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Pasión olímpica. La llama sigue encendida

Fragmento

PRÓLOGO

La “varita mágica” de los Juegos Olímpicos

Empecé a hacer judo a los 9 años. Mis primeros grandes referentes eran aquellos que representaban a mi club en torneos a nivel nacional. Y mi primer gran sueño era llegar a ser como ellos, llevando nuestro deporte a un nivel que pocos podían alcanzar. Cuando empecé a competir, conocí deportistas que no solo representaban a su club o a su provincia, supe que, además, existía la posibilidad de representar a mi país, cosa que hasta el momento creía que solo en fútbol se podía hacer.

Comencé a conocer a los representantes nacionales de nuestro deporte y hasta tuve la posibilidad de entrenar con ellos, formando un lindo vínculo de amistad. Gracias a eso, descubrí lo que era un Juego Olímpico y lo que representaba para los deportistas amateurs. En 2004, seguí por primera vez los Juegos para alentar a aquellos compañeros que admiraba por estar en ese lugar. Ese lugar al que todos quieren llegar, pero solo unos pocos pueden.

En ese momento, viendo mi admiración hacia los deportistas que representaban a nuestro país y sabiendo que entrenaba todos los días, mucha gente me preguntaba si mi sueño era llegar a un Juego Olímpico. Mi respuesta era un rotundo “no”, acompañado de una risa, ya que de verdad la pregunta me parecía graciosa. ¿Por qué? Aunque yo siempre daba lo mejor de mí en cada día de entrenamiento, creía que un Juego Olímpico era algo que estaba más allá: realmente había que estar tocado con una “varita mágica” para llegar. No quería decir que fuera imposible, solo que no era algo que yo me había puesto como objetivo: podía llegar a suceder o no. Nunca me gustó pensar en un futuro tan lejano; prefiero hacer en el día a día lo mejor posible y que las consecuencias se vean en el futuro. No se trata de pensar lo que nos gustaría, sino de actuar en el presente disfrutando lo que hacemos. Después, lo que pase en el futuro caerá por decantación.

Luego de muchas gratas sorpresas que me dieron los torneos en los que iba compitiendo, llegué en 2007 al Mundial de judo en Río de Janeiro, torneo que me permitió la clasificación a los Juegos de Beijing 2008. En ese momento, me sentí tocada por esa “varita mágica” del universo y entendí que el trabajo diario había dado buenos resultados. Ahora sí había un objetivo real para una preparación con vistas al primer Juego Olímpico en el que iba a competir.

Llegó el día de la competencia en Beijing. Quería dar lo mejor de mí, no tenía pensado más que eso, pero unos minutos antes de mi primera lucha pasó algo increíble: una judoca con altas chances de medalla perdió con alguien que en teoría era de mucho menor nivel. Como la mayoría de la gente, yo estaba sorprendida. En ese momento, crucé una mirada con la técnica de aquella colega que había sido derrotada y ella me dijo: “Es judo y en estos torneos todo puede pasar”. Con esa frase, empecé a creer que no hacía falta ser la mejor ni la más experimentada; solo había que tener fe en una misma y en el trabajo realizado y eso podía llevarme a una medalla. O no, pero primero había que luchar.

Así, fui pasando luchas. Cada vez que salía del área de competencia había alguien que me esperaba para que pudiera contarles a mi familia y mis amigos cómo me iba sintiendo. Ese alguien era Gonzalo Bonadeo, quien junto a su equipo estuvo desde el primer momento haciendo el aguante como representante de aquellos que me estaban alentando desde la Argentina. Lo que más recuerdo de ese torneo son dos cosas: la sorpresa por la medalla de bronce y la promesa que tuve que cumplir por haber ganado esa medalla. Aquella loca promesa me hizo ir a un estudio —así nomás como estaba poscompetencia— a comer las hamburguesas más frías de mi vida, pero también las que mayor felicidad me dio comer.

Ese día de locura significó el comienzo de la gran amistad que hasta hoy tengo con Gonzalo. Allí conocí a la persona real (no solo al que veía en la TV) y me di cuenta de que compartimos la misma pasión por el deporte y, especialmente, por el deporte olímpico. Tan informado y comprometido está con cada deporte que hasta una vez se animó a ponerse el judogi y tomar una clase en la que incluso se dejó tirar… (a los dos días me llamó diciendo que le dolía todo). El compromiso no es sencillo, pero por estas cosas nosotros lo consideramos un gran referente del amateurismo y de los Juegos Olímpicos.

Tanta pasión nos llevó a compartir dos Juegos Olímpicos más: yo desde el tatami y él desde su rol periodístico. En Londres 2012 compartimos la tristeza de que se nos escapara una medalla por muy poco, pero esa experiencia me permitió conocerme más a mí misma y conocer también el entorno en el que nos manejamos los deportistas. Cuando el resultado no es el esperado, vemos quiénes son los verdaderos amigos. Siempre voy a valorar que después de dos horas de control antidoping, cuando salí del predio de competencia, ahí estaba el equipo de Gonza, firme una vez más para apoyarme y ver cómo me encontraba, para hacerme sentir que no estaba sola.

En Río 2016 compartimos la gran alegría de traer a la Argentina esa primera medalla dorada. Y obviamente repetimos esa promesa de ir al estudio y comer aquella hamburguesa tan fría como gloriosa. A ese torneo llegué con el valioso aprendizaje de todo lo que había pasado en mi entorno en los Juegos previos; por eso, estaba tranquila y sin presiones de ningún tipo. Sabía que todo podía pasar y también que tenía un gran equipo que siempre iba a estar para apoyarme cualquiera fuera el resultado. Eso fue clave para salir a la “guerra” con total convicción de dar lo mejor una vez más.

El camino posterior a Río fue algo diferente. Mi idea no era seguir compitiendo, pero acá estoy: entrenando, estudiando, trabajando y ya clasificada a Tokio 2020+1. ¿Cómo se dio? Solo sé que sigo dando día a día lo mejor de mí en cada cosa que hago. Sigo disfrutando de cumplir ese gran sueño de representar y llevar mi bandera en mi espalda, un gran honor que solo algunos tocados con la “varita mágica” tenemos la suerte de hacer realidad.

PAULA PARETO1

1 Medalla de bronce en Beijing 2008 y medalla dorada en Río 2016.

Algún empujoncito y ciertas complicidades

Cuando a uno le preguntan: “¿Usted es el papá de…?”, uno se anticipa y contesta con orgullo y cierto sentido de la apropiación: “No, Gonzalo es mi hijo”.

Este ejercicio tiene el encanto —y cierto misterio también— de no tener la más supina idea de los pormenores del trabajo, aunque conociendo a mi hijo, como tal, como padre, como periodista y como paladar negro para casi todo, puedo adivinar, por escribirlo así —y perdón por el neologismo— algunos “pormayores”.

Gonzalo nace al deporte antes que al periodismo, lo que no es novedoso para quienes se dedican a esta actividad. A los dos años y pocos meses ya le había enseñado que los jugadores de rugby del combinado universitario británico Oxford-Cambridge que aparecían fotografiados en la tapa de la revista Tercer tiempo eran Hadman y Jones y ya por esa época se paraba “como Perico Pérez” (arquero de River en la década de los sesenta) para “atajar” tiros libres.

Acompañar a su padre como referí de divisiones inferiores de rugby a los cinco o seis años los sábados por la mañana, así como hacerme pata a las cuatro de la mañana y luego en las correspondientes repeticiones (mediodía, cuatro o cinco de la tarde y noche) de la televisación de la final de remo de los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972 con Alberto Demiddi como representante argentino, en el entrañable Canal 7 todavía en blanco y negro, ya a los nueve años, pronosticaban algo parecido a lo que es su vínculo hoy con cualquier deporte.

Desde entonces y hasta ahora han pasado cuarenta y pico de años, y por nuestras vidas en común, montones de cosas.

Cuando yo cumplí, en 1968, uno de mis sueños periodísticos más codiciados, al cubrir los Juegos Olímpicos de México, jamás podía soñar con que mi hijo mayor sería algunos años después la mayor referencia que podía tener esta profesión en la cobertura de prácticamente todos los deportes que cada cuatro años integran el calendario.

Yo no le di una profesión a mi hijo, solamente algún empujoncito al principio y ciertas “complicidades” —como hubiera dicho Serrat— en cuanto al idioma y al periodismo después. Dicen por ahí que en lo suyo es el mejor. Y yo estoy de acuerdo…

DIEGO BONADEO2

2 Diego Bonadeo falleció en octubre de 2016. Este texto, escrito para la edición original de Pasión olímpica, se mantiene en su homenaje.

Palabras preliminares

Si vivir a pleno un Juego Olímpico puede definirse como un gran día con dieciséis pequeñas siestas, la experiencia de Río 2016 merece sintetizarse como única, irrepetible; casi guionada.

Esta que acaba de comenzar no es una reedición del —para mí— entrañable Pasión olímpica, aunque tampoco deja de serlo plenamente. La esencia de mi primer salto al vacío como periodista puesto a escribir un libro seguirá estando presente de la mano de las historias más importantes, esas que —aún reducidas en su extensión— no pueden dejar de omitirse, uno aspira a comprender por qué los Juegos generan lo que generan desde hace más de cien años. A partir de esa consigna, nada de lo que sea ineludible de aquellas historias dejará de estar en las páginas que siguen. Sin embargo, aprender a convivir con las contradicciones es una de las lecciones más profundas y complejas que nos da la existencia, reconozco que, por cada párrafo definitivamente eliminado de la obra original, vendrá la sensación de injusticia. Sepan disimular que aquello que sobrevivió al delete es tan importante como todo eso que ya no quedó en el papel.

Desde ya, la idea de sostener lo sustancial de Pasión olímpica como puente hacia este nuevo sueño apunta justamente a la esencia de cualquier historia: nada de lo que pasa ahora está escindido del pasado. Por mucho que queramos creer en la coyuntura y en esas cosas de la generación espontánea, siempre hubo un Beatle o un Stone que inspiró a un Twenty One Pilots o a un Arctic Monkeys.

A su vez, la reducción a una expresión respetuosa de cada capítulo de la obra original obedece al poder de lo que me tocó vivir durante los primeros Juegos Olímpicos disputados en América del Sur. En términos de energía, nada demasiado distinto de lo que experimentaron los miles de argentinos que convirtieron aquellas competencias en los Juegos celeste y blanco por excelencia, decididamente irrepetibles. Y hasta me animo a desafiar: aun si alguna vez fuésemos sede de una competencia semejante, jamás será lo mismo llenar estadios en casa con nuestra pasión de hinchas que haber convertido las tribunas de un estadio de básquet carioca en un 50 y 50 para un Brasil-Argentina inolvidable. O darle color y calor futbolero al Del Potro-Nadal del Parque Olímpico. Ni hablar de copar la parada en Deodoro para hacerle el aguante a Los Leones dorados.

Por cierto, así como no hubo anestesia que atenuara la pena por eliminar historias dentro de la historia, la puerta de acceso a Río 2016 será el deporte mismo; desde el primer día oficial de competencias. ¿Por qué la aclaración? Porque tan poderoso fue lo que vivimos en esos días que, aun antes de la ceremonia inaugural, teníamos la sensación de que ya habíamos vivido lo suficiente como para darnos por hechos. Desde llegar al IBC (International Broadcast Center, centro de prensa audiovisual) y que los multipoderosos referentes de la televisión mexicana murmuraran “ahí llegan los ricos” —tal el esmero del equipo de TyC Sports al diseñar e instalar nuestro espacio de trabajo—, hasta recibir la visita del entonces presidente Mauricio Macri un día antes de la inauguración (acudió primero a nuestro estudio por considerar que nuestra señal era la que realmente se identificaba con el olimpismo). Más allá de cualquier consideración política, esa elección fue la primera de muchas en las que otros protagonistas —los del deporte— nos hicieron sentir que seguíamos en un buen camino.

Tanto nos pasó durante las competencias que habrá que pedir disculpas por omitir prácticamente las sensaciones de una ceremonia de apertura que, sin la imponencia tecnológica de la de Beijing ni el encanto infinito de la de Londres, representó el primer gran desafío de una organización a la que, hasta el último día de competencias, se puso injustamente bajo sospecha.

En definitiva, atravesar la mínima imagen de aquellos días es como subirse a una moto sin frenos. Así me siento ahora, mientras explico en qué consiste este asunto de una reedición que no es una reedición.

Por tantas cosas vividas, este libro reducirá la extensión de los viejos capítulos sin eliminar definitivamente ninguno. Como muchas de esas cosas excedieron lo estrictamente deportivo, a cada vieja historia de aquella publicación le intercalaré un día de los Juegos de Río. Será algo así como un día a día fuera de sincro. O un viaje entre el pasado remoto caótico y el pasado reciente entrañable, excitante; tan generoso que nos confirmó la teoría de que, si lo soñás y estás ahí, eso que tanto deseás termina sucediendo.

Finalmente, una excusa ideal para convencerme de que, a veces, cuando vale mucho la pena, uno jamás termina de dar vuelta la hoja.

Más aún en este caso, en el que una de esas tragedias que la humanidad atraviesa de siglo en siglo se nos cruzó en el camino obligando a postergar demasiadas cosas. Al final de cuentas, que, en medio de una pandemia que costó millones de vidas y sesgó muchos más proyectos personales y laborales, lo de Tokio solo termine siendo una postergación muestra de modo brutal la fuerza, el poder y los recursos de que dispone el olimpismo.

RÍO DE JANEIRO 2016

Encendidos por nuestra llama interna

A fines de diciembre de 2001, la Argentina vivía una mezcla de sensaciones, todas horribles: enojo, desazón, angustia, desesperación. Mientras a pocos días de Nochebuena —con el llamado corralito como disparador y más de 30 muertos por la represión en la Plaza de Mayo como corolario— se esfumaba como un mal sueño el efímero mandato de Fernando de la Rúa, un rato antes de Año Nuevo nadie sabía bien quién era el presidente.

La gran paradoja que vincula esos momentos trágicos con nuestro deporte es que el 27 de diciembre en la Argentina no había presidente, pero se jugaba al fútbol. Y Racing salía campeón después de 35 años de abstinencia. La curiosidad argenta es perfectamente trasladable a cualquier otro país donde un episodio deportivo popular se imponga: cuando las corporaciones que conducen las principales disciplinas toman la decisión de que algo se juega en determinado lugar, no hay desastre que lo impida.

Desde principios del siglo XX se registraron decenas de episodios que van en línea con el citado. No casualmente hubo dos momentos específicos en ese período en el que “todo se paró”: de 1914 a 1918 y de 1939 a 1945; es decir, durante las dos guerras mundiales. Y hasta ahí: pese a que por esos mismos días se morían millones de compatriotas y a favor de que la contienda no afectaba su territorio, el Abierto de tenis de los Estados Unidos no se interrumpió por ninguno de los dos episodios y al de golf solo le quedó vacío el casillero de 1943.

Por lo demás, ni el más tremendo terremoto que afectó al país impidió a Chile ser sede del Mundial de fútbol de 1962, ni los miles de denuncias sobre violaciones a los derechos humanos torcieron el rumbo de Argentina 78. Así podríamos seguir horas y horas; páginas y páginas. Nada diferente se decía sobre Brasil a la hora del Mundial de fútbol de 2014. El combo entre denuncias de corrupción estatal, conflicto social y desguace institucional parecía comprometer de muerte al torneo; hasta se llegó a aseverar que las manifestaciones impedirían la llegada de los equipos a los estadios. No pasó nada.

Dos años después era el turno de Río de Janeiro para un compromiso mucho más complejo por dos razones fundamentales: un Juego Olímpico requiere infraestructuralmente mucho más que siete u ocho estadios modernos y, no tratándose exclusivamente de fútbol, nadie podría argumentar nada respecto de asuntos de interés público. En un caso, Mundial de fútbol, y en el otro, Juego Olímpico, pretender que quienes no llegan a fin de mes entiendan que se trata de una inversión y no de un gasto es una tarea inútil e innecesaria, ya que a la hora de las definiciones el cinismo lo puede todo. Y cuando corporaciones como la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) o el COI (Comité Olímpico Internacional) toman una decisión en sociedad con los que deciden en el país anfitrión, cualquier tortuga se convierte en Ferrari.

Aun a sabiendas de esta lógica, me pareció imposible que la nada que estaba en desarrollo del Parque Olímpico carioca en julio de 2014 se convirtiese en el corazón de los Juegos apenas dos años después. Durante un día libre del Mundial gestionamos visitas a las obras en desarrollo; pretensión estéril, ya que ni siquiera nos contestaron el pedido. Eso sí, desde afuera podíamos filmar cualquier cosa, sobre todo los múltiples carteles que anunciaban que, en ese lugar, se iba a construir algo. Puras promesas, pensé desde el fastidio más que desde la voz de la experiencia que me recordaba que, finalmente, las cosas se harían tal como se proyectaron. Y así fue.

En marzo de 2016, gran parte de la tarea estaba concluida. Gracias a las gestiones de Gerardo Werthein, presidente del COA (Comité Olímpico Argentino), y de Alejandro Lifschitz, responsable de Comunicación de esos Juegos para habla hispana, hicimos contactos claves con los responsables del Comité Organizador. A pocos meses de los Juegos, resultaba decisivo comprender la lógica de la organización, especialmente para quienes veníamos condicionados por la formidable gestión de Londres 2012, cuyo legado del Parque Olímpico está previsto que culmine más allá de 2021.

“No tiene sentido que nos comparen con Londres ni con Beijing. Esto es Río de Janeiro, Brasil, América del Sur. Nuestra ambición es ser lo mejor que podamos ser”. Algo así es lo primero que escuché de boca de los cuatro máximos referentes del Comité. Lo siguiente fue un reconocimiento a Lula da Silva, cuyo procesamiento que terminó proscribiéndolo para las próximas elecciones presidenciales acababa de comenzar: “Lula fue el hombre clave para conseguir la sede. En todo momento se puso delante de la candidatura y apeló a todo su carisma para lograr el apoyo de mandatarios de países muy influyentes”, coincidieron. Y lo último fue algo que me quedó grabado en la memoria y que sirve para cualquier empresa que uno encare: “El equipo perfecto no existe. Aspiramos a que nuestra gente sepa que va a haber errores y que terminemos siendo el grupo que más rápido supera esos errores”. Seguramente entre esos “errores” no figuraba este asunto de que la Villa Olímpica de Ilha Pura haya quedado como imagen símbolo del escándalo de Odebrecht, empresa que —justamente— desarrolló el emprendimiento que terminó de convencer a los emisarios del COI de que Río estaba lista para los Juegos.

Por cierto, el contacto con las personas más influyentes de la organización resultó clave para entrar en confianza camino a uno de los desafíos más exigentes que le tocaba a nuestro equipo del canal. Como nunca antes, todas las señales deportivas de cable se sumaron a la competencia, incluido el relativamente nuevo canal de deportes estatal.

En línea con esa lógica, durante un encuentro de poseedores de derechos (rightholders) realizado en Río, mientras los enviados de las demás compañías participaban de reuniones protocolares, nosotros nos dedicamos a entrevistar a la gente del Comité, recorrer instalaciones y hasta conocer la lógica de las llamadas “Favelas Pacificadas” que no eran sino espacios que el ejército había copado a fuerza de tiros respecto de los referentes narco. Nos habilitaron un paseo inolvidable por Santa Marta que, como casi todas las favelas cariocas, es dueña de una parte de las mejores vistas de la ciudad. Fue en Santa Marta donde Michael Jackson grabó parte del clip de su tema “They Don’t Care About Us” (“A ellos no les importamos”). ¿Premonitorio o provocador?

De todas las entrevistas, la que probablemente más influyó en nuestro vínculo con el público argentino camino a los Juegos fue la que tuve con el responsable de ticketing (venta de entradas). Para quienes se encargan de llenar los estadios, la venta de las localidades de los eventos denominados de alta demanda no es asunto relevante. Es raro conseguir entradas para las ceremonias de apertura y de clausura, las principales finales de natación y de atletismo o la prueba completa de gimnasia artística. Lo que importa y marca la diferencia es lograr algo similar con las fases clasificatorias de handbol o los torneos de rugby y de hockey, ambas disciplinas con escaso arraigo en Brasil.

La explicación fue clara y directa: “Estamos recibiendo muchas quejas desde la Argentina. Aficionados que reclaman porque el agente local vende solo entradas adosadas a pasajes aéreos y alojamientos. En algún caso piden 5000 dólares por cinco noches en Río, aéreo y cinco entradas random; es decir, les puede tocar tanto un partido de Del Potro como una primera fase de boxeo. Después de los norteamericanos y los franceses, la mayor afluencia de visitantes para nuestros Juegos vendrá de la Argentina y no queremos que eso fracase”.

Fuera del aire y en muy buen español, el mismo dirigente me pidió los datos personales para anunciarme, pocas horas antes, cuándo saldrían nuevas partidas de entradas y para qué deportes serían, de modo tal que el público argentino pudiese comprarlas por internet sin intermediarios que las vendieran a un precio grotesco. Hasta la mismísima Paula Pareto tuvo problemas para conseguir sus entradas. No solo se las cobraban con un sobreprecio absurdo para una jornada de judo, sino que, cuando les dijo que además de las de la mañana necesitaba las de la tarde —momento de las finales— le contestaron socarronamente: “¡Ah, bueno, te tenés fe!”. No es chiste. Y no tiene remate. Hay que tener cara para faltarle el respeto a alguien como la Peque que, encima, terminó ganando la medalla dorada. Como sea, a través de esta movida extraoficial muchos argentinos lograron disfrutar como nunca de un Juego Olímpico irrepetible (hasta que la Argentina llegue algún día a ser sede).

Estas palabras configuran una especie de “día cero” de los Juegos, una manera de reflejar toda esa energía —la llama interna— que nos permitió llegar encendidos al momento de la inauguración. Fueron días de enorme expectativa, de no saber si podríamos volver a hacer lo que tantas veces habíamos hecho, de flotar entre la certeza de trabajar como sabíamos y de sumar todo eso que soñábamos sumar, y la necesidad de estar atentos a los demás, a esa competencia enorme que, en el acumulado de las señales domésticas, sumaban más de 25 opciones a la nuestra.

Aquellos días fueron decisivos para aprender ciertas lógicas, conocer algo de esa geografía que convierte a Río de Janeiro en una mezcla de ciudad maravillosa con ciudad imposible y, sobre todo, hacerle el aguante a una organización a la cual se le tiró desde cada rincón del planeta y que, al final y previsiblemente, se la bancó con muchas menos fisuras que las auguradas.

Al fin y al cabo, nada podría haber salido mal en una competencia en cuya ceremonia inaugural Gisele Bündchen cruzó el Maracaná caminando como la Garota de Ipanema del siglo XXI.

“OLÍMPICO”

Alberto Laya, un prócer

La última vez que lo vi fue en la esquina de Marcelo T. de Alvear y Suipacha. El encuentro duró un suspiro. Culpa mía. No son pocas las veces en la vida en las que uno no baja un cambio y le dedica al momento el tiempo que merece. Él caminaba despacito bajo el sol sin saber que sería uno de sus últimos paseos. Yo me dirigía a la grabación de un programa de rugby para Telesport. Apurado, como casi siempre que voy a la tele. Alguna vez asumiré que eso es el estrés.

Alberto Laya me saludó con el afecto de siempre y prendió un cigarrillo como dispuesto a empezar una charla. Casi sin detenerme, lo abracé y ensayé una respuesta que enfaticé con la promesa de un pronto encuentro que jamás se produjo. Una semana más tarde, un recuadro al pie de la tapa del diario La Nación anunciaba su muerte debajo de un viejo retrato en blanco y negro, apenas menos desangelado que una foto carné. Creo que nunca digerí su muerte. Ni mi apuro del momento.

Alberto fue un prócer del periodismo especializado en deportes3. No recuerdo a nadie que haya escrito sobre deportes como él. Aún hoy, gracias a la recopilación hecha por Rafael Saralegui, puede encontrarse el libro con una selección de sus columnas4, publicadas en la sección “Mirador Deportivo” cada jueves durante décadas bajo el seudónimo de Olímpico.

Alberto fue mi primer jefe. Lo jubilaron como editor de Deportes apenas un par de años después de mi debut, en febrero de 1981. Lo retiraron por su edad y no por su talento; mucho menos, por sus sucesores. Como tanto fenómeno, Laya dejó herederos de capacidad inversamente proporcional a sus deseos de ser recordado.

De día, solo se lo escuchaba hablar peyorativamente sobre sus virtudes. Se refería a su columna como “la masturbación”. De noche, después de un par de whiskies, confesaba que nada le importaba más que ese texto que cada miércoles revisaba en el taller de edición como la madre primeriza que no soporta estar ni un segundo sin chequear la respiración de su bebé. Alberto escribía con una virtud mágica e indiscriminada. Alguna vez —a pedido de Fernando Niembro si mal no recuerdo— dedicó una columna a un relator colombiano —Pache Andrade— que había llegado a la Argentina para, muy infructuosamente, cubrir el espacio dejado en Radio Mitre por Víctor Hugo Morales. El texto se tituló “La voz”. Allí, Laya hablaba de una voz celestial, única, capaz de ocupar todos los espacios. Poco que ver con el pobre Pache, que debutó confundiendo durante buena parte del primer tiempo a los jugadores de River con los de San Lorenzo, nada menos.

Al igual que Dante Panzeri, Laya marcó a fuego una época y un estilo. Amigos y adversarios elevaron a niveles inimaginables un oficio caracterizado por la vulgaridad, la ignorancia y la torpeza expresiva. Uno, desde la sutileza y la ironía fina; el otro, desde las vísceras. Algo así como los Borges y Bioy Casares del periodismo deportivo. Alberto fue, por encima de todo, periodista. Aun por encima de la familia y del dinero. Y por encima de todo, periodista de diario. Un purista obsesivo del idioma.

Todavía puedo escucharlo explicar que no se entra “a” sino “en” un lugar. Que no se dice “detrás mío”, sino “detrás de mí”. Que nadie va “rumbo a Europa”, sino “para Europa”, ya que el término “rumbo” indica una orientación cardinal y no un destino fijo. Que “adiestrador” no es sinónimo de “entrenador” o “director técnico”, porque no se adiestran seres humanos sino animales. Y que presea es sinónimo de medalla, pero que, aun siendo el español un idioma tan rico, es mejor evitar ciertos términos. “Vea, hijo, presea es una palabra de mierda. Repita medalla las veces que quiera, pero no use presea”, me sugirió alguna vez con la misma contundencia con la que insistía que el queísmo es tan malo como el dequeísmo, solo que tiene mejor prensa.

Quienes amamos el periodismo gráfico mucho más que lo que el periodismo gráfico nos ama a nosotros llegamos hasta el punto de tener una reacción casi de alergia cuando leemos algo mal escrito. En mi caso, la culpa es de Alberto Laya. De él aprendí también varios asuntos relacionados con el olimpismo bien entendido, siempre con algún fundamento.

Una medalla olímpica no es de oro ni de plata, sino dorada o plateada. Aun en tiempos de héroes millonarios por su condición de tales, el olimpismo sostiene una esencia amateur, por ejemplo, en sus medallas. No solo se considera al oro y a la plata como un premio en metálico —no así al bronce—, sino que, teniendo en cuenta la cantidad de oro usado en su elaboración, las medallas acuñadas, por ejemplo, para los últimos campeones olímpicos no valdrían en una casa de empeño más de 1500 pesos argentinos.

Olimpíada no es sinónimo de Juego Olímpico, sino que se denomina así justamente al período de cuatro años entre un Juego y otro.

Decir que, en saltos ornamentales, lo que se evalúa es que el clavadista salpique la menor cantidad de agua posible es una reducción infantil que nos remite a la pileta del club, cuando nos tirábamos de bomba para molestar a esa chica de nariz respingada que tanto nos gustaba. No salpicar es la consecuencia habitual de una de las grandes virtudes de esos deportistas: la entrada en el agua con el cuerpo bien extendido y lo más perpendicular posible a la superficie.

No existe el récord mundial en remo. Es imposible imponer un tiempo como registro absoluto cuando cambian las condiciones no solamente de un torneo a otro —pruebas en un lago, en un río o en un canal aliviador—, sino que el viento mismo puede modificar brutalmente las características de una regata respecto de la otra en cuestión de minutos.

Los viejos maestros del atletismo jamás hubieran permitido que se estableciera como real el concepto de récord mundial de maratón. Jamás un recorrido es parecido al otro. Los 42 kilómetros y 195 metros de Berlín no se parecen a los de Londres ni a los de Nueva York donde, además, los dos kilómetros finales dentro del Central Park son de un sube y baja casi sádico para el último esfuerzo de los atletas.

Lo que nunca pudo explicarme Alberto es por qué no viajé a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en 1984. En marzo de ese año me invitó con un café en el comedor del diario, por entonces en el edificio de Bouchard 557, al lado del Luna Park. Lejos de cualquier solemnidad —no era su estilo—, pero en tono muy bajo —como si me estuviese confiando una infidelidad a la esposa que ya no tenía—, me dijo que me había designado para viajar a esos Juegos. Creo que a mis 21 años no era ni un poco consciente de lo que eso significaba. Tampoco lo comprobaría, ya que jamás me subí al avión.

3 El día en que, en diciembre de 1983, salí a la calle para cubrir las elecciones que ganó Alfonsín, supe que el periodismo deportivo no era una profesión sino una circunstancia.

4 Laya, Alberto, El mirador de Olímpico, Academia Nacional de Periodismo, 2007.

RÍO DE JANEIRO 2016 - DÍA 1

Ser olímpico todos los días

El primer día de competencias siempre representa un desafío extraordinario para quienes realizamos coberturas televisivas. Para empezar, la noche que va desde el final de la ceremonia inaugural hasta el comienzo de la primera especial

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