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Miguel Enríquez (Reedición)

Mario Amorós

Fragmento

PRESENTACIÓN

Presentación

Yo pisaré las calles nuevamente

de lo que fue Santiago ensangrentada,

y en una hermosa plaza liberada

me detendré a llorar por los ausentes.

Yo vendré del desierto calcinante

y saldré de los bosques y los lagos,

y evocaré en un cerro de Santiago

a mis hermanos que murieron antes.

Pablo Milanés, 5 de octubre de 1974

«Yo pisaré las calles nuevamente»

Canción dedicada a Miguel Enríquez

Se cumplen cincuenta años de la muerte de Miguel Enríquez Espinosa en el combate desigual de la calle Santa Fe. Aquel 5 de octubre de 1974, el secretario general del MIR cayó acribillado por las balas de la DINA. Moría un muchacho de treinta años, un joven que abandonó su vocación de médico para consagrar su vida a la utopía revolucionaria. Derramaba su sangre sobre la tierra chilena el hijo de don Edgardo y doña Raquel. Nacía también el mito de Miguel Enríquez, el combatiente que simbolizó el valor de la resistencia en el momento más pavoroso de la represión contra su partido.

Esta biografía, aparecida en 2014, reescrita ahora, diez años después, y actualizada documentalmente, recorre su trayectoria política y personal a través de los testimonios de dieciocho personas entrevistadas, la documentación generada por el MIR, sus discursos y sus entrevistas de prensa, una amplia bibliografía y también el sumario de la investigación judicial que el magistrado Mario Carroza instruyó a partir de 2012, en la que declararon tanto los dos supervivientes (Carmen Castillo y Humberto Sotomayor) como los principales agentes de la DINA involucrados en el combate de Santa Fe 725. El 3 de enero de 2018, Carroza condenó a Miguel Krassnoffa diez años y un día de prisión como autor de su homicidio y, como cómplices, a Teresa Osorio y Rodolfo Concha a tres años y un día. El 7 de mayo de 2019, la Séptima Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago confirmó esta sentencia por unanimidad y elevó en dos años las condenas a Osorio y Concha, tras modificar su participación penal de cómplices a autores. Finalmente, el 9 de mayo de 2022 la Corte Suprema ratificó este fallo.1

Recorremos, así, su infancia en Concepción, su época escolar, las primeras amistades, los años en la universidad, su participación en la fundación del MIR en agosto de 1965, su elección como secretario general el 8 de diciembre de 1967, su labor, junto con sus compañeros, para transformar un pequeño partido en un movimiento político y social que fue parte del proyecto de construcción del socialismo entre 1970 y 1973 y que, después de la derrota cruenta del 11 de septiembre, intentó unir a las fuerzas democráticas y al pueblo en la resistencia contra la dictadura militar y civil encabezada por el general Augusto Pinochet.

Empecé a sumergirme en la historia política de Chile, atraído por la figura de Salvador Allende, a través de las páginas de la revista Punto Final en el otoño europeo de 1996, en la biblioteca de la Fundación CIDOB de Barcelona, heredera de la asociación Agermanament. En sus columnas, leyendo a Manuel Cabieses, Augusto Olivares, Mario Díaz, Augusto Carmona o Lucía Sepúlveda Ruiz, descubrí al MIR y a Miguel Enríquez. Decidí dedicar mi tesis doctoral a un militante mirista, Antonio Llidó, valenciano como yo, secuestrado por la DINA el 1 de octubre de 1974, el único sacerdote que está detenido desaparecido.2 La defensa de la tesis en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona, el 18 de noviembre de 2005, se transformó en un acto de memoria rojinegra cuando veteranos luchadores llegados desde Tours y Madrid interrumpieron la liturgia académica para reivindicar la acción revolucionaria de su partido.

También me aproximé a la historia y a la memoria del MIR en mi libro Después de la lluvia. Chile, la memoria herida (Cuarto Propio, 2004) a través de los testimonios de Erika Hennings, Carmen Castillo o Gabriela Wenger; de hijos de sus militantes, como Natalia Chanfreau Hennings, Dago Pérez Videla o José Miguel Cortez Wenger; y de sus madres, como doña Otilia Vargas (mamá de Dagoberto, Carlos Freddy, Aldo, Iván y Mireya Pérez), doña Baldramina Flores (mamá de Humberto Lizardi), doña Luisa Joo (mamá de Manuel Cortez) o doña Inelia Hermosilla (mamá de Héctor Garay). En mi archivo conservo más de medio centenar de testimonios de personas vinculadas al MIR.

El lanzamiento de la primera edición de esta biografía de su secretario general tuvo lugar el 2 de octubre de 2014 en un marco incomparable, el Salón de Honor de la Casa Central de la Universidad de Chile, que aquella tarde inolvidable albergó a más de seiscientas personas. Acompañados por el rector Ennio Vivaldi y la vicerrectora Faride Zerán, el periodista Sergio Campos moderó un acto muy emotivo en el que también intervinimos Marco Enríquez-Ominami, Andrés Pascal Allende, el entonces diputado Gabriel Boric y quien escribe estas líneas. Por primera vez, una de las instituciones más importantes de la República acogía un acto en memoria de Miguel Enríquez.

Una década después, vuelvo a dejar constancia de mi agradecimiento a quienes entonces me ayudaron en la preparación de este libro, en primer lugar, a Marco Enríquez-Ominami e Inés Enríquez. También a Andrés Pascal Allende, Carlos Ominami, Pedro Abarca, Wilson Cid, Boris Hau, Manuela Gumucio, Amy Conger (ya fallecida), Manuel Cabieses, Ana Pizarro y, en La Habana, José Antonio Buergo, así como a todas las personas que me entregaron su testimonio.

A medio siglo de su asesinato, el nombre de Miguel Enríquez, como escribiera el poeta Gonzalo Rojas en su bellísimo poema, quedó cifrado en octubre, grabado en las estrellas. En opinión de la periodista Lucía Sepúlveda Ruiz, es uno de «los grandes de la historia patria, al lado de Salvador Allende», y destaca, además, que importantes sectores de las nuevas generaciones de estudiantes y luchadores sociales comparten esta mirada, impregnada de los valores y los principios del MIR, de esa cultura mirista que aún late en el Chile actual.

«Porque Miguel rompió los esquemas imperantes en la izquierda chilena de su tiempo a partir de una lectura crítica y audaz del marxismo y de la realidad», prosigue. «Fue un intelectual y polemista brillante. Su ejemplo y su consecuencia marcaron al partido que contribuyó a fundar y del que fue su más destacado conductor y constructor, logrando que el MIR incorporara en sus filas a los más pobres del campo y la ciudad, pero también que permeara con su discurso y su práctica a sectores importantes de intelectuales, cristianos y capas medias de la sociedad. Fue capaz de hacer un análisis político, plantear una propuesta revolucionaria y encarnarla de forma absolutamente consecuente, no exenta de errores, por supuesto, porque era un ser humano. Su consecuencia es un valor y un legado ético y político importantísimo: vivir como dices que hay que vivir».

Capítulo I

UNA INFANCIA MARAVILLOSA

Miguel Enríquez nació en Talcahuano en 1944, en el seno de una familia de clase media ilustrada. Su infancia y su adolescencia transcurrieron en un hogar cálido, con acceso a una excelente preparación académica e intelectual y a una cultura amplia. Su padre, Edgardo Enríquez Frödden (Concepción, 1912-Santiago, 1996), médico de la Armada durante tres décadas y distinguido profesor de Medicina en la Universidad de Concepción, y su madre, Raquel Espinosa Townsend (Temuco, 1915-Santiago, 2003), egresada en Leyes, brindaron a sus cuatro hijos todas las herramientas para que pudieran elegir libremente sus propias opciones conforme se aproximaran a la madurez.

Miguel Enríquez se educó en un colegio inglés de Concepción, donde la familia se instaló en 1946, y posteriormente en el emblemático liceo Enrique Molina Garmendia, donde trabó amistad con un muchacho que fue para él como otro hermano: Bautista van Schouwen. Fue un buen estudiante, con interés por una variada relación de materias, desde la biología hasta la historia. Su conciencia política se fue formando a partir de un vasto repertorio de lecturas, del descubrimiento de la dura realidad de las grandes mayorías y de la influencia de su hermano mayor, Marco, quien ya en la campaña electoral de 1958 lo llevó a las masivas concentraciones de Salvador Allende, candidato presidencial de la izquierda. Allí debió sentirse, por primera vez, parte del movimiento popular que aspiraba a cambiar la Historia. Meses después, en Cuba, los insurgentes de Sierra Maestra demostraron que era posible.

Talcahuano, 1944

Desde enero de 1938, Edgardo Enríquez trabajaba en el Servicio de Sanidad Naval en el puerto de Talcahuano, a unos quince kilómetros de Concepción; inaugurado en 1929, este hospital de la Armada contaba entonces con ciento veinte camas. Especialista en Anatomía, pertenecía a una destacada familia penquista con ancestros españoles por vía paterna y daneses por la materna. Su padre, el abogado Marco Antonio Enríquez, fue un destacado prohombre liberal en la región, balmacedista de corazón. Su tío Carlos Frödden Lorenzen, capitán de fragata de la Armada, fue ministro de Guerra y Marina y después de Interior durante la dictadura del coronel Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931).1 El 21 de enero de 1939 contrajo matrimonio con Raquel Espinosa, con quien pololeaba desde que se conocieron, en 1932, en el baile anual de los estudiantes de Medicina.2

De todos los regalos que recibieron en su enlace, el que más apreciaron fue un reloj obsequiado por el personal del hospital naval que, desde que en 1946 se instalaron en la casa de la avenida Roosevelt de Concepción, presidió la chimenea del living y fue testigo de la vida familiar. En los años ochenta, en el exilio en México, don Edgardo aún se conmovía al evocar aquellos años: «Durante los largos días de invierno la chimenea pasaba prendida; en el tocadiscos o la radio se escuchaba música selecta, los adultos conversábamos o leíamos y yo preparaba mis clases. Los niños, tendidos boca abajo en la alfombra, leían o hacían sus tareas o conversaban entre ellos. Reinaba un ambiente de paz y de armonía. Personas que llegaban y veían este espectáculo que reflejaba lo que era nuestra vida familiar no podían dejar de celebrarlo».3

El 16 de noviembre de 1939 nació el primero de sus cuatro hijos en una clínica de Concepción y le pusieron el nombre del abuelo paterno: Marco Antonio; dos años después, el 15 de diciembre de 1941, llegó Edgardo. En mayo de 1943 la familia se trasladó en arriendo a la casa 120 del Apostadero Naval de Talcahuano, donde nacieron Miguel Humberto, el 27 de marzo de 1944 (en un parto muy complicado), e Inés, el 3 de julio de 1945. Los cuatro fueron bautizados por el rito católico.

En abril de 1946, cuando Miguel Enríquez justo acababa de cumplir dos años y su hermana apenas empezaba a dar sus primeros pasos, la familia se trasladó al que sería su hogar hasta 1973. Como profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, don Edgardo pudo adquirir una de las cuarenta y nueve casas construidas por la Caja de Empleados Públicos y Periodistas en pleno Barrio Universitario, en el número 1674 de la avenida Roosevelt, a un kilómetro de la Plaza de Armas y a solo cuatro cuadras del Instituto de Anatomía, donde impartía sus clases.

Por supuesto, no faltaron las señoras de la base naval que en las reuniones sociales reprocharon a doña Raquel que se trasladaran a una población de rotos y no aguardaran a tener más antigüedad en la Armada para poder comprar una en Viña del Mar. «Invariablemente les respondíamos: somos de Concepción y no nos gusta Viña del Mar», escribió don Edgardo. «Concepción está rodeada de industrias, de minas, tiene una universidad. Va a ser la región industrial de Chile y un importantísimo centro cultural. Además, no tiene casino, como Viña del Mar, donde la juventud va a jugar a los naipes y a la ruleta. Existe mejor ambiente para formar y educar una familia. Y mi porvenir está en la universidad, que queda al lado de la casa que acabamos de comprar».4

Aquella vivienda unifamiliar de dos plantas tenía cuatro dormitorios, por lo que inicialmente Edgardo y Miguel compartieron uno de ellos, dos baños «y medio», el living, una cocina amplia, una pieza para la empleada doméstica (Celfia Romero) con su propio aseo y un gran patio, en el que construyeron una bodega para guardar la leña, el carbón y útiles diversos. El terreno ocupaba unos cuatrocientos metros cuadrados y la superficie edificada era de ciento sesenta. La separación con las propiedades contiguas era una simple corrida de arbustos y con el tiempo levantaron tapias divisorias, una pieza con baño al fondo del patio para Miguel y plantaron un parrón y árboles frutales. Incluso tuvieron un gallinero y varios perros; uno de los más queridos para aquellos niños se llamaba Gurkha.

Inés Enríquez es la única de los cuatro hermanos que vive, puesto que Marco falleció en Francia en octubre de 2005. Desde México, evoca aquellos años: «Fuimos niños felices, vivíamos en una casa grande con patio, perros, con juguetes y juegos múltiples. Mis padres se dedicaban por entero a nosotros. Teníamos una nana que estaba encargada de nuestro cuidado y era una mujer adorable, iletrada, inteligente. Miguel y yo éramos sus preferidos».5

Su padre registró que los primeros años de Miguel Enríquez transcurrieron sin más sobresaltos que las correspondientes enfermedades, como el sarampión o la varicela, que sorteó sin mayores complicaciones.6 Era un niño «sumamente despierto, inteligente, alegre, juguetón y bromista».7

Cuando Marco creció y se entregó a la lectura, Miguel se convirtió en el compañero de juegos de Edgardo, de preferencia en el patio cuando el clima del sur lo permitía. Allí pasaban horas y horas, «a veces observando a los pajaritos que hacían sus nidos en los árboles, otras a las hormigas cuando el agua de riego inundaba su hormiguero». No pocas veces también el hermano mediano asistía divertido a los arrebatos y rabietas del menor. «Un día que íbamos por la calle —relató su padre—, Miguel se adelantó indignado, no me acuerdo por qué razón, motivos nunca le faltaban. Se me acercó Edgardo y me dijo: “Padre ¿es el mismo enojo de antes o este es nuevo?”. Se entendían muy bien».8

En 1952, don Edgardo fue designado director del hospital naval de Talcahuano, con el grado de capitán de navío en Sanidad, ocupación que compatibilizó con la enseñanza en la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción hasta que renunció a la Armada tras ser elegido rector en diciembre de 1968, en el tiempo de la reforma universitaria. Además, entre 1949 y 1967 presidió el Consejo Regional del Colegio Médico y fue un destacado miembro de la masonería, una institución muy relevante entre los prohombres de la nación. Sin duda alguna, su figura («un hombre muy recto, muy sencillo, meticuloso, muy austero, capaz de escribir una autobiografía que supera las mil quinientas páginas», describe su nieto Marco Enríquez-Ominami) moldeó la personalidad de sus hijos.

También doña Raquel, una dueña de casa bondadosa, simpática, generosa, inculcó a sus hijos los valores más nobles. Cuando falleció, el 3 de abril de 2003, la Red Charquicán, que vincula a miristas repartidos por todo el planeta, recogió decenas de mensajes de reconocimiento. Uno de ellos resumió a la perfección el sentimiento colectivo: «Gracias, Raquel, por los hijos que nos diste, por tu fuerza y tu alegría, por mantenerte siempre al lado de nuestro pueblo venciendo el dolor y el miedo que a otros paraliza. Eres quizás la parte más invisible de una familia que dio frutos generosos que seguirán germinando en nuestro recuerdo, el de nuestros hijos y las nuevas generaciones».9

Saint John’s School

En la enseñanza básica, que en aquel tiempo se prolongaba a lo largo de seis años, don Edgardo y doña Raquel inscribieron a sus cuatro hijos en un colegio privado inglés, el Saint John’s School, fundado en la calle Pedro de Valdivia de Concepción en 1942 con el apoyo del Gobierno británico. «Era un centro nada barato, no sé cómo mis padres podían pagar la colegiatura de los cuatro. Allí todos aprendimos inglés», recuerda Inés. La rutina empezaba con el desplazamiento matinal en autobús y concluía con las clases vespertinas, tras el almuerzo en la misma institución escolar.10

Miguel Enríquez ingresó en marzo de 1949. Desde hacía dos años su rector era George Knight, quien pronto le llamó Smiling porque le tenía «particular simpatía y afecto», según recordaba don Edgardo. A menudo, incluso, lo invitaba a almorzar a su lado porque le agradaba conversar con él, aunque no solo por ese motivo... «Es tan desordenado y bromista que molesta a todos, por eso lo traigo aquí y lo siento en mi mesa», le explicó Knight. Al niño no le importaba compartir asiento con el director del colegio, más bien al contrario. «Me gusta oírlo, me gusta verlo, me gusta cómo trata a su señora, que es muy hermosa, muy agradable... Además, tengo otra ventaja estando en la mesa del director: ¡me puedo repetir el postre!».

Parte de la cotidianeidad al regresar a casa por la tarde era el infaltable vaso de leche caliente, costumbre que doña Raquel y don Edgardo mantuvieron hasta que sus hijos llegaron a la universidad y años más tarde practicaron en el exilio con sus nietos.

Los pequeños de la familia tuvieron una relación especialmente afectuosa. «Él adoraba a Inés, su hermana menor», relató su padre. «Cuando llegaban del colegio inglés, siendo muy niños, mientras tomaban su leche caliente, conversaban como dos personas adultas. Se contaban los detalles diarios de las clases y principalmente lo ocurrido en las horas de recreo en los patios... Reían y cantaban felices de la vida. Nosotros con Raquel procurábamos no interrumpirlos. Los mirábamos de lejos y gozábamos emocionados de su sana alegría».11 Así lo evoca también su hija: «Siempre fuimos los mejores amigos, nunca peleábamos, hablábamos de todo. Nos regaloneábamos mutuamente. En el Saint John’s él me protegía si alguien me había ofendido o pegado, pero casi siempre me defendía sola y él llegaba a casa riéndose a contárselo a mis padres».

Uno de los mejores amigos de Miguel Enríquez en la infancia fue Eduardo Trucco, quien llegó al colegio Saint John’s en el último trimestre de 1952 tras regresar con su familia de Estados Unidos. «Fuimos amigos y compañeros de clase desde entonces y hasta 1956. Permanentemente iba a su casa y él llegaba a la mía. Hacíamos muchas actividades juntos fuera del colegio: a veces, un grupo de amigos íbamos a la Plaza de Armas a conversar, a compartir con las chiquillas. También salíamos con un perro muy lindo, muy inteligente que tenía, Gurkha, a recorrer los cerros vecinos a la universidad, una actividad que nos fascinaba». Cuando apenas tenían ocho años tejieron una amistad, que continuaría después en el liceo, cuya memoria Eduardo Trucco conserva: «Era una persona que tenía una riquísima y variadísima conversación. El diálogo entre ambos llegaba hasta los detalles más íntimos, nos conocimos muy bien».12

Al igual que sus hermanos, hizo deporte durante su etapa estudiantil, pero sin sobresalir en ninguna especialidad. «Miguel era un buen deportista», relató su padre. «Le gustaba nadar y los ejercicios gimnásticos. Su naturaleza inquieta e impaciente congeniaba con los deportes, pero, eso sí, no era fanático».13 Tampoco solían participar en uno de los entretenimientos más populares de los niños de la época, las pichangas, los partidos de fútbol espontáneos descritos magistralmente por el periodista Eugenio Lira Massi, quien creció en la comuna santiaguina de Independencia.14 «No practicábamos deportes exactamente. En el colegio teníamos la asignatura de gimnasia y hacíamos algo de atletismo», explica Inés Enríquez. «En los veranos íbamos a un campo en Chillán, donde montábamos a caballo, nadábamos, jugábamos a las cartas con los hijos de los dueños de casa. Lo pasábamos de maravilla. De muy niña, me gustaban las muñecas, a mis hermanos los soldados, las pistolas de juguete, pero yo también jugaba a esas cosas con ellos. Nos gustaban los dulces, las papas fritas, los bistecs, pero no el bacalao ni las algas. Había demasiada comida en mi casa: tres platos más el postre».

La conversación sobre los acontecimientos de la política nacional e internacional era habitual en esta familia, tanto por el interés de los padres como por el aprendizaje apasionado de sus hijos y las personalidades que solían visitar la casa. Además, tenían un vínculo muy estrecho con el Partido Radical (PR), al que don Edgardo y doña Raquel adhirieron en la alborada del Frente Popular. «Soy radical desde 1936, cuando era estudiante. Me hice radical en los tiempos en que el partido era de avanzada. Después se fue quedando atrás...», explicó en 1991.15

De hecho, los Enríquez fueron parte de la aristocracia del radicalismo durante tres décadas. Don Edgardo no ocupó ningún puesto de representación política hasta que Salvador Allende lo designó ministro de Educación el 5 de julio de 1973, pero su hermano Humberto, abogado, profesor y decano de Derecho en la Universidad de Concepción, fue ministro de Educación en 1946, diputado entre 1949 y 1961 y senador desde entonces hasta 1969, además de presidente nacional del PR entre 1965 y 1967.

Del mismo modo, su hermana Inés, también abogada, tuvo una prolongada presencia en la política nacional desde que en 1951 fuera designada como primera intendenta del país, precisamente en Concepción, y también aquel año se convirtió en la primera diputada al ganar una elección complementaria. Al igual que Humberto Enríquez, fue miembro del Congreso Nacional hasta 1969, año en que ambos adscribieron a la tendencia conservadora del partido, que formó Democracia Radical, y que sería parte de la oposición al gobierno de Salvador Allende. Por su parte, su hermano René, ingeniero agrónomo, fue subsecretario de Agricultura en 1946 con el presidente González Videla, mientras que Hugo Enríquez Frödden desarrolló su carrera en el ámbito exclusivo de su profesión, la medicina, y llegó a ser director de los hospitales de Ovalle, Concepción y del Barros Luco y José Joaquín Aguirre en Santiago.

En el hogar de la familia Enríquez Espinosa la política siempre estuvo presente, más aún en un país donde las larguísimas campañas presidenciales se vivían de manera apasionada. En 1952, cuando Miguel tenía ocho años, Chile vivió una singular batalla electoral. Agotado el radicalismo después de la traición de González Videla a su aliado comunista, debilitada la izquierda a consecuencia de la proscripción legal y represión del PC y las divisiones que sacudían las filas socialistas, la candidatura populista de Carlos Ibáñez del Campo concitó un gran apoyo social y sacudió el sistema político. La izquierda, agrupada por primera vez en torno a Salvador Allende en el Frente del Pueblo, representaba una opción testimonial y el electorado histórico del Partido Radical estaba desorientado. El partido de la familia Enríquez entraba de manera irreversible en su ocaso tras haber ocupado La Moneda ininterrumpidamente desde fines de 1938.

Poco antes de la elección del 4 de septiembre de 1952, el doctor Jorge Sanhueza Cruz, profesor de la Universidad de Concepción, visitó a don Edgardo en su domicilio. Conversaban en la sala cuando los niños de la casa y unos amigos suyos entraron a tomar la merienda. «La verdad es que esta vez no voy a votar por el candidato de la izquierda [en alusión a Pedro Enrique Alfonso, del Partido Radical]; la izquierda no ha hecho un buen gobierno, me ha defraudado», comentó Sanhueza. En ese momento Miguel Enríquez, que había vertido su cotidiana taza de leche en un plato para que se enfriara más rápido y la bebía de manera apresurada para retomar los juegos en el patio, le interrumpió desde sus ocho años y medio: «Usted habla de la izquierda chilena y dice que lo ha defraudado porque ha hecho un mal gobierno, pero ocurre que esa no es la izquierda, es una mala izquierda, no representa los verdaderos intereses del pueblo. Gabriel González Videla, por el contrario, ha traicionado a la izquierda abierta y cobardemente. Usted no puede votar por la derecha, lo que debe hacer es exigir una buena, una verdadera izquierda». Su interlocutor, el doctor Sanhueza, quedó «asombrado» ante tales reflexiones, registró don Edgardo.16 Quince años después se reencontrarían durante el internado de Miguel Enríquez como estudiante de Medicina...

El Bauchi, otro hermano

Marco, Edgardo, Miguel e Inés Enríquez cursaron sus estudios secundarios en los mejores establecimientos educacionales públicos de Concepción. Los tres muchachos ingresaron en el emblemático Liceo de Hombres nº 1, fundado en 1823, el tercero más antiguo del país después del Instituto Nacional y del Liceo de La Serena, donde también se habían educado ya otros Enríquez. Inés, por su parte, pasó al Liceo Experimental de Niñas al concluir la educación primaria en el Saint John’s.

En marzo de 1955, Miguel Enríquez ingresó en aquel impresionante edificio levantado en 1851 y se graduó en diciembre de 1960, seis meses después de que el devastador terremoto de Valdivia y Concepción lo dañara de manera irreparable y forzara su demolición. En 1959, los alumnos habían sido testigos de la ceremonia pública de cambio de nombre para rebautizarlo como liceo Enrique Molina Garmendia (su denominación actual), en honor de quien fuera su director entre 1915 y 1935 y también principal fundador de la Universidad de Concepción.

En sus aulas, junto con Luciano Cruz, Marcello Ferrada, Máximo Jara, Claudio Sepúlveda, Rodrigo Rojas (hijo del poeta Gonzalo Rojas) o Bautista van Schouwen, Miguel Enríquez formó un grupo de amistades que se caracterizó por una gran afinidad personal e intelectual y por una temprana vocación política. Singularmente estrecha fue su amistad con Van Schouwen, a quien afectuosamente llamaban el Bauchi, con quien compartió estudios desde el cuarto curso de Humanidades, en 1958, hasta aquel prodigioso año de 1968 en que egresaron al mismo tiempo como médicos. Y serían compañeros de aspiraciones, ideales y luchas políticas hasta el fin de sus días.

Bautista van Schouwen nació el 3 de abril de 1943 en un pequeño pueblo de la pampa salitrera, Peña Chica, donde su padre se desempeñaba como ingeniero químico.17 En 1952, la familia se instaló en Concepción ya que su progenitor empezó a trabajar en la factoría de la Compañía de Aceros del Pacífico, en Huachipato. «Miguel era muy sociable, pero muy enfocado a sus intereses: entender lo que pasaba en su país y en el mundo, conocer las relaciones de poder, discutir sobre política», evoca su hermana Inés. «Entonces, sus amigos eran personas que también compartían estas inquietudes y él con su carácter carismático los conducía a estos temas. Fue un buen alumno, aunque estudiaba los exámenes a última hora con Bautista y a veces pasaban raspando. Era muy inteligente, muy culto y leído siendo muy joven. Su pasatiempo era la lectura, luego quizás ir al cine. Bauchi y él eran como hermano

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