El presidente de todos los chilenos

CRISTOBAL GARCIA-HUIDOBRO

Fragmento

A modo de prólogo

A modo de prólogo

«Pedro Aguirre Cerda es el mejor presidente de Chile». Esta frase la he escuchado muchas veces e incluso visto en libros, artículos académicos y hasta en el insondable mundo de las redes sociales. La gran pregunta es: ¿Será cierto? Pues bien, la única encuesta en que se le ha preguntado a los chilenos quién ha sido el mejor presidente de su historia es una de IPSOS publicada el 1 de septiembre de 2010. En ella, Michelle Bachelet aparece en primer lugar con un aplastante 43 por ciento, seguida de lejos por Jorge Alessandri (8,5) y Ricardo Lagos (6,6). Pedro Aguirre Cerda solo aparece en el sexto lugar con un 3,5 por ciento, justo detrás de Augusto Pinochet.

Este estudio, que por lo demás ya tiene catorce años de antigüedad, no puede tomarse como base de nada serio. No obstante, hoy por hoy, da la sensación de que la percepción de la población hacia Don Tinto, como lo motejase la revista Topaze, ha variado en su favor, probablemente porque vivimos en una época en que lo cargos de Gobierno, en vez de ser ejercidos «se habitan», y en que los liderazgos políticos se deconstruyen, sin ser capaces de ejecutar una visión integradora que invite a todos los habitantes del país a ser parte de un proyecto político nacional. En definitiva, pareciera que recurrimos a la historia en busca de fortaleza e inspiración en tiempos de debilidad.

Quizás por esto hay una fascinación por quien fuera el segundo presidente proveniente de las filas del Partido Radical y el único que llegó a La Moneda apoyado por el Frente Popular, asumiendo el mando en la víspera de la Navidad de 1938.

La campaña presidencial de ese año fue dura. Aguirre Cerda parecía tener todo en contra. El candidato oficialista, Gustavo Ross Santa María, contaba no solo con el aval de la máquina eleccionaria del Gobierno de Arturo Alessandri, sino también con el respaldo de buena parte de la prensa y de las asociaciones gremiales patronales, como la Sofofa y la Sociedad Nacional de Agricultura. En cambio, los apoyos de Pedro Aguirre Cerda estaban en los sectores urbanos, en especial de la clase media y obrera, que nunca habían alcanzado la presidencia de la República. Por eso, el 25 de octubre de 1938, la sorpresa fue máxima cuando recién caída la noche de ese día, se anunciaba por la radio la victoria del candidato del Frente Popular.

En general, los recuentos que se hacen sobre la vida personal de Pedro Aguirre Cerda acrecientan su leyenda, ya que provendría de una familia de agricultores pobres de la zona de Aconcagua que habría estudiado, contando con escasos recursos, en la escuelita rural de Calle Larga y luego como interno en el Liceo de Hombres de San Felipe, para luego trasladarse a Santiago a cursar pedagogía en Castellano y Derecho en la Universidad de Chile. Era hijo de la pobreza y, a punta de esfuerzo, de la pobreza salió, para encumbrarse a la más alta magistratura del país y convertirse en el «presidente de los pobres».

El Gobierno de Aguirre Cerda intentó llevar a cabo un ambicioso plan de modernización económica e industrial; se preocupó en forma preferente de las necesidades y el bienestar de los trabajadores del país, quienes permanecían casi ajenos a las políticas públicas que no tuvieran un carácter asistencialista. Se crearon planes para proveer a los obreros y sus familias lugares de esparcimiento, confort y para la actividad física; se montaron agresivas campañas contra vicios como el alcoholismo, así como también planes de salubridad que cubrían aspectos como la vacunación masiva contra enfermedades, el combate a la desnutrición, así como la provisión de viviendas sanas que mejoraran sus condiciones vitales.

Por otro lado, durante su mandato, miles de refugiados republicanos que huían de la Guerra Civil Española, encontraron un hogar en Chile, lo que no estuvo exento de polémicas por la clara connotación política que había detrás del ofrecimiento, siendo buena parte de los refugiados militantes o simpatizantes de partidos políticos españoles afines a los del Frente Popular. Pero así como Chile se convirtió en el asilo contra la opresión para los europeos, también encontraron refugio en nuestro país miles de judíos que huían de la ola de antisemitismo que asolaba Europa a finales de la década de los treinta; y que al igual que en el caso de los españoles, su llegada también fue agriamente criticada, en especial luego de que se destapase un escándalo de corrupción entre mandos medios del ministerio de Relaciones Exteriores en connivencia con algunos cónsules inescrupulosos que se aprovecharon de la situación desesperada de los judíos que buscaban refugio de la persecusión nazi.

El Estado como herramienta de Gobierno creció de manera significativa durante la administración de Aguirre Cerda, adquiriendo una presencia casi omnímoda, que con el tiempo se haría fundamental en la vida de los chilenos. Esto se hacía sentir sobre todo por medio del control y planificación que ejercía sobre la economía y las actividades comerciales, de la provisión de servicios educacionales y de su injerencia en el sistema de previsión social. Además, para poder ejercer sus actividades, el Estado debió aumentar el aparato burocrático en forma sustancial.

Todo lo anterior llevó a que Pedro Aguirre Cerda haya sido tomado como una especie de santo y mártir del mundo progresista. Ayudó también a esto el hecho de que falleciera trágicamente de tuberculosis, el 25 de noviembre de 1941, a solo un mes de completar su tercer año de mandato, de los seis que establecía la Constitución de 1925.

Pero el problema de este relato es que es parcial y simplista. O al menos esa es la conclusión a la que llegué y que me ha llevado a escribir este libro. Movido por la desconfianza natural que debe sentir el historiador frente a los relatos canónicos, oficiales y asentados, hace ocho años empecé a recopilar, en forma desordenada y carente de todo método, libros y artículos sobre Pedro Aguirre Cerda. Ya con el pasar del tiempo, decidí darle forma a la investigación y me puse a buscar material en archivos, bibliotecas y museos. De más está decir que el uso de herramientas de internet también facilitó todo, sobre todo en materia de bases de datos de periódicos y revistas, así como el acceso a material digitalizado en el extranjero. Ya con una carpeta gigantesca en el computador, me puse a tirar líneas sobre el personaje, a estudiar su vida y sus pasiones, encontrando mucho más que el relato tradicional.

La leyenda sobre los orígenes pobres de Pedro Aguirre Cerda no es más que solo eso. No es que proviniera de una familia rica y poderosa, pero su padre tenía extensiones de tierra que permiten clasificarlo como un latifundista mediano. Durante su infancia hubo estrechez, en especial luego de la muerte de su progenitor, pero jamás pobreza. Su madre, Clarisa Cerda, se encargó de eso. Sus estudios los hizo donde podía, tomando en consideración el lugar donde vivía y que doña Clarisa quería tener a sus vástagos más pequeños cerca. Por eso, la partida de Pedro a San Felipe como interno del liceo fue un golpe para su madre, quien se encargaba de que los veintiún kilómetros que los separaban se hicieran humo los fines de semana, y cuando Pedro no podía volver a casa, este recibiese una enjundiosa encomienda con cosas ricas para comer.

Como estudiante universitario, sufrió las mismas pellejerías que cualquier otro que venía de provincia a estudiar a la capital, y para tener un mejor pasar, buscó trabajo como profesor, lo que además le entregó experiencias vitales valiosísimas que formaron sus ideas en torno a lo que era y debía ser la educación.

Por otro lado, Aguirre Cerda siempre se consideró como un hombre de izquierda y librepensador. Por eso encontró en el radicalismo su casa política, pero dentro del mismo se plegó a las posiciones más centristas del partido. Enrique Mac-Iver se convirtió entonces en su gurú político, y fue este el que lo impulsó a participar en su primera elección. Valentín Letelier fue otro de sus maestros, aunque más desde el punto de vista intelectual que político. Pedro Aguirre Cerda era un apasionado de la libertad pero para él, su ejercicio sin orden, carente de una fuerza organizadora que le diera dirección y propósito, era una anarquía. Por esto mismo se convenció de que el Estado debía tener una participación preponderante en la ordenación de la vida social, que entregase ciertos mínimos económicos y educacionales que sirvieran de base para el crecimiento autónomo de todos y cada uno de los miembros de la sociedad, pero no por esto la iniciativa privada para emprender y producir debía verse coartada.

Pero, ante todo, Pedro Aguirre Cerda era un nacionalista acérrimo y furibundo. En los dos libros que escribió —El problema agrario y El problema industrial—, así como en varios artículos para revistas, columnas de diario y en su correspondencia privada, es posible encontrar esta idea repetida una y otra vez. La exaltación de lo patrio, de los valores fundamentales con los cuales se ha construido la identidad chilena, era para él aquello que ideológicamente consolidaba al país. Ya lo decía en 1933: «Sin cooperación, solidaridad, fe en la ciencia y perseverancia, no resistiremos el empuje avasallador de las grandes naciones y pereceremos. Se requieren caracteres esforzados, luchadores, amantes de la ciencia aplicada, con fe en el porvenir, intrépidos, dinámicos e impregnados de un extremo nacionalismo». Por esto mismo, uno de sus proyectos más queridos fue la creación de la Secretaría para la Defensa de la Raza y aprovechamiento de las horas libres. Era una organización orientada a entregarle espacios de descanso, entretención y esparcimiento a las personas más pobres, que de otra forma no tendrían posibilidad de acceder a ellos. Pedro Aguirre Cerda consideraba que, mediante una buena educación, que propendiera a entregar los elementos fundamentales en la formación intelectual, acompañada de acendrados principios patrióticos, y que a la vez se generasen las condiciones para el relajo y entretención, no solo formaría a ciudadanos modelo, sino también se les alejaría de los vicios y de la subversión que, en su opinión, carcomían el tejido social.

Por este discurso, en forma crasa e irreflexiva, ha habido algunos autores que, por desidia o error, han acusado a Pedro Aguirre Cerda de ser simpatizante de las ideas del Tercer Reich y del fascismo italiano. Estas afirmaciones demuestran no solo un desconocimiento de la personalidad e ideas del personaje, sino que dejan al descubierto el escaso trabajo investigativo en cuanto a su archivo privado, así como de sus opiniones públicas. Mucho antes de que siquiera existiese el fascismo como ideología articulada, Aguirre Cerda ya defendía la necesidad de que el Estado educara a la población en torno a las humanidades, la ciencia y los valores nacionales. Antes de que siquiera el socialista renegado de Mussolini o el pintor frustrado que fue Hitler hubieran sido licenciados de sus respectivos ejércitos en la Primera Guerra Mundial, Pedro Aguirre Cerda ya había relevado la necesidad de alejar a los más pobres de los vicios, que se les diese educación, trabajo, oportunidades, y espacio para cultivar su salud y su físico. Así y solo así, pensaba Don Tinto, se podía evitar que los trabajadores y proletarios del país pudieran alejarse del «peligro que importa el seguir ciegamente a agitadores que menosprecian la preciosa vida de sus hermanos».

Criado políticamente al amparo del «parlamentarismo a la chilena», Pedro Aguirre Cerda defendió dicho régimen, incluso bien entrada la década de los treinta. Lo consideraba un sistema que podía mantener a raya los ímpetus autoritarios, y así se lo hizo ver en una larga columna reproducida por los diarios del país, a Arturo Alessandri en 1935, siendo don Pedro presidente del Partido Radical. Pero su núcleo doctrinal era, al fin y al cabo, liberal. Creía en la democracia representativa, en la expansión del sufragio —lo que debía estar acompañado de una mayor extensión de la educación— y de la ampliación de los derechos civiles y políticos, todo acompañado de una robusta política social que no los dejara solamente en el papel. Concebía así a la sociedad, como un todo orgánico, casi como un ser vivo, que, si no era desarrollado en forma integral, podía crecer con alguno de sus miembros atrofiado. Quizás por esto mismo sus ideas chocaron con las del Frente Popular, al que el Partido Radical no adscribió desde su fundación, y dentro del cual, Aguirre Cerda era considerado uno de los líderes de la facción antifrentista. Él prefería revivir la antigua Alianza Liberal, que había logrado llevar en andas a Arturo Alessandri a La Moneda en 1920, con el añadido del Partido Socialista, una colectividad política de principios tan nacionalistas en sus orígenes como el mismo don Pedro. No lo hacía sentir cómodo, ni a él ni a varios radicales, la presencia del Partido Comunista al interior del Frente Popular, en especial porque esta coalición respondía a los dictámenes de Moscú y del VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista, celebrado en 1935.

Demás está decir que los años de Pedro Aguirre Cerda al mando del país no fueron fáciles. Con un destructivo terremoto que asoló buena parte de la zona centro sur del país, llevando apenas un mes en el poder; sumado a dos intentonas golpistas ese mismo año y a los embates económicos sufridos por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el desafío era mayúsculo. No ayudó tampoco que la oposición en el Congreso Nacional, liderada por los partidos Liberal y Conservador, utilizara cuanta medida consideraba necesaria para ralentizar y hasta obstruir la marcha del Gobierno. Mención aparte merecen las disputas al interior del Frente Popular, sobre todo entre comunistas y socialistas, que amenazaban con desestabilizar al Gobierno, y la conducta de los radicales, que durante buena parte del mandato de quien fuera su abanderado, actuaron casi como si fuera un presidente de la oposición. Aun así, pese a todo, el Gobierno de Pedro Aguirre Cerda fue realizador. Los programas de acción inmediata de la Corfo lograron cumplir con varias de las metas autoimpuestas por don Pedro. Solo la muerte, no la política ni la guerra, lograron truncar sus esfuerzos.

¿Y qué pasa con el hombre? ¿Dónde está el Pedro Aguirre Cerda humano, de carne y hueso? Pues bien, en estas páginas quiero también adentrarme en eso. No solo en sus ideas políticas o en las obras de su Gobierno, sino en su humanidad, con sus virtudes y sus defectos. Para poder hacer esto, me he valido del Fondo Pedro Aguirre Cerda, custodiado en el Archivo Nacional, así como de colecciones epistolares inéditas y también publicadas. Eso me permitió reconstruir algunos de sus pasatiempos, vicios, gustos culinarios, así como también parte de sus rutinas diarias. «Soy de raza de agricultores», dijo en una entrevista para la revista Zig-Zag mientras estaba en campaña por la presidencia. «Nací en el campo y sigo fiel a mi primer amor, que es el de la tierra». Y es cierto, la tierra y la gente del Chile rural estuvieron siempre en su mente, y sobre ellos trató el primer libro que publicó, en 1929. Gozaba de pasear al aire libre, de esconderse del gentío y el ruido e irse solo, al galope de algún pingo, a la orilla de un estero a colgar una hamaca y echarse a leer mientras fumaba sus cigarrillos y se comía un cocaví.

Su vida sentimental y sus amistades también serán tocadas, aunque no con la profundidad que hubiese preferido. El rastro documental no es tan profuso y claro como en otros ámbitos de su vida, en especial respecto a su relación con su mujer, Juana Rosa Aguirre Luco —misiá Juanita—. Habría sido maravilloso poder reconstruir con detalle el nacimiento de su relación y cómo esta se desarrolló en el tiempo, pero por desgracia, no es posible ir más allá de lo que las fuentes entregan. Lo mismo ocurre con su relación con la masonería, en este caso, producto de varios incendios que han devastado los archivos de la Gran Logia de Chile. Lo que se ha logrado recopilar ayuda a dibujar mejor el boceto de don Pedro.

Mucho hay de nuevo e inédito en este libro, con material que estaba esperando, quizás encerrado en alguna bóveda, ser descubierto y contado. Por eso, es el sincero y acotado propósito de esta biografía el sacudir un poco el polvo de los relatos asentados sobre Don Tinto Aguirre, intentando aportar algunas piezas más para completar el rompecabezas que nos permita conocer más a cabalidad quién fue y la época que le tocó vivir.

Ahora bien, la generosa bibliografía que acompaña a este libro no solo es el mapa de lo usado para escribirla, sino el reconocimiento a investigaciones previas en distintas áreas que han permitido hacer un trabajo pulido y detallado. «Si he visto más, es poniéndome sobre los hombros de gigantes»,1 habría escrito Sir Isaac Newton, parafraseando al filósofo medieval Bernardo de Chartres. Yo me hago partícipe de esa frase, porque nada de lo escrito aquí sería posible sin fuentes, así como de los estudios producidos por los historiadores e investigadores que vinieron antes que yo. Por esto mismo, todos los errores de juicio que pudieran encontrarse en este libro son de mi exclusiva responsabilidad.

¿Faltaba una biografía sobre Pedro Aguirre Cerda? Con humildad pienso que sí. La única ya tiene sesenta y un años,2 y si bien se han hecho otros trabajos, algunos sobre su Gobierno, otros sobre parcialidades de su vida, faltaba algo que permitiese aquilatar, con nueva información e ideas, su vida, obra y personalidad. Asimismo, su leyenda había crecido demasiado y era necesario intentar aportar algo que fuera más allá de un ensayo o de la mera crónica, de las pasiones de «barra brava» a favor o en contra del personaje, así como de las visiones establecidas y petrificadas que existen sobre el mismo. En los últimos años, han habido quienes han querido crear un mito sobre su persona hasta canonizarlo, casi como si su vida fuera una bandera de lucha, convirtiendo su legado en una consigna, que pareciera solo algunos pueden reclamar para sí. Nada más alejado de lo que fue su impronta como gobernante. Se ha intentado hacerlo parte de un panteón de héroes que nadie pidió, cuando el mismo Aguirre Cerda aborrecía los ídolos y lo que menos quería era terminar siendo una estatua. Pareciera que su vida y obra no bastaran para contemplar al personaje en toda su magnitud, con todo lo que ello implica: lo bueno, lo malo y lo feo. Habiéndolo podido conocer más de cerca, sinceramente creo que Don Tinto Aguirre está para más que eso.

Pedro Aguirre Cerda no fue solo el «Presidente de los pobres», aunque es cierto que, parafraseando a doña Juanita Aguirre, los más humildes supieron comprender mejor sus ideas y propósitos. Pedro Aguirre Cerda fue presidente de todos y cada uno de los chilenos. De aquellos que fueron, de los que son y de los que serán.

Y de eso tenemos que sentirnos orgullosos.

Capítulo 1

HECHO EN CHILE

Para todos los que han llegado a este mundo en Chile, desde muy temprano se aprende que vivir en «la larga y angosta faja de tierra» no es tarea fácil. Nuestra historia está tapizada de ejemplos que contrastan la belleza geográfica del lugar con las circunstancias dificultosas para asentarse con seguridad. Desde brutales terremotos que hacen polvo los orgullosos planes y designios humanos, maremotos que asolan las costas, la falta de recursos materiales apetecidos en los mercados internacionales y hasta la propia población pareciera ser tan veleidosa («chaquetera» se diría coloquialmente), que convierte por obra y gracia de la opinión a sus más grandes héroes en villanos, y, por qué no, algunos villanos suelen ser convertidos en héroes.

Pero como si no fuera suficientemente difícil vivir en un lugar carente de grandes riquezas, lejano y propenso a los desastres, también Chile parecía ser, en palabras del historiador Mario Góngora, «tierra de guerra», o al menos esa fue la construcción del relato que se instaló desde la Colonia, y siguió siéndolo una vez que los españoles la dejaron de gobernar: la guerra de la Independencia, desde sus primeras batallas en 1813 y hasta la anexión de Chiloé en 1826, la Guerra contra la Confederación (1836-1839), cuatro cortas pero sangrientas guerras civiles (1829, 1851, 1859 y 1891), la guerra contra España (1865-1866) y la Guerra del Pacífico (1879-1884), siendo esta la última exterior que pelearía nuestro país. Los orígenes de este conflicto se remontan a la década de 1840, cuando se descubrieron depósitos significativos de guano y salitre en la zona de lo que es hoy la región de Antofagasta. Surgieron incidentes y reclamaciones entre Bolivia y Chile, y ambas cancillerías esgrimían antiguos documentos coloniales que respaldaban sus derechos en la región, citando la jurisdicción de la antigua Audiencia de Charcas o la Capitanía General de Chile.

En 1866 y 1874, ambas naciones firmaron sendos tratados limítrofes que clarificaban los límites y acordaban una fórmula para la extracción de salitre. Este mineral, usado mayoritariamente como fertilizante y componente de ciertos tipos de pólvora, entre otras aplicaciones, era fundamental en un mundo que se industrializaba a pasos agigantados, y que necesitaba lidiar con una mayor demanda del sector agrícola, así como con una carrera armamentista en ciernes entre las grandes potencias militares de la época.

El 6 de agosto de 1874, Bolivia y Chile suscribieron un segundo tratado de límites. En virtud de este acuerdo, Chile renunció al 50 por ciento de los impuestos en la región comprendida entre los 23 y 24 grados sur, a cambio de la promesa de su vecino de no aumentar los impuestos a los capitales e inversiones chilenas durante un lapso de veinticinco años.3 El avance de las inversiones y capitales chilenos en Antofagasta y en Tarapacá, así como la modernización de la Armada de Chile, generó una seria preocupación en Perú y Bolivia, que percibieron estos sucesos como una amenaza a su soberanía y proyección territorial. Ambos gobiernos buscaron una solución estratégica, que se concretó en la firma del Tratado Secreto o Tratado de Alianza Defensiva entre ambos países, el 6 de febrero de 1873. Este pacto tenía como objetivo imponer a Chile unas fronteras convenientes para los intereses de Perú, Bolivia y eventualmente Argentina, si esta se decidía entrar a la alianza, incluso mediante la posibilidad de recurrir a la guerra si fuera necesario.4

En febrero de 1878, Bolivia decidió implementar un gravamen sobre las compañías chilenas dedicadas a la explotación del salitre en Antofagasta: diez centavos por quintal de salitre exportado. Esto en contravención al tratado de 1874. Ante esta medida, el Gobierno chileno presentó una protesta y solicitó la intervención de un mediador para abordar la situación. Pero en noviembre del mismo año, Chile emitió una advertencia, indicando que la imposición de dicho impuesto tendría como consecuencia la anulación del tratado de límites, y se restablecerían los derechos anteriores al mencionado acuerdo. En respuesta a esta tensa situación, el Gobierno boliviano, a principios de febrero de 1879, ordenó el embargo y remate de los bienes de la compañía chilena, programando la ejecución de esta medida para el 14 de febrero de ese año. En ese día crucial, doscientos soldados chilenos llevaron a cabo la ocupación del puerto y la ciudad, recibiendo el apoyo y aplauso de la población antofagastina, mayoritariamente chilena. Comenzaban a retumbar los tambores de guerra en el Cono Sur, y días antes, a unos mil trescientos kilómetros al sur, un niño que dejaría su marca en la historia de Chile, había elegido estos momentos turbulentos y este país para venir al mundo.

Pedro Abelino Aguirre Cerda nació a media tarde de un 6 de febrero de 1879 en la localidad de Pocuro, ubicada en Calle Larga, provincia de Aconcagua, y fue bautizado en la iglesia parroquial de Santa Rosa de Los Andes el 10 de febrero de 1879, siendo sus padrinos dos amigos de la familia: Napoleón Meneses y Emilia Humeres. Los nombres de Pedro fueron elegidos por su madre. Pedro en honor al padre de ella, fallecido en 1861, y Avelino por su hermano, muerto en 1872 a los treinta y un años. Sus padres, Juan Bautista Aguirre Campos y Clarisa Cerda Escudero, eran oriundos de la zona y de ascendencia vasca y castellana, con familias bien arraigadas en Aconcagua.

Aguirre Cerda diría en una entrevista, ya siendo un hombre maduro, en medio de la campaña presidencial de 1938: «Mi pueblo natal casi no figura en las geografías descriptivas corrientes, y es apenas un puntito insignificante en los mapas de Chile: Pocuro, en Calle Larga de Santa Rosa de Los Andes; allí abrí los ojos a la luz, en el fondo de aquel valle próximo a la cordillera, que es, indudablemente, uno de los más hermosos parajes de la cuenca de Aconcagua. Aun veo el paisaje familiar a mi primera infancia; los cerros de faldeos boscosos, el cajón del río en donde verdeguean siembras y potreros enmarcados de sauces y alamedas, los huertos que ya en agosto comenzaban a lucir su floración de rosa y de lila, los viñedos, las sementeras de trigo y de maíz que se nos brindaba gentilmente en los alegres meses de verano».

Juan Bautista Aguirre era agricultor, al igual que su padre Manuel, quien supuestamente habría integrado las filas del Ejército Libertador de los Andes, aunque no está claro su grado militar y participación en las acciones de la guerra. Lo que sí sabemos con certeza es que, una vez cruzado el macizo de los Andes, San Martin y O’Higgins alternadamente descansaron y gozaron de la hospitalidad en casa de Manuel, quien en agosto de 1817 contrajo matrimonio con Ana María Campos. De Juan Bautista, Luis Palma Zúñiga nos dice que «jamás se le sorprendió faltando a la verdad, no gustó de bebidas espirituosas y no tuvo otro vicio que el cigarrillo (...)», y si bien nunca participó en política contingente, su voto y apoyo incondicional siempre fue para el Partido Nacional o monttvarista. Era delgado, de ojos penetrantes y nariz más bien aguileña, con una cabeza que mostraba el avance cada vez más inexorable de la calvicie.

Por su parte, doña Clarisa Cerda, la madre de Pedro, venía de familia con raigambre militar por el lado de su padre, Pedro Cerda, y también de agricultores por el lado de su madre, Rosario Escudero. Clarisa era definida como «(...) la bondad y dulzura personificadas», aunque de carácter fuerte cuando era necesario. De estatura pequeña incluso para la época, tenía el pelo castaño y ojos claros, una cara más bien cuadrada y un mentón partido que heredó a varios de sus hijos, incluido Pedro.

Al momento de casarse, el futuro matrimonio Aguirre Cerda tenía dos obstáculos que remontar: el primero, conseguir una dispensa para poder contraer el sagrado vínculo, ya que entre los novios existía consanguinidad de segundo y tercer grado,5 por lo que se necesitaba el permiso correspondiente para poder celebrar la unión. Esta fue conseguida sin mayores contratiempos. El segundo obstáculo no era tal en realidad, sino más bien una situación de hecho que hoy nos puede parecer significativa: la diferencia de edad entre los novios. Juan Bautista, nacido en 1822, era dieciocho años mayor que su mujer, nacida en febrero de 1840, así que para el día de su boda, ocurrida un 23 de octubre de 1863, el novio se empinaba por los cuarenta y un años, mientras que la novia tenía veintitrés. Ahora bien, esta diferencia de edad es entendible para una época, en la cual la mayor parte de las profesiones estaban vedadas para las mujeres, y usualmente solo les quedaba encargarse de las labores domésticas y de la crianza de los niños.6 Con un prospecto de esta naturaleza, los padres de las mujeres casaderas, usualmente buscaban hombres que tuvieran una posición económica ya asentada, con el fin de asegurar el porvenir de sus hijas. De todas manera, este era el caso de Juan Bautista. Ya entrado en la cuarta década de su vida, tenía a su nombre cuarenta cuadras de buenas tierras, que equivalen a 62,84 hectáreas,7 lo que si bien no es sinónimo de riqueza, mucho menos en una actividad azarosa como lo es la agricultura, por lo menos entrega una posición relativamente segura para el novel matrimonio. Como sea, esto echa por tierra la idea de que la familia de Pedro Aguirre Cerda provenía de un trasfondo campesino modesto, sino que la sitúa más en la frágil y aguerrida clase media de la segunda mitad del siglo XIX chileno; un grupo social que es dueño de sus propiedades y de sus medios de producción, pero que se encuentra endeudado precisamente para poder adquirir esos medios de sustento.

En sus veinticuatro años de matrimonio, Juan Bautista y Clarisa tuvieron doce hijos: Tristán (1864), Mercedes (1865), otra hija llamada Mercedes (1867), Juan Bautista (1868), Luis Alberto (1870), María del Rosario (1872), Perfecto (1875), Clarisa (1877), Pedro (1879), Matilde (1880), Salvador y Próspero.8

Hasta donde sabemos, el matrimonio de los Aguirre Cerda fue uno feliz. Juan Bautista era hombre de trabajo duro y metódico, lo que era indispensable para mantener a flote una familia de trece personas, mientras que Clarisa manejaba la economía familiar con puño de acero, ya que si bien se vivía con comodidad, los recursos de la familia estaban lejos de permitirles lujos o algún tipo de derroche. Así entonces, Juan Bautista y Clarisa se complementaban perfectamente.

En cuanto a la crianza de los hijos, ambos llegaron a la conclusión de que tanto los hombres como las mujeres debían recibir la mejor educación posible, y que había que ser estrictos con los niños para que no se descarriaran, evitándoles el acceso a lo que consideraban comodidades excesivas. Según Palma Zúñiga, a los niños Aguirre Cerda se les «(...) exigía obediencia ciega sin admitirles faltas de respeto, ni perdonarles fácilmente locuras juveniles (...)», y si bien todo esto puede sonar duro, esta era la forma tradicional de crianza en el Chile decimonónico, lo que no significaba que en dicha casa faltase el amor y el cariño de una familia como cualquiera.

El hogar de los Aguirre Cerda era una clásica casa de campo, como tantas hay en la zona de Aconcagua, aunque bastante más pequeña que las patronales de los latifundistas más acaudalados. En una de las alas estaban las piezas de los niños, que tenían que compartirlas sus hermanos. Si bien los mayores habían abandonado la casa familiar al nacimiento de Pedro, todavía quedaba un grupo importante de niños por criar. Al centro de la casa estaba el recibidor y una sala de estar, y en la otra ala se encontraba la zona de la cocina y la pieza principal donde dormían los padres. La casa miraba a la calle, aunque esta no se encontraba directamente sobre el camino, como es tradicional en la zona, lo que le daba cierta prestancia, en especial porque en torno a ella se daba la mayor parte de la vida familiar. Rodeada por los corrales de animales domésticos y las caballerizas, esta era una unidad compacta y funcional, donde todos los miembros de la familia, sin excepción, tenían un papel que cumplir.9

Todo esto configuraba el ambiente en que nació Pedro Aguirre Cerda: austeridad pero con comodidad suficiente; trabajo y estudio, pero rodeado de una familia grande y cariñosa y fue bajo estas circunstancias que se fue forjando el carácter, primero del niño y luego del joven.

Desde pequeño, Pedro fue curioso y estudioso, o al menos eso es lo que algunos que lo conocieron recuerdan. De piel morena y contextura delgada, con pequeños ojos café, estatura promedio y una cabellera casi azabache, los primeros rudimentos sobre lectura y escritura los aprendió en su casa de la mano de sus padres y de sus hermanos mayores, que lo regaloneaban a él y su hermana Matilde, por ser los menores de la camada. A los siete años, fue víctima de la viruela, que le dejó marcas en la cara y que lo hacían sentirse muy escrupuloso respecto de su aspecto pero, pese a ello, se le consideraba un niño afable y a veces demasiado reflexivo y reservado para su edad. Quizás ayudó a ese carácter más bien callado el hecho trágico de la pérdida de su padre con solo ocho años de edad. Don Juan Bautista Aguirre a mediados de enero de 1887 comenzó a sentir fuertes dolores en su cuerpo, acompañados de una fiebre abrasadora. El diagnóstico no se hizo esperar: tifus; que junto con el cólera, era de las enfermedades más comunes y con mayor mortalidad en el Chile de finales del siglo XIX. Con sesenta y cinco años en el cuerpo, ya no era un hombre joven, exhalando su último suspiro un 28 de enero de 1887 a las once de la mañana, dejando a su mujer viuda y a once hijos huérfanos de padre.

En el testamento de Juan Bautista Aguirre, luego de hacer la clásica profesión de fe católica y un listado de todos sus hijos, deja como herederos universales a estos y a su mujer, quedando ella como albacea de los bienes familiares. De entre las cláusulas del testamento llama la atención una sus provisiones, que manda a su viuda a gastar la suma de hasta mil pesos en su «(...) funeral y sepultación, debiéndose aplicar por el eterno descanso de mi alma cien misas rezadas y tres novenarios de la de San Gregorio, pagadas todas con la limosna de costumbre».10 Clarisa tuvo que hacerse cargo de los negocios de su marido, quien afortunadamente siempre fue un hombre ordenado y con la suficiente claridad de mente para no incurrir en gastos innecesarios o aventuras especulativas. Esto dejó a la familia bien aperada frente a la muerte de Juan Bautista, permitiendo a Clarisa sanear cualquier deuda dejada por su marido, afrontando los gastos propios del predio y la familia, pero también mejorando e incrementando los bienes familiares, para que nada faltare a los niños de la casa. ¡Había que seguir adelante!

Clarisa, como siempre preocupada de la formación de sus hijos, sacó a Pedro y a sus hermanos pequeños de la escuela que había en Pocuro por no considerarla adecuada y apta para la formación de los niños, pese a los esfuerzos que su único profesor, José María Becerra, por darle a los alumnos la mejor educación posible, con lo poco que se contaba. Los matriculó entonces en la escuela de Calle Larga, dirigida por su primo, el profesor Alejandro Escudero, ubicada a un par de kilómetros de su casa, para que prosiguieran sus estudios de Preparatoria.11

Pedro y sus hermanos debían irse caminando a la escuela, que no quedaba tan retirada, pero cuando llovía o pegaba fuerte el sol, para un niño dos kilómetros pueden parecer lo mismo que cien. Muchas veces recorría el camino de vuelta a casa a paso cansino, avanzando por la huella que conducía a su casa mientras hablaba solo, repasando sus lecciones en voz alta. Eso le dio fama de estudioso entre sus profesores y compañeros, más allá de sus resultados académicos, que no eran espectaculares, aunque tampoco mediocres o malos. Pero, también hay que decirlo, su madre, de vez en cuando, le prestaba una carreta o un caballo para llegar más rápido, pero no pocas veces, dando lo mismo que Pedro solo tuviera diez años, debía servir de conductor transportando a sus hermanos más pequeños. De esta época, en la que fue ganando cada vez más autonomía y madurez, se le recuerda como hogareño, simpático y hermanable, formando una camarilla unida con sus hermanos Clarisa, Tristán, Luis y Próspero.

Pese a la austeridad que marcaba su vida y la de sus hermanos, Pedro se las ingeniaba para divertirse y ser feliz. Los juegos con sus hermanos menores lo entretenían, lo mismo que, cuando el clima y los estudios lo permitían, salir al galope en busca de la aventura por los cerros y bosquecitos tan típicos otrora, en las tierras allende los Andes. En esas incursiones, se arrancaba con uno que otro libro, sacado de la biblioteca de su escuela o de la pequeña colección de textos de su casa. Con una colación preparada por su mamá, durante los veranos Pedro se iba por el vado de un estero, remontando a veces un cerro, buscando un lugar propicio donde echarse a la sombra de un árbol a leer y soñar. Esa costumbre, de salir a todo galope en busca de paz, la mantuvo a lo largo de toda su vida, siempre y cuando esa vida que eligió se lo permitiera.

Pero más temprano que tarde, el joven Pedro se daría cuenta de que el mundo que lo rodeaba era más complejo de lo que un niño podía imaginar. La falta de su padre pesaba en la casa, pero sus hermanos mayores suplían la necesidad de una figura paterna. Su madre, abnegada como siempre, se preocupaba de todos los asuntos de la casa, además de los negocios de la familia; y aun así tenía tiempo para hacer enjundiosas comidas y dulces, así como tejer chalecos, chombas, calcetines y bufandas de lana que sus hijos usaban religiosamente durante los meses en que el frío pegaba más fuerte en las montañas, aunque la lana picase como el diablo. Testimonio de esto lo da Alberto Cabero, amigo, socio y también ministro de Aguirre Cerda, narrando cómo iba vestido a la escuela en Calle Larga: «Vestía un traje azul mal cortado y de burda tela, pero abrigador, zapatos de suela gruesa, calcetines de lana; llevaba el cuello envuelto en una bufanda, cuyo rústico tejido demostraba a todas luces que había sido hecha al amor de la lumbre». No obstante, Pedro sabía que no todos sus compañeros de la escuela contaban con sus mismos medios, por limitados que estos fueran. No todos los niños del pueblo podían prodigarse la comodidad de llegar a caballo e incluso de tener ropa en buenas condiciones. Sus compañeros eran hijos de campesinos, algunos, de comerciantes, profesionales y agricultores medianos como su familia, los más; pero lo que no se ocultaba a su vista era que algunos de ellos llegaban manchados por el barro, con ojotas o con la ropa raída o zurcida por enésima vez de tanto uso y varias veces heredada de sus hermanos mayores. Frente a esa realidad, que se repetía en cada ciudad y zona rural de Chile, a veces en forma mucho más patente y dura que la que se veía en Aconcagua, Pedro Aguirre Cerda comenzó a fraguar en su interior un resquemor frente a la angustia y la amargura de quienes sufren por tener poco o casi nada.

Así pasaron los años de la Preparatoria, con tranquilidad y sin alboroto, hasta que Pedro cumplió los trece y ya era tiempo de pasar a los cursos de Humanidades. El problema era que ni en Pocuro ni Calle Larga había un liceo para proseguir esos estudios, y el más cercano quedaba en San Felipe, a unos veinte kilómetros de casa, por lo que tendría que irse como interno, dejando por primera vez a su familia y a la casa que lo vio nacer.

Capítulo 2

SAN FELIPE, SANTIAGO Y PARÍS

Con lágrimas, pero curioso por la nueva aventura, llegó a su nueva casa, el internado regentado por Balbino Arrieta, un hombre culto y autodidacta que se jactaba de tener una biblioteca más grande y actualizada que la del mismo liceo, y que se la prestaba a sus internos cuando quisieran estudiar o buscar material para sus tareas. Pedro, que era ratón de biblioteca, se pasaba varias tardes entre los libros de don Balbino, aprendiendo y viajando con la imaginación a los tiempos de Alejandro Magno o los césares romanos, e incluso a los elegantes bulevares europeos que mostraban las revistas que le llegaban al dueño del internado.

En el liceo, Pedro fue matriculado en el Primero A, y no tardó en hacer amigos entre sus compañeros, aunque también entre los otros internos que compartían con él en casa de don Balbino. Abraham Vera fue uno de los primeros, y lo recordaba como «de poca estatura, de acentuado color aceituno, recio sí de musculatura, vivaces y alertas los ojos». Fue allí donde se ganó el apodo de Negrito o Negro Aguirre. Pedro siempre se lo tomó con humor, porque el ponerse grave con estas cosas no valía la pena, y siempre podía ser para peor. Además, el Pedro, como también le decían, fue ingenioso y acertado para rebautizar a sus compañeros de curso: Benjamín Jiménez era el Laucha; Franklin Otero, el Ñato; Victorino Caballero, el Macho y Abraham Vera, el Compadre. Más tarde llegaron otros, como Paulino Díaz, Alfredo Guzmán, Arturo Guzmán y Bartolomé Salinas, y todos se sometieron al rito de paso que implicaba cambiar de nombre, casi como entrar a una tribu donde el chamán era un chico de Pocuro con talento para los sobrenombres.

Con todo, había buena camaradería en el curso, lo que quedaba de manifiesto cuando llegaban las encomiendas de las familias de los internados, en especial las que traían comida casera y deliciosa. Al internado de don Balbino Arrieta llegaba semana por medio un paquete con gruesas letras que se leían: P.A.C., y cuando eso pasaba, en el Primero A se comía y se comía bien: charqui, chorizos, pequenes, empanadas de pino, pastel de choclo y pan amasado se complementaban con algunas aceitunas, un tarro de leche condensada, manjar o ricas mermeladas caseras, que rara vez se comían con pan o una cuchara, sino a dedo. No había tiempo para los buenos modales cuando se trataba de semejantes delicias.

Por su afabilidad, Pedro Aguirre Cerda se había ganado no solo el respeto, sino el cariño de sus compañeros. Quitado de bulla, su tranquilidad para enfrentar los problemas que se armaban en el curso era proverbial. Pero también durante su paso por el liceo se desató cierta pasión que Pedro mantenía medio oculta: el fútbol. Mientras era alumno, Pedro Aguirre Cerda era fanático del Jogo Bonito. Integró las filas del equipo del liceo, aunque según su propia confesión su juego como mediocampista no fue particularmente lucido. Pero por su pasión y entrega, sus compañeros lo eligieron capitán del equipo. Durante su vida siguió gustando del fútbol, y por lo menos entre 1915 y 1916, entrenó a la selección de fútbol del Instituto Nacional, como lo atestiguan las páginas de El Mercurio, que anunciaba los partidos amateurs en aquella época. Ya con más años en el cuerpo, siguió siendo un hincha futbolero y por lo demás, socio de Colo-Colo; aunque rara vez podía ir al estadio, así que solo le quedaba revisar los resultado de los partidos en el diario.

Pedro no fue un alumno descollante, de esos que se ganan todos los premios, sino más bien se encontraba en un rango promedio entre sus compañeros.12 Se destacó principalmente en los ramos de Gimnasia, que equivaldría hoy a Educación Física, Francés e Inglés, dos lenguas que dominaba y que le sirvieron durante sus viajes a Europa y Estados Unidos. También tuvo buenas calificaciones en Ciencias Naturales (Química, Física y Biología) y Castellano. También tuvo algunas caídas fuertes, como cuando reprobó en quinto de Humanidades el ramo de Castellano y tuvo que dar un examen y repetición en marzo. En general, en todas las demás materias, Pedro tuvo un buen desempeño, aprobando sin mayor pena, pero tampoco con mucha gloria sus exámenes.13

En cuanto a su comportamiento, no era mal portado, pero en los libros de castigos que se guardan en el Liceo de San Felipe hay más de alguna anotación negativa y varios castigos. Los motivos: meter bulla en el patio, fumar en los baños del colegio, reñirse a combos con un compañero, contrabando de comida en la sala de clases, entre varias otras maldades. Nada fuera de lo común, y si bien la educación en la época era considerablemente más estricta de lo que es hoy, sus profesores lo reconocían como un alumno de comportamiento ejemplar. De hecho, fue el rector del liceo, Roberto Humeres, quien describió su personalidad y características en sus tiempos de estudiante, las que «a las dotes de su inteligencia unía las de su carácter. Al par que obtenía buenas notas en sus exámenes, se distinguía por las especiales recomendaciones que de él hacían sus profesores y la distinción de sus compañeros». Dentro de esos profesores que veían en Pedro un gran potencial, hubo uno que resaltó por sobre todos. Se trataba de Maximiliano Salas, su profesor de Castellano entre cuarto y sexto de Humanidades, quien reconoció el talento, la avidez por la lectura y la pasión por el conocimiento del joven pocurano. La relación de alumno y profesor con Maximiliano Salas pasó a ser una de amistad y fue otro puntal en la vida estudiantil de Pedro, que probablemente gracias al ejemplo de su profesor, se cultivó en él la que sería su primera vocación: ser maestro.

Llegó diciembre de 1897 y el sexto de Humanidades del Liceo de San Felipe terminaba su periplo escolar. En un país donde la tasa de escolaridad promedio alcanzaba 1,3 años, el que un grupo de jóvenes lograse terminar el ciclo completo de instrucción era un bien preciado y escaso, mientras se peleaba una guerra de desgaste contra el analfabetismo, el trabajo infantil y la ignorancia. Entre los graduados de esa generación estaba un futuro profesor de castellano, abogado, diputado, senador, ministro y presidente de la República.

Ese verano, Pedro ya le había comunicado a su madre que quería estudiar Pedagogía, lo que significaba dos cosas: la primera, que debía dar su examen de calificación para entrar a la universidad, el temido bachillerato. Lo segundo era que, si pasaba el examen y obtenía un buen puntaje, partiría a Santiago a estudiar en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Años después recordaría Aguirre Cerda en una entrevista en la revista Zig-Zag, que si bien había algo de susto por dar el bachillerato, fue el mismo Balbino Arrieta el que les dio ánimos «reuniendo en torno suyo al grupo de postulantes a bachilleres que habíamos sido internos, nos dijo en tono amable, casi paterno: “Estoy seguro del buen éxito de ustedes. Todos saldrán bien. No han perdido el tiempo, han estudiado, y saben. Vayan tranquilos, que yo les respondo de que para cada uno de ustedes el examen será un triunfo”».

Pues bien, luego de pasar sin problemas el bachillerato,14 doña Clarisa proveyó los fondos para el viaje a Santiago, y Pedro Aguirre Cerda quedó inscrito como alumno del Instituto Pedagógico, comenzando sus clases a principios de 1898.

Durante los primeros meses en Santiago, se quedó con su gran amigo Franklin Otero, en una casita arrendada en calle Santa Rosa. Mientras Pedro seguía sus estudios de Pedagogía, Franklin estudiaba Derecho en la Universidad de Chile. Para mayo de 1898, el Negro y el Compadre Vera figuraban como pensionistas de doña Aurelia Mesa, viuda de Estivil y de su hermana Eudoxia, a quienes Aguirre llamaba como las Pollas Meza, con la aprobación de las apodadas. La pensión quedaba en la calle Bascuñán Guerrero 711, y en ella convivían varios alumnos de las distintas facultades de la Casa de Bello, provenientes de distintas ciudades del país, pero todos, más o menos con la misma misión en mente: sacar una carrera y poder vivir de ella.

La vida en la pensión de las hermanas Meza, quienes se referían a sus pensionistas como la Pollada, era vivaz y alegre. Todos conocían el nombre de todos, y las hermanas se encargaban de generar una sensación de hogar lejos del hogar para quienes arrendaban una pieza en la pensión. Esto significó mucho para Pedro, quien si bien estuvo acostumbrado desde temprana edad a estar fuera de casa, ahora estaba más lejos que nunca, y sin posibilidad de volver por los fines de semana. No obstante, a pesar de la lejanía, a la pensión también llegaban las encomiendas con las iniciales P.A.C provenientes de su localidad natal, y en ellas, todo el desahogo de la añoranza que sentía en sus entrañas.

Ahora que vivía en Santiago, Aguirre Cerda se encontró en un mundo mucho más grande y complejo de lo que estaba acostumbrado en Pocuro, Calle Larga e incluso San Felipe. La capital de la República, con sus palacios, que más bien eran casas grandes pero con fachadas grandilocuentes, sus edificios gubernamentales, las grandes avenidas y el bullicio a veces ensordecedor mostraban un paso de la vida más agitado al que estaba acostumbrado. Todo era más grande: las distancias, las construcciones, y ni hablar del costo de la vida. Si bien la mesada que le entregaba doña Clarisa y que llegaba religiosamente y sin retardos, cubría el arriendo y sus comidas en la pensión, comprarse un par de zapatos, una camisa o un pantalón nuevo estaba fuera de discusión. No había espacio para salirse del presupuesto casi espartano que debía manejar. Frente a la adversidad de sus condiciones económicas, Pedro quería y necesitaba vivir con mayor holgura, por lo que en vez de pedirle a su madre que le aumentara la mesada, cosa que habría sido el curso de acción más sencillo, buscó trabajo, y al poco tiempo de buscar, lo encontró.

En 1898, con algunos meses de estudios pedagógicos en el cuerpo, entró a hacer clases de Castellano y Filosofía en la Escuela Nocturna para Obreros Caupolicán, patrocinada por Ricardo Guerrero y Nicasio Retamales.15 En ella, Aguirre Cerda ganaba un sueldo de quince pesos mensuales, lo que le permitió mejorar un poco sus condiciones de vida.16

Mientras fue profesor en la Caupolicán, Pedro tuvo un primer contacto con la realidad de los obreros de una gran ciudad. Muchas veces la desesperanza y la angustia de sus pupilos provocada por no tener los medios suficientes para sobrevivir, se entremezclaba con una existencia azotada por los vicios, la violencia y el cansancio. La tarea por delante era dura, pero eso no amilanó al novel profesor: entre los alumnos de la escuela habían personas que querían salir del analfabetismo y avanzar en sus estudios para optar a mejores trabajos y a un mejor estándar de vida para sus familias, y eso era una luz de esperanza que mantenía encendido su entusiasmo para enseñar.

Para Aguirre Cerda la pobreza no era una extraña, no tanto por haberla sufrido él en carne propia, sino por haberla visto en sus tierras, entre los campesinos más pobres de Aconcagua, muchos de ellos que labraban la tierra de la que era dueño su padre y luego su madre. Pero la pobreza de la ciudad parecía ser distinta, más abyecta e insidiosa, porque ante la promesa de un sueldo estable y mejores condiciones de vida, con acceso a distintos servicios, mucha gente migró del campo a la ciudad en busca de un mejor porvenir, que no necesariamente encontró. Parecía que las gestas heroicas de la Guerra del Pacífico de nada habían servido, y que la sangre derramada para controlar esa vasta riqueza mineral que se extraía de las entrañas del desierto no era suficiente, o no alcanzaba para todos. Se construían caminos, escuelas, líneas férreas y edificios públicos, pero aun así no bastaba para cerrar la enorme brecha que existía entre los más ricos y los más pobres. Ese tipo de pobreza, ese tipo de azares, Pedro nunca lo había visto, pero no por eso no existían, y ahora los podía haber descarnados y desnudos en el rostro de los alumnos que concurrían a sus clases.

Pedro Aguirre Cerda hizo clases en la Caupolicán durante unos meses, pero finalmente su salud se quebrantó: el ambiente húmedo y frío de la escuela lo dejó con una bronquitis preocupante, agudizada también por el vicio del cigarrillo, adquirido en el liceo cuando ya estaba en quinto de Humanidades y lo obligaron a dejar la habitualidad de sus clases, aunque siguió dando charlas a los obreros sobre historia y filosofía dos veces al mes.

Pero como no hay primera sin segunda, el joven Aguirre Cerda se consiguió otro trabajo, como profesor del Liceo La Ilustración, fundado por Mercedes B. Turenne, ubicado en avenida Vicuña Mackenna 345. Era un colegio solo de mujeres, donde tuvo varias alumnas destacadas, pero la más famosa de todas sería la gran pianista Rosita Renard.

Los dos años de estudios pedagógicos en el instituto se pasaron volando y, sin darse cuenta, Pedro Aguirre Cerda ya era profesor de Estado en Castellano. Era el año 1900, y Pedro despedía el siglo XIX con veintiún años y sentimientos encontrados. Por un lado, alegre por la obtención de su título y la posibilidad de trabajar en aquellos menesteres que eran su principal preocupación. Pero, por otro lado, 1900 fue un año triste, porque Clarisa Cerda, su madre, había fallecido a los sesenta años.

Despuntaba el albor de un nuevo siglo cuando Pedro recibió el título de profesor, ubicándose como el alumno más distinguido de su curso,17 y pese a que todavía le pesaba la pena dejada por la muerte de su mamá, decidió salir a celebrar junto a dos de sus compañeros en el instituto y miembros de la pensión de las hermanas Meza, Agustín Cannobio y el Compadre Abraham Vera, flamantes profesores de Castellano e Historia. Era el 24 de diciembre de 1900, la noche de la víspera de Navidad que pasó con una familia amiga de los festejados. Aquella noche se bailó polka y vals, se comió jamón al horno y un buen roast beef, se bebió la tradicional mistela de apio, y se comieron ricos merenguitos y alfajores con suntuoso manjar y mermeladas. Pedro recibía el nuevo siglo, quizás sin sus padres, pero no solo, y mucho menos sin esperanza y asombro por lo que deparaba el futuro, y menos sin saber que en poco menos de cuatro décadas, se convertiría en presidente de su país.

Al igual que otros de sus compañeros del Instituto Pedagógico, Pedro Aguirre Cerda continuó sus estudios en otras áreas un tanto alejadas del ejercicio del profesorado. Decidió proseguir su formación universitaria estudiando Derecho en la Universidad de Chile, de la que se graduó el 8 de agosto de 1904,18 con una memoria titulada Estudio sobre la instrucción secundaria en Chile¸ dedicada a tres de sus maestros: Valentín Letelier, Domingo Amunátegui y Diego Barros Arana. En su memoria, Aguirre Cerda hace un breve recorrido histórico sobre el desarrollo de la educación secundaria en nuestro país desde la Colonia hasta tiempos republicanos. Esta parte de su trabajo es quizás la más débil de su investigación, ya que el análisis crítico es escaso, además de que el uso de fuentes y documentos es limitado, pero es entendible ya que no es el núcleo fundamental de su trabajo. La segunda parte contiene los aspectos más relevantes, y que por lo demás se van dibujando ciertas concepciones sobre lo que debe ser la carrera del magisterio y que luego intentará ponerlas en práctica ya como ministro o como presidente de la República. Se proponen medidas tendientes a mejorar la calidad y condición del profesorado, a tener un buen cuerpo docente con formación sólida y exigente, apunta a la necesidad de establecer la carrera del profesorado, con sus ascensos y exámenes periódicos para ajustar sus conocimientos a las exigencias y necesidades de los alumnos y establecimientos educacionales. Aguirre Cerda plantea la urgencia y la necesidad de una reforma profunda, tanto al funcionamiento como a la malla de estudios del Instituto Pedagógico, al igual que a las leyes que regulan la carrera docente. Todas medidas que hoy nos parecen un mínimo común, pero que en el Chile de principios del siglo XX parecían ser ideas más o menos rupturistas o de vanguardia.

En todo caso, fue en su memoria donde Aguirre Cerda dejó entrever algunos de los bloques fundamentales que conformarán parte de su ideario político e intelectual. Por ejemplo, hace una acerba y dura crítica al control que ha tenido la Iglesia Católica sobre la educación, y la culpa, al igual que otros autores como Diego Barros Arana y Domingo Amunátegui, por mencionar algunos respecto del atraso en que se encontraba la educación chilena. Sobre el particular, Aguirre Cerda reflexionaba que: «Perdido el dominio que en el orden político había tenido el clero, este poder había pasado a manos de la sociedad civil. El clero no podía ni debía, pues, tener el monopolio de la enseñanza: el dominio de la inteligencia, el derecho a educar, es facultad privativa del soberano, y la Iglesia había perdido ya esta soberanía. El que enseña forma hombres con ideas amoldadas al que los adoctrina; dejar, por consiguiente, la enseñanza al clero es querer que se formen hombres para él y no para el Estado, o lo que es lo mismo, dar facultad de dominio al que por su misma misión es ajeno a todo poder, es hacer soberano al que no debe serlo». Las ideas laicistas de Aguirre Cerda están cargadas de un enaltecimiento a la labor del Estado como promotor de la formación intelectual, pero también implican un sesgo en favor de este. Según Aguirre Cerda, la educación constituía una responsabilidad compartida entre la sociedad civil y el Estado, ya que los objetivos de lo que se consideraba progreso residían en la configuración y materialización de aquellos que servían al Estado, casi como una extensión de la sociedad. En la perspectiva de Aguirre Cerda, la doctrina católica no buscaba más que los intereses del clero, obstaculizando así la capacidad del Estado para moldear al ciudadano moderno, con el fin de crear hombres para el Estado.

Con estas ideas en ristre, no es raro que, finalizando sus estudios de Derecho, tuviera sus primeros acercamientos con dos instituciones que junto a la Universidad de Chile, marcarán su vida: la Masonería y el Partido Radical. Por historia y tradiciones familiares, es curioso que se inclinara hacia estas organizaciones. Su familia era profundamente católica y no digamos que la Masonería y la Iglesia tenían una relación de amigable convivencia, pero como ya hemos visto las ideas del laicismo ya habían calado hondo en su formación intelectual. Por otro lado, respecto a la política, las doctrinas dominantes en el clan Aguirre Cerda eran las del Partido Nacional, fundado para sostener el segundo gobierno del presidente Manuel Montt, cuyas ideas se resumían en el lema «Libertad en el orden». Pese a ello, y alejándose de la tradición familiar, decidió militar en las filas del radicalismo. Quizás la influencia de sus compañeros y profesores en el Instituto Pedagógico o en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile fueron gravitantes en esta separación de la tradición. También podría ser que desde joven sintió admiración por algunos tribunos del radicalismo como Enrique Mac-Iver y Manuel Antonio Matta, así como de librepensadores y egregios masones como Valentín Letelier o Armando Quezada; o simplemente, por temas que no somos capaces de dilucidar, sufrió un giro intelectual que lo llevó a seguir un camino propio. Como sea que fuera, Aguirre Cerda inició su camino en la Masonería al unísono que lo hacía en el Partido Radical, en 1906, con veintisiete años de edad.

De acuerdo a Julio Sepúlveda Rondanelli, en su Homenaje al ilustre hermano Pedro Aguirre Cerda, el 21 de julio de 1906 fue iniciado en la Logia N.º 5 Justicia y Libertad, fundada en 1864. Ese día «se realizó una solemne ceremonia para dar la luz masónica a los profanos Pedro Aguirre Cerda y Martín Latorre Yáñez, ambos profesores. La conducción de la Tenida estuvo a cargo del Ilustre Hermano Luis A. Navarrete y López, ayudado por los Hermanos Luis Fiteau, Primer Vigilante; Julio Pelissier, Segundo Vigilante; Guillermo Iriarte, Orador y Víctor Guillermo Ewing, Tesorero titular y ex Venerable Maestro de la Logia».

En poco menos de un año, avanzó en los primeros tres grados de la Masonería, lo que para ese entonces, no era algo fuera de lo común. Iniciado en el grado de Aprendiz, ya en marzo de 1907 había alcanzado el grado de Compañero y para octubre del mismo año, el de Maestro masón.19

Más tarde, en 1912, pasó a integrar la logia Unión Fraternal N.º 1, participando en su refundación en Santiago, mientras ejercía distintos cargos al interior de su taller: fue orador,20 guarda templo,21 segundo experto,22 miembro del Consejo de Beneficencia, representante de su logia ante la Gran Logia de Chile en calidad de diputado y, finalmente, gran orador de la Gran Logia de Chile, en 1924.

La gran pregunta, y cuya respuesta solo podemos intuir, es qué significaba para Aguirre Cerda el ser masón. Ni en los archivos de la Gran Logia de Chile ni de la propia logia de Pedro Aguirre Cerda existen registros de sus planchas ni de sus discursos; todo esto debido a incendios que afectaron los archivos de ambas instituciones y que convirtieron en humo sus reflexiones. Se especula que la masonería habría influido en su laicismo y que estas ideas, adquiridas en el seno del taller masónico, lo habrían conducido toda su vida. Se ve que estos conceptos se encontraban arraigados en él mucho antes de su ingreso al seno de la Orden. No obstante, puede ser que en la masonería haya encontrado espíritus afines en la línea del librepensamiento, formando sus opiniones, independientemente de la religión, la tradición, la autoridad o de creencias establecidas, viendo que la exclusión de dichos elementos era algo positivo y deseable. Puede que haya encontrado un sentido de familia y de fraternidad que experimentó en forma muy tenue durante su vida, perteneciendo a algo más grande y poderoso que él mismo.

Pero no todo podía ser estudios, militancia o formación en la vida de Pedro Aguirre Cerda. También había que vivir, y para vivir había que trabajar. En 1901, fue nombrado como profesor de la Escuela de Suboficiales del Ejército. En 1902, pasó a desempeñar la cátedra de Castellano en el Liceo Manuel Barros Borgoño, y en 1908 se convirtió en profesor de Castellano del Instituto Nacional, uno de los colegios p

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