Presentación
El «retorno» de Pinochet
Las cenizas de Augusto Pinochet Ugarte reposan en la capilla de su parcela de Los Boldos, en el litoral central de Chile, bajo una lápida de mármol que tiene inscritos los principales títulos que conserva hasta el día de hoy: Capitán General y Presidente de la República. Si el recuerdo de sus miles de víctimas está presente en el espacio público a través de construcciones memoriales a lo largo de la geografía nacional —desde Calama, Pisagua y Tocopilla en el Norte Grande hasta Coyhaique y Punta Arenas en los confines australes—, este viejo oficial del arma de Infantería decidió atrincherarse para siempre en una de las dos casas donde penó sus últimos años. Falleció el 10 de diciembre de 2006, en el día internacional de los Derechos Humanos, procesado y sometido a arresto domiciliario debido a su responsabilidad directa en varios crímenes de la dictadura cívico-militar que encabezó y también, en el marco del caso Riggs, por declaración maliciosa de impuestos y uso de pasaportes falsos. Tal y como él mismo anticipó en julio de 1989: «Ahora será la historia la que tendrá que juzgarme». [1]
Augusto Pinochet forma parte de la historia del siglo XX principalmente por tres motivos. En primer lugar, por el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 que derrocó al presidente Salvador Allende. Cuando ya despuntaban las primeras luces del ocaso sobre su larga carrera militar, en el último momento (a treinta y seis horas de la sublevación) decidió sumarse a la conjura fraguada por otros altos oficiales de las Fuerzas Armadas, después de que la derecha, la dirección de la Democracia Cristiana, las organizaciones empresariales y el gobierno de Nixon y Kissinger hubieran situado al país al borde del abismo.
En el Siglo de la Revolución, según la caracterización del maestro Josep Fontana, [2] Pinochet simbolizó, como nadie, la imagen del fascismo en América Latina. [3] La destrucción de la democracia chilena conmovió a la humanidad: para toda una generación fue «un momento formativo, de toma de conciencia moral», ha escrito el profesor Steve J. Stern. [4] La derrota militar de la Unidad Popular y de su proyecto de socialismo democrático y revolucionario, el bombardeo de La Moneda, la inmolación del presidente Allende (y su último discurso transmitido por Radio Magallanes), los asesinatos y fusilamientos, la detención de decenas de miles de personas en campos de concentración, la clausura del Congreso Nacional y el fin de las libertades, el exilio y la acción criminal de la DINA transformaron a Pinochet en un paradigma universal: el arquetipo del villano, un personaje detestado universalmente, [5] cuyo régimen fue condenado, año tras año, por las Naciones Unidas.
En segundo lugar, convirtió Chile, un país sitiado militarmente, en el laboratorio del neoliberalismo. Desde abril de 1975, cedió el timón económico a un grupo de jóvenes profesionales formados principalmente en la Universidad de Chicago que aplicaron las recetas de Milton Friedman y Arnold Harberger con la contundencia de un tratamiento de shock. Fue una contrarrevolución capitalista que imprimió un viraje radical a casi cuatro décadas de desarrollo económico. El «milagro chileno» de los Chicago Boys, tan exaltado por determinados sectores, supuso que, tras su derrota en el plebiscito de 1988, el 11 de marzo de 1990 Pinochet entregara un país que tenía al 40 % de su población en la pobreza más absoluta. Y, hasta el día de hoy, significa unas pensiones miserables, una atención sanitaria adecuada solo para quienes pueden pagarla, la enseñanza superior más cara de América Latina y una brecha social de las más acusadas del mundo. El modelo neoliberal, concentrador de los ingresos y depredador de la naturaleza, y la Constitución de 1980, todavía vigente, trazan la sombra de Pinochet sobre el Chile actual.
En tercer lugar, su viaje caprichoso a Londres en septiembre de 1998 propició que fuera detenido por agentes de Scotland Yard la noche del 16 de octubre a petición del juez Baltasar Garzón, bajo la acusación de crímenes contra la humanidad, un proceso sin parangón desde los juicios contra los criminales nazis en Nuremberg (1945-1946). Empezó entonces una batalla jurídica y política apasionante, que duraría quinientos tres días, en la que los tribunales de justicia británicos terminaron por aprobar su extradición a España, hasta que finalmente la confabulación de los gobiernos de Eduardo Frei, José María Aznar y Tony Blair lo rescató. Pero Londres se convirtió en su Waterloo.
«Soy un soldado. Para mí, lo que es blanco es blanco y lo que es negro es negro», señaló Pinochet el 7 de septiembre de 1984 a The New York Times. De personalidad dogmática e intolerante, desde luego no brilló por su inteligencia, si bien una revisión anticipada del índice de sus obras en el capítulo de bibliografía induciría a error acerca de sus capacidades. [6] Formado en un Ejército marcado por una disciplina absoluta y una rígida verticalidad de mando (herencia de la influencia prusiana), el debate, el consenso, la discrepancia o la oposición, actitudes indisolubles de la democracia, fueron para él sinónimos de rendición, ineficacia o derrota. Careció de apego o intereses en otras materias que no fueran las militares, más allá de coleccionar varias decenas de miles de libros en una suntuosa biblioteca privada. «¿Quiere que le diga una cosa?», le espetó a la periodista Margarita Serrano en 1989. «¡Odio las poesías! Ni leerlas, ni escucharlas, ni escribirlas, ni nada...» [7] Sí leyó a Sun Tzu y Clausewitz y ciertamente tomó nota de sus lecciones.
Fue un oficial de ideas básicas y nítidas, con capacidad de mando, simulador, taimado, paciente, astuto, tenaz, implacable, desconfiado y supersticioso. Sí gustaba de ponerse gorras militares visiblemente más altas y —como hacía su padre— adornar la corbata con una perla, en el dedo anular de su mano izquierda portó siempre, como un fetiche, un grueso anillo de oro con un rubí cuadrado y su signo zodiacal inscrito, Sagitario: «Signo de dominio. De condiciones de mando», proclamó con orgullo en 1991. [8] No pocas veces cayó en actitudes próximas a la paranoia, como sus reacciones tras la abrupta suspensión del viaje a Fiji y Filipinas en marzo de 1980 o después del ataque que el 7 de septiembre de 1986 sufrió en el Cajón del Maipo y que casi le costó la vida. En ambas ocasiones inicialmente creyó que se trataba de un golpe gestado desde las mismas entrañas del régimen.
Fue, además, un político hábil, que supo encaramarse en la cúspide del Estado y postergar a un lugar secundario a los otros tres miembros de la Junta militar, así como marginar a los generales de su generación. De este modo, pudo conducir, con mano de hierro y el puño de acero de la DINA, el Estado y el Ejército, con el apoyo de todos los sectores de la derecha y de los grandes grupos económicos nacidos o reforzados con las sucesivas oleadas de privatizaciones de las empresas públicas. Como ha subrayado Bawden, «demostró una notable capacidad para superar a los enemigos políticos y convertir aparentes derrotas en victorias personales». [9] El respaldo de las Fuerzas Armadas le permitió superar el potente ciclo de movilizaciones de las Protestas Nacionales (mayo de 1983-julio de 1986) y obligar a las fuerzas democráticas a asumir las reglas impuestas por la Constitución de 1980, que condujeron al plebiscito del 5 de octubre de 1988, en el que, como señaló la magistral portada del diario Fortín Mapocho, «corrió solo y llegó segundo».
Y fue, sobre todo, un dictador despiadado que demostró una insaciable ambición de poder: [10] desde la ceremonia de constitución de la Junta militar la noche del 11 de septiembre de 1973 hasta la madrugada del 6 de octubre de 1988, cuando maniobró para desconocer su derrota, estuvo empeñado en perpetuarse al frente de Chile hasta el fin de sus días, como su admirado Francisco Franco. [11] Es el hombre que más años ha permanecido en activo en el Ejército chileno y el que más tiempo ha estado al frente del país, incluso si se considera a los gobernadores de la época colonial, [12] con un control tan absoluto que en varias ocasiones le indujo a advertir: «En Chile no se mueve una hoja sin que yo lo sepa». [13]
Como parte de la ola reaccionaria que recorre el planeta, hoy su figura es reivindicada dentro y fuera de Chile a partir de la actualización de los viejos mitos que, día tras día, martilló en sus discursos, entrevistas y libros, bajo potentes destellos de mesianismo: el 11 de septiembre de 1973, la «intervención» de las Fuerzas Armadas, que respondía a un «clamor nacional», salvó a Chile del «comunismo»; la izquierda preparaba un autogolpe para instaurar una dictadura o bien desencadenar una guerra civil con la ayuda de miles de guerrilleros extranjeros; el modelo económico implantado a partir de 1975 fue exitoso, se adelantó a los tiempos de la historia y convirtió a Chile en el ejemplo para América Latina; Pinochet no fue un dictador, sino un gobernante autoritario que, a través de la Constitución de 1980, se puso límites, terminó por entregar el poder pacíficamente en 1990 y abrió paso a una transición ejemplar. No han faltado los libros que en los últimos años han intentado revivir esta añeja propaganda. [14]
El «fantasma» de Pinochet vuelve a agitar Chile. En mayo de 2018, la ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Alejandra Pérez, tuvo que pedir la renuncia del director del Museo Histórico Nacional ante las críticas porque su nombre, una fotografía y una de sus citas clásicas («la gesta del 11 de septiembre incorporó a Chile a la heroica lucha contra la dictadura marxista de los pueblos amantes de su libertad») aparecieran, junto a mandatarios elegidos democráticamente (Salvador Allende, Michelle Bachelet, Patricio Aylwin), en la exposición Hijos de la libertad: 200 años de independencia, que finalmente fue clausurada. [15]
En agosto, su sucesor en el ministerio, Mauricio Rojas (militante del MIR en su juventud y exiliado en Suecia), dimitió a los cuatro días de su designación por el presidente Sebastián Piñera después de la tormenta política desatada tras recordarse sus afirmaciones en el libro Diálogo de conversos, que publicara en 2015 junto con el anterior titular de la cartera de Relaciones Exteriores, Roberto Ampuero. Entonces, Rojas calificó al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos como «un montaje», cuyo fin es «impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar». «Es una manipulación de la historia», sentenció. [16] Tras la masiva movilización del movimiento de derechos humanos, de artistas e intelectuales y de la izquierda, un diario tituló en referencia a su renuncia: «Derribado por el peso de la memoria». [17]
Un mes después de aquella controversia, en su discurso con motivo de los 45 años del golpe de Estado, Piñera señaló, tras lamentar las violaciones de los derechos humanos ocurridas durante el «régimen militar»: «Sin embargo, es bueno y necesario recordar que nuestra democracia no terminó por muerte súbita ese 11 de septiembre de 1973. Venía gravemente enferma desde muchos años antes y por distintas razones...». «Todos, o casi todos, hemos aprendido de nuestra historia. La izquierda ha aprendido a condenar toda violencia en política y a respetar la democracia. La derecha ha aprendido a condenar todo atentado a los derechos humanos y a respetar nuestra democracia.» [18] Su propuesta de erigir un «Museo de la Democracia», como alternativa frente al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, apunta en esta misma dirección discursiva. Piñera, quien en 2013 cerró el Penal Cordillera [19] y señaló la responsabilidad de los «cómplices pasivos» de la dictadura, recurrió a la socorrida argumentación que reparte las responsabilidades históricas y, sobre todo, asumió el mito, llevado al extremo por el pinochetismo, de que el gobierno de la Unidad Popular violentaba la democracia.
El 5 de octubre, en sus palabras ante el trigésimo aniversario del decisivo plebiscito de 1988, el presidente chileno volvió a exponer su balance de la dictadura: «Más allá de las meritorias modernizaciones realizadas, restringió severamente las libertades y cometió graves, sistemáticos e inaceptables atropellos a los derechos humanos». No obstante, destacó que aquella noche «el régimen militar honró su compromiso y reconoció el veredicto que había dado de forma clara un grupo amplio de chilenos». [20] Ni una palabra sobre las oscuras maniobras del dictador para hacer justamente lo contrario...
Pero la gran protagonista de los últimos meses del pasado año fue la joven diputada derechista Camila Flores, quien se prodigó en una auténtica catarata de elogios hacia el dictador y se definió orgullosamente como «pinochetista». «Pinochet fue absolutamente necesario», señaló en la entrevista que concedió al canal de televisión Vía X. Incluso, fue ovacionada en una reunión de la dirección de su partido, Renovación Nacional (RN), el más importante de la derecha junto con la Unión Demócrata Independiente (UDI). Mientras tanto, la diputada comunista Carmen Hertz presentó un proyecto de ley para establecer como delito el negacionismo de las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la dictadura cívico-militar y la exaltación del régimen de Pinochet, como sucede en Alemania, Francia, Suiza o Bélgica con el nazismo. Y, en el momento de escribir las últimas líneas de esta biografía, se ha conocido el anuncio de un «homenaje» masivo a su viuda, Lucía Hiriart, en junio de 2019 por parte de un grupúsculo denominado Fuerza Nacional.
La reivindicación de Pinochet ha llegado también a Brasil, cuyo presidente, Jair Bolsonaro, excapitán de Ejército y defensor a ultranza de la dictadura militar brasileña (1964-1985), es un declarado admirador suyo y, como hiciera este, ha encomendado la dirección de su política económica a un ultraliberal formado en la Universidad de Chicago, Paulo Guedes. «En el periodo de Pinochet, Chile tuvo que vivir un baño de sangre. Triste, la sangre lavó las calles de Chile, pero las bases macroeconómicas fijadas en aquel gobierno continuaron», ha afirmado en marzo de 2019 Onyx Lorenzoni, jefe de gabinete de Bolsonaro. [21]
En Estados Unidos, seguidores de Donald Trump han escogido su nombre para ilustrar una camiseta con un lema desafiante, «Pinochet did nothing wrong!» («¡Pinochet no hizo nada malo!»), en cuya parte posterior aparece un helicóptero que lanza personas al vacío, señaladas como comunistas. [22] Por supuesto, los sectores más extremistas del pinochetismo criollo no tardaron en replicarla.
En España, el partido neofascista Vox, que ya tiene una amplia representación en las instituciones democráticas, ha establecido contacto con José Antonio Kast, líder de la ultraderecha chilena y defensor del golpe de Estado y la dictadura, quien en las elecciones presidenciales de 2017 rozó el 8 % de los votos y quedó en una sorpresiva cuarta posición.
Parece, pues, el momento oportuno para contribuir a fijar la imagen de Augusto Pinochet en la historia. Esta es su primera biografía fundamentada en una amplísima documentación primaria consultada en más de treinta archivos y bibliotecas de cuatro países, una bibliografía superior a los cuatrocientos títulos y un repertorio de ciento treinta y ocho medios de comunicación citados de dieciséis países. Documentos de archivos; discursos, entrevistas, artículos y libros de su autoría; testimonios de sus víctimas y opiniones de sus familiares y colaboradores... están presentes a lo largo de estas páginas.
Por primera vez, a partir de la documentación del Ministerio de Educación y del archivo de la Escuela Militar, se reconstruye su trayectoria escolar y sus cuatro años de formación como oficial con datos sólidamente contrastados y ciertamente novedosos. La consulta de su densa hoja de vida, hasta ahora inédita, en el Archivo General del Ejército de Chile ha permitido relatar su trayectoria militar al detalle y analizar su paciente recorrido, peldaño a peldaño, por todos los grados de la institución hasta coronar la cima el 23 de agosto de 1973, cuando el presidente Salvador Allende, a propuesta del general Carlos Prats, le designó comandante en jefe. Igualmente, ha sido posible por fin esclarecer su etapa como miembro de la masonería —a la que jamás se refirió— a partir de una fuente hasta ahora inexplorada para este personaje: la documentación del archivo de la Gran Logia de Chile.
Su periodo como dictador (1973-1990) se examina a partir del análisis de cientos de discursos públicos, entrevistas y noticias de prensa, así como de la documentación de repositorios como el archivo personal del cardenal Raúl Silva Henríquez (explorado por primera vez en una investigación histórica), el del expresidente Eduardo Frei, el archivo paraguayo donde se conservan los papeles de la Operación Cóndor, los documentos desclasificados por Estados Unidos a lo largo de las últimas dos décadas o la revisión de las miles de páginas que ocupan las actas de las casi cuatrocientas reuniones secretas de la Junta militar hasta marzo de 1981, cuando dejó de pertenecer a este órgano colegiado por iniciar su periodo como «presidente constitucional». [23]
También nos dirigimos a la Fundación Nacional Francisco Franco (misión especialmente ingrata para un nieto de preso político del franquismo), en cuyos archivos se conserva una carta dirigida por Pinochet al dictador español el 12 de septiembre de 1973. Además, por primera vez, se citan y examinan los documentos de la diplomacia chilena relativos al periodo de su detención en Londres, que iluminan las maniobras encubiertas del gobierno para librarle de la extradición a España.
Al mismo tiempo, a lo largo de los dos últimos años nos hemos puesto en contacto con la Fundación Presidente Augusto Pinochet Ugarte para solicitar la consulta de su biblioteca. Pero en reiteradas ocasiones han respondido que esta documentación se encuentra embalada a la espera de disponer de unas nuevas dependencias.
En octubre de 1973, solo cinco semanas después del golpe de Estado, el general Pinochet respondió en estos términos a la pregunta de cómo le gustaría que la historia le recordase. «Me bastaría con la calificación de hombre justo y patriota.» [24] Que los lectores y lectoras de esta obra juzguen si será así...
PRIMERA PARTE
Un militar chileno en el siglo XX
El arte de la guerra se basa en el engaño (...) Ataca al enemigo cuando no está preparado y aparece cuando no te espera...
SUN TZU,
El arte de la guerra
1
Una vocación temprana
Augusto Pinochet nació en 1915 en Valparaíso, en el seno de una familia de clase media de raíces francesas y españolas. Fue inscrito en diferentes colegios católicos y fracasó de manera tan estrepitosa en los estudios que debió repetir hasta tres cursos en la enseñanza media en el colegio de los Sagrados Corazones. Su vocación militar se forjó en una edad muy temprana, debido a la fuerte influencia de su madre, una mujer de acusada personalidad («era miliquera por construcción», afirmó en 1989), la lectura de obras históricas y también los relatos de su padrino, quien combatió en la Primera Guerra Mundial con el Ejército galo. En marzo de 1933, después de dos intentos fallidos en años anteriores, fue admitido como cadete en la Escuela Militar, justo cuando Chile clausuraba casi una década de intervención de los uniformados en la política nacional y el prestigio social de las Fuerzas Armadas estaba en su cota más baja. Durante cuatro años se formó en una institución profundamente imbuida de la doctrina militar prusiana y a fines de diciembre de 1936 se graduó como oficial. Entonces inició una carrera militar que, de manera inopinada, duró más de sesenta años.
Infancia en Valparaíso
El primer Pinochet que llegó a la Capitanía General de Chile, de nombre Guillaume, nació en Saint-Malo (Francia) a fines del siglo XVII. Procedía de la aldea de Gouray, en el departamento de Côtes-d’Armor, en la región atlántica de Bretaña. [1] Se instaló en la villa de Concepción que Pedro de Valdivia fundara en 1550 en la costa de Penco, muy cerca del indómito territorio mapuche. Hacia 1726, con su esposa Úrsula de la Vega y sus cuatro hijos, se estableció en la zona sur del Maule, en Chanco. En esta localidad costera nacieron todos sus antepasados por la rama paterna, incluido su progenitor, Augusto Pinochet Vera, en 1891. [2] «Adoro Francia. La historia de Francia, sobre todo. Mi personaje preferido es Luis XIV. Por lo demás, soy de origen francés...», explicó en marzo de 1986 al periodista de L’Express Jacques Esperandieu. [3]
En opinión de su primer biógrafo, Gonzalo Vial, quien lo conoció de cerca puesto que fue su ministro de Educación entre diciembre de 1978 y diciembre de 1979, en su personalidad influyó sobremanera «la impronta maulina y huasa» que heredó por vía paterna: «El auténtico ancestro de Augusto Pinochet Ugarte es la especialísima clase terrateniente de Chanco y Cauquenes... una pequeña aristocracia local, aislada por la geografía y cerrada por su inconmovible sentido de superioridad; orgullosa; dominante, aún avanzado el siglo que recién pasó y ya empobrecida a raíz del agotamiento de la tierra agrícola. Y huasa, con todos los rasgos de este arquetipo nacional, entre ellos el orgullo, la cortesía, la reserva, la desconfianza, la astucia, la sobriedad, la dureza». [4]
Augusto Pinochet Vera llegó a Valparaíso en su adolescencia con la pretensión de buscar nuevos horizontes tras la temprana muerte de su padre. Fue incapaz de completar los estudios medios y pronto se empleó como junior en la importante compañía británica Williamson Balfour, entre cuyos múltiples negocios estaba la explotación ganadera de Rapa Nui, a casi cuatro mil kilómetros de distancia, en la inmensidad del océano Pacífico. Posteriormente, se ocupó en una empresa que trabajaba en el puerto, en el despacho de las mercancías importadas, y con el tiempo llegó a ser agente general de aduana. Fue voluntario de la Décima Compañía de Bomberos y hacia 1911 cumplió el servicio militar en el Regimiento de Infantería n.º 2 Maipo, en Valparaíso.
El 24 de octubre de 1914 contrajo matrimonio con Avelina Ugarte Martínez, una joven de raíces vascas, emparentada por vía paterna con Mateo de Toro Zambrano y Ureta, conde de la Conquista y presidente de la primera Junta Nacional de Gobierno formada el 18 de septiembre de 1810. Avelina Ugarte pertenecía a una familia mejor situada económicamente y había estado interna en un colegio de religiosas de Santiago, en el que obtuvo el bachillerato. Además, tocaba el piano y cantaba: era toda una dama de su época. De carácter autoritario, influyó poderosamente en la personalidad de su primogénito y fue quien marcó los límites en el hogar, como Pinochet ilustró en varias ocasiones con diversas anécdotas: «Ella manejaba las cosas de la casa. Nosotros le teníamos pánico cuando se enojaba, pues era lógico: con seis hijos alguien tenía que imponer la disciplina. Yo era el regalón de ella y también de mi abuela materna, la que vivió con nosotros algunos años. Como yo era el hijo mayor, tenía todos los honores». [5] También recordó algunas zurras que le propinó para mitigar su carácter caprichoso. «Nos manejó a todos nosotros. Mientras más vivo, más me doy cuenta de lo muy inteligente que era.» [6] En febrero de 2001, en una entrevista que concedió al periodista estadounidense James R. Whelan, quien preparaba una biografía que no llegó a ver la luz, respondió que la persona más importante de su vida había sido su madre: «Siempre la he admirado. (...) Era la que mandaba en la casa, la que sacó adelante a la familia. Me influenció mucho, incluso cuando yo ya era Presidente. Ella era una mujer muy inteligente. Mi padre, aunque también era bastante inteligente, era más apagado». [7]
Augusto Pinochet Vera falleció en Arica en noviembre de 1944, a los 53 años, después de una breve estancia en Bolivia, donde sufrió una intoxicación («fue el dolor más grande de mi vida», declaró Pinochet en 1981, «era mi mejor amigo»); [8] en cambio, Avelina Ugarte alcanzó a vivir 91 años, hasta el 12 de abril de 1986, y asistió, sumamente complacida, a la progresión de su carrera militar, al golpe de Estado y a su fulgurante entronización en la cúspide de la dictadura. Hasta el fin de sus días portó en el pecho un medallón con las iniciales de su primogénito y en su interior una fotografía de este junto a una estampa de la Virgen del Carmen, patrona de Chile. [9]
Augusto José Ramón Pinochet Ugarte nació a las siete y media de la mañana del jueves 25 de noviembre de 1915 en Valparaíso, en la casa familiar, situada en «la calle Colón o cerca de ella», según relató en sus memorias. [10] Vivió sus primeros meses en el barrio de El Almendral, uno de los núcleos que impulsaron el desarrollo de la ciudad desde los inicios del siglo XIX. Enclavado entre la plaza Victoria y el cerro Barón, había sido destruido por el devastador seísmo del 16 de agosto de 1906. [11]
En 1915, Chile tenía apenas tres millones y medio de habitantes, de los que alrededor de medio millón vivían en Santiago y cerca de doscientos mil en Valparaíso. El puerto aún era la capital económica del país, ya que concentraba gran parte del comercio exterior, acogía las sedes de los principales bancos y allí se firmaban los negocios del salitre, la gran riqueza natural que miles de trabajadores extraían en condiciones durísimas en la pampa, en el extremo septentrional de la angosta geografía chilena.
A lo largo de su infancia, Pinochet fue testigo de los trabajos de construcción de la infraestructura del puerto, que culminaron en 1930: el molo de abrigo, los malecones, las terminales de atraque, el espigón y el Muelle Barón. No obstante, la apertura del canal de Panamá en 1914 clausuró la edad de oro de la «joya del Pacífico», el prolongado periodo en que fue escala ineludible en los viajes transoceánicos. En aquel tiempo, la Gran Guerra sacudía el planeta y tenía repercusiones directas en la vida cotidiana de su familia: la contienda, en la que Chile fue neutral, había menguado el tráfico comercial internacional y su padre, empleado de la aduana, vio disminuidos sus ingresos, el único sostén de una familia de clase media.
De su casa natal, a unas seis cuadras del puerto, la familia se mudó a un departamento en la plaza O’Higgins, frente al Teatro Municipal, en un edificio que se elevaba en los terrenos donde, por disposición de su régimen, en 1987 se inició la construcción del enorme edificio que desde 1990 acoge el Congreso Nacional, que pareciera concebido para dañar una ciudad singularmente bella, declarada Patrimonio de la Humanidad en 2003.
«Éramos una familia muy unida; los días domingo salíamos en la mañana con mi padre a caminar a la orilla del mar y veíamos ahí cómo se estaba construyendo el puerto de Valparaíso, con relleno de demoliciones y tierra de los cerros, lo que permitió correr la estación del puerto que antes se encontraba frente al monumento de Prat hacia donde se ubica ahora, ganándole con ello como cinco cuadras al mar. La nuestra era una vida sencilla», rememoró en el invierno de su existencia. [12] La plaza de la Victoria, la avenida Pedro Montt, el agitado barrio del puerto, la calle Condell y sus tiendas, Playa Ancha o las residencias burguesas del Cerro Alegre fueron el paisaje de su infancia.
En los años sucesivos nacieron sus hermanos, Gerardo, María Avelina, Inés, Arturo y, la más pequeña, María Teresa, con quien estuvo muy unido. Era conocido familiarmente como Tito y, aunque solo convivió de manera cotidiana con ellos hasta principios de 1933, cuando fue admitido como cadete en la Escuela Militar, mientras pudo ejerció una severa tutela, sobre todo respecto a sus hermanas. «Era muy celoso de las personas que nos visitaban», señaló María Avelina Pinochet. «Se fijaba en todos nuestros amigos y amigas. No nos llevaba nunca a fiestas. Era muy estricto.» [13]
Una de sus entretenciones preferidas era jugar a la guerra con una colección de soldados de plomo que le regalaron. «Cuando niño vivía jugando con sus tambores y trompetas», indicó su hermana María Avelina. [14] Por su parte, él también mencionó la lectura entre sus primeras aficiones, singularmente las novelas de Emilio Salgari, como Sandokán, El corsario rojo, El corsario negro... «Mi madre me retaba porque me quedaba hasta las doce de la noche o más leyendo; me gustaba más leer que estudiar.» [15] En octubre de 1973 señaló que los libros que más habían influido en su formación habían sido la Biblia, Don Quijote de la Mancha y algunas obras de historia chilena y universal. [16]
Otra persona importante en sus primeros años fue Francisco Valette, el segundo esposo de su abuela materna, Inés Rosa Martínez. Este ciudadano francés fue su padrino en el rito católico del bautismo y al poco tiempo desapareció misteriosamente porque fue uno de los casi mil franco-chilenos que combatieron con el Ejército galo en la Primera Guerra Mundial. [17] Regresó en 1921 y durante los veranos en su casa de Curimón, en el valle del río Aconcagua, le relataba sus experiencias bélicas y le narraba, seguramente en tono épico, aquellas campañas militares de Napoleón que llevaron a la Grande Armée hasta los pies de las pirámides egipcias, las estepas rusas, el valle del Guadalquivir y también Waterloo... Como militar, Pinochet siempre manifestó su devoción por el emperador francés, al igual que por Alejandro Magno, Julio César o el general del III Reich Erwin Rommel.
Pero su infancia estuvo marcada, sobre todo, por un accidente que sufrió cuando tenía unos 5 o 6 años. Durante un paseo por la plaza O’Higgins con su nana, María, fue atropellado por un coche tirado por caballos. Aunque los médicos indicaron que tan solo sufrió algunos moratones, unos meses después empezó a padecer un intenso dolor en la rodilla izquierda. Los profesionales del Hospital Alemán aconsejaron la amputación de esta pierna porque dijeron que sufría tuberculosis y, de no hacerlo, pronosticaban que el mal se extendería por todo su cuerpo hasta acabar con su vida en no más de tres años. [18] Ya entonces soñaba con ser militar, fascinado con los relatos de su abuelo Francisco y de su tío abuelo Alejandro Ugarte, quien combatió en la sierra peruana durante la guerra del Pacífico (1879-1883). Su anhelo parecía frustrarse irremisiblemente, hasta que la llegada desde Buenos Aires, en el ferrocarril transandino, de un afamado cirujano germano le devolvió la esperanza. Este médico corrigió el diagnóstico: señaló que padecía hidroartrosis debido a un golpe mal cuidado y tan solo recomendó baños de sol. Le llevaron al terreno rural que su familia poseía en Curimón y después de tres meses las molestias desaparecieron completamente. [19]
Estudiante reprobado
Hasta su ingreso en 1933 en la Escuela Militar, Augusto Pinochet cursó sus estudios primarios y secundarios en colegios privados, singularmente en establecimientos católicos, debido a la devoción religiosa de su madre. Su etapa escolar se inició en el kindergarten Sara Vives (ubicado en la calle Condell) antes de cumplir los 6 años y, en 1925, ingresó junto con su hermano Gerardo en régimen de internado en el Seminario San Rafael, puesto que su familia se había trasladado a vivir a la ciudad de Quillota, a unos cincuenta kilómetros de Valparaíso. [20] En este centro, fundado en 1869, está documentado que aquel año completó el primer curso de Preparatoria, previsto para niños de 6 años, cuando él ya había cumplido los 9. [21] «Era un colegio muy disciplinado. Se castigaban las faltas dejando sin salir el domingo. No es que se usaran reglas para pegarnos —como en otros colegios—, pero no salir era una sanción fuerte», recordó en 1989. [22] Su comportamiento fue pésimo, «molestaba mucho» según sus propias palabras, [23] y logró que le expulsaran para así volver junto con su familia.
En Quillota vivían muy cerca del centro de la ciudad. En 1926 se matriculó en el instituto propiedad de los Hermanos Maristas (al igual que sus hermanos Gerardo y Arturo) y, como a lo largo de toda su trayectoria académica —incluidos sus años en la Escuela Militar—, sus calificaciones fueron mediocres, con algún brillo puntual en materias como Historia y dificultades casi crónicas en Ciencias o Matemáticas. [24] Como lo indican de manera fehaciente los certificados de calificaciones escolares que se conservan en el Archivo Nacional de Chile, en 1927 cursó allí el primer curso de las Humanidades o enseñanza media, después de haberse «saltado» algunos años de Preparatoria, hecho que seguramente contribuye a explicar sus dificultades evidentes en la etapa secundaria, ya que aquel año fue reprobado. [25] No obstante, en diversas ocasiones se refirió a su paso por aquel colegio principalmente para evocar a unos alumnos que, según relató, faltaban al respeto a los profesores. [26]
A partir del curso siguiente, sus padres le inscribieron en el establecimiento de los Sagrados Corazones de Valparaíso, fundado en 1837 por los religiosos de esta congregación nacida en París tras la Revolución. Fue el primer colegio creado por una orden no española en las antiguas colonias hispanas de América y desde esta ciudad «los padres franceses» asumieron entonces el encargo del Vaticano de expandir el catolicismo por las islas de la Polinesia. [27] Sin embargo, pese a estudiar durante cinco años en sus aulas, jamás logró dominar el idioma de sus antepasados.
El colegio, exclusivamente masculino entonces, estaba ubicado en la céntrica calle Independencia y ofrecía los seis cursos de Preparatoria y los seis de Humanidades. Fue todo un sacrificio económico para su familia, puesto que en 1933 un año en la enseñanza media costaba sesenta pesos mensuales, sin incluir el pago del almuerzo ni de la merienda. En marzo de 1928, ingresó como alumno repetidor del primer curso de Humanidades en este colegio, con los 12 años ya cumplidos, edad límite para ser admitido según las normas de la época. Durante los primeros meses, cada día se desplazaba junto con su padre desde Quillota en el tren que partía a las siete de la mañana para llegar antes del inicio de las clases a las ocho y cuarto. En aquellos viajes entabló amistad con otro alumno, Ismael Huerta, quien posteriormente ingresaría en la Armada y sería el primer ministro de Relaciones Exteriores de la dictadura cívico-militar. [28]
No solo las clases de religión eran obligatorias en los Sagrados Corazones, sino que a partir del cuarto curso de Preparatoria todos los alumnos que vivían en la ciudad debían asistir a misa en la capilla del colegio cada domingo y día festivo a un cuarto para las nueve de la mañana. Y eran causas de expulsión atentar contra la religión católica y la «moralidad», los actos de grave insubordinación, así como «la desaplicación habitual». [29]
«En este plantel educacional, Augusto destacará por su responsabilidad y puntualidad», leemos en Alma de soldado, el texto biográfico que el Ejército le regaló en 1998, cuando pasó a retiro. [30] «Sus profesores lo recuerdan como un muchacho aplicado y responsable», escribió su hagiógrafo Eulogio Bustamante, [31] en la senda de la escueta semblanza difundida por su régimen en 1974: «Se destaca como alumno líder e inquieto, con gran afición a las Matemáticas y a la Historia. Entre los deportes practicó boxeo y tiene preferencia por la equitación». [32] Desde luego, las conclusiones que se infieren de sus calificaciones escolares son radicalmente diferentes a lo expuesto en estos textos laudatorios. Y como el colegio las enviaba a las familias cada 31 de diciembre, resulta verosímil pensar que Pinochet amargó a su familia más de un fin de año.
En 1928 sí superó el primer año de Humanidades. Sus mejores calificaciones las obtuvo en Matemáticas, Ciencias, Religión y Gimnasia. [33] Un año después, aprobó el segundo curso, aunque con preocupantes resultados en Castellano, Historia y Geografía, Inglés, Francés y Ciencias. En diciembre de 1930, en tercero, fue reprobado de manera estrepitosa y, a diferencia de algunos compañeros suyos, no tuvo la posibilidad de recuperar en marzo las materias suspendidas (Castellano, Inglés, Francés, Matemáticas) para poder así avanzar. En 1931 sí pasó, pero en 1932, con 17 años cumplidos, volvió a fracasar en cuarto de Humanidades: naufragó en Inglés, Francés, Castellano, Matemáticas, Ciencias, Física, Química e incluso en Dibujo.
Desde 1907, los colegios de los Sagrados Corazones de Santiago, Viña del Mar, Concepción y Valparaíso editaban de manera conjunta una publicación, La Revista Escolar, cuyo último número de cada año, bajo el lema «Honor al Mérito», destacaba la nómina de mejores alumnos por curso y sede entre los que, obviamente, jamás figuró. Durante aquel lustro, Augusto Pinochet solo vio su nombre inscrito en aquellas páginas en una ocasión, en 1928, y por razones meramente burocráticas: le incluyeron en la relación de nuevos alumnos del establecimiento de Valparaíso. [34]
A mediados de 1932 se publicó un número especial con motivo del vigésimo quinto aniversario de la revista, [35] en el que Nemesio Antúnez, alumno del cuarto año de Humanidades del colegio de Santiago —y futuro gran pintor y grabador—, publicó el artículo titulado «El incendio de la Compañía», acerca de la destrucción de la iglesia que estaba ubicada donde hoy lucen los jardines del antiguo Congreso Nacional en Santiago. Y Carlos Elton, estudiante de cuarto curso de Valparaíso, escribió acerca de la batalla de Chorrillos, acaecida en 1881 en la guerra del Pacífico. En cambio, Pinochet no publicó ningún artículo en la revista, ni un poema, ni siquiera un chiste (había un pequeño espacio reservado para el humor en sus páginas). Nada. Sus inquietudes «literarias» tardarían aún dos décadas en asomar.
Entre sus profesores estuvieron los sacerdotes Santiago Urenda o Augusto Salinas, quien en enero de 1943 oficiaría su matrimonio con Lucía Hiriart y en 1981 declaró acerca de su antiguo pupilo: «Tenía todas las condiciones para la milicia: sentido del deber, disciplina, amor por la patria». «Es cierto que yo le encontraba buenas condiciones para la milicia, pero en esa época, en que tenía unos 14 años, no se mostraba tan enérgico. Por el contrario. Por ejemplo, jamás peleaba con sus compañeros y esto es muy corriente en los muchachos de esa edad. Era un buen joven, sencillo, muy estudioso, buen compañero, bonachón, muy risueño. Hasta el día de hoy. También conserva la religiosidad. Es un hombre con mucha fe y muy generoso». [36] Salinas fue, junto con Emilio Tagle, uno de los pocos obispos que apoyó abiertamente el golpe de Estado.
El 25 de diciembre de 1973, con motivo de la fiesta anual de graduados, el colegio de los Sagrados Corazones de Valparaíso concedió una distinción en forma de medalla a los tres exalumnos que tenían un papel destacado en el nuevo régimen: el general Pinochet, el vicealmirante Ismael Huerta y el contraalmirante Hugo Castro, ministro de Educación. [37] Por su parte, el dictador otorgó a Santiago Urenda, rector del centro a sus 76 años, la condecoración Bernardo O’Higgins —a pesar de que está prevista solo para extranjeros— por su vida consagrada al magisterio. [38]
En julio de 1999, durante su detención en Londres, dos periodistas de El Mercurio de Valparaíso le entrevistaron en su residencia de Virginia Waters y le preguntaron, en el momento más duro de su vida, si volvería a optar por su profesión si hubiera podido imaginar todo lo que le pasó desde que ingresó en el Ejército. «No me cabe ninguna duda», señaló, «porque en mi caso he sentido siempre la presencia de un llamado como natural a todo lo que significa la carrera militar...». [39]
Pinochet siempre situó el nacimiento de esta inclinación en su infancia. «Jamás pensé en estudiar otra cosa que no fuera mi vocación de servicio que tengo desde niño. Porque uno entra a la Escuela Militar para servir a la Patria. No se entra pensando en la guerra. La gente se equivoca cuando piensa que a los militares solo nos gusta la guerra y la violencia. O cuando piensa que somos fácilmente violentables», aseveró en 1989. [40] La atribuyó a su interés por el pasado nacional, los relatos acerca de los conquistadores españoles y la resistencia del pueblo mapuche. «Es posible que narraciones heroicas y otros temas semejantes y luego la lectura de la historia de Chile fueran dejando en mi espíritu un surco muy profundo sobre el valor del servicio de las armas. En todo caso, desde la niñez tuve la idea de que la meta de mi existencia debía ser llegar a oficial de Ejército y dedicar mi vida a la carrera de las armas. En mi hogar no todos compartían esta vocación, produciéndose diferentes reacciones cuando se tocaba el tema», relató en 1979. [41]
El apoyo materno a su aspiración fue determinante, ya que, a pesar de sus pésimas calificaciones escolares, su padre le instaba a que estudiara Medicina; de hecho, en alguna ocasión aseguró que, de haber seguido el consejo paterno, hubiera elegido la especialidad de pediatría. Otra vez, en septiembre de 1974, declaró que, de no haber sido militar, hubiera querido ser juez. [42] Pero se impusieron el deseo de su madre y sus propios anhelos: «A mi mamá le encantaban los militares... Y solía tocar una canción que decía así: “El militar sabe apreciar a la mujer que siempre adora y el amor así atesora...”. Ella cantaba y nosotros la escuchábamos». [43] Influyó también la amistad de su familia con los hermanos Alfredo y Edgardo Portales, ambos oficiales del Ejército, a quienes Pinochet bombardeaba con preguntas sobre la profesión de las armas cuando les visitaban y cuyos uniformes le deslumbraban. [44]
En su infancia también le gustaba acercarse hasta el Regimiento de Infantería n.º 2 Maipo, en Playa Ancha, en el extremo sur de la bahía de Valparaíso, para contemplar las formaciones de una de las unidades más antiguas del Ejército chileno, fundada en 1851. «Admiraba la carrera, me entusiasmaba la marcialidad de los soldados, la forma como se trataba a la gente, los grados. Siempre me imaginaba tener lo mismo: uniforme y marcialidad.» [45]
En cambio, aparentemente la Armada no le sedujo, a pesar de la importancia de esta institución en la vida social de Valparaíso y de las imágenes cotidianas de los buques fondeados en la bahía, de sus oficiales uniformados en las calles, de sus majestuosos edificios institucionales... También resultó estéril la insistencia en esta dirección de su abuela Inés Rosa Martínez. No existe constancia de que presentara su solicitud de admisión en la Escuela Naval, que en la época funcionaba en el imponente edificio del cerro Artillería que hoy ocupa el Museo Marítimo Nacional, con una perspectiva privilegiada sobre la bahía. [46]
El 2 de septiembre de 1991, Pinochet impartió una clase magistral en la Escuela Militar bajo el título «La noble profesión de las armas». Cuando ya llevaba cincuenta y ocho años en la institución, se permitió aleccionar a los jóvenes cadetes: «La vocación es un llamado. La de las armas es un llamado de la Patria. La vocación militar es un servicio. El acto de servir es uno de los deberes más característicos de la carrera. Es un compromiso ético con el Estado y la Patria. (...) La entrega militar es una consagración de la persona a algo superior, equivalente a la del sacerdocio. Por eso compromete profundamente sus fibras más nobles». [47]
Tuvo que postular en tres ocasiones a la Escuela Militar, hasta que fue admitido en 1933. Allí partió en marzo de aquel año para emprender una nueva vida; atrás quedaron sus familiares y sus amigos del colegio Marcelo Malharé, Gerardo Pérez, Rolando Garay, Fabio Vío, Óscar Cristi y Julio Iversen. [48]
Augusto Pinochet se formó como oficial en un Ejército profundamente transformado durante el medio siglo anterior de acuerdo con el rígido modelo prusiano. La «prusianización» fue el proceso de modernización y profesionalización del Ejército chileno, la mayor transformación en sus dos siglos de historia. A esta influencia se atribuyen los rasgos característicos de la institución en la que sirvió y a la que dirigió durante casi veinticinco años: la verticalidad de mando, la dureza, la rigidez y la obediencia absoluta a las órdenes de los superiores. Una disciplina severa regía la relación entre los sucesivos eslabones a partir de la máxima prusiana de «orden y ejecución».
Un Ejército «prusiano» en América
A pesar del triunfo en la guerra del Pacífico, los mandos del Ejército creyeron imprescindible emprender una reforma profunda a fin de prepararse ante un posible nuevo conflicto —principalmente con Argentina o Perú— [49] de un país que tenía un territorio ciertamente difícil de defender, con cuatro mil kilómetros de litoral, salpicado de accidentes físicos y sometido a los climas más adversos. [50]
En 1885, por orden del gobierno del presidente Domingo Santa María, el general Emilio Sotomayor, director de la Escuela Militar, contrató al capitán de artillería germano Emil Körner con la misión de renovar «la estructura orgánica y combativa del Ejército». [51] Se desterró la influencia militar francesa, notoria en las décadas centrales del siglo XIX, y el modelo elegido fue el de Prusia, que en 1871 había sido el eje de la unificación de Alemania bajo la batuta del canciller Otto von Bismarck y en aquel momento, tras las fulgurantes victorias sobre el Imperio austrohúngaro y Napoleón III, exhibía un prestigio sin parangón en el mundo. En la mentalidad militar prusiana, la guerra se concebía como una ciencia que exigía la aportación de todo el potencial humano y material de la nación. [52]
El ejército permanente y profesional es una creación de la época contemporánea, fruto del ascenso de la burguesía como clase social. Con su aparición, se privó a la aristocracia feudal del acaparamiento del cuerpo de oficiales y se fijó la promoción por mérito, antigüedad y calificación. [53] Desde la Revolución francesa y la emblemática batalla de Valmy (1792) entraron en escena una nueva forma de guerra y un nuevo tipo de ejército; se trataba de conflictos nacionales en los que pugnaban ya no cuerpos mercenarios, sino tropas integradas por los ciudadanos movilizados en defensa de su nación. [54] Esto permitió asegurar la profesionalización de la función militar ejercida por oficiales y suboficiales, así como su preparación e instrucción constante en escuelas propias y especializadas. [55] Por esta razón, en 1886 se fundó la Academia de Guerra del Ejército de Chile, la primera de su tipo en América Latina, creada a imagen y semejanza de la institución homónima de Berlín (Kriegsakademie, inaugurada en 1810), que permitió que, por primera vez, la oficialidad recibiera una formación sistemática a partir de un plan de estudios definido. [56] Desde entonces, en sus aulas se forman los oficiales del Estado Mayor, la élite de la institución. [57]
En la Guerra Civil de 1891, Emil Körner se alineó junto con la oligarquía y la Armada y como jefe de las fuerzas sublevadas se enfrentó al Ejército y al presidente José Manuel Balmaceda. Después de la batalla de Placilla, y ya ascendido a general de la República de Chile, comunicó a la Cancillería alemana que las fuerzas militares victoriosas habían entrado en Santiago «marchando al estilo prusiano». [58] A partir de entonces empezó la etapa más intensa de la «prusianización», [59] que se hizo sobre la base de la milicia constituida en defensa de los intereses oligárquicos y del capital británico y tras la depuración de más de cien oficiales medios y superiores leales a Balmaceda. En 1893 llegaron treinta instructores alemanes, se renovó el funcionamiento de los centros de adiestramiento (Academia de Guerra, Escuela Militar, Escuela de Suboficiales, Escuela de Caballería y Escuela de Tiro y Gimnasia) y se introdujo una variedad de estudios y disciplinas desconocidas en el país, impartidos con manuales traídos de Alemania: Táctica, Historia Militar, Servicio de Estado Mayor, Juegos de Guerra... Además, entre 1891 y 1913, ciento cincuenta oficiales chilenos se formaron en Alemania. [60]
La transformación también llevó aparejados elementos especialmente vistosos. En 1899, los cadetes de la Escuela Militar vistieron por primera vez el uniforme prusiano (la guerrera azul y el pantalón negro); al año siguiente, se introdujo en algunas unidades su casco de punta (Pickelhaube) y ya en 1904 todos los miembros del Ejército, desde el soldado raso hasta el comandante en jefe, lucían la indumentaria y el casco prusianos, además de incorporar elementos como el yelmo y el monóculo e incluso formas de comportamiento como la cortesía militar alemana. Asimismo, adoptaron el característico paso del Ejército germano y desde 1896 hasta el día de hoy la Marcha Radetzky marca el ritmo de parada de la Escuela Militar. [61]
En 1900, por la Ley 1362 se implantó el servicio militar obligatorio, como en Alemania, con una duración de nueve meses para todos los varones de 20 años, [62] una medida que en los años siguientes permitió elevar los efectivos del Ejército hasta estabilizarlos en torno a unos diez mil hombres, frente a los casi seis mil de fines del siglo XIX. [63] Al mismo tiempo, desde principios del siglo XX el Ejército chileno envió misiones a otros países americanos para reorganizar sus instituciones armadas, exportando así de manera indirecta el modelo prusiano. Sus oficiales sirvieron en Ecuador (1899), El Salvador (1903), Colombia (1907), Guatemala y Honduras (1911-1912), y Venezuela (1914-1915). [64]
Si el Reglamento de régimen interno dictado en 1902 ya era una copia del alemán de 1899, en mayo de 1906 se aprobó la reforma más profunda, cuando se otorgó al Ejército, sobre todo a sus escalas superiores, una organización y una estructura inspiradas en el Ejército imperial germano. [65] A partir de entonces los diferentes regimientos se diseminaron por las capitales provinciales y otras ciudades de menor rango. «Desde el punto de vista de la defensa nacional era inexplicable tan gran dispersión y hasta perjudicial», escribió el historiador Hernán Ramírez Necochea. «Parece entonces fundado pensar que la reorganización (...) se hizo fundamentalmente considerando asuntos de política interna y más precisamente la necesidad de asegurar la presencia de fuerzas “protectoras del orden” a través de todo el territorio, fijándose especial atención en aquellos lugares en los que existía cierto grado de concentración proletaria.» [66]
De manera paralela, se forjó una verdadera «mitología del vencedor», según la definición de Quiroga y Maldonado, justificada por las sucesivas victorias militares del siglo XIX y condensada en el lema del Ejército de Chile: «Siempre vencedor, jamás vencido». Esta ideología incluía la tendencia hacia un Estado autoritario y un profundo rechazo de las ideas socialistas. De hecho, en el breve interregno de la República Parlamentaria (1891-1924), el Ejército asumió funciones de «policía interior» y fue el responsable de la represión de las movilizaciones y demandas del movimiento obrero, causando miles de víctimas. Solo entre 1903 y 1925, durante los gobiernos de los presidentes Germán Riesco, Pedro Montt, Juan Luis Sanfuentes y Arturo Alessandri, perpetró dieciséis masacres. Sus víctimas en la Escuela Santa María de Iquique, en las oficinas salitreras de San Gregorio o La Coruña y en otros puntos del país, fueron obreros del salitre y del carbón, trabajadores industriales y portuarios, desempleados y mujeres de las clases subalternas. [67]
La época dorada de la «prusianización» concluyó con el inicio de la Primera Guerra Mundial, cuando los instructores regresaron a su país, y la derrota final de Alemania, forzada por la Paz de Versalles a poner fin a las misiones militares en el exterior. Este proceso de transformaciones dejó una profunda huella que, en opinión de Quiroga y Maldonado, impidió la construcción de «un Ejército eminentemente nacional y autónomo»; «... más importante», subrayan, «hubiese sido la formación ideológico-política de los militares en función de ideales de convivencia democrática y de valorización del sistema democrático representativo». [68]
Fueron oficiales formados en la tradición militar prusiana los que condicionaron la evolución política de Chile entre 1924 y 1932, un periodo tumultuoso marcado sobre todo por las personalidades de un político, el presidente Arturo Alessandri, y un militar, Carlos Ibáñez del Campo. La nueva elección de Alessandri en octubre de 1932 clausuró ocho años de inestabilidad política e inauguró el largo periodo de cuatro décadas en el que se desarrolló la carrera militar de Pinochet hasta alcanzar la jefatura del Ejército el 23 de agosto de 1973.
Entre Alessandri e Ibáñez
El 11 de septiembre de 1924, un golpe de Estado militar interrumpió la primera Administración del presidente Arturo Alessandri, quien había sido electo en 1920. Rechazaron su renuncia, pero le concedieron un permiso constitucional para que se ausentara del país, por lo que viajó a Europa junto con su familia. Antes de disponer la clausura del Congreso Nacional, las Fuerzas Armadas ordenaron la promulgación de un amplio conjunto de leyes sociales y laborales con contenido progresista. El 23 de enero de 1925, otro movimiento militar instó a reasumir su cargo a Alessandri, quien regresó el 20 de marzo. Con el Parlamento cerrado, se promovieron varias reformas y principalmente la elaboración de una nueva Constitución, que sustituyó a la de 1833 tras ser aprobada en plebiscito el 30 de agosto y solemnemente promulgada el 18 de septiembre.
La nueva Carta Magna restauró el régimen presidencialista y dictaminó la separación de la Iglesia católica del Estado, proclamando la libertad religiosa y de conciencia. En cuanto a las Fuerzas Armadas, su artículo 22 consagró: «La fuerza pública es esencialmente obediente. Ningún cuerpo armado puede deliberar». Y el artículo 72 incluía entre las atribuciones reservadas al presidente de la República otorgar, con acuerdo previo del Senado, y revocar, con la disposición del pase a retiro, los grados de coronel, capitán de navío y demás nombramientos de los puestos superiores del Ejército y la Armada. Como jefe de Estado, en tiempo de guerra el presidente asumiría el título de generalísimo de las Fuerzas Armadas. [69]
El coronel Carlos Ibáñez del Campo, militar formado en la tradición prusiana que ascendería a general en 1930, fue ministro de Alessandri y el nuevo presidente elegido a fines de 1925, Emiliano Figueroa, lo mantuvo en su gabinete. Las presiones de Ibáñez forzaron la dimisión de Figueroa el 4 de mayo de 1927 y en los comicios celebrados dieciocho días después venció con el 98 % de los votos. Con poderes omnímodos y procedimientos arbitrarios, que incluyeron el exilio, el destierro, la prisión política, la tortura e incluso el asesinato, Ibáñez dirigió una dictadura que se prolongó durante cuatro años, y transformó la estructura del Estado con la creación de la Contraloría General de la República, el cuerpo de Carabineros y la Fuerza Aérea de Chile (FACh). [70]
El efecto devastador de la Gran Depresión empezó a percibirse desde fines de 1930 y en medio de protestas sociales Ibáñez renunció el 26 de julio de 1931. No obstante, la efervescencia política no declinó, todo lo contrario. En septiembre de aquel año se produjo la sublevación de la escuadra en Coquimbo, que originó «réplicas» en varios puntos del país (Talcahuano, Copiapó, Vallenar, Ovalle) y que llegó a contar con el apoyo de la Federación Obrera y del Partido Comunista (PC), evocando lo sucedido en Rusia en 1905 con el acorazado Potemkin. En junio de 1932 tuvo lugar el episodio de la República Socialista, liderada por el oficial de la Fuerza Aérea Marmaduque Grove, que apenas duró doce días, pero mostró por primera vez a miembros de las Fuerzas Armadas comprometidos con una opción revolucionaria.
Finalmente, la victoria de Arturo Alessandri en las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 1932 cerró ocho años de intervencionismo militar en la esfera política. Hasta el 11 de septiembre de 1973, y con solo tres excepciones —el Ariostazo en agosto de 1939, el Tacnazo en octubre de 1969 y el Tanquetazo en junio de 1973—, los militares vivieron enclaustrados en sus cuarteles y apegados a sus obligaciones constitucionales. E inicialmente lo hicieron ante el visible desprecio y la notoria hostilidad de la sociedad civil. [71]
La desconfianza de Alessandri hacia las pulsiones golpistas de los militares y la alargada sombra de Ibáñez le llevaron incluso a amparar las Milicias Republicanas, grupos armados que contaron con hasta cincuenta mil hombres, reclutados entre las capas altas y conservadoras de la sociedad. [72] Se disolvieron en julio de 1936, aunque de sus «cenizas» surgieron varios movimientos políticos que heredaron su anticomunismo. [73]
El alejamiento de los militares de la contingencia política y su dedicación exclusiva a las tareas profesionales alimentó tanto el mito de la excepcionalidad de las Fuerzas Armadas chilenas en el contexto latinoamericano que la trascendencia histórica de sus irrupciones (1891, 1924) fue cayendo en el olvido. «Se evita decir que el Ejército de Chile tiene por tradición intervenir cada treinta o cuarenta años», escribió en 1970 el sociólogo francés Alain Joxe. [74]
No obstante, aquellos convulsos años protagonizados por la figura de Ibáñez —quien continuó siendo un actor central de la política nacional durante un cuarto de siglo más—, dejaron un marcado poso ideológico en las Fuerzas Armadas, que convivió con la imposición de la Doctrina de Seguridad Nacional durante la Guerra Fría y no fue desterrado hasta la alianza tejida por Pinochet con los economistas neoliberales desde abril de 1975. La historiadora Verónica Valdivia caracteriza este «ibañismo militar» como «la añoranza por un Gobierno fuerte y eficiente, que despreciaba a los políticos y prefería a los tecnócratas, que valorizaba la función social y económica del Estado, proclive a una integración controlada y despolitizada de los sectores subalternos y que esperaba recuperar el estatus y la valorización social de la época del general Ibáñez». [75]
El ingreso de Augusto Pinochet en la Escuela Militar en marzo de 1933 coincidió con un cambio de época en la política nacional. Solo un mes después, el 19 de abril, se fundó el Partido Socialista (PS) —con Salvador Allende como uno de sus impulsores en Valparaíso— y cinco más tarde, los jóvenes socialcristianos de la rama juvenil del Partido Conservador crearon la Falange Nacional, primer antecedente del Partido Demócrata Cristiano (PDC). Junto con los partidos Radical, Liberal y Comunista, quedó configurado el universo político sobre el que pivotaron y pugnaron las aspiraciones y deseos de la sociedad chilena hasta el 11 de septiembre de 1973. Los procesos de industrialización protegida, de urbanización y de modernización social del país durante las décadas centrales del siglo XX se desarrollaron en el marco de un sistema plenamente democrático a partir de 1958 [76] y no bajo regímenes autoritarios regidos por las Fuerzas Armadas ni hegemonizados por populismos de corte corporativista, como en gran parte de América Latina. [77]
El cadete 197
En diciembre de 1932, Pinochet fue reprobado en el cuarto curso de Humanidades del colegio de los Sagrados Corazones de Valparaíso. Estudiante mediocre, con un horizonte profesional sombrío ante sí cumplidos ya los 17 años, aprovechó su última oportunidad para postular a la Escuela Militar y entonces sí fue admitido. [78] En diversas ocasiones relató que lo consiguió en su tercer intento, aunque no siempre dijo la verdad, puesto que, en el primer volumen de sus memorias, aseguró que en 1931 fue rechazado «por mi poca edad»; no obstante, aquel mismo año ingresó Carlos Prats, nacido como él en 1915. Solicitó de nuevo plaza para 1932, pero señaló que fue defenestrado solo por razones físicas: «Estaba muy débil a consecuencia de mi etapa de crecimiento». [79] En enero de 1933 volvió a presentarse a las pruebas de conocimiento de los candidatos en Lengua, Matemáticas e idiomas, y a someterse a los exámenes médicos exigidos. A mediados de febrero recibió un telegrama que le confirmó que por fin había sido aceptado. [80]
En 1931, tras la caída de la dictadura del general Carlos Ibáñez y en medio del durísimo impacto de la crisis económica internacional, el Ejército vio menguados sensiblemente sus recursos y por esa razón llegó a plantearse el cierre temporal de la Escuela Militar, como ya había sucedido entre 1876 y 1878. Sin embargo, la opción escogida fue transformarla en un internado de enseñanza secundaria. De este modo, pasó a ofrecer también los tres últimos años de Humanidades, que permitían obtener la licencia que franqueaba el acceso a la universidad, además del Curso Militar, que preparaba a los futuros oficiales y, en el caso de no seguir esta carrera, al menos acreditaba que el alumno ya había cumplido la Ley del Servicio Militar Obligatorio.
En 1933, Pinochet repitió en la Escuela Militar el cuarto año de Humanidades en calidad de estudiante pensionado. Su familia debió abonar 1.300 pesos para atender los gastos de alimentación, vestuario, lavandería y peluquería durante el curso y, por otra parte, adquirir los libros y el material escolar. [81] El 2 de marzo viajó en tren desde Valparaíso con su madre, quien al día siguiente le acompañó hasta la entrada del imponente alcázar ubicado frente al parque Cousiño, hoy denominado parque O’Higgins. [82] «Cuando ingresé como cadete a la Escuela Militar, a ese vetusto edificio de la calle Blanco Encalada donde se inculcaban el amor a la Patria y el cumplimiento del deber, fue uno de los momentos más felices de mi vida. (...) La alegría me embargaba totalmente, pues con ello se cumplía mi gran aspiración.» [83]
En aquel momento recibió el Manual del Cadete, un detallado documento de ciento dieciséis páginas que definía sus deberes y obligaciones para todos y cada uno de los momentos y tareas del día y del año. [84] Asimismo, incluía un relato de diez páginas acerca de la historia de la Escuela Militar desde su fundación el 16 de marzo de 1817 con la denominación de Academia Militar, mediante un decreto firmado por Bernardo O’Higgins y el ministro de Guerra, José Ignacio Zenteno. Se creó en el mismo momento de la organización del Ejército nacional, con la función de formar a los oficiales y suboficiales en las especialidades de Caballería e Infantería. El bautismo de fuego de sus primeros alumnos tuvo lugar en la batalla de Maipú, en abril de 1818, que selló la victoria de las tropas chilenas y el nacimiento de la nueva República, cuando sendas compañías, denominadas Las Cien Águilas, combatieron bajo el mando del coronel Manuel Labarca y del mayor Manuel Silva. [85]
No hubo transición entre la vida civil de un joven chileno de 17 años y un cadete de la Escuela Militar. De inmediato, a sus compañeros y a él les hicieron formar y les condujeron al almacén de vestuario, donde les entregaron prendas de loneta blanca, ancha, dura, y pantalones cortos amplios y se instalaron en el dormitorio del segundo piso que les asignaron. Al día siguiente les repartieron los botines militares y la ropa de cama y aseo, que debían marcar con el mismo número hasta finalizar las Humanidades. A Pinochet le correspondió el 197. Pronto llegó también el corte de cabello inequívocamente castrense y un primer mes de aislamiento e inmersión en la dura instrucción militar, periodo marcado además por la añoranza de la familia y los amigos y también por las novatadas de los veteranos.
Tampoco fue sencilla la adaptación al rigor de la disciplina prusiana. Por ejemplo, si al segundo día no habían aprendido a hacer la cama perfectamente, les obligaban a cargar el colchón y correr por los corredores y, además, les castigaban sin casino. Para él era una tarea completamente desconocida. «Nos daban solo diez minutos desde que nos tirábamos de la cama para pasar al baño, hasta que salíamos al patio a trotar y hacer gimnasia, debía estar la cama lista también...» «Yo estaba acostumbrado a un hogar donde se preocupaban de mí. Me atendían, podía acostarme a la hora que deseaba. Todas aquellas actividades libres. Pero llegué a la institución y cambió mi vida. Pasé a ser un hombre que debió ajustarse a procedimientos rígidos. Un hombre que sabe con un día de anticipación todo lo que hará al día siguiente, minuto a minuto. Allí se funciona de manera tal que uno sabe qué va a pasarle desde la diana hasta la retreta. Se va encasillando. Se va acostumbrando a ser metódico y ordenado», recordó en 1989. [86]
Después del mes de instrucción militar, los cincuenta y cinco alumnos de cuarto de Humanidades de aquel año (veinte menos de las plazas disponibles), divididos en tres grupos, iniciaron las clases y el régimen de vida ordinario que, salvo excepciones, contemplaba salidas de la Escuela los domingos entre las nueve y media de la mañana y las diez de la noche. Para Pinochet y sus compañeros el día empezaba a las seis, cuando escuchaban el timbre. Por delante tenían quince horas de actividad, hasta que se retiraban a descansar a las nueve de la noche. De inmediato, se dirigían a las duchas de agua fría, realizaban su aseo personal y volvían a los dormitorios para vestirse. Tras el desayuno, dedicaban veinte minutos a ejercicios de gimnasia en el patio central o en los corredores. A las siete en punto, y vigilados siempre por la mirada atenta de un oficial, debían hacer la cama y disponían de un tiempo de estudio antes del inicio, a las ocho de la mañana, de las clases, que se prolongaban hasta las doce. Entonces, se procedía a leer la Orden del Día en el patio y llegaba el momento del almuerzo.
Por las tardes, realizaban la instrucción en el vecino parque Cousiño a través de diferentes ejercicios: prácticas sin armas, formación en distintos tipos de hilera, marcha individual y en grupo con y sin compás, giros, altos... Asimismo, ensayaban una y otra vez los honores (saludos individuales en movimiento o no) y hacían gimnasia. Durante las primeras semanas, la instrucción teórica se centraba en explicarles las normas de la Escuela Militar y cómo debía ser la conducta de los cadetes dentro y fuera de ella. [87] Para aquellos jóvenes revestía una especial emoción la primera salida con el uniforme de cadete, tras el mes inicial de intensa y dura instrucción. [88]
Pinochet solo viajaba a Valparaíso a visitar a sus padres y hermanos cuando disponía al menos de dos días libres seguidos, así es que, por lo general, los domingos almorzaba en el hogar de su apoderado, primero el general Alfredo Portales y después su hermano Edgardo, capitán del Ejército. [89] Según la abogada Mónica Madariaga —prima segunda de Pinochet y su principal asesora jurídica desde las primeras semanas de la dictadura—, el general Alfredo Portales siempre recomendaba a los jóvenes oficiales: «Nunca destaques en la carrera, porque serás objeto de envidias; tampoco seas el último. Para llegar a la cúspide, mantente en el justo medio, dentro del montón». [90] Un consejo que siguió a pies juntillas, al igual que la sentencia del almirante alemán Friedrich von Ingenohl que subrayó en un libro que conservó en su biblioteca personal hasta el fin de sus días, según ha relatado el periodista Juan Cristóbal Peña: «Resulta difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta». [91] A ese empeño contribuyeron las lentes oscuras que desde sus tiempos de capitán empezó a utilizar y que ocultaban sus gestos y reacciones más espontáneas.
En su primer año en la Escuela Militar estuvo bajo la tutela del teniente instructor José Estrada y del comandante de la Compañía, el capitán Óscar Zagal. El 21 de mayo de 1933, participó en su primera formación para rendirle honores al presidente de la República, Arturo Alessandri, con motivo de la ceremonia de lectura del mensaje anual del jefe de Estado en el Congreso Nacional. Tuvo que permanecer de pie durante cuatro horas soportando el peso del casco con penacho, así que muy pronto aprendió que el cumplimiento de las formas militares era una exigencia ineludible inspirada en las añejas tradiciones castrenses. «La excelente presentación, un buen manejo, un toque vibrante, la apostura marcial, eran gestos que no podían desatenderse porque eran parte del ser militar y del alma del soldado», leemos en la biografía que el Ejército le obsequió en 1998. [92]
En aquel tiempo, los límites urbanos de Santiago terminaban por el oriente en el canal San Carlos. Los cadetes solían completar la instrucción, una vez al mes, con caminatas que duraban todo un fin de semana hasta Peñalolén, donde realizaban ejercicios de artillería disparando hacia la cordillera; en la actual zona de la calle Pedro de Valdivia norte, en la comuna de Providencia, hacían prácticas de caballería. Además, participaban en las grandes maniobras de la II División del Ejército.
Aquel primer año aprobó por fin todas las asignaturas del cuarto curso de Humanidades, aunque con escaso brillo académico salvo en materias como Física y Gimnasia. [93] Como al resto de los cadetes, en diciembre le correspondió asistir a la ceremonia de graduación de los alumnos del Curso Militar, en presencia del presidente Alessandri y el cuerpo diplomático, y entonar en su honor el himno de la Escuela Militar, de acordes viriles y marciales como corresponde, cuya última estrofa dice: «En los tiempos heroicos salieron / de tu alcázar, en vuelo triunfal, / las cien águilas bravas que hicieron / grande a Chile en la América austral». [94] La primera antigüedad de aquella promoción de 1933, a la que Pinochet rindió honores, correspondió a un joven brillante: Carlos Prats. [95]
El 26 de diciembre, una compañía formada por setenta y siete cadetes, once profesores y nueve oficiales, encabezada por el director de la Escuela Militar, el coronel Eduardo Ilabaca, partió en ferrocarril hacia Puerto Montt para realizar diferentes tareas de instrucción. Posteriormente, en las primeras semanas de 1934 pudo disfrutar de las vacaciones estivales con su familia y reencontrarse con sus amigos de Valparaíso.
En el quinto curso de Humanidades, debió repetir el examen final de Filosofía, mientras que logró sus mejores calificaciones en Conducta y en Historia y Geografía. En diciembre de 1935, a la edad de 20 años, concluyó la enseñanza secundaria al aprobar el sexto año. [96] Uno de sus profesores fue Alejandro Ríos Valdivia, quien impartió Historia y Geografía en la Escuela Militar entre 1925 y 1945. Militante del Partido Radical (PR), desde noviembre de 1970 fue el primer ministro de Defensa de Salvador Allende y junto con el presidente firmaría el ascenso de Pinochet a general de división. En 1985, le recordaba en estos términos como alumno de la Escuela Militar: «Era del montón. Los profesores siempre nos acordamos de los muy brillantes o de los muy malos». «Era un cadete normal. De muy buena conducta. Serio.» [97]
Por el régimen de vida tan estricto y el aislamiento casi monacal respecto a sus familias y la sociedad civil, los vínculos entre los cadetes solían perdurar durante décadas. De hecho, entre las primeras actividades sociales que dispuso tras ser designado comandante en jefe por el presidente Allende, Pinochet invitó a un almuerzo a sus compañeros de curso. [98] Y a partir del 11 de septiembre de 1973 designó a algunos de ellos, ya marginados del Ejército, en puestos relevantes de la Administración. Por ejemplo, al coronel retirado Jaime Ferrer le nombró para varios cargos, entre ellos, el de rector delegado de la Universidad Austral entre 1980 y 1986. Y en 1981, el director de Correos y Telégrafos era Patricio Délano y el presidente de la Polla Chilena de la Beneficencia (la Lotería) era Carlos Elbo.
Si bien no brilló por sus calificaciones académicas, sí demostró pronto su «espíritu militar», que le hizo merecedor de la confianza de sus superiores, que en 1934 le nombraron «cadete instructor», en 1935 subrigadier de una compañía de cadetes y a fines de aquel año brigadier, por lo que tuvo que acompañar a las promociones más jóvenes en su iniciación en la vida militar. Orlando Urbina, compañero suyo de curso, recordó que Pinochet «era de mucho espíritu militar, de mucha exterioridad en lo militar». «En esos años, había que hablar fuerte, gritar. Había que ser muy enérgico cuando se estaba haciendo algo y él lo hacía muy bien. Se destacaba por sus formas militares. Era muy preocupado de su vestuario, de su presentación personal, cualidad que aún sigue manteniendo.» [99]
El Curso Militar
El 18 de enero de 1936 fue nombrado subalférez porque la dirección de la Escuela Militar había aprobado su ingreso a partir de marzo en el Curso Militar, que iniciaba la preparación de los futuros oficiales de armas y de servicios del Ejército. Desde entonces, los gastos de alimentación, uniforme y equipo de los alumnos ya eran costeados completamente por el Estado. El comandante del Curso Militar de 1936 fue el capitán Ramón Salinas, quien seleccionó a Mario Pooley y a Pinochet como escoltas de la bandera nacional. Fue entonces cuando se le abrió una hoja de vida en la que año tras año quedó constancia de la evaluación que sus superiores hacían de su desempeño —con las distinciones y las faltas, estas últimas referidas también a la vida privada—, que era determinante para progresar en los ascensos y las destinaciones sucesivas. [100]
La preparación mínima que debían terminar de adquirir a lo largo de aquel año para graduarse y convertirse en alféreces era la cultura general correspondiente a un licenciado en educación secundaria, con nociones generales sobre psicología y pedagogía y capacidad de trato social. En cuanto a la cultura militar, tenían que adquirir ideas generales sobre la guerra, la política, la estrategia y la táctica; la organización y la legislación militar; y la historia de las guerras nacionales, así como conocimiento acerca de la forma de combate de las diferentes armas. Respecto a la preparación militar, debían lograr una formación teórica y práctica como instructores en su especialidad o arma y adiestrarse en el mando y la conducción en el combate. En lo referido a la preparación física, tenían que demostrar condiciones para la correcta práctica de los deportes militares y facultades para montar a caballo y hacer ejercicios de esgrima con el sable. [101]
«Lo que más interés despertaba en mí eran las clases de táctica, estrategia e historia militar, inclinación con la que he seguido en toda mi carrera y lo que me ha otorgado muchas satisfacciones. Con gran interés estudié las campañas de la Independencia, la Expedición Libertadora, la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana y la Guerra del Pacífico», escribió en sus memorias. [102] En especial le interesó tempranamente este último conflicto y por esa razón a partir de los años cuarenta, cuando la Dirección de Personal del Ejército le preguntaba a qué guarnición deseaba ser destinado, siempre expresó su preferencia por el norte. De este modo, en diferentes etapas sirvió en Iquique, Arica y Antofagasta.
La primera parte del Curso Militar, entre abril y mediados de agosto, se centraba en los conocimientos necesarios para ser instructor en las cuatro armas (Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros) con un especial énfasis en la enseñanza de las técnicas de mando y los métodos de la instrucción, y además empezaban las prácticas de equitación. Posteriormente, hasta diciembre, los subalféreces iniciaban una etapa de especialización con preparación de todas las armas y una revista final de su capacidad como instructor. No existían los exámenes y la calificación final se fijaba a partir de las notas parciales logradas a lo largo del año. [103]
Augusto Pinochet obtuvo el undécimo lugar entre los cincuenta y cinco alumnos del Curso Militar de 1936, la undécima antigüedad, un jalón determinante para su carrera. Obtuvo 7, la máxima calificación, en Conducta, Espíritu Militar y Condiciones de Mando; 6,25 en Administración Militar; 6 en Historia Militar y en Servicio Práctico. Sus notas más bajas fueron en Matemáticas (3), Topografía (4) y Química Experimental (4,25), mientras que en Redacción Militar logró 4,66.
En su evaluación, el comandante del Curso Militar, capitán Ramón Salinas, señaló que su conducta profesional había sido «excelente»: «De honradez profesional desarrollada, muy puntual, entusiasta, trabajador, disciplinado y exigente con sus subalternos». En cuanto a su conducta privada, anotó que era un joven «de maneras cultas, muy caballeroso en su trato, gusta de las buenas relaciones, camarada sobresaliente, franco, leal y sincero». En lo referido a sus condiciones intelectuales, valoró que eran «satisfactorias», aunque señaló que debía mejorar su dicción. Sobre sus condiciones físicas, escribió: «Satisfactorias. Debe desarrollar la confianza en su propia capacidad física, especialmente para ejercicios que requieren arrojo y resolución». Y, por último, respecto a sus cualidades como futuro oficial instructor, indicó: «Posee excelentes formas militares, es enérgico en sus acciones, se ha demostrado como buen instructor. Mejorando en preparación profesional y adquiriendo mayor experiencia llegará a ser un excelente oficial instructor». En el espacio reservado a la opinión del director de la Escuela Militar, el coronel Eduardo Ilabaca se limitó a anotar: «Conforme a la opinión del Comandante del Curso Militar». [104]
En diciembre, participaron en las maniobras anuales organizadas por la II División del Ejército, que tuvieron lugar en el sector de los Llanos del Machete. «Por primera vez como alumnos conocimos el significado que tienen los esfuerzos mancomunados de las armas, que ejecutan largos desplazamientos y en donde actúa gran cantidad de tropa, que debe ser coordinada por el alto mando», recordó en 1990. [105]
La última ceremonia en la que participó como alumno de la Escuela Militar tuvo lugar el 29 de diciembre de 1936, con la entrega de premios y la jura de la bandera de su promoción. [106] En aquel acto, al que asistieron el ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, acompañado por su homólogo chileno y el ministro de Defensa Nacional, así como altos oficiales del Ejército y también algunos veteranos de 1879, con su uniforme de pantalón y quepis rojos y guerrera azul, se concedió una decena de premios. Ninguno de ellos recayó en Pinochet. El cuadro de honor lo encabezaron, en este orden, Jaime Ferrer, José Larraín, Mario Delgado, Tulio Espinoza y Luis Solari. Sin embargo, solo uno de estos (Tulio Espinoza) alcanzaría el generalato, como también lo hicieron, además de Pinochet, otros tres miembros de aquella promoción: Orlando Urbina, Galvarino Mandujano y Roberto Viaux.
Después de cuatro años, Pinochet abandonó el alcázar de la calle Blanco Encalada. Seguramente, sus superiores se sintieron como él mismo en diciembre de 1952, cuando ya era capitán y director de la revista Cien Águilas, en cuyas páginas escribió entonces para despedir a los nuevos oficiales: «Así esta Escuela, cumpliendo la sagrada misión de formar oficiales que irán a completar las filas de la Institución más antigua de la República, despide hoy a los nuevos “aguiluchos”, jóvenes que vistiendo el sagrado uniforme de la Patria dejan esta vieja casona para ir a cubrir aquellos puestos de honor, que de uno a otro extremo de la República requieren sus servicios. Y allí irán con fe, pletóricos de ilusiones y plenos de esperanzas (...). Junto con decirles hasta pronto, les recordamos que las herramientas para el triunfo en la vida del Oficial se encuentran en la sobriedad, en la observancia de las austeras normas de la disciplina y en el estudio y meditación de los documentos y principios reglamentarios; que la profesión de las armas impone hoy un constante perfeccionamiento intelectual, físico y moral». [107]
2
Oficial de Infantería
Pinochet recorrió pacientemente todos los peldaños de la carrera militar, con una buena evaluación de sus superiores año tras año, lustro tras lustro, década tras década, como refleja su voluminosa y exhaustiva hoja de vida. Inicialmente, estuvo destinado en San Bernardo, donde conoció a Lucía Hiriart, con quien contrajo matrimonio en enero de 1943, y en regimientos de Concepción y Valparaíso, así como en la Escuela Militar. Su personalidad encajó como un guante en una institución tan piramidal y rígidamente jerarquizada como el Ejército chileno. De la mano de su superior en la Escuela de Infantería, el coronel Guillermo Barrios, incluso formó parte de la masonería durante un año y medio, un pasaje de su biografía que siempre mantuvo oculto. Y, en los inicios de la Guerra Fría, participó en la represión del Partido Comunista entre 1947 y 1949, tanto en el campo de concentración de Pisagua como en la cuenca carbonífera del golfo de Arauco. Posteriormente, se formó durante tres años como oficial de Estado Mayor en la Academia de Guerra, en el tiempo en que las Fuerzas Armadas chilenas quedaron subordinadas a Estados Unidos en doctrina, equipamiento y entrenamiento.
Alférez en San Bernardo
El 30 de diciembre de 1936, Augusto Pinochet y el resto de los nuevos oficiales fueron convocados a una ceremonia solemne en el Club Militar, situado entonces en el corazón del barrio cívico de Santiago, frente al Teatro Municipal, donde les agasajaron con un cóctel y les entregaron la insignia que les acreditaba como socios. El 1 de enero de 1937, al cursarse su nombramiento como oficial del Ejército con el grado de alférez, empezó su carrera, que se prolongaría hasta el 10 de marzo de 1998. [1]
El 2 de enero, el comandante en jefe del Ejército, el general Óscar Novoa, les recibió en su despacho y en el transcurso de una conversación distendida les ofreció varios consejos y recomendaciones. Posteriormente, se reunieron con el comandante general de Armas. Pinochet quedó encuadrado en la de Infantería, especialidad descrita en un documento de la época como aquella que, protegida por la artillería, la aviación y los carros de combate, «conquista, organiza y conserva el terreno». Debía ser un arma fácil de movilizar, equipar, instruir, alojar y alimentar y, por la diversidad de su armamento, se preveía que cumpliera todo tipo de misiones en el campo de batalla, en cualquier terreno. [2] Si en los áridos documentos oficiales no quedaba expuesto con la suficiente claridad, el himno de la Escuela de Infantería proclamaba en uno de sus versos: «Del Ejército somos el nervio y corazón...». [3] En tiempo de paz, el arma se organizaba en regimientos, que se dividían en batallones (la agrupación de combate), compañías (la unidad fundamental) y secciones o pelotones. [4]
Pinochet ocupó las primeras semanas de 1937 en resolver distintos trámites. Por ejemplo, se inscribió como socio de la Cooperativa Militar, donde encargó la confección de otro uniforme. En Valparaíso, su padre le regaló dos trajes de civil y le acompañó a comprarse ropa de paisano en diversas tiendas de la calle Condell. Durante aquellos días del verano también tuvo la oportunidad de visitarle en varias ocasiones en su oficina y compartir un tiempo muy grato, como caminar juntos hacia la casa familiar al terminar su jornada laboral. «Él aprovechaba esos momentos para aconsejarme disimuladamente. Me conversaba sobre la manera de vivir, la sencillez, la sobriedad, la preocupación por mi madre y mis hermanos, el cumplimiento del deber y otros temas. Estos consejos, que no parecían tales, expresados con un tono muy amistoso, me dejaron enseñanzas que con el correr del tiempo me ayudarían ante muchas situaciones que me iba a presentar la vida.» [5] También en aquellos días se dirigió con su madre a la basílica de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Santiago, donde puso una placa que bajo sus iniciales rezaba: «Gracias, Madre Mía, ayúdame siempre». [6]
El 1 de febrero tuvo que presentarse en la Escuela de Infantería, ubicada entonces en la Plaza de Armas de San Bernardo, a unos veinte kilómetros al sur de Santiago, donde estaba previsto que permaneciera durante un año como alumno del curso de alféreces. [7] Dirigida desde 1936 por el teniente coronel Guillermo Barrios, impartía también programas de instrucción para tenientes, suboficiales y clases y soldados aspirantes a cabos; cursos de especialización —táctica, enlaces y transmisiones, armas pesadas de Infantería, tiro, gimnasia y esgrima— y de aplicación para capitanes de todas las armas y oficiales que eran alumnos de la Academia de Guerra.
«Recién en los primeros meses del curso de la Escuela de Infantería comenzamos a comprender las características de la carrera que habíamos abrazado», escribió en 1979. «No solo se nos exigían condiciones físicas, sino conocimientos y capacidad para aplicar la teoría a la práctica. Recuerdo que en las noches era normal quedarse estudiando el reglamento de armas combinadas o el de Infantería, dibujando formaciones o imaginando situaciones de combate, o adiestrándonos en el conocimiento de las armas. En realidad, la profesión militar no era simple, como sostenían personas que había conocido en algunos hogares de Santiago. Por el contrario, era extremadamente compleja, pero ejercía una atracción que hacía quererla cada día más.» [8]
Durante su primera destinación en la Escuela de Infantería quedó bajo el mando del mayor Carlos Casanova, quien le asignó a la primera compañía de fusileros, cuyo jefe era el capitán Alfonso Poblete. Y en el cercano cerro Chena, el lugar de instrucción habitual, recibió su «bautismo de fuego», una práctica con fuego real en la que los alféreces se refugiaban en el interior de una trinchera, mientras disparaban a discreción por encima de ellos para estimular el «espíritu militar». [9]
El 15 de abril de 1937 llegaron los jóvenes que aquel año cumplirían el servicio militar. Como alférez, hasta el mes de julio le correspondió ocuparse de la instrucción de una parte del contingente de conscriptos y de prepararlos para la minuciosa y severa revista de reclutas, que superó con éxito. Posteriormente, como otra tarea, tuvo que realizar una exposición sobre la guerra franco-prusiana de 1870 y sobre los libros La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset, y La guerra de las Galias, de Julio César (con comentarios de Napoleón), ante el resto de los oficiales y someterse a sus preguntas y observaciones. El 9 de julio, como todos los nuevos oficiales del arma, prestó, de manera individual, el juramento a la bandera en la Plaza de Armas de San Bernardo. [10]
Asimismo, empezó a sumergirse en la endogámica vida social del Ejército. La convivencia cotidiana con el resto de los oficiales, con los suboficiales y la tropa se regía por las severas normas reglamentarias. En el tiempo de asueto, en el casino conversaban sobre la actividad profesional en sus distintas facetas y sobre todo intercambiaban opiniones y conocimientos de historia militar y acerca de los hechos internacionales más candentes, principalmente entonces la convulsa situación en Europa y la Guerra Civil en España, que también movilizó y dividió a la sociedad chilena.
El 6 de septiembre de 1937, el comandante en jefe del Ejército, el general Óscar Novoa, firmó la resolución que destinó al alférez Augusto Pinochet al Regimiento de Infantería n.º 6 Chacabuco de Concepción, adscrito a la III División del Ejército, [11] junto con su compañero de promoción el alférez Juan Costa. Después de cuatro años y medio se separó de su amigo Carlos Elbo (enviado al Regimiento n.º 4 Rancagua de Arica) y también de Jaime Ferrer y Orlando Urbina (asignados al Regimiento n.º 3 Lautaro de Los Ángeles). [12] El Regimiento de Infantería n.º 6 Chacabuco fue su «unidad cuna», denominación del primer regimiento donde un oficial empezaba realmente su carrera profesional tras el periodo previo en la escuela de su arma. Pero a fines de octubre enfermó de hepatitis y, al recibir el alta, el comandante del Regimiento le permitió adelantar las vacaciones y marcharse a casa de sus padres en Valparaíso para reponerse completamente. El 1 de enero de 1938 ascendió a subteniente.
Desde su destino en Concepción asistió a la larga y reñida campaña electoral para las elecciones presidenciales, cuyo preámbulo dramático fue la masacre del Seguro Obrero, en Santiago, donde cincuenta y nueve militantes del Movimiento Nacional Socialista fueron acribillados después del fracaso de su asonada golpista, amparada por Carlos Ibáñez. [13] Como consignó en sus memorias, dos de aquellos jóvenes de extrema derecha habían sido sus compañeros en los Sagrados Corazones de Valparaíso: Marcos y Eugenio Magasich Huerta. [14]
En la elección presidencial del 25 de octubre de 1938, Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular —encabezado por los partidos Radical, Comunista y Socialista—, derrotó al derechista Gustavo Ross por un margen inferior a cuatro mil votos. [15] Por primera vez en ciento veinte años de historia republicana, las fuerzas progresistas alcanzaban La Moneda. El diputado Salvador Allende, jefe de la campaña del Frente Popular en Valparaíso, y el poeta Pablo Neruda, cuyo último libro publicado era España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra, tuvieron un papel relevante en aquella batalla electoral. De manera impecable, el comandante en jefe del Ejército y el general director de Carabineros, Humberto Arriagada, remitieron cartas idénticas al presidente Alessandri y a Aguirre Cerda reconociendo la legitimidad del triunfo del Frente Popular: «Desconocerlo sería no solo atropellar la voluntad soberana que la nación ha manifestado, sino precipitar al país en una revuelta sangrienta...». [16]
Terminaba el año y el teniente coronel Domingo López, comandante del Regimiento n.º 6 Chacabuco, valoró en términos elogiosos el desempeño de Pinochet a lo largo de 1938 en su hoja de vida: «Conducta muy buena. Es escrupuloso en el cumplimiento de sus deberes. Disciplinado y disciplinario; recibió una felicitación del comandante en jefe del Ejército por su actitud en un acto de insubordinación de un cabo del Regimiento». Sobre sus condiciones de administrador, anotó que había organizado el rancho de oficiales durante un semestre con buenos resultados y que ofreció a la tropa una conferencia sobre la batalla de Maipú. En cuanto a su actuación en los juegos de guerra, señaló que había demostrado un buen criterio táctico en sus apreciaciones, temperamento en sus decisiones y desenvolvimiento en el cumplimiento de las misiones encomendadas. Respecto a sus condiciones morales y profesionales para el mando las calificó de «excelentes»: «Tiene cariño por la profesión. Es entusiasta en todas las actividades del servicio práctico e interno de la unidad. Sobresale en el trabajo táctico y en el terreno. Estudioso, se mantiene al día en todo lo que se refiere a su profesión». «El subteniente Pinochet es un excelente oficial.» [17]
A fines de aquel año, solicitó su traslado por los conductos regulares y el 2 de enero de 1939 se presentó en el Regimiento n.º 2 Maipo de Valparaíso, en el que su padre hiciera el servicio militar casi tres décadas antes. No obstante, el 22 de enero regresó a Concepción en el tren nocturno para recoger sus pertenencias y la noche del 24 de enero fue testigo del terremoto que devastó varias provincias. Permaneció allí hasta fines de febrero, integrado desde muy pronto en el Maipo, que se trasladó a la zona de la catástrofe para participar en las labores de auxilio.
El 25 de agosto tuvo lugar la sublevación del general Ariosto Herrera, pasado a retiro el día anterior, desde el Regimiento Tacna de Santiago y la Escuela de Infantería. El gobierno fue apoyado por manifestaciones populares y la mayoría de las unidades del Ejército se negaron a respaldar la sedición. La firmeza del presidente Aguirre Cerda —acompañado, entre otros, por Salvador Allende—, quien manifestó que de ningún modo abandonaría La Moneda, terminó por doblegar la actitud de Herrera. Alejados del «ruido de sables» de Santiago, nada interrumpió la normal actividad cotidiana en el Regimiento n.º 2 Maipo de Valparaíso, a excepción de la llegada de un coronel que les informó de lo sucedido. [18]
Una semana después, atracó en Valparaíso el Winnipeg, el carguero francés que llevaba a más de dos mil refugiados republicanos, una iniciativa solidaria del gobierno del Frente Popular y del gobierno de la II República Española en el exilio dirigida por el cónsul Pablo Neruda. Y en aquellos mismos días, tras la invasión de Polonia por la Alemania nazi, estalló la Segunda Guerra Mundial. El 8 de septiembre, como el resto de las naciones americanas, el gobierno del Frente Popular declaró la neutralidad de Chile, posición que no se modificó hasta la ruptura de las relaciones diplomáticas con las potencias del Eje a principios de 1943. [19]
El conflicto tuvo una honda repercusión en el país y fue seguido con gran interés por Pinochet. La influencia prusiana y la persistente e incisiva propaganda nazi favorecían una corriente de simpatía hacia Alemania en el Ejército. En sus memorias, relató que iba conociendo la evolución de las operaciones a través de la revista Semana Internacional, que se editaba en Valparaíso y mostraba sus simpatías por el III Reich. [20] «Durante la Segunda Guerra Mundial, estudié y analicé detenidamente las batallas efectuadas.» «Al principio estuve con los alemanes, porque nosotros ignorábamos muchas cosas», explicó en 1989. Seguían las batallas en un tablero mural donde marcaban los frentes con chinches de cabezas de distintos colores que representaban las diferentes tropas y unidades y las movían según los nuevos antecedentes que conocían. «Nosotros no mirábamos la ideología. En esos momentos solo nos preocupaba la parte profesional. Era como si un médico tiene al frente suyo a un paciente con un tumor, lo que estudia es el tumor y no la ideología del paciente. Nosotros mirábamos la guerra lisa y llanamente como un problema relacionado con nuestra profesión.» [21]
Además, Augusto Pinochet admitió que fue lector de una revista mensual editada en español desde Berlín, Ejército-Marina-Aviación, cuyo propósito era la difusión de propaganda hacia los ejércitos latinoamericanos. Era una publicación que combinaba los aspectos militares como técnicas, tipos de armas, estrategias de combate, relato de campañas célebres, información acerca del desarrollo militar de naciones como la Unión Soviética, Estados Unidos o Japón, con la política nacionalsocialista y que tuvo una buena recepción en las Fuerzas Armadas chilenas. [22] En su número de octubre de 1939, por ejemplo, Adolf Hitler ocupa la portada mirando por unos prismáticos y acompañado por este breve texto: «El Führer observa las últimas acciones delante de Varsovia». [23] En 1939, le correspondió exponer sobre las tropas paracaidistas en el Regimiento n.º 2 Maipo. «Basé mi tema en lo que había leído en revistas francesas y en la revista Ejército, Marina y Aviación (sic), publicación alemana que nos traía las novedades en estas materias», confesó en su autobiografía. [24]
Hermano en la Logia Victoria n.º 15
El 18 de marzo de 1940, el subteniente Pinochet volvió a ser destinado a la Escuela de Infantería de San Bernardo, donde permaneció hasta que el 15 de febrero de 1942 fue enviado como instructor a la Escuela Militar. Pronto, animado por el director de la Escuela de Infantería, el coronel Guillermo Barrios, [25] solicitó su ingreso en la Logia Victoria n.º 15, que funcionaba en esta ciudad y de la que Barrios había sido su Venerable Maestro en 1939, así como miembro del consejo de la Gran Logia de Chile. A la masonería pertenecieron grandes personalidades chilenas del siglo XIX, como Bernardo O’Higgins, Ramón Freire, Manuel Blanco Encalada, Eduardo de la Barra, José Victorino Lastarria o Francisco Bilbao, y adscribían entonces los principales líderes políticos nacionales (Arturo Alessandri, Carlos Ibáñez, Marmaduque Grove, Pedro Aguirre Cerda o el joven ministro de Salubridad, Salvador Allende), así como oficiales muy destacados del Ejército. [26]
Obligado a mantener un estricto apoliticismo y un apego absoluto a la disciplina en la vida militar, durante un año y medio Pinochet pudo encontrar en la masonería —institución inspirada en los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad— un espacio de autonomía de pensamiento, opinión y conciencia. Sin embargo, su pertenencia a esta institución fue efímera y reflejó su personalidad taimada y sumisa ante sus superiores. Desde luego no deja de sorprender su incorporación a esta sociedad secreta —enfrentada tradicionalmente a la Iglesia— por su supuesta devoción católica, de la que tanto alardearía tras el golpe de Estado.
Para desvelar esta etapa de su vida hasta ahora completamente desconocida citamos, por primera vez, la documentación que se conserva sobre él en el archivo de la Gran Logia de Chile. Así, el acta de la sexta tenida (reunión) de 1941 en la Logia Victoria n.º 15, que tuvo lugar el 9 de abril, a la que asistió el Hermano Guillermo Barrios, recoge que fue aquel día cuando se aceptó el ingreso de los profanos Jorge Méndez y Augusto Pinochet. En el acta de la novena tenida, celebrada el 7 de mayo, el Venerable Maestro Raúl Gajardo informó que los informes sobre Méndez y Pinochet habían sido aprobados [27] y que su iniciación tendría lugar tres semanas después en Santiago; para contribuir a que aquella ceremonia se efectuara de la mejor maner
