INTRODUCCIÓN
LA «PERRITUD» DE LOS PERROS

¿Quién es este?
¿Por qué está acurrucado a mis pies, con esa postura que recuerda a un cruasán, mientras escribo? ¿Cómo he llegado a cogerle cariño a este olor suyo, a su cálida —aunque un tanto ofensiva— acritud? ¿Y cómo ha llegado su aliento —que apesta a pescado— a convertirse en motivo de chistes cuando mis amigos vienen a casa a cenar? ¿Por qué pago más de mil libras al año por su seguro médico? Y, sobre todo, ¿por qué lo quiero tanto?
Ludo no es nada del otro mundo. Solo uno más de los quinientos mil perros labradores que hay en el Reino Unido (si viviera en Estados Unidos, sería uno entre un millón. Los labradores son los perros más populares en los dos países). Es como todos sus hermanos de raza. Le encanta jugar a la pelota y, como su propio nombre indica, es un retriever consumado.[1] Podría comerse, además, toda la comida del universo y no dejarle ni una migaja a sus congéneres. Es propenso a la displasia de cadera y luce especialmente bien sobre un lecho de felpa, en una casa con calefacción central, muy lejos de la gélida Terranova, de donde procedían sus antepasados.
Pero, por supuesto, Ludo es, para mí y para el resto de su familia humana, un animal único: un señor mayor de doce años y medio, por cuyo bienestar estaríamos dispuestos a hacer casi cualquier cosa. No nos importa acabar empapados mientras intenta husmear en cada rincón de Hampstead Heath. Nos gastamos una verdadera fortuna en él y jamás nos manda una nota de agradecimiento.[2] Programamos nuestro día a día en función de sus necesidades: sus comidas, sus paseos, la recogida de su medicación (tiene epilepsia, el pobre). Cuando no está con nosotros (cuando nuestros hijos se lo llevan el fin de semana, por ejemplo), deja en la casa un enorme vacío. Me siento muy afortunado de compartir mi vida con él. Solo Dios sabe cómo nos las arreglaremos cuando muera.
Este fin de semana visitaré Discover Dogs, en un recinto ferial del este de Londres, para ver a los perros participar en pruebas de agilidad y obediencia sobre un ring, y tendré la oportunidad de encontrarme con más de doscientas razas diferentes, algunas de las cuales cabrían en mi bolso y otras a duras penas en mi coche. Tendré ocasión también de comprar una enorme cantidad de parafernalia, de chorradas, la mayor parte de lo cual no se ha concebido, claro está, para los perros, sino para los humanos; cosas como pinturas al óleo, ropa y artículos para el hogar relacionados con los perros y que se anuncian con eslóganes del tipo «Si él no es bienvenido, yo tampoco», «Los perros dan felicidad; los humanos no tanto» y «Preferiría estar paseando a mi schnauzer». Para compensar el hecho de que las mascotas de la familia no están permitidas en este evento, el viernes siguiente Ludo asistirá a una proyección de Rocketman en el cine Exhibit, de Balham, en el sur de Londres. Aunque no es especialmente fan de Elton John (en realidad le gusta escuchar cualquier cosa, siempre que no suene como un aspirador), seguro que disfrutará, sentado en su propio asiento, junto al mío, con su manta y sus golosinas pupcorn, esas palomitas para perros. Todos los canes que asistan a la proyección tendrán entrada gratuita «a cambio de dejarse querer por el personal», y las luces de la sala no se apagarán del todo para no angustiarlos.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí, cómo es que el perro se ha convertido en el amo del cotarro? ¿Cómo hemos llegado hasta el punto de que los perros vayan al cine? ¿Cómo y cuándo nos dimos cuenta de que nos serían de gran ayuda no solo en la caza, sino también en la desactivación de bombas y la detección del cáncer? ¿Cómo hemos llegado los humanos a consentir tan tranquilamente que nuestra vida doméstica —nuestros horarios de trabajo, la limpieza de nuestras alfombras, nuestros planes para las vacaciones— estén determinadas por las exigencias de un animal que solía vivir fuera y valerse por sí mismo? ¿Cuándo —y por qué— el comodón que se recuesta en el sofá reemplazó al buscavidas y al carroñero?
Este libro estudia el desarrollo y la manifestación, a lo largo de los siglos, de este formidable vínculo de interdependencia, y las transformaciones que ha originado en tantos millones de vidas, humanas y caninas. Si es verdad, al menos en parte, la afirmación de Nietzsche de que «el mundo existe gracias a la comprensión de los perros», entonces quizá también sea cierto en parte que un estudio de los perros puede proporcionarnos un conocimiento más valioso de nosotros mismos.
¿Qué hace aquí?
¿Por qué este hombre da palmaditas en la mesa mientras mira fijamente la pantalla y, de vez en cuando, suelta un suspiro tan sentido? ¿Cuántas veces se va a levantar para prepararse una infusión y distraerse? ¿Por qué calcula tan mal el tiempo cuando se trata de mi almuerzo? ¿Por qué este colchón de espuma viscoelástica que me compró no conserva la forma en que me acurruqué tan plácidamente anoche? ¿Por qué me siento tan afortunado de conocerlo?
El antropomorfismo de los perros no es algo nuevo. Tengo en mi escritorio una foto de un labrador negro del siglo XIX vestido como un lord, con traje y sombrero de copa (y fumando en pipa). Los perros parlantes han sido fundamentales en las películas casi desde el nacimiento del cine sonoro. Sin embargo, la confabulación entre el perro y el ser humano nunca ha estado tan extendida, ni ha sido tan imaginativa y desconcertante, como hoy en día. La naturaleza de nuestro vínculo —nuestro compromiso mutuo— parece haberse reforzado notablemente en los últimos cincuenta años —entre otras cosas, gracias a los avances en las investigaciones genéticas, que han facilitado nuestra comprensión de los perros desde el punto de vista científico—, y la interpretación sociológica del comportamiento canino ha enriquecido con nuevas posibilidades nuestro pacto mutuo. Como si nos lanzáramos a bailar, llenos de empeño y desinhibidos por la bebida, nos abrazamos a nuestros mejores amigos en un rapto de éxtasis y felicidad.
No obstante, tal pasión es a veces un tanto insana, por desgracia. Junto a mi lord victoriano, tengo también una foto de un perro ataviado con una gorra plana y gafas que se parece a Samuel L. Jackson. En mi ordenador guardo, asimismo, fotos de perros que leen, navegan y montan en bici. Y soy consciente de que hay algo que no está bien, desde el punto de vista moral, en estas imágenes, pero me resulta difícil no añadir más a la carpeta, por lo absolutamente adorables que me parecen cuando los veo así, intentando dar lo mejor de sí mismos.
Todas las semanas recibo un correo electrónico de la revista estadounidense Bark[3] con el asunto «Smiling Dogs». Cada mensaje contiene al menos dos fotos de hermosos sabuesos sonrientes; las últimas corresponden a Baxter («Baxter tiene una personalidad chispeante, le encantan la comida, tomar el sol, salir de excursión al aire libre y los arrumacos») y a Chad («Este chico tan apuesto puede parecer un poco distante al principio, pero eso es lo que lo hace tan misterioso y encantador»). Por muy atractivos que resulten, no están realmente sonriendo. Pero los editores de Bark saben muy bien que los más fotogénicos suelen salir mejor parados, porque la mayoría de los perros que aparecen en los correos electrónicos buscan nuevos hogares tras sufrir duras experiencias.
Los nombres que ponemos a nuestros perros se parecen cada vez más a los que les pondríamos a nuestros hijos. Por cada clásico Fido hay una nueva Florence; por cada viejo Major, un nuevo Max.

El Gobierno que nos merecemos: Pluto, el ministro de Trabajo y Pensiones, afirma: «¡Estoy ansioso por empezar!». Con permiso de Private Eye Magazine.
Pero esto no era así hace treinta años. Actualmente, abundan los perros con nombres de héroes humanos. Nelson sigue siendo popular, pero pronto veremos muchas Gretas. ¿Que tienes una perra llamada Taylor? Ten por seguro que habrá por ahí un macho que se llame Swift. A los abogados les gusta llamar a sus perros Shyster;[4] los arquitectos, por su parte, prefieren Zaha, y hoy en día los parques están llenos de jóvenes Fleabags.[5] Solo en el hiphop la tendencia es la contraria, la de adoptar nombres artísticos en los que el perro y sus atributos son los protagonistas: Snoop Dogg, Phife Dawg, Nate Dogg, Bow Wow.
Cada vez utilizamos más a los perros para describirnos a nosotros mismos. Un entrevistador radiofónico despiadado es un rottweiler; uno más dulce, un caniche (o un cachorro). Los personajes simpáticos y leales que aparecen en las novelas son afables labradores. Los hombres corruptos de la ciudad, pitbulls. De una persona que no da el brazo a torcer se dice que lucha como un terrier, y a los detectives que persiguen a su presa se los llama sabuesos. No sigo, porque ya has pillado la idea, ¿no? Y cómo no ibas a pillarla, si eres tan rápido como un galgo y tan listo como un perro pastor.
Llevamos mucho tiempo utilizando a nuestros amigos caninos para describir nuestras acciones y emociones. Después de trabajar como un perro estamos cansados como un perro. Nos sentimos más solos que la una, pero también más que un perro. Tenemos un humor de perros cuando hace un día de perros, o cuando pasamos más hambre que el perro de un ciego. Nos emperramos, defendemos nuestras convicciones a cara de perro y, si no conseguimos lo que queremos, nos cogemos una perra. Somos como el perro del hortelano, o los mismos perros con distintos collares, aunque, también, más raros que un perro verde. Nos llevamos como perros y gatos hasta que, muerto el perro, se acaba la rabia. Somos astutos como un perro viejo, nos aperreamos de puro aburrimiento y practicamos sexo en la postura del perrito.
Estoy dando los últimos retoques a este libro en abril de 2020, con la amenaza omnipresente del virus, y Ludo es el único de nosotros que no parece angustiado, sino más bien exhausto. La pandemia, como todos sabemos a estas alturas, ha sido perversamente bondadosa con los perros; ahora rara vez están solos en casa, y se los pasea casi más de lo que pueden soportar. Los amigos y vecinos te lo piden prestado; si tienes un perro, estás autorizado a salir a la calle. Las protectoras y las perreras han confirmado un aumento de las consultas sobre adopciones. El recinto que solo unos meses antes acogía Discover Dogs es ahora un hospital con cuatro mil camas. Las redes sociales están atestadas de vídeos y dibujos animados sobre perros de la COVID-19; el comentarista deportivo Andrew Cotter ha convertido en estrellas a sus adorables labradores, Olive y Mabel, a raíz de su lucha por la supremacía durante el encierro. Los dueños de perros que viven solos agradecen más que nunca su compañía y consuelo. Pero la situación también ha traído preocupaciones adicionales: hoy, más que nunca, me asusta que Ludo se ponga malo; su comida habitual, procedente de Alemania, escasea, y esas bolsas que huelen fatal son muy difíciles de abrir sin lamerse primero los dedos para separar la abertura.
Aunque nunca hayas tenido un perro, aunque solo los conozcas por los eventos caninos que retransmite la televisión, sabrás, seguro, que nuestra relación con ellos es rica, diversa, desconcertante y complicada; tan rica, diversa, desconcertante y complicada como las relaciones que mantenemos con nuestros semejantes. Los perros forman parte no solo del hogar, sino también —y cada vez más— de la familia. Sin duda, estamos ante la conexión más estrecha de la que somos capaces con una especie que no es la nuestra.
Este libro examina nuestros esfuerzos, los de los humanos, por perfeccionar esta relación, por crear el animal perfecto, por dotar al perro de un comportamiento similar al nuestro. En muchos sentidos, los perros se han convertido en una extensión de nosotros mismos. Albert Einstein observó en una ocasión que Chico, su fox terrier de pelo áspero, además de una gran inteligencia, podía guardar rencor. «Le doy pena porque no paro de recibir correo; por eso intenta morder al cartero». Este enfoque —que solo los sociólogos se empeñan en calificar de antropomórfico, porque los que amamos a los perros lo consideramos un comportamiento del todo aceptable— lo desaprueban la mayoría de los expertos en comportamiento animal, para quienes resulta inhumano. Pero seguimos manteniéndolo. De hecho, ahora lo mantenemos con tal convicción y naturalidad que no alimentar a nuestros perros con una dieta que incluya cúrcuma puede llegar a parecer una negligencia.
Cuando el cine Exhibit comenzó sus proyecciones para perros —y sus dueños— en 2017, los protagonistas de las películas eran por lo general los propios perros —La dama y el vagabundo, Isla de perros—, pero, en los últimos tiempos, los perros han estado viendo películas normales que solo en apariencia están relacionadas con ellos: Si la colonia hablara, La gran enfermedad del amor, ¿Podrás perdonarme algún día? Fuera de las pantallas y las salas de cine, los perros de hoy conservan todo su glamour hollywoodiense. Los envolvemos en pieles y collares con joyas, los convertimos en estrellas en Instagram.[6]
Este libro pretende, por encima de todo, ser una celebración de la inteligencia, la curiosidad, la belleza y la lealtad de los perros. ¿Escribirían ellos sobre nosotros en los mismos términos? No lo sabemos. Pero nos permitiremos dejarnos llevar por historias caninas reconfortantes y absurdas, tiernas y atemorizadoras, divertidas y graves. Asimismo, nos plantearemos algunas preguntas difíciles de responder sobre el modo en que los humanos tratamos en la actualidad a nuestros grandes amigos cánidos y adónde nos puede llevar esto. Por ejemplo, si el amor natural que sentimos por nuestras queridas mascotas no se estará acaso convirtiendo en una falta de respeto, y nuestro amor por la variedad y la novedad, en pura y dura explotación. A todos los criadores con los que he hablado les preocupa el futuro. ¿Es que hemos olvidado de dónde vienen los perros y cómo solían vivir? ¿Les proporcionamos siempre la mejor vida, o bien la mejor vida para nosotros? ¿Corremos el riesgo de que se pierda para siempre lo que la psicóloga canina Alexandra Horowitz ha llamado «la “perritud” de los perros»?
Y, bajo todas estas preguntas, alienta otra, la principal: ¿cómo hemos pasado de cazar junto al lobo euroasiático (entre otras especies de Canis lupus) a comprar una cama con calefacción eléctrica para el cavalier king charles spaniel (entre otras razas de Canis lupus familiaris)? Nuestro viaje será tanto cultural como científico, y nos llevará hasta Australia, Japón, Estados Unidos y —es inevitable— hasta Crufts, la exposición canina internacional que se celebra cada año en el NEC de Birmingham.
Por el camino, intentaré explicar el origen del cheagle (el cruce entre el chihuahua y el beagle) y del chiweenie (el del chihuahua y el perro salchicha), y la noción misma de «perro de diseño». Repasaremos la secuenciación del primer genoma completo del perro, y tendremos en cuenta los experimentos y teorías recientes más significativos que han aparecido en las revistas científicas. Nos preguntaremos si Charles Darwin no debería, tal vez, ser tan conocido por su trabajo sobre los perros como por su trabajo sobre la evolución, y analizaremos por qué Charles Dickens quería comprar una pistola para disparar al azar a los perros. Exploraremos también un solitario cementerio de perros y otros modos de honrar la memoria de nuestras queridas mascotas. También trataremos de entender por qué los grabados de perros jugando al póquer fueron en su día un éxito de ventas y por qué, si aún no lo has visto, tienes que buscar en YouTube «Ultimate Dog Tease», un vídeo en el que un perro llamado Clark se muestra una y otra vez decepcionado cuando su dueño se niega a darle las golosinas de tocino que tan claramente se merece, y que ha sido visto por más de doscientos millones de usuarios.

Una hermosa vida por delante: Ludo, cuando era un cachorro. Imagen del autor del libro.
Pero no soy psicólogo ni etólogo, y mucho menos genetista, así que he buscado el sabio asesoramiento de las mentes especializadas en estos campos. Mis indagaciones son de índole periodística y se basan en pruebas y en la observación, las mejores de las cuales las he obtenido y realizado gracias a los tres perros que se han sentado aquí, junto a mi escritorio, en los últimos treinta años: un basset hound llamado Gus, un labrador retriever amarillo llamado Chewy y mi labrador negro, Ludo. De modo que, lo advierto, me puedo poner tan ñoño como el mejor de ellos (y adoptar, en general, sus características; al fin y al cabo, en una reseña de uno de mis libros, publicada en el Sunday Times, me tildaron una vez de «eufórico perro trufero»). No puede uno coincidir con un perro bien educado durante cierto tiempo —pongamos que durante más de una hora— sin preguntarse un poco qué estará pensando, qué le da miedo, qué lo hace feliz y cómo podríamos pasar un rato divertido los dos juntos. (El libro tiene, lo advierto también, un sesgo deliberadamente positivo. Hay muchos perros con malas pulgas en el mundo —una vez me mordió uno mientras volvía en bicicleta del colegio, un pastor alemán. El resultado: vacuna antitetánica para mí, carta furiosa de mi padre, abogado, para el dueño—, pero he decidido centrarme en el lado armonioso de nuestra relación, que, felizmente, es el que predomina).
Un perro está estupendamente instalado en lo que el biólogo alemán Jakob von Uexküll llamó su propio «mundo egocéntrico», su Umwelt. O, dicho de otro modo —como se preguntó el primatólogo Frans de Waal en el título de su libro—: ¿tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? Al fin y al cabo, si un perro no puede comprender cómo funcionan nuestros sistemas temporales y monetarios, no es por falta de inteligencia, sino porque estas cosas carecen de relevancia en su mundo.
El tamaño medio del cerebro de los perros es aproximadamente un tercio del de un cerebro humano. Pero su nariz cuenta con más de doscientos millones de receptores olfativos, frente a los escasos cinco millones que tenemos nosotros, lo que da como resultado un conjunto de prioridades bastante diferentes. Alrededor de un tercio de la masa cerebral del perro se dedica a tareas olfativas, frente al 5 por ciento que destina a la misma función el cerebro humano. No puedo sino fijarme en cómo mi perro percibe el mundo mediante su orgulloso y curtido hocico. La precisión de su sentido del olfato le permite evaluar muy bien no solo su entorno y a sus congéneres, sino también a las personas: puede darse cuenta de quién teme a los perros y mantenerse alejado; recuerda muy bien quién le ha prestado una atención especial en el pasado y se asegurará de saludarlo con alegría y algún juguete en la boca; también se da perfecta cuenta de cuándo sus compañeros humanos están pasando por un mal momento y necesitan consuelo. A veces me pregunto si nosotros los tratamos a él y a sus muchos amigos con un grado comparable de perspicacia y respeto.
Una de las muchas cosas que nos atraen de un cachorro —además de la condenada ternura que despiertan— es su curiosidad. Les gusta hurgar en las cosas, en cualquier cosa. Este afán por experimentar y descubrir madura, pero no desaparece; los perros mayores oyen un ruido distinto de los habituales y siguen queriendo investigar de qué se trata. Este libro podría verse también como un perro que va descubriendo el mundo que lo rodea: ruidos anómalos, un entorno que cambia rápidamente y un interés y atención cada vez más grandes por parte de completos extraños. Esos extraños somos nosotros, que actuamos también como cachorros, descubriendo con una precisión cada vez mayor qué es lo que hace que un perro sea un perro y qué lo convierte en un compañero tan enriquecedor. Aunque, en realidad, solo seamos extraños para nosotros mismos: como propietarios y amantes de los perros formamos parte de una gran comunidad, y el vínculo que nos une a nuestras mascotas nos une también a millones de personas; es una humanidad compartida.
¿Cuál es, pues, la mejor manera de empezar nuestro estudio histórico de esta relación? Tal vez observando esos momentos en que los perros son intachables y los humanos están más en deuda que nunca con ellos.

Unos modelos complicados: Hockney, Stanley y Boodgie crean su mural de perros. © David Hockney/Richard Schmidy.
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LA IMAGEN INDELEBLE

Durante unos días, en febrero de 2019, Protein Studios, en Shoreditch, decidió colgar algunas imágenes a la altura de los ojos de los perros. La exposición versaba sobre «célebres perros de antaño», como los corgis de Isabel II, Laika, la perra espacial soviética, y Petra, la perra de Blue Peter, sentada ante una máquina de escribir y respondiendo a las cartas de sus fans. También había fotografías de perros «héroes», con ruedas donde una vez estuvieron sus patas traseras, e imágenes de los influencers caninos más fotogénicos de Instagram. La muestra, titulada «The National Paw-Trait Gallery» (el guion seguramente no hacía falta),[1] era una promoción del concurso «World's Most Amazing Dog» (El perro más asombroso del mundo) organizado por Facebook, aunque la definición de «asombroso» no estaba del todo clara, y cuando a un chihuahua de nueve años, procedente de México y que respondía al nombre de Toshiro Flores, lo nombraron ganador parecía tan asombrado como cualquiera.
Los perros se han retratado y expuesto desde siempre, desde que los humanos pintaban en las cuevas, y todos los galeristas, desde el Renacimiento al menos, han tenido muy en cuenta una verdad universal: cuelga la imagen de un perro en una pared y la gente acudirá moviendo el rabo. Cierto es, también, que, si se cuelga un número suficiente de imágenes caninas en un número suficiente de paredes, obtendremos un mapa bastante convincente de la relación entre los perros y los humanos a lo largo de milenios.
¿Qué podemos deducir de otras exposiciones recientes? En 2013 Gallery on the Corner, en Battersea, vendía obras de arte a beneficio del Hogar para Perros y Gatos del barrio que, en realidad, habían sido creadas por perros: unos hocicos curtidos empujaban un cuenco de comida por el suelo; el cuenco tenía una brocha adherida y el suelo estaba forrado de papel. Los canes eran bienvenidos, tanto a observar como a participar en la muestra, y muy especialmente, si tenían ganas de comprar.[2]
En julio de 2019 Southwark Park Galleries, en el sudeste de Londres, organizó una exposición similar. En el programa, la muestra se definía como «Arte contemporáneo. Elegido por los perros. Para perros y humanos». Se trataba de que los galeristas y críticos propietarios de perros escogieran sus obras favoritas relacionadas con ellos. Entre los artistas seleccionados, se encontraban Martin Creed, Joan Jonas, David Shrigley y Lucian Freud. Los grabados, los óleos, las películas y los fotogramas que mostraban a los distintos perros en situaciones muy diferentes no parecían, a primera vista, tener nada en común más allá del concepto, bastante artificioso, de la propia exposición, pero un segundo vistazo revelaba algo que sí compartían todos: eran, sin excepción, adorables. En ningún otro sitio se aprecia mejor nuestro amor por los perros, nuestra dependencia, la finalidad de su existencia junto a nosotros, que en un lienzo o una fotografía.
Las obras de Southwark Park Galleries forman parte de un noble panteón. Como cualquier otra galería importante, ofrece al espectador una época y un escenario caninos para cada estado de ánimo, y uno puede rastrear cómo ha ido cambiando la relación entre humanos y perros a lo largo de los siglos. El recorrido comienza en el siglo XV, con el perro como compañero de caza y símbolo de fuerza, y tras empezar por el animal como preciada posesión aristocrática terminamos ante perros ataviados con sombreros elegantes que cosechan millones de likes en internet. Los perros de Instagram no son menos significativos que los de la escena de la caza; ambos son imágenes creadas para el disfrute. Los perros han cambiado ligeramente —en complexión, en protagonismo y, sin ninguna duda, en cuanto a variedad—, pero su importancia para la imagen y para el creador de imágenes se ha mantenido constante.
Un paseo por las salas públicas y los almacenes de la National Gallery de Londres nos mostrará, al menos, unos doscientos cuadros con perros que parecen estar ahí por casualidad. Pero mirémoslos de nuevo; nos daremos cuenta de que muchos de ellos son los verdaderos protagonistas del lienzo, de que dominan sutilmente la imagen del mismo modo sutil que encantaron a su creador. Ese protagonismo confirma su importancia; incluso su presencia, a primera vista accesoria —por ejemplo, el pequeño grifón burgués de Bruselas al pie del retrato de los Arnolfini, de Jan van Eyck, pintado en 1434—, a menudo nos habla de cuestiones de peso, en este caso de la fidelidad y el orgullo. Como en Cristo clavado en la cruz, de Gerard David, pintado alrededor de 1481, con la figura central casi desnuda y postrada sobre la diagonal del lienzo, y con un perrito casi sin pelo en primer plano que olfatea una calavera, alegoría del destino y del porvenir. O en el retrato de Joseph Greenway, de Jens Juel (1778), un dandi en el bosque, con su perro de caza que lo mira con respeto y algo de temor, tal como debieron de mirarlo los tripulantes de los barcos mercantes de Greenway. O en la vista de la Piazza San Marco de Venecia que Canaletto pintó en 1756, donde se puede ver a un chucho desaliñado, que recuerda a un terrier, a los pies de dos nobles, esperando las migajas de los pasteles del Caffè Florian, a su derecha; cualquiera que tenga un perro reconocerá en este la esperanza.
Son perros circunstanciales, perros que meten la nariz donde no les llaman. Pero en otros lugares, en otros museos del mundo, los perros pasan a un primer plano y encontramos uno para cada emoción, para cada estado de ánimo. ¿Que deseas sentirte un aristócrata poderoso? Echa un vistazo a Los galgos del conde de Choiseul (1866), de Gustave Courbet. ¿Ver al perro como protector? Mira entonces Un niño en su cuna, vigilado por un perro valiente que acaba de matar a una enorme víbora (1801), de Jeanne-Elisabeth Chaudet. ¿O con una entrañable pose distante? Asómate al Retrato de un extraordinario perro músico, de Philip Reinagle, en el que el protagonista aparece con las patas sobre un teclado y el gesto de «¡estoy ensayando!» en su carita de spaniel (1805). Podrás encontrarte también con el desprecio absoluto del perro salchicha que orina sobre la figura central en El vendedor de cerillas, de Otto Dix (1920), y con el absoluto resplandor de los numerosos chuchos hiphop de líneas gruesas creados por Keith Haring. Una vez más, si uno se pone a buscar qué tienen todos ellos en común se queda con las ganas. ¿Por qué habrían de compartir algo más que el pelaje? Pero pronto aparece un hilo conductor: nos atraen por su calidez, su presencia consoladora, su propia y singular perritud. Por muy fundamental o escasa que sea su presencia en el lienzo, todos los cuadros parecerían incompletos sin ellos. Y dolorosos, también, como un corte en la articulación de un dedo.

Los bulldogs se solidarizan entre sí. Un amigo en apuros», de Cassius Marcellus Coolidge. Alamy/Keith Corrigan.
Una vez visité a David Hockney en su estudio de Los Ángeles, y, cómo no, hablamos de sus queridos perros salchicha, Stanley y Boodgie. Decía que eran difíciles de cuidar, que se distraían fácilmente con las visitas y con cualquier actividad en la cocina. Llegó a la conclusión de que no estaban muy interesados en el arte.
Hockney los ha sobrevivido mucho tiempo, como ha sobrevivido también a la mayoría de sus compañeros humanos más cercanos. En memoria de los primeros, creó un mural canino en su casa de Los Ángeles, un espléndido despliegue de calidez y afecto: perros acurrucados, perros panza arriba, perros dándose mimos en sus camitas suaves, perros soñadores con el hocico asomando por el borde de un cojín. Hay una fotografía especialmente conmovedora en la que se ve al propio Hockney, arrellanado en un sillón de rayas frente a esta enorme pared, mientras abraza orgulloso a sus dos perros, con más de cuarenta imágenes de ellos a su espalda. «No pido disculpas por el tema de estas obras —escribió en la introducción de un catálogo de sus retratos de perros—: estas dos pequeñas y queridas criaturas son mis amigos. Son inteligentes, cariñosos, cómicos, y a menudo se aburren. Me observan mientras trabajo, mientras observo las formas cálidas que crean cuando se juntan, y sus tristezas y sus alegrías». Contaba también cómo en un mundo atribulado necesitaba desesperadamente pintar algo tierno, afectuoso. «El tema no eran los perros en sí, sino mi amor por las pequeñas criaturas». Y esto es, claro que sí, lo que percibimos en casi todo el arte relacionado con los perros.
Otras pruebas del afecto casi asfixiante que los humanos prodigan a sus perros se encuentran en el Kennel Club de Mayfair y en el Museo del Perro del Kennel Club de Manhattan, depositarios de la mayor y más florida colección de arte canino del mundo. Vemos aquí al perro como héroe, como espécimen soberbio, como luchador y guerrero en los pasatiempos sangrientos con los que se divierten los humanos. La colección londinense cuenta con un gran número de trofeos y certificados de campeonatos procedentes de exposiciones caninas que se han celebrado durante más de un siglo, así como con una amplia gama de fotografías que retratan a humanos orgullosos y devotos junto a perros orgullosos y agotados. Hay miembros de la realeza, plebeyos y un gran número de personas excéntricas vestidas de tweed y zapatos brogue que no lograron auparse a lo más alto. La colección también documenta de forma elocuente los diversos y cambiantes roles que desempeñaron los perros en la Inglaterra del siglo XIX, desde sus numerosas escenas de persecución y caza hasta un grabado de 1823 de Billy, el célebre cazador de ratas (un terrier, seguramente, un campeón indiscutible que aparece en un ring matando cien ratas en poco más de cinco minutos). El retrato más conmovedor y más eficaz, desde el punto de vista narrativo, de cómo el perro como mascota doméstica estaba robándole el puesto en nuestro corazón al perro como animal de trabajo es el cuadro de Richard Ansdell Mamá, cómprame un perro, de 1860. Muy influenciado por Landseer, y expuesto originalmente en la Royal Academy, muestra a un hombre con el rostro curtido y la mirada endurecida, junto a una gran columna en lo que parece ser un mercado en una ciudad. En una mano sostiene un perro blanco y minúsculo con un lazo rojo en el cuello (tal vez un caniche mezclado con un carlino), mientras vigila lo que podría ser un spaniel al que sujeta con la otra mano. A sus pies hay dos perros de trabajo más grandes y abatidos. El mensaje es claro: su tiempo en el campo ha pasado y ya no son aptos para el servicio.
La colección de Manhattan se trasladó a su nuevo hogar en Park Avenue a principios de 2019, después de pasar muchos años en los suburbios de San Luis. Contiene el tipo de fruslerías caninas que harían las delicias de cualquier tía abuela (figuritas de porcelana, trofeos de caza de peltre), pero también algunas muestras de esas que provocan un «¡guau!», como una pantalla donde uno puede ver el retrato robot del perro que sería si se transformara en uno (el programa informático se basa en el aspecto físico y no en el temperamento).
Desde el punto de vista pictórico, en el Museo del Perro están presentes todos los clásicos, como Pena callada, de Maud Earl, en el que se ve al perro de Eduardo VII, César, llorando su pérdida en un sillón en 1910, y Pug y Terrier (1875), de John Sargent Noble, en el que el terrier, atado y desamparado, luce en el cuello un cuenco para pedir limosna donde se lee la palabra «caridad», mientras el carlino, bien alimentado, se encuentra un escalón por encima de él, con una mirada triste por la injusticia de la situación. No obstante, el cuadro más famoso, al que se le ha dedicado una pared entera, es una pintura de la perra Millie en el jardín sur de la Casa Blanca realizado por Christine Merrill. Millie era una springer spaniel inglesa que fue propiedad de George H. W. Bush y Barbara Bush, y ahí está, sentada junto a una pelota roja, ocupando casi todo el lienzo, con la Casa Blanca y su fuente —dos añadidos posteriores— detrás de ella. Millie parece estar al mando, segura del amor que le profesan sus dueños. Junto al retrato, hay una carta que Barbara Bush escribió con motivo de la inauguración del Museo del Perro de San Luis en 1990: «Los perros han enriquecido nuestra civilización —dice en ella—, y se han entretejido con nuestros corazones y familias a lo largo de los tiempos…». (Donald Trump es el primer presidente estadounidense en más de un siglo que no tiene un perro en la Casa Blanca).[3]
El objeto más llamativo del museo no es un cuadro, sino un paracaídas que utilizó un héroe canino de la Segunda Guerra Mundial. Muchos perros volaron en misiones cruciales durante el conflicto, incluido Rob, el collie inglés paracaidista, que al parecer saltó o fue empujado desde un avión más de veinte veces mientras trabajaba tras las líneas enemigas para el SAS durante la campaña del Norte de África, y que al final de la guerra fue condecorado con la Medalla Dickin, el equivalente canino de la Cruz de la Victoria.[4]
Pero el héroe al que se honra en el Museo del Perro de Park Avenue es la famosa yorkshire terrier Smoky. Los detalles precisos de sus hazañas son, como los de Rob, difíciles de probar, pero se cree que Smoky luchó en las selvas de Nueva Guinea y ayudó a establecer las líneas de comunicación en una importante pista de aterrizaje. Estaba adscrita al 5.º Ejército del Aire, 26.º Escuadrón de Reconocimiento Fotográfico, y aunque no tomó fotos se le atribuyeron doce misiones y ganó ocho estrellas de combate. Según el Yorkshire Post, que cubrió la historia porque la familia de Smoky procedía de aquel condado, los esfuerzos de esta perra salvaron la vida de más de doscientos cincuenta hombres y más de cuarenta aviones. Pero eso no era suficiente para Smoky. Ella aspiraba a más.
Cuando su dueño, Bill Wynne, tuvo que pasar una temporada en el hospital, Smoky acudió a sentarse en su cama. Pronto, otros pacientes también la querían cerca para que les sirviera de consuelo, y Smoky se convirtió en una perra de terapia muy solicitada. Cuando Wynne aterrizó en Australia, él y Smoky se dedicaron a recorrer los hospitales, y los pacientes mejoraban al entrar en contacto con la perra. Pero eso tampoco era suficiente para Smoky (o para Wynne). Smoky saltó de un avión con un paracaídas, imponiéndose a otros cuatrocientos participantes y alzándose con el título de «Mejor mascota del sudoeste del Pacífico». Se convirtió en una celebridad local a la que aclamaban adondequiera que fuese y hasta alcanzó el éxito en Hollywood, no como Rin Tin Tin o Lassie, pero sí el suficiente como para convertirse en una atracción en las inauguraciones de los supermercados y en la tele.
Para apreciar plenamente hasta dónde se remonta nuestra relación artística con los perros tenemos que acudir a ese museo viviente conocido como Pompeya. El perro semidomesticado fue una presencia habitual en aquel lugar, y quien visita las ruinas hoy en día puede casi percibir una cola desapareciendo detrás de cualquier rincón. Unos pocos especímenes quedaron sepultados bajo la ceniza caliente, pero otros cientos de ellos huyeron (con o sin sus dueños) cuando los primeros avisos del Vesubio hicieron temblar la tierra en el año 79. El más famoso de los que se quedaron allí custodiaba la entrada de la casa del Poeta Trágico, en la zona noroeste de la ciudad, una parada imprescindible en toda visita.

«Cuidado con el perro». Un mosaico advierte a los intrusos. Shutterstock/khd.
Este perro —¡qué lástima!— no es más que un mosaico. Quizá te lo hayas encontrado: gruñendo en el vestíbulo, visible desde la calle, blanco y negro, con un fino collar rojo, encadenado, pero listo para abalanzarse sobre ti si se te ocurre entrar sin permiso. Puede que las palabras que se leen debajo de él, dada la evidente ferocidad del animal, sean dos de las más superfluas de la lengua latina, Cave canem.
Aun así, «Cuidado con el perro» quizá fuera también solo eso, una advertencia, una señal; las palabras del mosaico tal vez no se refirieran indefectiblemente a un perro que gruñese de verdad. He oído decir que carteles similares en Pompeya advertían a la gente de que tuviera cuidado no porque el perro fuera guardián y mordedor, sino porque podría muy bien haberse tratado de una de
