Verano
—Soy el colmo de un jardinero.
Clara la miró sin comprender y sin atreverse a preguntar, la veía tan alterada que no sabía qué hacer. No le hubiera extrañado que a su hija se le hubiera nublado el juicio del todo y estuviera desvariando, aunque esperaba que no fuera así. Inspiró con fuerza, concentrándose en el anhelo de que su hija no hubiera quedado tan afectada, tanto como para no reponerse. No le parecía prudente dejarla sola para ir a quitarse el vestido, que le pesaba en la piel como si fuera de metal, el elegante y precioso vestido color verde musgo que había elegido con tanta ilusión. Le molestaban igualmente la pamela y las joyas elegidas para la ocasión. Podría haberse quitado la gargantilla y los pendientes allí y dejarlos sobre la cómoda de la entrada, pero temía olvidarlos o perderlos; eran muy valiosos e, incluso en esas circunstancias, su norma interna de ser cuidadosa con sus alhajas seguía prevaleciendo. Por otro lado, ¿de qué serviría que ella se despojara de su atuendo si Rosa aún llevaba su traje de novia?
—Soy el colmo de un jardinero —repitió su hija mirándola significativamente, leyó la incomprensión en los ojos de su madre y se enfadó—. Sí, mamá, el colmo de un jardinero, que su hija se llame Rosa y la dejen plantada.
—¡Ah! —respondió su madre, no tenía muy claro qué debía aportar a lo que su hija acababa de decirle. Se acomodó la pamela con gesto nervioso.
—Los chistes de colmos, mamá, no me mires como si me hubiera vuelto loca, como el de que el colmo de un gato es tener un día de perros.
—Ya, ya… —dijo su madre, cuya cabeza no daba para mucho, pues todavía estaba en shock.
—Pero nadie dice que el colmo de un jardinero es que su hijo se llame Jacinto, o Narciso, y lo dejen plantado, no, para ellos no hay chiste, eso es patriarcado —siguió Rosa.
Clara se preguntó si esa derivación hacia el patriarcado sería buena para el estado anímico de su hija o si, por el contrario, iba a contribuir a empeorarlo.
—Que Félix se haya portado como un auténtico cretino, y lo sea, no significa que los demás hombres vayan a ser así.
—¿He dicho yo eso, mamá? ¿Acaso he dicho yo eso?
No gritaba, era peor, la voz le salía metálica, alta, desafinada, como si se fuera a quebrar, no la voz sino ella.
—Perdona, tienes razón. Yo también estoy descolocada, no sé qué decirte.
—Y he llegado a la puerta de la iglesia como una auténtica estúpida, una estúpida llena de felicidad y amor, y esperanzas. Confiada. Y no supe interpretar los cuchicheos de la gente, creía que se me había torcido el velo o que el vestido tenía alguna mancha, le pregunté a la tía Lourdes, que se puso a revisar desde el cuello hasta la cola —suspiró—. A ti no te veía —añadió a modo de justificación o, quizás, de reproche.
—Yo había ido a preguntar qué pasaba pero nadie sabía nada, ni tu suegro… —No era su suegro, ya no, así que cambió rápido la forma de referirse a la familia de Félix—, ni su madre, ni sus hermanos, se les notaba desconcertados por la tardanza, preocupados, no paraban de llamarlo.
—Hasta que contestó.
—Sí.
—¿A quién? ¿A quién le dijo que no pensaba asistir a su propia boda? ¿A quién le dijo que no se iba a casar conmigo?
—A su hermana.
—¡Vaya! A su hermana, porque a mí no se atreve a decírmelo, claro. Asqueroso cobarde, ojalá se muera.
—No digas eso —su madre bajó el tono.
—¡Digo lo que me da la gana! Mientras no coja un arma y vaya a asesinarlo ni publique amenazas en las redes sociales, estoy en mi casa, con mi propia madre y tengo derecho a desahogarme, ¿o no?
Su madre asintió con tristeza. Nunca había visto a su hija así; normal, nunca la habían plantado en el altar con anterioridad.
—¿Dónde está papá? ¿Y Leo?
—Están con Pilar, ocupándose de donar el cáterin a un refugio de indigentes y de esas cosas. —Hizo un gesto con la mano, no hacía falta enumerarlas.
—Ah, eso está bien, al menos alguien tendrá una buena comida hoy. Y la disfrutarán más que los invitados, seguro. La merecen. Eso me reconforta.
Su madre la observó evaluando su estado tras el tsunami emocional, intentando percibir si se rompería del todo, para siempre o si lograría reponerse, era una duda que la atormentaba profundamente. Era pronto para saberlo. Rosa supo interpretar con exactitud el gesto de su madre y, aunque podía comprender su preocupación, le resultaba exasperante.
Estaban sentadas en el sofá marrón oscuro de la casa de los padres de la novia. Había más de un metro de distancia entre las dos pero a Rosa le pareció insuficiente, hubiera preferido que estuviera más lejos, le desagradaba el rostro crispado de su madre como le molestaban la puerta de entrada, los muebles del recibidor, el suelo de parqué y el aire que respiraba. Cada elemento se había confabulado con los demás hasta formar un todo que le producía desconfianza y enojo.
—Me voy a desvestir —afirmó de forma tajante, parecía tranquila.
Su madre asintió. No se atrevía a hablar.
Rosa se metió en el dormitorio de sus padres, el mismo en el que, unas horas antes, se había vestido, la habían maquillado, retocado el cabello, acomodado el velo…, todo entre sonrisas, risas, afecto y alegría, en un ambiente festivo y entrañable. El entorno se había trastocado en desasosiego y angustia. Y ella también, por dentro. Y por fuera. Parecía otra persona, el espejo le proporcionaba esa información. Un rictus de amargura, una mueca de disgusto, algo que había en su interior y su alma y se reflejaba en su rostro. Miró a los ojos de la extraña que se hallaba vestida de blanco en el espejo, era ella, esa mujer era ella, la rabia surgía de su pecho, manaba de sus poros, pero no se dirigía exclusivamente a Félix, iba contra ella misma, como si tuviera la culpa de lo sucedido. No iba a tratarse así, no. Félix la había despreciado pero ella se esforzaría en honrar a la mujer que había sido unas horas antes, la que se había puesto el velo cargada de expectativas de un futuro compartido, no iba a quitárselo de manera brusca ni a tocarlo como si lo hubieran fabricado con mierda de perro. Se quitó los ganchillos de uno en uno, con delicadeza y depositó el velo sobre la cama, lo donaría intacto. Se acarició la cabeza y la agitó para que sus cabellos castaños y ondulados se agitaran libres. La cremallera del vestido era lateral, por suerte, así no se veía obligada a solicitar ayuda y podía seguir con su ceremonia privada. Lo dejó caer al suelo, lo recogió con delicadeza y lo colocó junto al velo. Así hizo con el resto de las prendas. El abandono había dejado una pátina en su piel, un filtro que indicaba que ella no valía nada y por eso la habían dejado plantada el día de su boda. Se rebeló contra esa sensación, se obligó a comportarse bien consigo misma, a mirar su cuerpo desnudo reflejado; era su cuerpo, su propio cuerpo, rechazado por la misma persona que lo había hecho florecer, que lo había recorrido con deseo. Él la había dejado. Pero ella no iba a tratarse como lo había hecho él, no, ella se iba a querer. Se abrazó y cerró los ojos. Volvió a abrirlos. Se concentró en mirarse ahora de otra manera, como si fuera una desconocida, a ver si de ese modo su mirada era menos crítica, se fijó en sus piernas torneadas y firmes, en su pequeña barriga, en sus caderas anchas, en sus pechos, le parecieron hermosos, tanto como realmente eran.
Se metió en la ducha con la cabeza hacia arriba para que el agua le diera en la cara. La pena la golpeó de nuevo, una patada en el estómago, por dentro, y cayó sobre el suelo de la ducha apoyando las manos con el pecho agitado. Un grito le nació de muy adentro y decidió dejarlo salir con todas sus fuerzas. Fue tan alto y agudo, tan estridente y prolongado, tan doloroso, que sus padres y su hermano, pues los hombres de la familia habían llegado mientras ella estaba en el dormitorio, se asustaron y acudieron corriendo, abrieron la puerta sin llamar, temiendo lo peor. Su madre entró en el baño y se metió vestida en la ducha con su hija. Su padre y su hermano salieron y cerraron por fuera, incómodos y preocupados. Clara la abrazó, se deshizo en llanto sobre la espalda de su hija. Ella se incorporó y apoyando el rostro en el pecho materno, siguió llorando. Y ese instante de tristeza profunda compartida, sin palabras, con el contacto físico entre madre e hija fue trascendental para ambas. Había un lazo entre ellas que las unía casi como si se hubiera reestablecido el cordón umbilical de la etapa prenatal. Lo recordarían siempre.
Rosa fue calmándose, su madre le besó la cabeza y el hombro y, cuando le pareció el momento, la ayudó a salir. Cogió una toalla, la envolvió con ella como cuando era pequeña y salía de bañarse en el mar o en la piscina, estuvo a punto de decir algo pero optó por no hacerlo, las palabras sobraban. Rosa comenzó a secarse y su madre salió para quitarse, ahora sí, el vestido verde musgo, empapado.
La novia abandonada apareció en el salón vestida con vaqueros y camiseta, el resto de la familia también estaba con ropa de diario. Clara se había ocupado de quitar de su vista el vestido de novia así como el ramo de flores que ella había dejado en el recibidor al entrar. Su padre y su hermano la abrazaron mascullando algunos insultos sentidos hacia Félix y su comportamiento. Después pidieron pizza y eligieron una película, una comedia americana a la que nadie logró prestar mucha atención. Cuando acabó la volvieron a poner y así hasta cuatro veces. En algún momento Rosa se quedó dormida, la taparon con una colcha y la dejaron allí para que descansara. Los tres se fueron a la cocina para seguir insultando al que había sido, hasta hacía unas horas, el novio de su hija, su prometido.
Pilar había pedido cita en la peluquería la tarde anterior, con mucha prisa. Ahora estaba sentada en ese local que tanto le gustaba, de paredes empapeladas de verde pastel con fotos de playas paradisíacas enmarcadas en color lavanda. La música sonaba a un volumen bajo, resultaba relajante. En cuanto Sonia masajeara su cabeza al enjabonársela, entraría en un estado de sosiego tal que le costaría trabajo no quedarse dormida; siempre ocurría así. Y era parte del encanto de ir a la peluquería. Era la primera vez que iba a teñirse, pero se había descubierto no una, ni dos, ni tres, sino cuatro, ¡cuatro canas! Y era por culpa de su hermano, sin duda, y del tremendo disgusto que le había dado a la familia al no aparecer el día de su boda. A pesar de la tardanza ni a sus padres, ni a sus hermanos, ni a ella misma, que era la que estaba más unida a él, se les había pasado por la cabeza la posibilidad de que no fuera a llegar. Y ello era debido a un montón de factores. Por una parte, él era responsable, considerado y juicioso. Y, por otro lado, ninguno dudaba de cuánto quería a Rosa. Y llevaban juntos cuatro años. Cuatro años, cuatro canas, qué casualidad. Eso era una tontería, irrelevante. El quid de la cuestión es que resultaba incomprensible. Habían aguardado en la puerta de la iglesia, esperado una explicación, preguntándose si habría tenido un accidente de tráfico por el camino, planteándose llamar a los hospitales, cuando por fin le había cogido el teléfono. Lo había llamado ya más de veinte veces y esa, que podía ser la número veintiuno o la quinientos catorce, porque había perdido la cuenta, por fin le había pulsado el icono verde y había pronunciado, muy escuetamente, esas palabras:
—No voy a ir.
Ella creyó haber entendido mal y le preguntó que qué decía. Él le respondió que no iba a casarse con Rosa y colgó. Sin más. Y le había dejado a ella la ingrata tarea de comunicárselo a sus padres. A ella, a la tonta de su hermana, cómo no, que estaba allí con su vaporoso vestido de flores, tan contenta. Ella miró alrededor y no supo a quién decírselo primero, optó por su hermano menor, que lo repitió casi gritando y así se corrió la voz y se ahorró tener que enfrentarse a Rosa. A partir de ahí se dedicó a intentar que a su madre no le diera un infarto, que su padre no saliera de allí dispuesto a acabar con la vida de su hijo, que la comida no se tirara y un sinfín de cuestiones de mayor o menor relevancia que recayeron sobre sus hombros. Tenía que reconocer que el padre y el hermano de Rosa habían colaborado, manteniendo la compostura en todo momento de una manera admirable. Agradeció que la mayoría de los invitados se marchara a toda prisa, que la gente desapareciera cuanto antes había resultado fundamental para no sufrir un ataque de ansiedad. A Rosa ni llegó a verla. Habían sido muy amigas. Le hubiera gustado que fueran familia, tenía un gran concepto de ella. El imbécil de Félix no paraba de pedir perdón pero la única explicación que daba era que se había dado cuenta de que no quería estar con ella, de una manera repentina. ¿Qué sentido tenía eso? ¿No se le había ocurrido planteárselo antes? Pues no, al parecer, no. Para matarlo. Sonó la campanilla de la puerta, alguien había entrado, levantó la vista, miró instintivamente. Y ojalá no lo hubiera hecho, porque era Rosa la que acababa de entrar. Claro, ella le había recomendado esa peluquería, gran momento para recordarlo, era de gran utilidad ese dato en ese preciso instante. Y allí estaba Rosa, la que había sido su cuñada, o no, porque si no se habían casado no había llegado a ser su cuñada, ¿no? Pero lo había sido, había vivido con Félix durante dos años y se habían considerado cuñadas. Se levantó y fue hacia ella, que se había quedado paralizada en medio del local. Estaban ellas dos y la peluquera. Hizo el amago de abrazarla y se detuvo, algo le transmitía la mirada de la que hubiera sido o había sido su cuñada que le hizo contener los brazos y dejarlos en el aire, en una postura ridícula.
—Rosa —le dijo, su cuñada que ya no lo era no había movido un músculo, era una estatua, no contestaba—. Quería decirte cuánto lo siento —continuó Pilar.
Rosa permaneció callada pero sus ojos centellearon. Cada persona con la que se encontraba quería decirle cuánto lo sentía, exactamente eso, pero ninguna le había escrito un wasap, o llamado, ninguna le había preguntado si quería que se vieran, si precisaba una charla o un abrazo, o si anhelaba compañía para tirar dardos a una foto de Félix. No, solo repetían esas palabras, como loros que se hubieran puesto de acuerdo. ¿Y ella debía ser amable, educada, dar las gracias y quitarle hierro al asunto para no disgustar al prójimo con su tristeza? No, ya estaba bien.
Pilar continuó, no soportaba ese silencio.
—Solo quería decirte que Félix no tenía intención de hacerte daño, que lo lamenta muchísimo, está desconsolado. —Nada más pronunciar las dos últimas palabras se arrepintió, no eran adecuadas, sin duda. Rosa seguía callada. Su mirada era extraña. Pilar temió su reacción, no algo específico, pero nada bueno auguraba tanto silencio. Por eso siguió, no podía evitarlo.
—De verdad, él no pretendía hacerte daño, lo decidió en el último minuto.
Entonces Rosa habló y Pilar no supo si eso era mejor o peor que si hubiera continuado inmóvil y muda.
—Ah, bueno, está bien saberlo. Porque sí, hubiera estado feo que hubiera sido premeditado, ya ves, cuatro años juntos, de la mano, caminando, besándonos, viajando, haciendo el amor, viviendo juntos, planificando el futuro, discutiendo si íbamos a tener dos o tres hijos… y que todo eso lo hubiera hecho pensando que iba a dejarme el día de nuestra boda, sí, sí, hubiera sido de una persona muy enferma mentalmente, un villano de película. —Lo malo no eran sus palabras, era la tensión, la rabia con la que las pronunciaba—. Me imaginaba que no había sido así. Pero, de todas formas, ahora que lo dices me quedo más tranquila. Entonces no hay problema, vaya tontería, solo porque me haya dejado tirada en el altar sin ningún tipo de explicación, ¿por qué iba a afectarme eso? Si no lo hizo de manera premeditada no pasa nada. Yo podría coger unas tijeras —y lo hizo— y clavártelas en el costado pero si no lo tenía pensado de antemano no te va a doler ni vas a sangrar, ¿verdad?
La peluquera no sabía dónde meterse, se reprochaba interiormente en todos los idiomas que hubieran existido en el planeta el haberlas citado casi a la misma hora sin haberse dado cuenta de la situación, algo le habían contado, pero no era nada chismosa y su cabeza no lo había retenido; se prometió a sí misma ser más cotilla a partir de ese día. Se acercó a Rosa y cogió las tijeras con determinación, la joven no opuso resistencia, no había pensado usarlas. Pilar suspiró y decidió instantáneamente que iría a esa peluquería hasta el fin de sus días, pues su corazón se había henchido de gratitud para con la decidida Sonia.
—Tienes razón, tienes toda la razón. Y lo siento de corazón. Somos amigas, debí hablar contigo, no evitarte. No me atrevía a ponerme en contacto contigo. Perdóname.
Los grandes ojos castaños de Rosa se llenaron de lágrimas, por fin alguien hablaba con claridad. Ahí Pilar se atrevió a abrazarla, se les saltaron las lágrimas a las dos, pero Rosa deshizo el abrazo enseguida, si algo tenía claro era que Pilar ya no era ni su cuñada ni su amiga. La apreciaba pero lo último que deseaba era ver a personas que le recordaran a Félix.
—Me tengo que ir —dijo con voz queda. Y se marchó.
Cinco días después estaba en la consulta de una psicóloga que le habían recomendado explicándole que el detonante de su decisión de asistir a terapia había sido cuando la peluquera le había quitado las tijeras de la mano, la manera en la que la habían mirado Pilar y ella, como si creyeran que era capaz de hacerle daño a alguien. Aunque resultaba obvio que había llegado a esa situación a raíz de lo que Félix le había hecho. Rosa le explicó a la psicóloga que siempre había sido feliz, que quizás lo había dado por hecho, que la vida iba a ser así, y, con vergüenza, le confesó que había estado convencida de que las cosas le habían ido bien porque ella lo había hecho todo bien, y, por tanto, lo merecía. Lo lógico era, pues, que si Félix la había dejado, y de esa manera drástica y humillante, en ese escenario, era porque también lo merecía, algo tenía que haber hecho mal o quizás había algo, un no sé qué, defectuoso en ella. Resultaba sencillo escuchar a la terapeuta, oírla decir que los acontecimientos, tanto los malos como los buenos le ocurren a todo el mundo y no hay un motivo. Hay gente malvada que es amada, incluso aunque sean narcisistas manipuladores incapaces de un gramo de empatía y personas maravillosas que están faltas de afecto. Ni hablemos ya de ganar la lotería, obtener un buen empleo o estar sano, hay multitud de factores en juego pero, en definitiva, cualquiera puede enfermar, todo el mundo sufre en algún momento a lo largo de la vida y, de manera indiscutible, todos morimos. Rosa no sabía cómo iba a encontrar el modo de interiorizar esas ideas cuando lo que bullía en su interior era esa sensación de haberse chocado de frente con su propia incompetencia vital. Otro tema que se le había hecho cuesta arriba era la falta de amistades que no estuvieran relacionadas con Félix, resultaba que a la mayoría de la gente le resultaba más difícil encontrarse con ella que con él, a pesar de que ella no había actuado mal con él ni antes ni después del fatídico día de la que iba a ser su boda. Eso resultó ser un mazazo, no solo estaba falta de amistades, sino que notaba, cuando se encontraba con alguna, que evitaban el contacto visual y se alejaban con prisas, excusándose con torpeza, y la dejaban sola, como si hubiera una epidemia de «abandonar a Rosa» o hubiera habido un efecto dominó. La nueva moda era dejarla tirada, así se lo expuso a la psicóloga. A lo que ésta le respondió, siguiendo la comparación, que todas las modas eran pasajeras. Rosa se apoyó en sus padres, en su hermano y en sus primos y se dio cuenta de que lo que sí tenía era una familia estupenda, unida, que se preocupaba por su bienestar, y eso era mucho, debía valorarlo. Eso y su propia fortaleza, que fue apareciendo como un resto arqueológico que al principio había estado oculto bajo capas de tierra y polvo. Solo debía mantenerse de pie, se dijo, más adelante podría caminar, más adelante, como si se hubiera roto un hueso del alma, intangible, y tuviera que guardar reposo durante un tiempo.
A principios de septiembre se notaba con más energía, dispuesta a afrontar el comienzo de un nuevo curso como profesora de inglés en el instituto de secundaria en el que llevaba tres años, se había planteado pedir un cambio de centro, pero había desechado la idea, no iba a esconderse o huir como si hubiera cometido un delito.
—La tía Lourdes sigue diciendo que lo que ha ocurrido ha sido porque ibas a casarte en verano —le expuso su madre, un día, mientras almorzaban.
—La tía Lourdes está fatal de la cabeza, es tu hermana y es muy buena persona, pero está zumbada.
—Me ha hablado de un estudio acerca de cómo afecta el calor a las personas, a nivel fisiológico y en el estado de ánimo.
—Mamá, pero eso será, en todo caso, cuando las temperaturas son excesivamente altas, en olas de calor, nosotros íbamos a casarnos en junio, no creo que haya influido el calor en el cerebro de Félix. Sobre todo porque el día era fresco.
Su madre hizo un gesto con la cabeza para decirle sin hablar, que tenía toda la razón, que ella solo era la mensajera, antes de añadir.
—Y la tía Cecilia me pregunta por ti todos los días y asegura que Félix va a volver, arrepentido.
—Pues va a ser que no, que no creo que eso ocurra.
Clara la miró muy seria, indecisa durante unos segundos, hasta que optó por preguntar lo que le rondaba por la cabeza.
—¿Y querrías?
—¿Que Félix volviera? No, para nada. Jamás volvería con él. No sé si voy a poder volver a confiar en otro hombre, pero en él seguro que no. No quiero ni verlo.
Clara notó el alivio expandiéndose en su pecho, si tenía que volver a ver el rostro del que había sido su yerno, le daría un ataque, no podía imaginarse teniendo que soportar su presencia como si nada.
—No te preocupes, mamá, no quiero ni sus explicaciones ni sus disculpas, me da igual si no lo supo antes, si estuvo confundido, si creía que me quería pero no, porque eso no cambia nada.
Otoño
—Mara es maravillosa —dijo Gael, que no apartaba los ojos de ella. Unos enormes ojos verdes, limpios y expresivos. Ella bailaba, ni se había percatado de la presencia de su ex, agitaba su rizada melena oscura y movía las caderas, enfundadas en unos vaqueros ajustados, al ritmo del reggaetón.
—Sí, la llamaron Mara porque Maravillosa era demasiado largo —bromeó Miriam, que estaba cansada de la actitud de su amigo y no se molestaba en disimular.
—¿Estás ingeniosa hoy, no?
—Sí, yo siempre, ya me conoces.
—Sé lo que estás pensando.
—¿Qué estoy pensando?
—Que me parece maravillosa desde que rompió conmigo.
—Pues has acertado, has ganado el premio gordo, ¿qué prefiere el caballero, el oso amoroso o el pato de…?
Él la cortó.
—Ya está bien. No tiene gracia.
Se quedaron callados. La música sonaba a todo volumen.
—¿Nos vamos? —propuso él.
Ella asintió con la cabeza y salieron del bar.
Las temperaturas no eran bajas aún, el otoño acababa de empezar, pero el contraste entre el interior del bar y el exterior sí era considerable, por lo que Miriam se puso la chaqueta.
—¿Desde cuándo no la veías? —le preguntó—. ¿Desde que lo dejasteis?
—La vi hace un par de meses, solo nos saludamos y nos despedimos, fue un encuentro de dos minutos como mucho, ninguno de los dos tenía ganas de hablar con el otro, pero tampoco quería ser cortante.
—Sabes que te estás engañando, ¿no? —le soltó ella.
—¿A qué te refieres? —Se hacía una idea pero deseaba escuchar lo que tuviera que decir.
—Ya lo sabes, ella rompió contigo porque se enteró de que tú te habías planteado romper con ella durante meses. Hasta fuiste a una psicóloga para aclararte y todo.
—No llegué a ir, cancelé la cita. Pero sí, y entiendo que rompiera conmigo porque según ella eso es una traición, el hecho en sí de que lo pensara tanto y no me dignara comentárselo.
—Comprensible.
—Y porque mis dudas dieron lugar a las suyas y ella sí tuvo claro que no deseaba seguir conmigo. Resulta irónico.
—También comprensible.
—Justo cuando yo me había aclarado.
—Yo no lo diría con esas palabras.
Iban caminando despacio por una calle peatonal del centro de la ciudad. Era tarde. No había nadie más. Los comercios a ambos lados estaban cerrados y la luz de las farolas era tenue. Gael guardó silencio, Miriam se creía que lo sabía todo. Pero resopló y al final le respondió:
—Ya sé lo que piensas.
—No es un secreto, pero tampoco te lo he dicho.
—¿Por qué no me lo has dicho?
—Porque está feo hacer leña del árbol caído.
—Nunca he entendido ese refrán, si lo piensas, mejor hacer leña del árbol caído que talar otro, ¿o no?
—Sí, pero creo que el refrán no va de árboles en realidad. No pensé que te ibas a quedar mal cuando Mara te dejó. O no tanto.
—Había decidido seguir con ella, por si no lo recuerdas.
—Lo recuerdo, lo recuerdo todo, tengo muy buena memoria para las conversaciones y nos conocemos todos desde hace mucho. Y también soy observadora.
Gael se giró hacia ella:
—Venga, ya está, ha llegado tu momento, estoy mejor, puedes ser honesta y decirme lo que piensas sin tapujos.
—Es que no creo que vaya a decirte nada que tú no sepas. No llegaste a ir a la psicóloga, pero lo hablaste conmigo, con tu hermana, con tus padres y no sé si con alguien más, tú sabes lo que decías, que faltaba algo en la relación, que aunque os llevabais bien, no te llenaba, que no sabías si seguir con ella era lo correcto, que ya vivíais juntos y el compromiso era grande, que asomaba en el horizonte la posibilidad de tener hijos…
—Pero lo estuve pensando, puede que solo me faltara madurar. La convivencia es difícil, no sé qué esperaba yo de la vida. Ahora la echo mucho de menos, era mi mejor amiga.
Miriam torció el gesto. Gael se corrigió:
—O una de las mejores, la persona más cercana.
—¡No, no me la cuelas! ¿Más cercana que tu madre o tu padre? ¿O que tu hermana? ¿O que yo? Todos sabíamos lo que pasaba por tu cabeza menos ella.
—Eso fue un fallo por mi parte. Entiendo que Mara decidiera dejarme, fui un cobarde.
—¿Fuiste un cobarde por no contarle eso o por no romper con ella?
—Eso es lo que tú piensas, que tendría que haber roto, lo ves muy claro, ¿no?
—Sí, lo veo muy claro.
—No sé por qué lo ves tan claro.
—Porque pienso que eres prisionero de una idea.
—Ohh, eso es un buen título para una película: «Prisionero de una idea». Muy literario, pero ¿qué quieres decir exactamente?
—No es que lo vaya a reducir a esto pero es para explicarme. ¿Te acuerdas cuando vimos la peli Up, de Disney?
—No es de Disney, es de Pixar.
—Es de Disney.
Gael sacó el móvil y lo buscó, era de Disney.
Miriam se echó a reír.
—Creo que esa no era la cuestión, pero siempre resulta reconfortante tener razón.
—Eres repelente.
—Lo sé.
—Venga, sigue con lo que ibas a decirme.
—Pues eso, la peli Up, de dibujos, la del viejo, el niño boy scout, el perro bobo y el pájaro raro.
—Ha quedado claro, sigue, por favor.
—Pues que el principio, cuando se ve que los dos se conocen desde niños y llevan toda la vida juntos, a primera vista parece muy bonito.
—Ya sé lo que piensas, que las relaciones que comienzan cuando ambos son niños son más complicadas porque no se parte de la base de dos personas con la madurez suficiente como para decidir lo que quieren y sin experiencias previas no hay manera de comparar, te conozco y lo has repetido muchas veces. No éramos tan jóvenes Mara y yo cuando empezamos a salir, teníamos veinticuatro y veintiséis años.
—Ya lo sé, pero a ti te gustaba ella cuando estábamos en primaria y te hacía ilusión esa idea de estar toda la vida con una chica que te gustaba cuando eras niño.
—¡Y toda la culpa es de la película! —bromeó Gael.
—¡No, tuya! —contestó ella.
—¡Cuánta sinceridad! —Gael volvió a pararse y la miró a la cara—. ¿Y cómo puedes estar tan segura de que no era miedo al compromiso por mi parte, o inmadurez, lo que creó esa inseguridad en nuestra relación? ¿Qué sabes tú de relaciones de pareja si no has durado con la misma chica más de seis meses?
—Sabía que me ibas a saltar por ahí —elevó la voz sin llegar a gritar—. Entiendo que tú eres el único que puede saber lo que hay en tu interior, conocer tus sentimientos, pero también sé cómo eres, te conozco, no creo que tú tengas miedo a comprometerte, no eres como yo. —Las últimas palabras las pronunció en voz baja.
—No pretendía hacerte daño —le dijo Gael pasando el brazo por el hombro de ella, que se había quedado triste.
—Es justo, no has dicho nada que no sea cierto, pero yo tengo mi opinión y te la tengo que decir. El compromiso está bien si hay amor, si no el compromiso solo por el compromiso puede ser una condena.
—¿No crees que Mara y yo podríamos haber estado juntos toda la vida?
—¿Y? El objetivo no es estar juntos toda la vida si la relación no vale la pena. Sin amor no le veo mucho sentido.
—¿Y entre Mara y yo no había amor?
—No, al menos lo que yo veía. Y veo.
—¿Y cómo lo vas a saber tú?
—Porque si hubiera habido amor no hubieras tenido esa sensación de vacío que te llevó a plantearte la ruptura.
—¿Y no existe la confusión? ¿Ni el miedo? ¿Y si tiene que ver con mi forma de ser y no con la falta de amor? ¿Cómo se sabe eso?
—Sería una posibilidad, claro, pero no creo que tú tengas miedo a una relación seria a largo plazo y desde fuera se notaba que no había amor.
Gael resopló de nuevo, Miriam podía resultar exasperante.
—¿En qué lo notabas tú?
—En la forma en la que os mirabais, por ejemplo.
—¿Por ejemplo?
—Si, en el lenguaje corporal, en vuestra manera de estar juntos.
Siguieron caminando, cabizbajos. Gael iba con las manos en los bolsillos.
—El enamoramiento se pasa —afirmó.
—Sí, eso dicen, pero el amor no.
—¿Tú crees que el amor es algo más que lo que teníamos Mara y yo? ¿Algo diferente?
—Sí, eso creo.
—¿No piensas que las relaciones son así y hay que asumirlo y ya está?
—No, para nada.
—¿Y has dicho que fui cobarde por no romper?
Miriam se detuvo otra vez y cogió a Gael por el brazo:
—Dime la verdad, cuando Mara rompió, ¿no te sentiste liberado?
—No sé, no sé qué decirte, puede ser que en parte, pero lo que más sentí fue miedo.
—¿Miedo de qué?
—Pues de que eso fuera amor y yo lo hubiera estropeado con dudas infantiles. ¿Y si nunca más vuelvo a tener algo así?
Miriam le sonrió y le cogió la mano:
—Te lo digo totalmente en serio, estoy convencida de que vas a encontrar a alguien con quien vas a sentir una plenitud y una alegría que aún no has conocido, alguien que te hará comprender a lo que me refiero. No será perfecto, habrá inseguridades, discusiones y todo lo que acompaña a las relaciones entre seres humanos, pero será genial. —Hizo un inciso y puso tono de maestra autoritaria para seguir—.Y, lo más importante, me tendrás que dar la razón, como con lo de la peli.
Gael sonrió y le revolvió el pelo.
—Nooo, no me hagas eso —protestó ella, que se lo alisaba a conciencia y cuidaba mucho su imagen.
—Te lo has buscado, por enterada.
—Consejos vendo que para mí no tengo, o como se diga eso. Lola me ha propuesto que nos vayamos a vivir juntas y no le he contestado.
—Normal, es que lleváis muy poco tiempo, eso de que las lesbianas os lanzáis a vivir juntas en nada no es una leyenda urbana, eh.
—Bueno, se ve que a mí no se me aplica. No me lo esperaba. Hace tres meses que empezamos.
—¿Y cómo te lo dijo?
—Como lo más normal del mundo, que para qué vamos a pagar dos alquileres y compartir piso con otras personas pudiendo estar juntas.
—¿Y tú qué le dijiste?
—No lo sé, de verdad que no consigo estar segura, me quedé tan sorprendida que no supe reaccionar y se me notó mucho.
Miriam se tapó el rostro, avergonzada de recordarlo.
—¿La diosa de la buena memoria no se acuerda de lo que dijo? ¡Eso es nuevo!
—Para que veas. Es que puede que solo balbuceara, no dije ni sí ni no. Creo que comenté algo acerca de que mi compañero de piso era muy majo.
Gael no pudo evitar reírse de su amiga.
—No será tan grave. Entenderá que no estés preparada para dar ese paso.
—Eso espero. Porque no lo estoy. Solo de pensarlo siento la tentación de romper con ella a pesar de lo bien que estamos, o estábamos hasta ayer.
—Ayer… ¿Y no habéis vuelto a hablar?
—Sí, pero no de eso, y tengo que decirle algo pero no me atrevo. No sé cómo se lo va a tomar.
Habían llegado al piso que Miriam compartía con Iván.
—¿Quieres subir?
—Pues sí, ¿Iván estará despierto?
—Ni idea.
En el ascensor Miriam le fue contando cómo iba a explicarle a Lola que no se sentía preparada para dar ese paso, que la asustaba y que marcharse del piso sería jugarle una mala pasada a Iván, dejarlo colgado con el alquiler en esa época del año, pero Gael le sugirió que no involucrara a su compañero de piso a la hora de justificarse, pues si ella hubiera estado convencida de dar ese paso la situación del joven no la frenaría y a Lola podría sentarle mal que lo usara de excusa, que afrontara que era ella la que no deseaba irse a vivir con su novia. Miriam le dio la razón, no mencionaría a su compañero. Iván estaba despierto y les propuso ver una película de terror, les pareció una opción estupenda para evadirse de los asuntos de amor y desamor que los aquejaban esa noche.
Invierno
Rosa llevaba un buen rato bailando como una loca, nunca antes se había movido con tanta libertad, como si nadie estuviera mirando, no, mejor aún, como si diera exactamente igual si alguien la observaba o no. Estaba cansada y tenía sed, necesita
