Surrender

Bono

Fragmento

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1

Lights of Home

I shouldnt be here cause I should be dead

I can see the lights in front of me

I believe my best days are ahead

I can see the lights in front of me.[1]

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Una visión bicúspide del mundo empieza mucho antes. / Me dicen que tengo un corazón excéntrico…

Nací con un corazón excéntrico. En una de las habitaciones de mi corazón, donde la mayor parte de las personas tienen tres puertas, yo tengo dos. Dos puertas batientes que, en la Navidad de 2016, estuvieron a punto de salirse de los goznes. La aorta es la arteria principal, la cuerda de salvamento de una persona, que lleva la sangre oxigenada a los pulmones y se convierte en vida. Pero hemos descubierto que mi aorta se ha estresado con el tiempo y le ha salido una ampolla. Una ampolla que está a punto de explotar, algo que me llevaría al otro mundo antes de que me diera tiempo de llamar a urgencias. Antes de que pudiera despedirme de esta vida.

Así pues, aquí estoy. Hospital Mount Sinai. Nueva York.

Me observo desde arriba con los arcos voltaicos reflejados en el acero inoxidable. Pienso que la luz es más dura que la camilla metálica en la que estoy tumbado. Noto el cuerpo separado de mí. Reducido a carne blanda y duro hueso.

No es un sueño ni una visión, pero siento como si un mago me cortara por la mitad con una sierra.

El corazón excéntrico está congelado.

Es preciso realizar algún tipo de reajuste, aparte de toda esta sangre dando vueltas y poniéndolo todo perdido, como suele hacer la sangre cuando no se dedica a mantenernos con vida.

Sangre y aire.

Sangre y entrañas.

Sangre y cerebro es lo que se necesita ahora mismo, si tengo que continuar cantando a mi vida y viviéndola. Mi sangre.

El cerebro y las manos del mago que está encima de mí y puede convertir un día pésimo en otro fantástico con la estrategia y la pericia adecuadas.

Nervios de acero y cuchillas de acero.

Ahora ese hombre se sube literalmente encima de mi pecho, hinca el bisturí con las fuerzas combinadas de la ciencia y la carnicería. Las fuerzas que se precisan para romper la caja torácica y entrar en el corazón de alguien. La magia que es la medicina.

Sé que no me parecerá un buen día cuando me despierte tras estas ocho horas de cirugía, pero también sé que despertarme es mejor que la alternativa.

Aunque no pueda respirar y sienta que me ahogo. Aunque intente por todos los medios tomar una bocanada de aire y no pueda.

Aunque tenga alucinaciones, porque ahora veo visiones y todo está adoptando un cariz a lo William Blake.

Tengo mucho frío. Necesito estar a tu lado, necesito tu calor, necesito tu cariño. Voy vestido de invierno. Llevo unas botas enormes, aunque estoy tumbado en la cama, pero me congelo, me muero de frío.

Empiezo a soñar.

Me encuentro en una escena de una película en la que al actor principal se le agota la vida. En los últimos momentos vitales, se irrita e interpela a su gran amor.

—¿Por qué te vas? ¡No me dejes!

—Estoy aquí, a tu lado —le recuerda su amada—. No me he movido.

—¿Qué? ¿No eres tú la que se marcha? ¿Soy yo el que se aleja? ¿Por qué me alejo? No quiero dejarte. Por favor, no permitas que me vaya.

Hay algunos secretillos sucios relacionados con el éxito que ahora empiezo a ver con claridad. Y de los que me estoy despertando.

El éxito como una consecuencia de la disfunción, una excusa para las tendencias obsesivo-compulsivas.

El éxito como recompensa al trabajo tenaz, muy tenaz, tanto que podría estar ocultando algún tipo de neurosis.

El éxito debería llegar con una advertencia para la salud: para el adicto al trabajo y para quienes lo rodean.

El éxito puede verse impulsado por alguna ventaja o circunstancia injusta. Si no por un privilegio, sí al menos por un don, un talento u otra forma de riqueza heredada.

Pero el trabajo arduo también se esconde detrás de esas puertas.

Siempre había pensado que mi don era saber encontrar la nota aguda, no solo en la música, sino en la política, en el comercio y en el mundo de las ideas en general.

Donde otras personas apreciaban la armonía o el contrapunto, a mí se me daba mejor encontrar la nota aguda, el gancho, el pensamiento claro. Probablemente porque tenía que cantarlo o venderlo.

Sin embargo, ahora veo que mi ventaja era algo más prosaico, más básico. Mi ventaja no era genética, era el don del… aire.

Eso es.

Aire.

—Su marido tiene una potencia de fuego increíble dentro de ese pecho de guerra.

Eso le dijo el hombre que me había serrado la caja torácica a mi esposa y a mi alma gemela, Ali, después de la operación.

—Ha hecho falta un hilo extrafuerte para coserlo. Diría que está a un ciento treinta por ciento de la capacidad pulmonar normal para su edad.

No emplea la expresión «bicho raro», pero Ali me cuenta que ha empezado a considerarme «el hombre de la Atlántida», el personaje de aquella serie de ciencia ficción de la década de 1970 sobre un detective anfibio.

David Adams, el hombre a quien le debo la vida, el cirujano-­mago, habla con un deje sureño, y en mi estado blakeano aumentado empiezo a confundirlo con el demente villano de La matanza de Texas. De fondo, lo oigo preguntarle a Ali por los tenores, que no suelen ser famosos por pasearse por el escenario cantando notas agudas.

—¿No se supone que los tenores tienen que quedarse quietos, con las piernas separadas, bien enraizadas en el suelo, antes de plantearse siquiera hacer un do de pecho?

—Sí —digo, sin abrir la boca y antes de que se me pase el efecto de los fármacos—. Un tenor debe convertir la cabeza en un amplificador y su cuerpo en un fuelle para hacer que se rompan los cristales.

Yo, por el contrario, me he pasado tres décadas dando vueltas por anfiteatros y corriendo por los estadios mientras cantaba «Pride (In the Name of Love)», en un la alto o en un si alto, según el año.

En la década de 1980, el estiloso cantante inglés Robert Palmer paró un momento a Adam Clayton para suplicarle: «¿Por qué no convences a Bono para que cante en un tono más bajo? Así su vida sería más fácil y también la de los que tenemos que escucharlo».

El aire es fortaleza.

El aire es tener confianza para asumir grandes retos o enfrentarse a grandes contrincantes.

El aire no es la voluntad de conquistar el Everest de la vida de cada cual, sino la capacidad de aguantar el duro ascenso.

El aire es lo que hace falta para subir cualquier cara norte.

Y aquí estoy yo ahora sin él, por primera vez.

En la sala de urgencias de un hospital, sin aire.

Sin aliento.

Los nombres que damos a Dios.

Puro aliento.

Jehovááááá.

Alááááá.

Yeshúaaaa.

Sin aire… Sin darse aires… Sin un aria.

Estoy aterrado porque, por primera vez en la vida, busco la fe y no la encuentro.

Sin aire.

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