¿Quién escribió a quién?
Cecilia García-Huidobro Mc.
De tarde en tarde la literatura nos asombra con historias de autores que han escrito un libro extraordinario, solo uno para luego, por las más diversas razones, refugiarse en el silencio. Pienso en Matar un ruiseñor de Harper Lee, La conjura de los necios de John Kennedy Toole o El gatopardo de Lampedusa. Obras reconocidas como maestras que son lecturas ineludibles para sucesivas generaciones, mientras estudiosos se cabecean preguntándose cómo se escribe un libro con tal potencia y madurez a la primera. Así, de una vez y para siempre. Eso es, ni más ni menos, lo que hizo Pilar Donoso. No sé si exista otro caso así en la literatura chilena. Correr el tupido velo es uno de los poquísimos títulos que podría estar en esa galería de escritores que desafían todas las leyes de la escritura.
Desde la aparición de Correr el tupido velo en 2009 la crítica reconoció su valor. Se habló de «un libro notable en su dolor y en su honestidad». Se destacó que «posee un valor literario insospechado»; se dijo que era una historia descarnada, franca, y «por contradictorio que esto parezca, un libro de amor: amor salpicado por el odio...». Comentarios que no hicieron otra cosa que anticipar la sólida y contundente recepción que luego tendría fuera de Chile. Esta biografía no es como ninguna otra, anota la española Rosa Montero: «He leído muchas, porque es un género que me encanta, pero me resulta difícil recordar otro texto tan desnudo como este.»
Me gusta el término desnudo. Quizás esa sea el y lo sustantivo de este relato. Estamos habituados a que una narración, sobre todo si aspira a retratar una vida y una época, vaya vistiéndose a través de la suma de datos, miradas, perspectivas. Pilar Donoso sigue el camino contrario: extrae las capas exteriores y despeja maquillajes en busca de esa esquiva esencia que apenas es posible vislumbrar —o adivinar sería más apropiado decir— entre fisuras y sombras que han sido despojadas de sus más asfixiantes velos.
Más sorprendente aún es que Pilar Donoso consigue esta hazaña con un relato que está estructurado de forma originalísima haciendo difícil su clasificación: no es una novela aunque sea lea como tal, no es una biografía aunque aborda la historia de sus padres, no es autobiografía aunque se muestra hasta quedar en carne viva. Es eso y más. Porque tal vez lo que haya conseguido su autora sin buscarlo sea algo parecido a armonizar los contrarios. Poner el foco en la contradicción como el principal motor de vida.
Correr el tupido velo es una obra coral en la que la mirada de Pilar converge con las voces de sus padres a través de sus diarios y cartas. Como en la Comala de Juan Rulfo —un autor gravitante en la obra de José Donoso aunque no se haya destacado lo suficiente—, aquí los muertos hablan para dejar en evidencia sus relaciones más desgarradoras en clave road movie además, puesto que seguimos a esta peculiar familia en movimiento de un lugar a otro. Más de diez domicilios en menos de veinte años a lo que hay que sumar un desplazamiento existencial que los hace explorar y explorarse entre ellos a ratos de forma obsesiva. Y aunque hay tres voces protagónicas que nunca desentonan, este texto es antes que nada una historia personalísima, la de Pilar Donoso, historia que solo ella pudo haber escrito con esta lucidez, buena pluma y una dosis profunda de humanidad.
La extraordinaria acogida que Correr el tupido velo tuvo desde el primer día en Chile, y luego en España y algunos países de Latinoamérica, no significó que las cosas se volvieran fáciles para la autora. Se solía hablar de su obra como polémica, cuando se la presentaba no era suficiente decir que era su hija —se subrayaba que era adoptada— y, como si esto fuera poco, se le preguntó una y otra vez qué sentía al leer los diarios de su padre, especialmente los pasajes más duros que reprodujo en el libro.
Porque entre tantas adversidades, Pilar tuvo que lidiar con esa suspicacia chilena de -cómo-puede-haber-escrito-ella-un-libro aplaudido por la crítica o un oblicuo cómo-es posible-que-publique-cuestiones-personales... Trasgredió un código social que opera de forma tácita pero eficiente en este país: hay cosas de las que sencillamente no se habla. Nada de trapitos al sol ni menos ocuparse de temas como el alcoholismo, la adopción o la homosexualidad. En una sociedad proclive al eufemismo y al cinismo, con una manía de ser perpetuamente el guardián del otro al decir de Benjamín Subercaseaux, descorrer velos como lo hizo Pilarcita —nótese el diminutivo descalificador—, tiene un alto costo. Pilar Donoso no solo lo experimentó sino que tuvo que pagarlo. Se sintió sola, desprotegida. Tuvo que soportar desconfianzas, burlas, suspicacias, cuestión que se encargó de explicitar en la dedicatoria: «Escribir este libro tuvo grandes consecuencias para mí, pérdidas irreparables y, seguramente, habrá más. Es por ello que, como continuidad de mi historia, se lo dedico a mis hijos: Natalia, Clara y Felipe.»
Pilar se casó en 1986 a los diecinueve años. Por diversos motivos, ese debió ser un año singular para José Donoso. Para empezar porque la perturbadora experiencia de regresar a Chile en plena dictadura, cinco años antes, había cuajado por fin en una novela cuyo título ya anticipa su perplejidad, La desesperanza, que publicó en medio del gris y doblemente oscuro invierno santiaguino. También ese año, unos meses después, Pinochet salió ileso de un atentado. Un plan perfecto que rebotó contra el azar y ciertos errores dejando al dictador sano y salvo y con un halo de intocabilidad. La impresión de que el general estaría para siempre en el poder dotó de mayor reverberación a su reciente novela y muy especialmente a su título. Pero ese 1986, tan cargado, en realidad para él será significativo sobre todo por el matrimonio de Pilar, su Pilarcita, que se casa con su primo hermano. Como escribe Pilar en este libro, Pepe había regresado en buena medida para «crear una conexión entre su historia familiar y yo, su hija española». Y resultó que ahora la tribu resolvía esa inquietud de modo literal, como si todo hubiera vuelto atrás, recurriendo a los usos o hábitos de sus ancestros talquinos. Para ella, que era hija única y que carecía de tíos y primos maternos porque su madre también era hija única, su casamiento transformó a sus parientes también en su familia política. La jaula afectiva parece haber quedado cerrada por dentro.
Quizás por ello y tal como Pilar anticipó, hubo más consecuencias tras la publicación de Correr el tupido velo. Pero era valiente y de una autenticidad impresionante y no quiso desatender la necesidad de iniciar ese arduo viaje tras las señas de su identidad: «En cada página, sin darme cuenta, me encontré también conmigo; tuve que reestructurarme una y mil veces frente a lo allí escrito, ante el desconcierto, el dolor, el amor, el miedo, el odio... Pero de entre esas miles de páginas me rescaté a mí misma y quizás, finalmente, también supe quién soy...».
Dos años después de su publicación, Pilar Donoso se quitó la vida. No tardaron en aparecer hipótesis sobre su suicidio. Opinadores que en vez de sobrecogerse frente a su abismal decisión, exponían teorías o desplegaban todo tipo de suposiciones, sin respetar que, como escribió otra suicida, la gran Sylvia Plath, «morir / es un arte, como todo lo demás», y que el suicidio se prepara en el silencio del corazón, en palabras de Camus.
A diez años de su primera edición, la lectura de Correr el tupido velo conserva el conmovedor impacto que solo logran las obras que se internan en el corazón de las incertidumbres. Ahora que la autora no está y por tanto no hay cómo alimentar la sed de morbo, cuando las entrevistas no pueden indagar en las anécdotas y episodios biográficos que dieron origen a este libro, el texto se sostiene en sí mismo. Me corrijo, Correr el tupido velo no solo se sostiene. Estos diez años han contribuido a dejar claro que se trata de un relato que forma parte del exclusivo club de esos libros que necesitamos, como calificaba Kafka a los títulos imprescindibles porque, como dice de manera inmejorable, parten «como un hacha el mar helado que tenemos dentro».
Si así nos deja su lectura, es inevitable preguntarse cómo debió haber dejado a Pilar su escritura.
Tuve el privilegio de conocer la gestación de Correr el tupido velo que no fue breve ni sencilla, como se sabe. Yo trabajaba en un suplemento literario y en algún momento pensamos en hacer un reportaje sobre José Donoso a propósito de una efeméride. Debe haber sido el año 2004, probablemente la idea era revisitar su obra cuando Pepe hubiera cumplido 80 años. Llamé a su hija para solicitarle material. Ojalá inédito, le enfaticé. Me citó en su casa. Para llegar, parecía necesario salirse de esa agitación frenética de Santiago haciendo un recodo para encontrar un lugar escondido. La calle era pequeña y sin salida (¿un presagio acaso de la enorme responsabilidad que pesaba sobre sus hombros respecto del destino de los diarios de su padre y la posibilidad de usos sensacionalistas?).
En el antejardín de la casa de Pilar, que no tenía ningún tipo de reja, había un pequeño arco de futbol que remarcaba el aire familiar del entorno. No debe ser casualidad que a esa edad en que muchos jóvenes van a la universidad o se largan a viajar, Pilar Donoso se casara y tuviera a su primera hija. En esa búsqueda de identidad que supone la adolescencia, ella puso todas las fichas en la familia, en construir la suya propia y en crear un espacio al cual llamar su casa.
Al entrar en la suya se experimentaba un giro respecto del antejardín. Era un espacio elegante, con un destacado buen gusto y objetos refinados. Como un personaje arrancado de un cuento de su padre, ella se esmeró por dotar a sus casas de una estética personal. No era un lugar muy luminoso, o al menos así me pareció quizá porque estaba absorta en la decoración y ansiosa ante la expectativa de encontrar material desconocido de Donoso. Pilar, mostrando el perfeccionismo que la caracterizaba, había hecho la tarea. Siempre me ha impresionado el pasaje en el que refiriéndose a su infancia dice que arrastra un «rasgo de carácter bastante insoportable: el orden en contraposición al miedo, al caos que muchas veces reinaba en mi casa». Me esperaba entonces con un organizado plan de trabajo y con muchos papeles a su alrededor. Uno a uno los iba tomando y describiéndome sus características en una escena muy similar ahora que lo pienso a la descripción con la que comienza este libro: «Sentada en el bow-window de la casa de mi suegra, en Cachagua, descansan sobre mis rodillas seis de los sesenta y cuatro tomos de los diarios de mi padre. Tengo miedo. Los observo, calculo su peso, los hojeo a la rápida y reconozco la letra de hormiga.»
Llevaba tiempo enredada en esa letra infernal e hizo mucho hincapié en la caligrafía de los cuadernos de su padre. En ese minuto me pareció una exageración aunque años después he tenido que pasar por el mismo calvario editando los diarios. Hasta ese momento yo conocía poco a Pilar. La había visto un par de veces de pasada en la casa de Pepe durante los meses que fui semanalmente a mostrarle los avances en la recopilación de sus artículos periodísticos que se publicaron en dos volúmenes: Artículos de incierta necesidad y El escribidor intruso. Después de la muerte de Donoso, nos fuimos encontrando en algunos cocteles organizados por editoriales para celebrar la venida de grandes autores como Vargas Llosa o Saramago. Coincidíamos en algún rincón donde ambas nos refugiábamos para mirar la consabida batalla por conquistar la atención del homenajeado y de paso el verdadero torneo de egos a su alrededor. Yo disfrutaba de sus comentarios. Su sagaz ironía la convertía en una observadora francamente temible. Pilar era divertida, lo que revelaba su vitalidad mientras que su sentido del humor inagotable dejaba ver su inteligencia.
Después de un rato de revisión de cartas, y algunos cuentos inconclusos acompañados de tibios «podría servir» de mi parte, Pilar me contó que estaba trabajando en un escrito a partir de los diarios de su padre. Tuve que insistir para que me lo mostrara. La lectura de las primeras páginas del texto me deslumbró por completo. Fue como frotar una lámpara en un cuento de hadas.
Unas semanas después, se publicaron fragmentos de su proyecto en el periódico y varios diarios extranjeros la llamaron para pedirle ese u otros trozos de su manuscrito.
Fue así, como por azar —aunque quiero creer que había algún designio invisible— que me convertí en una sparring y a ratos en una consejera editorial. Espero que en ese largo y difícil proceso de escritura que este libro le exigió haya podido ser también una amiga. Cuando se publicó, y comenzaron las reseñas alabanciosas, muchas personas se me acercaban y a media voz me preguntaban si lo había escrito yo, dado que aparezco en una suerte de créditos que ella, con generosidad, agregó al final del volumen. Probablemente un último intento de ninguneo. Pilar escribió este libro con las entrañas y con una profunda valentía y honradez. No queda duda alguna después de leerlo. Porque Pilar Donoso, que carecía de pasado propio, buscó aquí hacerse una historia, su historia. La niña sin sombra que fue Pilar, por haber nacido sin un pasado suyo, y que luego la vida la expuso a un sol inclemente, nos ha dejado en Correr el tupido velo, sin embargo, una enorme solera donde guarecernos.
La nueva portada del libro es una fotografía hermosísima situada en Calaceite, ese alejado pueblo aragonés, con portales construidos en piedra del siglo XVIII que le otorgan una prestancia dura e imponente, como se aprecia en la imagen. Pepe y la niña, como suele llamarla en sus cuadernos, parecen estar en un recodo, o acaso en una encrucijada donde el camino se divide como si estuvieran situados en un momento de elección vital. En efecto, al leer sus diarios íntimos pude conocer el enorme peso emocional que ese sitio tuvo para ellos así como la interjección de caminos que allí vivieron. A ello hay que agregar que Calaceite fue el lugar donde Pilar Donoso recuerda haber sido más feliz. «Eran tiempos difíciles, pero los recuerdo con encanto y fascinación. Si tuviera que decir adónde pertenezco realmente, sería a Calaceite, tierra donde las extensiones inhabitadas se sienten y el horizonte infinito se agradece; es el pueblo que acogió mi más dolorida infancia, pero a la vez hizo posible grandes lazos: Mauricio Wacquez, Elsa Arana, Yves y Vigna Zimmermann serán siempre parte de nuestras vidas». Más adelante añade: «Para mí, Calaceite es el único lugar que reconozco como propio después de una vida de trashumancia, siguiendo el peregrinaje de mi padre en busca de la tierra prometida, Chile.» El dejo irónico de Pilar no es menor, pues en los diarios es posible percibir que el desasosiego de los Donoso no se esfumó con el regreso. Lo esperaban nuevas inseguridades, miedos que su tribu contribuyó a acentuar años después cuando relató su historia desde la fantasía y las conjeturas.
Pero volvamos a la foto. Lo que más me conmueve y perturba es que José Donoso mira hacia el horizonte. Queda la impresión de que está capturado por sus fantasmas que lo otean desde cualquier rincón, y él parece obsesionado en continuar la inútil tarea de atraparlos, de exorcizarlos, sin saber exactamente en qué dirección avanzar.
Pilar, en cambio, nos mira. Sus ojos nos apresan. La escena parece anticipar que será ella la que al final contará la historia. Da la sensación de que está a punto de dar un paso hasta nosotros, que va a acercarse, a comunicarse. Levanta un poco el pie como su estuviera pensando venir, cuestión que hará muchos años después a través de este estremecedor relato.
Quizá Pepe Donoso intuía ya que algún día se produciría ese mágico paso. De hecho, en uno de sus diarios, en enero de 1974, cuando su hija tiene solo un par de años más que la niña que en ese momento lleva de la mano, apunta: «Otra pena que sentí leyendo Portrait of a Marriage, es la de mi incapacidad de escribir directamente sobre mí, sobre mí mismo, sobre mi vida. Lo cobarde que soy. El terror que tengo. Pero juro que algún día lo haré, analizando la génesis de mis represiones, culpas y temores. ¿Cuándo? No lo sé ¿Y para quién? Tampoco lo sé. Claro que entonces Pilarcita tendrá que estar grande y se publicará si en esos años —el final de la centuria y del milenio— todavía interesa la literatura...».1
Diez años después, ya instalado de regreso en Santiago, y luego de una discusión, escribe «...nada me va a consolar de mi pelea con Pilarcita. Y no sé cómo reaccionar con ella. Lo hago torpemente. ¿De dónde sacar sabiduría, y serenidad para ser como debo ser? Siento que debo ser de otra manera. ¿Verá alguna vez la niña estas notas... en el futuro, cuando yo ya no exista? Si llega a hacerlo algún día, le dejo este mensaje de amor, que quizás le llegue a compensar por las durezas recibidas. A nadie en el mundo he querido, y quiero, como la quiero a ella. Es como la roca única emocional a que me aferro, y frente a esta pasión, a este cariño, nada existe, todo lo demás es cero.»2
Su hija no solo vio esas notas sino que fueron el punto de arranque para su propia escritura al punto que varias veces se pregunta cómo hubiera reaccionado su padre frente a esta narración. A mí no me cabe duda de que la habría celebrado, y mucho. Desde luego por lo que se cuenta, mal que mal lo atañe directamente y el hombre tenía su ego. También porque pese a la dureza que significó para Pilar su escritura, ella admite que «la falta de identidad, de esa identidad tribal, ancestral, de la que no tengo conocimiento, finalmente la encontré en estas páginas». Pero lo que lo hubiera cautivado verdaderamente es el relato mismo. Conocedor a fondo del arte de la biografía, tan vívida en la tradición anglosajona, habría apreciado su factura. No creo que sea necesario subrayar que no bastaban los mejores ingredientes como los que sin duda dispuso Pilar gracias a los suculentos archivos de sus padres. Hay que tener una mano magistral para hacer con ello una historia con la densidad y belleza que este volumen posee. Sin contar con el coraje que demanda llegar hasta la puerta tapiada y no detenerse hasta abrirla y hacerse cargo de lo que allí aflora.
Pilar escribió el libro que su padre quería hacer pero que sus miedos y angustias le impidieron. Me atrevo a afirmar que gracias a Correr el tupido velo José Donoso ha pasado a ser un personaje literario inmortal. Del mismo modo que, gracias a Pepe, Pilar es una autora insoslayable. Es la nueva y definitiva filiación que los une para siempre y que sella la simbiosis con la que siempre vivieron.
Life is a sheet of paper white
whereon each one of us may write.
His word or two, and then comes night.
Greatly begin! though thou hast time.
but for a line, be that sublime.
not failure, but low aim is crime.
JAMES RUSSELL LOWELL
Palabras preliminares
Han pasado diez años de la muerte de mi padre y su sombra aún deambula por todas partes: al caminar en las calles, al abrir un clóset, al subir la escalera, al mirar hacia el horizonte.
Una vez este padre tan presente me dijo:
—Uno logra ser uno mismo cuando los padres se mueren.
Qué mentira. No ha sido así en mi caso; ahora he tenido que hacerme cargo de su vida mucho más que cuando vivía.
No puedo liberarme de su cadena opresora. ¿Seré yo también un personaje de sus novelas? La ficción y la realidad vuelven a mezclarse, como cuando era una niña y pude creerle, por mucho tiempo, que los yogures colgaban de los árboles y que había unos con sabor a frutilla y otros a durazno; o que, al hablar de una persona cualquiera, yo podía llegar a creer que era una tía muy lejana que venía a visitarnos; o bien que un personaje de una de sus novelas era un amigo de su infancia.
En mi casa era imposible diferenciar esa línea tenue entre la ficción y la realidad, y aún ahora me cuesta distinguirla. Al leer sus diarios no puedo sino confirmar que él, más allá de su arte como novelista, tenía una seria disfunción respecto de la realidad.
Leo y releo y reconozco tantas cosas... me río, lloro, me enrabio, perdono, vuelvo a llorar; me decepciono, lo enaltezco y nuevamente lo perdono porque lo quise inmensamente.
Ser padre es algo normalmente impuesto; él, en cambio, tomó esa opción, me adoptó y me dio generosamente aquello que, como padres, a veces nos negamos por no habernos liberado de nuestras propias historias.
Ante todo, mi padre era escritor. Cuando los días en que la muerte ya no pertenecía al mundo de la fantasía —su presencia lo rondaba por la casa de Galvarino Gallardo— enfrentamos juntos el hecho de que llegaba el fin. Le pregunté qué quería que dijera su epitafio y me contestó:
—Escritor. No quiero nada más. Eso he sido.
Sostenía que muchos de los novelistas latinoamericanos contemporáneos, en su búsqueda de estatus, se transforman en figuras públicas, como tribunos, como políticos; él, en cambio, se consideraba simplemente un escritor.
Voy a tratar de contar esa historia —que es la mía en relación a él, finalmente— sin pretender un análisis literario de su obra, ni menos uno psicológico de su compleja personalidad. Será, más bien, la visión de una hija-niña, hija-adolescente, hija-mujer que lo acompañó, lo admiró, lo amó y lo odió. De modo que no esperen objetividad alguna; son los recuerdos de ese fantasma que me persiguen y me perseguirán por siempre.
Debo aclarar que mi padre me designó como su biógrafa, pero yo no era la única a quien confirió este título honorífico. También se lo pidió a Esther Edwards, a su sobrina Claudia Donoso, a su amigo el escritor Fernando Sáez, y quizás a muchos otros. En pos de esta tarea que emprendí seriamente, nos juntábamos tres días a la semana para grabar nuestras conversaciones. En realidad, más que diálogos fueron sesiones sobre lo que él quería contar y no necesariamente acerca de lo que yo preguntaba o quería saber. Estas reuniones metódicas nos dieron la oportunidad de intercambiar recuerdos, ideas estéticas, incluso ideológicas; nos escuchamos como nunca y como nunca nos encontramos. En esas conversaciones, además de sus diarios, cartas y ensayos, está sustentada esta biografía.
Este relato es, de un modo muy personal, una manera de liberarme, de ahuyentar a su fantasma. Mi padre me contó una vez algo que probablemente la mayoría de los lectores debe conocer: Virginia Woolf se preguntaba por qué el recuerdo de su madre no había dejado de obsesionarla a sus cuarenta y cuatro años de vida. Entonces escribió Al faro y el fantasma de su madre dejó de perseguirla. Por supuesto, no es mi intención hacer una comparación de ese tono y proporciones, pero sí de mi propio proceso de liberación.
En un artículo de mi padre encuentro una opinión muy personal sobre este tipo de textos. Biografías, cartas, semblanzas, recuerdos, crónicas, que si se publican son o académicas o ñoñas o mundanas. Somos una raza extrovertida y efusiva, pero temerosa, pudorosa, que no se entera de la verdad (como sí lo hacen los ingleses cuando deciden hacerlo). Así las figuras de nuestra cultura siguen siendo monumentales, nunca humanas, y los elementos contradictorios y a veces hasta vergonzosos con que se construyó la obra genial permanecen velados.
No sé en qué categoría caerían mis escritos para él. Desde luego no en lo académico, pero quizás tampoco en lo ñoño o mundano. Espero que no. En mi personal búsqueda por rescatarlo en su intimidad, en su profundo y particular mundo sin límites, he recurrido a sus cartas, de las que guardó siempre copia, tanto de las que escribió como de las que recibió; también a sus ensayos y, especialmente, a sus diarios, en los cuales jamás guardó secreto alguno. Con esto debemos aprender la lección de que jamás hay que destruir papeles, que los archivos y las colecciones son sagrados, no sólo por cuanto iluminan el pasado, sino también porque proyectan el futuro.
Mis recuerdos se inician muy temprano y quizás simplemente estén asociados a fotografías. Pero si bien éstos comienzan alrededor de los tres años, empezaré esta historia, mi propia historia, desde el matrimonio de mis padres. Incluso creo que será necesario explicar ciertas experiencias previas de mi padre que lo llevaron a dejar Chile por diecisiete años y que lo marcaron definitivamente para ser quien fue.
La historia que quiero contar no es «la historia de José Donoso», sino la de una hija en la búsqueda interminable por saber quiénes fueron sus padres, sean biológicos o adoptivos. Es la búsqueda de la identificación, del entendimiento de quién es uno y del inevitable conflicto que esto implica.
I. Correr el tupido velo
Washington DC, viernes 23 de abril de 1993
Cuaderno 63
Novela sobre cartas literarias.
Muere un escritor. Queda la hija solitaria worshipping at his shrine, carta de la Universidad de Princeton diciéndole que tienen un paquete de cartas y diarios íntimos que su padre había depositado en sus manos. Ella se extraña porque creía que se habían vendido hacía mucho tiempo, para comprarle la casa cuando se casó. Los vende ahora por el buen precio que le indican y acepta la proposición de un biógrafo para hacer la biografía concentrándose en los papeles. Ella se olvida de este permiso. Los papeles le parecen demasiados, demasiado difíciles de leer y referente a gente que ella no conoce ni le interesa. Su hijo va al pueblo y compra el libro. Se sienta bajo un árbol a leer. Se horroriza. Los secretos más nefastos sobre el abuelo admirado. Se enfrenta con su madre sin decirle nada. Ella adivina lo de su padre con lo que nunca quiso enfrentarse, lo que ha oído murmurar y ha olvidado. No lee el libro. Toma el auto y una pistola para ir a asesinar al autor. El auto choca. Descubren que ella se ha pegado un tiro con el auto a toda velocidad porque no puede soportar lo que sabe.
Esta novela, la de los papeles, sucede en Valparaíso o en Viña del Mar o Cachagua.
Es el diario de vida que cuenta el reverso de todo lo que todo el mundo sabe sobre él, pero sin jamás nombrar el pecado.
José Donoso.
Verano de 2006
Sentada en el bow-window de la casa de mi suegra, en Cachagua, descansan sobre mis rodillas seis de los sesenta y cuatro tomos de los diarios de mi padre. Tengo miedo. Los observo, calculo su peso, los hojeo a la rápida y reconozco la letra de hormiga. Intuyo lo que pueden contener, la posibilidad de encontrar las divagaciones, revelaciones de una mente creadora que explora las angustias profundas del alma y que en esas páginas, a las que debo enfrentarme, hay un mundo paralelo, oscuro, oculto, cercano al mundo de la muerte.
Los hojeo y finalmente decido aventurarme en su lectura, aunque tal vez luego me arrepienta: creo en el olvido como parte de la supervivencia.
Después de más de diez años de ausencia no ha sido fácil descubrir, reconocer, aceptar y negar sus huellas en mi vida. No es solamente el dolor que conlleva la pérdida de la persona amada, es también el encuentro con lo desconocido, con lo oculto, lo que está detrás del ser humano. La mirada de una hija enfrentada a la verdad..., si es que existe una verdad. Pero sí es el comienzo de una nueva historia, del encuentro de una nueva persona y el desmoronamiento de una historia anterior, que no necesariamente invalida la imagen que conservo, sino que le da una nueva mirada, más compleja, más amada y más odiada.
Este proyecto es un intento de novelar su propia vida después de su muerte, ya que al parecer he logrado zafarme del fatal destino que él me asignó en su diario el 23 de abril de 1993. Aunque nadie sabe si uno es realmente un personaje y ese designio es insalvable.
Dudo también de que la historia que yo escriba sea, en realidad, la proyección de la que él quería que yo contara. ¿Pero importa? Tengo tanto que decir sobre él, sobre mi madre, sobre mí misma, para rescatar del olvido.
Como hija, soy protagonista de muchas versiones noveladas de la memoria creativa de mi padre: soy mala, adorable, acusadora, ladrona, abnegada, asesina, ajena, protectora, cruel, generosa, lapidaria, madre y muchos roles más que se entremezclan en una relación amor-odio más allá de lo comprensible. Sigo pasando las páginas de los diarios y, por momentos, decido no continuar, pero se vuelve una necesidad; quiero saber más, meterme en esa mente atormentada por la paranoia y el miedo a ser descubierto. Es aquella dualidad que demuestra al esconderse y al dejar estos manuscritos para finalmente ser descubierto, o bien manipulando al escribirlos para crear la imagen premeditada que quería que conservaran de él, amparado por la inmutabilidad de la muerte, fuera de todo juicio e incomprensión; inalcanzable para su mayor temor: el rechazo.
Abro otro cuaderno y contengo por un momento la respiración. Cada página es un encuentro con emociones complejas, disímiles. Su lectura me exige una mirada global; no dejarse llevar por la emoción que me despierta; esperar, leer todo y no desistir.
Mi padre plasmó en sus sesenta y cuatro diarios (su última anotación es de 1995) su lado más oscuro. En ellos muestra ciertas aristas de su personalidad que yo y creo que casi todos ignorábamos, aunque de algún modo intuíamos: un mundo interno de complejidad sin límites.
Detallo aquí distintas citas que deben ser entendidas, más que como un hecho en sí, como el devenir de una mente en contradicción constante, pues la validez de cada idea muta, se transforma e incluso se anula hasta desvanecerse por completo.
En la primera página del cuaderno cincuenta y nueve, en letra muy grande, se encuentra la siguiente advertencia:
Se perdió por desgracia el cuaderno cincuenta y ocho que tenía medio escrito y temas muy importantes. Comprado en Davis, USA, en 1989 (California).
Creo que me lo robaron durante mi enfermedad, en la clínica, y tengo una idea, creo que bastante clara, de quién me lo robó. Hice ponerle candado a mi estudio, pero puede ser «too late» porque la ladrona tiene libre acceso a mi casa.
Esta frase denota su rasgo de personalidad más evidente: la paranoia.
Con los años irá en aumento.
Santiago, 30 de marzo de 1990
Acaba de venir Pilarcita, me acompañó media hora, obsesivamente hablando de sí misma. Pero me gustó estar con ella, me produjo placer; creo que, en esta etapa de mi vida, la amo, que es la única persona en el mundo a quien amo realmente y a quien estoy profundamente ligado, que siento mía, yo de ella, pero sin que me permita para nada invadirla, aunque a mí ganas no me faltan, ni ella tiene necesidad de invadirme a mí. Hay que hacer reservas para cuando realmente la necesitemos —por salud— y dependamos mucho de ella.
Toronto, Canadá, 17 de noviembre de 1991
Hablamos hoy con la Pilarcita. El ser que más he amado en toda mi vida. ¿Raro, no? Raro que me parezca raro. Y no me gusta nada el libro. Latoso. Beige de Bruce Chatwin In Patagonia.
Soy objeto de su amor, pero en otros momentos tomaré el papel antagónico. Voy a tener que debatirme entre estas contradicciones a lo largo de la lectura de todos sus diarios.
He sido una persona que, por lo general, me he protegido y, al mismo tiempo, me ha costado descubrir quién soy realmente. Mi realidad ha sido crecer bajo la sombra de un gigante. Eso hace que la tarea se torne muy difícil, además de ser objeto de una construcción premeditada de una realidad o personaje según la ficción de mi propio padre. El hecho de no tener un origen biológico conocido hizo que él fantaseara sobre esto y me criase haciéndome sentir un ser marginal, aunque siempre tratando de transmitirme los beneficios de ser «distinta». Era su propia disolución entre el ser marginal que llevaba dentro, junto al burgués convencional que, a pesar de su creación literaria, creía ser o estaba condenado a ser.
¿Habré querido alguna vez ser «distinta»? ¿Tuve la opción de no serlo? ¿Fui un personaje dentro de su vida del que aún no salgo?
Luego vendrá una larga etapa —por lo menos tres años— en que yo, su hija, seré el centro de sus obsesiones, de sus delirios de persecución, de su monomanía. Para mí esto ha sido una verdadera sorpresa. Siempre se mantuvo como padre cariñoso, comprensivo, aunque lapidario frente a mis decisiones, pero siempre presente, al fin y al cabo. Detrás, sin embargo, se escondían miedos, rencores, odios, frustraciones. Al enfrentar cada página, cada párrafo, cada línea, debo recomponer nuevamente las piezas rotas, una y otra vez, para encarar la siguiente.
Este es el reflejo de sus obsesiones respecto del dinero:
Navidad habitual familiar, esta vez en casa de Pablo y la Lucha. Miles —demasiados— de regalos, totalmente de sociedad de consumo, una locura. Temor horrible por la relación de Pilarcita con el dinero —el mío— y su relación viciada con el Toby. Algo muy malo puede suceder y no dejo de tener miedo. ¿Por qué me mintió para sacarme mil quinientos dólares? ¿Quiso comprarse al Toby con mi dinero? Peligroso y angustiante, y puede acabar muy mal. Pero puede ser, también, suspicacia de parte mía, y que la Lucha esté dispuesta, como yo, a soltar otros mil quinientos dólares para completar el estudio de posgrado del Toby.
Otro episodio:
Hoy ha sido un día terrible. La Pilarcita llegó de la consulta de su doctora con la noticia de que tendrá que hacerse un tratamiento carísimo para tener niños. Además de los mil quinientos dólares que acabo de darle, debo darle como doscientos mil pesos mensuales para su tratamiento. Debo decir que me asusté con la perspectiva y se lo dije, lo que me dejó muy culpabilizado, y a ella llorando y desprotegida. Temo que esto no sea más que un modo para engañarme y para sacarme plata, pero sé que no puede serlo, y que su angustia por tener familia —otros hijos— es real. La verdad es que yo mismo se lo decía cuando se casó, que debía tener mucha familia propia, ya que como ella misma dice, no tiene lazos de sangre con nadie más que con la Natalia. Me desespera verla llorar por algo tan real. Y me desespera tener las prevenciones y los temores que con respecto a ella suelo tener.
Sigo pensando —a pesar de que al decirlo herí profundamente a mi hija— que no tiene por qué angustiarse por tener una sola hija. Pero el asunto está en que la pobre niña se siente sola sin más hijos, desprotegida, y que si se gasta todo lo que hay ahora, cuando yo me muera, lo que no veo como muy distante, no va a haber dinero con el cual ella misma se pueda proteger. En todo caso, mi hija está sufriendo por algo que María Pilar necesariamente tiene que conocer y que la hace empatizar con la niña. Yo la llamaré por teléfono para pedirle perdón. Y en la hora de las preguntas y recriminaciones, que necesariamente vendrán, no sé, claro, cuál va a ser su venganza, y cuál su manera de crucificarme... si en realidad tiene que hacerlo.
¿Será esta biografía mi venganza? ¿Será una manera de mostrarle al mundo quién era o quién podía llegar a ser? No. No lo creo. He logrado rescatar tantas cosas suyas, su inteligencia, su agudeza, su visión, su humor, su ironía, su entrega y su amor. Pero siempre me quedará la duda —y supongo que al lector también— de si lo que plasmó en estas miles de páginas de sus diarios es «él» o su propia ficción sobre sí mismo.
Desaparece un cheque de ciento cincuenta dólares y vuelve a sospechar que yo lo he robado. Son sus «tincas» respecto de mi falta de honradez con el dinero. Siente que si él tuviera fuerza y tiempo, tomaría todas las finanzas de nuevo en sus manos y así ya no tendría esas horribles ideas que le quitan el sueño. La verdad es que yo me hacía cargo desde los dieciocho años de las finanzas de la casa de mis padres: ir al banco, depositar, llevarles dinero o pagar sueldos. Me dieron un poder sobre sus cuentas corrientes, por conveniencia o más bien por comodidad, pues todo lo práctico se les hacía imposible de sobrellevar.
Admito que durante los primeros años, cuando estaba recién casada —a los diecinueve años—, eché al carro algunas cosas de más cada vez que les hacía las compras en el supermercado: algo de leche, arroz... Sentía que, de algún modo, aquello era un pago por ese trabajo tan tedioso que era realizar los mandados de una casa que ya no era la mía, pero de ahí al robo... Duele pensar que mi padre creía que yo era una especie de amenaza, de enemigo puertas adentro.
Cada día que pasa siento más temor a la Pilarcita. ¿Por qué? ¿Es pura obsesión mía, pura paranoia? Temo que nos vaya a desvalijar, a dejarnos en la calle, que por un terrible y oscuro principio de agresión nos vaya a hacer daño, su impulso por hacernos daño, que viene junto con el principio de desvalorizarnos para valorizarse, para lograr valorizarse ella, que se odia a sí misma, que no logra verse como un ser humano valioso. Horror. Todo es temor y horror. Todo es desvalorizarme: ya me doy cuenta de que es neurosis mía y paranoia, pero el dolor es idéntico a que si yo pudiera estar seguro de que no nos odia, que nos ama. Este odio que siento de ella es nuevo, sobre todo su odio por mí. Pero debido a sus orígenes —no genéticos necesariamente, sino más bien psicológicos— siento que tiene que ser una persona terriblemente confundida, con la identidad terriblemente deteriorada. Y no sé qué hacer, quizás las cosas mejoren con el nacimiento de su nuevo hijo, pero también su propia inseguridad puede crecer, y con ello crezca su necesidad de depredarnos y hacernos daño de cualquier manera que pueda o se le ocurra hacerlo, porque tiene causa, se dirá a sí misma, de más para hacerlo, incluso para el crimen.
Sí, sí, no puedo sufrir tanto, tengo que aceptar que todo puede no ser más que pura imaginación mía, pura paranoia, y nos ame y quiera nuestro bien. ¡Pero por Dios, qué difícil debe ser ella, pobre criatura, y cómo debe sufrir, y los venenos que tendrá adentro!
¿Adónde voy a esconder este cuaderno para que nadie me lo encuentre? Es urgente hacerlo, pero ella se ha metido en todo lo mío, todo lo mío me lo ha sacado, se ha metido en mi caja chilota para sacarme papeles —la mayoría referentes a ella, es cierto, ¿pero si los quería por qué no me los pidió?— de todas clases y ya no me queda nada. Me pregunto si no es ella la que me quitó el otro cuaderno gemelo a éste. No sería imposible que así se hubiera enterado de cosas de mi vida que yo quería que permanecieran en la oscuridad, o por lo menos lejos de su mirada tan perturbada.
Es increíble lo fea que se ha puesto y cómo se enfeece con ese peinado y su colorido. También una agresión en contra de sí misma y en contra de mí o de nosotros.
De repente, debido a mis obsesiones, se me ocurre que se me puede estar produciendo un Alzheimer.
A veces se me ocurre que María Pilar puede tenerlo, por lo repetitiva y obsesiva que se ha puesto, en realidad siempre lo fue, pero he notado que ahora último está muchísimo peor en este sentido y esta es justamente —la nuestra— la edad en que el Alzheimer se suele producir con mayor frecuencia.
No me puedo quedar dormido. Voy a seguir leyendo a Bruce Chatwin a ver si logro conciliar el sueño.
Nueva página donde intenta analizarme:
Me pregunto si la voracidad, la crueldad de Pilarcita con todo lo que sea plata no sea más que una forma de temor: robos, la prosperidad de «otros» chilenos, la decadencia y vejez nuestra; sí, sin duda es una forma de miedo, un deseo de dibujar su silueta incompleta con lo material que le hemos aportado, un huir fácil —y muy difícil— de todo lo que sea decadencia, vejez, simbolizado en nosotros, en la fragilidad de mi salud, en las depresiones de María Pilar. Prometerle más para más adelante. Ni un poco de ternura. No veo nuestra vejez apoyada por ella. Miedo a las borracheras de María Pilar. Miedo a la leyenda negra sobre mí que le puede haber llegado desde más de un lugar o dirección: Iván Vial, los Donoso Larraín, tantos otros voceros. ¡Pobre hija mía! ¡Pobres de nosotros, viejos y pobres y en sus manos!
Tenía un gran miedo a que yo lo descubriera... pero nuevamente estaba su contradicción al dejar su vida plasmada en tinta.
Un día desaparece un sobre lleno de fotografías antiguas y supone que he sido yo quien me las he llevado sin ninguna explicación. Todo le parece como su cuento «Átomo verde número cinco»:
¡Qué extraña sensación de explotación! Tampoco pude encontrar mi escobilla de dientes amarilla, y ni un solo tubo de pasta dentífrica en la casa.
Mi padre está viviendo por esos años un largo período de «seca literaria», asume que, en parte, se debe a que yo le ocupo todos sus pensamientos y está, según él, profundamente paralogizado, espantado, perturbado por los asuntos con respecto a mí y que por eso no escribe.
Habla con Hugo Rojas, su psicoanalista, sobre el tema. Rojas le recomienda que yo «aparte» las cosas que son mías, o a las que yo creo tener derecho, porque ellos nunca me han dicho «esto es tuyo» y «esto es mío», sino «todo es nuestro», pero a él le parece una manera elegante de decir algo feo:
¡Qué confusión de vida! Veo algo patológico en ella, la compulsión, sobre todo, con la que no tiene medida. Un momento muy tenso de mi vida, otro más que María Pilar no comparte como tal, sino que se encierra en su optimismo, en su capacidad de anular todo lo que no sea agradable, que es una de las cosas que más me separa de ella y menos me gusta. Está leyendo a Clarice Lispector, muy fascinada, lo que es positivo, me parece a mí, porque Lispector no es lectura fácil.
Yo seré por mucho tiempo el motivo de sus obsesiones y de los reflejos de sus propios fantasmas que lo acechan más y más a medida que envejece: el tema económico, su trabajo que cada día se le hace más pesado y que le exige un gran esfuerzo. Sigue escribiendo:
¿Recordará a José Ramón, Pilarcita? ¿Lo equiparará con Luis Morales Bellet, por ejemplo? No creo. Todo lo que tiene relación con el pueblo (Calaceite) conserva para ella un ámbito afectivo, de pureza, del paraíso perdido, aunque bien sé que, como la insultaban por ser adoptada, fue cualquier cosa menos un paraíso. Yo sé que sufrió mucho, cómo sufrió en Sitges debido a la estúpida de la Pili Conde, que le contó a todo el mundo que mi hija es adoptada y se reían de ella.
Como he dicho, lo extraño de todo esto es que mi padre nunca me hizo sentir nada de lo que veo reflejado en sus diarios. Menos, que llegaran a tal punto tanto sus persecuciones conmigo como la importancia que yo tenía para él en los períodos positivos, reflejo de un amor incondicional.
Tengo todo el cuerpo —toda el alma— adolorido y no me queda fuerza para nada. ¿Cómo voy a escribir con un drenaje tan importante y doloroso de todas mis fuerzas interiores, de todos mis recursos? No puedo. Creo que lo único posible es vivir fuera de Chile, fuera del alcance de la Pilarcita y de su maledicencia. ¡Maldito el día en que se me ocurrió regresar de España! ¿A qué, para qué? Es bien poco, fuera del dolor, lo que obtengo de vivir aquí. Esa gloria literaria, esa paternidad literaria que María Pilar estima debiera ser mi mayor recompensa, no significa absolutamente nada para mí al enfrentar todos los demás problemas.
En 1992 quedé embarazada de mi segunda hija, Clara. Concebirla fue muy difícil para nosotros: cuatro años de tratamientos de fertilidad bastante traumáticos y costosos. Para mi padre no existía, o no quería ver, esta nueva realidad. En diarios posteriores jamás menciona a su segunda nieta, sólo a Natalia, la primera, con quien creó cierto vínculo.
Creo que cuando regrese la Pilarcita la voy a confrontar con su falta de amor por nosotros. No sé si habrá pasado ya su tercer mes de embarazo y por lo tanto la guagua esté firme y pueda recibir un choque emocional. Espero que sí. Lo que sí voy a hacer en cuanto llegue es sacar cuentas junto con ella y, ahí, interrogarla. Va a ser doloroso pero tengo que hacerlo para aclarar la atmósfera. Que este silencio es un grito de guerra de su parte —la causa es que yo me he dado cuenta de sus sinvergüenzuras— no me cabe la menor duda, pero que tiene una compulsión depredadora conmigo, o con nosotros, y que es invasora y que nosotros no contamos para nada, y además de quitarnos una cosa detrás de otra, y de rechazarnos una cosa detrás de otra, nos invade, ocupa nuestro lugar, nuestro espacio, sin consultarnos; es decir, es otra manera de depredarnos, de desvalijarnos.
Respecto de su enfermedad, siente que no lo apoyo, que no me voy a hacer cargo cuando envejezcan, o bien de mi madre, en el caso de que él muera primero. Nunca fue así. Desde muy niña intuí que estos seres, en cierto modo frágiles, etéreos, creativos, veían lo práctico como algo inentendible. Asumí, siendo muy pequeña, el rol de madre de mis padres. Una vez, ya viejo, me dijo:
—Tú has sido más madre mía que yo padre tuyo.
De modo que con esta incertidumbre ante su propia vejez, escribe:
La Pilarcita —a mí, por lo menos, a quien le resulta más difícil sacarle plata que a María Pilar— no me quiere mucho. In fact, que me desprecia. Pero también es verdad que esta sensación la tengo con casi toda la gente que conozco y a quienes aprecio.
Mi padre teme reencontrarse conmigo después de las vacaciones de verano de 1992, en las cuales me mantuve distante emocionalmente para así conservar mi propio mundo. No quería ser invadida por sus constantes requerimientos y exigencias, aunque en su caso el reencuentro no fue lo esperado:
Llegó la Pilarcita, fea, narigona, ha engordado (está de cuatro meses), se peina mal, pero estaba simpática y me pareció increíble pensar lo que he pensado de ella estos últimos días. La Natalia, encantadora, y el Toby, inerte. Yo, bastante sordo. Le leí Alicia en el país de las maravillas a mi nieta, que es demasiado pequeña para ese libro y, sin embargo, se tendió conmigo por lo menos media hora para oírme traducir. Agradable, la quiero.
Como ya he dicho, él me pidió directamente que escribiera su biografía. El modus operandi era que nos sentáramos en su estudio largas horas para que yo grabase lo que él contaba. Era una conversación absolutamente guiada por él, diciendo lo que quería que pasara a la posteridad, jamás con franqueza ni mostrando sus flaquezas ni con la mirada hacia la realidad. Su idea era que yo escribiera lo que él me decía y nada más. Creo que él nunca imaginó que yo sería capaz de emprender este proyecto como lo estoy abordando ahora. Supongo, además, que me pensaba incapaz de embarcarme en la lectura de sus cuadernos como en la historia que esbozó: Los papeles le parecen demasiados, demasiado difíciles de leer...
De hecho, encuentro este comentario al respecto: Pilarcita, eternamente limitada de mente.
Su obsesión conmigo no termina ahí: también duda de mi impulso por ser madre; piensa que sólo me he embarazado por segunda vez, después de largos tratamientos, para probarme a mí misma que «puedo» y que una vez que lo he logrado no me cuido porque, en realidad, el niño no me importa nada ni la maternidad tampoco; que no me gustan los niños como, según él, yo admito.
Juicio lapidario, como siempre. Cree, además, que mi matrimonio no va a durar nada. Pero luego se contradice y señala que es mejor que tenga más hijos, pues hasta ese momento sólo tengo consanguinidad con mi hija Natalia; piensa que estoy muy sola y por ello debo conformar una familia grande.
En una carta llena de amor, cuando está pasando una temporada en Washington, invitado por el Wilson Center, me reconoce parte de sus paranoias y lo cruel que fue conmigo antes de partir: dudaba si dejarme o no a cargo de las finanzas de su casa.
Washington, 20 de enero de 1993
Me hace falta sentarme a contarte cosas y que me cuentes tú a mí, como algunas veces lo hemos hecho y me hace tanta falta.
Por la carta que nos mandaste, me da mucha pena saber que no me has perdonado. Es cierto que te he hecho sufrir, y tienes derecho a tus rencores, sobre todo en este caso cuando la crisis fue tan dolorosa para ti (y para mí). Pero te tengo que decir que estoy adolorido y arrepentido por el daño que te hice y asumo completamente mi culpa. Espero algún día saldar esa deuda contigo y que me perdones...
No sé si te aliviará que te explique algunas circunstancias mías. El año pasado, sabrás, tuve una larga y angustiosa crisis de paranoia general. No era sólo que creyera que tú me estabas destruyendo, era también tu madre, era la Claudia, era mi tía Berta, era la María, eran todas. Todas estaban conspirando de una manera terrible, me parecía, para destruirme. Lo analicé largo y tendido con mi terapeuta y llegué a tocar las raíces más profundas de mi propia inseguridad, de la que no culpo a nadie sino a mí mismo. En pocos períodos de mi vida me he sentido tan acosado por las mujeres (también por mis médicos, por mis hermanos, por mis amigos: Fernando Balmaceda, Jorge Edwards, Alberto Pérez) y tan frágil como para hacerme tambalear de modos que no analizaré aquí contigo. Pero sobre todo me dolía lo que te estaba haciendo a ti, y también a tu madre.
Se sabe que en las crisis psicológicas quien paga los platos rotos es siempre la, o las, personas más queridas, cuyo amor la imaginación lo transforma en deseo de destruirme a mí, a mi yo.
Tú, mi persona más querida, te transformaste entonces en objeto de mi temor, de mi miedo, y te construí como la imagen de la persona poderosa, capaz de destruirme. Sobre todo tú, porque eras el ser más querido. Y mi cariño por ti, como todo, como todos los cariños, tiene una parte de luz, p
