El recuerdo
1. Gente que ha estudiado cuenta que nuestros primeros recuerdos suelen ser de cuando tenemos tres años. Es poco lo que un chico de esa edad puede conservar en la memoria, y en general está vinculado a lo que por algún motivo considera importante. Una caída, perderse en una playa, el miedo a subir una escalera, tirarse al agua de una pileta donde espera el papá. El resto se escapa y queda condenado al olvido.
De esos tiempos, recuerdo a mis primos viendo fútbol por televisión y tratando de explicarme qué era un penal —es hora de confesárselos, Javier y Pablo: no entendí—. Me faltaba bastante todavía para saber de qué se trataba el fútbol, pero si me baso en la evidencia científica lo que sí capté fue que eso que estaba viendo era trascendente.
Y algo de entusiasmo habré mostrado frente a la tele en esos tiempos del Mundial 78, porque Javier convenció a mi tío Jorge de que ya estaba para ir a ver a Atlanta. Esta vez Joel, mi hermano menor, no iba a ser de la partida: algún control intermedio consideró que era demasiado chico todavía para la cancha.
Recibí la propuesta muy entusiasmado, como si estuviera a la altura de semejante circunstancia. Como en los sueños, no recuerdo de qué manera pero llegué con mi familia a la popular de Atlanta. Tuve suerte: con cuatro años, estaba en condiciones de que no fuera tanto lo que se perdiera por el colador que, a esa altura, es la memoria. Pero como puede pasar con los chicos, se dieron por sobreentendidas algunas cuestiones que hubiera sido necesario explicar. Por ejemplo, para que el debutante supiera que, a diferencia de lo que creía, el partido que se venía no lo iba a jugar él.
2. Una de las primeras sensaciones que viví en el Gran León fue el pavor, y bien sabemos que no sería la última vez. “Ahora hay que subir”, me explicaron mis primos, y empezaron a ascender por los escalones de la Popular. Con el escaso pudor que puede tener un chico de cuatro años aterrorizado por el vértigo, fui gateando mientras jadeaba, y me parecía que entre los tablones había espacios de un metro.
Quilmes era el rival ese 10 de septiembre de 1978. Obviamente yo lo ignoraba, pero se trataba de uno de los mejores equipos del momento y estaba por conseguir en ese Metropolitano el único título de su larga vida. Si la idea de mi familia era llevarme como talismán, no iba a tardar en decepcionarlos —y de nuevo, tampoco sería la última vez.
De entrada me quedó claro que la historia era complicada. No por el trámite del partido, que a duras penas entendía: cada vez que había una jugada de riesgo, los de adelante se paraban, me tapaban toda la cancha y no tenía manera de saber cómo terminaba todo.
En medio de mi dispersión, llegó la primera cachetada: a los 23 minutos, Horacio Milozzi, una leyenda de Quilmes, puso el 1-0 que ya no se modificaría. Evidentemente, me agarró pelotudeando. De otra manera, cuesta entender por qué, mientras los del Sur desataban su festejo en la tribuna visitante, le pregunté a mi primo Javier: “¿Y la repetición?”.
3. Aunque conservo muchas imágenes de aquel primer día en la cancha contra Quilmes, no podría asegurar cuál fue mi respuesta cuando mi mamá me preguntó, al regreso a casa, cómo la había pasado. Más allá de la previsible derrota, podría asegurar que disfruté de ese paseo inaugural en el que descubrí la palabra “cornudo”.
Sí, estoy seguro de que aquel chico lo disfrutó. Lo hizo de una manera diferente de la del adulto que soy, y que periódicamente vuelve al escenario de ese día en el que muchas veces lo importante quedaba tapado por las espaldas de los que se me paraban adelante. El tiempo me dio la posibilidad de crecer y saber qué era lo que había atrás —aunque a veces hubiera sido preferible mantenerse en la ignorancia.
Fuera y dentro de esa cancha, me alegré con las victorias y asumí como pude cada caída, con la piel cada vez un poco más curtida. Y si es verdad que se aprende más en las derrotas, los hinchas de Atlanta que nacimos de los 70 en adelante podemos dar cuenta de nuestra enorme sabiduría.
Bueno. Basta, bohemios. En algún momento la rueda de la frustración tendrá que parar y llegará el día —tiene que llegar— en el que la valentía de ir una y otra vez a buscar la felicidad consiga premio. Llegará, claro que llegará. Solo espero que estemos para verlo.
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La prehistoria
Acaso alguna vez te preguntaste por qué hay tanto equipo de nombre Atlanta o similar (Atlante, Atalanta) perdido por el mundo. Es hora de confesar que no todos nos homenajean, aunque estos sí sean los casos, por ejemplo, de Atlanta de Luján o de Atlanta de Young, en Uruguay (que tienen iguales colores y escudos muy similares al nuestro). La explicación primaria se remonta a la mitología griega, lo que permitiría concluir que la historia de nuestro club comenzó hace más de tres mil años. Una situación que nos haría largamente decanos del fútbol argentino.
Atalanta fue una heroína abandonada por su padre, el rey Atamante, disgustado porque esperaba un hijo varón. Criada por cazadores, se especializó en el manejo de las armas y se consagró a Artemisa, diosa de la caza, lo que implicaba mantenerse virgen. Era además la corredora más veloz del mundo, y cuando llegaban pretendientes les imponía un desafío extremo: una carrera en la que, si ganaban, podían tener acceso carnal a ella; en cambio, ella los mataba si perdían. Aparentemente Atalanta se ajustaba mucho a los criterios de belleza de la época porque, pese al alto costo de una eventual derrota y a su reconocida rapidez, le llegaban retos con regularidad. Y liquidó a todos los rivales (literalmente) hasta que la encaró un tal Hipómenes, que dispuso un plan digno de nuestro Osvaldo Zubeldía: arrojó manzanas de oro en el camino para distraerla, mientras él se enfocaba en provocarle su primera caída.
Como suele ocurrir a la hora de explicar una derrota sorpresiva, circularon sospechas: según versiones, Atalanta estuvo interesada por Hipómenes desde el comienzo y no puso toda su voluntad en ganar (esta es la primera presunta conspiración contra intereses bohemios, de muchas que veremos a continuación). Si alguna investigación lo confirmara, significaría que nuestra historia arranca con una caída luego de aceptar dádivas, y en la que no se dejó todo. Encima, sin televisación.
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Prehistoria reciente. Las pistas falsas y el barco de las canciones racistas
Que no se supiera con seguridad absoluta por qué Atlanta llevaba su nombre me generaba periódicamente raptos de indignación. Se lo planteé a Edgardo Imas, quien dedicó buena parte de su vida a reconstruir la historia del club, y se defendió casi como si fuera una acusación en su contra: argumentó que para cuando murieron los primeros socios él era muy joven, y que a partir de eso los testimonios perdieron precisión. Tenía razón Imas, uno de los pocos inocentes.
Como para liberar también de culpa a los pioneros bohemios, vale replicar lo que escribió Martín Caparrós sobre la génesis de Boca: “Cuando alguien empieza algo que será importante —una empresa, un libro, una revolución, un club de fútbol, un amor—, no sabe cuál será el resultado y, en general, no se preocupa por documentar esos inicios. […] Por eso se contaron tantas historias, se imaginaron tantas”.1 Ahora bien: ¿por qué ninguno de nuestros hinchas veteranos abandonó por un minuto el moscato o la porción de pizza de cancha en un partido de los 50 e interrogó a los fundadores sobre este tema? No lo hicieron. Y así, anduvimos durante años sin poder despejar del todo la incertidumbre en esta historia.
Emilio Bolinches fue quien propuso el azul y amarillo para la camiseta. Aunque en algún momento se dio por hecho que estaba inspirado en los colores de los toldos que usaban muchos comercios en los primeros años del siglo XX, cuenta Imas que hay una alta posibilidad de que las casacas se hayan confeccionado con las telas que se consiguieron más baratas o que proveyó la casa Hirschberg y Cía., donde trabajaban algunos de nuestros fundadores. Don Emilio fue una gloria en el amanecer del fútbol argentino: después de fundar a Atlanta junto con un grupo de amigos, jugó en la Selección y en el medio hasta atajó una temporada en el mítico Alumni. Murió en 1977 y un año antes le hicieron una entrevista en Crónica, en la que se resaltaba la importancia de que pudiera “contar cómo fue esa gestación”. Irónicamente, Bolinches, que andaba por los 86, no confirmaba en la nota por qué hizo la moción por los colores ni qué movió a Fabián Orradre, otro integrante del grupo, a proponer el nombre “Atlanta”. O sea que para los periodistas parecía importante que Bolinches pudiera contarlo, pero dejaron las preguntas sobre el tema para otro encuentro. ¿Preferían esperar a que cumpliera 100, compañeros? Como para sumar indignación, en una nota del 7 de febrero de 1972 en Clarín, titulada “Atlanta paseó su Bohemia por medio Buenos Aires”, se consignaba que Bolinches seguía “muy pendiente” de Atlanta. Para luego remarcar: “Y por qué se le llamó Atlanta, nadie lo sabe”. Y sí: era difícil si nadie movía su colita hasta la casa de Bolinches para preguntarle.
Parece que por el barrio del delirio nació una hipótesis sobre la causa del nombre del club: la de un supuesto homenaje a la ciudad homónima en Estados Unidos por un terremoto devastador cerca de 1904. Eso contaba la nota de Ampelio M. Liberali en 1954 en El Gráfico, por el 50o aniversario de la fundación: “Atlanta. 50 años de bohemia”. El tema es que no hay información sobre cataclismos por aquellos años en la ciudad. Ni cerca. No la encontró Imas, que estudió los registros sísmicos del estado de Georgia, ni aparece algo semejante en las descripciones sobre su historia. ¿Qué movió a Liberali a difundir esa información falsa? ¿Su imaginación, llevada al papel? ¿Algún mitómano en la redacción de la calle Azopardo que le transmitió el “dato”? ¿Una declaración imprecisa o acaso delirante de alguno de los fundadores? (Liberali entrevistó a Elías Sanz, socio número uno y primer presidente del club, y a Bolinches, pero no citaba su testimonio para el tema en cuestión). Por lo que fuere, a raíz de ese artículo muchos repitieron durante años una fabulación.
La hipótesis que emergía como más razonable, finalmente, era que todo había comenzado con un barco que estaba anclado en Buenos Aires el día de la fundación: el USS Atlanta. El dato se deslizaba en artículos más cercanos a aquel bautismal 12 de octubre de 1904, con buena parte de los iniciadores de la historia en condiciones de aportar información. Pero mi obsesión del comienzo no terminaba de estar del todo satisfecha: sin una fuente directa que certificara esa historia, había margen para la duda. Y entonces ocurrió lo inesperado.
Fue en mayo de 2018, con la investigación para el libro teóricamente cerrada. A la salida de una charla de trabajo en Clarín, conversaba con Facundo Chaves, colega con el que pocas veces habíamos cruzado palabra más allá de lo que nos imponía la agenda laboral diaria. Él estaba en auto y se ofreció a acercarme hasta Villa Crespo. Desde luego, conseguí que habláramos sobre Atlanta poco después de habernos acomodado en nuestros respectivos asientos. Me sorprendió entonces con una revelación: su suegra era nieta de uno de los fundadores del club. Más específicamente, de quien había propuesto el nombre el día en que todo comenzó.
Poco después, entonces, conversaba con ella: era Marta Orradre, que terminó de despejar mis dudas. Aunque no llegó a conocer a su abuelo Fabián, heredó de él un fanatismo por Atlanta que mantenía a los 72 años. “Yo era muy apegada a mi abuela, que iba a todos lados con él. Y como era muy preguntona, siempre quise saber cómo había empezado la historia del club. Ella me contó que a él le había quedado registrado el nombre del barco y que por eso lo propuso cuando se reunieron para la fundación”, me relató, como para espantar cualquier incógnita.
El Atlanta integraba la Armada de los Estados Unidos, y a finales del siglo XIX y comienzos del XX patrullaba el Atlántico en nombre de los intereses del Imperio. Llegó a Buenos Aires cerca del 12 de octubre de 1904 para la asunción como presidente del conservador Manuel Quintana, y ya había dejado su marca en la vida porteña: notas del Buenos Aires Herald y del The Standard halladas por Imas informaban en 1901 sobre un partido de béisbol que sus tripulantes jugaron contra estadounidenses residentes en Argentina.
Pero para encontrar documentación sobre la vida a bordo del barco, hay que hurgar en un cajón de la Biblioteca de Nueva York, donde descansa el primero de cinco volúmenes del libro The papers of Will Rogers (“Los papeles de Will Rogers”). El tal Rogers fue un vaquero y pionero del cine muy destacado en Estados Unidos. Consultado para este libro, Christopher Clarey —editor de The New York Times— lo ubicó “algo por debajo de Mark Twain como humorista en la memoria colectiva, aunque muy recordado pese al paso del tiempo”. Rogers estuvo en Argentina en 1902 y pasó buena parte de ese tiempo en el Atlanta, detalle que ameritaba aprovechar un providencial viaje a la Gran Manzana para investigar sobre nuestra prehistoria, en medio del docto ambiente de silencio de una de las bibliotecas más importantes del mundo.
Will llegó a Argentina con 22 años para tratar de aplicar su conocimiento de las tareas del campo en un país en el que casi todo estaba por hacerse —incluido el club Atlanta—. No tardó en expresar su hastío sobre los nativos: “Lo que pienso de la gente de esta parte del mundo no se vería bien por escrito”, afirmó en una carta a sus hermanas el 21 de julio de 1902. Su bronca se reflejó también en un artículo que publicó el 7 de julio el diario Claremore Progress (que aún circula y tiene su redacción en el Boulevard Will Rogers), de su Oklahoma natal: “No creo que las insatisfactorias condiciones del país estén en la tierra, el clima o los recursos naturales. El problema es la gente, especialmente en la clase dominante. […] Los hombres que están en control son siempre lo peor del país, y se dice que el Gobierno es más corrupto que cualquier otro en el mundo”, comentaba Rogers sobre la administración que presidía el conservador Julio Argentino Roca. Y agregaba otro detalle familiar: “El país tiene una gran deuda y el valor de su moneda varía permanentemente”. Will venía de disfrutar de la convivencia con los marineros del USS Atlanta, a los que entretuvo con números de humor. “Pasé grandes momentos. […] El Atlanta estuvo aquí un par de semanas y yo prácticamente viví a bordo”, comentaba a sus hermanas, para luego detallar algunos aspectos vergonzantes de esos días: “Junto a los marineros aprendí las últimas coon songs”.2 Sí: en el Atlanta se entonaban como gracia canciones contra los negros, y sin que hubiera mediado antes una agresión verbal de hinchas de Chacarita o de Nueva Chicago. Rogers conservó además un diario satírico que imprimía la tripulación y se llamaba The Sea Lawyer (“El abogado del mar”), donde entre otras cosas se contaba la historia de un marinero pronto a desertar y se daban recetas de cocina.
Ya en 1903, se fundó en Buenos Aires por iniciativa de Enrique Romero Brest —uno de los padres de la educación física en el país— el club de señoritas Atalanta, aunque en este caso el nombre aludía directamente a la chica de las manzanas. En cambio sí hay relación con nuestra historia en el nacimiento de Independiente, según cuenta la web oficial del club.3 El 4 de agosto de 1904, un grupo de jóvenes excluidos del equipo Maipo Banfield se reunió para decidir su destino. “Algunos sugerían unirse a Atlanta Athletic Club, pero en medio del debate uno de los oradores reprochó enojado: ‘¡Qué Atlanta ni ocho cuartos! ¡Nosotros tenemos que tener un club independiente!’. Y Rosendo Degiorgi gritó exaltado: ‘Ahí está el nombre: ¡Independiente!’”. Al relato le surge una objeción obvia: Atlanta aún no había sido fundado. Pero Imas creía que aun así podía ser cierto. “Faltaban dos meses para la fundación de Atlanta, y los que lo crearon ya seguramente andaban con ganas de formar un club. Varios eran empleados de la tienda Hirschberg y Cía., que vendía telas, muy cerca del lugar de la reunión de los de Independiente”, explicó Edgardo. Subrayó además que el Rojo jugaría ante Atlanta su primer partido el 15 de enero de 1905, quince días después de haberse organizado como Independiente. Ganamos 1 a 0, y los muchachos del club que luego sería de Avellaneda y se convertiría en Rey de Copas anduvieron su propio camino. Allá ellos.
1 Caparrós, Martín, Boquita, Buenos Aires, Booket, 2012, p. 17.
2 N. del A.: El libro las define como “composiciones que, habitualmente de un modo peyorativo, se referían a afroamericanos, con estereotipos racistas llevados al extremo”.
3 clubaindependiente.com
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La fundación
El apartado figuraba casi todos los días en la sección “Sport” de La Prensa. Entre las carreras de caballos, el polo y la esgrima, estaba el fútbol con algunos resultados, el programa de amistosos y un subtítulo breve: “Nuevos clubs”. En aquellos años, fundar un club era un destino natural para los jóvenes que pateaban una pelota por las calles argentinas. Era también un deseo del Gobierno, que empezaba a ver el deporte como una vía para evitar “malas influencias” en los purretes. Elegían un nombre, unos colores y bañaban de institucionalidad al grupo.
El profesor de historia Julio Frydenberg, en su trabajo “Nuevos aportes en torno a la historia del fútbol argentino”,1 se encargó de desbaratar el estereotipo que vincula el origen de esos primeros clubes a pibes de clases bajas. Señaló en cambio a “jóvenes que trabajaban y/o estudiaban, sumándoles […] la ocupación de su tiempo libre en la tarea de construir el espacio del fútbol aficionado”. En ese tiempo, además, los inmigrantes y sus hijos buscaban hacer pie en un país nuevo para ellos, y tener un club fue parte de ese proceso.
Los que arrancaron con la historia de Atlanta fueron muchachos que en 1904 se reunían en Monserrat, en el Sur porteño, para jugar a la pelota en algunos de los potreros que eran parte del paisaje urbano. El español Elías Sanz, Trifón Poggio y Fabián Orradre, los más persistentes dentro de ese grupito en la idea de fundar el club, se sentaron a una mesa del café que quedaba en Alsina 775 y decidieron armar una reunión grande con ese objetivo, a pocas cuadras de allí, en Alsina 1134, la casa de Elías. Pero después se dieron cuenta de que no iba a haber sillas suficientes para las cerca de quince personas convocadas, y pasaron el encuentro a una plaza.
La economía argentina, como contaba Rogers, no estaba para tirar manteca al techo —práctica que, si importa mi opinión, siempre me pareció antihigiénica, además de estrafalaria—. La Prensa cuestionaba con acidez a Roca, que hoy es masivamente reconocido por su imagen en el billete de cien pesos y por la aniquilación de aborígenes durante la Campaña del Desierto (que dio impulso a su aparición en el billete). En su edición del último día de su mandato, el diario subrayaba “la cruel matanza de indios” y criticaba el manejo de la economía. “¿Cómo podrá la presidencia futura restablecer el orden en las finanzas si no conoce bien el profundo desorden en que las deja la presidencia saliente?”, objetaba.
Los primeros bohemios fueron para adelante el 12 de octubre, día en que Quintana iba a suceder en la presidencia a Roca, aunque la billetera flaqueara y las calles se colmaran de gente que participaba en los festejos por el cambio de mando. Finalmente el escenario de nuestra fundación fue la plaza de Concepción —hoy la plazoleta Alfonso Castelao—, en Bernardo de Irigoyen (entonces Buen Orden) e Independencia. Ahí conformaron la primera comisión directiva: Sanz, de apenas 18 años —más o menos la edad de todos los presentes—, fue nuestro primer presidente; el vice, Juan Escribano; secretario, Fabián Orradre; prosecretario, Luis Sagardoy; tesorero, Poggio; protesorero, Héctor Franco; vocales, Benigno Larrive, Juan José Enrich, Alfredo Giroud, H. Rapallo y Emilio Bolinches.
Los socios fundadores Juan José Enrich y Emilio Bolinches junto a Manuel Rodríguez, en una de las primeras fotos de la historia del club, entre 1907 y 1908.
La comisión eligió los colores de la camiseta. Y el nombre Atlanta, que “a todos les gustó y lo aceptaron enseguida”, aseguró Marta Orradre. Como otros porteños, su abuelo Fabián se había maravillado con el USS Atlanta, uno de los barcos que llegaron para el cambio de mando y anclaron en la dársena Norte del Puerto, cerca del lugar de fundación del club. Contaba La Prensa del 13 de octubre, en una nota titulada “Buques extranjeros en el Puerto”: “Los ocho buques de guerra extranjeros que ocupan el dique número 4 han sido objeto de la curiosidad popular […] y la concurrencia en los murallones no raleó un solo momento. Llamaban especialmente la atención […] los buques americanos por el orden y la limpieza que reinan a bordo de todos ellos”. Obsérvese cómo ya desde el vamos el periodismo le mezquinaba espacio a Atlanta al no mencionarlo directamente, aunque quedara claro que el barco estaba limpito.
La primera aparición de Atlanta en los medios: el anuncio de la fundación en el diario La Argentina el 27 de octubre de 1904.
Los fundadores fijaron en casa de Sanz la secretaría del club y decidieron que nuestra primera cancha fuera en terrenos del diputado Pedro Luro, estanciero y sobrino político de Roca, además de fundador del primer coto de caza del país, en terrenos que gentilmente le cedió su tío tras arrebatárselos a los aborígenes. Las tierras de la cancha eran en el barrio de Floresta, aunque hoy esa zona estaría entre Villa Luro (por Pedro Luro) y Mataderos, y nos fueron cedidas gracias a gestiones ante Antonio Graneros, administrador de Luro. Acerca de cómo contactaron estos chicos a un señor al que se puede adivinar como un avezado comerciante y qué le prometieron a cambio, surgen algunas dudas. Lo concreto es que obtuvimos ese primer terreno, en las calles que hoy son Juan Bautista Alberdi y Escalada. Y así empezó a andar el Atlanta Athletic Club.
1 www.efdeportes.com
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Una historia de valientes
De pibes que negocian con un cóndor para tener una cancha.
De un joven que llega de Lituania sin nada, se pone al hombro un club y se transforma en uno de los grandes dirigentes de Argentina.
De un crack que deja plantado en Europa al club que lo engañó y vuelve para jugar en Atlanta.
De otro que rechaza una plata que le hubiera cambiado la vida, porque no habría podido volver a mirar a la cara a sus compañeros. Y que después festeja un título con ellos.
De socios que se meten a salvar al club de un final que lucía inexorable, y que habría sido en parte su propio final.
De hinchas que saben que la felicidad está lejos, pero van a buscarla una y otra vez.
5
1905-1922
Los fundadores construyeron la primera canchita con maderas que Hirschberg y Cía. había cedido, amable pero involuntariamente —los pibes de la casa importadora de telas se las llevaban a escondidas al final de su turno—. A veces lidiaban con algún guardia “demasiado cabrero” que los hacía bajarse del tranvía, según les contaron algunos, ya viejitos, a Clarín en 1972. Con gran esfuerzo armaron el estadio, pero después los echaron y se fueron a otro terreno dentro de Floresta, en la primera de esas mudanzas que nos llevaron a tener el que es, sin lugar a debate, el mejor apodo conocido en el mundo para los hinchas de un equipo de fútbol. En ese tiempo de carencias en el que, según contaba Marta Orradre, “todos ellos pusieron un montón de plata”, lo que abundaba era el talento de nuestros futbolistas, y por eso después de la fundación llegaron pronto los desafíos. En el primero registrado, el 18 de diciembre, vencimos a Porteño 2-1. Después vinieron el mencionado de Independiente y muchos otros, pese al largo camino que había que recorrer hasta el Oeste de una Buenos Aires a medio hacer. La cuenta de Twitter @AtlantaRetro (que maneja con maestría Imas) recordó de esa época un incidente con el club Presidente Roca, que en enero de 1905 se quejó con vehemencia en el diario La Argentina de que no nos habíamos presentado a un amistoso: “El Atlanta, sin embargo, jugó con el Mariano Moreno, no obstante que el field del Presidente Roca está en buenas condiciones”. Como no consta que hayamos respondido la afrenta, aprovecharé para comentarle a esta gente un par de cuestiones: la primera es que entre jugar con un equipo que llevaba el nombre de un genocida (que para 1905 representaba al conservadurismo más rancio de la época) y otro que homenajeaba a un revolucionario brillante, no lo íbamos a pensar dos veces; y la segunda es que no existen, y en esto soy absolutamente literal, porque en efecto ya no existen. Ni el club ni sus socios. Así que bánquense esa realidad, donde quiera que estén, mejor de lo que se bancaron el plantón.
Ya en 1906 nos inscribimos en el torneo de Tercera Liga de la Argentine Football Association, antecesora de la AFA. Debutamos con una victoria, señores: 3-0 a Racing B el 22 de abril en Avellaneda. Siete días después, como locales en nuestra cancha de Floresta Sur, fue 3-1 a Estudiantes, por entonces de Palermo y hoy de Caseros. Al cabo, llegamos a semifinales, donde nos eliminó Gath y Chaves B con un 2-0, y debe haber sido la última vez en que una caída importante no desató una teoría conspirativa (aunque habría que ver qué dirían los muchachos de entonces si les pudiéramos preguntar). De esos días quedó un 9-0 el 3 de julio por la Copa El Diario a River. El equipo que enfrentamos en esa ocasión no fue, nobleza obliga, su versión superior, y todavía no era el Millonario sino el Darsenero, por la cercanía de su cancha de entonces con el puerto. También apareció nuestro primer gran goleador: Antonio Piaggio. Por la falta de algunas síntesis de partidos, no se puede conocer con exactitud qué número de goles marcó el centrodelantero, que en 1909 pasaría a Porteño y llegaría a la Selección. Según explica Imas, su promedio de gol en partidos registrados permite estimar que superó los 68 de Juan Antonio Gómez Voglino, nuestro goleador certificado. Así que sería Piaggio el mayor anotador, en lo que es otro agujerito negro en la difícil reconstrucción de nuestra historia.
A fines de ese año, ya con Trifón Poggio como presidente, nos fusionamos con el Club Atlético del Oeste, lo que nos sumó 35 socios (un montón para esos tiempos). Con ese aliciente arrancamos 1907 y el 28 de abril produjimos un gran hito con la goleada 21 a 1 a Independiente, en la que Piaggio se anotó con seis goles y José Orradre (hermano de Fabián) aportó un doblete. Aunque fue un partido por el campeonato, no enfrentamos al equipo principal del Rojo (los clubes podían anotar conjuntos en distintas categorías), lo que no impide, bohemio amigo, que le enrostres el dato a algún hincha molesto del Rey de Copas. Pero más importante fue conseguir el 10 de noviembre nuestro primer título oficial, al consagrarnos campeones de la Tercera Liga con un 4-1 a GEBA en Ferro.
Para 1908 empezamos a jugar en Segunda División y también ahí pisamos fuerte. Nos tocó la sección B (había cuatro en ese campeonato) y debutamos con un 9-0 a Continental A. Con trece triunfos, un empate y solo dos caídas, quedamos segundos, dos puntos debajo de River, que ese año iba a ascender por primera vez a la divisional mayor. A diferencia de lo que ocurriría más de un siglo después en Segunda con el mismo rival, no le pudimos ganar ninguno de los dos partidos: tras un 3-3 de locales, perdimos 4-0 de visitantes. Fue la clave que nos privó de ser líderes del grupo y acceder a semifinales. Por esos días festejamos nuestro primer título de Copas con la consagración en la Adolfo Bullrich, para equipos de la Segunda Liga. La final fue el 8 de septiembre y nos coronamos con un 2-1 a Instituto Americano de Adrogué, después de haber dejado en el camino entre otros equipos a Boca (por entonces también en Segunda) en nuestro primer choque oficial, con un 5-0 en Ferro.
Ese año también se volvió imposible seguir en Floresta y ya en 1909 empezamos a jugar en una cancha dentro del Parque Chacabuco. Crecíamos en lo futbolístico y en lo social, en medio de un país que padecía uno de sus períodos más sangrientos con José Figueroa Alcorta como presidente (cargo que asumió en 1906 por la muerte de Quintana). Se afianzaba como movimiento popular el radicalismo y también el anarquismo y el socialismo calaban fuerte en una clase o
