Vocabulario crítico de las Ciencias de la Comunicación

Larisa Kejval
Silvia Hernández
Diego de Charras

Fragmento

Vocabulario crítico de las Ciencias de la Comunicación

INTRODUCCIÓN

I.

Los diccionarios, glosarios, vocabularios o léxicos de términos fundamentales son habituales en las diferentes disciplinas científicas y, en particular, en las ciencias sociales y humanas. No obstante, el mundo de los estudios en ciencias de la comunicación en la Argentina no ha tenido, hasta el momento de escribir esta introducción, el suyo. Se aferró a otros que tomó prestados y que fueron de mucha utilidad. La ausencia de una compilación específica de las ciencias de la comunicación de nuestra región era notoria, sonante, una deuda pendiente. A lo largo de los años, las propuestas para elaborarlo se reiteraban; el deseo de concretarlo flotaba en el aire. En la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires (UBA), cada quien recuerda un proyecto o un comentario al respecto en diferentes momentos. Así, existieron iniciativas diversas con importantes grados de avance, pero ninguna que haya visto la luz. Es probable que haya futuras. Esta, que aquí presentamos, es apenas una que llegó a convertirse en libro.

Procurar reflejar un campo de estudios en un conjunto de términos es una tarea ardua, difícil y, por momentos, puede aparecer como una labor imposible. En principio, porque las fronteras conceptuales se presentan difusas; los términos, infinitos; las definiciones, inabarcables; las escuelas, perspectivas y referencias autorales, múltiples y dinámicas. Pero a su vez, porque un campo está sustentado en una amplia diversidad académica, política, ideológica, generacional, geográfica... ¿Cómo podría conjugarse todo eso?

Nadie dijo que sería simple. Pero si hay facilidad, no hay desafío. Este Vocabulario es deudor de las numerosas ideas previas, explícitas o tácitas, históricas o más recientes, y, de algún modo, dialoga con todas ellas. Tiene como condición de producción la sistematización y la institucionalización de los estudios en comunicación que se da desde los años ochenta en América Latina -particularmente en la Argentina, a partir de la recuperación de la democracia, con la UBA como una de sus protagonistas-, pero no se agota allí.

La génesis principal de esta obra, impulsada desde la Dirección de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA, fue recuperar una terminología propia de una comunidad académica, un conjunto de vocablos de uso, con las arbitrariedades que implica cualquier recorte, pero también con las riquezas de años y años de forja de esas nociones en clases, en jornadas y congresos, en seminarios de cátedra, en libros, e incluso en acaloradas discusiones informales, con sus debates y sus consensos. En este Vocabulario hemos buscado mantener muchos equilibrios y hemos debido sacrificar otros, y hemos procurado recuperar conceptos y rescatar voces, tonos, colores, historias, líneas de trabajo, tradiciones de formación académica y de producción de conocimiento.

Cada entrada tiene una autoría formal, visible, pero expresa probablemente también la voz de quienes nos antecedieron o con quienes compartimos cátedras, grupos de investigación y espacios de formación de los más variados. En tal sentido, reconocemos a este Vocabulario como una obra coral, donde las voces que se escuchan son muchas más que las que firman. Del mismo modo, las bibliografías que gravitan en este ámbito son muchas más que las formalmente citadas. Y todo eso convive, discute, dialoga, como en un pasillo de cualquier universidad latinoamericana.

Subyace también a este proyecto, hoy concretado, una decisión política e institucional. Los estudios en comunicación en nuestro país tienen muchos más años que las instituciones que los cobijan. Aun así, los hitos institucionales forman parte necesaria de la consolidación de un campo académico. En nuestro caso, la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA está cerca de cumplir sus 40 años. Es un tiempo prudencial para realizar un balance que ponga de relieve el derrotero, el estado actual y los ejes de desarrollo futuro de sus saberes, de sus ópticas y de las perspectivas en las que se sustentan sus tareas de formación e investigación. No es un dato menor que la convocatoria a la hechura de este Vocabulario haya sido desde la iniciativa y con el apoyo institucional. Esta obra pretende también dar cuenta de ese proceso de consolidación política y académica, abarcando la pluralidad de una comunidad que se inicia como mosaico de piezas de orígenes diversos y que hoy se reconoce en esa múltiple identidad comunicacional, más que en su propio y específico origen formativo o institucional. Asimismo, con los años se logró, no sin muchísimo esfuerzo, que la disciplina fuera haciéndose un lugar en las áreas de ciencia y técnica universitarias y en las agencias científicas nacionales. A ese proceso también nos propusimos aportar con este libro.

Finalmente, la idea de hacer este vocabulario se fundamenta no sólo en la vacancia de este tipo de volúmenes, sino también en algunas cuestiones de coyuntura que trascienden a los estudios en comunicación, pero que los atraviesan y a las cuales quienes hacen la comunicación día a día buscan aportar sus saberes. En este sentido, anima a este proyecto el deseo de plasmar y avivar discusiones en torno de cuestiones tales como los efectos comunicacionales, subjetivos y sociales de las aceleradas transformaciones tecnológicas derivadas de la digitalización, o la violencia discursiva y los desórdenes de la información. Creemos que, en este tiempo, es urgente trazar puentes críticos entre conceptualizaciones, lenguajes y problemas emergentes y las tradicionales nociones críticas que configuraron el campo, para poder pensar y debatir temas de gran relevancia social, política y cultural, donde lo comunicacional resulta una dimensión insoslayable.

II.

Un vocabulario como este podría ser visto como un gesto identitario de una comunidad que se pretende fundada en un conjunto de definiciones inmutables, dadas. También, podría ser tomado como muestra de una autoridad que se erige como capaz de establecer “una revisión neutral de significados” (Williams, 2003: 28), de dictar, a través de su propia voz o de la invocación selectiva de otras voces, usos apropiados o pretendidamente originarios. Y, por qué no, podría ser leído a la inversa y, así, la convocatoria a un conjunto amplio de autores y autoras sería una muestra de una pluralidad con fines consensualistas. Tal como hemos anticipado, este proyecto no ha querido ser ninguna de estas variantes.

Para la realización de este Vocabulario, hemos entablado diálogo con otros vocabularios, glosarios y diccionarios de las ciencias sociales y humanas que, por similitud o por diferencia, permitieron nutrirnos y delimitar nuestro propio proyecto. Algunos de ellos son más cercanos en términos disciplinares; otros resultan más alejados, pero revelan aspectos que se vinculan con lo que aquí nos hemos propuesto.

Algunos trabajos de referencia tienen vínculos directos con los estudios en comunicación y han sido importantes para la elaboración de este volumen. Entre ellos, un antecedente ineludible es Palabras clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad, de Raymond Williams (Nueva Visión, 2003, edición original de 1976). Si bien su objeto difiere del nuestro —el autor se interesa por las variaciones, ampliaciones, resemantizaciones de los usos de determinados términos vinculados a lo cultural y lo social, más allá de su definición dentro y para un ámbito disciplinar—, compartimos con él el modo materialista de pensar un vocabulario, por el cual “los problemas más activos de significado están siempre primordialmente insertados en relaciones reales” (p. 25), así como el interés por algunos términos en común. En cambio, Términos críticos de la sociología de la cultura, dirigido por Carlos Altamirano (Paidós, 2002), se inscribe en un campo disciplinar específico, privilegia los desarrollos latinoamericanos y convoca a un conjunto de autores, algunos de los cuales son figuras destacadas del pensamiento de la comunicación. Un rasgo que nos acerca a este trabajo es la preocupación por abordar desde la teoría un objeto de bordes difusos —allí, la cultura, aquí, la comunicación/cultura. Por otra parte, el Diccionario de estudios culturales latinoamericanos, coordinado por Mónica Szurmuk y Robert Mckee Irwin (Siglo XXI, 2009), también ha constituido una referencia ineludible con el que compartimos el interés manifiesto por el carácter situado de los debates invocados. Conceptos clave en comunicación y estudios culturales, de Tim O’Sullivan, John Hartley, Danny Saunders, Martin Montgomery, John Fiske (Amorrortu, 1997, edición original de 1995), presenta un conjunto amplio de términos, con definiciones breves elaboradas por sus autores, que incluyen también enfoques y teorías. En este caso, si bien la comunicación aparece como uno de los campos disciplinares de interés, la estructura del libro difiere ampliamente de la del nuestro. Finalmente, en el Diccionario de términos críticos de la literatura y la cultura en América Latina, coordinado por Beatriz Colombi (CLACSO, 2021), se problematiza el término “diccionario” en su pretensión de coherencia, en su afán de totalidad, y se persiste en la elección de un término incómodo para plantear el problema del borde, del corte, del límite, así como de su transgresión para dar lugar a un “conjunto orgánico de términos que dialogan entre sí” (p. 13) que remite a una comunidad académica y lectora, con una preocupación regionalmente situada y con una mirada diacrónica, puesta en la larga duración. Estos planteos fueron muy relevantes para dar forma a algunas decisiones que hemos tomado en torno de nuestros propios propósitos.

Existe luego un conjunto de trabajos que temáticamente se sitúan en zonas que intersectan parte de los estudios en comunicación, y que resultaron significativos en su forma y su concepción para idear, por similitud o contraste, este Vocabulario. Por ejemplo, el Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, de Oswald Ducrot y Tzvetan Todorov (Siglo XXI, 2011, edición original de 1972), es un diccionario de autor de vocación enciclopédica que plantea un alto grado de especificidad en la delimitación de un campo de problemas. El breve “Diccionario de lugares no comunes”, de Eliseo Verón (en: Fragmentos de un tejido, Gedisa, 2004), escrito en 1979 para la revista Connexions, compila vocablos de uso autoral cuyo objeto es la relación entre lo discursivo, lo ideológico y el poder. Si bien Verón emplea el término “diccionario” por evocación del Dictionnaire des idées reçues de Gustave Flaubert, reconoce que debería ser un “léxico” porque refiere a los términos de uso de un autor. Al igual que Ducrot y Todorov, no emplea un orden alfabético, sino que ordena los conceptos de acuerdo a criterios teóricos y de uso.

Otros trabajos consultados que han resultado fuentes de inspiración y debate han sido el Glosario de filosofía de la técnica, coordinado por Diego Parente, Agustín Berti y Claudio Celis (La Cebra, 2022), así como el proyecto de Léxico crítico del futuro, enmarcado en el Proyecto “Perspectivas y prospectivas de futuro: un Atlas digital de lenguajes, categorías y experiencias”, del Laboratorio de Investigación en Ciencias Humanas (UNSAM-CONICET), con su amplia reflexión en torno de qué hacemos cuando hacemos léxicos, vocabularios, diccionarios. También hemos consultado The Marx Through Lacan Vocabulary. A Compass for Libidinal and Political Economies, editado por Christina Soto van der Plas, Edgar Miguel Juárez-Salazar, Carlos Gómez Camarena y David Pavón-Cuéllar (Routledge, 2022), y el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Susana Beatriz Gamba y Tania Diz (Biblos, 2021), heredero del Diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Gamba a comienzos del siglo XXI.

Finalmente, el Vocabulaire européen des philosophies. Dictionnaire des intraduisibles, de Barbara Cassin (Le Seuil-Le Robert, 2004), es una referencia ineludible que recuerda, en cada momento de la elaboración de un proyecto como este, su imposibilidad última. Así, por un lado, se destituye toda ilusión de transparencia del lenguaje y de síntesis de lo que no puede ser sino un movimiento, una diferencia, y por lo tanto permite plantear la opacidad de la comunicación en el corazón mismo de las ciencias que la tienen por objeto. Por el otro, esa imposibilidad remarca la necesidad de seguir intentando reunir esas piezas desencajadas, de no ceder a los particularismos que amenazan con dividir a nuestros estudios en subcampos compartimentalizados y altamente especializados. Ni lengua global -pretendidamente neutral, peligrosamente administrativa- ni particularismo discursivo: esa zona intermedia es la que hemos buscado navegar con este volumen.

III.

La elección del término “vocabulario” para designar a este compendio lo aleja de lo normativo, para referir más bien al uso de los vocablos en un ámbito de estudios específico y, por esa vía, a la comunidad que de ellos hace uso. “Un cuerpo compartido de palabras y significados”, decía Williams, quien también agregaba, a propósito de su vocabulario, una frase que hacemos nuestra: “Un vocabulario para usar, para encontrar nuestro camino en él, para cambiarlo en la medida en que lo consideremos necesario, mientras seguimos haciendo nuestro lenguaje y nuestra historia” (2003: 28).

¿Cómo tomar, entonces, estas entradas? ¿Son definiciones que fijan un piso mínimo de acuerdo respecto de qué es aquello de lo que se está hablando? ¿Son formas de balizar puntos de referencia más o menos ineludibles? ¿Son tomas de posición? ¿Son intentos por construir un marco de referencia común —aun surcado por contradicciones y debates— que permita sortear los efectos potencialmente desintegradores de la creciente especialización científica? ¿Son formas de rodear, de indicar, en tinta limón, un conjunto de grandes preguntas que nos convocan? Son, en parte, la realización de todas esas cosas. Globalmente, constituyen, hacia atrás, un gesto de historia intelectual, una cartografía de los caminos recorridos. Hacia adelante, un espacio de interrogación respecto de la vigencia de nuestras antiguas preguntas y de la emergencia de nuevas problemáticas, y un ámbito de imaginación respecto de los que serán nuestros próximos debates y zonas de intervención. En el presente, estas entradas ofrecen el mapeo de una arena de discusiones, con zonas vecinas y otras más remotas que, esperamos, pueda poner en común tradiciones y polémicas, invocar una memoria y llamar al trazado de caminos para la intervención crítica y fértil.

El propósito de este Vocabulario no es técnico ni enciclopédico, sino más bien crítico. La inclusión de este adjetivo en el título parte del diagnóstico de que no va de suyo en nuestro tiempo que la producción de conocimiento en el ámbito de las ciencias sociales posea de por sí dicha cualidad. Asimismo, apunta en diferentes direcciones: por un lado, a la revisión de una práctica de producción científica en toda su amplitud y variedad: ¿Qué hemos hecho? ¿Qué hemos aprendido y de quiénes? ¿Qué nos resta aún por hacer? ¿Qué pudimos pensar y decir a tiempo? ¿Qué no? Por el otro, a la pregunta por el sentido y la forma de la crítica como negación de lo dado, en tiempos donde el utilitarismo ha permeado el quehacer intelectual. ¿Cuál es el estado actual de la crítica? ¿Cuáles son sus herramientas?

Si la crítica, tal como nos ha enseñado una de las perspectivas fundacionales de nuestro campo, es la crítica de lo existente, las ciencias de la comunicación son un ámbito de preferencia para este ejercicio porque aquí la “realidad” es, desde el inicio, concebida como problemática, opaca, en tanto instancia surcada por la dimensión de lo discursivo, de lo simbólico, tanto en sus plenos como en sus vacíos, sus límites, sus silencios, sus olvidos, sus ambivalencias. Opacidad de la realidad, sin por ello renunciar a la búsqueda de la verdad.

Ello nos conduce al siguiente término del título, la reivindicación de la comunicación como un conjunto de “ciencias”. En primer lugar, ello supone una demarcación: el objeto de este Vocabulario no es el uso corriente de los términos —pensemos, por ejemplo, el empleo habitual de “hegemonía”, “ideología”, entre otros incluidos aquí, en zonas diversas de la conversación pública—, sino su genealogía, sus resemantizaciones, sus matices, su empleo, dentro de una zona específica de producción de conocimiento. Pero también, con la remisión a las “ciencias”, se destaca la alusión a una pluralidad: en sus fundaciones, como se verá en las tradiciones citadas en las entradas; en sus diálogos, como emerge de la convocatoria a disciplinas y teorías que van de la teoría estética a la antropología, la lingüística, la economía política, el materialismo histórico, los feminismos, el psicoanálisis, la filosofía política… en su amplitud —a veces contradictoria— teórica y metodológica. Haber tomado partido por un término fuerte, como las “ciencias”, es un modo de relanzar el problema del conocimiento en tiempos de unas ciencias sociales que parecen flaquear en su vocación de enunciar críticamente la verdad de la historia y de las sociedades, de la explotación, del poder, del imperialismo, así como la de la potencia colectiva organizada, creadora de mundos.

El último término del título, “comunicación”, supone no sólo una inscripción en un campo de saber, discusión y reflexión, sino también una capa más en la reflexión sobre la crítica. En una coyuntura donde lo comunicacional gravita con un peso inimaginado cuatro décadas atrás, la crítica a su fetichización se vuelve necesaria, no sólo en los reduccionismos ya ampliamente debatidos que la circunscriben a lo mediático o a lo tecnológico, sino también en su encasillamiento como una mera herramienta con arreglo a fines, o en su hiperbolización —tanto por la vía de lo discursivo y representacional como por la de lo informacional y algorítmico— correlativa de un cierto borramiento de procesos económicos y políticos. En otras palabras, tras el movimiento fundante para nuestros estudios latinoamericanos que permitió desencasillar la comunicación de lo estrictamente mediático, nos encontramos hoy en un momento de volver a situar los debates acerca de lo comunicacional, sin caer en rigideces ni esencialismos.

Dicho en otros términos, este Vocabulario busca reinstalar la pregunta polémica en torno del objeto de la comunicación, sus fundaciones, sus límites, su irradiación sobre las ciencias sociales y humanas, justo en tiempos donde la idea de que “todo comunica” parece haberse convertido en una obviedad, y, más aún, donde instancias fundamentales de la vida común -como la política- y personal -como la presentación de sí- aparentan poder disolverse por entero en la que es solo una de sus aristas.

IV.

Este Vocabulario cuenta con 114 entradas, elaboradas por 139 autores y autoras de diversas universidades nacionales de todo el país. Todas las entradas, sean de producción individual o colectiva, se encuentran firmadas: esto permitió reponer voces, polémicas y debates. Existe un conjunto de entradas con más de una acepción, para las cuales se ha convocado a intelectuales que abordan los términos desde perspectivas diferentes. Asimismo, algunas entradas poseen una definición general y otras más específicas, muchas veces relacionadas con campos problemáticos emergentes.

Tres fueron los grandes ejes que ordenaron la idea global del proyecto. En primer lugar, los escritos están atravesados por un eje temporal, con un triple objetivo: genealógico, diagnóstico y proyectivo. Así, buscan reconstruir fundaciones, derroteros, balizar debates centrales, sopesar el peso de los términos en las ciencias de la comunicación. También, contornear las preocupaciones, preguntas y objetos que hoy les dan consistencia. Por último, buscan delinear los problemas y objetos emergentes, debatir las herramientas teóricas y analíticas con que se cuenta para abordarlos, detectar las vacancias, evaluar las zonas e interrogantes por venir.

Un segundo eje es el geográfico. Este no refiere a principios de inclusión o exclusión por procedencia de un término, sino más bien a que las entradas incluyen como eje transversal alguna mención o bien a las posibilidades y límites de cada término para nuestra coyuntura, o bien a las formas que adquirió su desarrollo en la escala regional y nacional.

Finalmente, la cuestión de género organizó el tercer eje: no sólo el listado de autorías se elaboró buscando una paridad, sino que también, en la medida de lo posible, los autores y las autoras han incluido mujeres entre las referencias y han tematizado el cruce entre sus temas de trabajo y la cuestión de género. A esto se sumó una invitación a adoptar alguna modalidad de lenguaje no sexista e inclusivo en la redacción.

Hemos convocado autorías de diferentes universidades nacionales del país, con diversas miradas y de distintas generaciones. Seguramente hemos pasado por alto nombres, figuras, presencias necesarias: la responsabilidad en ese caso nos corresponde. Luego, estuvieron quienes no pudieron participar o prefirieron no hacerlo.

En lo que respecta a la confección del listado de entradas, es un propósito audaz y pretencioso el de sintetizar en un conjunto de intervenciones un campo amplio, diverso, punto de convergencia de tradiciones heterogéneas, en permanente transformación no sólo por su proceso endógeno, sino también por las urgencias que le presenta una coyuntura donde las tendencias infocomunicacionales son cada vez más decisivas. Dos son los riesgos principales y en parte ineludibles de esta empresa: la relativa arbitrariedad derivada del problema ya enunciado del límite, y la fijación de lo vivo y móvil a causa de la operación taxonómica.

Conscientes de estos riesgos, la confección del listado de entradas se realizó a partir de distintas operaciones. Primero, los términos se desprendieron de la conjetura de que los estudios en comunicación pueden situarse en el cruce de zonas o grupos de interrogantes imbricados, de instancias de problematización. Si acaso debiéramos demarcar estas zonas, podríamos decir que una refiere al vínculo entre sociedad, medios y tecnologías de la comunicación (¿Cuáles son las condiciones y los medios, tecnológicamente soportados y desigualmente distribuidos, en los que se forja nuestra experiencia de lo común?), otra al problema de los lenguajes y las significaciones (¿Qué lenguajes dan consistencia a nuestra experiencia del mundo? ¿Cómo se imbrican estos lenguajes con los cuerpos y con las relaciones de dominación? ¿Cómo se configuran las significaciones que dan consistencia a las variadas formas que adquiere el lazo social? ¿Cómo se concreta su permanencia y transformación en el tiempo?), y una tercera a las relaciones entre procesos culturales, identidades y política (¿Cómo pensamos los procesos de conformación de identidades culturales y políticas? ¿Qué matrices subjetivas convocan? ¿Cómo se vinculan con procesos históricos concretos? ¿Cómo se entraman comunicación, cultura y política?). Las entradas del Vocabulario se inscriben, así, en el espacio descripto por estos tres vectores, algunas con mayor proximidad a algunos de ellos, otras en su punto de intersección.

Por otro lado, este Vocabulario está compuesto por un conjunto de términos, conceptos y nociones clave que remiten a distintas zonas de los estudios en la comunicación y que permiten delimitar sus objetos o dar consistencia a sus abordajes metodológicos. En este sentido, hemos procurado que diferentes tradiciones, teorías y escuelas con perspectivas críticas se encuentren reflejadas, tales como la semiótica y la semiología, los estudios culturales, las teorías del discurso, la historia de los medios, la economía política de la comunicación, los feminismos, las teorías de la subjetividad, la filosofía de la técnica, las teorías de la educación, la comunicación alternativa y popular, el psicoanálisis, la teoría estética, la filosofía política, los estudios visuales, la historia intelectual, las teorías del periodismo, los estudios en recepción, el derecho a la información, entre otros. También, si bien algunos términos son de uso compartido con otras disciplinas, se ha intentado poner de relieve la significación que ellos han adquirido para una perspectiva comunicacional, en algunos casos mediante su especificación terminológica (“hegemonía cultural”, “consumos culturales”), en otros casos únicamente a través del enfoque adoptado.

La confección del listado de entradas supuso también un trabajo negativo de delimitación de exclusiones. En primer lugar, para privilegiar problemas y debates transversales, se evitó incluir aquellas dedicadas a autores y autoras relevantes del campo, así como a teorías, escuelas y subdisciplinas. Los nombres de intelectuales e investigadores referidos en los textos se encuentran incluidos en el índice onomástico. No se plantearon tampoco entradas con fines prescriptivos, normativos ni técnicos: los textos apuntan, en cambio, a una dimensión conceptual y reflexiva. Tampoco se incluyen, finalmente, aquellas tituladas “comunicación y…”, para evitar que la comunicación sea tomada como un añadido o complemento —muchas veces instrumental— a campos del conocimiento o a conjuntos de prácticas.

La mayor parte de las entradas que integran este volumen son palabras fuertes, significativas en tradiciones de formación e investigación en comunicación. Algunos son términos fundacionales, acuñados hace décadas, cuya inclusión expresa la voluntad de reabrir o de sostener algunas preguntas clave a la luz de las problemáticas de nuestro tiempo. Los nombres de otras entradas son, en cambio, casi neologismos o indican marcas de autoría: no hemos temido dar este paso, porque albergar algunos términos aún no estabilizados permite dar lugar a ricas discusiones sobre zonas emergentes.

Por último, habrá quienes noten que “comunicación” y “cultura” no se encuentran entre las entradas. Su exclusión se debe a que nombran el campo mismo del cual se da cuenta aquí, por lo cual procurar definirlas en el marco de este Vocabulario hubiera significado un gesto recursivo y, en parte, reductor de los debates sobre qué entendemos por “comunicación” y qué por “cultura”. También está ausente “medios (masivos) de comunicación”. En algunos casos, como este, hemos decidido apuntar a procesos (como los representados, por ejemplo, por “mediatización” y “massmediatización”) o a dispositivos específicos, como “televisión”, “radiofonía”, “cine”, “redes sociales digitales”, pero también “medios públicos” y “medios comunitarios”. El público lector detectará, sin dudas, otras omisiones en función de sus intereses y preocupaciones. La discusión acerca del listado mismo de términos que lo integran y de sus futuros complementos y adecuaciones forma parte de los debates a los que esperamos que este libro dé lugar.

V.

Si bien desde la coordinación de este Vocabulario hemos propuesto una estructura general para las entradas, el abordaje específico quedó en manos de cada autoría, lo que dio lugar a múltiples resoluciones. Las entradas incluyen una presentación del término, que sintetiza sus acepciones principales, los ámbitos disciplinares donde ha sido utilizado y la relevancia específica para las ciencias de la comunicación en general, latinoamericanas y argentinas, en particular. Asimismo, proponen una reseña de la problemática, la coyuntura y las coordenadas espacio-temporales de surgimiento del término y/o de adopción en las ciencias de la comunicación, así como menciones a puntos de inflexión relevantes para su definición o empleo, apropiaciones, resignificaciones, desplazamientos de su sentido y de sus alcances. Hemos alentado la mención a polémicas, debates relevantes, críticas recibidas, así como el diálogo con literatura local y regional. También, hemos propuesto que las entradas incluyan reflexiones sobre su vigencia así como sobre su fecundidad y sus límites para el abordaje crítico de nuestro tiempo.

Cada entrada concluye con un conjunto acotado de referencias bibliográficas, seleccionadas por las autorías, que remiten a obras relevantes para ampliar los temas mencionados. No obstante, en los textos pueden aparecer referencias a obras que no se encuentran listadas al final, cuyas autorías aparecen sin embargo en el índice onomástico.

Hemos promovido, finalmente, tanto la toma de posición autoral respecto de los debates reseñados, como el trabajo con el lenguaje en su materialidad expresiva misma, para que la forma de la escritura sea también ella reveladora de las prácticas del pensar la comunicación, bajo la convicción de que se releva aquí otra arista de la crítica, en tiempos donde la escritura académica se encuentra cada vez más solicitada a estandarizarse.

Las autoras y los autores escribieron en simultáneo, por lo cual su trabajo se realizó a ciegas respecto de la escritura de sus colegas. Si, por un lado, desde la coordinación general y el equipo editorial procuramos favorecer la interconexión entre las entradas -tanto previamente, informando a quienes iban a escribir acerca de la existencia de entradas conexas a la que les fuera asignada, como posteriormente, en el trabajo de edición mediante la adición de referencias cruzadas-, por el otro, la escritura a ciegas permitió la emergencia de deslizamientos y potenciales controversias. Queda en manos de las lectoras y los lectores la tarea de adentrarse en los matices, descubrirlos y volverlos dinámicos, generativos.

VI.

A partir de decenas de conversaciones compartidas con diversos colegas sobre la necesidad de encarar la tarea que con este libro concretamos y sobre las ideas preliminares para hacerlo, el trabajo de producción de este Vocabulario se extendió por más de un año. Comenzó con la recopilación y el análisis de otras obras semejantes, tal como explicitamos líneas atrás. Continuó con la definición de los propósitos que orientan el volumen y los criterios generales de edición que lo atraviesan. A esto le siguió la revisión de planes de estudios, ponencias y artículos académicos, programas de asignaturas de carreras de comunicación, libros y compilaciones producidos por referentes del campo, actas de congresos y jornadas, temarios de revistas especializadas de la región, entre otras fuentes, con el fin de comenzar a delinear la propuesta del conjunto de entradas. A esa tarea, le siguieron largas jornadas de confección del mapa de términos y sus respectivas propuestas de autorías. En un proceso en el que pretendíamos aprehender un campo disciplinar que todo el tiempo se nos volvía inasible, cada una de estas instancias estuvo cargada de reflexiones, debates y memorias muy enriquecedoras. También, de montones de papeles desplegados y vueltos a desplegar al modo de cartografías conceptuales en movimiento.

Al inicio del proyecto convocamos un Comité Asesor conformado por un grupo de profesoras y profesores de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA que ya habían finalizado su trabajo en la carrera de grado. Estos docentes tuvieron un rol protagónico en la constitución y despliegue del campo disciplinar, al tiempo que expresan diversos enfoques y zonas de investigación o reflexión. El rol del Comité Asesor fue realizar sugerencias a todo el proceso de producción, con especial énfasis en los momentos de elaboración de las directrices generales de la edición, la confección del índice de entradas y la propuesta de autorías. Este comité estuvo conformad

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