
Cuando Joan tenía seis años, decidió que cuando fuera mayor quería ser Superman. Le dijo a su padre que necesitaba un disfraz para practicar y él, que siempre había sido reacio a gastar dinero, le pintó una «S» en una camiseta azul y buscó un paño rojo para que le sirviera de capa. Joan se lo ponía cada noche para meterse en la cama.
—¿Superman? —se mofó la abuela cuando Joan fue a pasar el verano con ella a Londres—. Tú no eres una heroína, Joan. —Inclinó la cabeza gris con el gesto de quien se dispone a contar un secreto—. Eres un monstruo. —Pronunció la palabra «monstruo» como si serlo fuera tan especial como ser un elfo.
La abuela estaba haciendo la cama de Joan en la habitación de invitados y ella la ayudaba metiendo las almohadas en las fundas. El cuarto olía a ropa recién lavada y el sol de la mañana iluminaba hasta el último rincón de la estancia.
—Los monstruos son como arañas gigantes —protestó Joan—. O como robots. —Había visto los suficientes dibujos animados como para saberlo.
A veces, la abuela contaba chistes sin sonreír. Quizá se trataba de una de esas veces. Sin embargo, en aquella ocasión no le brillaban los ojos, como siempre que bromeaba. Tenía el semblante serio.
—Esos son los monstruos de mentira —replicó—. Los monstruos de verdad son como tú y como yo.
En realidad, Joan y su abuela no se parecían mucho. Joan había salido a su familia paterna, los Chang. Su padre, que era de Malasia, se había trasladado a Inglaterra a los dieciocho años. Tenía mejillas redondas y pecosas, los ojos rasgados y el pelo negro y brillante, igual que Joan.
La abuela se parecía a su madre, según había visto en las fotos. Tenía una melena rizada que le rodeaba la cabeza como una nube y unos ojos verdes demasiado perspicaces para su rostro. A veces, cuando se miraba al espejo, Joan veía la misma expresión desconfiada en su reflejo. «La mirada de los Hunt», la llamaba la abuela.
Esta terminó de alisar la colcha y se sentó en el borde de la cama. Así, ella y Joan estaban a la misma altura.
—Los monstruos son los malos —insistió Joan, escéptica. En los dibujos, los monstruos se escondían debajo de tu cama. Se reían a carcajadas terroríficas que duraban demasiado, ¡comían personas! En la escuela, la señora Ellery le había contado que los chinos comían gatos. Ese día, Joan se había sentido un poco como si fuera de los malos, pero se había despertado en ella una cierta resistencia, igual que en ese momento. Ella no era de los malos. ¡No lo era!
Por alguna razón, la abuela sonrió.
—A veces me recuerdas a tu madre.
Joan no entendía qué tenía eso que ver con los monstruos. De todos modos, contuvo el aliento, con la esperanza de que la abuela siguiera hablando. La madre de Joan había muerto cuando ella era un bebé y la abuela casi nunca la mencionaba. En casa de su padre había fotografías suyas encima del televisor y en la pared del salón, pero la abuela no tenía fotos de nadie. De las paredes de su casa colgaban cuadros de paisajes y viejas ruinas.
—Papá me dijo que era muy lista —aventuró Joan.
—Mucho. —Le apartó el pelo a su nieta de la cara—. Lista y testaruda. Ella tampoco se creía nada si no tenía pruebas.
Antes de que Joan tuviera tiempo de preguntar qué significaba eso, la abuela levantó el brazo en el aire como si se dispusiera a coger una manzana de un árbol. Notó que se le ponían de punta los pelos de la nuca, aunque no habría sabido decir por qué.
Cuando la abuela abrió la mano, llevaba en ella un objeto dorado que brillaba bajo el sol de la mañana. Era una moneda, pero diferente a cualquier otra que Joan hubiera visto nunca. En una cara había un león alado; en la otra, una corona.
—Ya sé cómo lo has hecho —dijo Joan. Se llamaba «prestidigitación». Ruth, la prima de Joan, le había enseñado a hacerlo con un botón. Podías hacer que algo apareciera y desapareciera escondiéndolo entre los dedos y deslizándolo luego en la palma de la mano.
La abuela dejó caer la moneda en la mano de la niña. Pesaba más de lo que parecía.
—¿Me lo enseñas? —preguntó—. ¿Puedes hacerla desaparecer?
El truco de Ruth era difícil. A Joan solo le había salido dos veces, mientras que el botón se le debía de haber caído un centenar. Aun así, como la abuela la miraba expectante, Joan se colocó la moneda entre el pulgar y el anular, haciendo equilibrios con ella.
—No —la corrigió la abuela—. Hazlo como lo he hecho yo. —Le puso la moneda en el centro de la palma de la mano y le cerró los dedos—. A la manera de los monstruos.
«Yo no soy un monstruo —pensó Joan—. Yo no soy de los malos». Y la abuela tampoco. Joan había pasado casi todos los veranos con ella, hasta donde le alcanzaba la memoria. Cuando tenía pesadillas, se sentaba a hacerle compañía. Un día que encontró un pajarillo herido en el parque, la abuela lo envolvió con su bufanda y cuidó de él hasta que pudo echar a volar. Una persona así no podía ser un monstruo.
Joan se concentró en el peso de la moneda hasta que dejó de notarlo. Abrió los dedos y le mostró a la abuela la mano vacía.
Ella esbozó una sonrisa afectuosa.
—A la manera de los monstruos —repitió con tono de aprobación, y añadió—: Ese truco va acompañado de una regla.
—¿Una regla? —preguntó Joan. En casa, con su padre, tenían reglas sobre lo que se debía y lo que no se debía hacer. Robar estaba mal; ayudar a los demás estaba bien. Mentir estaba mal; escuchar a los profesores, bien.
Los Hunt también tenían reglas, pero era como si hubieran acordado unas totalmente diferentes. No pasaba nada por robar, ni tampoco por mentir... Siempre que solo se lo hicieras a desconocidos. Pagar las deudas estaba bien y ser leal a tu familia, también.
—Nos escondemos a la vista de todos —dijo la abuela—. ¿Sabes qué significa eso?
La casa parecía en completo silencio. Incluso los pájaros que había al otro lado de la ventana habían dejado de trinar. Joan negó con la cabeza.
El afecto no abandonó la expresión de la abuela, pero su semblante se tornó serio.
—Significa que nadie puede saber lo que son los Hunt —continuó—. Lo que eres tú. —Bajó la voz—. Jamás le hables a nadie de los monstruos.

Joan se alisó el pelo y se miró una última vez en el espejo del pasillo de la planta de arriba de casa de la abuela. Ese día tenía una cita. ¡Y con Nick! Al ver su reflejo, se dio cuenta de que su mirada desprendía ternura y felicidad. Joan había estado trabajando con él como voluntaria en un museo durante el verano. Le gustaba desde el primer día, pero, claro, a todo el mundo le gustaba Nick.
Él le había pedido una cita el día anterior, mordiéndose el labio, nervioso, como si tuviera miedo de que ella le dijera que no. Como si a ella no se le parase el corazón solo por estar en la misma habitación que él.
Y ahora iban a pasar un día entero juntos, empezando con un desayuno en una cafetería de Kensington High Street. Joan miró su móvil: todavía faltaba una hora para salir.
Debía admitir que ella también estaba nerviosa. Tenía la típica mezcla de nervios y emoción que se siente cuando algo está a punto de empezar. Ella y Nick habían ido intimando a lo largo del verano, pero aquello parecía el inicio de algo nuevo.
Tras oír unas carcajadas que venían de la planta baja, Joan respiró hondo con la intención de centrarse. Sus primos ya estaban levantados, así que bajó las escaleras acompañada de su parloteo familiar y reconfortante.
—El mejor cuadro falsificado de toda la National Gallery —estaba diciendo su primo Bertie.
—Fácil —respondió Ruth, su otra prima—. Los Nenúfares de Monet.
—¡Ese no es una falsificación! —protestó Bertie.
—¡Es mi opinión!
—¡No vale nombrar cualquier cuadro sin más!
Joan ya estaba sonriendo cuando llegó al final de las escaleras. Vivía casi todo el año en Milton Keynes, con su padre, y le gustaba la vida tranquila que llevaba con él, pero también disfrutaba del ruido y el alboroto de la casa de la abuela. Pasaba con ella todos los veranos y siempre esperaba con ganas que llegara el momento de ir a Londres.
En la cocina, Ruth estaba apoyada en el radiador roto de debajo de la ventana. A sus diecisiete años, era un año mayor que Joan y su otro primo, Bertie, pero esa mañana parecía una niña. Todavía llevaba puesto el pijama: unos pantalones de franela gris y una camiseta de los Transformers con el logo de Decepticon, ese robot con la boca en forma de pico. Los rizos oscuros le enmarcaban el rostro.
—¿Queda té en el armario? —le preguntó Ruth a Bertie.
Bertie se volvió para echar un vistazo sin apartar la vista del todo de la sartén en la que cocinaba tomates y champiñones.
—Solo queda esa cosa ahumada que bebe el tío Gus. —Parecía vestido para una excursión en barco por el Támesis en 1920, con un gorro de paja que le tapaba el pelo negro. Los Hunt tenían un gusto muy excéntrico para la moda.
—Eso sabe a... —Ruth se interrumpió al ver a Joan en la puerta de la cocina. Se fijó en su vestido nuevo y en su elegante peinado, y se le iluminó el rostro en una lenta demostración de alegría.
—No empieces, Ruth —protestó Joan.
Pero su prima ya estaba cacareando:
—Pero ¡mírate!
—¿Tienes una entrevista de trabajo? —preguntó Bertie—. Pensaba que todavía trabajabas de voluntaria en ese museo.
—He quedado para desayunar —contestó Joan. Ya se había puesto roja, se lo notaba.
—¡Se ha arreglado porque tiene una cita! —exclamó Ruth llevándose una mano al corazón—. Es el romance definitivo entre ratones de biblioteca. ¡Después de desayunar van al Museo de Victoria y Alberto! ¡Van a ir a ver telas medievales juntos!
—¿Cómo que romance entre ratones de biblioteca? —repuso Joan, pero no pudo evitar sonreír—. En el Museo de Victoria y Alberto hay otras cosas también. Tapices, cerámica...
—El romance del siglo —se mofó Ruth. Se apoyó en la ventana, todavía con la mano en el corazón—. Dos locos de la historia trabajan como voluntarios en un museo durante el verano. Y un día, mientras friegan juntos el suelo, se miran por encima de los mochos y...
Joan resopló y se acercó a su prima para robarle una tostada del plato.
—Deberíais venir a echarnos una mano algún día —les comentó—. En realidad es muy divertido. Hace poco aprendimos a restaurar piezas de cerámica rotas.
—Un día de estos te voy a grabar para que puedas escucharte cuando hablas —le espetó Ruth. Puso los brazos rígidos como un robot—. Me llamo Joan. Me encanta servir a la comunidad. Soy tan cuadriculada que solo cruzo la carretera cuando el semáforo está en verde.
—Sí, claro. Así es exactamente como hablo —replicó Joan.
Ruth sonrió. Tal vez fuera un año mayor que ella, pero en su relación siempre había parecido lo contrario. Ruth veía las normas como un problema de los demás, no suyo, y Joan siempre representaba el papel de la hermana mayor: le quitaba las cosas que robaba de los bolsillos y las volvía a dejar en su sitio, y tiraba de ella hasta el final de la calle para cruzar por el paso de peatones. «Mira que eres santurrona», le decía siempre su prima, pero le tenía cariño. Se conocían desde hacía demasiado tiempo como para creerse capaces de cambiar la naturaleza de la otra.
—Vamos —la instó Bertie, igual de afectuoso. Puso la sartén de champiñones y tomates sobre la mesa de la cocina—. Cuéntanoslo todo.
—Déjanos vivir el romance entre ratones de biblioteca a través de ti —añadió Ruth.
Joan le dio una suave patada en el zapato.
—Pues... Me gusta —declaró.
—Va —insistió Ruth, con la paciencia indulgente de quien había estado oyendo hablar de Nick todo el verano. Alargó un brazo para coger un champiñón de la sartén.
—Lo demás ya lo sabes. Hemos quedado para desayunar esta mañana y luego iremos al Museo de Victoria y Alberto.
—Ajá —contestó Ruth—. Y, luego, los dos locos de la historia se esconderán detrás de las exposiciones y... —Empezó a lamer el champiñón doblando la lengua exageradamente—. Mmm... Mmmmmm...
—¡Ruth! —se quejó Bertie—. ¡Eso lo he cocinado yo!
—Mmmmmm... Mmm...
—¿Lo quiero saber? —se oyó la voz seca de la abuela desde las escaleras.
—Bueno, yo me tengo que ir —dijo Joan antes de que la familia entera empezara otra vez—. Nos vemos luego.
El tío Gus y la tía Ada también estaban bajando a la cocina.
—Ir ¿adónde? —preguntó el tío Gus.
—¡Tiene una cita! —anunció Ruth a gritos desde la cocina.
—Espera, ¡me quiero enterar! —ordenó la tía Ada.
Joan salió huyendo de la cocina.
—¡Hasta luego! —se despidió desde el recibidor.
—¿Una cita con quién? —oyó que preguntaba la tía Ada.
—Con ese chico que le gusta —respondió Ruth.
Y Bertie añadió canturreando:
—¡Va a besar a su amor de verano delante de telas medievales!
Joan se partía de risa.
—Bueno, ¡adiós! —gritó y cerró la puerta.
Todavía sonreía mientras caminaba por Lexham Mews. Giró hacia Earl’s Court Road y luego hacia Kensington High Street. Había sido un verano caluroso y el bochorno prometía otro día de calor.
Recibió un mensaje de Nick justo al llegar a la cafetería: «¡Estoy en el metro!». Joan respiró hondo, feliz. Él también llegaba temprano: en menos de quince minutos estaría allí. Se mordió el labio. Todavía le costaba creer que fuese a pasar un día entero a solas con él.
Pidió una taza de té y la llevó a una mesa junto a la ventana. Los cálidos rayos de sol entraban a través del cristal y le acariciaban la cara. Cuando se disponía a contestarle el mensaje a Nick, la puerta se abrió tras ella y notó una ráfaga de aire.
Se oyó entonces un estruendo que en la cafetería de su instituto habría provocado un auténtico revuelo. Joan se volvió para ver qué había pasado, igual que los demás clientes.
Había un hombre de pie frente a una mesa tirada en el suelo, con los ojos muy abiertos y una expresión de perplejidad. El suelo estaba cubierto de trozos de cristal y de cerámica. El señor miraba el estropicio parpadeando, como si pensara que la causante había sido otra persona.
—Quiero comprar flores —balbuceó.
—Otra vez no —gruñó un camarero que había cerca de Joan. Levantó la voz y le ordenó a otro—: ¡Ray, ve a por el aspirador! ¡Es el borracho de nuevo! —Se volvió hacia el hombre y le comunicó con hastío—: Aquí no vendemos flores, no hago más que decírselo. Hace años que aquí no hay ninguna floristería.
Joan se puso de pie despacio. Había reconocido al hombre.
—Oye, no está borracho —le dijo al camarero.
El señor Solt era un vecino de la abuela. La semana anterior, había entrado en casa con el mismo ademán confundido. Su hija Ellie había llegado poco después hecha un mar de lágrimas. «Tiene demencia —le había contado a la abuela—. Ha empeorado muchísimo desde que mamá murió el año pasado. La mitad del tiempo ni siquiera sabe en qué año estamos».
—¿Señor Solt? —Joan se le acercó. Los platos rotos crujieron bajo sus pies; había cristales por todas partes. El señor Solt solo llevaba unas zapatillas de estar por casa, sin calcetines. Debía de haber venido así desde su domicilio.
—¿Dónde está la florista? —Frunció el ceño, desconcertado. Era un hombre corpulento de más de setenta años, calvo y con unos hombros descomunales. Sin embargo, en ese momento estaba encogido como un niño. Parecía a punto de romper a llorar.
Joan intentó apartarlo de los cristales.
—¿Qué le parece si llamo a Ellie? —le propuso—. Seguro que ella lo acompaña a comprar unas flores y así luego podrá irse a casa. —Echó un vistazo a su móvil. Nick llegaría en unos diez minutos—. No pasa nada —le dijo al camarero—. Voy a llamar a su hija.
Tocó el brazo del señor Solt con cautela y, para su alivio, él le permitió alejarlo del cristal y acompañarlo a la calle.
Era un día soleado con un cielo azul y despejado fuera de lo común. Era tan temprano que la mayoría de las tiendas de Kensington High Street estaban cerradas.
—Busquemos un lugar para sentarnos —sugirió Joan. Pero, al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que no había ninguno. Se decidió por acercarlo a la pared entre la cafetería y el banco de al lado—. ¿Quiere apoyarse aquí mientras esperamos? —sugirió. Él la miró y parpadeó—. Vamos a esperar aquí —le explicó—. Voy a llamar a Ellie y la esperaremos aquí.
El señor Solt se quedó ahí plantado, mirándola con el rostro inexpresivo. Joan sintió entonces una extraña inquietud. De repente, tuvo el presentimiento de que estaba a punto de suceder algo terrible, y enseguida se preguntó por qué tenía esa sensación.
—¿Señor Solt? —dijo.
El hombre se tropezó y entonces alargó las manos de golpe y la agarró de los hombros. Ella retrocedió instintivamente, pero él la cogió con más fuerza. Daba la sensación de que se estaban peleando, aunque él solo estaba intentando recuperar el equilibrio.
Joan miró atrás, intentando ver a través de las ventanas de la cafetería, pero desde donde se encontraba —cerca del banco— no lo conseguía. Desde el interior, le llegó el suave ruido de un motor: un aspirador. Joan miró hacia el otro lado, hacia la dirección desde donde debía de llegar Nick, pero Kensington High Street estaba más vacía de lo que nunca la había visto.
El señor Solt se apoyó sobre los hombros de Joan; el esfuerzo de sostenerlo hizo que le temblaran las piernas. Le sobrevino el recuerdo ridículo del día que había intentado quitar el colchón de la cama y se había derrumbado bajo su peso. Había tenido que llamar a su padre para que se lo quitara de encima y él se había reído tanto que había tenido que apoyarse en el marco de la puerta para no caerse.
Se forzó a reír, pero le salió un sonido agudo y nervioso. Intentó convencerse de que no estaba asustada, no del todo. El señor Solt solo estaba confundido, solo estaba tratando de recuperar el equilibrio. En unos instantes los dos lo lograrían.
Se preguntó incluso cómo se lo contaría a Nick cuando llegase. «Me ha pasado una cosa rarísima antes de que vinieras. El señor Solt perdió el equilibrio, y yo también, y hemos acabado dando tumbos en mitad de Kensington High Street».
Pero entonces le fallaron las piernas.
—¡Señor Solt! —gritó.
Él frunció el ceño. Durante un segundo, apareció una chispa de reconocimiento en sus ojos. Apartó a Joan de un empujón, confundido. Ella trastabilló hacia atrás y movió la mano para agarrarse del hombro del anciano, de su camiseta, de cualquier cosa, para no caerse.
Se dio de espaldas contra la pared y, por un instante, no pudo ver más que el cielo azul y despejado.
Y entonces se oyó una especie de chasquido.
Y todo se volvió oscuro, como si alguien hubiera apagado la luz.
Joan se oyó la respiración jadeante. Estaba totalmente desorientada. Alargó las manos en la oscuridad, buscando a tientas algo que le indicara dónde estaba, y, cuando lo hizo, un fulgor pasó rugiendo junto a ella. Se estremeció y retrocedió. Eran las luces de un coche.
Parpadeó para acostumbrarse a la falta de luz, pero la sensación de desorientación no hacía más que empeorar. No conseguía darle sentido a lo que veía.
Al otro lado de la calle había una hamburguesería. Joan la conocía bien: había pasado por allí docenas de veces.
Se dio la vuelta despacio. Detrás de ella estaba la cafetería, oscura y vacía. Un cartel de CERRADO colgaba de la puerta. Entonces comprendió que no se había movido: seguía en el mismo lugar. Seguía exactamente en el mismo sitio donde el señor Solt la había empujado.
Solo que el anciano había desaparecido.
Joan se quedó mirando la calle fijamente. Hacía un segundo, estaba esperando a que llegase Nick. El sol resplandecía sobre su rostro. Era por la mañana.
Pero el cielo, que hasta hacía unos segundos era azul, se había vuelto negro. Se veían las estrellas. La luna.
Era de noche.

Joan contempló el cielo oscuro, incrédula. Había caído la noche, no poco a poco, después del atardecer, sino en un segundo, como si alguien hubiera lanzado un manto para cubrir el mundo.
No tenía ningún sentido. Hacía un instante estaba esperando a Nick, y de repente...
Quiso mirar qué hora era y la golpeó una nueva oleada de confusión al reparar en que había perdido el móvil. Recordaba vagamente que se le había escapado de las manos durante la refriega.
En ese momento, un coche pasó a toda velocidad iluminando la calle. El lugar donde se le había caído el móvil estaba vacío. Joan dio un paso atrás, titubeando desorientada. Un nudo de pánico empezó a cobrar forma en la boca de su estómago. Había quedado allí con Nick para desayunar, pero ahora la cafetería estaba desierta; veía las sillas apiladas en el interior. Se fijó de nuevo en el cartel de CERRADO.
Dios mío, ¿qué acababa de suceder?
El señor Solt la había empujado y entonces... Joan intentó recordar. Y entonces nada. Entonces había caído la noche.
El sonido de unas voces la sobresaltó. Un grupo de chicas pasó por su lado. Iban muy arregladas y se agarraban las unas de las otras para no perder el equilibrio, tambaleándose, entre risas y charlas, como si estuvieran en mitad de una noche de fiesta.
—¡Huy, perdón! —se disculpó una de ellas al pasar demasiado cerca de Joan.
Mientras las observaba marcharse, el corazón le dio un vuelco. Era evidente que estaban disfrutando de su noche, sin más; a ellas no les había sucedido nada extraño.
Cerró los ojos con la esperanza de que el mundo hubiera vuelto a su sitio cuando los abriera. De que volviera a ser por la mañana y Nick estuviera caminando hacia ella. Sin embargo, cuando los abrió, el cielo seguía siendo negro y las tiendas de Kensington High Street seguían cerradas, con los escaparates a oscuras. Y no era eso lo único que le indicaba que era de noche: la temperatura había bajado en el mismo instante en el que el mundo había perdido la luz.
Se pellizcó el brazo y le dolió. El aire era frío, y el pavimento bajo sus pies, firme. No estaba soñando.
Pero si todo aquello era real... Joan se volvió hacia los ventanales oscuros de la cafetería. Había un cartel que informaba de sus horarios: desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. Si era real, significaba que en su memoria había una laguna de al menos trece horas.
Tragó saliva para contener el pánico que empezaba a apoderarse de ella. Se metió la mano en el bolsillo para sacar el teléfono; necesitaba hablar con Nick, decirle que estaba allí... Pero entonces se acordó de que lo había perdido.
Otra oleada de pánico. Y, de pronto, la situación pudo con ella. Estaba sola en la oscuridad y no recordaba nada de ese día. Lo único que quería era ir a casa con su abuela. Se sentía como si volviese a ser una niña pequeña y se hubiera caído y se hubiese hecho daño. Como si, solo con volver a casa, la abuela pudiera arreglarlo todo con un abrazo.
Joan volvió dando tumbos por Kensington High Street y luego por Earl’s Court Road. Aunque conocía bien aquellas calles, en la oscuridad le parecían diferentes; las tiendas eran como cascarones vacíos. ¿Qué hora sería? Tenía la sensación de que era muy tarde.
¿Qué le había ocurrido? ¿Se había quedado inconsciente? ¿La habían drogado? ¿Se lo había imaginado todo? Cada posible explicación que se le ocurría la asustaba más. De golpe, se dejó llevar por el pánico, se detuvo y empezó a palparse la ropa. Para su alivio, seguía completamente vestida para su cita con Nick, con el vestido de verano y las sandalias.
¿Sería sonámbula? Hasta entonces, nunca le había pasado.
No obstante, bajo todas sus especulaciones yacía otra pregunta, una pregunta en la que le daba demasiado miedo pensar: «¿Qué me ha hecho el señor Solt?».
La casa del anciano asomaba amenazante cerca de la esquina con Lexham Mews. Joan se apartó de ella, temerosa de que el señor Solt saliera por la puerta en cualquier momento. Echó a correr y se tropezó en el camino irregular que llevaba a la casa y luego aceleró hasta la suya, topándose con el escalón de la abuela en la oscuridad.
Abrió la puerta y la cerró con llave después de entrar. Comprobó una y otra vez que estuviera bien cerrada. Cuando se volvió, esperaba encontrar la casa a oscuras y en silencio, pero, para su sorpresa, había luz en la cocina. Alguien seguía despierto.
La abuela estaba sentada junto a la mesa de la cocina con una taza de chocolate caliente en las manos. En los fogones, el cazo con el resto de la bebida todavía burbujeaba. Joan vaciló en el umbral de la puerta; no sabía si se había metido en un lío. El reloj marcaba algo más de la una de la madrugada. Su padre se habría subido por las paredes si se hubiera atrevido a volver tan tarde sin llamarlo.
—Hola, cariño —la saludó la abuela sin levantar la vista—. Ven y siéntate.
Joan vio entonces que había otra taza de chocolate humeante sobre la mesa.
—Yo... —No sabía qué decir. «Abuela, creo que es posible que me hayan drogado. O quizá me he dado un golpe en la cabeza y me he quedado inconsciente». Ninguna de las dos opciones le parecía cierta—. Me ha pasado algo —consiguió enunciar—. Alguien me ha hecho algo.
—Siéntate, cariño —repitió la abuela con más dulzura. Le acercó la taza de chocolate.
Joan se sentó despacio y rodeó la taza con las manos. Estaba muy caliente.
Bajo la tenue luz, la abuela tenía un aspecto más delicado que de costumbre. Llevaba un camisón de franela y su cabello era como un halo rizado y gris. Esperó a que su nieta diera un sorbo al chocolate y luego le preguntó:
—¿Qué ha pasado? Cuéntamelo con detalle.
Joan intentó recordar, pero el pánico empezó a brotar de nuevo en su interior. El día entero había desaparecido de su memoria. Simplemente, estaba en blanco.
—El señor Solt me ha hecho algo —dijo—. Me ha hecho algo. Me... Me empujó contra la pared y entonces... —Se volvió a encontrar con una laguna en su memoria—. ¡No me acuerdo de más! —exclamó—. Abuela, ¡no recuerdo nada de lo que ha pasado desde esta mañana!
—Te empujó. —La abuela sonaba tranquilizadoramente calmada—. ¿Y tú lo empujaste a él?
—¿Qué? —se extrañó Joan. Era una pregunta tan inesperada que por un instante no supo cómo responder—. No.
—Pero lo tocaste. —La abuela se llevó un dedo a la nuca—. Aquí.
Joan empezó a negarlo, pero entonces recordó que había alargado una mano para aferrarse al señor Solt y no perder el equilibrio. Tenía un recuerdo muy vívido del momento en el que su mano había chocado contra su cuello.
—Era de día —continuó— y de repente se hizo de noche, sin que hubiera nada en medio.
Joan se la quedó mirando. Eso era exactamente lo que había sucedido.
—Me hizo algo —repitió.
—No te hizo nada, Joan —la corrigió la abuela—. Tú se lo hiciste a él.
—¿Qué?
—Cariño, te conté lo que eras cuando tenías seis años. —Joan negó con la cabeza. No podía apartar la vista del rostro de su abuela. La mujer se inclinó hacia ella—. Eres un monstruo, Joan.
El chocolate todavía hervía en los fogones. Joan oía el lento tictac del reloj. El mundo entero parecía haberse reducido a los ojos verdes de la abuela.
—¿Quieres decir que puedo hacer desaparecer cosas? —preguntó Joan—. ¿Desaparecer y aparecer? —No se le daba muy bien. En todo caso, su habilidad había disminuido con los años. La abuela y el tío Gus podían hacer que se esfumaran cuadros enteros, pero Joan no había conseguido hacer desaparecer nada más grande que una moneda.
Bajo la luz amarilla de la cocina, los ojos de la mujer brillaban tanto como los de un gato.
—Ese es el poder de la familia Hunt —le aclaró—. Cada familia de monstruos tiene su propio poder, pero todos ellos tienen otro en común. Podemos viajar. Eso es lo que has hecho.
—¿Viajar?
—Los humanos están atados al tiempo. Los monstruos, no. Le robaste tiempo a ese hombre y lo usaste para viajar desde esta mañana hasta esta noche. Has viajado en el tiempo.
Joan quiso echarse a reír y deseó que la abuela lo hiciera también, pero ella se limitaba a mirarla.
—Pero ¿qué dices? —preguntó.
—Vida —le aclaró—. Le robaste unas cuantas horas de vida.
—No —dijo Joan. No lo entendía.
—No le quitaste mucho —continuó la abuela—. Medio día, quizá. Morirá medio día antes de lo que le correspondía.
—¡No!
Robarle vida a los seres humanos... En la familia de Joan siempre habían dicho que eran monstruos, pero, por cómo hablaba la abuela, parecía que lo fueran de verdad. Como si los humanos fueran su presa. Sí, a veces robaban. Ruth era capaz de forzar el candado de una bicicleta y Bertie se colaba en el cine por la puerta de atrás. Pero ¡no eran monstruos!
—No es verdad —respondió—. No le he robado vida, yo no haría eso. Ninguno de nosotros lo haría. Y lo de viajar en el tiempo... Bueno, eso es...
En ese momento, se fijó en el sombrero del tío Gus, que estaba en el banco de la cocina. Como todos sus sombreros, estaba muy bien conservado. Este era de color marrón oscuro con una banda de otro tono marrón. Gus era de complexión delgada y vestía con un estilo de los años cincuenta. Le gustaban los trajes elegantes y los sombreros, e incluso su pelo era anticuado, peinado pulcramente y con la raya al lado.
Joan recordó entonces la ropa que llevaba la tía Ada la mañana anterior. El armario de su tía siempre le había gustado; era muy ecléctico. El día de antes se había levantado temprano y se había puesto un mono de mecánico y un pañuelo en la cabeza con un nudo en lo alto. Y el anterior, había elegido un vestido blanco, como si fuera a asistir a una fiesta al aire libre de los años veinte.
O como si fuera a viajar a los años veinte para asistir a una fiesta al aire libre.
Joan se apartó de la mesa. La silla chirrió con fuerza, cortando el silencio.
—Joan...
Ella se aferró al borde de la mesa y volvió a negar con la cabeza. Ni siquiera sabía qué estaba intentando negar.
La abuela le tendió algo: era su móvil, el mismo que se le había caído en la refriega con el señor Solt. Tenía la pantalla rota.
—No te olvides de la regla —le recordó la abuela—. Nadie debe saber lo que somos. Lo que eres. Jamás le hables a nadie de los monstruos.
La habitación de Joan estaba tal como la había dejado aquella mañana: con la cama sin hacer y el pijama tirado encima de la almohada. Miró la pantalla del teléfono y observó la grieta irregular que la cruzaba. Alguien lo había apagado. La abuela había sabido que tenía que esperarla despierta y, al parecer, también que debía recuperar su móvil. Tragó saliva.
Encendió el aparato y, cuando se iluminó, se sintió como si le hubieran tirado encima un jarro de agua fría. Había recibido varios mensajes de Nick.
De repente, quiso llorar. Tenía tantas ganas de pasar el día con él... Y se había perdido la cita. No solo eso, además, seguro que le había hecho daño. Lo había dejado plantado.
Leyó los mensajes con el corazón en un puño. El primero era el que ya había visto esa mañana, el que se disponía a responder cuando había llegado el señor Solt.
¡Estoy en el metro!
¡Ya estoy aquí!
¿Todo bien? ¿Sigue en pie el desayuno?
Joan, ¿estás bien?
¡Joan tragó saliva, pese al nudo que tenía en la garganta. El primer mensaje lo había mandado a las 7.39 de la mañana; el último, a las 18.23. Se quedó mirando el teléfono sin saber muy bien qué decirle. Al final, se decidió por:
Lo siento mucho. Estoy bien. He tenido un imprevisto familiar.
«Le robaste tiempo a ese hombre —había dicho la abuela— y lo usaste para viajar desde esta mañana hasta esta noche. Has viajado en el tiempo».
Joan se dejó caer en la cama con pesadez. Su primer y terrible instinto fue cubrirse la cabeza con los brazos y olvidarlo todo. Aquello no podía ser real. No podía soportarlo.
La abuela le había dicho que le había robado tiempo al señor Solt, que aquel hombre moriría antes de lo que le correspondía por su culpa. Pero no podía ser cierto; Joan no querría hacerle ningún daño. Jamás haría algo así.
Y lo demás era... simplemente imposible.
Pero el reloj marcaba la una y cuarto de la madrugada. Eso sí era real. Y no hacía ni una hora que Joan había salido hacia la cafetería. Eso también lo era.
¡Monstruos! En la familia de Joan siempre se habían llamado así. ¿Por qué nunca les había preguntado por qué?
Observó el parpadeo del reloj. Los minutos pasaban a la misma velocidad de siempre. Las dos menos cuarto. Las dos y media. Le parecía poco natural estar tan despierta a esas horas de la noche. Era como tener jet lag.
Y eso le trajo recuerdos. Por ejemplo, que Ruth a veces parecía llena de energía y luego, una hora más tarde, tan exhausta que se metía en la cama y dormía toda la noche. Que Bertie se cambiaba de ropa hasta cinco veces en un día.
Ruth y Bertie... Si todo era cierto, entonces siempre lo habían sabido. Entonces, ellos también le habían robado vida a la gente. «Morirá medio día antes de lo que le correspondía», había dicho la abuela. Y ni siquiera parecía importarle, como si fuera realmente monstruosa. Solo pensarlo era insoportable.
Seis y media de la mañana. Siete y media. Después, en algún momento, Joan debió de quedarse dormida.
Soñó que volvía a estar en la puerta de la cafetería con el señor Solt, solo que esta vez, cuando él la empujaba, ella se volvía, le rodeaba el cuello con las manos y se lo apretaba. Él se asfixiaba y se resistía, pero, pese a su tamaño, ella era más fuerte que él.
Y entonces, como si alguien accionara un interruptor, el día se convertía en noche.
La voz del señor Solt se oyó en la oscuridad. «Eres un monstruo».
Joan se despertó sobresaltada. Las cortinas estaban abiertas y, en el exterior, el cielo era sobrecogedoramente blanco. Joan alargó un brazo para acariciarse el cuello y notó cómo se movía con fragilidad al tragar saliva. ¿Qué clase de sueño era ese? ¿Qué clase de persona tendría un sueño así?
Abajo, en la cocina, Ruth estaba comiendo tostadas. El reloj de la cocina marcaba las tres y media. Para Joan, nada tenía sentido. Ruth estaba desayunando, era pleno día y el reloj marcaba las tres y media. Ninguna de esas tres cosas encajaba. Y entonces su sentido del tiempo se reorientó con brusquedad: eran las tres y media de la tarde.
Ruth levantó la vista.
—¡Eh! —saludó—. No me puedo creer que no me despertaras al llegar. ¿Cómo fue tu cita con el adonis empollón? ¡Cuéntamelo todo! —Hablaba con tanta normalidad que Joan se volvió a sentir desorientada—. ¿Fue maravilloso? ¿Lo...? —Apretó los labios en una mueca exagerada, imitando un beso.
—No fui —se oyó decir Joan.
—¿Que no fuiste? —El entusiasmo se esfumó del rostro de su prima—. ¿No fuiste a tu cita? ¿Qué quieres decir? ¡Si estabas muy emocionada!
Joan se la quedó mirando. Tenía el pelo cardado, llevaba una chaqueta con unas hombreras enormes y el maquillaje un poco corrido. Parecía que acabase de llegar de una fiesta de disfraces de los años ochenta.
O de los años ochenta.
—Es verdad, ¿no?
Ruth frunció el ceño.
—¿El qué?
—Que somos monstruos —contestó Joan—. Monstruos de verdad. Nuestra familia roba vida a los humanos.
Joan no podía apartar la vista del familiar rostro de Ruth. La conocía de toda la vida, desde antes de que supiera hablar. A veces, en verano, compartían la misma habitación. Había discutido con su prima por tonterías y luego se habían reconciliado. Se había quedado despierta toda la noche con ella, hablando sobre cualquier cosa. Tenía un nudo en la garganta que casi no la dejaba respirar. «Ríete —pensó—. Por favor. O muéstrate confundida, o niégalo. Dime que me he vuelto loca».
«Por favor, Ruth. Por favor. Dime que no es verdad».
Ruth abrió la boca y la cerró, como si no supiera qué decir. Era extraño verla con un aspecto tan inseguro. Normalmente estaba segura de todo.
—¿Quién te lo ha dicho? —respondió al fin.
El horror se le asentó en la boca del estómago. Era cierto. Lo que la abuela le había contado la noche anterior era cierto.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó sin pensar.
Ruth se estaba quedando pálida.
—Joan...
—¿Has estado robándole vida a la gente? —prosiguió Joan—. ¿Y la abuela también? ¿Y Bertie? —Toda la familia Hunt. A Joan se le revolvió el estómago, como si estuviera a punto de vomitar—. ¡Eso es horrible, Ruth! ¡Es terrible! ¡Es malvado! —De pronto, la asaltó un pensamiento espantoso—. ¿Alguna vez le has robado vida a mi padre? ¿O a mí?
Ruth se quedó perpleja.
—¡Pues claro que no! ¿Cómo puedes pensar eso?
Joan salió al pasillo. El estómago le dio un vuelco; iba a vomitar de verdad.
—¡Espera! —la llamó Ruth mientras se levantaba de la silla—. ¿Adónde vas? Tienes que hablar con la abuela, ¿vale?
—¿Con la abuela? —replicó Joan, incrédula—. ¡No quiero hablar con ninguno de vosotros! —Necesitaba salir de esa casa. Necesitaba alejarse de su familia.
—Joan...
—¡Que no! —Se le rompió la voz. Se echó para atrás un poco más—. ¡No quiero volver a veros a ninguno, nunca más!

La noche anterior, Joan había pasado corriendo junto a la casa del señor Solt porque estaba asustada. Un día después, al volver a pasar junto a ella, agachó la cabeza, avergonzada. «No te hizo nada, Joan —le había dicho la abuela—. Tú se lo hiciste a él».
Deseó, de repente y con desesperación, volver a su casa, a su verdadera casa. No a la de la abuela, sino a la de su padre, en Milton Keynes. Sin embargo, él estaba de vacaciones en Malasia, visitando a la otra parte de la familia de Joan. Un amigo suyo estaba pasando esos días en su casa, para cuidarla.
Joan se sentía como si acabase de salir al mundo real. Y, en el mundo real, su padre estaba en Malasia. Sus amigos estaban disfrutando de sus vacaciones de verano.
Y en cambio, allí, en Londres... Su familia había estado robando vida humana durante todo ese tiempo sin que ella lo supiera nunca. Y ella misma le había robado vida a alguien el día anterior.
Joan dobló la esquina de la calle de la abuela y cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de adónde ir. Si llamaba a su padre, intentaba volver a casa, a Milton Keynes, o llamaba a alguna amiga para preguntar si podía quedarse con ella, le harían preguntas. Preguntas que no sabría cómo responder.
Como no tenía ningún otro sitio adonde ir, se descubrió encaminándose a Holland House, el museo donde trabajaba como voluntaria. En dirección a Nick.
Holland House era un palacete situado en Kensington que habían restaurado y transformado en un museo viviente. Cada sala era una recreación perfecta de los años dorados de la mansión, de la era georgiana. Los historiadores, vestidos de época, ofrecían visitas guiadas a la casa y contaban cómo vivían sus habitantes en el pasado. Fuera había unos jardines donde se celebraban pícnics y un laberinto de setos para los niños.
Joan trabajaba allí como voluntaria tres veces por semana desde el inicio del verano. El trabajo consistía básicamente en ocuparse del jardín y la limpieza de la casa, pero a ella le encantaba. Historia era su asignatura preferida. Mientras sus amigos soñaban con ser actores y cantantes, ella lo hacía con trabajar en un museo.
Recorrió el camino hasta Holland House, que conocía hasta con los ojos cerrados. El mundo que la rodeaba parecía normal, lo que se le antojaba surrealista. Las cáscaras vacías de Earl’s Court Road volvían a parecer tiendas normales y corrientes, e incluso el cielo azul había recuperado el aspecto plomizo tan propio de Londres. Era como si el día anterior nunca hubiese existido.
Llegó a Kensington High Street. Al otro lado de la carretera, se erigían las puertas de hierro forjado de Holland House, que estaban abiertas. Eran las últimas horas de la tarde y un aluvión de turistas salía a la calle, camino a casa.
Entrar a contracorriente le resultó extraño. Se sentía como si fuese en la dirección equivocada. Y tal vez fuese así. ¿Qué le iba a decir a Nick cuando lo viera? Para él, lo que había pasado era que lo había dejado plantado y había ignorado sus mensajes. Además, ese día no se había presentado a trabajar y ni siquiera había llamado para avisar. ¿Y si ni siquiera quería hablar con ella? Joan tragó saliva al pensarlo, angustiada.
Mientras recorría el camino flanqueado por olmos que llevaba hacia la casa, se iba cruzando con los turistas que volvían, con sus cestas de pícnic vacías y los recuerdos de la tienda de regalos. Pasaban niños correteando y blandiendo espadas de gomaespuma, seguidos por sus padres, más calmados.
Como siempre, Holland House apareció ante sus ojos fragmentada. El ladrillo rojo asomó por entre el velo que formaban las copas de los árboles; luego las ventanas relucientes de color blanco, y finalmente el camino desembocó en un amplio campo de césped y pudo ver la casa en su totalidad.
El museo viviente de Holland House era un palacete de piedra y ladrillo rojo recubierto de hiedra. El tejado estaba primorosamente delimitado por torrecillas y gabletes, y en el césped había una fuente y pavos reales que campaban a sus anchas.
Joan se detuvo al inicio de la hierba. De algún modo, esperaba que la mansión tuviera un aspecto distinto al habitual, pero era la misma de hacía dos días. El mundo entero era el de siempre: la cocina de la abuela, Earl’s Court Road... Era Joan quien había cambiado.
Ahora sabía que bajo la fachada de Londres había monstruos.
Joan subió las escaleras de atrás, las que usaba el personal. La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales y en el aire flotaba el intenso aroma del barniz y la madera, caldeado por el sol.
Nick estaba trabajando en la biblioteca, una larga galería que se extendía por todo el ancho del palacete, con las paredes llenas de estanterías y cuadros al óleo. En uno de los extremos, las ventanas daban a un jardín formal; en el otro, al patio delantero.
Joan vaciló al llegar a la puerta. Nick estaba de espaldas. Trabajaba solo, limpiando un marco con un paño suave para el polvo. Hacía calor, así que llevaba las mangas de la camiseta enrolladas hasta los codos. Joan no conseguía apartar la vista de la franja de piel desnuda entre el cuello de la camiseta y el pelo. «Lo tocaste aquí», había dicho la abuela, refiriéndose al señor Solt.
Aquella sensación de irrealidad se hizo todavía más intensa. Joan recordó la primera vez que había visto a Nick, el primer día de su voluntariado. Había sido un sábado soleado de principios de verano. Esa mañana, la multitud de gente que visitaba
