Presentación
A veinte años de su fallecimiento, Gladys Marín es reconocida como una de las personalidades políticas más destacadas de la historia de Chile. Fue una de las primeras diputadas de la República (1965-1973), la primera secretaria general de las Juventudes Comunistas (1965-1979) y del Partido Comunista (1994-2002) y su primera presidenta, desde noviembre de 2002 hasta su muerte. Además, fue la primera mujer que inscribió su candidatura a la principal magistratura de la nación, en julio de 1999, seis años y medio antes de que Michelle Bachelet llegara a La Moneda.
Y se ha convertido en un icono, no solo para el Partido Comunista y la izquierda, sino también para el feminismo y quienes, desde los movimientos sociales, las poblaciones, las organizaciones estudiantiles o los sindicatos, trabajan igualmente por construir un país con más igualdad y justicia social. «Lucha como Gladys», proclama una de las consignas nacidas al calor del estallido social de 2019, un reconocimiento anticipado ya por aquel masivo funeral del 8 de marzo de 2005, Día de la Mujer Trabajadora, en el que participaron más de medio millón de personas.
«Era una reina de la rebeldía, era difícil no ver ese rostro tatuado en la memoria del país...», escribió su amigo
Pedro Lemebel.1 Desde el último año en la Escuela Normal Nº 2 de Santiago, en 1956, cuando ingresó en una base de las Juventudes Comunistas (JJCC), su compromiso político revolucionario fue la causa que dio sentido a su existencia. «Después de tantos dolores ¿de dónde saca fuerzas?», le preguntaron en 1998. «De mi tremenda fe en la vida y en las ideas que abracé. Eso me da una razón para vivir. Y claro que he tenido momentos dolorosos, pero no he sido la única».2
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Esta es la primera biografía de Gladys Marín y se nutre de un amplio repertorio de fuentes históricas, en buena parte inéditas. En primer lugar, hemos podido acceder al archivo del Partido Comunista de Chile, donde se conserva, por ejemplo, el intercambio de comunicaciones durante la dictadura entre sus sucesivas direcciones clandestinas y el Segmento Exterior de la Comisión Política, asentado en Moscú.3 Hasta ahora, solo el profesor Rolando Álvarez Vallejos lo había revisado al completo y, por cierto, alimenta su imprescindible y extensa obra. En el caso de Gladys Marín, se trata de un acervo documental esencial para examinar su papel como principal responsable del Equipo de Dirección Interior, tras su regreso del exilio el 3 de junio de 1978.
Además, en este repositorio hallamos los textos mecanografiados y con abundantes correcciones manuscritas de un libro de su autoría, titulado inicialmente Unidos contra el fascismo, que no vio la luz en español, pero sí en checo. En 1978, la editorial Rudé Pravó publicó Gladys Marínová obvinuje (Gladys Marín acusa), jamás citado hasta ahora en los estudios sobre la historia de Chile y del que existen sendos ejemplares en la Biblioteca Nacional de Praga y en el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam. Hasta ahora no había ninguno en Chile,4 ni siquiera en su biblioteca personal, compuesta por unos dos mil quinientos volúmenes y donada por sus hijos, Rodrigo y Álvaro Muñoz Marín, a la Biblioteca Nacional el 25 de julio de 2024.5
Con prólogo de Luis Corvalán y un perfil biográfico trazado por el periodista Luis Alberto Mansilla, reúne una selección de los comentarios que leyó en Radio Moscú y algunos de sus discursos entre 1973 y 1977. Una parte importante de los mismos no se incluyó en otra publicación, de ahí el valor de este libro, cuyo contenido hemos podido conocer gracias a la traducción de Teresa Cordón, militante del Partido Comunista de España e hija de Antonio Cordón, general del Ejército Popular de la República Española.6
Asimismo, con la ayuda del historiador Xavier Ramos Díez-Astrain, accedimos a la prensa de la extinta República Democrática Alemana (RDA) y con la de la historiadora del arte Élodie Lebeau, al periódico comunista francés L’Humanité, mientras que otras manos fraternales nos han introducido en los diarios de la Unión Soviética. La revisión hemerográfica se amplía con L’Unità, órgano del Partido Comunista Italiano, que está digitalizado, y, por supuesto, con la prensa comunista chilena: la colección íntegra de Principios desde 1956, todos los números del Boletín del exterior, de Ramona, de Araucaria de Chile, de Pluma y Pincel, el diario El Siglo al completo desde 1970 hasta marzo de 2005 y una parte importante de sus ediciones desde 1958.
Gracias a la documentación del Archivo General Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores, hemos podido relatar con precisión su estancia como asilada en la Embajada de Países Bajos, entre el 25 de octubre de 1973 y el 16 de junio de 1974, unas fechas que se establecen por primera vez. En el archivo de la Fundación Pablo Neruda se conservan casi una decena de cartas suyas dirigidas al poeta, hasta ahora desconocidas. En el Archivo Nacional hemos consultado la información relativa a sus estudios en la Escuela Normal femenina Nº 2 de Santiago (1951-1956) y en el del Ministerio de Educación los datos acerca de sus seis años en el ejercicio del magisterio en una escuela diferencial (1957-1963).
Por otra parte, el relato de los capítulos cuarto y quinto (los ocho meses en la citada Embajada y los cuatro años en el exilio) se apoya también en sus escritos personales, que conserva Marta Friz y nos adentran en sus sentimientos más profundos, y en la correspondencia con sus familiares (guardada por sus hijos), principalmente las setenta cartas que su esposo, Jorge Muñoz, y ella intercambiaron entre noviembre de 1973 y abril de 1976, hasta pocas semanas antes del secuestro y desaparición de este a manos de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA).
Junto con una amplísima bibliografía, el repertorio de fuentes se completa con los testimonios obtenidos de veinte personas entrevistadas.7
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Desde 2013 he publicado biografías de Salvador Allende, Miguel Enríquez, Pablo Neruda, Antonio Llidó, Augusto Pinochet, Dolores Ibárruri (Pasionaria) y Víctor Jara. A Gladys Marín, en cambio, sí la conocí... Tuve oportunidad de entrevistarla ya en agosto de 1997, durante mi primer viaje a Chile, cuando, como joven periodista, me recibieron también los presidentes de la Unión Demócrata Independiente (Jovino Novoa), Renovación Nacional (Alberto Espina) y la Democracia Cristiana (Enrique Krauss), el vicepresidente de la Central Única de Trabajadores (José Ortiz), el economista Hugo Fazio, Sola Sierra (presidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos), Pepe Auth (vicepresidente del Partido por la Democracia) y el sociólogo Tomás Moulian, quien acababa de publicar su ensayo Chile actual. Anatomía de un mito.
Recuerdo muy bien aquel Chile de 1997: la hegemonía de la Concertación, el modelo neoliberal que aparecía como exitoso y era presentado como un ejemplo para el resto de América Latina y una izquierda excluida del Congreso Nacional por la ley electoral binominal. Gladys Marín era vista entonces por un sector amplio de la población como una mujer dogmática e irreductible, como la líder, ciertamente carismática, de un Partido Comunista otrora pieza central del sistema político y en ese momento, según los arúspices del anticomunismo, en decadencia terminal, a pesar de su influencia en el movimiento estudiantil, sindical y de derechos humanos. «La dama de hierro del Partido Comunista» la llamó la periodista Raquel Correa, con quien, por cierto, trabó una relación bastante amistosa.8
Apenas unos meses después, el 12 de enero de 1998, presentó la primera querella criminal contra el exdictador y todavía comandante en jefe del Ejército, Augusto Pinochet. Parecía un gesto simbólico, pero el magistrado en quien recayó la decisión sobre aquella iniciativa, Juan Guzmán Tapia, decidió abrir la investigación.9 La historia de Chile cambió de manera definitiva cuando en septiembre de ese mismo año el ya senador vitalicio decidió emprender un viaje de placer a Londres y la noche del 16 de octubre fue detenido por Scotland Yard, tras una orden de detención internacional emitida por el juez Baltasar Garzón.
En 1999, durante un mes y medio, fui testigo de su campaña presidencial y la acompañé en el lanzamiento de su libro Regreso a la esperanza. Derrota de la Operación Cóndor en San Bernardo y San Miguel. Un año después, en septiembre de 2000, sus compañeros me solicitaron que preparara su agenda de prensa en Madrid al regreso de una cumbre internacional en Libia, en la que también participaron Hugo Chávez, Evo Morales, Lula y varios líderes africanos, y en agosto de 2002 la entrevisté por última vez, por teléfono, para incluir su testimonio en mi libro Después de la lluvia. Chile, la memoria herida. Desde la lejanía seguí la evolución de su repentina y cruel enfermedad y su fallecimiento me conmovió profundamente.10
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Gladys Marín nació, vivió y luchó en el Siglo de la Revolución, según la definición de Josep Fontana, maestro de generaciones de historiadores. Desde el Octubre revolucionario de 1917 en Rusia hasta el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y del socialismo en el este de Europa, el comunismo fue la utopía que dio sentido a la vida de millones de personas en los cinco continentes. En muchos países, como Chile, los y las comunistas fueron, y son, parte esencial, imprescindible, en el combate por la democracia y el socialismo. Su trayectoria y la de quienes caminaron junto a ella lo atestiguan.
Su vida cambió para siempre con la derrota del 11 de septiembre de 1973, que significó la separación familiar y un amargo destierro, así como una larga década en la clandestinidad a su regreso. No solo su esposo, sino que muchos de sus compañeros «del alma», como escribiera Miguel Hernández, uno de sus poetas predilectos, fueron víctimas de la dictadura. Nunca los olvidó y en su nombre en 1998 inició la batalla judicial que cercó al tirano y lo llevó a morir procesado por crímenes contra la humanidad y que, además, finalmente ha logrado romper el muro de la impunidad.
La suya fue también una vida a contracorriente. Después del golpe de Estado y de permanecer asilada en la Embajada de Países Bajos partió al exilio y durante casi cuatro años recorrió el planeta convocando a la solidaridad con su pueblo y denunciando la barbarie del régimen. Tras la masacre de su partido en 1976 por parte de la DINA y el Comando Conjunto dio la batalla en la Comisión Política para retornar al país y encabezar la dirección interior, en circunstancias dramáticas y sorteando, sin saberlo entonces, la Operación Cóndor.
A principios de los años ochenta, tuvo un papel capital en la elaboración de la Política de Rebelión Popular de Masas, que fue decisiva en las movilizaciones por la democracia y el final de la dictadura. A fines de aquella década, en medio de la tempestad que sacudía a los partidos comunistas de todo el mundo y de una grave crisis interna, defendió la vigencia de esta identidad política y su necesaria proyección al siglo XXI. Sufrió una decepción amarga en la elección presidencial de 1999, pero en aquellos años también sumó a la izquierda las demandas del pueblo mapuche y de la diversidad sexual o la incorporó al pujante movimiento altermundista. La suya fue, sobre todo, una vida revolucionaria.
«Así vale la pena vivir: entregada plenamente a la vida, arriesgándote, luchando por los trabajadores, por la gente más sencilla», expresó en la última de las entrevistas que le hice, el 20 de agosto de 2002. «Es un orgullo tener el reconocimiento del pueblo y luchar por una causa que no es individual, sino colectiva y para el futuro».
Capítulo I
DE CUREPTO A LAS FILAS DE LA JOTA
Gladys del Carmen Marín Millie nació el 18 de julio de 1937 en la localidad rural de Curepto,1 a unos trescientos kilómetros al sur de Santiago y unos setenta de Talca, la principal ciudad de su entorno.2 Después de Silvia y Nancy y antes que Sonia, fue la tercera de las cuatro hijas del matrimonio constituido el 11 de marzo de 1933 por el campesino Heraclio Marín Avendaño (Curepto, 1895) y la profesora normalista Adriana del Carmen Millie Carrasco (La Serena, 1911).3
En 1937 la humanidad miraba conmovida a España... El 17 de julio, la dirigente comunista Dolores Ibárruri, quien se había convertido en un símbolo internacional al calor de la epopeya del primer pueblo que levantó las armas para detener el avance del fascismo, pidió una vez más apoyo a la defensa de la democracia, cuando se cumplía el primer aniversario del golpe de Estado contra la II República que desencadenó la guerra civil. «Madres, mujeres del mundo entero, necesitamos el calor de vuestra solidaridad fraternal», clamó Pasionaria. «Esperamos que alcéis vuestras voces de protesta contra el crimen que el fascismo comete con nuestro pueblo».4
Aquel mismo día concluía en París el II Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura, que durante dos semanas se había desarrollado también en Valencia, Madrid y Barcelona y cuya presidencia estaba integrada, entre otros, por André Malraux, W. H. Auden, Antonio Machado y Pablo Neruda, quien el 1 de julio había publicado en el periódico El Mono Azul su poema «Es así», uno de los más emblemáticos de España en el corazón (libro que vio la luz en noviembre de aquel año), en el que adoptó el título de «Explico algunas cosas»... e inmortalizó la Casa de las Flores.5
Chile se aproximaba al último año del segundo periodo presidencial de Arturo Alessandri. En las elecciones parlamentarias del 7 de marzo de 1937, el Frente Popular había concurrido por primera vez a las urnas y en su seno el Partido Comunista logró seis de los ciento cuarenta y siete diputados (y un senador, Elías Lafertte, por el Norte Grande), mientras que el Socialista sumó diecinueve diputados (entre ellos el doctor Salvador Allende) y el Partido Radical (PR), veintinueve. Por el oficialismo, los partidos Conservador y Liberal habían obtenido treinta y cinco cada uno.6
Gladys Marín solo vivió un año en Curepto, un pueblo chico, donde su madre, que se había formado en la Escuela Normal Nº 2 de Santiago, había sido enviada como profesora primaria y conoció a Heraclio Marín, quien entonces administraba un club social. Muchos años después, regresó a su localidad natal en varias ocasiones y pudo conocer a su familia paterna, campesinos pobres que cultivaban papas, arvejas o lentejas en las tierras de rulo que poseían.
Cuando Adriana Millie descubrió que su esposo había procreado numerosos hijos con otras mujeres de la zona, decidió poner fin al matrimonio y marcharse con sus cuatro niñas a Sarmiento, un pequeño núcleo de población situado diez kilómetros al norte de Curicó, articulado en torno a una parada del ferrocarril. Allí debieron sentir el violento sismo, con epicentro en Chillán, que la noche del 24 de enero de 1939 rasgó el sur del país y causó la muerte de miles de personas.
En su memoria perduraron recuerdos divergentes de su progenitor. En una ocasión observó a su madre llorando en la cama, mientras él, furioso, intentaba arrastrarla por los pies y ella imploraba a sus hijas que fueran a pedir ayuda a la señora María, quien vivía en la estación del tren. «Mi papá nos había llevado de regalo una bufanda a cada una. Siento, como si fuera hoy, que corríamos y corríamos y el viento nos daba en la cara; lloraba y la bufanda amarilla se movía por todos los lados. Y ya de por vida detesté ese color».7 Tenía solo cuatro años, según escribió el 31 de diciembre de 1973 en la Embajada de Países Bajos, donde permanecía asilada desde hacía más de dos meses.8
Sin embargo, ni sus hermanas ni ella le guardaron rencor. «Era un hombre muy típico de los campos chilenos, llamémoslo así: pequeño campesino, después pequeñísimo comerciante ambulante, muy patiperro, de muchas mujeres, de muchos hijos. Y esa vida mi mamá no la soportó: era profesora; mal que mal, tenía sueños, inquietudes intelectuales», añadió en su autobiografía.
Se reencontró con él hacia 1967, un poco antes de que falleciera en una población de Temuco, y entonces supo que tenía hijos incluso menores que los suyos. También en diversas entrevistas de prensa ofreció pinceladas sobre su figura y expresó que le gustaba la «imagen aventurera» que le habían transmitido. «Mi padre vino a saber de mí cuando ya era diputada», señaló en 1969 en las páginas de El Siglo. «Era muy choro. Vagabundo y enamorado. Donde llego tengo hermanos. Se calcula que tuvo cincuenta hijos».9 «Y lo más divertido es que este caballero a todas sus hijas les ponía igual», explicó en 1972 en la revista Ramona. «Así es como hay ocho Nancy Marín, doce Silvia Marín, quince Gladys Marín y otras tantas Sonia... Y con la única de sus mujeres que se casó fue con mi mamá».10 «Nunca tuve traumas por su abandono, ni resentimiento, ni vergüenza», apuntó en 2003.11
Igualmente, su hermana mayor, Silvia, quien ya ha cumplido noventa años, recuerda: «Mi madre siempre fue muy cuidadosa de no causarnos un dolor, una pena o un mal concepto de mi padre. Era un hombre muy querido por la gente del pueblo, muy generoso (...) Creo que mi madre se sintió abandonada. Era una mujer inquieta, escribía cuentos y poemas para la revista infantil El Peneca. Formaba agrupaciones artísticas con profesores, con alumnos; siempre tuvo inquietudes culturales. Se separó de mi padre sin escándalos, sin peleas...».12
Adriana Millie tuvo que hacerse cargo en solitario del cuidado y la educación de sus cuatro hijas y por esa razón decidió aproximarse a Santiago, donde vivía su familia. A principios de la década del cuarenta se instalaron en Talagante, a cuarenta y dos kilómetros al suroeste de la capital de la República.
Por los caminos de Talagante
Esta localidad, que aún no alcanzaba los quince mil habitantes, se había convertido en el núcleo principal de un departamento de reciente creación dentro de la provincia de Santiago, que incluía también las comunas de Isla de Maipo y Peñaflor. La llegada, entre 1920 y 1930, de comerciantes de origen italiano y árabe, que se instalaron al oriente de la Plaza de Armas, había generado una cierta prosperidad.13
Inicialmente, Adriana Millie impartió clases en la escuela primaria masculina, pero al segundo año resolvió trasladarse a Santiago, porque halló trabajo en dos centros educativos, en jornadas matinal y vespertina, y además en el de la tarde le proporcionaban alojamiento si ayudaba a las estudiantes a hacer las tareas después del horario lectivo.
Desde entonces, en la semana Gladys Marín y sus hermanas quedaron al cuidado de una joven que había sido alumna de su madre en Curepto, Ofelia Hernández (nacida en 1923), «una nana de las de antes», recordó en 2003. «La nana era nuestra mamá prácticamente: la que nos cuidaba, la que nos pegaba, la que nos mandaba, la que dormía con nosotras...».14 Contaron también con el apoyo de sus tías maternas, quienes siempre se preocuparon de que no les faltaran ropa y zapatos.15
Cursaron los estudios primarios en la Escuela Nº 2, situada en una casona de la avenida 21 de Mayo, que nace de la Plaza de Armas, junto a la Municipalidad. Fueron ciertamente unas privilegiadas en un tiempo en el que cerca de quinientos mil niños y niñas, más de la mitad de la población que debía estar escolarizada de acuerdo con la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria de 1920, no acudían al colegio.16 Además, se estimaba la existencia de doscientos mil menores indigentes y vagabundos y el trabajo infantil era una lacra social.17
Talagante fue el territorio de una infancia plenamente feliz, vivida sobre todo al aire libre. Primero se instalaron en una casa grande, pero oscura y vieja, con un jardín poblado de árboles y atravesado por una acequia inmunda; posteriormente, en otra mucho más pequeña, propiedad del Servicio de Seguro Social, en la que, sin embargo, pudieron criar patos y conejos.
Fue un tiempo compartido con innumerables niños y niñas, tanto vecinos como compañeros de la escuela. Correr por el campo para saltar sobre los yuyos, tumbarse sobre el pasto, bañarse en el Mapocho, atravesar el puente del ferrocarril que unía Santiago con la localidad costera de Cartagena o andar en bicicleta fueron actividades propias de aquellos años luminosos. «Era tan, tan feliz. Esa felicidad fresquita de aire y sol», destacó en su autobiografía. «En la escuela me querían y no me querían mucho, era una buena alumna y recibía premios, pero también era terriblemente desordenada, lo que llevaba a que algunas madres prohibieran a sus hijas que se juntaran conmigo».18
Por supuesto, fue bautizada e hizo la primera comunión. A los siete años se incorporó a la Acción Católica, una organización fundada en Chile en 1931 fruto de un llamamiento de Pío XI.19 «Creo que fui católica por ser de pueblo chico», le explicó al escritor Roberto Merino, puesto que asistir a misa en la parroquia de la Inmaculada Concepción (erigida en la Plaza de Armas en 1893) era parte de la rutina dominical.20
Le gustaba compartir con las familias de etnia gitana que llegaban en sus carretas cada primavera (cuando la localidad celebraba una de sus fiestas principales), con sus vestidos adornados con mil colores y sus costumbres tan distantes del convencionalismo. Conversaba durante horas con aquellas personas, que caracterizó como «misteriosas y hospitalarias», a quienes observaba bailar y regalaba lápices a cambio de que le vieran la suerte. «Yo me habría ido con los gitanos», advirtió varias veces, sin asomo de dudas.21
De su madre heredó sus inquietudes intelectuales, sus ideas progresistas, la responsabilidad y el amor por la poesía, así como el interés por la escritura: «Me habría encantado escribir. De cabra chica escribía poesías, gané concursos en la escuela, amaba a la Mistral».22 Y devoraba los cuentos de hadas: «Me encantaban, me los leía toditos. Imagínese, Curepto y Talagante, pueblos de brujos. Tenía una nana que me aterraba con sus cuentos de aparecidos, de ánimas, de calchonas, me los sabía de memoria. Y me siguen encantando. Me fascina todo lo mágico».23
Aunque solo vivió doce años en Curepto, Sarmiento y Talagante, aquel tiempo forjó su personalidad. «Quedé marcada de por vida, soy una mujer de tierra. Una amiga mía, Marta Contreras, me decía que siempre pensaba que yo era la persona a quien más le dolía el exilio. Porque ella sabía que era tremendamente apegada a la tierra».24
La memoria de aquellos días la acompañó siempre, incluso en los momentos más amargos de su existencia. Así, el 24 de diciembre de 1973, en la soledad de la Embajada de Países Bajos, escribió: «Hoy será Pascua. Cómo me gusta la fecha. Siempre la he querido, la asocio a mi niñez pobre y alegre». Nunca les faltaron ni el árbol de Navidad ni los juguetes. «Nos íbamos al estadio que quedaba al lado del cementerio y ahí nos robábamos un pino. Caminábamos sus cinco kilómetros con él al hombro (¿tendría 7 años?) y en la casa con guindos y algodón hacíamos nuestro arbolito. Después aprendí a hacer farolitos. En un tarro lo tapábamos con un papel y tierra del macetero y lo dejábamos ahí hasta cuando ya el pino estaba seco. Y así fue siempre, nunca dejé de hacer un árbol de Pascua...».25
«Gladys fue una niña inquieta, juguetona, alegre, movediza, creativa, siempre inventando cosas con lo poco que había, así como inventaba con desórdenes con sus amigas», recuerda su hermana Silvia, quien pronto se marchó a vivir con su abuela materna, Aurelia Carrasco, a la comuna santiaguina de Estación Central. La abuela Lela estudió en la Escuela Normal Nº 1 de Santiago y posteriormente se trasladó a La Serena, donde nació Adriana, la primera de sus doce hijos. «En su casa había mucha disciplina, mucho respeto interno, que era lo que se usaba en esa época. Y nadie se libraba de estudiar», recuerda.
Trabajó como maestra primaria, quedó viuda antes de cumplir los cuarenta años y tuvo un papel importante en el proceso de toma de conciencia política de sus nietas. Había vivido también en el norte, cerca de las oficinas salitreras, donde fue testigo de las huelgas y las movilizaciones de los trabajadores de la pampa. El 4 de junio de 1912, en Iquique, Luis Emilio Recabarren, Teresa Flores y sus compañeros fundaron el Partido Obrero Socialista (POS).
La huella de Recabarren
A partir de su I Congreso, celebrado en 1915, el POS empezó a organizarse a escala nacional y en 1921 eligió a sus dos primeros diputados: Recabarren y Luis Víctor Cruz. El 2 de enero de 1922, en su IV Congreso, celebrado en Rancagua, culminó el recorrido iniciado en 1920, por el que aceptó las veintiuna condiciones de la Komintern para la adhesión y, sin cambios en sus estatutos, ni en su estructura orgánica, ni en su programa,26 pasó a denominarse Partido Comunista de Chile y se convirtió en la «sección chilena de la Internacional Comunista».27
Con su ingente y fértil labor entre la clase obrera,28 Recabarren (fallecido en 1924) legó a su partido una cultura política que Orlando Millas denominaría «estilo recabarrenista», caracterizada por la voluntad de otorgar a la acción un carácter unitario y de masas, alejada del aventurerismo, el voluntarismo y la acción directa.29
Además, si desde sus orígenes el POS defendió los derechos de las mujeres (en 1913 empezaron a funcionar sus centros femeninos Belén de Sárraga), en 1926 el Partido Comunista estableció su Secretaría Femenina30 y en 1935, al igual que el Partido Socialista (PS) y el Radical, apoyó la creación del Movimiento Pro Emancipación de la Mujer, liderado por Elena Caffarena.31
A partir de 1927, mientras la represión de la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo menguaba su militancia e influencia social, se concretó su proceso de «bolchevización» (endurecimiento del centralismo democrático y de la disciplina partidaria, organización en células), que fue esencial para la definición de su identidad política e ideológica, dejando atrás la heterogeneidad que caracterizara al POS,32 y se inició realmente su vinculación orgánica con el movimiento comunista internacional.33
La estrategia de «clase contra clase», impuesta por el Secretariado Sudamericano de la Kominterm,34 le impidió desarrollar una política de alianzas y las divisiones internas entre los partidarios de Elías Lafertte y los de Manuel Hidalgo, irreversibles ya tras la efímera República Socialista de junio de 1932, se resolvieron con la expulsión de estos últimos, que en 1933 crearon la Izquierda Comunista, que en 1937 se integraría en su mayoría en el Partido Socialista.35
En julio de 1933, en su Conferencia Nacional, el Partido Comunista inició un viraje de largo alcance histórico, al apostar por una evolución gradual hacia el socialismo que preveía la realización primero de la revolución democrático-burguesa, agraria y antiimperialista, lo que exigía una alianza con algunos sectores de la burguesía nacional para aislar y enfrentar a los adversarios principales. Esta posición se vería reforzada por los acontecimientos que en Europa concretaban la amenaza parda tras el ascenso de Adolf Hitler al poder y, como reacción, por el llamamiento de la Internacional Comunista a la constitución de los frentes populares en su VII Congreso de agosto de 1935, en el que estuvo presente su secretario general, Carlos Contreras Labarca.36 Chile fue el único país de América donde las fuerzas de izquierda constituyeron un Frente Popular y, al igual que en Francia y España, fue victorioso y a fines de 1938 llevó a Pedro Aguirre Cerda a La Moneda.37
Aquel año, el PC creó su Comisión Nacional de Control y Cuadros, cuyo primer responsable fue Galo González, que se concebía como el instrumento para sofocar las disidencias y forjar una «organización monolítica» según la jerga estalinista.38 Del mismo modo, desde principios de los años treinta empezó a publicar los textos de Stalin, singularmente el Curso breve de la Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la Unión Soviética, escrito bajo su supervisión.
La invasión nazi de la URSS, el 22 de junio de 1941, llevó al PC a abandonar el programa del Frente Popular y a abanderar la política de «Unión Nacional», dirigida a todas las fuerzas, de derecha e izquierda, opuestas al fascismo. Fue el discurso antifascista el que guio hacia sus filas a numerosos intelectuales, artistas y profesionales de clase media a lo largo de aquella década, con un momento culminante, el 8 de julio de 1945, cuando no solo Pablo Neruda, sino también el científico Alejandro Lipschutz, el director de la Orquesta Sinfónica de Santiago, Armando Carvajal, la cantante Blanca Hauser, el poeta Juvencio Valle, el escritor Nicomedes Guzmán, el director de teatro Pedro de la Barra o la profesora María Marchant asumieron un compromiso militante.39
El 4 de septiembre de 1946, Gabriel González Videla venció en las elecciones presidenciales con el apoyo del Partido Liberal y del Partido Comunista, que prolongaba así su alianza de una década con el Partido Radical. «No habrá fuerza humana ni divina que me aparte del pueblo. Sin el concurso del Partido Comunista, yo no sería presidente de la República», declaró González Videla, quien, por primera vez en América, designó a tres ministros comunistas;40 uno de ellos fue Contreras Labarca, quien cedió la secretaría general a Ricardo Fonseca, mientras que Lafertte era el presidente del partido.41 Aquel mismo año, en Talagante, Gladys Marín veía en el cine una película portuguesa, El milagro de Fátima, en la que, según explicó en 1969, «la Virgen se aparece a los niños y les dice que el comunismo traerá desgracias horrendas a la humanidad...».42
Los intentos por expulsar al PC del sistema político fueron «sistemáticos y persistentes» desde su fundación, según ha explicado Verónica Valdivia.43 No obstante, con el trasfondo de las presiones del Gobierno de Harry S. Truman,44 empezaron a concretarse tras su excelente resultado en las elecciones municipales de abril de 1947 y la caída de la votación del Partido Radical.45 Pronto, González Videla lo excluyó de su gabinete (como sucedía también en ese mismo momento en Francia, Italia o Bélgica) e inventó un complot de este partido contra la economía nacional y, en definitiva, contra la democracia.46
En agosto, logró la aprobación de la Ley de Facultades Extraordinarias, la primera de sus medidas de «guerra», como las denominó, contra el comunismo y en las semanas siguientes su Gobierno rompió las relaciones diplomáticas con la URSS, Checoslovaquia y Yugoslavia e incluso llegó a amenazar con la expulsión de los refugiados españoles llegados en el Winnipeg en 1939. Centenares de comunistas fueron recluidos desde finales de aquel año en el campo de concentración de Pisagua, cuyo jefe militar en enero y febrero de 1948 fue el capitán Augusto Pinochet.47
Razones internas, como explicó también Olga Ulianova,48 así como la instalación del clima político de la Guerra Fría condujeron en definitiva a la promulgación, el 3 de septiembre de 1948, de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia (la «Ley Maldita»), por la que el Partido Comunista fue declarado ilegal y sus militantes privados de sus derechos políticos: veinticinco mil ciudadanos fueron excluidos del Registro Electoral.49 Los funcionarios públicos que militaban en sus filas fueron despedidos y se le arrebataron sus bienes inmuebles.50 Contra la persecución del PC se alzaron voces en la derecha, en la Falange Nacional y en el socialismo (como la del senador Salvador Allende), aunque hubo parlamentarios de esta filiación que sí la apoyaron.51
Además, desde 1947 Chile quedó ligado al sistema político-militar continental, parte esencial de su encuadramiento con Estados Unidos durante la Guerra Fría.52 El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, la fundación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948 y el Programa de Ayuda Militar suscrito con la potencia hemisférica en 1952 solidificaron dicha adscripción.53 En este último plano, uno de los pilares de la subordinación fueron los programas de entrenamiento: entre 1950 y 1973, 5.679 oficiales de las tres ramas de las Fuerzas Armadas chilenas recibieron adiestramiento en bases militares estadounidenses.54
Por otra parte, en abril de 1951 fueron expulsados del PC, entre otros, su secretario de organización, Luis Reinoso, el dirigente del carbón Benjamín Cares y Daniel Palma,55 quien fuera secretario general de las Juventudes Comunistas entre 1940, cuando reemplazó a Ricardo Fonseca, y 1947. Según la dirección, desde 1949 habían realizado un trabajo fraccional e intentado formar grupos paramilitares y recurrir a la acción directa para derrocar al Gobierno.56
En la Escuela Normal
Al igual que sus hermanas mayores, Silvia y Nancy, su madre y tres de sus tíos maternos, Gladys Marín decidió formarse como profesora normalista. Previamente, en 1950, tras haber concluido la enseñanza primaria obligatoria y al no alcanzar la edad mínima requerida para el ingreso (trece años), estudió el primer curso de la enseñanza media en el Liceo Nº 5 de Niñas de Santiago, situado en la confluencia de la avenida Portugal con la calle Marcoleta.
En 1951, inició sus estudios en la Escuela Normal Nº 2 de Santiago, enclavada en el número 500 de la avenida Recoleta, justo enfrente del Liceo de Hombres Valentín Letelier, cerca de la Vega Central. Como carecía de internado y su madre residía entonces en Talagante, vivió junto con Nancy en la pieza que arrendó para ellas en la casa de una maestra jubilada, situada en la calle Juárez Larga, a la vuelta de la esquina.57
Hasta su clausura por la dictadura en 1974,58 las escuelas normales formaron a los docentes primarios, mientras que los profesores y profesoras de la enseñanza secundaria se preparaban en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile y en las escuelas de pedagogía que otras universidades fueron creando.
La primera Escuela Normal del país (y de América Latina),59 la Escuela de Preceptores, se fundó en enero de 1842 (diez meses antes que la Universidad de Chile) durante la presidencia de Manuel Bulnes, a semejanza del modelo francés, y estuvo dirigida por el argentino Domingo Faustino Sarmiento, quien sería presidente de su país entre 1868 y 1874. La enseñanza siempre fue gratuita y, además, los alumnos recibían alimentación, alojamiento y vestuario; a cambio, adquirían el compromiso de impartir clase durante varios años en la escuela primaria fiscal que el Gobierno les asignara una vez concluidos sus estudios. El ingreso en estos establecimientos se convirtió, pues, en una de las pocas opciones de los hijos e hijas de las familias humildes para adquirir una educación y un oficio cualificado.60
En enero de 1854, se fundó la primera Escuela Normal femenina, también en Santiago, y en 1871 y 1874 otras en Chillán y La Serena, pero hasta 1885 su gestión administrativa y pedagógica se cedió a las religiosas de la congregación del Sagrado Corazón.
En 1883, tras el viaje por Estados Unidos y varios países europeos del abogado José Abelardo Núñez, quien posteriormente publicaría su informe Organización de las Escuelas Normales, el Gobierno del presidente Domingo Santa María reformó a fondo el sistema inspirándose en el modelo germano. Así, modificó el currículum y la metodología pedagógica, contrató profesores extranjeros y envió a normalistas al exterior para que ampliaran su formación.61 Dos años después, empezaron a llegar los maestros alemanes, que se encargaron de las nuevas escuelas normales e introdujeron una didáctica que insistía en la rigurosidad del proceso de instrucción y agregaron materias como Psicología, Historia de la Pedagogía o Metodología de la Enseñanza, además de Educación Física, Música y Canto o Trabajos Manuales, así como métodos nuevos para el adiestramiento en la lectura y la escritura.62
Aunque jamás fueron capaces de formar el número de maestras y maestros que la progresiva ampliación del sistema educativo fue exigiendo, las escuelas normales se convirtieron en un pilar esencial en el «proceso de construcción sociocultural de la nación», destaca Iván Núñez Prieto.63 En la primera década del siglo XX se crearon la Escuela Normal de Señoritas Nº 2 de Santiago (1902), la Escuela Normal de Puerto Montt (1904), la de Concepción (1905), las de Talca y Limache (1906) y la de Angol (1908). Y desde 1886 la tuición de las femeninas había pasado a manos de profesoras alemanas, quienes impusieron una disciplina muy severa.64
En los años cuarenta, su sistema de enseñanza se equiparó al nivel secundario de la educación: en ambos casos los estudios tenían una duración de seis años y para el ingreso era preciso haber concluido el sexto curso de la básica. En 1944, se instauró un nuevo plan de estudios, que estuvo vigente hasta 1963 y se dividía entre un primer ciclo de cuatro años, considerado de cultura general, y un ciclo profesional de dos, al que también podían acceder quienes habían aprobado el sexto curso de la enseñanza media. En 1951, cuando Gladys Marín inició su formación en la Escuela Normal Nº 2 de Santiago, había un total de dieciséis escuelas normales en todo el país, de las que aquel año egresaron setecientos noventa y siete jóvenes.65
Los decretos 6.395, de 1929, y 5.341, de 1932, regulaban los requisitos de admisión. Así, los aspirantes, cuya edad debía estar comprendida entre los trece y los dieciséis años, tenían que acreditar condiciones de salud adecuadas para ejercer la docencia en el futuro, demostrar su «honorabilidad» personal y familiar a través de un certificado avalado por alguna autoridad administrativa o eclesiástica y atestiguar su vocación con un certificado de la escuela en que se educó.
En cuanto a las pruebas preliminares, incluían exámenes médicos, de madurez mental, de conocimientos de varias materias y de aptitudes musicales, aspecto este al que se concedía una importancia capital. Tenían prioridad los hijos e hijas de profesores fallecidos en servicio, de los que impartían clase o que ya habían jubilado y también los de otros empleados del Estado. El horario lectivo semanal era de cuarenta horas y para obtener el título era preciso haber superado el ciclo profesional de dos años, preparar una memoria final y haber aprobado la práctica profesional en una escuela.66
En su autobiografía, Gladys Marín describió el cambio abrupto que significó trasladarse a Santiago: «Venía de tierras de cielos abiertos, de esteros, plazas, cerros, caminos polvorientos y manzanas cristalinas. También venía del sol rico, de los álamos y fiestas de la primavera de Talagante...».
A partir de entonces, pasó a vivir en una pieza arrendada en una casa de murallas altas en la que apenas penetraba la luz, situada en un entorno de viviendas grises y calles con pocos árboles. Y, sobre todo, para su personalidad inquieta el ingreso en la Escuela Normal, con sus normas estrictas de comportamiento, el perenne uniforme reglamentario (de color azul marino con cuello y puños blancos), que siempre debía presentarse de manera impecable, y un ambiente con olor a naftalina, «fue un choque feroz».
«En la Normal había cosas buenas, pero la disciplina era de tipo regimiento», relató en su libro testimonial. «Se tocaba la campana, entrábamos a la sala y de allí no se podía salir bajo ninguna circunstancia». En los recreos, de diez minutos, tenían prohibido jugar incluso en la cancha de básquetbol, reservada para las clases de educación física. «No podía entender esas normas: me junté con otras niñas y, ante el horror y el griterío de las inspectoras, comenzamos a implantar la costumbre de jugar en los recreos. Me acusaron de indisciplinada, de rebelde y no sé cuántas cosas más. (...) Poco me importó, porque tanto yo como mis compañeras teníamos todo el derecho a reír y jugar, aunque la risa y el juego no estuvieran permitidos por el reglamento».67 Asimismo, cuando la profesora ingresaba en el aula todas las alumnas debían ponerse de pie y permanecer tiesas hasta que les ordenara sentarse, recuerda Marta Friz.
Ella fue su amiga desde entonces y hasta el fin de sus días. Entablaron amistad muy pronto, cuando la directora afirmó tajantemente ante las alumnas que una joven zurda no podría egresar... Compungida, puesto que escribía con la mano izquierda y le había costado un esfuerzo considerable superar las pruebas de admisión, Friz temió por su permanencia, pero Gladys Marín le dijo que ignorara aquellas palabras. «Y me convenció de que no tenía que hacerle caso. Después felizmente cambiaron a esa directora».68
La complicidad entre ambas fue absoluta. Intercambiaban libros, por ejemplo novelas rusas, y se ayudaban en las materias que les presentaban más dificultades. «Ella escribía distinto de las otras niñas del curso, tenía intereses diferentes; siempre se interesó por el ser humano, por sus problemas, por los trabajadores... Me gustaba leer sus textos y yo le enseñaba Matemáticas: en Geometría la Gladys era nula. Pero yo no tenía su sensibilidad para captar el problema de la vida real de la gente». Sus materias predilectas eran Historia y Castellano y optó por el inglés en lugar del francés, aunque nunca le gustó estudiar idiomas, siempre tuvo dificultad, evoca Marta Friz, quien añade que, en general, obtenían buenas notas.
En el Archivo Nacional se encuentran catalogados los volúmenes de calificaciones de la Escuela Normal Nº 2 de Santiago entre 1952 y 1956; falta el correspondiente a 1951. Así, en su segundo curso, 1952, Gladys Marín obtuvo sus mejores evaluaciones en Educación Doméstica y Educación Física (6) y Dibujo (5,5) y las más bajas en Ciencias Sociales (2,6), Matemáticas (3) y Física (3,4).69 En el tercero, las mejores en Economía Doméstica y Religión (6) y Educación Física (5,8) y las peores en Matemáticas (3) y Física y Ciencias Biológicas (3,15).70 En cuarto, en Educación Física (5,95) y Economía Doméstica (5,15) y en Matemáticas (2,65).71
En quinto, alcanzó sus calificaciones más altas en Educación Física (6), Educación Fundamental y Ciencias Sociales (5,4) y tuvo las más bajas en Matemáticas (3,1) y Ciencias Naturales (3,4).72 Y en el sexto año, en 1956, logró un 6 en Canto, un 5 en Educación Fundamental, Organización Escolar, Psicología, Higiene Escolar y Filosofía, un 4,6 en Técnica General y un 4,4 en Puericultura y en Educación Física.73
Marta Friz y ella fueron elegidas delegadas de curso e integrantes del centro de alumnas, en el que promovieron un trabajo social con los pobladores que vivían en condiciones miserables en el Cerro Blanco. Recolectaban víveres y ropas para estas familias, con las que incluso hicieron un trabajo de alfabetización. «Conocimos gente muy buena, niños que sobrevivían con alegría en esas condiciones», escribió Gladys Marín. Igualmente, demostró su empatía con otras personas afectadas por el sufrimiento y la postergación cuando visitaron el cercano y ya centenario Manicomio Nacional. «Había diferentes sectores y en el pabellón de los enfermos más graves se vivía una situación de miseria y desatención horribles. Conversábamos con ellos, que estaban detrás de los barrotes, y queríamos creer que algunos, por instantes, salían de su estado de desesperación y angustia».74
Por otro lado, como parte de la materia de Religión tenían que asistir a algunas conferencias que se impartían en la Casa Pío XII, en la calle Huérfanos, donde también funcionaba la Juventud Obrera Católica (JOC), a la que se incorporó atraída más por su compromiso social que por su mensaje religioso,75 además de otros incentivos... «Siempre nos daban chocolate, servido con jarras de porcelana, con pasteles... Siempre teníamos hambre», explica Marta Friz. La JOC, fundada por el sacerdote belga José Cardijn, estaba integrada en la rama juvenil de la Acción Católica e incluso hablaba de «revolución»76 y aceptaba la militancia política de sus miembros, pero no el proselitismo en su seno, y como el resto de las estructuras de la Iglesia era profundamente anticomunista en aquel momento.77
En septiembre de 1956, Gladys Marín aprobó las últimas materias del sexto curso y obtuvo la licencia que la habilitaba para optar al título de profesora de educación primaria. Según el certificado de competencia emitido con fecha 20 de octubre de aquel año por la Dirección General de Educación Primaria del Ministerio de Educación, superó los seis años académicos de la Escuela Normal con un promedio general de 4,93 sobre 7, mientras que en Conducta, Aplicación, Espíritu Profesional y Orden, Aseo y Urbanidad logró un 5.78 Aquel año egresaron de las escuelas normales mil cuatrocientos noventa y cuatro jóvenes.79
Desde principios de mayo de 1957, a punto de cumplir los veinte años, empezó a trabajar como maestra interina en la Escuela Nº 136 de educación diferencial, creada en el Hospital Psiquiátrico para jóvenes con discapacidad intelectual. La mayoría de sus alumnos habían superado la edad escolar y les enseñaba a leer y escribir. Tres años después, tras cumplir su periodo de prácticas y presentar su memoria final (titulada Situación actual de la educación primaria y de los maestros en Chile), un decreto del 19 de mayo de 1960 le concedió el título de «profesora de educación primaria urbana» y «la propiedad de su cargo».80
En la Escuela Nº 136 trabajó durante siete años, hasta diciembre de 1963, puesto que en marzo de 1964 solicitó una licencia de seis meses por «asuntos particulares», posiblemente relacionados con su militancia política, y el 9 de septiembre de ese año presentó su renuncia para convertirse en funcionaria de las Juventudes Comunistas.81 «Me dolió dejar la escuela, la quería mucho, y además tenía excelentes relaciones con mis colegas y con mis alumnos».82
Gladys Marín ingresó en las Juventudes Comunistas en 1956, en su último curso en la Escuela Normal,83 cuando esta fuerza política continuaba proscrita y represaliada. Adoptó aquella decisión, que marcaría el devenir de su existencia, no «por razones ideológicas ni filosóficas». «Entré por la vida, encontré que los comunistas tenían razón en eso de que todos teníamos los mismos derechos... Encontré un buen hogar para mí, que soy una rebelde».84 Esta opción estuvo a punto de costarle la expulsión de la Escuela Normal, según relató en una ocasión, puesto que varias profesoras la vieron vendiendo El Siglo en las calles. «Me defendí», explicó en 1992, «y llegué a ser presidenta nacional de la Federación de Estudiantes Normalistas».85 Según relató Luis Alberto Mansilla, dos maestras, Graciela Campos y Luisa Guijón, intervinieron en su apoyo.86
Durante los meses anteriores había tenido contacto con unos muchachos del liceo Valentín Letelier, que llegaron a la Escuela Normal Nº 2 para difundir una huelga estudiantil en solidaridad con unos jóvenes peruanos, y con alumnos de la Escuela Normal Superior José Abelardo Núñez; en ambos grupos había militantes de las Juventudes Comunistas. Estos vínculos de amistad, compañerismo y lu
