado en tres partes perfectas. En la parte superior de la página estaba estampada la misma «D» gótica.
Querida señorita Vespertine:
En nombre de la Universidad de Dracadia, me complace ofrecerle su admisión en la facultad de Ciencias Naturales. Nuestra universidad se enorgullece de su excelencia académica y de su innovadora investigación médica. Creemos que sus credenciales, junto con el respaldo personal del doctor Wilkins, la convierten en la candidata ideal para nuestro programa universitario.
La beca académica que le hemos asignado para el semestre de otoño cubrirá todos los gastos de viaje, libros de texto y alojamiento.
Si decide aceptar esta invitación, el tren de medianoche la llevará de Covington Park a la ciudad portuaria de Thresher Bay, en Maine. Entonces cogerá el ferry a la isla de Dracadia.
La matriculación está sujeta a la finalización satisfactoria del proceso de inscripción. Le recomiendo que inicie sesión en su cuenta de estudiante, que me he tomado la libertad de crear para usted, para comenzar a inscribirse en las clases de otoño. Le recuerdo que comenzarán el día 1 de septiembre.
Debido a la naturaleza competitiva de nuestras admisiones, le pedimos que se ponga en contacto con nosotros lo antes posible para comunicarnos su decisión. Estoy a su disposición en la dirección de correo electrónico y en el número de teléfono que figuran a continuación para cualquier pregunta o duda que pueda tener.
Espero su respuesta con interés.
Atentamente,
Gilbert Langmore
Decano de Admisiones
LangmoreG@dracadia.edu
Despacho: 555-721-3699
Me quedé mirando la carta, seguro que con la confusión reflejada en mi rostro mientras leía algunos fragmentos por segunda vez.
—No… no lo entiendo. Me denegaron la admisión. Y, la verdad, con razón: está muy por encima de mis posibilidades. Esto no tiene sentido.
—¿Había solicitado ya su programa de ciencias aplicadas a la medicina?
—No. En aquel entonces mi intención era estudiar Derecho. Pero cambié de opinión.
—Bueno, parece que ellos también lo han reconsiderado. Debo decir que, académicamente, usted posee la aptitud necesaria, señorita Vespertine, aunque desde luego no esperaba que mi conversación con la doctora Gilchrist diera lugar a una admisión. No se equivoque respecto a sus aptitudes. —Sus palabras transmitían un extraño entusiasmo que, sin embargo, no logró conmoverme.
—Se lo agradezco, pero… en esta carta me ofrecen un solo semestre. No tengo forma de pagar una universidad como esta. Apenas puedo permitirme la matrícula de Covington.
—Un semestre y la oportunidad de continuar. La universidad se enorgullece de su fidelización y de su éxito académico. Sospecho que la evaluarán al final del semestre y harán una nueva oferta.
Aún con la carta en una mano, me masajeé la nuca, que tenía tensa por los nervios.
—Perdóneme, no quiero parecer una desagradecida, pero recibir una carta de aceptación de esta manera me parece… poco oficial, ¿no?
La emoción de su expresión se atenuó y se volvió seria.
—Dado que usted no presentó la solicitud en su nombre, tal vez el doctor Langmore pensó que, si se la enviaba dir
