Clara y Mauricio

María Gabriela Huidobro Salazar

Fragmento

 Amor y matrimonio: un asunto con historia

AMOR Y MATRIMONIO: UN ASUNTO CON HISTORIA

Las historias de amor se cuentan desde la perspectiva de sus protagonistas y, cuando se trata de relaciones incomprendidas, quienes se oponen a ellas suelen ser los «malos de la película». Pero tratemos esta vez de empatizar con ellos. Clara era una joven de la aristocracia porteña, con un alto nivel educativo y cultural, superior al común de las mujeres de su tiempo. Tal vez no sea necesario recordar, además, que tenía dieciséis años, mientras que su amado Mauricio estaba por cumplir cuarenta.

Juan Mauricio Rugendas era un conocido pintor alemán, pero su obra no gozaba de la fama ni del prestigio que tiene hoy. En la actualidad, un cuadro de este artista puede llegar a subastarse desde un mínimo de trescientos mil dólares. La pintura que registra el récord por su valor es El mercado de la Independencia en Lima, que se remató por casi un millón de dólares. Qué diferente habría sido el juicio de José Antonio Álvarez Condarco y de Jane Dudding si hubieran podido predecir el futuro. Por entonces, Rugendas era, para ellos, un profesor de pintura y un artista aspiracional de vida bohemia al que hoy habrían tildado de «hippie».

Clara y Mauricio podían declararse amor eterno, pero en el siglo XIX, ese no solía ser el factor que determinaba al matrimonio. Aunque el romanticismo y las ideas liberales empezaban a cobrar fuerza en Chile para instalar al individuo y sus emociones en el centro de la preocupación social, históricamente, amor y matrimonio no fueron complementarios ni necesarios. Aún más: por ambos conceptos no se ha entendido siempre lo mismo. Estas son categorías culturales cuyo significado y estructura han cambiado con el correr de los siglos.

La verdad es que, a lo largo de casi toda la historia de la civilización occidental, el matrimonio fue, ante todo, una institución económica y política constituida para la estabilidad y proyección de la sociedad. Su relevancia para la comunidad era tal que se habría considerado una locura o irresponsabilidad la mera posibilidad de que la decisión de casarse quedara en manos de dos jóvenes guiados por el corazón o por la «química» mutua. Una idea tan descabellada como la de hacer de los sentimientos una prioridad recién empezó a tomar forma en Europa en el siglo XVIII, para llegar a Chile de manera paulatina a fines de la misma centuria, aunque tampoco convenciera a todos; menos aún a los más tradicionalistas.

En el fondo, desde una lógica histórica, el problema de establecer un matrimonio sobre una base amorosa radicaba en la inestabilidad y fragilidad de los sentimientos. Por muy enamorada que se sienta una joven pareja, no hay garantías de que su relación vaya a ser eterna y resistente a las contingencias de la vida, a menos que desarrollen, de por medio, otros vínculos que los mantengan juntos. Y si el éxito o fracaso de un matrimonio influía en forma decisiva en la estabilidad de una comunidad mayor, era mejor no correr riesgos.

Según la historiadora Stephanie Coontz, el matrimonio surgió en los primeros pueblos como una estrategia social y económica para establecer relaciones de cooperación más allá de los núcleos familiares. En otras palabras, era una manera de agrandar la familia política para fortalecer las capacidades productivas y los dominios territoriales del clan. Con el tiempo, la estrategia también sirvió, entre los grupos de poder, para consolidar sus dominios y fortalecerse en términos políticos. Pensemos en cuántos reyes, príncipes, duques o condes debieron casarse para evitar guerras o favorecer alianzas diplomáticas. Si luego de ese matrimonio surgía el amor, este podía celebrarse como un bonus track, pero no era requisito indispensable ni constituía el objetivo esperado del mismo vínculo.

Y no había que pertenecer a la realeza para adscribir a esas ideas. Entre las clases populares, el matrimonio tampoco partía por el amor, sino por la conveniencia. Por lo general, marido y mujer trabajaban en un negocio familiar común —una granja, una panadería, una herrería, lo que usted quiera imaginar—, al que luego, idealmente, se sumaban sus hijos. La unión conyugal daba así garantías de seguridad social, cuidados de salud y estabilidad económica.

¿Esto significa que antes de la invención del matrimonio por amor, las personas no se enamoraban? Por supuesto que no. El amor siempre ha existido, pero no estaba necesariamente vinculado a los esposos. Podía nacer entre los cónyuges, como también entre una pareja de solteros o incluso fuera del matrimonio. Las relaciones extramaritales se han dado a lo largo de toda la historia y no solían ser causa suficiente para un divorcio. Expresar la voluntad de separarse porque «mi marido ama a otra» no bastaba. La mayoría de las mujeres debía guardar silencio o simular ignorancia ante la infidelidad de sus esposos, sobre todo en aquellas culturas donde la castidad o la pudicia constituían virtudes femeninas.

El filósofo griego Plutarco, en el siglo I, aconsejaba a las mujeres, en sus Preceptos conyugales, guardar silencio y no pedir el divorcio en beneficio de su propio honor:

Una mujer que por celos de su marido, llena de rabia, empieza a redactar una demanda de divorcio, debería decirse: «¿En qué estado quisiera verme mi rival, mejor que en este, afligida y litigando con mi marido, preparada para abandonar la casa y el lecho nupcial?»3

La mitología griega representa bien esas diferencias. Las divinidades que simbolizaban el matrimonio y el amor eran distintas. Mientras Hera, la esposa de Zeus, era la custodia del hogar, Afrodita representaba la belleza, la sensualidad y el amor en un sentido pasional. La pobre Hera debió sufrir en reiteradas oportunidades las infidelidades de Zeus, a quien no le bastó tener amoríos con cerca de veinte mujeres —diosas y mortales—, sino también con un joven llamado Ganimedes. En todo caso, Hera no fue de las que lo dejaba pasar y, en más de una ocasión, cuentan los mitos que cobró venganza contra las amantes de su marido.

Afrodita, en cambio, contaba en su lista de relaciones amorosas a diversos dioses y hombres —Ares, Hermes, Dionisio y Anquises, entre otros—, pero no tuvo relaciones estables y nunca pretendió fomentar el amor eterno entre esposos. Recordemos que, según la tradición griega, ella habría sido la culpable de la pasión surgida entre Helena —la hermosa reina de Esparta casada con Menelao— y Paris, el príncipe de Ilión, cuya huida juntos provocó la legendaria guerra de Troya. Hay quienes dicen que fue un rapto; los más románticos hablan de la fuga de dos amantes que, tal vez para eludir responsabilidades, culparon a Afrodita. Porque Helena no se había casado con Menelao por amor, mientras Paris despertaba en ella la pasión que no sentía por su marido.

La diosa Afrodita, por lo demás, no actuaba sola. Su hijo Eros, conocido en su versión romana como Cupido, solía ayudarla. Cargado con arco y flechas, este símbolo del deseo y la pasión —o, como sugiere su nombre, del amor erótico— disparaba directo al corazón de quienes esperaba atrapar en un enamoramiento. Y no había cómo evitar su efecto. Es más, los mitos griegos más antiguos decían que Eros era una fuerza primigenia nacida de Caos, el más bello de los dioses y que constituía una fuerza incontrolable. En el fondo, el simbolismo de Cupido retrata la irracionalidad de la sensación amorosa, que no tendría relación con la voluntad, sino con el deseo; con el corazón y no con la razón.

El coro compuesto por Sófocles, el dramaturgo griego del siglo V a.C., para la tragedia Antígona, refleja muy bien el imaginario de su cultura acerca de Eros y del amor:

«Eros, invencible en batallas... Nadie, ni entre los dioses ni entre los mortales hombres, es capaz de rehuirte y el que te posee se vuelve loco».4

Claro, en ese tiempo, los griegos representaban el fenómeno del amor a partir de sus propias experiencias. Algunos filósofos, como Empédocles o Parménides, definieron el amor como una fuerza cósmica de atracción entre dos objetos, pero no tuvieron los medios científicos suficientes para saber que el órgano del corazón tiene poco que ver como principio causal de todo esto.

En la actualidad, la neurociencia habla de, al menos, veintinueve áreas cerebrales que se activan cuando nos enamoramos, generando múltiples reacciones neuroquímicas facilitadas por la dopamina. Gracias a este neurotransmisor y a sus efectos en diversas zonas del cerebro, se activan las sensaciones de placer y se bloquea en la corteza prefrontal la capacidad de ver en el otro sus verdaderos defectos, de manera que idealizamos a nuestro ser amado. ¿Se ha fijado en que Cupido es ciego o lleva los ojos vendados? Además, el hipocampo se ve afectado para generar recuerdos intensos sobre la experiencia amorosa, mientras el sistema nervioso simpático produce la aceleración del corazón y la alteración del tracto intestinal. Eso que, para que suene más romántico, conocemos como las famosas «mariposas en el estómago».

Tal vez esta sea una larga digresión, pero grafica con claridad el hecho de que el amor no es un asunto racional y que, a lo largo de la historia, haya supuesto demasiados riesgos como para considerarlo el factor decisivo a la hora de establecer un acuerdo matrimonial. Así, amor y matrimonio muchas veces corrieron por carriles separados.

No hay que remontarse solo a casos mitológicos para hallar otras experiencias que, en distintas épocas de la historia, distinguieron a ambas dimensiones. Los antiguos romanos fueron expertos en usar el matrimonio como estrategia política y a las mujeres como moneda de cambio para negociaciones familiares o diplomáticas.

En el siglo I a.C., el famoso Julio César prometió la mano de su hija Julia a su socio Marco Junio Bruto pero, tras su distanciamiento político, deshizo el compromiso para ofrecérsela a su nuevo aliado, Cneo Pompeyo. ¿Alguien le preguntó a Julia su opinión? Claro que no. Ella tenía cerca de veinte años y Pompeyo, cuarenta y cuatro, y aunque al parecer llegaron a enamorarse, esa no fue la preocupación de César cuando dispuso la boda. Él mismo se casó tres veces y tuvo innumerables amantes. La más famosa fue Servilia, de quien se supone estuvo enamorado mientras estaba casado con Pompeya. Porque, de nuevo, amor y matrimonio corrían por caminos diferentes.

Su hijo adoptivo y heredero político, Octavio Augusto, fue aún más pragmático. Primero se casó con Claudia, hijastra de su socio Marco Antonio, cuando se distribuyeron el poder bajo la figura del triunvirato. Dos años después, en el 40 a.C. y dado su ascenso político, gestionó el divorcio y se casó con Escribonia, sobrina nieta de Cneo Pompeyo, una mujer mayor que él y que por entonces estaba casada. Como la política estaba por sobre los intereses personales, nadie le preguntó a Escribonia si quería separarse de su esposo para contraer matrimonio con el joven Octavio, pero tuvo que hacerlo. ¿Valió la pena? No tanto. Dos años después, Octavio alcanzó el poder absoluto de Roma y, aunque Escribonia estaba embarazada, él decidió divorciarse para casarse en terceras nupcias con Livia Drusila, una mujer que, a su vez, tenía marido y esperaba a su primer hijo. Como dirían los españoles, todo un culebrón. Y para poner la «guinda a la torta», el exesposo de Livia, Tiberio Claudio Nerón, fue invitado a la nueva boda de su antigua señora, sin escándalos de por medio. Pero no crea que todo fue pragmatismo. Dicen que entre Octavio y Livia nació el amor. Estuvieron casados cuarenta y un años y su unión solo concluyó con la muerte del emperador en el año 14.

Sin embargo, la sociedad romana no solo fue testigo de matrimonios por conveniencia, sino también del amor entre esposos. Hoy subsisten algunos epitafios en los restos de tumbas romanas donde personas comunes y corrientes declaraban amor eterno a su difunto cónyuge. «Oh, queridísimo esposo que me conviertes, con tu marcha, en desgraciada. Sin ti ¿qué puedo considerar dulce? ¿Qué puedo creer agradable? ¿Para qué guardo mi vida?», dejó grabado una mujer en la lápida de su marido.

Los cambios culturales y religiosos experimentados con el correr de los siglos no alteraron estas lógicas. Aunque podía nacer el amor entre esposos, durante la Edad Media, en el contexto de la Europa cristiana, las cortes y la nobleza siguieron entendiendo el matrimonio como un pacto político y social, mientras que para el pueblo era un asunto de preocupación familiar que incidía en la estabilidad del clan. El problema es que, al ser visto con tal pragmatismo, los divorcios y traiciones estaban a la orden del día. En el fondo, y aunque resulte paradójico, el mismo pragmatismo con el que se dejaba de lado el amor para que no atentara contra el matrimonio era el que terminaba facilitando los divorcios.

Ante ello, en el año 1215, la Iglesia decidió regular los contratos nupciales. Desde entonces, exigió que estos pactos se celebraran en presencia de un sacerdote o ministro de fe, con testigos y con la declaración de la voluntad de los novios. Lo único que no se pedía era una garantía de amor, materia que seguía al margen de estas uniones y de su institucionalidad.

Tal vez por eso, la añoranza de la pasión amorosa inspiró a poetas y trovadores a contar historias sobre lo que en esa época se conoció como «amor cortés»: aventuras de amantes, por lo general, cortesanos, que se deseaban con fervor. Un caballero andante era capaz de hacer cualquier cosa en honor y defensa de su dama, a la que rendía pleitesía en una relación de vasallaje que transitaba entre la admiración espiritual y el deseo erótico, y que nunca surgía del matrimonio sino, por lo general, de una relación imposible o prohibida.

La tradición aragonesa ofrece un buen ejemplo: la historia de los famosos amantes de Teruel. La leyenda cuenta que, en el siglo XIII, en la ciudad española de ese nombre, Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, descendientes de dos familias importantes, se enamoraron. Sin embargo, el padre de Isabel no aceptó la relación porque Juan no era un primogénito y, por lo tanto, no sería heredero de la fortuna familiar. Afectado por el rechazo, Juan pidió a su suegro un plazo de cinco años para mejorar su situación económica y partió a la guerra. El tiempo pasó sin noticias sobre su suerte y, asumiendo que podría haber muerto en batalla, Isabel de Segura —haciendo honor a su apellido— aceptó casarse con otro hombre aprobado por su padre. No obstante, el mismo día de la boda, Juan regresó a Teruel cargado de riquezas. Ya era demasiado tarde. Desesperado, pidió a Isabel que al menos se despidieran con un beso, pero ante la negativa de la recién casada, el joven cayó muerto a sus pies. Solo entonces Isabel tomó conciencia de todo lo que Juan había hecho por ella. Así, se inclinó hacia su cuerpo inerte y cumpliendo su último deseo, lo besó y cayó sin vida junto a él. Un mausoleo los recuerda con una escultura que los representa tomados de la mano por la eternidad.

Otras historias de amor cortés, como la leyenda británica de Tristán e Isolda, gozaron de mucha popularidad. La sociedad medieval fantaseaba con relaciones conflictuadas entre el deber y el amor o con relaciones prohibidas que, aun siendo adúlteras, tenían un componente romántico.

Otros, en cambio, debieron lidiar con la triste realidad de lo que esas tensiones representaban. La reina Juana —mal llamada «la Loca»— sufrió por los amoríos de su esposo Felipe el Hermoso (qué injusta puede ser la historia con los apodos para unos y otros). Tuvieron seis hijos, pero dicen que, mientras ella se enamoró profundamente de él, Felipe no la correspondió y tuvo más de una amante. Aunque ella, como reina de Castilla, heredó más poder político que él, nunca logró controlarlo en ese ámbito y parte de sus conductas llevaron a que la acusaran de demencia. Hoy en día, esa versión ha sido cuestionada en favor de la reivindicación de una joven mujer mal comprendida para su tiempo o que tal vez fue tildada de loca con el propósito político de inhabilitarla como reina.

En otros casos, las amantes de los reyes llegaron a tener más influencia sobre ellos que sus propias esposas. Agnès Sorel llegó a ser casi una con

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