Máxima. La construcción de una reina

María Paula Galloni y Rodolfo Vera Calderón

Fragmento

PRÓLOGO

Existen en el mundo veintiocho soberanos que reinan sobre sus países como reyes absolutos o como monarcas constitucionales. En los tiempos que corren, para muchos podría parecer algo extraño e incluso anacrónico que casi una treintena de seres humanos viva rodeada de lujos y privilegios solo por haber nacido en una cuna elegida. Es comprensible que, para aquellos que consideran a la monarquía como algo pasado de moda, suene irracional que estos hombres y mujeres llamen la atención más por cómo visten que por el motivo de sus apariciones, que generen respeto sin ser cuestionados y sean admirados por el simple hecho de existir. Pero es un hecho y nadie puede negarlo, las monarquías mueven masas.

Dos mil millones de personas alrededor del mundo vieron por televisión la boda del príncipe William y Kate Middleton, la mayor audiencia que se conoce hasta el día de hoy. Eso, sin contar que las actividades más triviales de las familias reales del mundo ocupan muchas de las páginas de la revista ¡HOLA!, la biblia del corazón y el semanario de habla hispana más vendido del planeta. Los republicanos se mofan y los intelectuales lo cuestionan. Pero ¿cuántas personas, al ser invitadas, se negarían a sentarse a comer con un rey?

Los sociólogos y antropólogos se han interesado mucho en este misterio y, a lo largo del tiempo, dieron diferentes explicaciones que en general tienen que ver con la fascinación de la gente por su pasado. Porque reyes y reinas son hitos esenciales de la historia. Sus diversos períodos son identificados por sus nombres y estilos; y sus raíces, reconocidas y desconocidas, están inevitablemente entrelazadas con las de sus pueblos. Las monarquías conforman el más antiguo de los sistemas de gobierno. Existen desde hace seis mil años y fueron, son y serán alimento para la fantasía. Evolucionaron a la par de los Estados que representan: a pesar de que los gobiernos elegidos les quitaron algo de su dinamismo, también crearon salvaguardas contra sus abusos. ¿En qué consiste, entonces, la acción de un rey? Conservar cuatro derechos para con su gobierno: estar enterado de todo lo que acontece en su reino, ser consultado, alentar y advertir. Y un soberano con buen juicio no debería anhelar ningún otro.

Por supuesto, cada monarquía tiene su propia historia y la de los Países Bajos podríamos decir que es paradójica. Allí los reyes sucedieron a doscientos años de república entre el siglo XVI y el siglo XVIII en los que los Orange-Nassau, la familia reinante hasta el día de hoy, eran estatúderes (gobernadores) de la República de los Siete Países Bajos Unidos después de haber atravesado un siglo de interminables escándalos, adversidades, disputas, matrimonios al borde de la ruptura y ceremonias dichosas celebradas en un ambiente convulso. Holanda es el país del decoro y de la tranquilidad, pero, sobre todo, del dominio de sí mismo. La dinastía que reina sobre su territorio fue creada por Guillermo I el Taciturno en 1533 para gobernar con hombres fuertes y cultos. Hoy, casi cinco siglos después, uno de sus descendientes ocupa el trono de este país calvinista en el que los ministros se desplazan en bicicleta y donde la austeridad y la responsabilidad ciudadana son apreciadas como grandes virtudes.

Para algunos historiadores contemporáneos lo que sucede en Holanda con la realeza es un enigma. Aun siendo disímil el tipo de vida que llevan sus habitantes con el de los Orange-Nassau, el respeto que genera la investidura permanece. Puede que para muchos sea motivo suficiente conocer que la monarquía, el sistema político caído en desuso desde el fin de la Primera Guerra Mundial, no solamente logró sobrevivir en las regiones más desarrolladas y democráticas del planeta, sino que parece prosperar sobre todo en las zonas más ricas e igualitarias de Europa. Los números lo demuestran: el cuarenta por ciento de los treinta miembros que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el club de los países más ricos del planeta, son monarquías.

Sociológicamente se entiende que la identidad del país está aferrada a eventos que giran en torno a los Orange-Nassau. El Koningsdag, o Día del Rey, es una fiesta nacional donde toda Holanda se prepara para celebrar (a lo grande) el cumpleaños de su monarca. Ese día, no existe calle donde no flamee su bandera, la gente se disfraza con prendas naranjas, el color nacional, se organizan recitales a toda hora y mientras los canales de Ámsterdam se atestan de botes con pasajeros que cargan carteles, flores y lucen coronas, la familia real al completo viaja a alguno de los cuarenta y siete municipios, donde estrechan manos, se sacan selfis y comparten alguna tradición típica del lugar. Hay un clima festivo y todos se sienten protagonistas, aunque lo que se celebra es el cumpleaños una sola persona, la más importante del reino.

Ese sentido de pertenencia puede que excuse la contradicción de la cultura holandesa con esta forma de gobierno. En la naturaleza misma de los neerlandeses, que llevan una vida que es un ejemplo de fe, rigor y ahorro cotidiano, son ellos mismos los que se alegran al ver al menos a uno de los suyos viviendo como todos ellos hubieran deseado hacerlo.

Con esa teoría suena creíble que Máxima Zorreguieta, actual reina consorte de los Países Bajos, sea hoy la figura más popular de la familia real y, probablemente, una de las personas más influyentes de los altos círculos del poder en el país. Por su pasado de plebeya, además de por su carisma, el pueblo de su marido la etiquetó inmediatamente como una mujer simple y accesible. Pero ¿será así? La respuesta está en este libro, pero todo depende de los ojos que lo lean.

Esta biografía no autorizada nació después de que sus autores siguieran y escribieran infinidad de notas sobre Máxima durante casi diez años. Pero el manual de estilo del medio para el que lo hacían se enfocaba en mostrar que los reyes llevan vidas extraordinarias en magníficos palacios decorados con obras maestras acumuladas a lo largo de los siglos. Y que esos protagonistas cuando se casan, se dirigen al Parlamento o reciben a algún jefe de Estado, se trasladan en fastuosas y doradas carrozas: el Rey con su ostentoso uniforme y la Reina, magníficamente vestida, luciendo alguna de las tiaras del fabuloso y costosísimo cofre real. Nada genera más fascinación que contemplar a esas criaturas disfrazadas de deidades ostentando un mundo de lujo, banquetes interminables y opulencia. La descripción de la felicidad, lo que la historia nos enseñó sobre perfección. Pero a fin de cuentas, los reyes y las reinas son seres humanos como el resto de los mortales. Aunque su estilo de vida sea único, también sienten tristeza, sufren desgracias y enfrentan problemas cotidianos. Es desde esa mirada que a estos autores les interesa abordar la vida de Máxima de Holanda.

Desde antes de convertirse en princesa, la argentina que se convirtió en la mujer del rey Guillermo Alejandro entendió que los miembros de la realeza son populares porque su única función es la de conservar de manera prudente pero cate

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