El día que mis padres desaparecieron

Sara Recabarren
Luis Recabarren Mena

Fragmento

Prólogo

Prólogo

En una ciudad donde los Andes se erigen como guardianes en el este y las colinas y valles de la cordillera de la Costa vigilan desde el poniente, mis padres fueron arrancados de mi lado por los agentes del régimen militar cuando yo tenía dos años y medio.

Me han dicho que reaccioné con síntomas físicos y dejé de hablar luego de que fueron arrestados y desaparecieron. Cuando eventualmente me volvió la voz, cada momento de mi vida estuvo marcado por su ausencia. Creciendo en Chile durante finales de los setenta y principios de los ochenta, soñaba cada día con el regreso de mis padres. Tenía la ingenuidad de un niño, pero también enfrentaba de manera prematura los aspectos más oscuros de la sociedad.

En el barrio obrero Estación Central, donde crecí, muchos eran conscientes de los crímenes contra los derechos humanos cometidos por la dictadura. Gran parte de la población también sufría por una economía que solo empeoraba. Nosotros, los niños, participábamos en manifestaciones contra el régimen y crecíamos entre el olor a goma quemada y gas lacrimógeno.

Más tarde, cuando recibí una beca y comencé a estudiar en un colegio frecuentado por hijos de la clase alta, en el colegio Patrocinio San José, descubrí que el estado de guerra en que vivía el país nunca había llegado a los oídos de mis compañeros de estudios. En mi nueva realidad, los pasillos resonaban con risas y sueños de futuro. Aprendí a jugar un rol diferente y a inventar historias sobre lo que mis padres y yo hacíamos durante los días libres. Temía que más miembros de mi familia corrieran peligro si se conocía la verdad sobre su desaparición. Aunque aprendí a callar y a ocultar mi dolor y mi ira, siempre estaban presentes.

Los adultos a mi alrededor manejaban el dolor y el luto de diferentes maneras. Algunos buscaban el silencio y la soledad, otros encontraban consuelo en la vida en comunidad, en la cooperación. Además de lidiar con su propio dolor, también tenían que cuidar de mí, un niño traumatizado.

Ocho años después de la tragedia, mi abuela Ernestina Mena Alvarado me llevó a Suecia, con la esperanza de que la distancia sanara mis heridas. Tuve que despedirme del largo país que había sido mi casa. Los desiertos secos de Chile en el norte y los fiordos helados en el sur ahora eran un lugar lejano, y yo tenía un nuevo hogar en otro continente.

A medida que Chile cambiaba y pasaba por un proceso de democratización, yo también cambiaba. Pasé de ser un niño huérfano en una dictadura a ser un adolescente en el exilio. Era un joven sin sentido de pertenencia en un país democrático en el norte de Europa. Aprendí un nuevo idioma y navegué por mi nuevo país, donde el verano muestra su belleza con bosques verdes y días y noches eternas de luz, y el invierno, además de oscuro, se caracteriza por un manto blanco de nieve que todo lo cubre. En Suecia intenté encajar entre pares que no comprendían las heridas que deja una dictadura sedienta de sangre.

Al mudarme a Suecia en 1984, me separé de mi abuela Ana González de Recabarren. Nosotros, que habíamos compartido risas y dolor durante mi crecimiento, éramos separados por el océano. Yo seguiría adelante con mi vida mientras ella se quedaría y continuaría buscando respuestas sobre lo que les sucedió a su esposo, a sus dos hijos y a su nuera embarazada después de que fueran detenidos por las fuerzas de seguridad y desaparecieran.

Hasta que la abuela Ana falleció, en 2018, fue una de las voces más destacadas de la defensa de los derechos humanos en Chile y su lucha por la justicia y por iluminar los crímenes cometidos durante la dictadura perdura hasta hoy.

Ha pasado más de medio siglo desde el golpe militar en Chile, un golpe liderado por Augusto Pinochet que derrocó al presidente democráticamente elegido, Salvador Allende. Decenas de miles de activistas políticos y sindicales fueron perseguidos, torturados, ejecutados o desaparecieron sin dejar rastro, como mis padres. Esto, a su vez, llevó a que miles de chilenos huyeran del país como nosotros. Al escribir este libro, pienso en la abuela Ana, la abuela Ernestina, el abuelo Ismael y todos los padres y madres que murieron sin obtener respuestas sobre el paradero de sus hijos. También pienso en todos los hijos de los desaparecidos, que, como yo, tuvieron que crecer sin sus padres.

Este libro es mi testimonio: una historia sobre una infancia a la sombra de la pérdida.

Terapia

Estocolmo, 2011

Las escaleras mecánicas emiten un sonido rítmico que se siente casi hipnótico. Es un día helado, la nieve afuera se ha asentado como una manta sobre Estocolmo, y siento cómo el frío penetra mi ropa mientras ingreso al Centro de Crisis y Trauma, administrado por la Cruz Roja, donde se trata el trauma de guerra.

Me quito la nieve de los zapatos antes de entrar. La recepción es tranquila y acogedora, con una iluminación suave. Diez minutos más tarde, me guían a una sala de conversación. Está un piso más arriba en este edificio blanco, casi aséptico.

La psicóloga que se sienta frente a mí tiene el cabello largo, castaño oscuro. Algunas canas permiten adivinar su edad. Supongo que tiene entre cincuenta y sesenta años. Sus ojos son amables y profesionales. Se sienta erguida y atenta en un sillón frente a mí.

—¿Por qué estás aquí? —pregunta con voz neutra.

Miro a mi alrededor antes de responder. A mi derecha hay un escritorio y, detrás de mí, caballetes y lienzos dispuestos como en un estudio de arte. Antes de venir aquí, había decidido compartirlo todo para demostrarme que podía hablar de ello. Pero ahora que ha llegado el momento, de repente parece abrumador.

—¿Hay algún día específico de tu vida del que quieras hablar? —insiste, levantando las cejas.

—Quiero hablar del 29 de abril de 1976 —respondo.

—Adelante —dice la psicóloga con un ligero acento que revela su origen israelí.

Inhalo profundo para organizar mis pensamientos. Cierro los ojos y regreso a ese momento crucial en mi vida cuando todo cambió.

Estoy en el regazo de mi madre, Nalvia. Mi padre, Luis Emilio, y mi tío Mañungo también están con nosotros. Hemos viajado desde La Moneda en el centro de la ciudad hasta el Paradero 16 de Santa Rosa, donde vivimos en una casa con mi abuela Ana y mi abuelo Manuel.

Me han contado esta historia muchas veces. Como solo tengo dos años y medio en ese momento, no tengo mis propios recuerdos del evento. Sin embargo, de tanto escucharlo y pensarlo, puedo visualizarlo como si fuera un recuerdo. Me imagino que mi padre y mi tío están cansados después de un largo día de trabajo en la imprenta. Mi madre, que ha cuidado de mí todo el día y está embarazada de tres meses y medio, también está cansada. Tal vez hablan sobre qué cenarán. Es otoño en Santiago y la temperatura ha bajado por la noche. En las veredas, la gente camina a casa con sus chaquetas de media estación. Algunos miran al cielo, preguntándose si va a llover.

No somos los únicos que bajamos de la micro esa noche de jueves. Existen testimonios de testigos sobre el arresto. Estamos a punto de cruzar la calle cuando hombres de civil con ametralladoras nos detienen. Uno de ellos nos ordena subir a un vehículo con ventanas polarizadas estacionado cerca del paradero. Cuando mi madre se niega, uno de los hombres la golpea en el estómago con la culata de su rifle. Ella cae al suelo y pierde la conciencia. Mientras cae, uno de los hombres logra arrancarme

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos