Y MISTRAL REAPARECE
Poeta, ensayista, premio Nobel de literatura, profesora, intelectual, mujer, chilena, diplomática, «madre queer de la nación», emigrante, conferencista, lesbiana.1 Los adjetivos, roles, características u oficios con los que definimos, de manera siempre fallida e insuficiente, a un ser humano, parecen volverse aún más elusivos, más imprecisos, a la hora de describir a Gabriela Mistral, una de las figuras más inagotables en la historia literaria e intelectual de Chile.
Nadie como Lucila Godoy Alcayaga ha tenido tantos y tan diversos perfiles públicos y privados. Ninguna como Gabriela Mistral ha sido celebrada, negada, recuperada, leída y releída, torcida y disputada desde tantas dimensiones. Y nadie como ella, la galardonada poeta, la docente innovadora, ha sido objeto de una reapropiación tan poderosa como la ocurrida en los muros de la revuelta chilena del año 2019.
Enterrada hace más de sesenta años en el cementerio de Montegrande, al interior del Valle del Elqui, definida porfiadamente por los poderes oficiales como la «poetisa de la infancia» o la abnegada maestra provinciana, roles acordes a la imagen de feminidad que se pretendía proyectar desde ese Chile hacendal y patriarcal, Mistral, insurrecta, como un porfiado espectro de todo lo que no pudo domesticar ese Chile hipócrita y pacato, reapareció en las murallas de esa revolución con unos pantalones ajustados ciñéndole la cintura, una pañoleta verde atada a su cuello, un libro abierto en su mano derecha, una bandera negra en la izquierda, y los ojos abiertos y aguzados observando con atención, desde los rayados muros de Santiago, al pueblo que de pronto se reapropiaba de lo que también era suyo: la palabra.2
Acaso esos obstinados intentos de domesticación provenientes de la oficialidad literaria, académica y política hayan sido el resorte que propició esa pertinaz reaparición. O a lo mejor el propio carácter opaco de Mistral, escurridiza ante las etiquetas, polifónica en su escritura, recelosa de su intimidad, habilísima en la política y capaz de construir para sí misma un rinconcito de felicidad en un mundo que proscribía o silenciaba incluso el nombre de sus afectos, hacen de ella ese ícono popular que hoy equivale a decir coraje, talento, rebeldía y transgresión. Porque aunque Gabriela Mistral todavía sea leída exclusivamente por algunos textos escolares como la virtuosa profesora del Elqui, la mujer que jamás se repondría del suicidio de Yin-Yin,3 o la que retrató el paisaje avasallador de Chile como ninguna, fue eso, ciertamente, pero también muchísimo más. De ello dan cuenta las múltiples reediciones de su prosa política, mística, las nuevas recopilaciones de su poesía y esta selección de las cartas que envió a lo largo de casi una década, la última de su vida, a la norteamericana Doris Dana.4
Apasionadas cartas de una mujer a otra mujer donde Gabriela Mistral expresa con ferocidad y dulzura sus angustias, sus celos, su amor, sus aprensiones y su ternura hacia una de las personas centrales no solo durante su vida, sino también después de su muerte. En esta cuidadosa selección de Daniela Schütte —que incluye algunas cartas inéditas de Mistral a Dana, tras la primera edición a cargo del director del Archivo del Escritor, Pedro Pablo Zegers, y que causara revuelo en el todavía timorato Chile de los dos mil—, vuelve a revelarse esa otra dimensión de Mistral que con tanto esmero y durante tanto tiempo se intentó borrar o maquillar con curiosos y anacrónicos eufemismos.5
Una dimensión afectiva y sexual que no es, por cierto, la única ni necesariamente la más importante en la vida de la poeta. Sin embargo, el hecho de que Gabriela Mistral compartiera su cotidianeidad e intimidad con otra mujer y que, de hecho, viviera gran parte de su vida rodeada de mujeres como Palma Guillén o Laura Rodig en lugar de plegarse a las demandas que pesaban y siguen pesando sobre la feminidad, muy probablemente incidió de manera decisiva en su escritura, en su mirada, en su errancia por el mundo y en la conformación de sus círculos sociales. Algo similar a lo que ocurriría en las trayectorias vitales y literarias de escritoras como Vita Sackville West o Virginia Woolf, de Gertrude Stein o Susan Sontag, en la obra visual de artistas como Hannah Gluckstein o Mónica Briones, o en la producción de la multifacética fotógrafa y escritora Annemarie Schwarzenbach, y que forjó en cada una de ellas una mirada distinta, otra, que torció sus letras o coloreó sus obras de un tinte diferente al mandatado por una normatividad de género que se cuela de manera explícita o implícita, deliberada o involuntaria, en gran parte del arte y la literatura. Una diferencia, un desacato, que hoy las pone en inesperado diálogo entre sí y que también abre esa conexión, ya más contemporánea, hacia las letras de Pedro Lemebel —otro que estuvo presente en las paredes de esa revuelta—, o hacia la escritura de María Carolina Geel o de la argentina Sylvia Molloy; pero que a su vez no borra el vínculo entre la obra de Mistral y la de algunos escritores a los que admiraba abiertamente como Rubén Darío o Amado Nervo, Frédéric Mistral, Rabindranath Tagore o León Tolstói, como han realzado las ya más clásicas lecturas mistralianas.
Es una nueva capa de sentido que hunde sus raíces en su sexualidad y se añade a las dimensiones literarias y políticas más conocidas de la poeta. Que dota de densidad a su ya excepcional biografía, la enriquece, suma y, hoy en día, se vuelve ineludible para una lectura más integral y compleja de la vida de una figura crucial de las letras hispanoamericanas. Una lectura desde el presente, donde la sexualidad y el género adquieren un protagonismo durante décadas negado o convenientemente relegado al secreto en el caso de sexualidades disidentes y casi nunca, por cierto, cuando se trata de la heterosexualidad dominante, siempre pública y abierta. Una lectura que hoy permite escribir la palabra lesbiana en la misma oración que el nombre de Gabriela Mistral para ampliar, así, una visión acotada y parcial de uno de los personajes fundamentales de nuestra historia, la primera hispanoamericana en ser reconocida con el Premio Nobel, única mujer de habla castellana con este galardón, y cuyo perfil se ha renovado una y otra vez según el curso cambiante de los tiempos.
Ambivalente en su relación con Chile, crítica del carácter insular y endogámico de su país y, sin embargo, siempre nostálgica del paisaje que había recorrido siendo muy joven como profesora en lugares tan distintos como Antofagasta, La Serena, Traiguén o Punta Arenas, en estas epístolas que no pretendían ser publicadas, que ella muy probablemente no imaginó impresas, Mistral reaparece, una vez más, transformada. Y reaparece vulnerable y también recriminadora. Y poderosa y tierna hace otra aparición. Y surge, simultáneamente, controladora y celosa. Y retorna envuelta en una luz enceguecedora y después retrocede opaca, melancólica, rabiosa, exhausta. Una Mistral singular y sobre todo plural, porque Gabriela Mistral es y seguirá siendo tantas como las lecturas que ofrezca el tiempo pasado, el presente y un futuro que irá desplegando sus propias y nuevas versiones a medida que se examinen con mayor detención los manuscritos, cartas, fotografías y otros documentos que se encuentran todavía inéditos en la Biblioteca Nacional de Chile.
Hija de un profesor, Juan Jerónimo Godoy Villanueva, y de una modista, Petronila Alcayaga, dedicada tempranamente a la enseñanza y a la escritura, la vida de Mistral estuvo marcada por viajes que la llevarían primero a recorrer el territorio chileno y, más tarde, a vivir en distintas ciudades del mundo en sus labores diplomáticas y académicas. En uno de esos viajes, cuando Mistral tenía 57 años, conoció a Doris Dana. O, en realidad, fue Dana quien la escuchó y observó con atención como asistente a una charla en Barnard College, en 1946. El año anterior, Mistral ya había ganado el Premio Nobel de Literatura; ya había viajado por su trabajo consular de Madrid a Lisboa, de Guatemala a Petrópolis, Niza y Los Angeles; ya había conocido diversas ciudades de México, Brasil, Francia, Cuba y Argentina; y, aunque todavía no le otorgaban en Chile el tardío y esquivo premio Nacional de Literatura, su vida ya había seguido un camino muy distinto al recorrido por otras mujeres y también otros hombres de su generación. Un camino marcado por la literatura, los viajes y las tensiones políticas de su tiempo, una vida única, compleja e intensa, excepcional como pocas, y que muy probablemente fascinó a la joven norteamericana.
Fue Dana, de 26 años, graduada de la carrera de literatura e idiomas de la Universidad de Columbia y que ya había traducido al inglés «El otro desastre alemán», un texto de Mistral publicado en un homenaje a Thomas Mann, quien la vio desde uno de los pupitres de ese salón universitario. Fue Dana quien, atraída por la escritura y el pensamiento de Mistral, le envió dos años después, en 1948, la primera carta de esta relación inicialmente epistolar: «Su nombre representa para mí todo lo que es fuerte y significativo, bello y realmente eterno», escribió la norteamericana. Pero fue Mistral quien luego haría de la epístola, de la letra, su herramienta para conocer un poco más a la misteriosa Doris Dana. Se trata de cartas de indudable valor biográfico, literario e histórico, y que, en esta selección, crean un arco afectivo que va desde la timidez al arrojo, de la incipiente amistad a «un amor violento de cuerpo y alma», y que permiten asomarse a aspectos más desconocidos del carácter de Mistral y de su relación de pareja.
En un epistolario, sobre todo en uno amoroso o familiar, los encabezados y las despedidas suelen ser extremadamente sugerentes. En las cartas del escritor Francis Scott Fitzgerald a su hija, enviadas entre 1933 y 1940, la llama tiernamente «Tesoro», «Scottie», «Scottina», para luego despedirse, «con todo mi amor», «con muchos cariños» o con un frío y seco «saludos» cuando la relación entre ellos se tensiona.6 En las cartas de amor de la intelectual y teórica marxista Rosa Luxemburgo, recientemente publicadas en castellano, ella llama a Leo Jogiches, uno de sus amores, «¡Ciucia, mi tesoro!», «Mi amado y querido Dziodziuszka», para después despedirse con «un besito en tu boquita» o «te beso en la nariz».7 En Doris, vida mía, Gabriela Mistral escoge cuidosamente cómo se referirá a Doris Dana. Es vertiginoso y revelador el tránsito de esos escuetos encabezados. «Cara señorita», «Amiga mía», «Cara Doris Dana», escribe con timidez al principio Mistral pero luego surgen, ya más coquetos, los «Cara y linda Doris», «Doriña», «Niña vagabunda», para dar paso al más celoso «Doris mía y... de tantas», o al más recriminador «Olvidadiza Doris», o «Niña mala y ajena» y, finalmente, darle espacio al «Amor», «Doris Danita», «Loquita mía», «Doris amada», ya posterior a sus encuentros. Es conmovedora la ternura con la que se pasa de un «acepte mis cariñosos saludos», a un «hasta pronto, mi amor. Yo te abrazo estrechamente, yo te tengo sobre mi pecho». Y poderosa la pasión de nombrar con rabia a su enamorada en momentos en que la respuesta de Doris Dana tarda días, semanas, y al otro lado la espera, lejos e impaciente, una ansiosa Mistral.
El modo en que es nombrada la destinataria, en este caso Doris Dana, no es, sin embargo, la única pista para asomarse al universo de un epistolario. Igualmente central, sobre todo en estas misivas, es el modo en que se nombra el yo, la remitente, más aún cuando la relación tiene un origen y un amplio desarrollo epistolar y cuando quien las envía es una escritora. Gabriela Mistral, quien ya muy joven descartara su nombre de nacimiento y asumiera uno escogido por y para sí misma, firma en estas cartas de maneras múltiples, como si fuera plenamente consciente de las limitaciones del lenguaje a la hora de aproximarse a sus propios recovecos o como si intuyera los muchos sentidos que adoptaría su nombre y su identidad con el curso vertiginoso de las décadas.
Es llamativo que en muchas de estas cartas Mistral oscile entre el femenino y el masculino, que sea ella y luego él, en un vaivén de roles que fluye con libertad, lejos de las estructuras de la normatividad de género y en una dinámica abierta y lúdica que le permite, por momentos, ser «tu Gabriela», para luego erigirse en «el que más te quiere», «yo procuraré ser menos brutal y necio», «tuyo, Gabriela».
Él, masculino, una forma gramatical que ha sido interpretada en relación al rol paternal que supuestamente habría jugado Mistral respecto a Dana, varias décadas menor, y a quien, efectivamente, llamaba «hijita mía», «hijita Doris» o «chiquita mía», en ese giro más bien epocal o propio del campo chileno y que la propia Doris adopta para referirse a su vez a Mistral, pese a la diferencia generacional, como su «hijita». En una lectura más contemporánea, sin embargo, este interesante vaivén entre el masculino y el femenino puede ser leído como un giro queer de la relación, donde Mistral habita el masculino al nombrar su propio cuerpo y sus emociones, evocando con ese gesto, con esa transgresión, el carácter performático de las relaciones de género y la construcción lúdica, abierta y radicalmente transformable del cuerpo físico y textual.
Y es que Mistral no se nombra en masculino en todo momento. No parece ser él en relación a una muchacha mucho más joven ni tampoco una figura paternal jerárquica o autoritaria, sino más bien deviene él en los instantes en que con más fuerza emergen emociones como los celos, la inseguridad o el sufrimiento por la partida de Doris. «Qué estúpido ha sido el que más te quiere, Doris mía», escribe Mistral y luego, un día después, vuelve a ser «Tuyísima», «Toda tuya», para enseguida ser, una vez más, «tu pobrecito», «tu hijo que no es un necio, ni un perverso, ni un mentiroso», o «un poseso (poseído)» que se despide con un «Te beso, tuyo». Una masculinidad que podría ser performática e identitaria, lúdica y política, pero que está ahí, ambigua e innegable, para ser leída también por los ojos del presente.
Pero cómo nombrarse y cómo nombrar no son, tampoco, los únicos modos en que se conforma el yo y la otra, la amada y el otro, en este importante epistolario. En el trenzado de estas misivas amorosas hay agujeros, ausencias y hondos silencios que vale la pena nombrar. Faltan, en primer lugar, gran parte de las cartas que enviara Doris Dana a Mistral y cuyo paradero, en buena medida, se desconoce. Es explícita la preocupación de Mistral por esta desaparición y una y otra vez brota la angustia de que otros leyeran esas cartas privadas, perdidas. En más de una ocasión Mistral incluso le advierte a Dana que un sobre ha llegado «visiblemente abierto», que otro claramente se ha perdido, o que sus acompañantes y empleadas revisan chismosamente sus bolsillos y leen lo que Doris le escribe. Una preocupación que no solo remite a la información privada dirigida a una diplomática en tiempos de «espionaje insufrible», en palabras de Mistral, sino también a una intimidad cifrada en sus líneas y que hace de las cartas «armas o veneno», en palabras de la poeta, generando la sensación de un peligro, de una potencial exposición, que más tarde trazaría continuidades simbólicas con la exposición de la relación entre ambas mujeres y su curiosa «pérdida» de la memoria nacional.
Junto a las respuestas de Dana, por lo general más escuetas y espaciadas en el tiempo que las cartas de la prolífica Mistral, hay otras que están ausentes si lo que se pretende es entender más de la relación entre ellas. Y es que resulta importante también realzar, tras décadas de ocultamiento de este relación, que durante sus vidas, es decir, en su propio presente, Gabriela Mistral y Doris Dana sí fueron nombradas y consideradas en sus círculos como lo que eran: una pareja. Así dan cuenta no solamente el tenor amoroso de estas cartas y el hecho de que Dana fuera declarada la albacea de Mistral, sino las cientos de misivas que Mistral recibía de manera regular y donde amigos y conocidos envían saludos y cariños a Doris, reflejando ese conocer y reconocer posteriormente negado. Así, André Racz, tras una visita en Italia, pregunta por Doris y le manda sus cariñosos saludos; o Palma Guillén le pregunta a Dana por el estado de salud de Mistral o simplemente se reiteran las misivas con saludos a ambas, visibilizando la gran relevancia que Doris tuvo en su vida. Se trata de cartas que no forman parte de la trama íntima entre las mujeres, pero que sí conforman una textualidad donde ellas aparecen como pareja nombrable, reconocible, tal como demuestran también las fotografías publicadas en esta nueva edición.
Como es el caso de muchas parejas, la relación entre Doris Dana y Gabriela Mistral emerge, en estas páginas, problemática, apasionada, insuficiente, compleja, remota, simultáneamente excepcional y ordinaria, feliz e infeliz. Una relación tensionada por los largos períodos de ausencia de Dana y por los viajes de Mistral, y donde son constantes y llamativos algunos tópicos entre ellas. Como un elemento constante y angustioso, inusualmente presente, el cuerpo enfermo se reitera a lo largo de estas páginas, ese cuerpo que «parece que no fuese mío», escribe Mistral y que evidencia una apertura a reconocer su propia fragilidad de manera descarnada e insistente, volviendo a su vez angustiosa su dependencia de Dana. Y, fuera del cuerpo, que a ratos se recupera y a ratos recae, el dinero aparece como otra persistente preocupación, como elemento de control, escollo y angustia que conduce, de manera cada vez más constante, a un deseo simple y, sin embargo, revolucionario para ambas. «Creo que nosotras dos debemos tener un nido nuestro en alguna parte», dice Mistral, «más huerto que casa», repetirá después instruyendo a Dana sobre qué tipo de casa escoger para ellas. Una fantasía, la del espacio compartido y feliz, que para una poeta «descentrada, fuera de lugar», como la describe lúcidamente Verónica Zondek, resulta bella y urgente, triste y desesperada, y permite ver cuánto de esa casa, cuánto de ese hogar, fue la propia relación con Doris Dana.
Gabriela Mistral y Doris Dana vivirían un vínculo de ausencias y presencias. Se escribirían, se reencontrarían y separarían en más de una ocasión. Pero si la muerte tiene el poder de fijar esa última relación, ese último instante con una luz que se proyecta sobre la vida pasada, lo cierto es que Mistral cumplió en sus últimos días con un deseo expresado tempranamente a Doris Dana. En diciembre de 1948, Gabriela Mistral, desde México, escribe: «Cuando tú vuelvas, si es que vuelves, no te vayas enseguida. Yo quiero acabarme contigo y quiero morirme en tus brazos». Esos últimos meses de Mistral transcurrirían en ese rincón con más huerto que casa, rodeada de los árboles frutales que había anhelado después de una vida de viajes, un lugar que les sirvió de refugio y que fue, tal vez, el escenario de esa tan esquiva y anhelada felicidad.
ALIA TRABUCCO ZERÁN
DONDE YO SEA UN POCO FELIZ
Nota sobre esta edición
Unos meses después de recibir el Premio Nobel de Literatura, el 7 de mayo de 1946, Gabriela Mistral fue invitada a un homenaje en Barnard College, en la ciudad de Nueva York.
Mistral tuvo completa libertad sobre el tema, la forma y la extensión de su participación y había pedido expresamente suprimir los discursos: «Usted, haga lo que quiera, o converse, como usted sabe hacerlo, sobre lo que desee y el tiempo que desee, o lea algunas de sus poesías [...] Las alumnas se alegrarán de poder escucharla y seguramente le harán algunas preguntas. Cualquier cosa que usted haga, nos parecerá bien», le comentó Amelia Agostini del Río en una de las cartas preparando su participación.
De acuerdo con The Barnard Bulletin,1 Gabriela Mistral centró su participación en el tema de la xenofobia «El odio y el miedo a las cosas y a las personas distintas a uno mismo». Durante la conferencia, dictada en español, relató anécdotas de sus viajes a Europa que servían para ilustrar este miedo con el que, en su opinión, el mundo estaba infectado.
En alguna parte del auditorio estaba Doris Dana.
Casi dos años más tarde, el 9 de febrero de 1948, Mistral recibió una cordial y cariñosa carta escrita en Nueva York. El sobre contenía también un ejemplar del libro The Stature of Thomas Mann. La carta, mecanografiada y con acentos manuscritos, estaba firmada por Doris.
Poco tiempo después, en marzo de 1948, Doris le confiesa: «Hace dos años, tuve el gusto de conocerla personalmente en una conferencia que dio usted en Barnard College aquí en Nueva York. En aquel entonces tanto mi timidez, como mi deficiente conocimiento del español, así como el temor de agregarme a los que en ese momento se arremolinaban a su alrededor, me impidieron acercarme a usted a saludarla y hablarle algunas palabras. Todavía recuerdo vivamente, con angustia, el sufrimiento que se reflejaba en sus ojos durante esos momentos de prueba».
Pasaron algunos meses y, en agosto del mismo año, ya se encontraban planeando un viaje por tierra a México que las llevaría a encontrarse a principios de octubre. A inicios de noviembre estaban en Mérida y en diciembre ya en Fortín de las Flores, en Veracruz.
El año 1949 las encuentra en México. Es un tiempo de adaptación y nostalgia para Gabriela por los constantes viajes de Doris, además de distintos cambios de casa y hoteles, Fortín de las Flores, La Orduña, la hacienda el Lencero de Rafael Murillo y promesas de tierras que no llegan.
En 1950 Mistral continúa en México con frecuentes visitas de Doris. Junio es un mes difícil tras su partida, ahora más prolongada. Esto lleva por primera vez a Mistral a telefonear a una de sus amigas para conocer su paradero. A fines de noviembre parten juntas a Italia donde permanecen hasta enero del 53. Durante este periodo, pasan algunos meses, semanas o días juntas frecuentemente interrumpidos por los viajes de Doris. También las demandas de Mistral que, conforme pasan los años, se van haciendo más intensas. Por una parte, el temor permanente de la pérdida de correspondencia y por otra la pérdida de memoria que aqueja a Mistral desde 1951, como comenta Palma Guillén a Dana. Por último, la preocupación permanente por el poco tiempo que le quedaba para compartir con Doris.
En enero de 1953 Mistral viaja a Cuba, luego de un paso breve por Florida. En carta del 7 de abril de ese año, Doris sugiere a Radomiro Tomic solicitar la figura del cónsul en comisión en Nueva York debido su delicado estado de salud. Así, ella podría utilizar su tiempo con mayor libertad sin los ajetreos propios de una oficina consular. La propuesta, si bien acogida por el gobierno, fue interpretada por Mistral como una más de las señas de errancia impuesta.
El año 1954 viajan juntas a Canadá y a Chile, y en octubre de ese año, ya de regreso en Estados Unidos, Mistral pasa una temporada en Nueva Orleans, donde también había estado en 1953 y en 1947.
Después de unos meses en Nueva York, en febrero de 1955, Mistral regresa con Gilda Péndola, su asistente y amiga, a esa ciudad. Según cuenta Gilda a Doris en carta del 19 de febrero, Mistral se desorienta con frecuencia y salen a ver casitas con huerto por petición suya.2 El resto de ese año, y hasta su muerte, salvo interrupciones eventuales, Doris Dana y Gabriela Mistral permanecen juntas.
Doris, vida mía recoge ciento ochenta y tres cartas escritas por Gabriela Mistral a Doris Dana entre 1948 y 1956 conservadas por la Biblioteca Nacional de Chile y accesibles desde el sitio Biblioteca Nacional Digital. La selección fue realizada a partir de un corpus inicial de doscientos setenta y ocho documentos y las referencias para consultar todas las cartas aquí seleccionadas se encuentra al final de este volumen.
Forman parte de este libro aquellas cartas que pueden ser apreciadas en términos literarios y aquellas que revelan aspectos poco conocidos o recurrentes en la vida, pensamientos y emociones de Mistral. También, fueron incluidas aquellas cartas que, de algún modo, dan cuenta del momento en el que fueron escritas, con las impresiones, preocupaciones, opiniones políticas, sociales y económicas de Chile, Latinoamérica y el mundo, como suele ocurrir con sus textos. Por último, el eje central de la selección: la relación amorosa entre ambas.
Las ciento ochenta y tres cartas fueron transcritas directamente desde los originales digitalizados disponibles en el sitio de la Biblioteca Nacional. Al momento de hacerlo, se respetó en su totalidad el documento original, a excepción de abreviaciones en nombres o lugares, evidentes en su contexto, que fueron integradas a los documentos para mejor comprensión del lector. Con el mismo fin se ajustaron los subrayados a cursivas además de enmiendas menores en la puntuación, cuidando de no alterar el contenido del mensaje. En los pocos casos en los que no fue posible descifrar la letra de Mistral se indicó [...].
Si bien Mistral fue una profusa escritora de cartas, la datación de sus comunicaciones, a excepción de las oficiales, no era actividad de su preferencia. Así, muchas de estas cartas no indican fecha exacta. En atención de esto, en los documentos que consignaban una fecha, ya sea en la misma carta, en los timbres del servicio postal o bien anotaciones manuscritas de Doris indicándolo, se respetó esta información. Cuando no estuvo disponible, se optó por la identificación de hitos o marcas que, contrapuestos a datos o eventos en su vida, permitieran identificar la fecha. Fundamental fue en este proceso, además de la revisión de noticias internacionales de la época, la lectura de cartas destinadas a y escritas por otros interlocutores. En este sentido, documentos oficiales del Ministerio de Relaciones Exteriores, invitaciones de distintos organismos y telegramas de la más diversa procedencia resultaron útiles indicios de aproximación. Del mismo modo, la posibilidad de cotejar relatos y sucesiones de acontecimientos en la correspondencia de Mistral y Palma Guillén, Radomiro Tomic, Emma Godoy, Sixtina Araya, solo por mencionar algunos, además de las cartas enviadas y recibidas por Doris con los mismos destinatarios o con quienes en ese momento acompañaban a Gabriela —como por ejemplo Gilda Péndola—, resultó fundamental. En todos estos casos, la fecha (o la parte de la fecha que corresponde) ha sido indicada entre corchetes.
En las cartas en los que ninguno de estos caminos condujo a certezas, se optó por priorizar la identificación de posibles continuidades narrativas que permitieran seguir el orden indicando también entre corchetes el año.
El tratamiento de las notas intentó ser lo más limpio posible. En términos generales, se optó por incluir notas breves para señalar a las personas que estuvieran directamente relacionadas con Mistral o Doris, a excepción de algunos autores que, por su mención sin demasiado contexto, pudieran prestarse a equívoco. Personas que por sus cargos u obras puedan ser conocidas por un público amplio o cuya mención es tangencial al relato y que la lectura permite deducir su rol no fueron anotadas. Lo mismo ocurrió con algunas personas en las que, pese a la investigación, no fue posible su identificación.
Por otra parte, Mistral solía enviarle en un solo sobre, varias cartas escritas en distintos días. En dos casos, el orden en que se incluyen no es cronológico.3
Doris, vida mía no habría sido posible sin el trabajo de muchas personas que de una forma u otra han contribuido en el estudio y la difusión de la obra de Gabriela Mistral. En primer lugar, el trabajo de los profesionales del Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional, encargados de recibir, procesar y hacer disponible para un público amplio, el valioso legado donado por Doris Atkinson, albacea de Doris Dana. También resulta fundamental el aporte de diversos investigadores, académicos y especialistas que han dedicado su trabajo a recopilar, comprender, editar y dar forma y nuevas luces sobre la obra mistraliana. Dentro de estos, no puedo dejar de mencionar, por cierto, a Pedro Pablo Zegers —quien generosamente me permitió colaborar en la investigación y edición del libro Niña errante—, Elizabeth Horan, Karen Benavente, Magda Sepúlveda, Velma García-Gorena, Gladys González, Diego del Pozo, Martin C. Taylor, solo por mencionar algunos.
Doris, vida mía propone una lectura sobre la vida que vivió Mistral junto a Doris, desde esa primera carta del 9 de febrero de 1948 hasta el momento de su muerte. Intenta hilvanar los retazos que quedaron de una relación construida, a pesar de largos periodos de distancia y ausencia, sobre cartas y telegramas que se pierden, se retrasan, o son leídos de maneras equívocas; pero también sobre el amor, el respeto y la profunda convicción en los vínculos que vienen de otra vida. Invita a comprender sus diferencias culturales, de edad y temperamento como capas y matices que, de alguna forma, explican la complejidad de esta relación, dan luces sobre su profundidad y son el reflejo de la búsqueda del lugar donde Mistral pudiera ser, como señala en una de las cartas de este libro, «un poco feliz».
DANIELA SCHÜTTE GONZÁLEZ
1948
[Marzo de 1948]
Cara Señorita,
Su bella carta cordial me ha conmovido. Yo no me merezco ese cariño suyo y menos esa admiración; pero a los viejos profesores nos gusta ser queridos de los jóvenes, con o sin, derecho a ello...
Téngame usted por amiga suya. Nos hemos reunido en un mundo muy noble: en la obra de nuestro venerado Thomas Mann.
Yo soy una mujer tímida, a pesar de la dureza de mis versos. Y respeto mucho a los grandes atareados, por la calidad de su trabajo y por el cansancio que tienen de las gentes. No he buscado ver al maestro y ahora tengo decidido un viaje a México y a Venezuela. Puedo regresar, pero también puedo quedarme por allá. Y no me resigno a no verlo.
Si le es posible a usted pídale un cuarto de hora para mí. Yo iré a Los Ángeles a fines de marzo. (Salgo muy poco porque no tengo salud.)
Mil gracias por el libro. Era tiempo ya de hacerle sentir a Thomas Mann la devoción de los suyos. Me siento muy honrada de estar presente en ese testimonio de «Acción de gracias» al que tanto nos ha dado.
Acepte mis cariñosos saludos.
Gabriela Mistral
Yo vivo en Sta. Bárbara, 729 Anapamú St.
6 de abril de 1948
Cara Doris Dana:
Sí, por gracia suya, yo tendré la dicha de ver el rostro de Thomas Mann y de saludar a su compañera. Le debo mucho a usted, querida.
Ese viaje nuestro por México sería una fiesta. Pero mi itinerario se ha torcido un poco. Parece, aún no es seguro, que yo iría por tren, de Los Ángeles a Alabama, para tomar allí un barco rumbo a San Juan. Yo no sé, querida, cuándo usted viene y es casi seguro que no le interesa el trayecto Los Ángeles–Nueva Orleans en auto. (El avión me sube la presión y me da mareo.)
Mucho me gustaría recobrar su rostro por entero. A mi edad los semblantes se anegan un poco.
Tal vez yo quede algún tiempo en Puerto Rico. Si así fuese, tal vez, usted quisiera llegar a esa linda isla, bastante olvidada por el turismo americano.
Muy hermoso su libro. ¡Mil gracias! Me habría dado gran pena no ver allí a nadie de la América del Sur. Porque allí se lee y creo que con entendimiento a Thomas Mann, cosa que a mí me conmueve constatar.
Que nos encontremos, pues, adonde ello sea dable.
El afecto y la gratitud de su vieja amiga,
Gabriela Mistral
12 de agosto de 1948
Cara Doris Dana:
Perdone la tardanza, querida. En estos días mi cuerpo ha andado bastante flojo.
Yo he postergado el viaje a México hasta fines de octubre. Y no fui a Puerto Rico a causa de una pequeña revolución estudiantil que hubo allí.
En los meses de calor, querida, yo no puedo salir sino al atardecer, o de noche. Me vienen unas congestiones bruscas. Por esto, creo que es prudente, sobre todo a causa del desierto, retardar el viaje a México.
Tampoco he ido a Los Ángeles, Doris. Pero me será gratísimo ir en su compañía a visitar a Thomas Mann, en el caso de que él pueda concedernos una entrevista.
Dígame usted su itinerario. Porque yo pretendo hacer este recorrido: Los Ángeles–San Diego; San Diego–Tijuana; Tijuana–Ensenada; Ensenada–Guaymas, Mazatlán–Mazatlán Acapulco–Acapulco Guadalajara. (En Acapulco me tardaría un poco.)
Es muy posible que usted no pueda hacer estas jornadas, querida. Pero tal vez podamos ir juntas, en su auto hasta algunos de esos puntos.
Lo más difícil me parece que sea acordar las fechas. Veo que usted tiene otras.
En todo caso, esta su vieja amiga, le propone que, de paso, usted se aloje en esta casa pudiendo quedar en ella los días que quiera. Esta ciudad es fina y suave y la casa tiene silencio y árboles.
Yo debo viajar con mi secretaria, la ex-alumna mía de Midleburry College, Consuelo Saleva, portorriqueña.1
Voy a México como invitada del Presidente, pero no puedo subir a México City por mi presión alta.
Deme sus noticias buena amiga mía y reciba mis afectos sinceros y mi agradecimiento además.
Gabriela Mistral
24 de septiembre de 1948
Cara Doris:
Mil gracias por sus noticias. Yo la he tenido sin las mías.
Tal vez en mi anterior no le dije bien este dato: Saldremos de aquí entre el fin de octubre y el comienzo de noviembre. Es posible querida, que usted no quiera durar aquí, en esta casa suya. Pero la ciudad es fina y esta cada es suave, de pinos y de silencio.
No puedo salir antes Doris porque voy a tardar mucho tiempo lejos —tal vez no regrese— y mi secretaria tiene que liquidar muchas cosas y además arrendar esta casa.
Pero, si usted quiere seguir solita el viaje, también se descansará aquí de la travesía ¡tan pesada! De vuestro continente, que no país...
No recuerdo si le dije que mi viajar es muy fastidioso, porque debo evitarme el calor y las alturas, y cortar las jornadas para evitarme la fatiga. Pero viajaremos juntas hasta donde se pueda, querida.
No más por ahora. Llegue a la hora que quiera, pero avise por telegrama.
Un abrazo de su amiga casi sin rostro que ya la quiere,
Gabriela Mistral
* Si viene la guerra, saldría antes.
[Sin fecha, antes de noviembre, 1948]
Yo voy a México por 4 meses. No subiré a México City.
He propuesto al gobierno: 1º ir de avión desde Los Ángeles a Nueva Orleans, Nueva Orleans to Veracruz. Veracruz–Orizaba. Orizaba–Yucatán. 2º To go Ensenada. Ensenada–Guaymas. Guaymas–Mazatlán. Tal vez Mazatlán–Acapulco. Espero la respuesta del gobierno.
Tú necesitas ir a México City. Después (after) tú —si quieres— irías a Orizaba o a Ensenada o Mazatlán.
No tomaré nunca tu libertad. Guárdala entera. No te pediré nada excepto tu compañía por algunos meses.
Tus gastos de vida en Orizaba o Yucatán serían míos.
Yo la cuidaré (defenderé) a usted de usted misma (de sí misma) y también de mí misma.
Me costará dolor, pero yo lo haré.
Yo no deseo quedar viviendo (no vivir) muy lejos de ti,2
1949
22 de febrero de 1949
Cara y linda Doris, vino tu telegrama, bastante atrasado. Muchas gracias de tus noticias.
Dejaste esta casa harto vacía, no poco helada y pesada de congoja.
Gracias te doy de haber ido a Santa Bárbara y de haber venido aquí. Dios te lo pague en gracia y alegría.
En la mesa, siento escarchada la orilla derecha; en el cuarto, sentada en mi sillón, levanto de pronto la cabeza y te busco, como los niños tontos que no acaban de entender. La muerte y su hija la ausencia tardan mucho en ser entendidas y aceptadas por mí.
Todavía te creo cerca. Tal vez cuando ya sepa te dejaré en paz. Porque el recuerdo es como las tenazas calientes y hace daño y también exaspera.
Yo procuraré aprender, entender, que te he perdido. Porque solo se tiene lo que está a nuestro lado y se mira a cada momento. Todo lo demás es como los barcos que navegan: no se les sabe ubicar, seguir, alcanzar.
Cada vez que te falte algo o que necesites de la «pobre cosa» que es una imagen que conforte, escríbeme, yo te responderé.
Fuiste para mí una alegría tan linda que llega a parecerme mentira. Parece que lo soñé. Por soñado me lo tengo, que no por vivido.
Yo he casi acabado lo del botánico.
Hay una novedad. Llegó un cable largo del Embajada de Venezuela, con otro del presidente. Contesté que voy allá en poco más. Lo de Puerto Rico lo veo oscuro y dudoso. Los famosos nacionalistas (fascistas + comunistas) me huelen mal. No hay razón de ir a hacer cóleras y a oír que me dicen «ayancada» en sus papelitos calenturientos y sueltos de lengua.
Si tú quieres ver Guatemala, allá te esperaré. Yo creo irme a mediados de marzo, vía Habana. Volaré desde el puerto aéreo de Matanzas. Si Dios quiere.
Cuídate. ¡Por favor, come, come bien!
A fines de mes irá lo sabido. Cuida de ti. Has trabajado de más por nosotros. Ahora piensa en ti misma.
Parece como que vivieras de milagro, como que fueses un puro juego de la luz y el aire, eres una rayita más unos cabellos que vuelan.
Ya no te alcanzo, ya estás, como siempre estuviste, entre los extraños.
Un abrazo de Gabriela
27 de febrero de 1949
Cara Doris, creo que hoy hace ya ocho o nueve días que tú partiste. Yo no he recibido carta tuya. Tuve un telegrama de llegada a Puebla —dos o tres días después de tu llegada. Vino después otro telegrama sobre tu itinerario Puebla–México. Recibí este antes de salir a Jalapa.
Llegamos aquí ayer 26. Vinimos por ver cómo anda el clima para los meses de más calor.
Emma Godoy3 había avisado su visita a Mocambo. Le avisé de venir a Jalapa.
Todo esto, te lo digo con precisión, porque es útil.
Cuídate, come, da noticias de tu coche enfermo. Ten prudencia en tu regreso —en tu camino.
Saludos fraternos de Gabriela
9 de abril de 1949
Amor:
Yo acabo de oír tu voz: ¡Te la agradecí tanto! Desde que te fuiste yo no río y se
