Divino e infame

Luis Claudio Villafañe G. Santos

Fragmento

Divino e infame: las identidades de Rubén Darío

sobre este libro

A primera vista, una biografía del poeta, escritor, periodista y diplomático nicaragüense Rubén Darío, escrita por un autor brasileño cuya formación académica no pertenece al ámbito de la literatura, puede parecer una propuesta insólita. La extrañeza es, en parte, justificable, y conviene explicar que el proyecto partió de un hecho y de un encuentro.

El hecho fue que no existían biografías completas y metodológicamente actualizadas del Príncipe de las Letras Castellanas. La monumental obra de Edelberto Torres Espinoza —de principios de los años cincuenta— se conservaba como la fuente más autorizada sobre la trayectoria biográfica de Darío, con las numerosas modificaciones del texto desde su primera edición. Aunque los sucesivos añadidos y alteraciones hechos a lo largo de las ocho ediciones de La dramática vida de Rubén Darío publicadas entre 1952 y 2010 siempre dieron lugar a un mejor contenido informativo y a una mayor precisión, se perdió algo de la estructura y vigencia de la narración: el libro de Torres se ha vuelto difícil de leer. Al mismo tiempo, a pesar de este esfuerzo por agregar constantemente nuevas informaciones, gran parte de la importante renovación que han experimentado los estudios darianos en las últimas décadas no ha sido incorporada. Estos nuevos descubrimientos y reinterpretaciones están dispersos en textos puntuales en revistas y libros de tendencia estrictamente académica y nunca se habían condensado con la ambición de un enfoque biográfico exhaustivo. Por lo tanto, había un vacío que llenar.

El encuentro —fortuito— se produjo con mi nombramiento como embajador de Brasil en Nicaragua en el segundo semestre de 2016. En el periodo relativamente largo que transcurrió entre el nombramiento y mi llegada a Managua, en marzo del año siguiente, la preparación para asumir las nuevas funciones me llevó a estudiar con ahínco la historia y la cultura de Nicaragua y el encuentro con Rubén Darío fue inevitable. Antes de eso, ya había tenido contacto con la obra del poeta nicaragüense en mi trabajo como historiador; el Darío que yo conocía, sin embargo, era mucho menos el poeta que el propagandista —junto con Martí, Rodó y otros— de la alteridad de América Latina frente a Estados Unidos, tema sobre el que publiqué artículos y libros.

En este reencuentro, además de fijarme en el poeta, el diplomático y el periodista, descubrí que Darío ya había estado en Brasil, no solo una vez, sino dos, una de ellas representando a su país en un encuentro panamericano. Así que, antes de llegar a Nicaragua, intenté descubrir las huellas de estos viajes —poco conocidos y aún menos estudiados— en bibliotecas, hemerotecas y archivos brasileños. Al llegar a Managua, con la ayuda de intelectuales locales, especialmente del doctor Jorge Eduardo Arellano, traté de agotar, en la medida de lo posible, las fuentes disponibles sobre los dos viajes del poeta a Río de Janeiro, y pude publicar un pequeño libro —Yo Pan-americanicé: Rubén Darío en Brasil (2018)— que aportó una visión renovada de aquellos momentos.

Dediqué parte de los más de cinco años que pasé en Nicaragua, entre 2017 y 2022, además del periodo en Brasil antes de mi llegada a Managua, a la investigación y estudio de la vida y obra de Rubén Darío. Además de los archivos y bibliotecas, documentos, libros y revistas que encontré en el país, disfruté de la convivencia y la experiencia de la pléyade local de estudiosos de la vida y la obra del poeta. Agradezco especialmente a los doctores Jorge Eduardo Arellano y Carlos Tünnermann Bernheim, sin que, por supuesto, pueda atribuirles ninguna responsabilidad por las posibles deficiencias del presente trabajo, pero sí mucho mérito por lo que tendrá de positivo.

El texto fue escrito pensando en un lector culto, pero no necesariamente especialista en la obra de Darío ni en la historia americana y europea de finales del siglo xix y las primeras décadas del siguiente. Así, he tratado de presentar un texto denso, si bien fluido, intercalado con las contextualizaciones históricas que consideré indispensables. Para las lectoras y lectores especialistas, hay abundantes notas a pie de página que, además de aclarar las fuentes de referencia, indican la existencia de debates o proporcionan información adicional sobre muchos puntos que, por ser innecesarios para el argumento central, no fueron incorporados al texto principal. También hay que señalar que hay algunos pasajes citados sin una indicación clara de la fuente, como en el caso de los epígrafes de los distintos capítulos. Son —salvo que se indique la referencia en el propio texto— palabras del propio Rubén Darío, citas fácilmente reconocibles por los especialistas.

En Brasil, me apoyé en la Biblioteca Embaixador Antônio Francisco Azeredo da Silveira del Ministerio de Relaciones Exteriores, en Brasilia, y en el Archivo General de la Ciudad de Río de Janeiro. También hice reiteradas consultas en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional.

En Nicaragua, me serví de la Biblioteca Nacional Rubén Darío del Banco Central de Nicaragua y de la colección virtual de esa institución. Consulté también la colección dariana de la Biblioteca Nacional Rubén Darío en el Instituto Nicaragüense de Cultura de Nicaragua.

El Archivo Digital del Instituto de Investigación en Arte y Cultura de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, en Argentina, merece una mención especial por reunir, en medio digital, todas las crónicas que Darío publicó en el periódico La Nación. En consulta directa a ese archivo, fui atendido de forma atenta y competente. También en Argentina, usé los archivos electrónicos de AméricaLee, portal de revistas latinoamericanas del Cedinci de la Universidad Nacional de San Martín.

Consulté también la colección de los “Ruben Dario Papers 1882-1945” de la Universidad Estatal de Arizona y los archivos digitales de la European Library y de la Bibliotèque Nationale de France.

En España, tanto la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes sirvieron como fuentes importantes. También me beneficié del Archivo Rubén Darío de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid.

Al ser el portugués mi lengua materna y de expresión literaria, los textos que publico en la lengua de Rubén Darío inevitablemente sufren una profunda revisión cuando escribo directamente en español, o incluso son traducidos del portugués en otros pasajes de los manuscritos. Agradezco a mi esposa, Sabrina Duque, por desempeñar una vez más este papel de correctora, editora y traductora, pero le agradezco aún más nuestro amor y complicidad, que no hacen sino aumentar y profundizarse con el paso de los años y las décadas.

Por último, quiero expresar mi gratitud a mi editora María del Carmen Deola, no solo por haber aceptado la propuesta de este libro con ese entusiasmo y amabilidad tan suyos, sino también por su atenta lectura del manuscrito, sus comentarios precisos y acertadas sugerencias.

Divino e infame: las identidades de Rubén Darío

identidades

Pero ¿existe o no existe un alma nacional? Los yanquis tienen
esa alma y son cosmopolitas. Son cosmopolitas para afuera.
Hay que ser nacionalista para adentro y cosmopolita
para afuera… ¿Está claro?

En rigor, hablar de las identidades de Rubén Darío sería un oxímoron. Entre las definiciones del diccionario de la Real Academia Española para el término “identidad” encontramos: “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” y “Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. Por tanto, la identidad sería un conjunto específico de cualidades y características que definen inequívocamente a un individuo o a una colectividad, y, aunque pueda tener varias dimensiones, no admitiría alternativas: la identidad —única— sería precisamente la definición exacta de esa singularidad, persona o comunidad.

Así, una biografía de Rubén Darío debería esclarecer las contradicciones de la trayectoria personal del poeta y revelar el núcleo de su individualidad, aquello que lo caracterizaba como quien “verdaderamente” era. Asimismo, Nicaragua, Centroamérica, Hispanoamérica o Latinoamérica mostrarían particularidades que las definirían plenamente. Igualmente, España también tendría un “alma inmortal” y los españoles “reales” compartirían una “españolidad” indiscutible: rasgos que los distinguen hoy, los distinguieron en el pasado y siempre los distinguirán de cualquier otro pueblo o nacionalidad.

Todas estas esencias —de las personas a lo largo de sus vidas y de las naciones a lo largo de la historia— serían fijas o, al menos, estables en el tiempo e inalteradas en todos los contextos.

Nada de eso es verdad.

Divino e infame: las identidades de Rubén Darío

salutación al águila

Yo pan-americanicé
con un vago temor y con muy poca fe
en la tierra de los diamantes y la dicha tropical.

El sol se ponía en la bahía de Guanabara y Rubén Darío caminaba sobre la cubierta del buque de guerra estadounidense. A pesar de que el calor del día había amainado, ni siquiera en invierno hace mucho frío en Río de Janeiro, y él sudaba dentro del uniforme de primer secretario de la delegación nicaragüense que había mandado a confeccionar en la sastrería Vancoppenolle poco antes de salir de París. Llevaba la espada con el escudo de la patria ceñida a la cintura, y en la mano derecha, una copa de champán. Siempre en apuros económicos, a su regreso a Europa buscaría la forma de saldar las cinco cuotas de la deuda de 1 000 francos adquirida para la elaboración del traje.1 El crucero Charleston zarparía del puerto esa misma noche. A bordo iría Elihu Root, el secretario de Estado de Estados Unidos. Tras participar en la III Conferencia Panamericana en la capital brasileña, el jefe de la diplomacia de Theodore Roosevelt —el presidente del big stick— continuaría su good-will tour por Latinoamérica.

Para la fiesta de despedida, toda la popa del USS Charleston había sido decorada con arreglos florales y las banderas de cada uno de los países americanos; se destacaban las de Estados Unidos y Brasil, de mayor tamaño. Las mesas del bufet se extendieron en la cámara de oficiales y la primera cubierta, y los camareros servían champán, vino, whisky y jugos de frutas tropicales. Los oficiales estadounidenses invitaban a las damas de la sociedad carioca a bailar polcas y valses, tocados por la banda de su Armada. La samba aún no se había inventado y el maxixe2 no encajaba en el repertorio de los músicos militares. El presidente brasileño, Francisco de Paula Rodrigues Alves, había llegado a bordo a las cuatro de la tarde y estuvo con Root y otros invitados en la cabina del capitán durante una hora y media. Con el sol ya escondiéndose atrás de las montañas que rodean la bahía, la fiesta estaba a punto de terminar. El Charleston levantaría anclas a las nueve de la noche del 3 de agosto de 1906.3

Después de la partida de Root, la Conferencia Panamericana continuaría hasta el 27 de agosto. Rubén Darío tampoco asistiría a la clausura del encuentro diplomático. Lejos de justificar el entusiasmo con el que recibió la nominación para el cargo, la visita a Brasil había tenido un sabor agridulce hasta aquel momento. Durante uno de sus viajes a otros países de Europa, el 23 de mayo llegó a su domicilio en París un telegrama con la noticia de que una semana antes lo habían nombrado secretario de la delegación que representaría a su país en la III Conferencia Panamericana. Luis Felipe Corea Briceño, el ministro de Nicaragua en Washington, encabezaría la misión.

Rubén Darío interrumpió su viaje a Bélgica y, a finales de junio, viajó a Cherburgo, en Normandía, donde se encontró por primera vez con Corea, recién llegado de Estados Unidos, y ambos abordaron el barco Thames. Navegaron hacia Lisboa, donde embarcaron otros pasajeros; el barco cruzó el Atlántico con escalas en Cabo Verde y las ciudades brasileñas de Recife y Salvador para arribar a Río de Janeiro. Varios delegados de otros países viajaron en el Thames, muchos venidos desde Nueva York, como Corea y Joaquim Nabuco, el embajador brasileño en Estados Unidos. Como jefe de la delegación del país anfitrión, Nabuco presidiría la Conferencia.

A diferencia de Corea, el brasileño tenía la condición de embajador residente, distinción que indicaba la cercanía entre los gobiernos de Brasil y Estados Unidos. En aquella época, en la mayoría de los casos, las representaciones diplomáticas tenían la categoría de legaciones y estaban encabezadas por ministros. En 1906, los únicos dos países latinoamericanos con embajadas en Washington eran Brasil y México. Joaquim Nabuco era un fuerte candidato para el cargo de ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno que comenzaría en Brasil pocos meses después del final de la Conferencia. Dentro de la diplomacia brasileña era uno de los mayores defensores de estrechar las relaciones con Estados Unidos. Para él: “La política de aproximación con las repúblicas latinoamericanas aparte o en desconfianza de Estados Unidos sería imposible, ninguna nación sensata entraría en ella”.4

Brasil se alineó con Washington para promover el panamericanismo como política continental. Mientras se negociaba la agenda de la reunión en dicha ciudad norteamericana, se hicieron maniobras para excluir temas polémicos, como la propuesta del argentino Luis María Drago de prohibir el uso de la fuerza para cobrar las deudas de los países latinoamericanos. La reunión en Río de Janeiro estaba programada para promover la idea de armonía entre los países del continente americano, bajo el liderazgo de Estados Unidos. Para coronar el evento, sería la primera vez en la historia que un secretario de Estado asistiría a una reunión internacional fuera de su país.

Incluir a Rubén Darío en la celebración de ese espíritu panamericano parecía una pésima idea. En ese momento ya era bien conocida la convicción del poeta sobre las relaciones de los países latinoamericanos con Estados Unidos: el imperialismo estadounidense constituía el gran peligro contra el que se uniría América Latina. La opinión que difundía de los estadounidenses era, en general, muy negativa. Desde 1892 predicó en prosa y verso la existencia de una identidad entre los países latinoamericanos en oposición —de forma irreconciliable— al poderoso vecino del Norte. Anticipándose a José Enrique Rodó, Darío había comparado a los estadounidenses con el demonio Calibán, de La tempestad de Shakespeare. Estados Unidos era el elemento de alteridad que definía a los latinoamericanos, la imagen en el espejo que mostraba quiénes éramos. Así, la armonía panamericana parecía ser una contradicción de términos. La valoración negativa de Estados Unidos y sus habitantes tenía un halo personal; aún era reciente la oda “A Roosevelt”, en la que Darío había comparado al presidente norteamericano —el jefe de Root, con quien se encontraría en Río de Janeiro— con el diabólico Nemrod, un malvado rey bíblico.

La falta de experiencia tampoco ayudaba. Darío era cónsul de Nicaragua en París y había sido cónsul de Colombia en Buenos Aires, trabajos que no necesariamente se traducen en dotes diplomáticas. Además, el notorio alcoholismo fue recordado como argumento para descalificarlo como conductor de negociaciones sensibles. El representante de Colombia, Rafael Uribe Uribe, comentó en los pasillos de la Conferencia: “Ese magno poeta desearía que el mar fuera de coñac para ahogarse en sus ondas”.5

A Luis Felipe Corea, el jefe de la delegación nicaragüense, debía preocuparle la posibilidad de un incidente diplomático debido a una eventual actuación torpe de Darío. Ministro en Washington, Corea quedaría en una posición especialmente embarazosa si un estallido antiestadounidense por parte de su subordinado rompiera el ambiente festivo del encuentro. Tras la Conferencia, volvería a la capital estadounidense, y las buenas relaciones que había cultivado con el gobierno local podrían sufrir graves daños con el recuerdo de no haber sido capaz de evitar los ataques de su secretario contra Root o contra Estados Unidos.

En cualquier caso, el cruce del Atlántico de Lisboa a Río de Janeiro comenzó dominado por un ambiente panamericanista. Además de Darío, Corea y Nabuco, viajaron en el Thames el argentino Epifanio Portela; el chileno Joaquín Walker Martínez; el peruano Mariano Hilario Cornejo Zenteno; el panameño José Domingo de Obaldía; el expresidente de Costa Rica, Ascensión Esquivel; los cubanos Rafael Montoro, Gonzalo de Quesada y Aróstegui y José Antonio González Lanuza; el ecuatoriano Olmedo Alfaro Paredes (hijo del expresidente Eloy Alfaro); los mexicanos Francisco León de la Barra y Quijano y Ricardo Molina Hübbe; el ministro de Relaciones Exteriores de El Salvador, Manuel Delgado; su secretario Román Mayorga Rivas (un periodista y poeta salvadoreño nacido en Nicaragua), y los estadounidenses Andrew Jackson Montague y Leo Stanton Rowe, entre otros delegados.

Al día siguiente de partir de Lisboa se celebró a bordo el 4 de Julio. Los discursos panamericanistas de los delegados chileno, argentino, peruano, cubanos y del nicaragüense Corea fueron respondidos en el mismo tono por los dos delegados estadounidenses, que citaron un discurso reciente del secretario de Estado Elihu Root, en el cual él había garantizado que “en la conciencia del pueblo americano no había ni deseo de gobernar la América Latina, ni codiciaba una sola pulgada de su territorio”.6 Montague y Rowe le cayeron bien a Darío, que los describió con generosidad en la crónica sobre el viaje publicada en La Nación el 28 de julio. En la misma pieza, registró también su primera impresión, favorable, sobre su jefe:

Y permitidme que un especial saludo dedique a Luis Felipe Corea, delegado de Nicaragua, mi patria natal, que, como Dios lo ha querido, tiene la misma bandera azul y blanca que mi patria intelectual, la República Argentina. Corea que, aún lleno de juventud, parece que concentra los dones de una larga experiencia, seduce como persona y como alma. Su gesto es decisivo, sus juicios maduros, su “charme” invariable.7

Los homenajes recibidos por Joaquim Nabuco, jefe de la delegación anfitriona, en las escalas en Recife y Salvador causaron una fuerte impresión en Darío, que pronosticó: “Después de presenciar ambas manifestaciones, después de ver tanta locura de entusiasmo popular ante la persona del eminente brasileño, creo que este está maduro para más altos destinos”.8 El Thames llegó a Río de Janeiro el 17 de julio. En aquella misma fecha Root, el principal invitado de la Conferencia, recalaba a bordo del USS Charleston en su primera escala en Brasil, Belém do Pará, en la desembocadura del río Amazonas. Aunque el inicio de la Conferencia estuviese marcado para el día 23, era la llegada de Root, prevista para el 27, lo que monopolizaba la atención; su participación marcaría el punto más alto del encuentro.

Las delegaciones extranjeras se quedaron en el Hotel dos Estrangeiros o en el Hotel da Vista Alegre. A Darío le tocó este último, situado en el barrio de Santa Teresa, en la Rua do Aqueduto, número 92. Con la mirada dirigida especialmente hacia Francia, Portugal y Estados Unidos, los brasileños prestaban poca atención a la literatura hispana, ya fuera de España o de los vecinos. La relativa excepción era Argentina, cuya prosperidad a principios del siglo xx causaba envidia a las élites brasileñas. El hecho de que Darío escribiese para La Nación desde 1889 contribuyó a que no pasara desapercibido en Brasil y que su llegada se registrase, brevemente, en la edición del diario Gazeta de Notícias del 18 de julio.

Desde que llegó, Darío buscó ponerse en contacto con la élite intelectual de Brasil. Fue invitado a un almuerzo que el ministro de Rusia en Brasil, el conde Maurice Prozor, ofreció en homenaje a la actriz francesa Suzanne Desprès y a su marido, el también actor y director de teatro, Aurélien-Marie Lugné, conocido como Lugné-Poe, que estaban de paso por Río de Janeiro con destino a Buenos Aires.9 También asistió el periodista uruguayo Samuel Blixen, que había llegado como miembro de la delegación de su país a la Conferencia, y un gran grupo de intelectuales locales, entre ellos el mayor nombre de las letras brasileñas de todos los tiempos: Joaquim Maria Machado de Assis. El escritor venía acompañado de José Veríssimo, crítico literario y uno de los idealizadores de la Academia Brasileña de Letras; Tobias Monteiro, periodista influyente; y dos intelectuales-diplomáticos: Domício da Gama, hombre de confianza y jefe de Gabinete del ministro de las Relaciones Exteriores, el barón de Río Branco, y Graça Aranha, quien ya había conocido a Darío, pues estuvo en la llegada del Thames para recibir a su amigo Joaquim Nabuco. Además de conocer a Machado de Assis y dar seguimiento al contacto con Graça Aranha —de quien se volvería amigo—, en aquella velada Rubén acabó cautivado por otra invitada, la hija del conde de Prozor, Greta, que aún no cumplía 21 años.

En la crónica para el diario La Nación en la cual describió ese encuentro, Darío comparó el estado de la literatura brasileña con la hispanoamericana, de modo favorable a la primera:

Y tengo ante todo que daros una noticia, que, pese a nuestro orgullo hispanoamericano, es de la más absoluta verdad: el Brasil tiene una literatura; nosotros no la tenemos. Lo que en Brasil es un hecho, entre nosotros son tentativas. […] ¿Quién podrá negar que Buenos Aires es más civilizado que Río de Janeiro? ¿Y quién podrá negar que Río de Janeiro es más culto que Buenos Aires?10

En aquellos inicios del siglo xx, en términos económicos y sociales, Brasil estaba claramente en desventaja con respecto a Argentina. El país dejó de ser una monarquía en 1889, hacía menos de dos décadas, y la esclavitud solo había sido abolida un año antes, en 1888. Sin embargo, el carácter aristocrático de la pequeña élite heredada de las casi siete décadas del régimen monárquico era del agrado de Darío, que entendía que esa supuesta superioridad literaria era producto directo de la tradición cultural desarrollada en las décadas del Imperio, en especial con el último emperador, don Pedro II, quien reinó durante casi 50 años.11

Darío retribuyó la invitación del conde de Prozor con una cena en el Hotel da Vista Alegre, donde, además del ministro de Rusia y —naturalmente— su encantadora hija Greta, estuvieron presentes los poetas Guillermo Valencia, José Froylán Turcios y Juan Ramón Molina, secretarios de las delegaciones de sus países.

Por su posición secundaria en las respectivas delegaciones y por sus afinidades intelectuales, los secretarios formaban un grupo aparte y convivían intensamente entre sí. Los interlocutores frecuentes de Darío en la capital brasileña, además de Molina y Turcios, fueron Román Mayorga Rivas y Gonzalo de Quesada, a los cuales también se juntaban Greta Prozor, Graça Aranha y Elysio de Carvalho. Este último, uno de los pocos brasileños que ya conocía los libros de Darío antes de su visita a Río de Janeiro, se volvió un gran impulsor de la obra del poeta nicaragüense entre sus compatriotas.

Es conocido el veredicto de Rubén Darío sobre la precedencia intelectual de los diplomáticos de aquella Conferencia en que “los secretarios éramos los gigantes y los ministros pigmeos”.12 Turcios llegó a decir que aquel pequeño grupo de diplomáticos de menor rango, cuya cohesión él describe, ganó el apodo de “Ateneo hermético”:

En las grandes fiestas del Palacio Catete —residencia del presidente de la República—; en la regia morada del ministro de Relaciones Exteriores, barón de Río Branco; en los múltiples banquetes y paseos con que obsequió a los representantes de las Américas la alta sociedad de Río, y en las recepciones de las embajadas, los escritores y poetas formábamos un grupo de élite mental, del que tácitamente quedaba excluido todo otro elemento por valioso que fuera.13

Mientras el USS Charleston pasaba por Recife en dirección a Río de Janeiro, la III Conferencia Panamericana fue inaugurada con gran pompa. A las dos de la tarde del día 23 de julio, el cardenal Joaquim Arcoverde reunió a todos los delegados del encuentro para un Te Deum en la iglesia matriz de la Candelaria. Arcoverde había sido en 1905 el primer sacerdote elevado a la dignidad de cardenal en América Latina, después de una concurrida competencia entre los representantes brasileño, argentino, chileno y mexicano en los pasillos del Vaticano.

A las cuatro de la tarde, todas las delegaciones fueron recibidas por el presidente Rodrigues Alves en el Palacio do Catete, sede del gobierno brasileño. A las ocho de la noche, en el Palacio São Luís, construido especialmente para el evento, tuvo lugar la apertura solemne con discursos del canciller brasileño, el barón do Río Branco, y del expresidente de Costa Rica, Ascensión Esquivel, en nombre de las delegaciones extranjeras.

Al día siguiente comenzaron los trabajos con la elección de Joaquim Nabuco como presidente de la Conferencia y con las providencias de organización de los actos. Se dividieron los temas a ser tratados por tres comisiones principales, para las cuales todas las delegaciones designaron a un delegado. Se formaron otras comisiones, de temas específicos, con apenas algunas delegaciones. En la medida en que los trabajos de las comisiones podían ser concomitantes, lo normal hubiera sido que se nombraran diferentes representantes de la misma delegación para cada comisión, con excepción de las delegaciones de un único miembro. No fue el caso de Nicaragua. Luis Felipe Corea apareció como titular de las tres comisiones.

No había cómo ocultar el desprestigio de Rubén Darío con aquel gesto de falta de aprecio o de confianza que le hacía Corea. Debió ser un golpe durísimo a la autoestima del poeta. El revés habrá sido somatizado por Darío y contribuido para los excesos alcohólicos que acabarían por hacerlo enfermar al punto de abandonar Río de Janeiro de forma prematura. El entusiasmo inicial, reflejado en las contribuciones a La Nación, desapareció. Las dos crónicas vibrantes que escribió en julio para el diario argentino,

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