Introducción

Nunca pensé que me fuera a morir
Este fue mi primer pensamiento tras perder los 21 gramos que, se supone, pesa el alma, y que solo se desvincula del cuerpo cuando el corazón deja de latir. Dejar la vida humana tal y como la conocemos no formaba parte de mis planes, y supongo que por eso me pasé toda mi existencia sin tener en cuenta que había algunas acciones que me podían haber conducido, de una u otra manera, a la inmortalidad.
O al menos, a no haber muerto sin haber alcanzado apenas los cuarenta años.
Desde el primer minuto en el que contactamos con el mundo exterior, respiramos aire del ambiente y comenzamos a llorar desgarradoramente porque echamos de menos el vientre materno, empezamos a sufrir las consecuencias de una enfermedad, genética e inexorable: el envejecimiento. Sin embargo, como a los padres les pasa con un hijo al que observan —embobados— continuamente, incapaces de detectar cómo va atravesando etapas físicas y mentales, la pérdida de funcionalidad de nuestros cuerpos pasa desapercibida para nosotros mismos.

La búsqueda de la inmortalidad,
entendida como la prolongación
de vida a cualquier coste,
ha sido el objeto de atención
y estudio por parte
de numerosas culturas.

Esta búsqueda está casi siempre vinculada de una forma u otra a la exploración de la idea de la divinidad. Sin embargo, yo no soy creyente. Tampoco ateo, como diría Camus.
Por el contrario, el envejecimiento y la ancianidad han ido virando en las diferentes culturas: desde ser consideradas como una preciada virtud hasta convertirse, hoy por hoy, en una auténtica debilidad o, sencillamente, en algo que incluso molesta.
Nos encontramos en el momento histórico con más ancianos desprotegidos, familiarmente repudiados y dependientes de un Estado con dificultades económicas para sostenerlos. El ritmo de vida y la productividad exacerbada con los que vivimos ha condicionado que nuestros mayores hayan perdido la protección de sus seres queridos y precisen de recursos para su cuidado. Hemos cambiado el pivote de nuestras vidas desde lo familiar, de principios del siglo xx, a lo laboral, del siglo xxi.
Una cosa está clara: en el siglo xxi envejecemos más tarde que nunca. Sin embargo, tengo dudas de que nuestra calidad de vida se conserve.

¿Merece la pena nuestra longevidad
si es tan incapacitante
como vemos en algunos casos?
¿Podemos frenar la pérdida de funcionalidad
de nuestros órganos para alargar
la vida de forma saludable?

Por suerte, desde el otro lado, he sido capaz de hacer un revisionismo crítico de mi propia existencia y la cotidianidad que nos rodea para mostrar, basándome en la evidencia científica más consistente, las medidas reales que cualquiera puede adoptar y que se han asociado a un retraso en el envejecimiento orgánico.
EL ENVEJECIMIENTO EN LA HUMANIDAD

PREHISTORIA
Llegar a los 30 años era fruto de la
divinidad o de la chamanería. Aquellos
que lo conseguían ocupaban puestos
privilegiados en la sociedad.

EGIPCIOS
Primeros textos en los que se hace
referencia a la vejez como un proceso
negativo, aunque persiste la relación
con la sabiduría.

GRIEGOS
La vejez y la muerte son castigos de la
vida, aunque los ancianos eran
respetados e incluso participaban en
algunas instituciones. Diferencias entre
las escuelas de Platón y Aristóteles.

ROMA
Los ancianos gozaban de autoridad
familiar y frente a los esclavos. Su poder
se va diluyendo a partir del siglo I
aunque algunos emperadores
sobrepasan los 60 años.

EDAD MEDIA
En una época caracterizada por la
fuerza, la vejez se considera una
debilidad y los ancianos son apartados
de la sociedad.

MUNDO MODERNO
El mundo se recupera de la peste y la
juventud aflora de nuevo. Los ancianos
pasan a ser prescindibles puesto que la
aparición de la imprenta desprestigia
la tradición oral. Aparece la jubilación.

MUNDO CONTEMPORÁNEO
Aumenta la esperanza de vida por los
avances científicos, con consumo de
recursos y empobrecimiento del estado
de bienestar. Disminución de la
natalidad y necesidad de apoyo social al
anciano desprotegido.



¿Qué es el envejecimiento?
No sé si recordarás o conocerás, quizá, a Úrsula Iguarán. Ella es el origen de una de las historias más increíbles jamás contadas, y la novela a la que pertenece, de la que no es protagonista, casi con toda seguridad sí la identificas. Si te suena, habrás empezado a ubicarte en Macondo.
Hace tan solo tres años que leí Cien años de soledad. Demasiado tarde para una vida, pero al menos me dio tiempo a hacerlo antes de morir. Estaba esperando el momento ideal, sin prisas y con capacidad para entender cada una de sus frases; y este llegó cuando visité Santa Marta, en Colombia, y me encontré con un mercader de libros de segunda mano.
—¿Cien años de soledad? —Me miró con sorpresa.
—¿Le extraña? —le respondí a la gallega.
Rebuscó entre sus cajas. En la manta donde había depositado todo el género del que disponía no había un solo libro que hubiera sido publicado antes de la última década. Pensé en el daño que ha hecho la literatura de consumo, pero cuando chequeé en Goodreads los últimos diez libros que me había leído, tuve que darle, con pesar, la razón.
—Aquí está, lo encontré —me dijo siendo consciente de haber conseguido la primera venta del día—. Son veinte mil pesos [cinco euros].
Lo tomé entre mis manos, lo hojeé deprisa para cerciorarme de que aquel tomo, que debía tener más años que yo, conservaba todas sus páginas, y con solo ese vistazo calculé que habría pasado por más generaciones que los propios Buendía. Pagué y, mientras me dirigía al paseo marítimo de la ciudad que fascinó a Gabriel García Márquez, entendí que, por fin, había llegado mi momento con él y con ella.
Por suerte, la serie homónima de Netflix aún no se había estrenado, así que pude disfrutar, durante los tres meses que el árbol genealógico de aquella familia me acompañó, de inmiscuirme en cada uno de sus personajes. Sin duda, una de ellas me marcó por encima del resto: la misteriosa Úrsula Iguarán, decana de la familia Buendía.

El envejecimiento es un proceso natural, aunque difícil de asumir, que se produce por daños a nuestros órganos —y, más concretamente, a nuestras células— que genera el cese de su funcionamiento normal. Puede sonar contradictorio, puesto que luchar contra él exige medidas antinaturales, o más bien, acciones que requieren un esfuerzo superior al mero hecho de dejarse llevar.
Cada día corremos el riesgo de sufrir numerosos eventos que lesionan nuestros órganos, algunos incluso de manera irreversible, pero lo cierto es que forman parte de las actividades normales de la vida, de nuestras costumbres y de vicios que pasan inadvertidos. Por el contrario, la elección de un determinado alimento para la cena, el número de horas que haces deporte a la semana, comprarte por fin ese colchón que te permitirá alcanzar un sueño más profundo o mudarte a una ciudad con más altitud se asocian a vivir más y, probablemente, mejor.
Pero el reto no está en alargar la supervivencia a cualquier precio, ni en promover la longevidad sin calidad de vida, ni en retorcer la vida a expensas del sufrimiento. El objetivo que todos nos deberíamos marcar no es alcanzar la inexistente inmortalidad, sino envejecer bien; es decir, cuidar nuestro organismo para evitar que nuestros órganos se lesionen y, por tanto, conseguir que conserven sus funciones intactas durante el mayor tiempo posible. Así evitaremos la ingesta masiva de medicamentos, las hospitalizaciones permanentes o los síntomas derivados de las alteraciones del corazón, del riñón, del cerebro o del pulmón, entre otros. Negar el envejecimiento es circunscribir nuestra existencia a etapas tempranas de la vida cuando todos nuestros órganos funcionan bien; la vida se acompaña inexorablemente de envejecimiento, y que este exista y sea saludable depende de un puñado de hábitos a los que acostumbrarnos cada día.
Hasta ahora no lo había dicho, pero antes de morir era médico. Supongo que sigo siéndolo, aunque mis conocimientos ya no sirvan de nada. En mi día a día no era nada infrecuente encontrar algunos casos excepcionales de personas centenarias que ingresaban en el hospital.
—He ingresado a Tomás, un paciente de 102 años, hipertenso y sin ninguna enfermedad, salvo una infección respiratoria.
—¿102 años? —responden al unísono tres médicos de mi servicio mientras yo pienso que tenemos en nuestras camas una reencarnación de Úrsula Iguarán y sus 120 años.
—Sí, pero sale todos los días a tomar un aperitivo con su hijo viudo, de 81 años, y su nieto, de 60. Vive solo y me han dicho que cocina de lujo.
Y ahí se abre la madre de todos los debates. Con 102 años, damos por hecho que ha vivido todo lo que tenía que vivir, pero ¿nos hemos preguntado por su edad biológica? Comparen su caso con el de Luisa, una mujer de 60 años con diabetes que necesita de la diálisis para sobrevivir. ¿Quién tiene más calidad de vida? ¿Y más esperanza de vida? En definitiva, ¿quién está más envejecido?
¿De qué nos estamos muriendo?
Todos los años, con la cercanía de las festividades navideñas, las noticias alertan sobre las causas de muerte en la población recordando que la esperanza de vida aumenta en todo el mundo, y también en España. De una manera un tanto simplista, asumimos esas causas por las que se pierde la vida como propias, sin comprender que poco o nada tendrán que ver con las que a nosotros nos afligirían cuando llegue nuestra hora.
En el año 2022 las cinco causas de muerte más importantes del mundo fueron:[1] el infarto agudo de miocardio, el ictus, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, las infecciones respiratorias y la covid-19. Sin embargo, las personas que fallecieron por estas causas no pudieron disfrutar durante gran parte de sus vidas de los medios de los que disponemos ahora. El cortoplacismo, tan habitual en nuestros mandatarios, nos lleva a usar los recursos disponibles en la actualidad para paliar esas enfermedades, aunque algunas de ellas suponen ya una mortalidad mínima puesto que esos datos se han quedado obsoletos. Lo ideal sería que nos adelantemos a lo que nos va a suceder a lo largo de la vida, y no solo en los próximos cuatro años.
Por suerte, la ciencia tiene capacidad predictiva y lo que hoy es blanco mañana puede ser de otro color. El Global Burden of Disease es una entidad que analiza y proyecta con bastante exactitud las causas de muerte en las siguientes décadas atendiendo al acceso a la sanidad de la población mundial, el desarrollo de nuevos fármacos y las iniciativas de prevención, entre otros factores. El reciente informe publicado por este organismo ya nos ha dado algunas pistas sobre en qué debemos centrarnos si queremos mejorar nuestra supervivencia.
Curiosamente, dentro del top 5, la patología que más va a aumentar la mortalidad es la enfermedad renal crónica, una gran desconocida. Su principal peligro se debe a que no cumple ninguna de las tres medidas claves para frenarla. No hay programas para detectarla universalmente (pese a que el coste es ínfimo), no se aplican tratamientos precoces y la investigación se incentiva muy poco en relación con otras especialidades. Todo lo contrario a los excelentes datos de detección del cáncer, gracias a los cuales ningún tumor se encuentra entre las cinco causas más habituales de muerte en el mundo. La enfermedad renal crónica es el ejemplo de una nefasta gestión sanitaria.
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Causas de muerte en el mundo |
Causas de muerte en España |
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2022 |
Proyección 2050 |
2022 |
Proyección 2050 |
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Infarto de miocardio |
Infarto de miocardio = |
Infarto de miocardio |
Alzhéimer ↑ |
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Ictus |
Ictus = |
Alzhéimer |
Enfermedad pulmonar obstructiva crónica ↑ |
|
Enfermedad pulmonar obstructiva crónica |
Enfermedad pulmonar obstructiva crónica = |
Covid-19 |
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