Objetos perdidos

Carlos Zanón

Fragmento

1. Niño Gordo duerme en Excalibur

1

Niño Gordo duerme en Excalibur

A la gente no le gustan los Niños Gordos, ni siquiera cuando se esconden dentro de Hombres Delgados. Un Niño Gordo dentro de un Hombre Delgado nunca olvida que, en cualquier momento, puede ser descubierto. Vive ese Niño Gordo con la certeza de que hay deudas en el deseo ajeno; que todo él es una estafa: el truco del mago que no salió a tiempo del baúl, el cadáver que se agita ruidosamente, de un lado al otro, en el maletero. Los Niños Gordos se cronifican dentro de los cuerpos que habitan, como los cánceres que no mata la quimio. Nunca se deja de ser Niño Gordo. Siempre te mata el cáncer curado.

Además de Niño Gordo, Álex Gual es abogado y toma cocaína. Cada vez menos lo primero y más de lo segundo. Especialista en encontrar personas y perder cosas, Álex vive en la habitación más amplia de un hotel llamado Excalibur, que es el nombre de una espada hundida y extraviada en un lago, pero en el momento de la inauguración los dueños —viejos clientes de Álex con minutas pendientes— creyeron por error que Excalibur era un castillo o quizá un país lejano.

En el barrio de Excalibur hay pisos de protección oficial franquista, una oficina de Correos y nada que llame mucho la atención, de ahí la impresión de que la gente que anda por sus calles está solo de paso, y que, al llegar a su puerta, no le importaría seguir de largo y vivir en cualquier otro sitio. Hay tiendas de fruta con sabor a cartón, bares que cierran a cualquier hora y tarde, y hombres y perros paseándose unos a otros. También una plaza con quiosco, niños jugando por la mañana, jóvenes bebiendo y fumando el resto del día y, ya por la noche, un borracho al que le gusta demasiado ponerse a gritar.

Desde hace meses Álex no contesta llamadas. Solo a Lola y, en ocasiones, a las que vienen del despacho donde trabaja. Él sabe mejor que nadie que para desaparecer primero hay que trabajarse el olvido. Hacerlo hasta que no te recuerden. Desde hace tiempo —un año, quizá algo más— no tiene ganas ni ánimos para ver a nadie. Hasta no hace mucho se preguntaba por qué, pero ya no. Se siente viejo, cansado y adicto sin mucha más profundidad ni calado. La vida le pesa, y no ha sacado muchas más conclusiones al respecto. En ocasiones, siente que vivir ha sido un pasillo de espejos y él no ha podido llegar a copiar los gestos de alguien que sepa querer o ser querido, y ahora ya es tarde para las calcomanías. Cuando piensa en eso o en cosas parecidas, acaba lleno de una energía melancólica que lo arrastra a querer meterse cocaína hasta que se le reviente la cabeza y se caiga, doblado e inconsciente, en el suelo de Excalibur. También le da por pensar que la ventaja de vivir en un hotel es que al día siguiente te arreglan la habitación y, llegado el caso, encuentran y recogen tu cadáver del suelo. Niño Gordo no está de acuerdo con ese final de la función. Aspira a uno mejor, pero no concreta cuál.

La apatía lo retiene tardes y días enteros del fin de semana en su habitación amplia, doble, mirando nada, como si la nada fuera una hoguera. En esos ratos piensa en muchas cosas sin asidero, como si giraran en círculos a su alrededor. Cosas como que hay desaparecidos que ya son cadáveres, y otros que mueren en una vida y resucitan en otra. «Desaparecer es siempre un crimen colectivo», piensa Álex, «porque no basta con quedarte quieto y callado: los demás también deben extraviarte en su memoria». Perder cosas, en cambio, le parece fácil, arbitrario, casi un talento: algunas reaparecerán en bolsillos de otros abrigos; otras serán encontradas por nuevos dueños, como segundas oportunidades de otra vida.

Se divorció, estuvo perdido, encontró a Lola. Ella no era lo que buscaba, pero se le quedó el pie en el estribo, y ahora, en Excalibur, fantasea con que, ya desaparecidas sus ganas de vivir, aquella herida infectada empiece a cerrarse.

Suele pagar en efectivo, cuando cambia la contraseña solo añade un dos —delante o detrás— a la misma, y hace tiempo le diagnosticaron un linfoma marginal tipo T, tratado con Rituximab en el hospital de Vall d’Hebron. Lo dejó porque le sentaba fatal mezclado con cocaína y alcohol. Es un cáncer, lento como un cocodrilo, por lo que, si no se ha curado solo, es probable que el cáncer llegue tarde a matarlo.

2

Novias de Badoo

En Badoo te buscas novias. Luego, esas novias que encuentras en Badoo son lo que son. Y mienten cuando dicen que no tienen otros novios. Esos otros novios trafican con drogas y se cortan el pelo en barberías de barrio, regentadas por chinos que han ampliado los servicios de siempre: ahora también son lugares donde se intercambia casi cualquier cosa que se pueda falsificar. Como, por ejemplo, un pasaporte.

El sonido de la puerta de una de esas barberías de barrio es inconfundible. Da información precisa sobre si entra o sale alguien, dependiendo del silencio entre tintineos, el tiempo de preguntar o quedarse. Y en esas entra Samuel y ve a Lucas recostado como se recuestan los tipos que desean cortarse el pelo en una barbería de barrio. Samuel saluda a Lucas. Para Lucas es una casualidad que ambos hayan coincidido allí. Ha venido con un pasaporte cuyo original y falsificación ya tiene dentro de un sobre, y ese sobre dentro del bolsillo de la cazadora, y, como iba bien de tiempo, ha decidido aprovechar para arreglarse el pelo. Sin esa decisión azarosa, quizá Samuel y él nunca se hubieran encontrado.

«Hola, Lucas.»

«Hola, Samuel.»

Hechos los saludos, Samuel se saca un pistolón que lleva embutido en el cinturón de sus Levi’s talla chico chupado y apunta a la cabeza de Lucas.

Samuel fue durante muchos meses lugarteniente del conocido alunicero apodado Manolito, quien, a pesar de no haber cumplido treinta años, ya acumulaba más de cien reseñas policiales, y hace cuatro meses fue arrestado por robar dos mil quinientos móviles en plena campaña navideña. Samuel tomó mal ejemplo de Manolito. Reventó máquinas de tabaco en bares y gasolineras, y ayudó en varios atracos por el Maresme con Rachid y su hermano Momo, clientes del despacho de Álex y sus socios, hace años.

Aun así, Samuel tuvo tiempo para buscar novias en Badoo, y una de ellas fue Carolina, que le fue infiel con Lucas, y ahora Lucas tiene la pistola de Samuel en la sien, quien aprieta el gatillo y dispara.

Pero el arma se encasquilla. Lucas aprovecha ese regalo divino y salta de la silla, donde hacía apenas unos minutos se sentía en la gloria. Samuel revisa la maldita pistola y vuelve a disparar; esta vez, la bala da, en cierto modo, en el blanco: la pierna izquierda de Lucas. El pistolero se asusta —gritos, sangre, alboroto— y sale de la barbería. Los barberos chinos reaparecen, tras haberse escondido en la trastienda, y tratan de ayudar al herido y de entender por qué esos críos andan todos tan locos, mientras uno de ellos hace un torniquete y otro llama al 112.

La policía llega pronto y comprueba aquel desastre: el torniquete empapado a la altura donde hace nada debía empezar un gemelo. La ambulancia aparece casi al mismo tiempo, Amílcar con Cartellà, porque en Barcelona, por calles y avenidas siempre hay cerca ambulancias, taxis y dealers disfrazados de repartidores de comida rápida.

Samuel se lo pondrá fácil a los Mossos d’Esquadra tras colgar un vídeo conduciendo por la carretera de La Roca a doscientos cuarenta kilómetros por hora. Samuel queda detenido y Lucas, cojo.

Álex Gual tiene frente a él —mesa de por medio, en su despacho de abogado— a Yasmine, anunciada como hermana de Samuel. Está maquillada, puesta hasta arriba de mejunje, nerviosa y faltona incluso cuando le pregunta cuándo saldrá Samuel, reiterándole que su hermano no ha hecho nada y que Señor Paco le manda recuerdos.

Álex descubrió hace tiempo que Yasmine no es hermana de nadie. Al menos, no de Samuel. Es solo otra novia de Badoo, y tampoco es Carolina. En breve volverá a preguntarle de quién es hermana, como si le encantara que aquellos seres del extrarradio, a quienes Niño Gordo sigue admirando en una confusa mezcla de complejo de superioridad, le engañen una y otra vez.

Aquellos cuerpos hermosos, fibrados y sexualizados, maquillados, peinados y tuneados, con fecha de desguace, pero hoy exhibidos orgullosos y paveros en locales y redes sociales. Sabedores de su precio al alza, pero radicalmente especulativo, de presente inmediato, de fin del mundo. Cuerpos de purria, carne de gimnasio de clase baja, sin lecturas ni argumentos políticos; la última línea de defensa en los barrios periféricos contra los otros habitantes de la misma ciudad alternativa: los que no necesitan piel ni cuerpos porque tienen abrigos caros y vestidos preciosos, siempre diletantes —aviones, taxis, reuniones— con bolsas discretas de tiendas extraordinarias, oliendo a lujo.

Esa guerra de venganza y sumisión entre piel barata y crujiente contra vestidos elegantes, gasas en verano y ropas que abrigan desde la ligereza en invierno, que Álex ha contemplado siempre sin poder alistarse en ningún ejército; ni antes, cuando no tenía el cuerpo, ni ahora, que tiene el dinero.

3

Duerme conmigo

«No lo hagamos fácil», piensa Lola.

A Álex no le interesa el sexo porque Niño Gordo creyó que podría vivir sin cuerpo, y en cierto modo él lo consiguió, pero no Álex, a quien aquella amputación salvaje le lastimó el deseo. «Los hombres sois islas»,  él lo era, concedía ella, «y no podéis aportar ni mejorar al mundo salvo con violencia, irracionalidad y torpeza. No servís para nada bueno excepto follar», le decía Lola. «Hay algunos que lo hacéis bien. Solo eso.» Él aceptaba el cumplido sintiéndose halagado porque eso, al menos, constara en su hoja de servicios prestados.

Lola y Álex se conocieron meses después del divorcio de él. Lola lo recuerda largo y delgado, como aquel pianista judío de traje arrugado que sale a la calle y se encuentra un paisaje totalmente devastado; entonces parece entenderlo todo, pero no entiende nada. Deambulando de un lado a otro, tan igual a Álex, sin quedarse quieto ni dirigirse a ningún lugar. Nadie lo mata porque a nadie le importa si está vivo o muerto.

En el divorcio al abogado se le asignó, como a Bogart, el papel de estar a pie de pista para despedir el avión en el que se subieron mujer, suegros, sobrinas y recuerdos. El avión cerró sus puertas con ese ruido que no se oye, como el de una cámara secreta de una civilización perdida. La nave buscó la diagonal en pista, cogió velocidad, alzó vuelo y se dirigió, sin más dilaciones, hacia lo que viene siendo un accidente aéreo sin supervivientes: un divorcio sin hijos.

A partir de ese momento, el divorciado hizo lo que tocaba en aquella ya archiconocida ópera bufa: el ridículo, la ruina, tirar el dinero. Casi dos mil euros en una noche, según los ajustados cálculos de su asesora fiscal. Y no fue solo una noche, y a veces fueron más de dos mil euros. Quizá le robaron o se le fueron cayendo al suelo. Estuvo en sitios a los que ya no volvió, pero que en esa época frecuentaba demasiado, esos lugares de nunca más volveré en los que, mirara donde mirase, solo veía caras como la suya, fotografías borrosas colgadas con pinzas en cuartos oscuros.

Dinero gastado en drogas, alcohol, en horas mirando gente fea y tatuada, maltrecha y abollada tanto o más que él. Dinero gastado en taxis de ida y vuelta, en compañía para charlar, en chusma intimidante o destruida, que volvía muerta de una guerra ridícula contra sus vicios consentidos. Mucho dinero y mucho sexo mentiroso, hasta que descubrió algo por lo que no le importaba pagar cualquier precio: la confianza.

Pagar para que durmieran con él, esa perversión. El apaleado pianista judío de traje arrugado solo pagaba a mujeres para que se quedaran a dormir a su lado: jóvenes o viejas, hermosas o feas, decentes o chungas. Algunas, claro, le robaron. Lo descubría al despertar.

Eso —sin llegar a ser una sorpresa o quizá por eso mismo— lo sumía en un estado de melancolía que le duraba días, como una membrana que solo el calor del sol podía di­solver. Siempre decía que había algo hermoso en dormir junto a alguien, tan confiado como si te hubiera entregado la custodia de su vida, porque no había nada que, en plena locura o maldad nocturna, impidiera a ese alguien rebanarte el pescuezo, largarse en medio de tu sueño o burlarse de ti.

Un cuerpo al lado, como una señal caída del cielo. Tú te mueves, yo me muevo. Tú respiras, yo respiro. Te levantas y me levanto. Lo primero que descubres al despertar es que, si oyes al otro respirar y seguir vivo, tú también lo estás. Si te despiertas solo, nunca estás del todo seguro de no estar muerto.

Se dormía al lado del otro cuerpo como un niño. En un extremo de la cama, como si no estuviera allí. En alguna ocasión, con Lola, fueron más de dos quienes durmieron con nuestro héroe asustado, siempre alejado de ellas, compartiendo solo el aire y el espacio, el calor pútrido sobre el colchón, y el mundo fuera: loco, sordo, siempre ajeno.

Lola dejó de divertirse si no había sexo, porque ya tenía un hogar con marido para jugar a dormir sin deseo. Al principio no le importó: se gustaban y dormían después del sexo, antes del sexo y sin sexo muchas noches. El ritual era siempre el mismo: él apagaba la luz, no la tocaba, ella fingía quedarse dormida para que, acompasando las respiraciones, lo hiciera él, como dos animales de una misma camada. Álex nunca la abrazaba y no podía conciliar el sueño si ella lo hacía. Siempre dormía con camiseta y pantalón de pijama, aquel cuerpo todo huesos y pellejo —que albergaba grasa, pliegues y redondeces— podía convertirse en su enemigo si se hacía notar. Su mejor sexo fue cuando ella lo deseó. Dejaron de tenerlo cuando ella ya no supo desearlo. A él no pareció importarle. A ella sí, pero fingió lo contrario por orgullo. Tenía otras maneras de conseguir sexo, pero «eso ya es atrás y da igual», piensa la mujer, porque debe reconocer que la fantasía de Álex era confesable y decente: que tú lo desearas con locura y que él, en agradecimiento, se enamorara de ti.

4

Donna Summer

Colin Moulding era un jugador semiprofesional de la liga australiana de rugby. Tenía veinticuatro años y estaba de vacaciones en Barcelona. De fiesta en la ciudad, en la Sala Apolo, cerca de una de las arterias noctámbulas de la Barcelona de toda la vida: el Paral·lel.

Al parecer, Moulding buscaba el baño. Quería mear, o lo que fuera que quisiera hacer en ese baño. Quizá lavarse las manos, quitarse unas lentillas o dibujar bumeranes en las puertas de los aseos. Erró en la ruta un par de veces. El bueno de Colin no encontraba los lavabos. Se equivocó de puerta y apareció en la azotea de evacuación. La puerta por la que había llegado hasta allí ahora no se abría.

Colin vio un muro y pensó en franquearlo para así regresar a la Sala y volver a intentarlo. Tenía veinticuatro años y era deportista. Sin embargo, al superar el muro descubrió, para su desgracia, que detrás del mismo había un vacío de veinte metros, por el que cayó rompiéndose su cuello de toro.

Nadie sospechó nada esa noche. Ni al día siguiente. Dos jornadas más tarde, los amigos del jugador empezaron a preocuparse y telefonearon insistentemente a su móvil. Ese sonido fue el que alertó al personal de la Sala Apolo. Cuando llegaron hasta allí, se encontraron el cadáver.

Las aseguradoras, al final de sus investigaciones, llegaron a la conclusión de que algo falló en la seguridad de la Sala. ¿Cómo era posible que alguien hubiese accedido a la azotea de evacuación sin que saltara ninguna alarma? ¿Cómo podía alguien desaparecer en una de las ubicaciones de la Sala sin que nadie se percatara? Todo extraño, improbable, pero lo cierto es que había sucedido.

—Es raro —señala Álex, sin mucha más intención.

—Los accidentes ocurren, abogado. Y también está la suerte, claro. La buena y la mala —contesta Señor Paco, dueño del Donna Summer y de veinte locales, pisos y aparcamientos más en la ciudad.

Para Álex, estar con Señor Paco es tener ganas de su droga. En los meses posteriores al divorcio, su consumo fue excesivo, y Señor Paco estuvo ahí. Recuerda haber acudido a trabajar sudado y sucio, oliendo a perro mojado en colonia cara y con jeta de haber dormido poco y mal. Masculinidad vieja, esta de no decir que no, que te hace resistente a irte, a cagarla sí, pero que nadie pueda decir que no te atreviste. Niño Gordo decía sí a todo y a todos: a rayas y copas que ya no necesitaba, a mujeres que no deseaba, a personas que sentaban mal.

Ahora ya solo se droga cuando pasa por el Donna Summer. Señor Paco lo sabe. Lo de antes y lo de ahora. De hecho, parece saberlo siempre todo.

—¿Quieres algo?

—Estaría bien.

Señor Paco levanta el tapete gris sobre el que, hace un rato, estaba la montaña de billetes de la partida de cartas. Saca una bolsita transparente y se la da a Álex. Este paga sus sesenta euros. Pregunta si se las hacen allí mismo. Señor Paco concede e invita a dos rayas generosas que coloca sobre una tapa de carpeta con dibujos japoneses de monstruos y niñas mutantes con ojos enormes.

Enseguida deja la carpeta sobre los asientos, lejos de la vista de Inés, la camarera colombiana del Donna Summer, que debe llegar en medio minuto con las bebidas.

—Ella puede saber, pero no ver.

Inés, como si esperara esa precisa línea del diálogo, llega, coloca las copas sobre la mesa y se va. El Viejo le lee la mente.

—Es desconfiada, y está bien que lo sea. Es una luchadora. Tiene un crío pequeño. Sola. Lo parió en su país y se lo trajo aquí. Su marido era un mierda, le pegaba. Por suerte, se quedó allá. ¿La quieres?

Álex niega con la cabeza. Nunca se le ha pasado por la cabeza que Inés estuviera en venta, que se la ofreciera como una copa más, por lo que aventura que es otra más de las bromas del Viejo, encantado siempre de tomarle el pelo.

—Es más desconfiada de lo normal porque es sorda. Si te acercas mucho a ella, vibra como una radio. Son los aparatos. ¿Te has dado cuenta? ¿No? Nunca te enteras de nada, abogado. ¿Tú tuviste padre? Presencia de padre, quiero decir. Alguien que te destete. Que, cuando te caes, te obligue a seguir y no a darte media vuelta y a la teta otra vez. ¿Tuviste o no tuviste?

—Tuve. Era del Barça.

—No sé yo, entonces.

Conversaciones como esta se reproducen en un loop extraño siempre que se citan en el Donna Summer. Señor Paco luego no las recuerda o, lo más probable, habla con tanta gente y da tantas lecciones de vida a todo dios que se le enredan unas respuestas con otras. Álex, por su parte, va cambiando de respuestas: tuvo padre, no lo tuvo, fue Geppetto.

El Donna Summer está en la calle Borrell, en esa zona del Eixample que se considera de ocio. Al Donna Summer vas si sabes que existe. La entrada es la de una caverna, y el resto del local, un pasillo. La barra, a la izquierda, te lleva hasta una pequeña tarima donde, supuestamente, la gente sale a cantar. Álex nunca ha visto a nadie hacerlo.

El pasillo puede estrecharse aún más y, de hecho, lo hace antes de abrirse a unos reservados y al despacho del Viejo. Unos pasos antes, los lavabos.

Álex está convencido de que ya debería regresar a Excalibur para no hacerse demasiado daño, p

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