«¡MARI MARI CHILE MAPU!»
El 4 de julio de 2021 ingresé junto con otras 154 personas a los jardines del antiguo Congreso Nacional de Chile. Ese día solemne yo vestía un küpam azul, rebozo, chamal y faja, además de un txarilogko que heredé de mi madre y ella, de sus antepasadas. Llevaba en mi mano izquierda una bandera mapuche y en la derecha, una pañoleta verde y morada.
Estaba nerviosa. Los días previos habían sido intensos en la negociación con representantes de varias tendencias, organizaciones, pueblos y partidos políticos. Se había instalado con fuerza la idea de que la Convención Constitucional debía ser presidida por una mujer y yo era una de las candidatas.
Éramos siete los representantes elegidos por el pueblo mapuche para redactar la nueva Constitución de Chile y el 22 de junio habíamos acordado actuar en bloque, con una sola voz a lo largo de las muchas votaciones que nos esperaban. Como escaños reservados tomamos la decisión de llevar una candidata. En una primera instancia iba a ser la machi Francisca Linconao, pero ella declinó. Mi nombre tomó fuerza y ese día 4 parecía que mi elección era un hecho.
Hicimos un acuerdo entre todos y todas de que, cualquiera que fuera la persona nominada, la íbamos a apoyar en conjunto. Sin embargo, el acuerdo se rompió. Trataron, además, de asociarme a los partidos políticos tradicionales y establecer la idea de que era una candidata de derecha, de que conmigo en la presidencia de la Convención Constitucional no habría posibilidad de instalar los derechos de los pueblos indígenas.
Los ánimos estaban tensos dentro y fuera del antiguo Congreso. Adentro, la negociación política se complicaba. Afuera, representantes de la sociedad civil, disidencias y grupos marginados, familiares de los presos de la revuelta del 18 de octubre se enfrentaban con los carabineros.
Pese a todo, la situación se fue normalizando y la señora Carmen Gloria Valladares, en nombre del Tribunal Calificador de Elecciones, logró con gran destreza y humildad sacar adelante la ceremonia de inauguración.
La primera votación fue a las 13.17 de la tarde. Hubo que repetirla dos veces. Las otras candidaturas se fueron retirando y al final obtuve la mayoría exigida de 96 votos. Yo llevaba un discurso escrito, pero con el nerviosismo me olvidé de mis lentes y tuve que improvisar.
Eran cerca de las cuatro de la tarde de un día de invierno cuando subí al estrado acompañada por la machi. Me estaban viendo mi familia, mis amigos y muchísimos espectadores por la televisión. Tomé el micrófono y, ante esos millones de personas que seguían el evento, de mi garganta salió el saludo de mi pueblo: «¡Mari mari pu lamgen, mari mari kom pu che, mari mari Chile mapu!» («Saludos a las hermanas y hermanos, a toda la gente, a los chilenos y chilenas»).
Lo que sucedió después es parte de la historia de Chile y de la historia del pueblo mapuche, de la historia de los pueblos indígenas y de la historia de las mujeres.
Vendrían meses duros. Recibí ataques, sufrí descalificaciones, tuve que resistir. ¿Qué somos sino nuestra perseverancia y los obstáculos que debemos vencer? Fueron muchas las esperanzas que nacieron durante esas semanas, muchos los temas e ideas que se tocaron y discutieron por primera vez durante aquellos meses. Sí, se cometieron errores y al final del proceso fuimos derrotados, pero ¿cuándo no ha sido así a la hora de abrir la conciencia humana a la justicia y a lo nuevo? El tiempo nos dará la razón.
Este libro no es «mi historia personal de la Convención Constitucional». No es un conjunto de chismes desclasificados de manera interesada, ni menos un ajuste de cuentas con mis colegas de la Convención. Al contrario, he querido hacer un ejercicio de memoria y contar en estas páginas mi trayectoria vital, desde mi infancia en Wallmapu, mis viajes al extranjero, mis estudios de la lengua materna como fenómeno vivo, hasta lo que viví durante los intensos meses en que intentamos construir un nuevo pacto cívico entre los pueblos, el Estado y con la naturaleza.
Mi historia es la de tantas mujeres que se levantaron en contra del doble sistema de dominación patriarcal y de raza. Fui una niña feliz que creció rodeada de cariño y en contacto con la naturaleza, pero también víctima de privaciones y discriminaciones estructurales.
Tuve el apoyo de otros y otras y la fuerza personal para salir adelante, sacar una carrera y participar en la construcción de un nuevo orden social.
He tenido también el privilegio de aprender y estudiar el lenguaje como fenómeno humano, de conocer el mundo y entablar amistades profundas con hombres y mujeres de otras latitudes. He visto nacer y morir. A la hora del balance no concibo manera más intensa de vivir que a través de lo colectivo.
Mientras escribo estas páginas vemos las señales de una gran crisis. La tierra sufre, el bosque nativo se incendia, las huertas se secan, las aguas se contaminan, son robadas y acaparadas por unos pocos. Vuelven el racismo, el fascismo y la mentira. Lo viví en carne propia y aquí estoy.
A los pueblos indígenas y, sobre todo, a las mujeres se nos muestra siempre quejumbrosas y metidas en el dolor, carentes de toda posibilidad de accionar. En realidad, las mujeres siempre resistimos y podemos ir más allá.
Yo fui protagonista de un proceso, pero vendrán muchos más. Y vendrán también otras protagonistas, mujeres con sus propias historias y sus herramientas para abrir el camino que nos mostraron las que estuvieron antes.
¡Marichiwew!
Lo decimos cuando ganamos y también cuando perdemos, porque siempre será así: «Si cae uno, diez se levantan».
INFANCIA, LENGUA, TERRITORIO
Nací y crecí en la comunidad Lefweluan, cerca de Traiguén, que en mapuzugun significa cascada. Mi padre, Juan Alberto Loncon Huaiquimil, nació en 1926, fue un niño-peón de fundo, lector autodidacta, dirigente y candidato a diputado, de oficio carpintero y vocación idealista. Mi madre, Margarita Antileo Reiman, nació en 1935. Ella cosía, tejía, vendía verduras en la feria.
Mi papá era una persona muy calmada, mucho menos patriarcalizado que los hombres de su generación. Por ejemplo, cuando mi mamá estaba embarazada de mi hermano chico me llamó mucho la atención la actitud de él. El niño se atravesaba y sufría dentro de mi mamá, y mi papá se lo acomodaba y le arreglaba la guata. Mi papá sabía hacer eso y, además, era un hombre cariñoso, nos tomaba en brazos, nos sentaba en sus rodillas y nos cantaba cosas. Éramos las hijas más lindas, las más inteligentes.
Mi mamá nos hacía la ropa a los siete, compraba los géneros y nos hacía todo, todo lo que llevábamos puesto nos lo tejía ella. Andaba siempre muy estresada, tal vez disfrutando pocas cosas. Yo de pequeña sentí mucha solidaridad hacia mi mamá debido a esto, de verla con tanto trabajo, con poco descanso. Tomé rápidamente conciencia de su sufrimiento.
Mi papá era más sereno y dentro de esa serenidad también era un poco ido de la realidad. Pasamos privaciones y hubo veces que no tuvimos para comer. Mi mamá sufría, mientras que mi papá tenía una expresión para ahuyentar el sufrimiento: «Campaña nomás, hija, campaña nomás». Las cosas se iban a resolver «luego».
La nuestra era una familia ampliada. No éramos solo la mamá y el papá y los siete hermanos (yo soy la del medio). Estaban también la abuela María Elisa, la tía Juana, los primos. Era una casa muy concurrida, mucha gente de los campos cercanos pasaba y se quedaba a alojar, sobre todo amigas de mi abuela. Se podían quedar una semana, hasta un mes.
La abuela era muy cálida y cercana a nosotros. Cantaba, bailaba, hablaba con nosotros, salíamos a recolectar frutos en el campo en el verano, en el invierno recogíamos callampas. Solo hablaba mapuzugun y las palabras del castellano las usaba como quería.
Mi papá y mi mamá se dirigían a nosotros en las dos lenguas. A la casa llegaban familiares que hablaban mapuzugun, pero también no indígenas cuyo idioma era el castellano.
Recuerdo a un personaje muy importante de mi infancia. Se llamaba Segundo Merileo, pero todos lo llamábamos tío Tatao. Era un familiar cercano por el lado de mi padre pero, además, un personaje colectivo, de toda la comunidad. Era un epewtufe, «el contador de historias».
El tío Tatao se había ido a trabajar a Santiago en los años cincuenta y después regresó a la comunidad. Vivía con unos primos e iba de casa en casa contando historias. Toda la gente de mi época se entretuvo con sus narraciones. Era un ser fantástico, capaz de trasladarnos a todos los niños a ese mundo de relato oral que en mapuzugun se llama epew.
También contaba historias de la tradición oral y del pensamiento mapuche. Hablaba de los animales, de los pájaros, de las montañas. En esos cuentos la naturaleza es la protagonista, los animales son primos, son tíos, tienen comportamiento humano. Para reírse del ser humano está el zorro, que representa la avaricia. Los pájaros, los perros, los leones, todos tienen un rol y representan algo.
Todo era divertido, todo era juego en ese mundo de campo. Los adultos conversaban tomando mate y no se percataban del submundo que nosotros, los niños, armábamos alrededor. Nos daba mucha risa cómo hablaban el castellano algunos de ellos. A veces repetíamos palabras o frases solo para saborearlas y reírnos de su sonido.
Nací en 1963 y tres años después comenzaron las primeras recuperaciones de tierra. Debo haber tenido tres o cuatro años cuando fue la primera de todas. Mi mamá, mi papá, mi tía y mi tío se fueron a la recuperación y nosotros nos quedamos con la abuela. Le preguntamos qué estaba pasando y ella nos contó de la guerra.
Solíamos jugar en un patio grande. La tierra era blanca y limpia y ahí estábamos cuando vimos pasar a los carabineros por el camino que seguían las micros de Traiguén a Lumaco. La abuela nos dijo: «Miren, allá van pasando». Varios furgones cruzaban el cerro mientras nosotros mirábamos. Ella nos cantó una canción de la guerra.
Después se hizo otra recuperación, el año 1967. Un fotógrafo la registró y en varias imágenes aparecen mi abuela y mi abuelo.
Yo me llamo Elisa por mi abuela Elisa Huaiquimil Queupu. Los Queupu fueron kona, aliados de los Kallfükura de Argentina. En la familia nuestra pesaba mucho la pertenencia. Uno de estos Queupu, según el relato familiar, fue el mejor domador de caballos del gran Kallfükura, hasta que se enamoró de una de las mujeres del logko y tuvo que huir para que no lo mataran por traición.
La abuela Elisa venía de ese linaje de gente reconocida. Mi abuelo venía del linaje de los Logkomil, que lucharon contra Cornelio Saavedra y la ocupación militar chilena. Dos líneas de resistencia.
A mis abuelos les tocó la ocupación militar, fueron como un anclaje de ese reducto de resistencia. Eran gente de influencia aquí y en Argentina, y les tocó vivir la derrota, el despojo de las tierras. La vivieron en su cuerpo.
A mi abuelo paterno Juan Antonio Loncon Huaiquimil no lo conocí. Murió de tuberculosis y sé que nunca quiso que mi papá fuese a la escuela. Temía que se «awinkara» y perdiera sus raíces. Para muchos niños mapuche la escuela significó la castellanizaci
