Lenguaje argento

Oscar Conde

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

En el número 8 de la revista Orsai, publicado en enero de 2023, Hernán Casciari escribe una crónica titulada «La valija de Lionel». Allí cuenta cuando la comunidad argentina en Cataluña descubrió que en las inferiores del Barcelona había un chico argentino fuera de serie que se llamaba Messi, quien había rechazado jugar para la selección española y había “blindado” su nacionalidad argentina con un intrascendente partido amistoso contra el sub-20 de Paraguay el 29 de junio de 2004. A partir de entonces, comenzaron a seguirlo en los medios, sobre todo en las entrevistas posteriores a los partidos en los que participaba. Messi no hablaba casi nunca pero, cuando lo hacía, además de comerse las eses, como habitualmente ocurre con los rosarinos, no decía fuera de juego, sino orsai; no decía regate sino gambeta y no decía afición sino hinchada. Y Casciari agrega: “Algunos descubrimos, con alivio, que era de los nuestros, de los que teníamos la valija sin guardar”. Esta metáfora era relativamente habitual a comienzos de siglo entre los argentinos llegados a España en torno a diciembre de 2001 y la habían tomado del tango «Los hijos de Gardel» de la cantante uruguaya Laura Canoura, cuyo estribillo dice:

Los hijos de Gardel nunca pensaron

que aquello de volver era real:

se agarraron al lugar con alfileres

y dejaron las valijas sin guardar.

Casciari explica que los inmigrantes poscorralito se dividían en dos clases. Por un lado, estaban los que habían guardado bien guardada su valija y al poco tiempo adoptaban en sus conversaciones vocablos como vale, tío u hostia y se afiliaban ridículamente al tuteo y al vosotreo. Por otro, estaban los que no habían guardado su valija y se aferraban a la yerba y el dulce de leche, a las fechas patrias, al voseo, y decían orgullosamente yuvia, reforzando (si eso fuera posible) el yeísmo rioplatense, y en tierras españolas siguieron diciendo chabón, berreta, transar, quilombo y ¡aguante, Argentina! Esa pronunciación, que Messi nunca abandonó —como lo prueba su histórico ¡Qué mirá, bobo, andá p’ayá!, dirigido a un jugador neerlandés el 9 de diciembre de 2023—, y ese vocabulario eran, dice Casciari, “nuestra trinchera” y “el espejo de nuestra identidad”. Ambas predicaciones, incluso en su modalidad metafórica, son certeras y acuerdo con ellas por completo. Eso es el lenguaje: trinchera e identidad.

Para poner un caso idéntico, pero de signo contrario, mi madre castellana (de Castilla la Vieja, quiero decir), Dominica Velasco, que llegó a los 15 años a Buenos Aires el 6 de febrero de 1934, ni siquiera guardó su valija. Directamente la tiró a la basura. Por cuestiones íntimas que nunca explicó, rechazó las tres oportunidades concretas que se le presentaron para volver a España a visitar a su familia, o lo que quedaba de ella. Pero hasta el día de su muerte, el 14 de septiembre de 1992, no dejó de hablar como una riojana de la Sierra de Cameros. Porque su lengua, incluso más que su familia de origen, fue también su trinchera y su identidad.

Mi apasionamiento por las palabras, por el idioma, por la literatura viene de toda la vida. Desde la infancia, la pubertad y la adolescencia, en un camino que recorrimos juntos, con asombros, hallazgos y sorpresas, con mi amigo más antiguo y querido, mi hermano más bien, Jorge Fernández Díaz, con quien había compartido el jardín de infantes a los 4 años. A los 18 entré a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA con el anhelo de ser profesor de Literatura Argentina, pero resulta que el primer día me encontré no con un mero profesor de griego antiguo sino con un Maestro (así, con mayúsculas) llamado Lorenzo Mascialino, que le torció el rumbo a mi vida por los siguientes veinticinco años, en los que básicamente me consagré a estudiar y a enseñar lenguas clásicas y a investigar sobre literatura y filosofía griegas.

Mascialino entraba a clase con una humildad desafiante, siempre puntual. Lo vi y escuché enseñar griego y latín con sincera e inspiradora alegría. Su voz pausada pero firme generaba suspensos y estimulaba las ganas de aprender. Presencié muchas de sus clases, primero como estudiante y luego como ayudante de sus cátedras. Y lo vi hacer milagros. Con él, en la ya lejana década del 80, delante de nuestros ojos Ulises volvió a tensar el arco para vencer a los pretendientes de Penélope, Antígona volvió a morir en Tebas por haber enterrado a su hermano Polinices, Sócrates volvió a negarse ante el tribunal a partir al exilio y una vez más prefirió tomar la cicuta, Eneas decidió afrontar de nuevo peligros impensables para encontrar la tierra donde se fundaría la nueva Troya, Catulo deshojó otra vez la margarita del resentimiento en sus versos para Lesbia.

Mascialino nos enseñaba griego y latín clásicos —y a la vez decenas de etimologías de palabras actuales, claro—, pero terminó enseñándonos mucho más que eso: que la perseverancia y las ganas de aprender son armas poderosas y también que, si los frutos del conocimiento son dulces, sus raíces no tienen por qué ser amargas. Fue el profesor más brillante que vi en acción en toda mi vida. Pero para mí y para decenas de condiscípulas y condiscípulos se convirtió, como dije, en un maestro. Y pudo serlo no tanto por todo lo que sabía o por su extraordinario método de enseñanza (absolutamente único) sino especialmente por el amor con el que hacía las cosas. Ese amor no es suficiente para enseñar, pero sin ese amor la educación es imposible. Fue también Mascialino, fuera de las aulas de la facultad, en caminatas por La Boca, en almuerzos y cafés, quien me inoculó, casi sin que me diese cuenta, el metejón por el tango y el lunfardo.

Durante mis 44 años como profesor universitario nunca me sentí plenamente cómodo: siendo estudiante, empecé a enseñar griego en 1983 en la Facultad de Filosofía y Letras —en la era ante Puan— y al año siguiente comencé también a dar allí clases de latín. Por entonces era el “raro” que se dedicaba, impúdica y jactanciosamente, a enseñar las dos lenguas clásicas, en lugar de elegir una de ellas y convertirse en un aplicado especialista libre de toda sospecha. En la década siguiente fui el profesor de clásicas que publicaba, fuera de toda previsión, un diccionario de lunfardo. A los pocos años, siempre sin abandonar a Sófocles y a Aristóteles, empecé a escribir sobre las poéticas del tango. En esa época y en la misma facultad, en un concurso docente que milagrosamente no perdí, un respetado profesor de latín, ya fallecido, miró por encima mi currículum, lo arrojó sobre el escritorio y dijo con mal disimulado desprecio: “Todo tanguito y milonguita”.

Confieso que entre especialistas en literatura me siento un ignorante. Pero entre lingüistas me pasa exactamente lo mismo. Después de mucho bregar, siento que solamente sé unas pocas cosas. Es cierto que son cosas que la mayoría de mis colegas ignora, pero no por difíciles, claro, sino porque a muy pocas personas les interesa estudiarlas. Hace varios años que me dedico a géneros marginalizados: además de la literatura lunfarda, investigo sobre los subgéneros de la canción popular argentina: el tango, los géneros paratanguísticos (valses criollos, milongas, rancheras, etc.), el rock y, últimamente, los cantos de repentización, como la payada criolla y el freestyle de los raperos. No me conmueven ni me apasionan las vanguardias. Me entusiasman, en cambio, las retaguardias. Eso que está ahí, cocinándose a fuego lento durante décadas, y a lo que casi nadie le presta atención, porque es un plato que no va a comerse y, en consecuencia, ni siquiera se hace el intento de aventurarse a disfrutar de su aroma.

En el campo de la lingüística, mi lugar no es muy distinto: me dedico al lunfardo, un vocabulario que durante la mayor parte de su existencia ha sido un habla también marginalizada, ninguneada y malsonante.

A lo largo de este libro, que no es un texto académico ni erudito, me propongo mostrar los avatares del lenguaje argento desde mediados del siglo XIX hasta hoy. Unas pocas líneas sobre el título que elegí: si bien para el Diccionario de la Lengua Española (DLE), en su segunda acepción, lenguaje es considerado un sinónimo de lengua, utilizo la palabra de una forma más amplia: como un modo de expresarse, lo que habitualmente hacemos con las palabras, en forma oral o escrita. Aunque no solo y no necesariamente con las palabras: además, nos comunicamos con signos, con gestos, con códigos, con mímica y con actitudes. Es todo esto, junto con la lengua que usamos tal como la usamos, lo que nos constituye. No estoy completamente seguro de que nuestra lengua sea el español. Más bien me parece que es un español (uno o varios, para ser más exacto) dentro de todos los posibles. Y esto está ligado al adjetivo que acompaña a la palabra lenguaje en el título.

La elección de argento —en lugar de argentino— quiere decirles a los lectores algo, o quizá todo, del contenido de este volumen. A lo largo de los últimos doscientos años puede comprobarse que en nuestro país, receptáculo de tantas gloriosas colectividades inmigrantes, se fue forjando un lenguaje popular propio, único e identificable, que ha venido a ocupar, en nuestros días, una posición central en las variedades del español que hablamos.

Oscar Conde

En Buenos Aires (puntualmente en Palermo)

31 de diciembre de 2025

INTRODUCCIÓN EL ESPAÑOL QUE HABLAMOS

LA CUESTIÓN DE LA LENGUA NACIONAL

Si hacemos un poco de historia, la discusión acerca de la posible existencia de un español americano —y, más adelante, de un español argentino— tuvo como protagonistas, en primera instancia, a los intelectuales nucleados en el Salón Literario, entre quienes se contaban Marcos Sastre, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi. Precisamente este último, en la sesión inaugural del 18 de junio de 1837, reclamaba ya una lengua que fuese capaz de reflejar la nueva realidad de la América libre. La defensa de la identidad lingüística por parte de este grupo propició dos acontecimientos futuros destacables. Por un lado, en octubre de 1843, Domingo Faustino Sarmiento propuso en la Facultad de Filosofía y Humanidades de Santiago de Chile un audaz proyecto de reforma ortográfica para el español americano, de acuerdo con el cual se privilegiaba lo más posible una correlación entre la fonética y la ortografía, propuesta que el Estado chileno adoptó y puso en práctica entre 1844 y 1927.

Por otro lado, a fines de 1875 el poeta Juan María Gutiérrez devolvió el diploma de académico correspondiente que le había enviado la Real Academia Española, lo que suscitó una monumental polémica a uno y otro lado del Atlántico, recogida en un delicioso libro editado por Jorge Myers en 2003 que se titula Cartas de un porteño. Gutiérrez —quien, además de ser poeta y filólogo, ejerció importantes cargos públicos, como el de rector de la Universidad de Buenos Aires (1861-1874)— dejó escritas sus razones en la carta que el 30 de diciembre de 1875 le envió al entonces Secretario de la Academia Española, Aureliano Fernández-Guerra y Orbe. Allí sostenía que todos los habitantes de nuestro país utilizaban para comunicarse la lengua castellana, pero que “no podemos aspirar a fijar su pureza y elegancia” (Gutiérrez, Cartas de un porteño, pág. 68), tal como establece el artículo primero de los estatutos de la Academia Española. Al haber abierto la Argentina sus puertas a la inmigración, los recién llegados no solo trajeron nuevas ideas y costumbres desconocidas sino también sus lenguas maternas, entre las que Gutiérrez menciona los “dialectos” italianos, el catalán, el gallego, el francés y el inglés. A ello agrega que “[…] estos diferentes sonidos y modos de expresión cosmopolitizan nuestro oído y nos inhabilitan para intentar siquiera la inamovilidad de la lengua nacional en que se escriben nuestros numerosos periódicos, se dictan y discuten nuestras leyes, y es vehículo para comunicarnos unos con otros los porteños” (pág. 69). Unos párrafos después, Gutiérrez se pregunta: “¿Qué interés verdaderamente serio podemos tener los americanos en fijar, en inmovilizar, el agente de nuestras ideas, el cooperador en nuestro discurso y raciocinio?” (pág. 71). Así introduce a partir de aquí un argumento posiblemente más fuerte que el primero:

El idioma tiene íntima relación con las ideas, y no puede abastardarse en país alguno donde la inteligencia está en actividad y no halla rémoras al progreso. Se transformará, sí, y en esto no hará más que ceder a la corriente formada por la sucesión de los años, que son revolucionarios irresistibles. El pensamiento se abre por su propia fuerza el cauce por donde ha de correr, y esta fuerza es la salvaguardia verdadera y única de las lenguas, las cuales no se ductilizan y perfeccionan por obra de gramáticos, sino por obra de los pensadores que de ellas se sirven (pág. 72).

Gutiérrez entiende que la lengua de las antiguas colonias evolucionará en estricta correlación con las ideas y el progreso. Su rechazo de la designación como miembro correspondiente de la institución española se expresa finalmente en estos términos:

Creo, señor, peligroso para un suramericano la aceptación de un título dispensado por la Academia Española. Su aceptación liga y ata con el vínculo poderoso de la gratitud, e impone a la urbanidad, si no entero sometimiento a las opiniones reinantes en aquel cuerpo […], al menos un disimulo discreto y tolerante por esas opiniones; y yo no estoy seguro de poder amañar mis inclinaciones a las de la Academia […] (pág. 72)

Tanto los animadores del Salón Literario como Sarmiento y Gutiérrez fueron, de este modo, tempranos promotores del autoctonismo idiomático, basados en el principio de que uno de los atributos esenciales de una nación libre es la posesión de una lengua propia.

Este fue, precisamente, el precepto que movió al francés Lucien Abeille a publicar en París en 1900, en coincidencia con el fin del siglo XIX, su Idioma nacional de los argentinos. Con un convencimiento que roza el fanatismo, se propuso demostrar —infructuosamente, por supuesto— que la lengua de la Argentina comenzaba a diferenciarse del español peninsular a partir de la incorporación de préstamos lingüísticos que provenían tanto del guaraní, el araucano y el quichua como del italiano, el francés y, en menor medida, el inglés y el alemán, y que tal proceso, que Abeille alentaba, concluiría con la formación de un nuevo idioma.

Las voces críticas contra este autonomismo idiomático, separatista con relación al castellano, surgieron a principios del siglo pasado entre intelectuales nacionalistas, quienes se proclamaban elitistas e hispanófilos, y desde tal posición defendían una argentinidad que presumían en peligro ante la inmigración italiana y su inevitable cocoliche, por una parte, y la proliferación oral y escrita de registros populares como el lenguaje gauchesco y el lunfardo, por la otra. Algunas de esas voces fueron las de Ernesto Quesada y Miguel Cané, quienes se alzaron indignados contra la tesis del profesor francés. Pero la verdadera impugnación a la posición de Abeille la realizaría un estudioso que estrictamente no participó de aquellos debates: el rosarino Rudolf Grossmann, quien, desde un planteo similar al del francés, llegó a conclusiones opuestas. En 1926 publicó en Alemania su libro Das ausländische Sprachgut im Spanischen des Río de la Plata, que recién fue traducido al español en 2008. Este lingüista comparte algo esencial con Abeille: la certeza de que en nuestro país se ha consolidado una nueva raza euro-argentina, a pesar de lo cual en ese proceso no tuvo lugar ni la gestación ni la promesa de una lengua nacional argentina. Para este autor es clarísimo que “la formación de nuevas razas y la formación de nuevas lenguas no van necesariamente de la mano” (Grossmann, El patrimonio lingüístico extranjero en el español del Río de la Plata, pág. 333). Salvo en el disparate de la nueva “raza” —concepto cuestionadísimo en la actualidad—, Grossmann tenía razón: no podía decirse seriamente ni que hubiese nacido ni que estuviese por nacer un idioma argentino distinto o superador del español, como podrían serlo las lenguas romances en relación con el latín.

En la década de 1920 se intensificaron, una vez más, los debates entre tres grupos: por un lado, quienes creían que podía estar gestándose un nuevo idioma separado del castellano; por otro, quienes exigían la sumisión total (y con ella un regreso) a las estrictas normas de la lengua española y, por último, quienes, más realistas, pensaban que era posible caracterizar una variedad argentina de la lengua, aunque por lo general la discusión se reducía, casi sin excepciones, al modo en el que se hablaba en Buenos Aires. Torpeza esta que todavía se comete: la de confundir el español rioplatense (o el del territorio que los burócratas bautizaron como AMBA: Área Metropolitana de Buenos Aires) con la lengua que se usa en todo el país, que —aun cuando no impide que nos entendamos— es a todas luces heterogénea.

Así reaparecieron en primer plano las dicotomías lengua oral/lengua escrita y lengua popular/lengua culta, que constituyeron tópicos centrales de tales controversias. La cuestión del idioma resucitaba, de algún modo, la delirante tesis que Abeille había propuesto en su libro, así como también la polémica generada por los nacionalistas en los primeros años del siglo. Desde ese momento, distintos escritores y periodistas, como el mismo Cané, Enrique García Velloso, Paul Groussac o Calixto Oyuela, iniciaron una defensa corporativa en relación con el purismo idiomático al que debía someterse la literatura argentina. Pensaban (hoy sabemos que erróneamente) que la única forma de tener una lengua modélica para el país era forjarla en las obras literarias.

Pero hubo otros factores para que la querella de la lengua resucitara. El tema resurgió, además, porque era la época de la fundación y consolidación del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires. Este espacio fue creado en 1923 por un acuerdo con Ramón Menéndez Pidal, por entonces director al mismo tiempo del Centro de Estudios Históricos de Madrid y de la Real Academia Española de la Lengua,1 quien tendría la potestad de nombrar a los primeros directores del aludido centro académico. Así pasaron sucesivamente por dicho cargo Américo Castro, Agustín Millares Carlo y Manuel de Montoliu, hasta que —tras un breve interinato del alemán Robert Lehmann-Nitsche— en 1927 y durante casi veinte años el Instituto estaría dirigido por Amado Alonso y se volvería esencial para difundir científicamente la unidad del castellano impulsada por España. No es un detalle agregar que tanto los tres primeros como Alonso eran españoles, aunque Castro lo fue por adopción, ya que había nacido en Brasil.

Lo concreto es que la primera mitad del siglo XX estuvo plagada de profesores de gramática empeñados en mostrar lo mal que se hablaba y se escribía en la Argentina. Juan B. Selva, Matías Calandrelli y Ricardo Monner Sans, entre varios más, se oponían al presunto proyecto criollista de Abeille, porque suponía una inminente transformación de la lengua castiza que podría volverla irreconocible. Para tales fines se consideraba necesario tamizar vocablos y locuciones. En este sentido, el procedimiento incluía dos momentos. Primero, se registraban —además de los fenómenos fonéticos— no solamente las unidades léxicas propias (creaciones de forma o de sentido a partir de voces españolas) sino también las absorbidas tanto de lenguas europeas como de las originarias de América. Luego se decidía si esas novedades eran legítimas y, en tal caso, podían considerarse variantes lícitas para la Argentina o si, por el contrario, constituían atentados (barbarismos, errores, desvíos) contra la unidad de la lengua española.

Un lugar destacado entre estos profesores lo ocupó el catalán Ricardo Monner Sans, autor del libro de texto Gramática de la lengua castellana en tres tomos (los dos primeros en colaboración con su colega Baldmar Dobranich), de uso extendido en los tres primeros años del nivel secundario. Fue autor de otros volúmenes que están más cerca de la divulgación que de la investigación académica, como Disparates usuales en la conversación diaria (1923) y Barbaridades que se nos escapan al hablar (1924), y tuvo además una activa participación en los medios de prensa, todo lo cual le había dado cierto prestigio y una gran visibilidad. Con un espíritu prescriptivo Monner Sans encarnó una verdadera cruzada por la pureza del castellano. En su opinión, el lenguaje de la literatura gauchesca derivaba directamente de la variante andaluza —lo que nunca fue cien por ciento comprobado—, el voseo debía ser combatido (no debía decirse decime sino dime, ni acostate sino acuéstate, por ejemplo) y los argentinismos coloquiales (bañadera, boleto, lapicera, etc.), los arcaísmos y las voces extranjeras (galicismos y anglicismos, básicamente) no debían aceptarse en modo alguno por atentar contra la pureza del español. La importante lingüista y admirada colega Daniela Lauria opina sobre él:

Monner Sans fue un censor tanto del habla de la élite culta que deformaba la lengua con galicismos como del pueblo que la maltrataba empleando vulgarismos y barbarismos. El objetivo de sus trabajos fue mantener la lengua estándar y con ella reproducir el statu quo en la medida en que valorar la lengua de un grupo significa, por consiguiente, valorar al grupo social. Quejarse de que los extranjeros hablan mal es quejarse de los extranjeros y quejarse de la lengua popular es quejarse, siguiendo su argumentación, de los sectores populares. (Lauria, Lengua y política, págs. 136-137)

Francamente, no puedo sino aceptar estas palabras sobre ese “virrey clandestino”, como alguna vez lo llamó Borges. A propósito, es oportuno recordar que, a inicios del siglo XX, en el habla corriente de las clases acomodadas y de la incipiente clase media circulaba una gran cantidad de palabras francesas e inglesas, que se hallaban entre las censuradas por el gramático catalán. Entre las primeras, tenemos amateur ‘aficionado’, buffet ‘fonda’, ‘bar pequeño ubicado dentro de clubes, instituciones educativas o edificios’, chalet ‘vivienda familiar con jardín’, chic ‘elegante’, chiffonier ‘costurero’, cliché ‘lugar común’, concert ‘concierto’, crème (como en la expresión la crème de la crème ‘la flor y nata’, ‘lo mejor de lo mejor’), début ‘primera presentación’, écharpe ‘bufanda’, frac ‘vestimenta masculina de faldones largos’, frappé ‘refrescado’, ‘helado’, matinée ‘función de la tarde’, menú ‘carta’, nécessaire ‘estuche de tocador’, pendantif ‘collar’, ‘joya suspendida del cuello con una cadenita’, réclame ‘publicidad, propaganda’, restaurant ‘local donde se va a comer’, robe de chambre ‘bata’, secrétaire ‘escritorio’, toupét ‘caradura’ (y de allí ‘caradurismo’) y troupe ‘tropa’, ‘cuadrilla’. En cuanto a los términos ingleses, se habían instalado también bar ‘local donde se venden bebidas y comidas rápidas’, bloc ‘conjunto de hojas superpuestas y pegadas por uno de sus cantos’, club ‘asociación’, dandy ‘elegante’, high-life ‘alta sociedad’, interview ‘entrevista’, jockey ‘jinete de caballos de carrera’, leader ‘cabecilla’, match ‘duelo deportivo’, dancing ‘local bailable’, meeting ‘encuentro’, speech ‘discurso’ y sport ‘deporte’, entre varios más.

Otra figura de activa participación pública en la defensa de la unidad del castellano de España e Hispanoamérica fue el argentino Arturo Costa Álvarez. Desde su punto de vista, era necesario corregir las faltas de los hablantes argentinos, como venían haciendo los gramáticos prescriptivistas, y propagar la norma culta de la lengua castellana, amenazada tanto por el aluvión de palabras y expresiones traídas al país por la inmigración italiana como por las palabras francesas que se difundían entre las clases ilustradas a través de la literatura. Menos inflexible que Monner Sans, Costa Álvarez admitía algunos argentinismos pero, igual que el catalán, sostenía una prédica normativista y expurgatoria tanto en sus columnas de prensa como en sus divulgados libros Nuestra lengua (1922) y El castellano en la Argentina (1928).

Américo Castro, primer director del Instituto de Filología, fue otro censor intransigente del habla de Buenos Aires y, a pesar de su fracaso en la gestión de la flamante unidad académica, durante casi dos décadas no renunció a su tarea, que prosiguió con empeño primero desde las páginas de diarios y revistas españoles y argentinos y luego con la publicación en 1941 de su polémico libro La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico.

Pero mucho antes de eso, el 15 de abril de 1927, en el Nº 8 de La Gaceta Literaria de España había aparecido un artículo que no llevaba firma —escrito por el crítico y autor español Guillermo de Torre— en el que se sostenía que Madrid debía ser el “meridiano intelectual de Hispanoamérica”. Distintos autores, todos muy jóvenes, escribieron sus respuestas en el número 42 de la revista Martín Fierro. Algunos de ellos fueron Nicolás Olivari, Santiago Ganduglia, Raúl Scalabrini Ortiz y Ricardo Molinari. Pero hubo una respuesta, socarrona y desopilante, pergeñada por Carlos Mastronardi y Jorge Luis Borges, firmada “Ortelli y Gasset”, en un chiste interno con el apellido del escritor Roberto A. Ortelli, dueño de una efímera editorial que en los años veinte publicaba a los martinfierristas: Ortelli y Smith. La nota se titulaba «A un meridiano encontrao en una fiambrera» y estaba escrita en un cerrado lunfardo y plagada de guiños y burlas. Entre otras frases se leen allí: “¡Minga de fratelanza entre la Javie Patria y la Villa Ortúzar!”, o “aquí le patiamo el nido a la hispanidá y le escupimo el asao a la donosura y le arruinamo la fachada a los garbanzelis”. Casi al final dice: “¿Manyan que los sobramos, fandiños? No hay minga caso de meridiano a la valenciana, mientras la barra cadenera se surta en la perfumería del Riachuelo: vero meridiano senza Alfonsito y al uso nostro”.2

Esta ironía mayúscula habrá sido, más de una vez, tema de conversación en las sobremesas domingueras, porque lo llamativo del caso es que un año más tarde, el 17 de agosto de 1928, Guillermo de Torre se casaría con Norah, la hermana de Borges, y sería su cuñado hasta 1971, año en el cual falleció.

No con este mismo registro humorístico, pero sí con filosa mordacidad hubo también respuestas sólidas en los medios de prensa a publicaciones de los Monner Sans (tanto de Ricardo como de su hijo José María, que le siguió los pasos), de Castro y de la armada española del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires. No sin contradicciones, estas fueron dadas en diferentes ocasiones por Roberto Arlt y por el propio Borges. En el aguafuerte «¿Cómo quieren que les escriba?», publicado en El Mundo el 3 de septiembre de 1929, en aparente respuesta a la posible carta de un lector, Arlt responde a críticas de Américo Castro contra el habla rioplatense:

Vez pasada, en El Sol de Madrid apareció un artículo de Castro hablando de nuestro idioma para condenarlo. Citaba a Last Reason, lo mejor de nuestros escritores populares, y se planteaba el problema de a dónde iríamos a parar con este castellano alterado por frases que derivan de todos los dialectos. ¿A dónde iremos a parar? Pues a la formación de un idioma sonoro, flexible, flamante, comprensible para todos, vivo, nervioso, coloreado por matices extraños y que sustituirá a un rígido idioma que no corresponde a nuestra psicología. (Arlt, «¿Cómo quieren que les escriba?», págs. 371-372)

Hablar de un “idioma”, naturalmente, no es correcto. Lo que el autor de Los siete locos defendía era, en rigor, una variedad (el español rioplatense) y su indignación contra Castro tiene dos causas: la astucia del académico de haber elegido para su “análisis” sobre el español de la Argentina a un periodista y escritor que se servía intencionadamente del lenguaje callejero y la genuina admiración que sentía Arlt por este talentoso autor uruguayo, cuyo nombre era Máximo Teodoro Sáenz. Pocos meses después, el 17 de enero de 1930, en el mismo diario salió otra aguafuerte con el título calcado del de un libro de Borges, «El idioma de los argentinos», en la cual Arlt responde burlonamente a unas declaraciones de José María Monner Sans a El Mercurio de Santiago de Chile, donde este último se lamentaba de que el español estuviese pasando por un momento tan crítico en la Argentina.

En el caso de Borges, es ya célebre su reseña «Las alarmas del doctor Américo Castro» acerca de la edición en Buenos Aires de La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico. En su libro, Castro insistía en que el voseo y los usos verbales correspondientes (vos tenés, por ejemplo) eran meros arcaísmos, afirmaba que el lenguaje coloquial de la capital argentina era una “jerga de la chusma ineducada” surgida del detrito de “dialectos incultos” como el genovés y el calabrés, acusaba a las “capas inferiores de la sociedad” de actuar en forma anárquica sobre el idioma ampliando arbitrariamente el sentido de muchas palabras castellanas o simplemente revesándolas —poniéndolas al vesre, decimos ahora— y hasta censuraba que se dijera manito en lugar de manita, copetín por aperitivo, ambientes en vez de habitaciones o de arriba y no el “correcto” de gorra. En un texto de un par de páginas Borges aniquila y ridiculiza los argumentos y presuntos hallazgos de los que Castro se jacta, y concluye su demolición con las siguientes palabras: “En la página 122, el doctor Castro ha enumerado algunos escritores cuyo estilo es correcto; a pesar de la inclusión de mi nombre en ese catálogo, no me creo del todo incapacitado para hablar de estilística” (Borges, «Las alarmas del doctor Américo Castro», pág. 46).

No estaría bien que pasáramos por alto en esta sucinta revisión una famosa encuesta realizada por el diario Crítica entre el 11 y el 29 de junio de 1927, que constaba de una sola pregunta: ¿Llegaremos a tener idioma propio? Entre los dieciséis encuestados sobresalen prestigiosos autores como Enrique Larreta, Roberto Payró, Manuel Gálvez, Alberto Gerchunoff y Ricardo Rojas, el pedagogo Víctor Mercante, los periodistas y escritores populares Félix Lima y Last Reason, el profesor Costa Álvarez y el mismísimo Borges.

La mayoría de ellos no vislumbraba la menor posibilidad de que en la Argentina pudiera crearse una lengua distinta del español. A lo sumo el periodista y dramaturgo José Antonio Saldías aceptaba que se estaba forjando, sí, una “modalidad” propiamente argentina. A su turno, Félix Lima lo daba como una eventualidad lejana. Por su parte, Borges —un Borges de 27 años, hay que recordarlo— no veía muchas posibilidades de que fuera a suceder, pero había decidido creer en la futura existencia de un idioma argentino, pues consideraba deseable su búsqueda por parte de los escritores nacionales. Y sugiere que, para comenzar, sería suficiente con visualizar al español como una lengua perfectible.

Solo uno de los encuestados respondió afirmativamente. Fue el ya mentado Last Reason, posiblemente el mejor prosista de la literatura lunfarda de todos los tiempos. No era la primera vez que se pronunciaba respecto de este asunto, que era de evidente interés para él, pues comprometía su práctica periodística cotidiana. El 18 de junio de 1926, justo un año antes de responder a la encuesta, Last Reason había publicado, también en Crítica, una columna titulada «Batimento sobre el chamuyo arrabalero» (como una respuesta cordial al artículo de Borges llamado «Invectiva contra el arrabalero»), que bien podría ser considerada un arte poética o una declaración de principios. La reproduzco parcialmente:

Y si se me preguntara por qué yo, que no he nacido reo ni he cursado en el arrabal mis primeras letras de guarango; si se me preguntara por qué yo la parlo al vesre y le juego cada mula tremenda a la gramática, y le ensucio el laburo a la Academia, entonces yo diría: Amigos, hay en la pobre gente que chamuya mal y feo, mucha gente que es buena, y que sufre, y que no comprende otro idioma que el tosco y rudo idioma suyo.

El periodismo debe saber llegar a todas partes con su voz políglota de batidor sensa [sic] pelos en la lengua; y yo que me hice periodista para ver de encontrar acentos nuevos y llegar bien al fondo de los corazones, yo hablo así porque adivino que así me arrimo más al alma torva y triste del suburbio y acaricio sus greñas sin gomina con mi espíritu alegre y dúctil de loco de verano. El arrabal es algo más y vale mucho más que lo que de él se supondrán quienes sólo lo conozcan de renombre. Allí la vida es vida; allí se sufre más, se quiere más y se pelea más por el bullón y la catrera, por el amor y por el trago. Miseria, sí, pero miseria con relieves que piden a gritos un mármol o un pincel. Odios y amores que se estrangulan en silencio y cuando estallan dejan marcas de sangre en la vereda. Y enamorado de ese aspecto vigoroso del arrabal que chamuya sin arte pero con alma, yo me puse a hablarle en su lengua, en su idioma, en su bizarra germanía; no por capricho, sino por afecto, con cariño, por piedad. (Crítica, 18 de junio de 1926)3

La lectura de estas líneas resulta, sin duda, propedéutica para la respuesta de Last Reason a la encuesta del 16 de junio del año siguiente, que comenzaba de este modo:

¿Si creo yo que se está formando un idioma nacional en la Argentina? ¡Pero che viejo, eso no se le puede preguntar a un tipo como el que subscribe! Que Rojas se cierre en banda a la suposición de que se incube un nuevo idioma en el huevo de Colón, eso se explica. Que Larreta dude de que las épocas sean propicias actualmente, se concibe. Pero que usted tenga la irreverencia de preguntarme a mí, si creo en la formación de una lengua que es chamuyada actualmente por una ciudad que cuenta dos millones de zabecas, eso es una cosa que entra entre las catalogadas como gilerías. Vea compadre, el idioma argentino existe: usted lo conoce, lo manya desde pibe, lo chamuya a ciertas horas y lo oye chamuyar desde el pique hasta la raya. ¿Por qué entonces se hace el gil y pierde el tiempo patinándoselo haciendo preguntas que van muertas desde la largada? (Ennis, Santomero y Toscano y García, La lengua argentina, págs. 38-39)4

Es cierto que los argumentos que esgrime el autor uruguayo carecen de todo rigor lingüístico, pues confunde el momento histórico de mayor ebullición del lunfardo con el surgimiento de una “lengua argentina”. Sin embargo, su contestación no deja de causarme una grandísima simpatía. Queriendo o sin querer, la voz de Last Reason se sumó a las de Borges y Arlt, que tampoco eran lingüistas o siquiera gramáticos, en defensa de ciertas modalidades lingüísticas propias, que permanecerían y se acrecentarían a través de las décadas para identificar indudablemente a las variedades del español que se usan hoy en la Argentina.

Cuando le toca el turno a Costa Álvarez, cuya respuesta se publicó en el número de Crítica del 22 de junio de 1927, el polemista platense no puede refrenarse y le responde al autor uruguayo: “¿Pero qué tiene que ver el orillero5 con el idioma nacional? Vamos, vamos, Last Reason, no atropelle… La lengua de un país es la común, la oficial, la escolar, la culta; no es la síntesis imposible de sus diversas hablas populares, regionales y locales, y mucho menos es una sola de ellas” (Ennis, Santomero y Toscano y García, La lengua argentina, pág. 66). Y poco después agrega que llegaremos a tener como idioma propio el castellano, pero que será cuando nos emancipemos (de la Real Academia, se entiende) y cuando hagamos nuestra propia gramática y nuestro propio diccionario (véase Ennis, Santomero y Toscano y García, La lengua argentina, págs. 66-67).

En las décadas del treinta y del cuarenta hicieron su aparición pública, a través de columnas de prensa y de libros de gran circulación, nuevas espadas en la cruzada a favor del castellano y de la norma culta: Avelino Herrero Mayor y el cura salesiano Rodolfo Ragucci. Su prédica, encuadrada dentro de un clima de época, resultó quizás propiciatoria para que los golpistas del 4 de junio de 1943 comenzasen a aplicar la censura sobre las emisoras de radio, lo que incluyó tanto los títulos como las letras de los tangos que se propalaban. Esta decisión política se basó en un Reglamento de Radiocomunicaciones aprobado por decreto de Agustín P. Justo el 3 de mayo de 1933 (aplicado muy pocas veces y mayormente pasado por alto hasta entonces) y en unas «Instrucciones para las Estaciones de Radiodifusión» aprobadas el 2 de agosto de 1935. Solo diez días después del golpe el nuevo gobierno encabezado por Ramírez (tras la renuncia de Rawson) creó el 14 de junio el Consejo Supervisor de las Transmisiones Radiofónicas, cuyos integrantes, desde una postura nacionalista católica e hispanista —en la línea que había venido propiciando el obispo Gustavo Franceschi desde la revista Criterio—, confeccionaron listas de palabras y locuciones que debían ser proscriptas de todos los programas: los cómicos, los musicales, los tradicionalistas y hasta los deportivos. En el segundo semestre de 1943 hubo apercibimientos y sanciones para Radio Splendid por haber irradiado diálogos humorísticos inapropiados, para Radio Argentina por el uso de vocablos interdictos en el contexto de un diálogo entre el locutor y dos jugadores de fútbol después de un partido, para Radio del Pueblo por transmitir el episodio de un radioteatro cuyo texto no coincidía con la versión escrita aprobada previamente. En Radio Belgrano, Samuel Yankelevich, su director, se vio obligado a apercibir a la cantante Libertad Lamarque porque había interpretado canciones con letras no sometidas a aprobación y en Radio El Mundo la censura alcanzó a los libretos que escribía Niní Marshall para sus personajes Cándida y Catita. Estos casos documentados de censura los aporta Enrique Fraga en su libro La prohibición del lunfardo en la radiodifusión argentina 1933-1953 (2006).

Las listas de expresiones prohibidas llegaban a las emisoras bajo la forma de circulares. En la primera de ellas, la Nº 133, del 14 de junio —el mismo día de la creación del Consejo Supervisor—, la nómina de palabras que había que proscribir incluía, entre otras, el pronombre vos, las formas verbales sos, sabés y salí, la expresión coloquial m’hija, las contracciones confesao, disculpao y empeñao, las expresiones lunfardas atenti, chirolas, mangos, pibes, piberío y tirar la bronca y el barbarismo ¿lo qué?

Pocos días después, en la segunda circular, la Nº 136 (desconozco la lógica de esta numeración), se recomendaba a las autoridades de cada radiodifusora una “constante fiscalización” para evitar que se irradiaran, por ejemplo, políglota (correctísima voz española aplicable tanto al género masculino como femenino, que sin embargo se recomendaba usar como polígloto), pelado (se exigía el uso de calvo), interín (se argüía que la forma castellana correcta es ínterim), los barbarismos comisería, cólega, dea, telégrama, enriedo e hirve y los lunfardismos fajar, escabiar, junar, laburo, gil, metejón, milonga y tololo.

Los censores prosiguieron su tarea durante el primer gobierno peronista, que al comienzo reivindicó en comunicaciones oficiales el legado de la lengua y la cultura españolas. Por esta razón no resulta contradictorio que Herrero Mayor haya tenido a principios de los años cincuenta, en Radio del Estado, un programa propio, en el que mantenía un diálogo con una presunta alumna a través del cual desarrollaba distintas lecciones para hablar y escribir correctamente en español. Sobre la base de estos libretos radiales, Herrero Mayor publicó en 1954 su libro Diálogo argentino de la lengua, donde aseguraba con cordura que la lengua es única para todos los hispanoamericanos y a la vez aceptaba que el español de la Argentina poseía particularidades fonéticas y léxicas, como lo tienen el español de México, el de Chile o el de España.

Tras la reelección del presidente Perón, hubo, parece, un intento de cambiar el rumbo en materia lingüística. Dentro del Capítulo V (Cultura) del Segundo Plan Quinquenal, publicado en 1952, se expresaba que el primer punto para desarrollar nuestra cultura literaria era “la configuración nacional de la lengua, creando a tal fin la Academia Nacional de la Lengua, que deberá preparar el Diccionario Nacional, que incluirá las voces peculiares de nuestro país en sus diferentes regiones y las usadas corrientemente en Latinoamérica”.6 Allí mismo el médico Raúl Mendé, que era el Ministro de Asuntos Técnicos del gobierno, aclaraba: “No es que pretendamos crear o tener un idioma argentino pero sí no depender de nadie en materia idiomática”. A pesar de las intenciones expresadas al respecto en aquel extensísimo documento, no se llevaron a cabo en los años subsiguientes las propuestas enunciadas y naturalmente fueron desestimadas por la dictadura que encabezó Pedro Eugenio Aramburu en 1955.

En una reciente investigación, Guillermo Toscano y García cuenta lo que sucedió con el profesor alemán Gerhard Moldenhauer. Contratado por el gobierno para hacerse cargo del recién fundado Instituto de Filología de la Universidad Nacional del Litoral, el académico pronunció una conferencia el 1º de octubre de 1952, que luego se publicaría con el título Filología y Lingüística. Esencia, problemas actuales y tareas en Argentina. Además de intentar diferenciar ambas disciplinas, Moldenhauer traza un somero plan programático para el instituto, en el cual se manifiesta una expansión del campo de estudio filológico y lingüístico: junto a los temas tradicionales, se incorporarían el conocimiento y examen de las lenguas aborígenes, los estudios folklóricos y la investigación en torno a la lengua de los negocios. Pero el proyecto para el instituto, igual que los objetivos incluidos en el Segundo Plan Quinquenal, resultó simplemente declarativo, ya que ni él ni ningún otro de sus colegas publicó resultados de investigaciones en torno a todos estos temas durante los siguientes años.

La casi completa expansión del voseo por toda la Argentina estuvo acompañada, desde la década de 1940 hasta la de 1960, por una serie de autores que, cada uno a su modo, lo defendieron y lo consideraron primordial y representativo del español argentino. Se anotaron en la lista, por ejemplo, Ezequiel Martínez Estrada, su discípulo Julio Mafud, Héctor Murena, Oscar Massota y Ernesto Sabato (véase Oviedo, «Apostillas a la historia del voseo argentino», 2006). En definitiva, toda discusión acerca del voseo se dio por concluida luego de la publicación del libro El español en la Argentina de Berta Vidal de Battini, que en 1964 publicó el Consejo Nacional de Educación. Allí esta reconocida lingüista ratificaba que el voseo era un hecho generalizado dentro de todos los niveles culturales y sociales del país.

En los últimos años aparecieron algunas antologías que ofrecen testimonios de los siglos XIX y XX acerca de las distintas posiciones sostenidas a través del tiempo en los debates político-lingüísticos referidos a la existencia o no de una lengua nacional. Entre ellas se destacan Voces y ecos (2012) de Mara Glozman y Daniela Lauria, La querella de la lengua en la Argentina (2013) de Fernando Alfón y Nuestra expresión (2017) de José Luis Moure. A ellos se sumaron recientemente La lengua argentina. Una encuesta del diario Crítica en 1927, con edición de Juan Ennis, Lucila Santomero y Guillermo Toscano y García (2020), una recopilación de textos de Arturo Costa Álvarez seleccionada y anotada en 2022 por Ennis y Toscano y García, y Lengua y política. Historia crítica de los diccionarios del español de la Argentina (2022) de Daniela Lauria.

Hoy nadie considera posible que el español de la Argentina evolucione de tal modo que llegue a convertirse en un nuevo idioma. Sin embargo, está muy claro que nuestro español tiene rasgos propios y distintivos, y de eso vamos a hablar ahora.

EL ESPAÑOL POLICÉNTRICO

Si bien la Real Academia Española de la Lengua inició una política de acercamiento hacia sus academias correspondientes americanas muy pocos años antes de la celebración del Quinto Centenario del mutuo descubrimiento (alrededor de 1990), fue recién en el siglo actual cuando se inició por fin un proceso para el desmantelamiento de la subvaloración del español de América, el que igualmente despierta recelos y sospechas entre una cantidad no menor de lingüistas. No hace demasiado —a lo sumo, un par de décadas— que se le reconoce al idioma español un estatus policéntrico. En otras palabras, ya no es defendible la posición que hace del habla de Madrid (o de cualquier otra ciudad de la península) un modelo único y “puro” para más de 600 millones de hispanohablantes, cifra que se compone aproximadamente de 500 millones de hablantes nativos, 75 millones con competencia parcial o limitada y alrededor de 25 millones de personas que estudian oficialmente español en el resto del mundo. El policentrismo nos enseña que no existe un solo paradigma de la lengua española, y que las variedades utilizadas en Cusco, Cuernavaca, Valparaíso, Medellín, Sucre o Rosario pueden ser igual de modélicas o prestigiosas que las de Toledo o Salamanca.

Los departamentos de Español y Romanística de diversas universidades europeas y estadounidenses han comenzado ya a trabajar con nuestra lengua sobre la base de este concepto que, lejos de resultar disruptivo o incómodo, parece haberse consensuado dentro de los estudios lingüísticos para poner las cosas un poco más en su lugar. La posición clásica del monocentrismo, que defiende que el mejor español se habla en España, prevalente no solo durante la época colonial sino al menos hasta el último cuarto del siglo XX, conserva, sin embargo, muchos adeptos en

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