Nueva historia económica de Colombia

Salomon Kalmanovitz

Fragmento

PRESENTACIÓN

Hemos llamado a este libro Nueva historia económica de Colombia por varias razones. La primera es que combina los métodos de la historia cuantitativa —que no es nueva pues cumple más de 50 años en buen estado de salud— con el estudio de las instituciones políticas, legales y de creencias. Las instituciones las entendemos como sistemas de incentivos que guían el comportamiento de los agentes económicos, enfoque que sí es novedoso. Hacemos uso también, aunque en menor medida, del análisis de la nueva economía política.

Hemos seguido algunas pautas de la nueva historia económica, como la definen Della Paolera y Taylor en una obra colectiva sobre la Argentina: “ofrecer el estado actual de la investigación, focalizando en las características de largo plazo de la economía, los desarrollos más importantes en política económica y los cambios más profundos en las instituciones y en las ideas” (Della Paollera, Taylor, 2003, 1).

La nueva economía institucional fue liderada por Douglass North y Ronald Coase y ha sido aplicada a la historia de la América Latina por autores como John Coatsworth, Stanley Engerman y Kenneth Sokoloff, Stephen Haber, Luis Bértola y otros. Hay que anotar que esta vertiente ha tenido una fuerte resistencia en el medio colombiano, quizás porque viene de la academia anglosajona y porque además sugiere que el legado absolutista y religioso colonial es una de las razones del secular atraso económico del país, lo que toca la fibra sensible de las raíces nacionales. Algunos de los autores citados hacen comparaciones entre la trayectoria latinoamericana y el modelo económico liberal de América del Norte, lo cual despierta especial antipatía. Es más frecuente culpar el atraso del país al imperialismo o a otros factores externos que a las instituciones nacionales. Por lo demás, es evidente que el liberalismo filosófico y económico obtuvo un desarrollo incompleto en la América española y que, aunque alcanzó a orientar penosamente la construcción de las instituciones después de la Independencia, tuvo que encarar un fuerte legado absolutista español que complicó su tarea, demostrando que existe una senda dependiente del pasado. En efecto, las ideas conservadoras y las de la Iglesia católica dieron forma a la más duradera de las constituciones que ha tenido la sociedad colombiana, que fue la de 1886.

La nueva economía política ha sido desarrollada, entre otros, por el grupo de Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson y utiliza premisas institucionales y de la ciencia política formalizada por medio de la teoría de juegos. Es una escuela que está redefiniendo la ciencia política, con un enfoque más duro y cuantitativo, y que se viene enseñando en las universidades de élite norteamericanas. Robinson viene frecuentemente a Colombia y fue coeditor con Miguel Urrutia de Economía colombiana del siglo XX: un enfoque cuantitativo.

Un tercer elemento importante en nuestro texto es el recurso a la historia comparada, la cual contempla “que los procesos económicos pueden ser entendidos mejor comparando sistemáticamente experiencias en el tiempo, por regiones y, sobre todo, por países” (Hatton et ál., 2007, 3). El análisis comparativo permite una perspectiva global y regional que nos revela peculiaridades y arroja luces sobre el comportamiento de cada país, evitando el estrecho pensamiento parroquial. De hecho, los cálculos sobre el PIB de la Nueva Granada en 1800 y de Colombia en el siglo XIX que aquí presentamos fueron posibles y adquirieron solidez porque surgieron de la comparación con los resultados de estudios sobre otros países de desarrollo similar o mayor en América Latina, Estados Unidos u otros países, consultando la importante y ambiciosa obra de Angus Maddison.

Como constatará el lector que conoce mi obra anterior, hay implícito en este texto una autocrítica a mi trabajo de 1985, Economía y nación. En esta me apegué al análisis de las relaciones sociales de producción, haciendo abstracción de las instituciones políticas, ideológicas y legales que ciertamente marcaron el rumbo de la historia económica del país y continúan influyendo el presente. Treinta años más tarde, recapacito y presento un cuadro más complejo de relaciones sociales, evolución de la economía y de sus sectores, y de los arreglos políticos y constitucionales que caracterizaron cada período.

El enfoque adoptado es diferente al que surgiera en los años sesenta en el opúsculo de Álvaro Tirado, Introducción a la historia económica de Colombia, muy influido por el trabajo de Mario Arrubla y Estanislao Zuleta, quienes desarrollaron una interpretación dependentista de la historia. Recuérdese la sonora afirmación de Arrubla: “No hay una historia nacional, sólo una historia de la dependencia”. Así mismo, hay diferencias notables frente a la obra colectiva más densa pero también ecléctica compilada por José Antonio Ocampo, Historia económica de Colombia, que aplica, en la parte que le correspondió escribir a él, un enfoque también cuantitativo, organizado por una teoría estructuralista, afín con la visión de la CEPAL, siguiendo una organización cronológica. También es distinto el enfoque nuestro al de Hermes Tovar en su obra general sobre la historia de la sociedad colombiana que asume la inexistencia de progreso material y político en la historia colombiana (Tovar, 2006). Nosotros buscamos medir, en la medida de lo posible, el crecimiento del producto a través de la historia, que encontramos como positivo buena parte del tiempo, en especial durante el siglo XX. Así mismo, entendemos que la Independencia dio inicio a un largo y arduo proceso de construcción de unas instituciones democráticas que continúan siendo imperfectas, pero que también reflejan cierto progreso de las libertades para la población colombiana por épocas, favorecidas por el desarrollo de la vida urbana del país, aunque también se dieron serios retrocesos. Recurrimos también a describir las condiciones de vida de los colombianos utilizando la demografía y la también novedosa antropometría para analizar indicadores como expectativa de vida al nacer, supervivencia infantil, morbilidad y cambios en la estatura, que permiten establecer con relativa precisión su avance a través del tiempo.

La historia económica en Colombia tuvo un fuerte despliegue en los años setenta del siglo pasado y constituía el eje central de lo que se denominó como la Nueva Historia en Colombia (Jaramillo Agudelo, 1992). Los fundadores de la profesión —Luis Ospina Vásquez, Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares y Jorge Orlando Melo— le prestaron una gran importancia a las relaciones económicas dentro sus enfoques y la generación posterior (José Antonio Ocampo, Jesús Bejarano, Marco Palacios, Adolfo Meisel, entre otros) continuó con el empeño.

En 1975 se publicó la Historia económica de Colombia de William Paul McGreevey que tuvo un recibimiento hostil por los historiadores, incluyendo a los economistas, a quienes nos parecía exagerado el uso de las herramientas cuantitativas en la conformación de hipótesis de trabajo. Bejarano criticó no sólo el enfoque de McGreevey, sino que decretó que toda la historia cuantitativa estaba en crisis, algo bastante contraevidente como lo testifica mínimamente la monumental obra de Robert Fogel. Aunque el trabajo de McGreevey tenía sus problemas de rigor en las estadísticas generadas y algo de ingenuidad en su hipótesis básica, probó con el tiempo validar varias de sus hipótesis sobre los costos de transporte y el desarrollo (Meisel, 2007). Sin embargo, la obra se volvió a editar solo recientemente por la Universidad de los Andes y las nuevas generaciones de estudiantes la comienzan a conocer.

La historia profesional con su énfasis económico y social perdió audiencia a partir de los años ochenta. Tradicionalmente, la historia en las universidades colombianas tenía una orientación radical, por lo menos en el lenguaje. Todavía hoy en día quedan algunos que conciben la historia como una herramienta de lucha contra la dominación (del imperio, del capital, de las élites, de género o de raza) sacrificando objetividad y rigor. La historia académica tuvo un auge importante en los años noventa en términos de programas y estudiantes; proliferaron nuevos enfoques y escuelas que atacaron problemas como el de las mentalidades, la vida cotidiana, la historia de la ciencia, la salud, la vida intelectual y la misma historia de la historia.

Muchos de los trabajos publicados en esta nueva ola confían en las premisas posmodernas que informan que todos los puntos de vista son relativos, que los saberes populares son tan ciertos como las ciencias, y que las ciencias sociales no existen como tales. Se acogen a los enfoques novedosos de Derrida, Bordieu y otros que tienen una concepción de sujeto histórico omnipotente y dominante de todos los grupos subordinados, algo que no requiere, para ellos, datos, hechos ni verificación. Niegan, por lo tanto, el enfoque riguroso de la historia cuantitativa que construye series estadísticas y organiza los hechos por medio de teorías que arrojan resultados que pueden ser verificados y contrastados por hipótesis alternativas a las utilizadas. En contrario, Michael Foucault uno de los autores más influyentes del posmodernismo, tiene la noción de que la ciencia representa el poder, lo que de alguna manera extraña la falsifica. “Las ciencias son construcciones sociales y por ello similares al mito o a la ficción” (Archila, 1999, 265) dirá Foucault, aunque tampoco afirmará que son idénticas. Habrá entonces, según él, muchos metarrelatos que mostrarán cómo las distintas teorías sociales sirven al poder sin consultar su coherencia, sus bases empíricas, la calidad de sus hipótesis y sus demostraciones.

Esta forma de pensar está asociada, según Elster, al funcionalismo primitivo en ciencias sociales y a la idea de que existen fuerzas obscuras (o resplandecientes) detrás de todos los fenómenos que siniestra (o milagrosamente) regulan la existencia. En el marxismo y otras teorías radicales, todos los resultados que favorecen a la burguesía (o al imperio) son ejecutados por la misma (el mismo) aunque no se sabe de qué manera. No se permite pensar que los eventos estén desconectados entre sí, de que sean expresión desordenada de intereses contrapuestos y carentes de significado, de que existan equilibrios políticos o empates de intereses económicos o de retrocesos contra los fines de la historia. Sobre todo, los analistas que encuentran la siniestralidad en las estructuras sociales no se preocupan por establecer los mecanismos de transmisión entre los eventos y sus consecuencias. Existen fines que se auto cumplen, sin sujetos que los lleven a cabo. Se le podría aplicar esta crítica también a algunas variantes de historia cuantitativa que confunden las correlaciones econométricas con las causas de los fenómenos sin entrar a especificar el mecanismo que las conecta. En gracia: el aumento de la oferta monetaria causa la inflación, sí, pero a través de cuál mecanismo. ¿Será el crédito privado, el gasto público, las expectativas de los agentes, la puja salarial?

Mauricio Nieto, historiador de la ciencia, dice que el investigador debe advertir cuál es su punto de vista político desde el cual interpreta la historia, lo cual parece válido porque lo que se pretende construir como futuro sesga la interpretación del pasado (Nieto, 2003, 52). Así, la historia económica marxista estaría orientada a criticar el capitalismo y sus relaciones sociales, preludiando el socialismo; la visión conservadora, por el contrario, diría que el capitalismo es el mejor sistema posible y pasaría a resaltar sus logros, algo que entre otras cosas puede demostrar o no mediante el uso de la antropometría histórica. La Academia Colombiana de Historia glorificaba a dirigentes políticos y militares del país, hacía la apología de conquistadores y de mártires, defendía además el papel de la Iglesia en la historia nacional, algo que en este trabajo se cuestiona. Habría proyectos nacionalistas que insistirían en la inexistencia de progreso espiritual y material de la sociedad colombiana que debe ser refundada y también los que buscarían una verdadera independencia del poder dominante de los Estados Unidos. Una visión política basada en el liberalismo social aceptaría algunas de las virtudes del capitalismo, pero insistiría en que debe ser regulado para poder beneficiar a las mayorías de la población; criticaría un sistema político como el colombiano, por su alejamiento de las estructuras que dividen el poder y permiten el ejercicio de la democracia, pero le reconocería los límites que le impuso al caudillismo y las reglas que han permitido la sucesión del poder. Cuestionaría su apego a los intereses de los países hegemónicos pues debilitan la autodeterminación y la democracia. En este trabajo, la última es la visión que tiene el editor, aunque pueda no ser compartida por todos sus colaboradores.

El ambiente adverso a la historia cuantitativa comenzó a cambiar con los trabajos del CEDE de la Universidad de los Andes y de Fedesarrollo en los años ochenta que reactivaron la investigación, en especial de historia del siglo XX. Los trabajos de José Antonio Ocampo, Santiago Montenegro y Eduardo Lora mostraron aspectos nuevos de la industrialización, la protección y de los equilibrios macroeconómicos recientes. En 1994 el libro de Fabio Sánchez, Ensayos sobre Historia monetaria y bancaria de Colombia, marcó un quiebre al especializar la investigación en historia de la banca y de las relaciones monetarias. Así mismo, desde el Banco de la República, Adolfo Meisel venía desplegando un amplio esfuerzo en torno a la historia económica de la costa Caribe y de Cartagena y también en la historia del propio banco central.

La situación se reversó plenamente cuando Miguel Urrutia desde el Banco de la República acometió un importante proyecto de producir una historia económica del siglo XX. A la fecha se han editado 5 libros sobre el crecimiento económico, la demografía, la calidad de vida biológica, la agricultura y el transporte; gracias a la iniciativa de James Robinson, se armó un sexto volumen comprehensivo de la historia económica de Colombia en el siglo XX, bajo el título, citado atrás, Economía colombiana del siglo XX: Un enfoque cuantitativo en 2007. El libro fue un gran suceso. En 2010 fue publicado Economía colombiana del siglo XIX editado por Adolfo Meisel y María Teresa Ramírez. Mas recientemente en 2017 los mismos editores publicaron La economía colonial de la Nueva granada. La obra que entregamos hoy al público disemina muchos de los hallazgos que este equipo de economistas e historiadores ha producido sobre el devenir colombiano sin hacer muchos aportes originales.

Se puede afirmar que la historia económica ha logrado una buena audiencia en el medio colombiano: se enseña en los buenos colegios y hace parte del pénsum universitario de economía acogido nacionalmente, gracias a que los exámenes de Estado para los graduandos incluyen temas de historia económica, algo que está sucediendo cada vez menos en los Estados Unidos. Por lo demás, la historia empresarial, una hija predilecta de la historia económica, está presente en los programas de administración de empresas de las universidades líderes. La razón es simple: la historia es el laboratorio de la economía o de casos empresariales en que se tomaron decisiones importantes. Frente a las nuevas orientaciones que pretenden conducir la historia por diversos e inciertos caminos, lo mejor que podemos hacer los economistas y administradores interesados es ofrecer nuestras alternativas, reafirmar la importancia de los temas sociales, hacer uso de modelos adecuados y de datos constatables, continuar con la búsqueda de la objetividad y del rigor; en fin, elaborar trabajos que demuestren su utilidad para entender mejor el presente. Y vencer también una tendencia inconveniente que comparten muchos economistas, que es su falta de interés por hacerse entender de un público más amplio, para sumergirse en un lenguaje complejo de comunidad cerrada.

Los distintos capítulos que conforman el libro se organizan en parte de manera cronológica y en parte temática, permitiendo aplicar de mejor manera diversas teorías económicas a los datos organizados por el crecimiento económico, la historia fiscal, la historia del comercio internacional, la evolución de los sectores fundamentales (industria y agricultura), la historia laboral, la economía política, la salud pública y antropometría, y una breve historia de las ideas económicas en Colombia. En esta nueva edición corregida y aumentada avanzamos las series estadísticas hasta el año 2017, introducimos algunos temas nuevos como la construcción de Estado durante el siglo XIX y XX, un balance sobre el federalismo contrastado con el centralismo, el papel jugado por el gasto militar en avanzar en el ejercicio legítimo del monopolio de la fuerza y el tema de la negociación del conflicto con las Farc.

El libro se organiza de la siguiente manera:

Un primer capítulo cubre la economía precolombina, mientras que en el segundo se aborda la conquista y la estructura económica de la colonia, con sus bases y la evolución demográfica para terminar con el cálculo del PIB de la Nueva Granada en 1800. El tercer capítulo trata la mayor parte de las características generales de la economía del siglo XIX, resaltando las consecuencias económicas de la Independencia, presentando la evolución de la minería y de la agricultura y del producto por habitante durante el siglo.

El cuarto capítulo presenta un análisis de las características que permitieron la lenta formación de la nación colombiana, la evolución de la deuda externa contraída en 1822, y la organización política federal establecida por la constitución de 1863. El quinto capítulo cubre el final del siglo XIX, analizando el proceso de centralización política de La Regeneración y el retroceso económico que indujo. Se pregunta entonces por las condiciones políticas que permitieron el importante crecimiento que tuvo la economía colombiana durante el siglo XX, condiciones que tuvieron que ver con las reformas de facto a la constitución de 1886 que hizo la administración Reyes (1905-1909) y las reformas constitucionales de 1910 que consolidaron la paz entre los partidos y crearon un medio ambiente propicio para la acumulación de capital, el fomento del comercio exterior y de la inversión extranjera. Se analizan también las reformas económicas que permitieron un crecimiento ordenado dentro de unos relativos equilibrios macroeconómicos durante el nuevo siglo.

El sexto capítulo muestra las principales características del crecimiento económico colombiano durante el siglo XX, presentando un nuevo cálculo de PIB colombiano elaborado por Giuseppe de Corso, seguido por un análisis de la política económica durante este siglo, tanto fiscal y de endeudamiento (tema del capítulo 7) como monetaria (capítulo 8). El noveno capítulo se concentra en el comercio internacional que terminó siendo insuficiente para profundizar el desarrollo del país.

Los capítulos 10 y 11 tratan de la industria y de la evolución de los salarios, el desempleo, la informalidad y la suerte de los sindicatos. Se analiza también el proceso prematuro de desindustrialización colombiano que ha sido bastante intenso, antes de alcanzar algún grado de madurez industrial. La agricultura ocupa el capítulo 12 y este capítulo ha sido ampliado con los datos del Censo Agropecuario de 2014 que se comparan con los de los censos de 1960 y 1970, permitiendo apreciar los estragos sociales que causó el conflicto interno en la distribución de la propiedad agraria.

Los capítulos 13 y 14 analizan el bienestar de la población durante el siglo XX. El estudio de la población y sus condiciones de vida (cuyos indicadores mejoraron notablemente durante el siglo XX, pero que todavía no son los mejores) serán tema del capítulo 13, mientras que el 14 se concentra en la pobreza, la distribución del ingreso (cuyas raíces se pueden encontrar en la cuestión agraria) y la desigualdad regional respectivamente.

El decimoquinto capítulo traza el recorrido del pensamiento económico en el siglo XX y elabora una breve historia de la planificación estatal. El capítulo 16 introduce la economía política del conflicto y el impacto que tuvo el narcotráfico sobre la economía, la criminalidad y el propio conflicto. Finalmente, el capítulo 17 analiza las políticas económicas con que se enfrentó el período 1990-2017, describe la profunda crisis de 1999-2002, su superación y el intenso auge con que se recuperó ampliamente la economía entre 2003 y 2007, la gran crisis mundial que se inicia en 2008 y de la cual la economía colombiana escapó para trazar el nuevo auge que se abre en 2010 y que colapsa con la caída de los precios del petróleo a fines de 2014. Se introducen algunas perspectivas hacia el siglo XXI.

Esta nueva historia económica de Colombia, como se expuso atrás, se nutre en especial del esfuerzo desplegado por algunos economistas que hemos trabajado en el Banco de la República en el pasado, que en esta obra se simplifican y se exponen para un público de no iniciados, aunque algún conocimiento mínimo de economía es requerido. Los temas de historia colonial y el cálculo del PIB de la Nueva Granada fueron elaborados cuando fui invitado de la Universidad de Harvard por el Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos, en el otoño del 2005. Ahí tuve el privilegio de ser huésped de su director John Coatsworth, del cual pude absorber, de un solo tajo, el enorme trabajo condensado en la historia económica de la América Latina que coeditó John para la Universidad de Cambridge. Quiero enfatizar que, para lograr una visión más completa de la historia de Colombia, este texto puede ser combinado por un enfoque más político como el de Jorge Orlando Melo en Historia mínima de Colombia.

He recibido todo el apoyo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano para emprender esta obra colectiva, en especial de sus rectores José Fernando Isaza y Cecilia María Vélez, el cual agradezco. Igualmente quiero reconocer el trabajo de Edwin López Rivera no sólo en la redacción de algunos capítulos sino en la edición y corrección del texto y también al resto de colaboradores en la elaboración de esta Nueva historia económica de Colombia que hemos querido hacer accesible a un amplio público.

Salomón Kalmanovitz, julio de 2009.

A la memoria de Sylvia Duzán.

PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 2019

Comenzamos a escribir la primera edición de la Nueva historia económica de Colombia en 2006 y la terminamos 3 años más tarde. A partir de ese entonces ha aumentado la publicación de trabajos seminales en historia y en particular en economía política que han servido para hacer nuevas preguntas y plantear mejores hipótesis sobre el comportamiento de largo plazo de la economía colombiana. Resalto acá la nueva literatura sobre construcción de Estado y los órdenes sociales con los trabajos de Acemoglu y Robinson (2014 y 2016), North, Wallis y Weinsgat (2009); Centeno con su importante Sangre y deuda para explicar la falta del acicate de la guerra total para la construcción de Estado en la América Latina; los de Saylor y Soifer que resaltan la presencia de un proyecto de construcción del Estado Nacional en Argentina y Chile, pero ausente de Colombia y otros países durante el siglo XIX. La literatura de historia económica colombiana no se ha quedado atrás: el grupo de historiadores convocado por el Banco de la República ha producido dos nuevas colecciones sobre la economía colombiana del siglo XIX y la economía colonial de la Nueva Granada.

El grupo de jóvenes historiadores de la Universidad Nacional formado por el profesor Heraclio Bonilla (James Torres, Edwin Muñoz y Nathalie Moreno) han hecho aportes a la historia de la minería, la moneda y los precios, y el comercio exterior, mientras que Joaquín Pinto, doctor por la misma universidad y profesor de la Universidad del Tolima, ha encontrado nuevas fuentes para la historia fiscal del período conocido como la Gran Colombia y ha analizado su evolución para Ecuador, Venezuela y lo que vendría a ser Colombia, para dar una visión menos dramática que la imaginada por el consenso de la profesión. Ha habido además nuevos trabajos sobre historia fiscal por autores como Roberto Junguito y Ángela Rojas que han hecho más inteligible la forma como se llevaban las finanzas durante el siglo XIX y como era el endeudamiento público voluntario y a veces forzoso. Nuestro grupo de investigación en la Universidad Jorge Tadeo Lozano junto a investigadores de otras universidades y centros logró culminar el libro Las cuentas del federalismo colombiano, el cual también sirvió para entender mejor desde la visión de las regiones como se vivió este mal entendido proceso de nuestra historia.

Para el siglo XX hemos consultado también trabajos fundamentales como el de Pilar López sobre los salarios en Bogotá a principios del siglo XX y sobre la cuestión agraria y el conflicto interno por Ana María Ibañez, Leopoldo Fergusson, Juan Fernando Vargas, de la Universidad del Rosario, y Darío Romero de la Universidad de Columbia, junto con James Robinson de la Universidad de Chicago y que ha arrojado luces sobre los estragos causados por el conflicto interno en la distribución de la tierra y en el consecuente atraso del campo colombiano. El Censo Agropecuario de 2014 logra mostrar el impacto sobre la distribución de la tierra y la pobreza rural, después de 44 años de elaborado el último censo, pues las élites colombianas no quisieron enterarse de lo que estaba pasando en el campo. La Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia ha producido testimonios sobre el impacto social que ha tenido el conflicto sobre las poblaciones campesinas, afrocolombianas e indígenas, al igual que el balance que ha hecho el Centro de Memoria Histórica sobre las víctimas del conflicto, mientras que Francisco Gutiérrez ha analizado la evolución política del conflictivo siglo XX colombiano.

Hemos introducido todas estas nuevas fuentes para reescribir extensamente el texto que hoy entregamos al público. Las series estadísticas han sido ampliadas hasta el año 2017 en casi todos los casos y su análisis ha sido debidamente actualizado.

Salomón Kalmanovitz

Bogotá, 10 de agosto de 2018.

COLABORADORES:

El editor de la obra, Salomón Kalmanovitz, es candidato al PHD por el New School University, fue decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y es profesor emérito de la misma. Ha sido distinguido como doctor honoris causa por la Universidad del Norte en 2019. Es autor de Economía y nación: una breve historia de Colombia, Las instituciones y el desarrollo económico de Colombia, Ensayos sobre banca central en Colombia: comportamiento e historia, publicados por Editorial Norma, y es coautor de La agricultura colombiana en el siglo XX, editado por el Fondo de Cultura Económica y el Banco de la República; también participa en las colecciones La economía colombiana en el siglo XIX y La economía colonial de la Nueva Granada, ambas del Fondo de Cultura Económica y del Banco de la República.

Carlos Brando: Es doctor en Historia Económica del London School of Economics (LSE) y actualmente es decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Es miembro activo de la Asociación Colombiana de Historia Económica y de la Economic History Society del Reino Unido. Áreas de interés investigativo: industrialización en América Latina y Asia, economía política del desarrollo económico y la financiación industrial, e historia empresarial.

Giuseppe de Corso es doctor por la Universidad Central de Venezuela y profesor titular de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Carlos Alberto Jaimes. Magister en economía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Edwin López Rivera es candidato al doctorado en historia de la Universidad de California en San Diego y profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Coautor del “Ingreso Nacional de Colombia en el siglo XIX” publicado en Adolfo Meisel y María Teresa Ramírez (eds.), Economía Colombiana del siglo XIX, Bogotá: Fondo de Cultura Económica y Banco de la República y muchos otros textos de historia colonial y republicana.

Enrique López Enciso: Diploma de Estudios en Profundidad (D.E.A.) del Doctorado en Análisis y Política Económica programa conjunto Escuela de Altos Estudios, ENSAE y Escuela Normal Superior de Francia, DELTA. Investigador del Banco de la República. Coautor de La agricultura colombiana en el siglo XX, Bogotá, Fondo de Cultura Económica, Banco de la República, 2006.

REFERENCIAS

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CAPÍTULO 1
ECONOMÍA PRECOLOMBINA1

En América florecieron varias civilizaciones importantes de norte a sur, que llegaron a conformar Estados relativamente unificados, alimentados por una agricultura sedentaria y alojando núcleos numerosos de población. Mayas, aztecas e incas, los principales pueblos de América Central y del Sur, dejaron muestras de un alto grado de civilización política y de técnicas de construcción, aleación de metales, orfebrería y joyería. En lo que hoy es el territorio de Colombia surgieron y se consolidaron núcleos de la familia chibcha, que estaba en proceso de conformar un Estado en medio de conflictos intestinos. Todas estas civilizaciones, sin embargo, colapsaron cuando un pequeño grupo de conquistadores españoles las asedió con sus enfermedades, sus flotillas y sus armas de acero y fuego. Sus números se redujeron drásticamente y finalmente darían lugar a una nueva población mestiza, con los trazos indígenas reduciéndose generación tras generación.

Cabe preguntarse: ¿por qué fue España el imperio que pudo surgir primero en Europa y llevar a cabo un plan de conquista tan lejos de sus costas? La respuesta es compleja pero tiene que ver con una larga experiencia histórica de guerra de liberación en España de la dominación árabe y con los avances que había hecho la civilización que se extendía desde Iberia hasta Persia, Mesoeuropa, como se la define geográficamente. Esta amplia región compartió especies animales y de plantas domesticadas, pues se localizaba en latitudes semejantes; animales de tracción como los bueyes y los caballos que revolucionaron la tecnología militar; la escritura, que permitió almacenar y multiplicar el conocimiento; no menos, el dominio sobre la tecnología del hierro, del acero y de la pólvora. Todos estos conocimientos y tecnologías constituyeron las armas que permitieron que primero España y después Europa dominaran amplias regiones del planeta.

España se unificó hacia finales del siglo XV en medio de una larga lucha contra la invasión de los moros que dominaron durante tres siglos el sur de la península. La consolidación de las coronas de Castilla y Aragón, que se expresó en la unión de Fernando e Isabel la Católica, unificó la primera región, guerrera y religiosa, con la segunda, más comercial. Predominarían los castellanos militaristas y feudales sobre los aragoneses renacentistas y comerciantes. El mismo año que se descubriera América, el último baluarte árabe, la ciudad de Granada, cayó ante el asedio de una España templada por la larga lucha. Consolidado el triunfo y exaltado el nuevo reino, se expulsó de Iberia a moros y judíos, que conformaban las capas artesanales, de comerciantes, de las profesiones liberales y de banqueros, asestando un rudo golpe al potencial de desarrollo económico que tenía la península. Ese hecho tuvo consecuencias también sobre la calidad de la colonización española de América.

La experiencia guerrera y la organización política (en forma de virreinatos delegados a los jefes militares a través de los cuales se iban asegurando las regiones conquistadas al enemigo islámico) fueron conformando las bases de administración territorial con que los españoles organizarían el Nuevo Mundo. El acercamiento con Génova y con los experimentados navegantes de Portugal les había facilitado a los españoles apropiar la técnica de fabricación de embarcaciones y la de navegación, lo que les permitió incursionar en las islas de Palma y Tenerife; la isla de Gran Canarias serviría como “un puesto de parada natural en la ruta a las Indias” (Elliot, 1990, 133).

La población indígena encontrada en el continente colonizado por Iberia ha sido calculada entre 50 y 60 millones en 1492, población que se habían reducido a entre 5 y 6 millones en 1650 (Newson, 2006). La población correspondiente a la Nueva Granada pudo estar entre los 3 (Colmenares, 1975, 104) y los 5 millones de personas antes de la llegada de los españoles (Melo, 2017), cifra que colapsa en un monto desconocido y que, por lo que ocurre en México y Perú, puede calcularse aproximadamente en un 95%. La población indígena como tal comienza a estabilizarse alrededor de 1650. De allí en adelante empieza un proceso de lenta recuperación de la población mestizada.

POBLACIÓN Y DESARROLLO DE LA AMÉRICA PREHISPÁNICA

Jared Diamond se hace una pregunta fundamental en su celebrada obra Armas, gérmenes y acero: ¿por qué fueron los españoles los que llegaron a América y avasallaron a sus poblaciones y no los indígenas americanos los que se tomaron Iberia? ¿Cómo llegó Pizarro a Cajamarca para secuestrar a Atahualpa y no fue este el que llegó a España a capturar al rey Carlos V. El mismo fenómeno se presentó en la conquista de Nueva España, cuando Hernán Cortés secuestró al emperador Moctezuma, y en la conquista de la Nueva Granada, en la que los indígenas no pudieron defenderse adecuadamente de las huestes españolas, de sus gérmenes y de sus armas. Los indígenas creyeron que sus asaltantes eran seres inmortales.

La respuesta a esta compleja pregunta tiene que ver con la evolución de largo plazo de las culturas mesoeuropeas, su geografía, clima, especies animales y vegetales disponibles, resistencia a ciertas enfermedades endémicas, organización política, desarrollo de la escritura y, finalmente, de la tecnología militar y de navegación marítima. El territorio que se extendía entre Persia y la península ibérica con una latitud similar y climas con las mismas estaciones, permitió la domesticación de numerosos animales y plantas que escasamente pudieron evolucionar a lo largo de América, con climas variados y opuestos a lo largo de un extenso paralelo. De hecho, hubo pocos animales domésticos en América, mientras que en Eurasia estos incubaron enfermedades como la viruela, el sarampión, la gripa, el tifo y la peste bubónica, que fueron generando defensas entre la población humana, muy costosas por cierto, porque en las pestes moría una parte sustancial de ella. Nada de esto se dio en América, de tal modo que cuando los conquistadores llegaron, tanto al norte como al resto del continente, estas enfermedades se diseminaron con enorme rapidez y diezmaron literalmente a la población indígena, incluso antes de hacer presencia física los conquistadores. Cuando estos llegaron, los indígenas habían sido debilitados.

Una de las especies domesticadas en Mesoeuropa fue el caballo, el cual revolucionó la tecnología del transporte y la militar. Los pocos soldados y oficiales españoles que cabalgaban entre los miles de habitantes de los imperios azteca e inca aterrorizaban a los indígenas, quienes eran presa fácil de las armas de acero y fuego de los invasores. Dichas armas, a su vez, surgieron de una larga evolución, facilitada por la escritura, que permitió acumular y almacenar todo el conocimiento disponible en las culturas que se desarrollaron en Mesoeuropa con el manejo de los metales y de sus aleaciones. En América, por el contrario, sólo los aztecas alcanzaron a desarrollar la escritura, y para el resto, la falta de información sobre lo que estaba pasando y su comunicación a tiempo fue otro flanco débil frente a los conquistadores. El conocimiento del mar y de cómo se construían las naves que podían navegarlo explica por qué llegaron los portugueses y españoles a América, y no al contrario. Por último, los mesoeuropeos habían construido imperios centralizados que organizaban la sociedad de manera jerárquica, muy resistente al cambio, algo en lo que se destacaron, en especial, los pobladores de la península ibérica donde se desarrolló el primer reino centralizado moderno de Europa, en el siglo XV. Los grandes imperios indígenas también alcanzaron un alto grado de centralización política, pero eran muy vulnerables, por concentrar todo el poder en el cacique, que se creía divino, bajo un sistema donde no había reglas de sucesión: la muerte del líder llevaba a la anarquía, algo que las enfermedades diseminadas por los españoles agravaron al cobrar víctimas entre la cúspide de la jerarquía de las sociedades indígenas (Diamond, 1998).

Los españoles encontraron importantes civilizaciones que concentraban grandes núcleos de población, que imponían presión sobre el uso de los recursos naturales. La dieta basada en el maíz de las tierras medias y bajas, combinada con calabaza, fríjoles y aguacate, la caza y la pesca, era suficientemente nutritiva como para garantizar la reproducción ampliada de las poblaciones. No se equiparaba, sin embargo, con los altos insumos proteínicos de los españoles, con sus acervos de especies avícolas, porcinos y vacunos, que les suministraron una mayor estatura y masa muscular. La agricultura andina estuvo más basada en papas y en fríjol, y también tuvo un impacto favorable en la reproducción de incas y chibchas (Mann, 2005, 18). La población de una ciudad como Tiwanaku, alrededor del lago Titicaca, ha sido calculada en 115.000 personas, mientras que en los alrededores vivían otras 250.000. Wari, que quedaba en lo que hoy es el sur del Perú, contó con unas 70.000 personas antes de la hegemonía inca. Tenochtitlan, capital del Imperio azteca fundada alrededor de 1345, contaba con una población cercana a las 200.000 personas a la llegada de los españoles, distribuidas en cerca de 15.000 hectáreas (Bairoch, 1991, 61). Cooke y Borah han calculado que cuando los españoles se tomaron México central había 25,2 millones de habitantes, mientras que España y Portugal sumaban menos de 10 millones de habitantes (Mann, 2005, 94). Además, eran pocas las ciudades ibéricas que tenían las dimensiones de ciudades como Tenochtitlan, puesto que Granada y Lisboa, las ciudades más grandes de la península, contaban con cerca de 70.000 habitantes cada una (Bairoch, 1991, 62).

Muchas de estas civilizaciones alcanzaron importantes desarrollos urbanísticos, lo cual es muestra de logros importantes en el mantenimiento de adecuados niveles de bienestar material de sus habitantes. Paul Bairoch señala que dentro de las sociedades prehispánicas en América se pueden contar entre cuatro y siete ciudades con poblaciones cercanas a las 50.000 personas, y entre 25 y 40 ciudades con poblaciones entre 20.000 y 50.000 individuos. En Mesoamérica y la parte norte de Suramérica (aztecas, taironas, tarascanas y zapotecas) existieron entre 9 y 11 ciudades con poblaciones superiores a 20.000 individuos, y 2 o 3 ciudades con poblaciones superiores a los 50.000 habitantes, mientras que en el sur (incas y chibchas), en su mayoría, las ciudades contaban con cerca de 20.000 personas, y sólo una o dos superaban las 50.000 personas (Bairoch, 1991, 66). Con estos datos, el mismo autor concluye que el grado de urbanización en el continente debió de ser cercano al 14%, y la densidad poblacional, próxima a los 65 o 100 personas por hectárea, la cual, sin embargo, es baja, comparada con la densidad poblacional europea.

Menor aún era la densidad poblacional de las culturas que habitaron el actual territorio colombiano, cuya concentración se encontraba entre 5 y 10 personas por hectárea. Con respecto a dicho territorio, se puede establecer que “las densidades más altas de población se encuentran sobre rangos de alturas medias: el valle de Aburrá o el Alto Ma

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